ZEICHEN nach dem FUNKTIONALISMUS

Teoría funcionalista del signo

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Zeichen / Signifikant / Symbol

 

Conclusiones:

En total acuerdo con Saussure y Hjelmslev, pensamos:

1.   Son cuatro (dos en cada plano) los elementos que intervienen en la formación de un signo: dos de naturaleza material o sustancia pura (1 y 3) y dos elementos condicionados por las relaciones lingüísticas (2 y 4).

  1.  

2.  La relación signo es binaria: se establece exclusivamente entre (2) y (4), entre significante (2) y significado (4).

3.   Entre significante y significado media una relación de solidaridad. Son lo que son en virtud de la relación que contraen. Por ello, no puede existir significante sin significado, ni viceversa.

4.   Significante y significado se corresponden de forma biunívoca: tantos significados como significantes y tantos significantes como significados. Es lo que Heger denominaba principio de consustancialidad cuantitativa.

5.   El signo lingüístico es una unidad sistemática. Al igual que el maestro ginebrino, pensamos que en él se conjugan dos dimensiones:

a)  La dimensión semiótica: que une solidariamente los dos planos.

b)   La dimensión estructural: el signo y sus componentes contraen relaciones en los dos tipos de estructuras que intervienen en la lengua: en el sistema (relaciones paradigmáticas u opositivas), donde las unidades adquieren valor, y en el decurso (relaciones sintagmáticas o contrastivas), donde las unidades asumen una nueva dimensión: la valencia.

Ha existido divergencia en el momento de fijar la naturaleza de los componentes de la relación signo. Para Saussure, significante y significado eran de naturaleza psicológica. Su interés se centraba en explicar la comunicación; de ahí que se impongan dos condiciones:

a)     En el circuito de la comunicación tiene que existir un momento y un lugar en el que coincidan los dos universos que se unen en el signo (el representante y el representado).

b)    En ese momento y lugar ambos componentes han de ser de la misma naturaleza.

La solución ofrecida por Saussure se adecúa perfectamente a estas exigencias:

1. Es en la mente de los usuarios donde coinciden los dos mundos que se unen en el signo. No existe otro momento ni punto del circuito en el que coincidan.

2. Significante y significado son de naturaleza psicológica.

La solución que nos presenta el Curso es inapelable. La unión del significante con el significado sólo puede tener lugar en el cerebro y, claro es, en tal momento y lugar su naturaleza es psicológica. Esta explicación tiene, además, otra ventaja: el signo es signo para alguien. Si la unión de los dos planos era obra del sujeto de la semiosis, tiene que tener lugar en el sujeto de la semiosis. De otra forma, si es el hablante el que construye un signo mediante el proceso de codificación a partir de unas señales físicas que ha percibido, el signo sólo existe en la mente de los usuarios. Este es un dato objetivo e independiente del tinte metodológico que adopte el semantista.

Frente a esta evidencia se situaba la praxis investigadora. El estudio de estos objetos psicológicos que son el significante y el significado presenta los problemas típicos de todo objeto cuya observación está cerrada a nuestros canales de percepción. Ignoramos prácticamente todo de cuanto ocurre en los pasillos y galerías cerebrales: es una verdadera caja negra.

La glosemática sustituyó, por esta y otras razones, el psicologicismo de principios de siglo (que había afectado incluso a la primera época de L. Hjelmslev) por una visión formalista, abstracta y algebraica de la lengua. Significante y significado dejan de ser definidos como hechos psicológicos y pasan a ser caracterizados como formas puras que moldean, respectivamente, el campo sustancia de la expresión y del contenido.

Esta nueva visión cojeaba del mismo pie que la teoría de Saussure: la dificultad de observación y de caracterización de esas entelequias que son las llamadas formas puras. Hjelmslev, sin embargo, dejaba bien claros dos hechos:

a)     Que la forma se inviste en la sustancia, y

b)    Que la forma depende de las relaciones o funciones que contraen los elementos en el lenguaje.

El funcionalismo se apoya precisamente sobre estos dos principios y resucita el concepto que Hjelmslev había enterrado: la sustancia conformada o sustancia funcional. Se inicia así la visión inmanente interna de los componentes del signo: significante y significado no son ya formas puras, sino sustancias conformadas de expresión o de contenido. El fonema, por ejemplo, deja de ser una entidad abstracta, para convertirse en una unidad concreta y funcional: está constituido por rasgos fónicos dotados de función diacrítica. Los significados también se analizan en rasgos de sustancia semántica investidos de función.

El asentamiento en la sustancia funcional libera a la Lingüística de los inconvenientes del psicologismo y del formalismo y le permite manipular «objetos» (fónicos o de sentido) a los que poder aplicar criterios de determinación. Estaremos capacitados para discutir si el rasgo «sonoro» le conviene al fonema /b/ o si la condición «sin luz solar» le conviene al significado «noche».

La visión funcionalista, al asentarse en las sustancias que, al menos en el campo del significante, están fuera del sujeto, pierde – frente al psicologicismo de Saussure – la posibilidad de explicar la forma en que se produce la semiosis. Para salvar este escollo hemos de acudir a una hipótesis de isomorfismo, que podría ser formulada así: entre los rasgos de sustancia conformada y los de su imagen psicológica (acústica o conceptual) existe una correspondencia especular, perfecta:

Desde esta perspectiva, el costado derecho del signo quedaría subdividido en dos partes isomórficas:

La hipótesis de isomorfismo nos permite:

1.   Ofrecer una teoría que explica la comunicación. Las dos exigencias saussureanas se cumplen en el lado B (dimensión psicológica).

2.   Realizar análisis lingüísticos en áreas donde es posible aplicar los procedimientos determinativos de nuestra disciplina: en el campo de las sustancias conformadas (A).

Destacábamos como unos de los méritos indiscutibles del Curso el haber sabido conjugar dos aspectos en apariencia contradictorios (Saussure hablaba de paradoja); el eje semiótico (relación entre significante y significado) y el eje estructural. De las dos facetas estructurales que presentan los componentes lingüísticos Saussure hizo mayor incidencia sobre el costado paradigmático (valor). El eje horizontal, cuando no queda mal formulado en el Curso, está lleno de vacilaciones y de inseguridades.

El signo lingüístico asocia un significante con otro universo que se concreta dentro de un campo sustancial del contenido. Dentro de ese territorio convive, alojado en los límites de su parcela, con otros signos. Como en el caso de las naciones, también aquí las fronteras son móviles a lo largo del tiempo y su emplazamiento depende del número y del poderío de sus vecinos. /espáña/ ha significado siempre «España», pero su potencialidad no ha sido siempre la misma en la época de los Reyes Católicos, en el reinado de Felipe II (cuando incorporaba a Portugal), en la dictadura franquista o tras su ingreso en la Comunidad Económica Europea. /peséta/ ha significado siempre nuestra moneda «peseta», pero su valor cambia a diario en su pugna dentro del mercado de las divisas. De igual forma, cada signo, además de la significación, tiene su propio valor, derivado de las relaciones que mantiene con el resto de los signos de su campo. El significado lingüístico nace, como ha sabido ver con suma clarividencia Saussure, de la interacción de dos dimensiones perpendiculares: la significación y el valor.

La caracterización de un signo quedaría coja si no reflejara, junto a su potencialidad paradigmática, también su capacidad combinatoria. Al igual que los elementos químicos, los signos poseen también una valencia, es decir, unas posibilidades sintagmáticas. En la secuencia no todo signo permite ser combinado con cualquier otro signo. Existen restricciones en el enlace. Distinguimos tres tipos:

a)  Valencia sintáctica: No todo signo puede ocupar cualquier función sintáctica: azul está capacitado para ser atributo, pero no suplemento; hallamos al signo entonces como aditamento, pero no como sujeto. Cada signo tiene, pues, una valencia sintáctica que recoge todas sus posibilidades de combinatoria funcional. Sobre la valencia sintáctica se apoya la clasificación funcional de las partes de la oración o categorías sintácticas: pertenecerán a una misma categoría los signos que tengan unas mismas posibilidades de combinación con las funciones sintácticas.

b)  Valencia semánticas. Las compatibilidades o incompatibilidades sintagmáticas son atribuibles exclusivamente a factores de contenido. El adjetivo aquileño sólo se combina con nariz; astifino conviene únicamente a toro, y en el contexto el relincho de _____ sólo se puede introducir un signo que incluya en su significación el rasgo /+équido/.

c)  Valencia formal. Existen casos en los que las posibilidades o incompatibilidades de combinación no dependen de razones semánticas ni sintácticas. La lengua veta la combinatoria de dos átonos consecutivos del paradigma /le-la-lo-los-las/ (cualquiera sea su significado o función). Ante palabra femenina singular que se inicia por /á/ tónica es imposible el artículo /la/ (el hambre, el ansia, el águila, ...) La frecuente incompatibilidad de dos preposiciones seguidas hace que si, por ejemplo, suprimimos el sintagma el lugar en la secuencia

-hacia el lugar de donde las voces salían

tengamos que eliminar también la preposición de:

-*hacia de donde las voces salían

-hacia donde las voces salían.”

[Gutiérrez Ordóñez, Salvador: Introducción a la semántica funcional. Madrid: Síntesis, 1989, pp. 38-42]