Dos estilos

Conceptismo y culteranismo

Justo Fernández López


 

Durante el movimiento cultural del Barroco, durante el siglo XVII, se van complicando las formas que habían distinguido el arte y la cultura europea durante el Renacimiento.

 

Resumen de los rasgos del Barroco español

  • El estilo barroco es un producto del arte científico e intelectual propugnado por el Manierismo y una consecuencia del agotamiento de los modelos clásicos de prosa y verso establecidos por el Renacimiento.
  • Búsqueda de lo nuevo y extraordinario para excitar la sensibilidad y la inteligencia y provocar la admiración. La búsqueda de la novedad y de lo extraño explica la admiración del barroco por pintores flamencos como El Bosco, Arcimboldo y Brueghel el Viejo.
  • Gusto por la dificultad, vinculada con la idea de que si nada es estable, todo debe ser descifrado.
  • El subjetivismo individual y el capricho personal en lugar de las normas clásicas.
  • Tendencia a la exageración, a superar todo límite; la noción de que en lo inacabado reside el supremo ideal de una obra artística.
  • Concepción dinámica de la vida y el arte, retorcimiento de estilo.
  • Violento contraste en los elementos: todo está subordinado a un motivo central.
  • Tendencia al artificio y al ingenio, a la artificiosidad complicada, arte de minorías, superabundancia de adornos.
  • Visión unilateral de la realidad: desequilibrio, deformación expresionista e idealización desorbitada.
  • El estilo del Renacimiento es sometido a la exageración barroca.

 

Estos rasgos característicos del estilo barroco se han de considerar como un común denominador de los autores de la época, aunque no todos los autores siguieron el mismo camino ni utilizaron idénticos recursos. Dentro de la literatura barroca se pueden distinguir dos estilos o tendencias: el culteranismo o gongorismo y el conceptismo, si bien el culteranismo es una manifestación o aspecto del conceptismo.

 

 

Culteranismo

(Luis de Góngora)

Conceptismo

(Quevedo y Gracián)

Centrado en la forma: complejidad en el orden sintáctico (alteración del orden normal de la colocación de las palabras en la frase, y empleo abundante del hipérbaton). La palabra está al servicio de un contenido conceptual y emocional.

Da más importancia al fondo que a la forma. La poesía conceptista es poesía de contenido, es asociación ingeniosa entre palabras e ideas.

Vocabulario muy ornamental y ostentoso, con empleo de formas cultas del lenguaje: hipérbaton, imágenes y metáforas, neologismos, alusiones mitológicas, elementos decorativos y sensoriales para crear una impresión de belleza.

Opera especialmente sobre el pensamiento abstracto, para lo cual se sirve de ingeniosas antítesis, paradojas, laconismos, el doble sentido, asociaciones ingeniosas de ideas o palabras (“conceptos”).

Juego de palabras, fantasías, sonidos y formas.

Juego de pensamientos y asociaciones como prueba de agudeza.

Busca crear un mundo de belleza absoluta con valores sensoriales: búsqueda de lo nuevo y extraordinario para excitar la sensibilidad: recargamiento del juego metafórico.

Búsqueda de lo nuevo y extraordinario para excitar la inteligencia y provocar la admiración.

Interesa la belleza de la imagen y la expresión refinada: gusto por los elementos sensoriales (color, luz, sonido, tacto, olor).

Interesa más la “sutileza del pensar” y la agudeza del decir.

Se interesa por los valores fónicos, sensoriales e imaginativos del lenguaje. 

Se interesa por los juegos de palabras y la agudeza de ingenio. Apela a la imaginación, no a los sentidos.

Se expresa en la poesía.

Se expresa también en la prosa.

Es un arte de minorías.

Es un rasgo típico del español, de espíritu sutil e ingenioso.

Geográficamente se sitúa en el sur de España.

Geográficamente se sitúa en el norte y centro de España.

Los culteranos escribían para los sentidos.

Los conceptistas escribían para la inteligencia.

En el culteranismo prima la forma sobre el fondo.

En el conceptismo prima el fondo sobre la forma.

Ejemplo: Vacío melancólico de este bostezo de la tierra

Ejemplo: Lo bueno, si breve, dos veces bueno

Aunque generalmente suele afirmarse que se trata de dos estilos opuestos, lo cierto es que los dos buscan la complicación formal.

La disputa entre culteranos y conceptistas es una disputa entre parientes: en el fondo, el culteranismo no es más que un aspecto o una manifestación peculiar del conceptismo. En realidad, y desde el punto de vista de la ideación, Góngora piensa mediante conceptos, aunque su escritura, realizada con recursos lingüísticos, y en ocasiones una difícil erudición, logra grados de elevación lírica y de complicación, a veces casi inalcanzables.

A pesar del enfrentamiento entre "culteranos" o seguidores de Góngora y "conceptistas" o seguidores de Quevedo, hay que resaltar que Quevedo no ha creado a su alrededor grupo alguno, mientras que Góngora, por la poderosa atracción de su estilo, fue imitado por todos, incluidos aquellos que, como Lope, lo criticaban.

La dificultad es patrimonio tanto de cultistas gongorinos como de conceptistas. La diferencia estriba en que el esfuerzo de comprensión del lector de estos últimos exige descifrar los múltiples significados ocultos tras cada expresión lingüística. La concisión sintáctica, además, obliga frecuentemente a suponer elementos elididos, ya sean palabras con significado léxico o conectores lógicos.

 

Ejemplo de culteranismo o gongorismo:

Ninfa, de Doris hija, la más bella,

adora, que vio el reino de la espuma.

Galatea es su nombre, y dulce en ella

el terno Venus de sus Gracias suma.

Son una y otra luminosa estrella

lucientes ojos de su blanca pluma:

si roca de cristal no es de Neptuno,

pavón de Venus es, cisne de Juno.

Purpúreas rosas sobre Galatea

la Alba entre lilios cándidos deshoja:

duda el Amor cuál más su color sea,

o púrpura nevada, o nieve roja.

De su frente la perla es, eritrea,

émula vana. El ciego dios se enoja,

y, condenado su esplendor, la deja

pender en oro al nácar de su oreja.

[Góngora: Fábula de Polifemo y Galatea]

 

Era del año la estación florida

= era primavera

en que el mentido robador de Europa

Zeus raptó a Europa disfrazándose de toro

(media luna las armas en la frente,

y el sol todos los rayos de su pelo),

luciente honor del cielo,

los cuernos del toro forman como una media luna

en campos de zafiro pace estrellas.

el sol como un toro, simboliza la costelación zodiacal Tauro entre 20 de abril y 20 de mayo.

[Luis de Góngora: Soledad Primera – Parte I]

“Contra el culteranismo y contra el conceptismo apareció una reacción: un ejercicio poético, una especie de renacimiento de las formas clásicas. Y digo que apareció y no digo que luchó, porque la reacción no avino con sátiras de sello personal, ni con polémicas, ni con disertaciones críticas, ni con reparos malintencionados. Sino que llegó pacífica y serena, suave y señera, como quien sabe que la lucha más fuerte se hace sin gritos y sin golpes, con el ejemplo. De esta reacción fueron los jefes más distinguidos los hermanos Lupercio (1559-1613) y Bartolomé (1562-1631) Leonardo de Argensola. [...] No reaccionaron los Argensolas contra el barroquismo, repito, con admonitorias ni rechiflas. Le opusieron la protesta de una concepción de la vida armónicamente equilibrada y firme en sí misma; le opusieron más sátira indirecta, severa, pero moderada, derivada de aquella; le opusieron una noble serenidad, el gusto por una educación humanista de un eco horaciano; le opusieron pureza y tersura en la forma. A los Argensolas les molestaba el énfasis:

Yo te confieso que cuando uno empieza

«Celos, glorias, desdenes, esperanzas»,

que se me desvanece la cabeza.

A los Argensolas les inquietaba la improvisación, no se atrevían a dar a conocer sus versos sin antes, incansablemente, corregirlos, limarlos, pulirlos, cincelarlos. No; los Argensolas no fueron geniales; carecían de talento inventivo, carecían de fantasía expresiva, carecían de lenguaje pomposo; la excitación, la pasión, el éxtasis, la cólera, no los bazuquearon nunca. [...] Quintana hizo de ellos un magnífico juicio restrictivo: «Su reputación está, al parecer, más afianzada en los vicios que les faltan que en las virtudes que poseen.» Los Argensolas fueron muy respetados y alabados por sus contemporáneos.” (Saiz de Robles, Federico Carlos: Historia y antología de la poesía española, Madrid: Aguilar, 1967, vol. I, p. 132-133)

Paralelos fuera de España

Algunos han sostenido que fue el joven poeta cordobés Luis Carrillo y Sotomayor (1583-1610) quien importó de Italia el estilo culterano; pero otros afirman que, cuando Carrillo escribió sus poesías, ya había compuesto Luis de Góngora algunas de la misma tendencia.

“Consta ya de modo indubitable que no fue Góngora el padre del cultismo u culteranismo, sino Luis Carrillo y Sotomayor (1583-1610), cordobés, de noble familia, emparentado con los condes de Priego, educado en la Universidad de Salamanca, caballero de Santiago, cuatralbo de las galeras del rey, bravo militar y muy aficionado a los antiguos clásicos, escudriñador de los secretos del lenguaje, y en la teoría y en la práctica una lírico independiente, que bebió en su propio vaso y siguió un camino propio. Murió repentinamente, a los veintisiete años, en el Puerto de Santa María.

Un año después de su muerte, en 1611, su hermano Alonso publicó la herencia literaria del finísimo poeta, reeditada con cuidado en Madrid –1613–. Gracián llama a Carrillo el primer cultista de España. Su obra no es muy extensa: una larga fábula, titulada de Atis y Galatea, una Égloga piscatoria, cincuenta sonetos, dieciocho canciones, un par de romances y pequeñas poesías. Además, en prosa, una serie de cartas y el importante Libro de la erudición poética; que, a pesar de su confusión, pude ser considerado como manifiesto literario de la escuela del nuevo estilo. En esta manifiesto, con deliberado sistematismo, se expresan en forma bastante completa las ideas y propiedades criticoestilísticas del cultismo.

Como nadie, Carrillo, para sentirse poeta, necesita una expresión que le eleve por encima de la expresión vulgar; necesita crearse un lenguaje poético, conseguido a expensas de su cultura. La estética de su estilo la basa Carrillo en Aristóteles y en los clásicos latinos, tal como estos fueron estudiados e imitados durante el segundo Renacimiento –1550 a 1590–; período en que se cuidó con verdadera obsesión de la elevación y de la elegancia del idioma.

«Mal cosas grandes se emprenderán con palabras humildes», confiesa paladinamente Carrillo. Y de acuerdo con su afirmación, inventa y forma palabras nuevas, con menos profusión, pero con más gusto que Góngora; usa giros sorprendentes, nuca oídos. Acerca de los epítetos, opina que «serán grandes, no demasiados; altos, no cortados; alegres, no luxuriosos; gustosos, no de burlas sueltos; llenos, no hinchados». Si es Carrillo en la expresión innovador, epidérmico, hiperbólico, en la idea es conceptuoso sin demasía; le salva de la oscuridad la ternura de un sentimiento propio de verdadero poeta.

No obstante, la fama de maestro del culteranismo se la ha llevado don Luis de Góngora y Argote (1561-1627). [...] Más aceptable es la teoría de que Góngora se echó francamente en brazos del culteranismo más integral a consecuencia de la impresión que le produjo la lectura de las obras de don Luis Carrillo y Sotomayor, publicadas el mismo año –1611–, en que él, bruscamente, pasó de las letrillas y romances tradicionales a la oda A la toma de Larache y al soneto Para la cuarta parte de la Pontifical del doctor Bavia, poesías en las que ya está íntegro el segundo Góngora. [...] Envidioso y celoso Góngora, nada de particular tiene que pretende sacar fruto del descubrimiento que el malogrado Carrillo no había logrado explotar.” (Saiz de Robles, Federico Carlos: Historia y antología de la poesía española, Madrid: Aguilar, 1967, vol. I, p. 121-123)

En realidad, el culteranismo y el conceptismo son un fenómeno general de la época, consecuencia de la erudición y el refinamiento renacentistas. Así vemos que en las demás literaturas europeas surgían escuelas análogas.

El culteranismo y el conceptismo tienen paralelos con otras manifestaciones barrocas de la poesía europea del siglo XVII, que según algunos críticos, obedecerían en parte a un influjo español:

El marinismo italiano toma su nombre del poeta napolitano Giambattista Marini (1569-1625) y se caracteriza por la búsqueda del efectismo mediante la multiplicación de imágenes atrevidas, el gusto poético conceptuoso, recargado de imágenes y figuras extravagantes, y la belleza artificial de las invenciones de hipérboles, antítesis y metáforas, cuya corriente llegaría a ser designada con el nombre de "marinismo". El marinismo es la búsqueda de formas desmesuradas y sorprendentes, una imaginativa extravagante a través del procedimiento ingeniosamente sutil. 

El preciosismo francés (Scudéry): Refinamiento exagerado en el lenguaje, culto a lo precioso y selecto en el atuendo y en las maneras, característico de la alta sociedad francesa a mediados del siglo XVII. Precede al clasicismo francés y hasta cierto punto lo prepara. Al principio, parece haberse aplicado este nombre a las personas que seguían de cerca la última moda y empleaban impropiamente la palabra précieux con el sentido del español ‘bonito, excelente’, que no tiene en francés. Las preciosas, pues, fueron llamadas así por la frecuencia con que empleaban esta voz.

La segunda escuela silesiana alemana formada por un grupo de poetas del barroco alemán: Martin Opitz (1597-1639), teórico principal del grupo, que introdujo la nueva corriente francesa, Paul Fleming (1609-1640), Simon Dach (1605–1659), Friedrich von Spee (1591-1635), el himnógrafo Paul Gerhardt (1607-1676), Friedrich von Logau (1604-55) y el gran Johann Scheffler (1624 - 1677), místico católico más conocido como Angelus Silesius, y Andreas Gryphius (1616-1664), forma latinizada del nombre alemán Andreas Greif.

Los poetas metafísicos de Inglaterra (metaphysical poetry): grupo de poetas ingleses barrocos del XVII que se singularizaban por practicar una poesía meditativa y filosófica sobre los problemas de la muerte, el tiempo, Dios y el amor, y entre los que destacaban especialmente John Donne (1573-1631), George Herbert, Richard Crashaw, Andrew Marvell, Henry Vaughan y Thomas Traherne. Poseían un estilo inventivo y elaborado, caracterizado por las doctas referencias y los argumentos sutiles, al igual que por la “alusión metafísica”: el uso de imágenes inusuales y paradójicas.

El eufuismo (euphuism) en Inglaterra, un estilo altamente elaborado y artificial, ampuloso y afectado, que tomó su nombre del Euphues, the Anatomy of Wit ("Euphues, o la anatomía del ingenio"), 1578, y su segunda parte, Euphues y su Inglaterra, 1580, del escritor John Lyly, su principal cultivador, aunque fue seguido en esta estética por otro importante escritor, Robert Greene. William Shakespeare criticó este estilo, aunque veces lo imitó. El eufuismo proviene de la manierista y elaborada prosa cortesana de fray Antonio de Guevara (1480-1545), un escritor muy popular a escala europea, y que prosperó en Inglaterra desde 1580 hasta comienzos del XVII, alcanzando su apogeo en el reinado de Isabel I. Se caracteriza por un extenso uso del símil, la aliteración y la antítesis, un gran descriptivismo ornamental, el abuso de la retórica y el acarreo de gran número de autoridades eruditas y citas cultas. Se trata en realidad de una forma de conceptismo.

Cultismo, culteranismo o gongorismo

El término culteranismo poseyó en su origen un carácter burlesco, formado a partir de la palabra culto (“cultivado”) y que, de hecho, supone la fase final de la evolución de la poesía renacentista española, instaurada por Garcilaso de la Vega, mezclado con luteranismo (como deformación de “luterano”) por parte de sus opositores para presentarlo como herejía estética, frente al estilo llano de Lope de Vega.

“Las características externas del cultismo –el neologismo, el hipérbaton y la metáfora– las dominó Góngora como ningún otro poeta. Góngora lleva a sus últimas consecuencias el enriquecimiento del lenguaje por la inventiva; es el proveedor de los máximos neologismos, que sorprenden y que confusionan. Su hipérbaton es más violento y atrevido que el de todos sus predecesores –Herrera y Carrillo especialmente–, llegando al abuso cuando se trata de colocar el verbo al final de las oraciones o de separar los elementos lógicamente encadenados por el sentido y la concordancia. Del uso y aun del abuso de la metáfora hace Góngora su máxima virtud. Todo lo que en la Naturaleza existe se realza nítido y se intensifica en el juego metafórico del cordobés insigne. ¿Se puede aludir más bellamente a un pájaro llamándolo «la cítara de pluma»? ¿No son «áspides volantes» las flechas disparadas?

Las características internas del cultismo de Góngora son: la melancolía y el gusto por el contraste. «Goces interrumpidos, dicha perturbada, impedido deleite, placer torturante, dádivas de amor enfadosas, embarazosos beneficios», cree Vossler que fueron los determinantes de su aridez y de su melancolía.” (Saiz de Robles, Federico Carlos: Historia y antología de la poesía española, Madrid: Aguilar, 1967, vol. I, p. 123)

El culteranismo aspira a crear un mundo de valores sensoriales de belleza absoluta. Para ello se vale de los mismos recursos de la poesía renacentista de origen clásico e italiano, pero sometiéndolos al proceso de distorsión o exageración típico de estilo barroco. Al igual que la lírica del siglo XVI, utiliza metáforas, neologismo, hipérbatos, alusiones mitológicas, etc., pero con gran profusión e intensidad.

El culteranismo intensifica los elementos sensoriales preocupado por el preciosismo y la artificiosidad formal a través de la metáfora, la adjetivación, el hipérbaton forzado o los efectos rítmicos y musicales del lenguaje.

Los rasgos esenciales del culteranismo se hallan vinculados al sentir estético del sur de España. Así tenemos tres grandes poetas andaluces: Mena en el siglo XV, Herrera en el XVI y Góngora en el XVII.

“El uso audaz de la metáfora responde a un febril anhelo de esquivar los aspectos desagradables o neutros de la realidad cotidiana, para atender tan sólo a los que ofrecen algún valor estético. El procedimiento no era nuevo, pero así como el poeta renacentista se limitaba a utilizar el lengua figurado como recurso frecuente, el culterano hará uso de él como forma casi exclusiva de expresión. Gracias a le metáfora, la miel se convierte en “oro”, los labios en “puertas de rubíes”, los pájaros cantores en “inquietas liras”. [...] El poema queda reducido a una brillante sucesión de imágenes, expuestas en un estilo afectado y difícil pero espléndido y magnificente, el que, no obstante, falta a menudo la vibración cordial de la poesía del Renacimiento.” (José García López: Historia de la literatura española, Barcelona, 1962, p. 246-247)

Góngora formó bien pronto escuela, pero pronto se suscitó una viva polémica sobre su reforma. Juan de Jáuregui, notable poeta sevillano, compuso varios escritos contra Góngora, pero poco a poco fue dulcificando el tono y casi acabó por hacerse culterano. Lope de Vega y sus amigos se dedicaron a zaherir al autor de Soledades, e igualmente Francisco de Quevedo, que se burló de los culteranos en su La culta latiniparda y en La aguja de navegar cultos. Otros muchos mostraron su oposición a la escuela culterana. Pero Góngora también tuvo numerosos defensores y comentadores.

El culteranismo fue revalorizado por los poetas franceses Paul Verlaine (1844-1896) y Stéphane Mallarmé (1842-1898), que vieron en esta corriente estética del barroco español un precedente del simbolismo poético francés (escuela poética aparecida en Francia a fines del siglo XIX, que elude nombrar directamente los objetos y prefiere sugerirlos o evocarlos).

En España, ya en el siglo XX, un grupo de poetas redescubrió el culteranismo con motivo del homenaje a Luis de Góngora al cumplirse el tricentenario de su muerte en 1927, de ahí que esa generación se llame la Generación del 27. Los poetas del 27 verán en Góngora un precursor de lo que serían las tendencias de la poesía contemporánea.

Conceptismo

La estética conceptista tiene su origen remoto en la poesía cortesana del siglo XV: tanto el uso de la glosa, como el desarrollo de la literatura emblemática y didáctica, obligada a utilizar frases breves y conceptuosas, impulsaron la evolución de la poesía hacia fórmulas conceptistas.

Esta corriente estética fue iniciada y bautizada por Alonso de Ledesma Buitrago (1562-1623) con sus celebérrimos Conceptos espirituales (tres partes, 1600, 1608 y 1612), donde se desarrollan varios puntos de doctrina cristiana de forma alegórica, pero el principal teorizador del conceptismo es el escritor jesuita Baltasar Gracián (1601-1658), en su Agudeza y arte de ingenio, que es un tratado teórico de poética conceptista.

“Lo que principalmente buscaba el conceptista al escribir era hacer gala de agudeza y de ingenio. El siglo XVI fue el del esplendor de la prosa castellana, el XVII es ya de decadencia; y uno de los síntomas de ésta es precisamente el buscar como principal sazón de la obra literaria el artificio y la agudeza.” (Ramón Menéndez Pidal)

“Dentro del mismo período del barroco, formando parte esencialísima de él, se produce el movimiento conceptista como una reacción contra el cultismo. El conceptismo estaba empapado de tradición castellana. El cultismo había confirmado no pocas premisas del Renacimiento italiano. Si el cultismo quería una palabra nueva y una imagen detonante para expresar una idea vieja, el conceptismo pretendía lanzar nuevas ideas, aún confusas, con palabras castizas y aun rancias. Los conceptistas cazadores de ideas forzosamente debieron de luchar con los luteranos cazadores de vocablos. Eran las defensas acérrimas del contenido y del continente.

Alonso de Ledesma Buitrago (1562-1623), segoviano, alumno de los jesuitas, de vida oscura y de gran cultura, pasa por ser el iniciador del conceptismo. Dos modernos críticos, Bonilla San Martín y Schevill, afirman –en su edición a las Poesías de Cervantes, Madrid, 1922– que el sacerdote y poeta conquense Miguel Toledano, autor de una Minerva sacra –Madrid, 1616–, «disputa a Alonso de Ledesma la palma del representante del conceptismo». [...] Alfonso de Bonilla, natural de Baeza, comparte con Ledesma la atribución de padres del conceptismo. En su Nuevo jardín de flores divinas –1612– y en sus Peregrinos pensamientos de misterios divinos –1614– lleva a un mayor atrevimiento que Ledesma. Bonilla se atreve a retorcer conceptuosamente la métrica no barroca que utilizaba: el villancico, el romance, la canción, el epigrama, y los retuerce con una fraseología dogmática, bíblica, litúrgica, lanzada en desconcertantes juegos de vocablos y comparaciones antitéticas, cuya lectura deja en perplejidad.

Pero si no el precursor ni el padre, el auténtico maestro del conceptismo fue Francisco de Quevedo a Villegas (1580-1645).” (Saiz de Robles, Federico Carlos: Historia y antología de la poesía española, Madrid: Aguilar, 1967, vol. I, p. 128-129)

El conceptismo se caracteriza por la elipsis y la concentración de un máximo de significado en un mínimo de forma. Juega constantemente con las palabras y cada frase se convierte en un acertijo por obra de los más diversos mecanismos de la retórica.

Gracián define el concepto como: Un acto del entendimiento que expresa la correspondencia que se halla entre los objetos. (Baltasar Gracián: Agudeza y arte de ingenio)

De los clásicos latinos, Herrera y Góngora toman como modelo el estilo oratorio de Virgilio y Cicerón; los conceptistas adoptan el estilo lacónico de Tácito, Séneca y Marcial. La estética literaria del Barroco dificulta la comprensión de lenguaje literario al pueblo llano. El Concilio de Trento intentaba evitar el acceso a la cultura por parte del pueblo y fomentaba la fe a través de los sentidos.

Los conceptistas escriben para la inteligencia, en cambio los culteranos lo hacen para los sentidos. En el conceptismo prima el fondo sobre la forma, al contrario que en el culteranismo.

El conceptismo da importancia al laconismo, que no significa claridad estilística y precisión. Hay frases lacónicas muy ingeniosas, pero que carecen de precisión y de claridad. El conceptismo busca la condensación expresiva, abusando a veces de la polisemia, las elipsis, las oposiciones de contrarios o antítesis, las paradojas.

Comienzo, auge y decadencia del estilo barroco

El estilo barroco empieza a apuntar a finales del siglo XVI y primeros años del XVII, pero persiste aún en la mayoría de los autores el estilo natural del Renacimiento. Como ejemplo de ello tenemos a Miguel de Cervantes, a caballo entre los dos siglos (entre el Renacimiento y el Barroco).

En el primer tercio del siglo XVII se forma el estilo barroco y es el momento cumbre de las luchas entre culteranos y conceptistas, aunque todos coinciden en el abandono de la naturalidad, norma suprema del arte hasta entonces.

A mediados del siglo XVII, el estilo barroco está definitivamente consolidado. Lo que comenzó como arte de minorías, adquiere ahora la máxima popularidad.

La muerte de Calderón de la Barca en 1681 marca el final del Barroco y la decadencia del estilo. El culteranismo ya sólo sabe repetir tópicos, y la literatura se llena de vulgaridad y farragosa pedantería.

Bien entrado el siglo XVIII, la influencia de la literatura y de las corrientes estéticas francesas instauran el reinado del neoclasicismo en España.