Precursores de la generación del 98

Justo Fernández López


El siglo XIX

El siglo XIX es en España el siglo de turbulencias políticas. Tras el esplendor político-cultural del Siglo de Oro (XVI-XVII), comienza a finales del XVII la decadencia político-cultural de España.

El siglo XVIII significó la división ideológica (las Dos Españas): Los afrancesados ilustrados contra los tradicionalistas. El pueblo rechazó el espíritu francés de los Borbones. En señal de afirmación de la propia identidad española, surge una ola de folclorismo: Empieza a salir a la luz el flamenco, se crean las modernas corridas de toros, se buscan los elementos distintivos españoles, vuelta a las raíces.

El siglo XIX es el siglo del nacimiento del liberalismo español. Comienza ya con la Constitución de Cádiz en el 1812 (primera Constitución española y primera liberal). Al mismo tiempo, la vuelta del rey Fernando VII tras su exilio en Francia y una vez acabada la Guerra de la Independencia contra los franceses, significa la vuelta al absolutismo conservador. A partir de 1814, el siglo XIX estará caracterizado por la lucha entre liberales progresistas contra conservadores tradicionalistas. Esta lucha culmina con las guerras carlistas, verdaderas guerras civiles ideológicas: Primera guerra carlista (1833-1839), Segunda guerra carlista (1847-1860) y Tercera guerra carlista (1872-1876).

Durante el reinado de la reina Isabel II (1843-1868) continúa la lucha entre los partidos del sector liberal: El conservadurismo del los “moderados” (Narváez) se impone al afán revolucionario de los “progresistas” (Espartero). En el terreno de las ideas, el catolicismo, apoyado por los órganos estatales, aseguró el influjo sobre el ambiente cultural, sin hallar apenas otra oposición que la del grupo de los “krausistas”. El talante político es aún de creencia en la España de los valores tradicionales imperiales, de la “España gloriosa”. La oratoria política está llena de grandilocuencia.

La Restauración

Por Restauración en sentido estricto se entiende en España el restablecimiento de la monarquía española en la persona de Alfonso XII, hijo de la reina Isabel II (1833-1868), destronada por la revolución de 1868. En diciembre de 1874 tuvo lugar la proclamación y en enero de 1875, la coronación. El periodo de la Restauración comprende el reinado de Alfonso XII (1874-1885) y la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena (1885-1902). A partir de 1902, con la mayoría de edad de Alfonso XIII (1902-1930), se puede considerar el comienzo de un nuevo periodo, de carácter regeneracionista, truncado por la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930), que desembocaría en 1931 en el comienzo de la II República (1931-1936).

Por extensión, el periodo conocido con el nombre de Restauración duraría los reinados completos de Alfonso XII (1874-1885) y de Alfonso XIII (1902-1930), incluyendo los periodos de regencia de María Cristina (1885-1902) y la dictadura de Primo de Rivera (1923-1931). Así el periodo completo de la Restauración monárquica duraría de diciembre de 1874 (o enero de 1875) hasta el 14 de abril de 1931, fecha de proclamación de la II República.

La Restauración nació de un pronunciamiento militar llevado a cabo por Arsenio Martínez Campos el 29 de diciembre de 1874, pero fue encauzada por la vía civilista por Antonio Cánovas del Castillo, el cual actuó de forma autoritaria durante el primer quinquenio. En este periodo, se elaboró la nueva Constitución (1876) y se pacificó el país: fin de la tercera Guerra Carlista (1876) y Paz de Zanjón en Cuba (1878).

«La Universidad Libre acabaría convirtiéndose en las manos de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915) en la Institución Libre de Enseñanza (1876-1939). La Institución empezó sus cursos en octubre de 1876. El embrión lo habían puesto varios profesores expulsados de las universidades al no someterse a la declaración de fe católica que imponía un decreto del ministro moderado Manuel Orovio Echagüe (1817-1883).

La Institución era fiel reflejo de la influencia que había conseguido en España la filosofía krausista. El pensamiento de Karl Cristian Friedrich Krause (1781-1832) había sido importado por Julián Sanz del Río, tras su viaje a Alemania de 1843 y su traducción de la obra de Krause Urbild der Menschheit (1811) como Ideal de la Humanidad para la vida (1860). El krausismo español no fue nunca una simple escuela filosófica, sino más bien una actitud humana integral ante la vida, con una enorme confianza en la capacidad humanizadora de la educación.

El krausismo consiguió romper el monopolio neoescolástico en las universidades españolas y alentó el interés por otras filosofías vigentes en Europa, como el kantismo, el positivismo y el hegelismo. Pero la ruptura del monopolio escolástico no fue tarea fácil, y el Ideal de la Humanidad fue incluido en 1865 en el Index librorum prohibitorum. El panenteísmo krausista –comprensión del mundo como todo en Dios– no podía ser visto con buenos ojos por la Iglesia católica oficial. El “liberalismo ético” de los krausistas –nada libertino, pues eran hombres estrictamente morales– desentonaba con la ética eclesiástica de la España tradicional, aunque ésta lo que verdaderamente temía era su influencia política y su apoyo al liberalismo –que presuponía concepciones democráticas– y, en no pocos casos, al republicanismo y, más tarde, al socialismo. Los krausistas pretendían una reforma política y social de la España de su tiempo a través de la transformación del hombre. La educación era su principal y eficaz, aunque paciente, argumento. Habían tenido su auge político durante el Sexenio Revolucionario [de la revolución de 1868 (“la Gloriosa”) al pronunciamiento de 1874 que supuso el inicio de la Restauración monárquica]. En los orígenes de la Restauración habían perdido poder político y académico. Sus principales representantes había dimitido sus cátedras tras el decreto del ministro Orovio, aunque tardíamente fueron repuestos en ellas. La normativa de Orovio intentaba, en realidad, frenar el esfuerzo de Antonio Canovas del Castillo (1828-1897) por atraer a ese grupo hacia un centro templado de la política, que permitiera construir un partido liberal cohesionado y fuerte capaz de alternar en el poder con los moderados.

Cánovas acabó imponiendo su concepción de la política. La Constitución de 1876 es un buen ejemplo: soberanía compartida (Cortes con el Rey), fórmula moderada de libertad religiosa, libertades de prensa, asociación y reunión, sufragio universal y, sobre todo, una enorme flexibilidad –las modificaciones se podía hacer por ley, sin ningún otro requisito cuantitativo– para permitir gobiernos conservadores o liberales.

Canovas consiguió aunar fuerzas en torno suyo, es decir, alrededor de lo que luego se conocería como Partido Liberal Conservador, e impulsó la formación de un Partido Liberal a partir del grupo Constitucionalista de Práxedes Matea Sagasta (1825-1903). El turno pacífico ya era posible. Parte de la plana mayor de lo que en 1880 formó el Partido Liberal procedía de la Institución Libre de Enseñanza: Segismundo Moret, Eugenio Montero Ríos y José Canalejas. El krausismo, por tanto, había conseguido cuando nació Ortega y Gasset (1883-1955) importantes parcelas de poder político e impregnado con sus ideas una buena parte del liberalismo.

Al margen del sistema quedaban los carlistas, defensores de un tradicionalismo católico a ultranza, y los diversos grupos republicanos. No obstante, tanto Canovas como Sagasta tenían un talante de atracción de esas fuerzas hacia el centro político que era la Restauración, un difícil equilibrio entre las tesis revolucionarias y el integrismo católico.

La Restauración había sido engendrada en la cabeza de Antonio Canovas del Castillo, pero se había impuesto gracias al nerviosismo del general Martínez Campos (1831-1900), quien se pronunció en Sagunto [29 de diciembre de 1874] tras una rebuscada y fracasada Monarquía (la de Amadeo de Saboya 1870-1873), once convulsos once meses de I República (1873-1874) y desconcertados tiempos de regencia del general Francisco Serrano [la llamada 'fase pretoriana republicana'].

Canovas del Castillo, que había avanzado hacia posiciones moderadas desde las filas liberales de O’Donnell, convenció a Isabel II, tarea nada fácil, para que aceptara la restauración de la Monarquía en la persona de su hijo, el príncipe Alfonso. Tras atraer a diversas fuerzas y publicar con la rúbrica del príncipe el Manifiesto de Sandhurst, donde éste se mostraba como rey moderno, es decir, liberal y parlamentario, al tiempo que católico, Canovas instó al príncipe Alfonso a que regresara a España.

La Restauración montó su éxito en estos primeros años sobre la pacificación de un país embarcado en numerosos conflictos y muy inestable políticamente. Acabó con la revuelta cantonalista, heredada de la I República, momentáneamente con el movimiento separatista cubano (pacto de Zanjón) y puso fin a las interminables guerras carlistas, que aquellos que vinculaban el altar y el trono se empeñaban en seguir. Una época de bonanza económica conocida como la década de la “fiebre del oro”, fruto de la situación internacional, de ciertas mejoras de la industria (es la época del desarrollo del ferrocarril), y de buenos años agrícolas, gracias, entre otras cosas, a la filoxera de las cepas galas y a la ampliación de mercados por las conexiones ferroviarias, fueron el abono que hizo crecer el embrión del naciente régimen, junto al acierto de Canovas y de Sagasta.

Las elecciones eran una farsa en la España de la Restauración. Una sociedad nada politizada se abandonaba al juego de favores que representaba el caciquismo. Los caciques locales conocían su territorio y las necesidades de los electores, que eran satisfechas a cambio del favor político. Cuando el caciquismo no funcionaba, se recurría descaradamente a la manipulación electoral. La violencia no era la nota común para el trampeo electoral, aunque en algunos casos se empleó. Una forma de violencia era el pucherazo o ruptura de la urna con las papeletas. También se compraban los votos, aunque esta práctica fue más común a partir de la entrada en vigor del sufragio universal (de varones mayores de veinticinco años) en 1891.

El resultado electoral estaba pactado, por lo menos explícitamente, cuando el rey concedía el decreto de disolución de Cortes. El partido beneficiado sabía que iba a fabricarse una mayoría a su antojo, dejando hueco parlamentario a un nutrido grupo de la oposición dinástica y a unas cuantas figuras sueltas de los partidos no mayoritarios o antidinásticos. [...] Muchos gobiernos no aguantaban los primeros envites parlamentarios. De ahí que el tal decreto fuera síntoma de estabilidad del Gobierno, que podía confeccionar con él y con los mecanismos caciquiles una mayoría favorable.

El caciquismo estaba basado en el control del aparato administrativo y la ausencia de partidos fuertes y organizados. Los partidos de la Restauración eran partidos de notables, con posiciones muy personalistas y, muchas veces, sin coherencia interna. La Administración tenía que ser cuanto menos pasiva ante el fraude electoral. Por lo general era activa a favor del fraude y eso es lo que permitía que el sistema de favores surtiera efecto. El cacique podía impedir el pago de contribuciones y que los hijos fueran al Ejército, agilizar tediosos trámites en la capital con motivo de cualquier acto jurídico o proveer un empleo. El cacique cumplía un doble juego, pues sus favores se extendían a los políticos capitalinos, que a través de él controlaban los distritos electorales y colocaban a sus acólitos, muchos de los cuales no tenían vinculación con el distrito, eran los llamados cuneros. Los políticos más representativos de la Restauración tenían sus propios distritos, en los que solían ser intocables. Tamaña falsificación electoral y juego de arbitrariedades administrativas sólo eran posibles por el consentimiento ciudadano, fruto de la falta de formación política, que tampoco se fomentaba, del desconocimiento y del alto índice de analfabetismo. La Restauración no era una democracia falseada, sino más bien un sistema predemocrático dentro de lo que se conoce como regímenes liberales. El contexto europeo era muy similar.

Un momento clave en la política de la Restauración fue lo que se conoció como Pacto de El Pardo [acuerdo alcanzado en 1885 entre los líderes del partido Conservador y el Liberal para consolidar la monarquía tras la muerte de Alfonso XII (1885). El pacto sirvió para anular los esfuerzos de los republicanos y evitó la consiguiente reacción de un levantamiento carlista. Este pacto consolidó también un relativo turnismo (alternancia en el poder) entre los dos partidos dinásticos. El pacto de no agresión entre liberales y conservadores durará hasta 1888].

La Restauración tenía notables carencias democráticas, pero había conseguido una normalidad política impensable años atrás. Ni siquiera los que se autodenominaban demócratas renunciaban a las facilidades del sistema caciquil. Esta forma de hacer política que heredaba como lacre el caciquismo de la etapa isabelina había eliminado la ingerencia militar y, con ella, la inestabilidad política de una España que parecía estar en constante compás de espera. Esta estabilidad había contribuido al desarrollo social, económico y cultural. En los primeros años del nuevo régimen, se forman los grandes escritores de la que luego será conocida como Generación del 98, dan el máximo de sí autores consagrados como Juan Valera, José Echegaray o Ramón de Campoamor y se abren paso nuevas corrientes filosóficas en dura lucha, a la postre triunfante, contra el tomismo vigente. Además, se recupera una tradición científica aletargada desde tiempos de Carlos III. Santiago Ramón y Cajal, Alejandro San Martín, Ignacio Bolívar o Leonardo Torres Quevedo no son casualidades, ni lo es el propio Ortega y Gasset, nacido en ese ambiente pacífico y dentro de un entorno liberal, que vivía cada vez más a sus anchas dentro de una España políticamente moderada y religiosamente católica a machamartillo.

La Restauración no era un paraíso político, ni España el centro de la cultura y de la ciencia internacionales, sino más bien un país con un altísimo índice de analfabetismo, escasas escuelas públicas, maestros mal pagados y poquísimas bibliotecas; un país con una estructura social tradicional y una economía principalmente agraria, aunque empezaban a despuntar algunas industrias. Esas carencias serán denunciadas por los regeneracionistas, por algunos de los integrantes de la Generación del 98, con el Unamuno de antes de 1900 a la cabeza, y por el propio Ortega y Gasset. Mas al mismo tiempo, España disfrutaba de un régimen político liberal y la sociedad empezaba a modernizarse y liberalizarse, aunque un régimen político democrático no estuviese en el horizonte próximo. En este sentido se expresa Santos Juliá cuando habla de “Liberalismo temprano, democracia tardía: el caso español”.»

[Zamora Bonilla, Javier: Ortega y Gasset. Barcelona: Plaza Janés, 2002, p. 25-30]

Régimen político de la Restauración

Los dos pilares básicos del nuevo régimen fueron la Constitución conservadora de 1876 y un sistema político turnista (alternancia en el poder de los dos principales partidos). La Constitución de 1876 fue la más sólida al mantenerse en vigor hasta el golpe militar de 1923.  Teóricamente duró hasta la llegada de la II República (1931), aunque en la práctica, se convirtió en ‘letra muerta’ con la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).

Al monarca se le otorgaban muchas prerrogativas: el rey además de reinar podía gobernar (lo que aprovechará el futuro Alfonso XIII) y vinculaba las Fuerzas Armadas prácticamente al monarca, por encima del poder civil. Se reeditaba la confesionalidad del Estado. La regulación de los derechos de los ciudadanos no quedaba pendiente del desarrollo normativo posterior. Un sinfín de calculados silencios hacían de la ambigüedad la clave de su dilatada vigencia. Se consagraba el bipartidismo de inspiración británica turnándose: el Conservador, liderado por Cánovas, y el Liberal (fusión de grupos constitucionalistas), a cuya cabeza estuvo Práxedes Mateo Sagasta. Junto a ambos partidos se encontraban, por la derecha, el carlismo, y, por la izquierda, los diversos grupos republicanos, el socialismo (el Partido Socialista Obrero Español, PSOE, y la Unión General de Trabajadores, UGT) y el anarquismo.

El bipartidismo escondía la presencia real de un sistema parlamentario viciado por el caciquismo, que al pervertir los resultados electorales imponía gobiernos desde arriba, de acuerdo con los intereses de una minoría oligárquica. La corrupción del sistema se denunció desde muy pronto, pero en la práctica resultó imposible de eliminar.

Los llamados ‘años bobos’ de la nueva clase burguesa marcaron la sociedad del fin de siglo: creación de nuevos escenarios, como teatros, casinos o ateneos; apertura de calles, transporte, uso de la electricidad y otra serie de servicios. La burguesía conseguía incluso títulos nobiliarios.

A su lado, se fue desarrollando en las zonas más industrializadas (Cataluña o Madrid), un proletariado obrero cada vez más numeroso, que se fue organizando en movimientos reivindicativos: el anarquismo, que ilegalizado, recurría a la violencia; el socialismo representado por Pablo Iglesias (1850-1925) Pablo Iglesias, uno de los fundadores del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de la Unión General de Trabajadores (UGT), organizaciones de las que fue máximo representante.

En la década de 1890, el problema principal fue el colonial y en especial Cuba. Ante el fracaso de las medidas autonomistas, a partir de 1895 se inició en Cuba la guerra que desembocó en 1898 en la pérdida de todas las colonias, lo que provocaría el nacimiento del llamado regeneracionismo.

El Krausismo en España

La filosofía del XVIII en España estaba acuñada por el espíritu francés. En la primera mitad del XIX sigue bajo el influjo francés: sensismo, materialismo, sociología, naturalismo y eclecticismo. Las luchas civiles políticas están movidas por el espíritu liberal en lucha contra el tradicional. La segunda mitad del XIX marca en filosofía el viraje hacia el mundo germano. Tras el periodo de neoescolasticismo o filosofía cristiana de Jaime Balmes (1810-1848) y Donoso Cortés (1809-1853), surge en España el gran fenómeno filosófico del siglo XIX, el KRAUSISMO, que ocupa el centro de la vida académica desde 1850 a 1875. Precisamente cuando en toda Europa reina un marcado positivismo y un rechazo de toda especulación metafísica, prende en España el panteísmo hegeliano de Karl Christian Friedrich Krause, (1781-1832), una mezcla de idealismo alemán con misticismo pietista. El Krausismo es un sistema filosófico elaborado por Krause, que pretende una conciliación entre el teísmo y el panteísmo. El krausismo fue uno de los movimientos filosóficos de mayor influencia en la España del siglo XIX.

Se entiende por krausismo la corriente de pensamiento que continúa, en el tiempo, la filosofía del alemán Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), especialmente en la formulación  hecha por sus discípulos Ahrens (1808-1874) y Tiberghien (1819-1901).

Krause realizó sus estudios de Filosofía en la Universidad de Jena, donde se impregnó de la filosofía de Immanuel Kant a través del criticismo de Johann Gottlieb Fichte y Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling, y de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (que a la sazón profesaban en dicho centro). Por ello, su pensamiento constituyó un intento por recuperar el auténtico sentido de la filosofía kantiana, oponiéndose a las interpretaciones que él recibió de sus profesores.

Su pensamiento apenas tuvo éxito en Alemania, tal vez por utilizar una terminología complicada y abstrusas construcciones. Sin embargo, tuvo grupos de discípulos muy fieles en Bélgica, en los Países Bajos y, muy especialmente, en España, donde se convirtió en un movimiento que alcanzó gran trascendencia política e intelectual durante casi un siglo. El krausismo se infiltró con su influencia en todas las manifestaciones culturales españolas de la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX en especial la filosofía, la religión, la moral,  la política, el derecho, la educación, la pedagogía, la literatura, etc., y contribuyó de un modo decisivo a la aparición de las ciencias humanas en España.

El Krausismo, que Krause definió como “racionalismo armónico” es la exposición del camino que va del hombre a Dios y de Dios al hombre, proceso que no da como resultado un panteísmo, que rechazaba, sino un panenteísmo, doctrina que afirma la existencia del mundo como mundo en Dios, no como la identidad de ambos.

Krause aplicó lo fundamental de su pensamiento a la ética y a la filosofía del Derecho. Criticó a la Iglesia y al Estado por ser entidades finitas, carentes de finalidad universal, y propuso un dualismo universal de naciones y familias como forma para alcanzar el ideal de humanidad que permite participar a todos y a cada uno de los individuos en la razón suprema y en el bien.

El hombre ocupa un lugar central en esta filosofía al verificarse en él la unidad de la Naturaleza y el Espíritu, que toma cuerpo en la idea de Humanidad. Los distintos períodos por los que ha pasado la Humanidad son otros tantos grados de ascensión hacia Dios, cuya culminación es la Humanidad racional, expresión de una gravitación hacia el Bien como Ser Supremo. En esta línea, Krause rechaza la teoría absolutista del Estado y acentúa las asociaciones de finalidad universal: la familia o la nación. Son éstas el verdadero fundamento de la moralidad, y la federación de esas asociaciones universales son las que constituyen el ideal de la Humanidad. El punto culminante del desarrollo es la conciencia madura, con la cual el hombre ve todas las cosas en Dios. En el Ideal de la Humanidad, que culmina en la Alianza de la Humanidad, convergen armónicamente moralidad, derecho y sociabilidad.

Krause une el idealismo hegeliano alemán con el panteísmo de la unidad de Spinoza. El ser absoluto es a la vez el Bien supremo. Nosotros estamos EN el Ser = Pan-EN-teísmo. Frente al panteísmo, el sistema de Krause afirma que el mundo no es Dios, sino que está en Dios: pan-enteísmo. El panenteísmo dice que no hay antítesis entre Dios y el mundo, sino que la antítesis se da en el interior de Dios entre el mundo físico y el mundo espiritual. Nuestro deber será reproducir en nuestra vida la vida de Dios. Conocer es conocerse. Conocimiento científico significa ahondar en la inagotable profundidad del YO humano. Para esto es necesario un clima moral de recogimiento íntimo. Conocimiento y vida, virtud y ciencia, quedan íntimamente compenetrados.

El ideal krausista es una vida científica metódicamente conducida, ciencia armoniosa, sistema completo; y Dios en el espacio de esta armonía: Todo es Dios, todo está EN Dios. Los krausistas españoles se ven como continuadores de una tradición panteísta española que enlaza con Aben Masarra, Avicebrón, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

El krausismo representa especialmente la visión que en España tuvieron de la filosofía de Krause Julián Sanz del Río (1814-1869), Fernando de Castro (1814-1874), Francisco Giner de los Ríos (1839-1915) y Gumersindo de Azcárate (1840-1917), entre otros. Cuando Sanz del Río fue a Alemania, la filosofía de Hegel estaba infravalorada, mientras que la de Schelling se encontraba en su época de mayor esplendor y la filosofía de Krause guardaba una estrecha relación con la de Schelling, de quien había sido discípulo.

«No puede sorprender la elección que Sanz del Río hizo de Krause y de su sistema filosófico, frente a Hegel, bastante desacreditado en la Alemania del momento, o frente a  Schelling, absolutamente desconocido en la España de aquel tiempo; la elección de Krause no ofrecía dudas de ninguna clase. Se daban conjuntamente en éste las afinidades filosófico-espirituales con la tradicional sensibilidad religiosa de la cultura española, así como las implicaciones ético-prácticas que exigían los imperativos de la reforma socio-política en que se hallaban comprometidas las minorías más avanzadas de nuestro país. La elección de Krause y de su sistema filosófico venía, pues, casi exigido por ese doble condicionante.» [José Manuel San Baldomero Ucar, en: Enciclopedia Universal DVD ©Micronet S.A. 1995-2007]

El krausismo dejó pronto de ser un movimiento filosófico atenido a las ideas de Krause para convertirse en un movimiento de renovación espiritual y en particular educativa que cristalizaría con la fundación de la "Institución Libre de Enseñanza", por Francisco y Hermenegildo Giner de los Ríos, Salmerón, Azcárate, Costa, etc., institución que desempeñaría un papel considerable en la vida intelectual española. El krausismo supuso un revulsivo para la cultura española decimonónica, trasnochada y anquilosada por culpa del escolasticismo dogmático y decadente, aportando unos modos de total renovación y de frescura intelectual. Las ideas de Krause tuvieron su aplicación en el ámbito jurídico y social, como respuesta a la búsqueda de los estudiosos de la época, pretendiendo encontrar un sistema social más ético y más justo.

El krausismo significó para muchos intelectuales liberales una doctrina que armoniza el liberalismo individualista con la religión. Su carácter especulativo, religioso y ético, así como su proyección social, pedagógica y política significó un sustituto para el talante religioso español. El catolicismo tradicional era para la mayoría de los intelectuales liberales demasiado angosto, retrógrado y cerrado al progreso. El krausismo fue la forma total de vida suplantadora del catolicismo: La filosofía y la ciencia como directora de la vida y como suprema instancia de la vida espiritual del hombre. El krausismo es la primera manifestación en España del espíritu secularizado de la filosofía moderna.

Julián Sanz del Río (1814-1869)

Fue enviado a estudiar a Alemania con una beca del Gobierno español en 1843. Llega a Alemania precisamente cuando ya se ha producido en este país el desplome total del idealismo alemán de cuño hegeliano. Pero Sanz del Río ya era krausista antes de ir a estudiar a Alemania. En España se conocía ya a Krause a través de su discípulo belga Henri Ahrens. La obra de Ahrens había sido traducida al español en 1841. Sanz del Río trata en Bruselas con Ahrens y en Heidelberg conoce a los discípulos de Krause. Torna a España convertido en un apologeta de la nueva doctrina krausista. Krause es para Sanz del Río una síntesis de idealismo alemán y cristianismo, comprensividad, armonía y calor religioso. La importancia que daba el krausismo a la ciencia y a la búsqueda de la verdad mediante un “racionalismo armónico” era muy sugerente para los espíritus liberales de la España del XIX que buscaban una renovación cultural y educativa de la población. Para los españoles liberales del XIX fue el sistema krausista interesante por sus aplicaciones inmediatas a la vida práctica, individual y pública y como motor de las nuevas ideas de progreso y renovación.

«Sanz del Río buscaba una nueva concepción del mundo y creyó encontrarla en el racionalismo armónico de Krause. El krausismo tuvo un gran ascendiente sobre algunos grandes pensadores muy críticos con la decadente situación intelectual española, como fueron Joaquín Costa, Francisco Pi Margall, Nicolás Salmerón, Rafael Mª de Labra o Emilio Castelar. Los llamados Krausistas desempeñaron un papel muy destacado en el proceso de protesta y enfrentamiento con los poderes constituidos, que llevó a la Gloriosa Revolución de 1868; el triunfo de Juan Prim; la promulgación de la Constitución de 1869, muy influida por las ideas Krausistas; el desarrollo de la Sociedad Abolicionista, contra la esclavitud en la América española; la instauración de la I República.

El krausismo español cristalizó en un impulso de renovación y crítica social que tuvo una notable representación en la Institución Libre de Enseñanza. Impulsada por Francisco Giner de los Ríos que de profesor de Filosofía del Derecho se convirtió muy pronto en verdadero filósofo de la educación, la institución fue, a partir de 1876, el movimiento educativo no oficial más importante nunca desarrollado en España.» ["Krausismo." Microsoft® Encarta® 2009 (DVD), 2008]

La Revolución de 1868 y la lucha por la libertad de la enseñanza

La Revolución de 1868, también conocida como “la Gloriosa”, fue el levantamiento revolucionario español de septiembre de 1868 que destronó a la reina Isabel II. La causa de la revolución fue una crisis económica generalizada, las disensiones internas del Partido Moderado, en el poder desde 1844, y el comportamiento de la reina Isabel II.

Con la Revolución de 1868 se inicia el periodo denominado Sexenio Democrático (1868-1874) en el que se intentó crear un sistema democrático que desembocó en la fallida experiencia de la I República (1873-1874) y en el que por primera vez el Estado español se organizó mediante la forma de gobierno republicana. La inestabilidad gubernamental fue su principal característica, puesto que en tan corto periodo de tiempo se sucedieron cuatro presidentes con seis gobiernos.

La libertad de la enseñanza es una de las reivindicaciones de la Revolución española de 1868. Los revolucionarios querían romper el monopolio educativo del Estado y de la Iglesia y hacer desaparecer la “ciencia oficial”. Los krausistas naturalmente eran defensores de esta libertad de enseñanza y de la reforma de la Universidad, en crisis durante el reinado de Isabel II (1833-1868).

La fe en la iniciativa privada era consustancial al liberalismo y al krausismo en este sentido. Pero la reforma universitaria quedó más bien en proyecto, no llegó nunca a realizarse. Pasada la euforia del periodo revolucionario (1874-1875), los krausistas son desalojados de sus cátedras y el grupo se disgrega. El krausismo como sistema o ideología política toca a su fin. En el 1876, tras unos años de revolución cultural, se instaura la Restauración monárquica con Alfonso XII por obra de Canovas del Castillo.

El último cuarto del siglo XIX hay una tregua en la lucha ideológica. Los últimos años del siglo representan un periodo de calma y de atonía política y cultural. Los políticos siguen con su lenguaje grandilocuente. En el terreno científico comienza a ejercer su influencia el positivismo.

Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza (1876)

Durante la Restauración de la Monarquía española en la persona de Alfonso XII (1874-1875), hijo de Isabel II, resurge el krausismo como institución gracia a la labor del discípulo de Sanz del Río, Francisco Giner de los Ríos, que en 1876 funda la famosa Institución Libre de Enseñanza. Esta institución fue en su origen un organismo independiente, fuera de todo marco y compromiso. Giner de los Ríos fue destituido de su cátedra en el 1875. Fundó la Institución Libre de Enseñanza para poner en práctica sus ideas krausistas de renovación del sistema pedagógico español siguiendo un método activo, con contacto con la naturaleza y la tradición popular, educación de la mujer, extensión cultural, coeducación, libertad religiosa, etc. De hecho la Institución Libre de Enseñanza se convirtió más tarde en árbitro de la situación cultural española. En ella se formarán bien entrado el siglo XX los mejores intelectuales españoles: el pintor Salvador Dalí, el cineasta Luis Buñuel, el poeta y dramaturgo Federico García Lorca son sus últimos miembros famosos.

La eficacia de las ideas krausistas entre los intelectuales desengañados de la política y del catolicismo tradicional radicó en su doctrina ética: seriedad, laboriosidad, avidez de instrucción, europeísmo y afán de culturización, corrección de formas en el trato de personas y creencias, sentido ético natural elevado a religión. Este humanismo religioso no cristiano chocó con el ambiente sociológicamente cargado de mentalidad católica tradicional. En el lenguaje popular, la palabra “krausista” llegó a significar adicto al pensamiento europeo y moderno, actitud anticatólica.

La crisis de fin de siglo

Las corrientes revisionistas o reformistas que criticaban diversos aspectos del sistema político de la Restauración monárquica 1874 eran anteriores al desastre del 98. Dentro del sistema ya habían ido surgiendo proyectos de índole reformista: reorganización de la administración local de Silvela (1891), revisión de la administración colonial cubana de Maura (1893).

En el sector educativo, la Institución Libre de Enseñanza, surgida del conflicto universitario en los orígenes de la Restauración, fue reuniendo a muchos intelectuales críticos con el sistema. El desastre de 1898 contribuyó a poner de manifiesto lo necesario de las reformas desde tantos ámbitos exigidas y convirtió en un clamor las críticas al sistema.

Surgió el regeneracionismo, movimiento que englobaba diversas corrientes dentro de una burguesía media que no aceptaba el sistema político de la Restauración y que propugnaba una modernización política y económica que el régimen parecía incapaz de llevar adelante.

El representante principal de este grupo es Joaquín Costa, autor de Oligarquía y Caciquismo (1901-1902), y activista en defensa de sus ideas a través de las Cámaras Agrarias. El movimiento regeneracionista, la literatura regeneracionista, tenía un terreno abonado en la sociedad española conmovionada por el desastre colonial del 98. Estos movimientos, catalizados por el desastre colonial del 98, avivaron un sentimiento renovador de la vida política española.

Los primeros años del siglo XX traerían a escena a una nueva generación de políticos de clara raigambre reformista. Desaparecidos los grandes líderes, Cánovas y Sagasta, serán Maura, Dato o Canalejas, jóvenes revisionistas nacidos en los años cincuenta, los encargados de emprender la difícil tarea de modernizar el sistema diseñado por Cánovas en la década de los setenta. Junto a ellos, figuras como Pablo Iglesias, Lerroux, Vázquez de Mella, tomarán el relevo en los grandes debates que se avecinan.

Los Regeneracionistas y el tema de la “regeneración de España”

Durante la Restauración de la Monarquía española en la persona de Alfonso XII (1874-1875) el elemento conservador verá la clave del resurgimiento patrio en la vuelta al Siglo de Oro. El sector liberal, por el contrario, verá la renovación cultural española en el contacto con Europa, en la abertura hacia la cultura europea moderna, en el desarrollo de aquellas facultades españolas que la tradición oficial impidió fructificar. El sector liberal pide que se rompa con las tradiciones del Imperio, con el mito de la “España gloriosa”. La grandeza del pasado imperial español se pone en cuestión, a la vista de la decadencia colonial, que cada vez se agrava más.

La temática de los llamados “regeneracionistas” ya había surgido en el XVIII con José Cadalso (1741-1782), escritor ilustrado español, también considerado introductor del romanticismo en España. Y en el XIX, durante el Romanticismo, con Mariano José de Larra (1809-1837), escritor romántico y periodista español famoso por sus brillantes retratos críticos de la vida y la sociedad española de su época.

Los regeneracionistas, surgidos en parte del grupo krausista, consideran como ineficaces las luchas ideológicas y quieren volver a las realidades concretas de la patria: economía, educación, cultura y agricultura. Su divisa es “menos política y más administración”, “escuela y despensa... siete llaves al sepulcro del Cid”. Se proponen edificar la grandeza intelectual de España con el material genuino español, sin mezclas exóticas, buscan la España auténtica. Por otro lado, quieren integrar esta grandeza intelectual española en la corriente universal del saber: europeizar a España.

Esta corriente reformadora del regeneracionismo se puso en marcha tras la gran crisis de 1898, año en que España pierde las últimas colonias de ultramar: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Cronológicamente el movimiento regenerador abarcó hasta el inicio de la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923).

La pérdida de las últimas colonias ultramarinas y la inseguridad acerca de la misma integridad territorial de España desencadenó un proceso de profunda y agria crítica. Una minoría trató de buscar soluciones para contrarrestar la decadencia política de España, antigua potencia colonial.  Entre estos grupos destacaron algunos intelectuales como Joaquín Costa (1846-1911) y políticos con Francisco Silvela (1843-1905), Antonio Maura (1853-1925) y José Canalejas (1854-1912) y otras personas pertenecientes a otros sectores sociales.

Este grupo de regeneracionistas pretendió buscar las causas de los desastres y ofrecer soluciones que acabaran con el lamentable estado de España. El movimiento regeneracionista fue más bien ideológico que literario. Estuvieron influidos por los presupuestos filosóficos del krausismo y por las ideas pedagógicas y renovadoras de la Institución Libre de Enseñanza, que planteaba una reconstrucción de España “desde abajo”, es decir, desde la educación de las futuras generaciones.

El movimiento regeneracionista pretendía conseguir la transformación interna de la persona para proyectarse luego sobre el resto de las actividades humanas. La escuela como el instrumento básico de transformación de la persona, tanto individual como colectivamente; pragmatismo en lo económico y un giro radical en la tradicional política ‘quijotesca’ española hacia terrenos e intereses más cercanos y directos.

Costa recomendó modernizar la cultura española apartándola de las tradiciones de la época imperial. Creía que las posibilidades culturales del pueblo español habían sido desviadas por una política tradicional equivocada: los sueños imperiales.

Pasado un quinquenio de crisis, donde la Corona hubo de arbitrar ante la inestabilidad de los partidos gobernantes, se entró en otro (1907-1912), de la mano de Maura y Canalejas, en el que los logros positivos fueron apreciables, para desembocar en el último (1917-1923), en el que se produjo la definitiva descomposición del sistema de la Restauración.

Joaquín Costa (1846-1911) fue la principal cabeza del regeneracionismo y su lucha contra el caciquismo del sistema político de finales del XIX. Su programa de ‘despensa y escuela’ y total austeridad, era poco atractivo para los partidos. Por ello, en 1903, renunció al escaño para el que había sido elegido en la candidatura republicana, y se retiró de la política.

Ricardo Macías Picavea (1847-1899) se expresó en términos parecidos a Joaquín Costa en sus obras La instrucción pública en España y sus reformas (1882); o El problema nacional: hecho, causas y remedios (1899), donde ataca la “política equivocada de los Austrias en España”. Picabea considera esta política como causa de la decadencia político-cultural de España: la grandeza imperial española fue un sueño y una ilusión sin base socio-cultural. Picabea establece un plan de reforma del país que abarca todos los aspectos de la vida española.

Puede considerarse el Regeneracionismo como precursor de los autores de la Generación del 98.

Ángel Ganivet (1862-1898), autor de Idearium español (1897),   ensayista y narrador, fue precursor de la generación del 98.

Ganivet García, Angel (1865-1898), considerado precursor de la generación del 98, nació en Granada en el seno de una familia de artesanos de clase media dedicados a la fabricación de pan. Su padre murió cuando el autor contaba con nueve años; un año más tarde, Ganivet sufrió una grave caída cuya larga rehabilitación produjo cambios en su carácter.

Cursó las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, redactando dos tesis: España filosófica y contemporánea, que no le fue aceptada, y La importancia de la lengua sánscrita.

Su amistad su amistad con Unamuno fue perdurable y se manifiesta de manera polémica en El porvenir de España.

Hizo oposición al cuerpo consular y es nombrado vicecónsul de Amberes. La carrera consular le condujo a distintas ciudades del norte de Europa (Amberes, Helsinfort y Riga) en las que se desarrolla la época más productiva de su obra.

A principios de 1898 se suprimió el consulado de España en Helsinfort y se trasladó a Riga. En esta ciudad, la crisis espiritual iniciada en Amberes se vio agravada por factores como la soledad, el aislamiento y el desengaño amoroso, que le iban a conducir a un final trágico.

Finalmente su estado de ánimo, agravado por causas físicas entre las que se barajan una depresión profunda, las secuelas de una infección sifilítica o una esquizofrenia epileptal, lo impulsaron al suicidio en el río Dwina, el 29 de noviembre de 1898.

Entre sus obras destacan las novelas

La conquista del reino de Maya por el último conquistador español Pío Cid (1897)

Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898)

en las que realiza una sátira del proceso de colonización.

Su obra teórica más importante es el

Idearium español (1897)

donde su visión anticapitalista se enmarca en una utopía situada en el pasado medieval: artesanía frente a industria, usureros frente a banqueros. Algunas ideas ya estaban presentes en su obra filosófica de juventud,

España filosófica contemporánea (1889)

ensayo en el que ataca la ausencia de ideas madres y la abulia consiguiente, responsable de la falta de un proyecto español vertebrador.

Son constantes de la obra de Ganivet el senequismo, el individualismo y el pesimismo que roza lo apocalíptico. Fue autor también de

Cartas finlandesas

Granada la bella

Hombres del Norte

El porvenir de España

Importante es el

Epistolario

Se suicidó en 1898 en Riga, Letonia.

Leopoldo Alas y Ureña, “Clarín” (1852-1901)

Se doctoró con el estudio El derecho y la moralidad, que dirigió don Francisco Giner de los Ríos. Toma contacto con el incipiente movimiento krausista español, que influirá en el sentido ético palpable en su obra. Consideró al novelista y dramaturgo Benito Pérez Galdós (1843-1920) siempre su maestro.

En 1883, se traslada a Oviedo al obtener la cátedra de Derecho Romano en esa Universidad. En 1888 obtuvo la de Derecho Natural.

Fue novelista, autor de cuentos y afamado crítico. Ejerció gran influjo sobre la generación del 98. Fue el mejor crítico de la época. Su crítica dura y su tono satírico recuerdan a Larra y preconiza la temática de la generación del 98.

Se sintió inclinado por el krausismo que conoció por Francisco Giner de los Ríos y empezó a escribir para diversas revistas. Una vez doctorado obtuvo la cátedra de Derecho Canónigo en Oviedo en 1883 adonde regresó de nuevo y ya permaneció allí hasta su muerte.

Fue un gran liberal y anticlerical. Influido por el escritor francés y creador del naturalismo Émile Zola (1840-1902), escribió una de las novelas más importantes de la época. En algunos puntos, Clarín recuerda al poeta, autor satírico y crítico austriaco Karl Kraus (1874-1936), el gran crítico de la corrupción gradual de la vida moral intelectual y artística de Austria.

Clarín intenta conjugar el idealismo con la filosofía positivista y la búsqueda del sentido metafísico o religioso de la vida. Entiende la literatura como un trabajo constante de gran contenido ético; su método es la prospección positivista propia del realismo y del naturalismo.

Pretendía elevar el nivel cultural de su país y por lo tanto censuraba el mal gusto y la vulgaridad. Entre sus grandes obras críticas figuran los Solos de Clarín (1881) y Galdós (1912), la obra sobre el otro gran novelista del siglo XIX y que todavía se considera un libro fundamental sobre la obra galdosiana. Escribió también cuentos y dos grandes novelas, La regenta y Su único hijo (1890), en las que plantea el tema del adulterio.

Obras:

Artículos y estudios críticos

Solos de Clarín (1881). Obra crítica.

La literatura en 1881

Sermón Perdido (1885)

Nueva campaña (1887)

Mezclilla (1889)

Ensayos y revistas (1892)

Palique (1894).

Galdós (1912)

Un libro fundamental sobre el novelista y dramaturgo Benito Pérez Galdós (1843-1920).

Cuentos

Pipá (1886)

Doña Berta, Cuervo, Superchería (1892)

El Señor, y lo demás son cuentos (1893)

Cuentos Morales (1896)

El Gallo de Sócrates (1901)

Doctor Sutilis (1916).

Novelas

La Regenta (1884-1885)

La obra se escribió entre 1883 y 1885, durante los años que marcan la moda del Naturalismo en España. Es en este ambiente cuando la novela, más allá del puro entretenimiento, se convierte en problema literario y sociológico.

Calificada por el autor como "novelón escrito a tirones", La Regenta está considerada hoy como una de las cimas de la narrativa española del XIX. Novela naturalista y una de las cumbres de la literatura española. Su tema son los amores adúlteros, tema tratado de una manera como jamás antes se había hecho en la literatura española.

En esta novela, Clarín combina la sátira social con la tragedia individual; el vitalismo, con la vida hipócrita; la descripción de ambientes, con la novela sicológica, y perfila en una sola trama los dos grandes temas de la novela del XIX: el adulterio y los clérigos enamorados.

El argumento del adulterio ya había sido desarrollado en el realismo europeo: Madame Bovary del francés Gustave Flaubert (1821-1880), Ana Karénina del ruso Liev Tolstói (1828-1910), El primo Basilio del portugués José María Eça de Queirós (1845-1900) e incluso Los pazos de Ulloa de la novelista española Emilia Pardo Bazán (1852-1921) y Tormento de Benito Pérez Galdós (1843-1920).

Argumento: Ana Ozores, una joven bella, provinciana e inexperta, se casa con Víctor Quintanar, ex-regente de la audiencia de Vetusta (ciudad inventada pero que en realidad es Oviedo), hombre bondadoso, aburrido y mucho mayor que ella. Ana Ozores es mujer de temperamento enfermizo; sus debilidades serán hábilmente explotadas por los que pretenden hacerse con ella. Frustrada y abatida, se convierte en presa del donjuán provinciano don Álvaro y de su propio confesor don Fermín de Pas, hombre de orígenes humildes, soberbio y ambicioso, que intenta alcanzar poder sobre Ana al tenerla como hija de confesión. El Magistral, un personaje complejo que resulta, sin duda, la mayor creación del autor, luchará entre lo que predica y sus instintos amorosos, reprimidos por sus votos

Asistimos a la lucha entre Fermín y Álvaro por la posesión física de Ana como una lucha entre los dos poderes de la ciudad: la Iglesia más retrógrada y el caciquismo teñido de liberalismo. Al final, el regente muere a manos de Álvaro en un duelo esperpéntico, que huye de una manera cobarde. Fermín muestra una total ausencia de escrúpulos y moral. Y Ana, la intocable Regenta, se encuentra con 'un beso viscoso' del ser más despreciable de la ciudad.

Su único hijo (1890)

Esta obra, que el autor calificó de "novelucha", narra la historia de un hombre que, desengañado de sus ideales, acepta como hijo propio al que su mujer tiene de una relación adúltera y logra la realización personal a través de la paternidad. Con ello se aparta Clarín de los temas y formas propios del realismo a ultranza para adentrarse por caminos en los que entrarán enseguida los autores del 98.

Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912)

Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), filólogo y crítico literario español, considerado el erudito y sabio por excelencia del siglo XIX, nació en  Santander y muerto en la misma ciudad.

Muy precoz intelectualmente, inició sus estudios universitarios de Filosofía y Letras en Barcelona, completándolos en Madrid y Valladolid y ampliándolos a través de varios viajes por distintos países europeos.

En 1878, con sólo 21 años de edad, ganó la cátedra de Literatura de la Universidad Central de Madrid; dos años después ingresó en la Real Academia Española, y en la Real Academia de la Historia en 1882 (sería su director en 1911); más adelante sería también miembro de la de Ciencias Morales y Políticas (1889) y de la de San Fernando (1892). También fue elegido varias veces diputado y senador a partir de 1884. En 1898 abandonó la docencia para dirigir la Biblioteca Nacional.

Es el último polígrafo español y el hombre más culto de su siglo. Su erudición fue prodigiosa. Su pensamiento está marcado por un gran amor a España y un fuerte catolicismo. Ambos le llevaron a buscar la grandeza de la patria en la vuelta al Siglo de Oro.

Contra los regeneracionistas y liberales, vio la causa de la decadencia española en la introducción del pensamiento enciclopedista europeo en España en el siglo XVIII, durante la Ilustración, y el abandono del catolicismo tradicional. Su obra, patriótica y católica, fue utilizada como ideario por movimientos conservadores de la época de la Restauración (1875-1931) e incluso posteriores. 

Menéndez y Pelayo fue un gran historiador de la literatura. Para él lo nacional español es lo tradicional católico. Filosóficamente no se adscribió a ninguna de las grandes escuelas vigentes entonces: neotomismo, krausismo; él se declaraba “vivista”, en referencia a la filosofía del humanista y filósofo español Luis Vives (1492-1540), que para él era sinónimo de libertad de pensamiento. Impulsado por su fuerte sentido patriótico, regeneracionista y católico, creó el primer cuadro preciso de la cultura española. Cuadro, de indudable valor, pero que estuvo condicionado por sus ideas, que a veces se convirtieron en prejuicios conservadores y parcialidad. Fue notoria su animadversión hacia lo germánico, que para él era el opuesto del espíritu latino-cristiano. 

Obras:

La ciencia española (1874).

Defiende la tradición cultural de España.

Horacio en España y Epístola a Horacio (1876)

Historia de los heterodoxos españoles (1880)

En esta obra, en 8 volúmenes, plantea la religiosidad que subyace en todo el pensamiento español, incluso en aquellos personajes que manifiestamente se declaran contrarios a la Iglesia.

Calderón y su teatro (1881)

Historia de las ideas estéticas en España (1882-1886)

Estudios de crítica literaria (1884-1908)

Orígenes de la novela (1905-1910)

Ensayos de crítica filosófica (1892)

Antología de poetas hispanoamericanos (1893-1895)

Antología de poetas líricos castellanos (1890-1908)

Estudios sobre el teatro de Lope (6 volúmenes)