WAHRHEIT

Verdad

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Lüge / Modell / Metasprache / Realismus in der Literatur / Phantasie / Fiktion / Repräsentation /  Sprache und Realität / Sprache und Denken / Wahrheitsfunktionale Semantik / Wahrheitsfunktional

 

„Es ist charakteristisch, dass W. Stegmüller in seinem Referat der Sprechakttheorie von einer ‘Analogie’ zwischen dem Gelingen oder Misslingen von speech acts und der Wahrheit oder Falschheit von konstatierenden Äußerungen spricht (Hauptströmungen …, Bd. II, 72, 74). Diese Unterscheidung konvergiert übrigens mit einer Differenzierung, die der Sprache der griechischen Aufklärung vertraut ist: der Unterscheidung von nómos und alétheia. Nómos – später gleichbedeutend mit thésis – bezeichnet nicht mehr die ‘geltende, die geheiligte und allgemein verpflichtende Ordnung’, das von Natur (tê phýsei) Notwendige oder das ‘wahrheitsmäßig Gefügte’, sondern ‘das bloß allgemein – durch Konvention – Geltende’ oder die ‘allgemeine, aber meist falsche Meinung der vielen’ (nomothetémata). Das nomisthén gerät hier geradezu in Gegensatz zur alétheia. Vgl. dazu Felix Heinimann, Nomos und Physis, Darmstadt 1965.”

[Frank, Manfred: Das Sagbare und das Unsagbare. Studien zur neuesten französischen Hermeneutik und Texttheorie. Frankfurt a. M.: Suhrkamp, 1980, S. 207 Anm. 42]

Eine Zeichen‑Funktion liegt immer dann vor, wenn es eine Möglichkeit zum Lügen gibt: das heißt, wenn man etwas signifizieren (und dann kommunizieren) kann, dem kein realer Sachverhalt entspricht. Eine Theorie der Codes muss alles untersuchen, was man zum Lügen verwenden kann. Die Möglichkeit zum Lügen ist für die Semiose das proprium, so wie für die Scholastiker die Fähigkeit zum Lachen das proprium des Menschen als eines animal rationale war.

Wo Lüge ist, da ist auch Signifikation. Wo Signifikation ist, da ist auch die Möglichkeit zum Lügen. Wenn das stimmt (und es ist methodologisch notwendig, das zu behaupten), dann haben wir eine neue Grenze des semiotischen Bereichs gefunden: nämlich die zwischen Signifikationsbedingungen und Wahrheitsbedingungen, anders ausgedrückt: die Grenze zwischen einer intenstonalen und einer extensionalen Semantik.

Eine Theorie der Codes befasst sich mit einer intensionalen Semantik, während die Probleme, die mit der Extension eines Ausdrucks zusammenhängen, in den Bereich einer Theorie der Wahrheitswerte oder einer Theorie der Hinweisakte gehören. Doch handelt es sich hier um eine >innere< Grenze, und sie muss nach dem gegenwärtigen Stand der Wissenschaft als eine methodologische Grenze gesehen werden.”

[Eco, Umberto: Semiotik. Ein Entwurf einer Theorie der Zeichen. München: Wilhelm Fink Verlag, 2., korrigierte Ausgabe 1991, S. 89]

La revisión semántica del concepto de verdad:

El concepto de verdad ha sido largamente discutido en la historia de la filosofía y de la lógica. Los pensadores de tendencia idealista suelen definir la verdad como «coherencia» o consistencia de un sistema de conocimientos, mientras que los pensadores de tendencia realista, desde Aristóteles al último Russell, prefieren definir la verdad como «correspondencia» del conocimiento con los hechos.

En su artículo «El concepto de verdad en los lenguajes formalizados», escrito al principio de la década de los 30, el lógico polaco Alfred Tarski (n. 1902) inició el replanteamiento de este problema en términos de rigor matemático y obtuvo como resultado una teoría extensional de la verdad que, aparte de revalidar, curiosamente, la vieja doctrina aristotélica de la correspondencia, ha dado lugar muy principalmente al desarrollo de la moderna semántica. El propósito del artículo es, en palabras de su autor, «construir – con referencia a un lenguaje dado – una definición materialmente adecuada y formalmente correcta del término ‘enunciado verdadero’».

El punto de vista de Tarski es que:

(1)  la noción de «verdad de un enunciado» no es absoluta, sino relativa a un lenguaje L, en el marco del cual se mueve el enunciado de cuya verdad se trate;

(2)  el predicado «verdadero», como cualquier otra categoría de la semántica, no pertenece al lenguaje objeto, o lenguaje acerca del cual se habla, sino al metalenguaje, o lenguaje en el cual se habla acerca de otro lenguaje; y

(3)  comoquiera que el lenguaje ordinario carece de instrumental adecuado para distinguir con precisión entre lenguaje y metalenguaje, no está exento del riesgo de desembocar en contradicciones, razón por la cual la construcción de una definición rigurosa del concepto de «enunciado verdadero» resulta posible tan sólo en los lenguajes formalizados. Dichos lenguajes «pueden ser escuetamente caracterizados como lenguajes artificiales en los que el sentido de toda expresión está inequívocamente determinado por su forma».

Esta definición es llevada a cabo por Tarski en el citado artículo con la ayuda del concepto semántico auxiliar de «satisfacción», cuya definición se construye previamente recurriendo al empleo de técnicas recursivas. Conviene añadir al respecto, sin embargo, que hoy día, merced asimismo a la influencia de trabajos posteriores a Tarski, la noción semántica de verdad es tratada en conexión más estrecha con la noción de «modelo».”

[Garrido, Manuel: Lógica simbólica. Madrid: Editorial Tecnos, 21977, pp. 220-222]

„Ocurre que en el lenguaje corriente los predicados «verdadero» y «falso» funcionan de modo muy distinto. Cuando se trata de informar sobre un determinado aspecto de la realidad, nos limitamos a emitir un juicio descriptivo («ha oscurecido», «hay luna llena», etc.), sin añadir que lo que decimos «es verdadero»; se da por supuesto, en circunstancias normales, que el hablante cree estar de acuerdo con los hechos. De ahí que no falte quien haya llegado a la conclusión de que al decir de una oración que «es verdadera» no se añade nada a su contenido: es lo mismo que repetirla. (Me interesa hacer notar que aunque Strawson propone la eliminación de la teoría de la verdad como correspondencia, y no una «purificación» de la misma (como hace Austin), sugiere, por otro lado, prestar más atención a lo que significa «decir la verdad», fórmula que hace especial referencia a las creencias del hablante y que se acerca mucho a la equiparación «verdad-sinceridad» que propongo aquí).

Otro modo de afrontar el problema, pues, consiste en averiguar el uso corriente de «verdadero» y «falso». ¿Cuándo solemos decir que algo es verdad o verdadero? ¿Qué acto lingüístico – o actos lingüísticos – realizamos al usar parejas expresiones? Veamos algunos ejemplos de los usos más corrientes:

(1) «Es verdad que ... Colón descubrió América»

(2)  «He dicho la verdad»

(3)  «Iré a verte, de verdad»

(4)  «La verdad (el hecho) es que no me apetece ir contigo»

(5)  «Esto es un verdadero café» («Esto sí que es café»)

«Fue un verdadero fracaso»

Difícilmente podríamos generalizar diciendo que en todos esos ejemplos se afirma la adecuación de lo que se dice con los hechos. En (1), (2) y (3), se trata de corroborar, confirmar, apoyar lo que alguien, o uno mismo ha dicho, independientemente de que la locución sea empíricamente verificable (en unos casos lo es y en otros no). Lo que se intenta en los tres ejemplos – y ello nos permite agruparlos en un solo tipo – es expresar una firme convicción; (4) es una forma de decir algo que va a contrariar o defraudar al oyente; es un ejemplo práctico de «las verdades duelen»: el hablante no quiere convencer tanto de la verdad de lo que dice, como poner de manifiesto que esa verdad no es agradable (pensemos en el tono de voz que suele acompañar a la expresión). Por fin, en (5) se trata de expresar la adecuación no de un término («café», «fracaso») a la realidad empírica, sino de esa realidad a su idea platónica («el café ideal»: o, más castizamente, «el café, café», «el café de antes de la guerra»). Ejemplos los últimos que podrían transformarse perfectamente en juicios apreciativos, donde no entrara para nada el atributo «verdadero»: «¡qué café más bueno!», «¡menudo fracaso!».

Excepto en el caso (5), en todos los demás el hablante quiere poner de manifiesto que está diciendo la verdad, que es sincero. Éste y no otro es el uso corriente de «verdadero» y «falso» («es falso», significa, en la mayoría de las ocasiones, es mentira). Quien se pronuncia sobre la verdad de sus afirmaciones, o de las de los demás, está diciendo que se hace responsable de ellas o que es sincero. Y quien dice algo que se juzga falso es que o ignora los hechos o miente. (A. J. Ayer comenta la casi imposibilidad de distinguir entre la verdad real de una proposición y el hecho de que yo crea que es verdadera (y, efectivamente, en el lenguaje corriente esta distinción no suele hacerse explícita): «Si se me pide que confeccione una lista de proposiciones verdaderas, lo más que podré hacer será dar una lista de las proposiciones que yo creo que son verdaderas, o sea, proposiciones que acepto. Pero de ahí no se deduce que, cuando digo que una proposición es verdadera, quiera decir solamente que la acepto.» No se prescinde de la categoría de «verdad objetiva», pero se la considera un «concepto formal» (A. J. Ayer, El concepto de persona, pp. 223-224).”

[Camps, Victoria: Pragmática del lenguaje y filosofía analítica. Barcelona: Ed. Península, 1996, pp. 135-137]