ZEICHEN nach Xavier Zubiri

Signo según Xavier Zubiri

(Recop.) Justo Fernández López

 

¿Qué es signo?

Signo no es «señal». Una señal es algo cuyo contenido es aprendido por sí mismo y que «además», por tanto extrínsecamente, «señaliza». Así, por ejemplo, las llamadas señales de tráfico. En cambio, signo es la nota aprendida misma. La significatividad pertenece a ella intrínseca y formalmente y no por atribución extrínseca. No es nota en forma de señal, sino que es intrínseca y formalmente «nota-signo». No se aprehende el calor por sí mismo y después además como señal de respuesta, sino que la forma misma del calor aprehendido es ser formalmente «calor signitivo», o si se quiere «signo térmico».

Esta pertenencia intrínseca no es «significación». La significación en sentido estricto es propia tan sólo del lenguaje. En él, la significación está añadida (en la forma que fuere, no es el momento de entrar en el problema) a algunos sonidos (no a todos). Pero el signo no está añadido a nada sino que es la nota en el modo mismo de presentarse como tal nota.

Lo propio del signo no es, pues, ni señalar ni significar. Lo propio del signo es pura y simplemente «signar». Desde sus orígenes la filosofía clásica no ha distinguido estos tres conceptos, y generalmente se ha limitado casi siempre a la señal, haciendo por tanto del signo un semeion. Esto es a mi modo de ser insuficiente. Creo que signo y signar son un concepto propio que debe acotarse formalmente frente a señal y frente a significación. Estos tres conceptos no sólo son distintos, sino que son separables entre sí. Sólo el animal tiene signos, y sólo el hombre tiene significaciones. En cambio el animal y el hombre tienen ambos señales, pero de carácter distinto. El animal tiene señales signitivas, esto es, puede utilizar las «notas-signo» como señales. Es el fundamento, por ejemplo, de todo posible aprendizaje. Cuando las señales son sonoras pueden constituir a veces lo que tan falsamente se ha llamado lenguaje animal. El lenguaje llamado animal no es lenguaje, porque el animal carece de significaciones; posee tan sólo, o puede poseer, señales sonoras signitivas. En el hombre, las notas utilizadas como señales tienen carácter distinto: son realidades señalizantes. Pero en ambos casos las notas son señales por una función extrínsecamente añadida a ellas: son notas en función de señales. Por tanto, nos volvemos a preguntar: ¿qué es signo?

La filosofía medieval no distinguió entre señal, significación y signo. Llamó signo a todo, y lo definió: aquello cuyo conocimiento lleva al conocimiento de algo distinto. De ahí su clásica distinción entre signos naturales (el humo como signo del fuego) y signos artificiales. Pero esto no es suficiente, y además es una insigne vaguedad. Porque la cuestión no está en que el signo lleve al conocimiento de algo distinto. Lo esencial está en que se diga «cómo lleva». Podría llevar por mera señalización (es el caso del humo) o bien por significación; y en ninguno de estos casos sería signo. Lo será tan sólo si lleva «signando».

¿Qué es signo y qué es signar? Para responder a esta pregunta es menester mantener muy enérgicamente, en primer lugar, la distinción entre signo y señal. Algo es formalmente signo y no simple señal cuando aquello a lo que el signo lleva es una respuesta animal. Signo consiste en ser un modo de formalidad del contenido: la formalidad de determinar una respuesta. Y la signación consiste en mera determinación signitiva de esta respuesta. Pero además, en segundo lugar, no se trata de «conocimiento», sino de «sentir», de aprehender impresivamente: es sentir algo como signante.

Signo es, pues, la formalidad de alteridad del mero estímulo de respuesta. Es el modo como lo sentientemente aprehendido queda como mero suscitante: es la signitividad. Formalización es independencia, autonomización. Y lo aprendido de un modo meramente estimúlico es independiente del animal pero tan sólo como signo. Es independencia y, por tanto, formalización, meramente estimúlica. Las distintas cualidades sentidas como meros estímulos son distintos signos de respuesta. Todo signo es «signo-de». El «de» es una respuesta, y este «de» mismo pertenece formalmente a la manera de quedar sentido signitivamente. Así el calor es signo térmico de respuesta, la luz signo lumínico de respuesta, etc.

Pues bien, signar es determinar sentientemente de un modo intrínseco y formal una respuesta. Y aprehender algo en mera alteridad signante o signitiva, es en esto en lo que consiste la aprehensión de estimulidad.

Pero toda impresión tiene un tercer momento, la fuerza de imposición de lo aprehendido sobre el aprehensor. Como el signo tiene una forma de independencia, una forma de autonomía signitiva, resulta que su independencia meramente signitiva es lo que debe llamarse con estricto rigor signo objetivo. Objetivo significa aquí la mera alteridad signitiva respecto al aprehensor en cuanto se impone a éste. Por eso digo que la determinación de la respuesta tiene siempre el carácter de una imposición objetiva. El signo reposa signitivamente sobre sí mismo (es la formalización estimúlica), y por esto se impone al animal como signo objetivo. De su objetividad es de lo que el signo recibe su fuerza de imposición.

Las impresiones del animal son meros signos objetivos de respuesta. Aprehenderlos como tales es lo que llamo puro sentir. Puro sentir consiste en aprehender algo como mero suscitante objetivo del proceso sentiente. En el puro sentir, la impresión sensible es, pues, impresión de estimulidad. En ella, aunque la nota sea un alter, es un alter cuya alteridad misma consiste en pertenecer signantemente al proceso sentiente y, por tanto, en agotarse en él. No necesito insistir en que los cambios tónicos están también signitivamente determinados. Y en esto es en lo que consiste el carácter estructural de toda la vida del animal: vida en signos objetivos. Naturalmente, esta signitividad admite grados. No es nuestro problema actual.”

[Zubiri, Xavier: Inteligencia sentiente. Inteligencia y realidad. Madrid: Alianza Editorial, 1980, pp. 49-53]

“En el animal el signo está aprendido como objetivo antes de la respuesta que haya de dar el animal. La diferencia está en otro punto y es esencial. En la aprehensión animal el signo es ciertamente objetivo, pero lo es tan sólo como signo; es decir, respecto del animal mismo. El animal jamás aprehende el signo como algo que «es» signitivo, sino que el signo está presente signando y nada más. Es un puro hecho signitivo por así decirlo. Y precisamente por serlo puede autonomizarse en la aprehensión: su objetividad es signar. En el ejemplo citado [el calor es caliente], la objetividad del calor-signo es calentar. En cambio al hombre le es presente la nota como real, lo presente mismo es algo que es aprehendido como siento anterior a su presentarse. No es una anterioridad respecto de la respuesta, sino una anterioridad respecto de la aprehensión misma. En el signo objetivo, esta su objetividad no lo es sino respecto de la respuesta que determina. En cambio, la nota es real en sí misma, y en esto es en lo que consiste ser formalmente anterior a su propio presentarse. Es una anterioridad no temporal, sino de mera formalidad.

Se trata, pues, de una anterioridad muy elemental pero decisiva: el calor caliente porque es «ya» caliente. Este momento del «ya» es justamente la anterioridad de que hablo. A este momento de anterioridad es al que suelo llamar momento de prius. Es un prius no en el orden del proceso sino en el orden de la aprehensión misma: calienta «siendo» caliente. «Ser caliente» no es lo mismo que «calentar». El «es» es, en el calor aprehendido mismo, un prius respecto de su «calentar»: es «su» calor, el calor es «suyo». Y este «suyo» es justo lo que llamo prius. [...] Estamos en lo aprehendido mismo en formalidd de realidad. Formalización es autonomización. Y en el hombre asistimos a lo que llamo hiperformalización: la nota autonomizada es tan autónoma, que es más que signo, es realidad autónoma. No es autonomía de signitividad sino autonomía de realidad, es alteridad de realidad, es altera realitas.”

[Zubiri, Xavier: Inteligencia sentiente. Inteligencia y realidad. Madrid: Alianza Editorial, 1980, pp. 61-63]

“En el sistema puramente biológico de estimulación signitiva cada uno de los estímulos signitivos es señal del otro; precisamente, al elevar la señal al carácter de signo, este carácter de indicación o de remisión que una cosa tiene respecto de otra el lo que formalmente hace de ello un signo de aquello que hay en la cosa antepuesta. Este carácter signitivo es lo que formalmente se llama huella. La ceniza es el signo del fuego no como efecto de la ignición, sino como indicación signitiva de huella. No es la conexión efectiva, sino la conexión signitiva la que está impresa en el carácter de huella.

Pero hay todavía una función signitiva más compleja: aquel modo de signar las cosas, las cosas señaladas, no por lo que tienen de cosa, sino por consignación de las personas que van a converger en aquella cosa. Entonces el signo adquiere un carácter de símbolo. Símbolo quiere decir co-volición. Por ejemplo, para el griego un anillo partido en dos; cuando se encuentra la otra mitad en manos de otra persona, es con la que tiene que converger; todo el mundo antiguo dio al contrato una dimensión simbólica; se inmolaba una víctima, se partía por la mitad; cada mitad era de uno de los contrayentes y se hacía pasar el fuego por medio; era la representación simbólica de los dioses a que afectaba, y en los que se apoyaba la fuerza del contrato.

El símbolo es una especie de signo. Pero en todos estos signos y en toda la función signitiva es menester repetir que por muy reducido que sea el carácter expresivo de los meros signos, sin embargo en el signo – y ahí está el carácter expresivo – se va in modo recto de una realidad a otra realidad. La dimensión signitiva y la dimensión expresiva se hallan radicalmente vinculadas. La diferencia está, sin embargo, en un punto esencial: en la expresión, la conexión es de mi realidad in modo recto con la realidad de otro; en el signo en cambio voy no a la realidad qua real, sino qua manifiesta, a lo manifiesto de la realidad.

Ahora, el mero hecho de reducir la expresión a signo permite que puedan ser polarizados una y otra relativamente con autonomía distinta. Un signo religioso, por ejemplo, tiene simplemente para una persona que se informa y no pertenece a esa religión, un valor signitivo; para el que pertenece a esa religión tiene un carácter no sólo de signo sino de expresión; desencadena el conjunto de vida religiosa que va expresada en aquella realidad. Sin carácter de expresión no habría la posibilidad de que hubiese signo. Y el signo, por muy signo que sea, mantiene la dimensión estructural radical de ser expresión. Y como la expresión, el signo me remite de una realidad in modo recto a otra realidad en una realización física. El intento o lo intentado son dos realidades y directamente se va de lo uno a lo otro. El signo es una realidad expresiva que nos remite a otra realidad en forma reducida de intento.

Ahora bien, entre estos movimientos expresivos de carácter irremediablemente signitivo hay uno que es el más formalizable: es el signo fonético. Entonces el signo adquiere carácter de significación: es el orto del lenguaje.

Del lenguaje – tomémoslo de momento como sinónimo de significación – decía Aristóteles que era phoné semantiké, sonido significativo. La expresión es correcta, a reserva de que se nos diga en qué está la diferencia entre significación y signo, cosa que Aristóteles no hizo.

Es clásica la forma como Husserl ha expuesto esta diferencia. En un signo aprehendo dos cosas cada una de por sí: el signo mismo y la cosa significada. En la significación esto no acontece sin violencia. Cuanto mejor entiende un hombre las palabras, más se encuentra sumido en lo que las palabras significan, y menos aprehende las palabras mismas. [...] Y es que, se nos dice, el fonema, el signo fónico, no es aprehendido por sí mismo como en el signo; es algo que vehicula algo completamente distinto que es la intención significativa.

Ahora bien, pretende Husserl que este aspecto intencional significativo es primario e irreductible, y que precisamente las palabras no son palabras que signifiquen porque se les ha añadido un significado, sino que, al revés, la palabra es en cierto modo la intención significativa cristalizada en un sistema fónico.

Pero esta concepción del problema de la phoné semantiké, con responder a muchos aspectos de la realidad, no es suficientemente radical y exacta, porque cuanto más se quiere hacer de una palabra algo que formalmente está constituido por una intención, más queda en suspenso el problema de por qué esa intención ha de cristalizar en un sistema de movimientos de fonación. En segundo lugar, Husserl parte del supuesto de que la intencionalidad es una cosa primaria, separada radicalmente de todo lo que acabamos de decir, pues no ha distinguido precisamente entre signo y expresión de una manera temática. ¿Qué es lo que hace posible internamente que en una phoné semantiké haya un sonido significativo?

Por lo pronto lo que hay que decir es, no que las significaciones hacen sonidos, sino que en cierto modo los sonidos tienen o adquieren un carácter significativo; lo adquieren y no lo tienen de por sí. Los sonidos no son algo que el hombre inmediatamente emite. El hombre, entre los muchos movimientos que va realizando cuando nace, emite unos sonidos de fonación, y estos movimientos de fonación son uno de los dos tipos de movimientos más formalizables, junto con los de la mano que dan paso a la técnica. Esta formalización es la que permite que, independientemente de ruidos inconexos de sus músculos de fonación, el hombre adquiera lo que es una fonación estricta. [...]

Ahora es menester preguntarse por qué y en qué dimensión concreta, estos sonidos articulados cobran carácter significativo, son semantiké. [...] Y lo primero que es menester decir del movimiento fónico articulado es que el sonido articulado, el fonema, es expresivo; el movimiento fóno no hace excepción respecto de cualquier otro movimiento expresivo, como puede serlo el arrugar la frente, etc. [...] En virtud de esta estructura primaria e inexorablemente expresante que tiene el movimiento fónico, el hombre, en eso que llamamos el lenguaje, ese constitutivamente expresante, expresivo y va expreso en él. [...] Por eso, el lenguaje es, ante todo y sobre todo, no un fenómeno intencional, sino un fenómeno de estructura física. Es la física de la alteridad expresada en fonaciones.”

[Zubiri, Xavier: Sobre el hombre. Madrid: Alianza Editorial, 1986, pp. 285-289]

“El lenguaje como signo es un puro hablar en sus formas más elevadas, pero radicalmente sigue siendo signo, porque el signo es lo único que hace posible que al hablar se está hablando de cosas; es una manera real y física de referirme a otro y a mí mismo en tanto que otro. Sin esta primaria versión que de una manera física y real pone signitivamente la cosa ante mí, no habría nada de que hablar.

Esto es lo propio del signo: remitir en forma de respuesta físicamente in modo recto mi propia realidad a la realidad física de aquello que se habla. Por eso, el signo no es intencional, es intentivo. El lenguaje, como un sistema de signos, está fundado constitutivamente en la reducción del lenguaje como un sistema expresivo. [...] Expresión y signo es una estructura que emerge radicalmente de las estructuras de la inteligencia sentiente que el hombre posee.”

[Zubiri, Xavier: Sobre el hombre. Madrid: Alianza Editorial, 1986, p. 291]

“El signo es carácter reducido de una expresión, y la significación es el carácter reducido a puro ser del signo.”

[Zubiri, Xavier: Sobre el hombre. Madrid: Alianza Editorial, 1986, p. 292]

“Por cualquier lado que se tome, el lenguaje no es solamente significación. Como significación está fundado en el signo, y el signo en la expresión, y la expresión es simplemente la puesta en marcha de la alteridad. De ahí que en el lenguaje coexistan consustancialmente, aunque tengan una relativa independencia y aislamiento, esas tres dimensiones que son formalmente distintas.”

[Zubiri, Xavier: Sobre el hombre. Madrid: Alianza Editorial, 1986, p. 295]