WÖRTERBUCH

Diccionario

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Lexikographie / Enzyklopädie

 

„Welche Typen von Wörterbücher gibt es?

1.      Sprachlexikon – Wörterbuch/Sachlexikon – enzyklopädisches Lexikon.

2.      Einsprachiges Wörterbuch / zwei- oder mehrsprachiges Wörterbuch.

3.      Synchrones Wörterbuch / diachrones Wörterbuch.

4.      Standardsprachliches Wörterbuch / regionalsprachliches Wörterbuch.

5.      Gesamtwörterbuch / Spezialwörterbuch.

a)                   Synonymwörterbuch und Antonymwörterbuch.

b)                   Begrifflich geordnetes Wörterbuch.

c)                    Rückläufiges Wörterbuch: Ein lexikographisches Werk, in dem die Wörter nicht nach den Anfangsbuchstaben, sondern nach den Endbuchstaben alphabetisch geordnet sind.

d)                   Frequenzwörterbuch.“ [Dietrich/Geckeler, S. 113-117]

“Del análisis lingüístico desarrollado hasta aquí, podemos extraer, entre otras menos importantes, las siguientes conclusiones más o menos generales:

a) El significado léxico no es una propiedad de un determinado tipo de palabras (de las palabras que tienen capacidad designativa), sino un modo de significar indirecto que encontramos implicado en funciones semánticas diversas, que abarcan desde la expresión de nociones o denotaciones hasta la expresión de distintas relaciones gramaticales, en preposiciones, morfemas derivativos, etc.

b)  El significado léxico o descriptivo no tiene absolutamente nada que ver con las referencias y las denotaciones que se expresan con las palabras, sino que se trata de una forma semántica pura que resulta de la conjunción de distintos trazos geométricos o cuantitativos simples o figuras semánticas.

c) La referencia y la denotación no son efectos del significado léxico (que en sí mismo y por sí mismo carece de capacidad designativa), sino efectos del significado categorial que lo acompaña habitualmente. Por eso cuando se estudian las referencias o el campo de usos de una palabra, no se está estudiando el significado léxico de esa palabra, sino un efecto de la significación categorial que lo acompaña.

d) Por lo general, la significación léxica no puede existir de forma independiente, sino que necesita de un marco gramatical que le sirva de soporte. Por lo tanto, las llamadas palabras léxicas no contienen en realidad solamente información léxica, sino que contienen también información gramatical. Es decir, sensu strictu, no existen palabras 1éxicas puras ‑ si dejamos al margen las interjecciones propias ‑, sino palabras que, entre otros ingredientes semánticos, poseen significación léxica o descriptiva. Por eso, carece de todo fundamento idiomático decir que:

da)    palabras como noche, feliz, ir, etc., son signos léxicos simples, signos léxicos pertenecientes a determinados campos semánticos. Se trata en realidad de palabras complejas que resultan de la conjunción de una determinada intuición semántica descriptiva con una determinada significación categorial.

db) palabras derivadas como relojero, felicidad, sillón, mantequilla, saltear, etc., son signos léxicos simples, signos léxicos pertenecientes a determinados campos semánticos. Se trata en realidad de palabras complejas que resultan de la conjunción de cierta significación léxica con determinación categorial y cierta significación morfológica ulterior.

dc) palabras compuestas como pisapapeles, regresar, contraponer, presentar, bocacalle, etc., son signos léxicos simples, signos léxicos pertenecientes a determinados campos semánticos. Se trata en realidad de palabras complejas que resultan de la conjunción de determinados contenidos léxicos con revestimiento categorial ordenados según ciertos procedimientos sintácticos.

e) En toda palabra con significación léxica, la significación categorial y mostrativa (cuando la hay) es siempre primaria o estructural, en tanto que la significación descriptiva es meramente complementaria de esa información gramatical, al contrario de lo que se suele creer habitualmente. Esto quiere decir que el significado léxico no constituye un plano semántico autónomo, sino un plano semántico subordinado a la significación gramatical. Las lenguas naturales son básicamente gramática.

El diccionario no constituye el verdadero inventario de los signos léxicos o descriptivos de un idioma. Se trata más exactamente de un repertorio que recoge algunas de las palabras (generalmente, las más comunes) que se han confeccionado con los recursos semántico‑gramaticales y semántico-descriptivos de la lengua de que se trata. Como tales, no solamente recogen significación léxica, sino que recogen también significación gramatical y significación denotativa o cultural, que es enteramente ajena al sistema de la lengua.

g) Los campos léxicos de la semántica estructural absolutamente nada tienen que ver con la verdadera organización léxica o descriptiva de las lenguas naturales. Se trata más bien de agrupaciones de palabras (que entre sus componentes semánticos poseen algún rasgo descriptivo) hechas siguiendo criterios referenciales o denotativos. No son campos lingüísticos, sino campos denotativos o referenciales, como han señalado ya los críticos del método.

h) Las lenguas naturales no son códigos de signos constituidos por una gramática (repertorio de reglas y palabras instrumentales) y un diccionario o lexicón (repertorio de palabras llenas), como se suele decir habitualmente, sino conjuntos de procedimientos formales y semánticos de distintos niveles (significación primaria (mostrativa y descriptiva), significación categorial, significación morfológica, significación sintáctica y significación óntica) que permiten crear un número infinito de palabras, oraciones y textos, que son hechos de parole. Como señala Coseriu, "la descripción de una lengua, si quiere ser verdaderamente adecuada a su objeto, debe presentar la lengua misma como sistema para crear, como sistema de producción, no simplemente como producto" (EI hombre y su lenguaje, Madrid, 1977, p. 23). El diccionario y la gramática normativa no son obras lingüísticas, sino obras culturales.

[Morera, Marcial (Univ. de La Laguna): „La naturaleza del significado léxico“. In: Wotjak, Gerd (coord.): Teoría del campo y semántica léxica / Théorie des champs et sémantique lexicale. Frankfurt a. M.: Lang, 1998, pp. 154‑156]

Queridos diccionarios

Dice el Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, que un diccionario es un »Libro en que se recogen las palabras de la lengua colocadas según un orden dado, generalmente alfabético, y acompañadas de su definición, explicación o equivalencia«. Según el Diccionario Ideológico de la Lengua Española de Julio Casares, el diccionario es un »Libro en que por orden comúnmente alfabético se contienen y explican todas las dicciones de una lengua, o se ponen en correspondencia con las equivalentes de otro u otros idiomas«. Pera el Diccionario de la Real Academia Española es un »Libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces de una o más lenguas, de una ciencia o materia determinada« y, por último, el Diccionario de Uso del Español de María Moliner, dice que es un »Libro en que está la serie de palabras de un idioma o de una materia determinada, colocadas alfabéticamente y explicadas, o bien con su equivalencia en otro idioma«.

Lo que ninguna de las obras consultadas dice es que un diccionario es una obra de arte. Sí, señores, sí. Una obra de un arte llamado lexicografía. Arte tan complejo y dificultoso que el filólogo  renacentista José Justo Escalígero sostenía que »los grandes criminales no deberían ser condenados a muerte ni a trabajos forzados, sino a compilar diccionarios, pues este quehacer lleva consigo [...] todos los trabajos posibles«. Y lo decía con razón, porque el lexicógrafo, para registrar y explicar convenientemente el significado de palabras y giros, tiene que estar al tanto de circunstancias políticas, sociales, económicas, culturales, etc., de la comunidad lingüística en cuestión y, además, tiene que saber de todo, absolutamente de todo: desde electrónica a repostería, pasando por deportes, botánica y lencería fina.

Claro que, como apuntan algunas de las definiciones reseñadas, no todos los diccionarios se ocupan del significado de las palabras. Ordenada alfabéticamente, podemos encontrar información acerca de todas las ramas del saber y, así, hay diccionarios de Derecho, de Filosofía, de Medicina, de Religión, de Política, de Física, de Geografía, de Economía, etc., y si nos ponemos a buscar, seguro que damos con diccionarios de las materias más extrañas y peregrinas aunque, reconocerán conmigo, que el diccionario por excelencia, el diccionario por antonomasia, el número uno, es de la lengua propia. Y dentro del ámbito de la lengua propia existen diccionarios ideológicos, históricos, etimológicos, de uso, de sinónimos, de dudas y dificultades, de estilo, de refranes, de neologismos, de rimas, etc., y también los hay monolingües y plurilingües los cuales, a su vez, pueden ser bilingües y multilingües ... ¡una locura!

Y luego están las enciclopedias ... ¿Que en qué se diferencia una enciclopedia de un diccionario? Pues, sensu strictu, »el diccionario es la obra que trata de significados y usos de palabras, y enciclopedia la que trata de cosas o de conceptos«. O sea, que en la enciclopedia no se explica la relación entre el significado léxico y su contenido, sino »los conocimientos humanos sobre determinadas materias, que se agrupan en artículos mediante significantes lingüísticos que figuran como letras«. Aunque, en la práctica, la distinción no es tan clara y llamamos diccionario a cualquier libro que esté ordenado alfabéticamente aunque su contenido no sea lingüístico. Y para completas el panorama, están los diccionarios enciclopédicos en los que se combina la descripción enciclopédica y la lingüística.

Haciendo un poco de historia, en la tradición occidental, fueron los griegos, ¡cómo no!, los primeros que empezaron a realizar inventarios de palabras con explicaciones y comentarios. Los romanos hicieron compilaciones de gran repercusión, como la de Marco Terencio Varron o la de Verrio Flaco aunque, al parecer, ni griegos ni romanos tenían la idea de diccionario que tenemos nosotros. En la alta Edad Media, se fue desarrollando la disciplina de explicar las palabras de difícil comprensión por medio de glosas. Glosas que podían agruparse, en un glosario, al final del texto. En la baja Edad Media, destaca la labor lexicográfica de Papias el Lombardo, del genovés Giovanni Balbi y de Hugo de Pisa.

En el Renacimiento, la introducción de la imprenta y el auge cultural de la época dieron un gran impulso a la lexicografía, sobre todo en lo concerniente a diccionarios bilingües y multilingües entre los que destaca el Diccionario latino-italiano de Ambrosio Calepino publicado en 1502. Obra monumental – en la edición de 1588 registra once idiomas –, gozó de tal popularidad que la palabra calepino se convirtió en sinónimo de diccionario latino. También cabe mentar aquí a los lexicógrafos franceses Robert y Henri Estienne y a los británicos Richar Huloet y John Baret entre muchísimos otros.

¿Y en España? Dejando aparte las Glosas Silenses y Emilianenses, la primera obra lexicográfica en castellano es el Universal Vocabulario de Alonso de Palencia, publicado en 1490 y superado pronto por los dos vocabularios de Antonio de Nebrija: el Latino-Español, aparecido en 1492 y el Español-Latino, de 1495. De 1505 es el Vocabulario arábigo en lengua castellana, de Pedro de Alcalá al que sigue una serie de diccionarios bilingües inspirados, en mayor o menor grado, en la obra de Nebrija. En 1611 aparece el estupendo Tesoro de la Lengua Castellana de Sebastián de Covarrubias y, en 1627, el no menos estupendo Vocabulario de refranes y frases proverbiales y otros fórmulas comunes de la lengua castellana de Gonzalo Correas. En esta época, siglos XVI y XVII, además del de Correas, aparecen varios diccionarios especializados: de arcaísmos, de agricultura, de náutica, de medicina o de jergas, como el Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo (1609).

En el siglo XVIII tenemos el Diccionario de Autoridades publicado entre 1726 y 1739 por la Real Academia. Su propósito era fijar el uso correcto de la lengua y se llama »de autoridades« porque cada acepción va acompañada de una cita tomada de un texto cuyo autor es considerado una »autoridad«. Este diccionario, que ya en la edición de 1780 aparece sin las citas, constituye la base del Diccionario de la Real Academia Española que utilizamos nosotros y que, al parecer, en el año 2001 va a conocer la vigésima segunda edición. Que, por cierto, de este diccionario y del María Moliner hay ya versión en CD-ROM.

La tradición de las citas continúa, sin embargo, en el inacabable Diccionario histórico de la lengua española que la Real Academia comenzó a publicar en 1960. Este diccionario recoger la evolución de todos los vocablos utilizados en el idioma, con un detallado estudio cronológico de los mismos apoyado en textos de las distintas etapas por las que han pasado, por lo que constituye una base documental valiosísima para cualquier tarea lexicográfica que se quiera realizar. Y es que el diccionario histórico constituye la cumbre de la lexicografía de una lengua pues »se trata de una obra ingente, que exige la participación de un equipo de lexicógrafos especialmente adiestrados, y cuya transcendencia para el estudio de las construcciones gramaticales, instituciones, transculturaciones, etc., es tan importante, al menos, como el vastísimo panorama léxico que ofrece«.

¡Ojo!, no confundamos el diccionario histórico con el etimológico, que explica la procedencia de las palabras. Que, por suerte, nuestra lengua cuenta con unos diccionarios etimológicos excelentes, como el Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas, el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de Joan Corominas y José A. Pascual o el Diccionario etimológico español e hispánico de García de Diego.

Volviendo a lo de las citas, el Diccionario del Español Actual, recientemente aparecido, retoma la costumbre de documentar cada acepción con el correspondiente texto, con la particularidad de que utiliza textos actuales (de la segunda mitad del siglo XX) y procedentes, su mayoría, de la prensa y no de la literatura como tradicionalmente se hacía. Otra característica interesante de este diccionario es que el contenido de cada voz »está articulado en dos vertientes, que son su valor semántico y su valor sintáctico«, lo que confiere a la información gramatical la importancia que se merece. Pero dentro de los diccionarios que se ocupan de la descripción general del léxico, los más completos quizá sean los que se ordenan con un criterio onomasiológico (perdón por el palabro), es decir, que en lugar de partir de la palabra para llegar al concepto, que es lo habitual, parten del concepto para llegar a la palabra. En estos diccionarios las ideas, convenientemente sistematizadas, van encabezando columnas o grupos en los que aparecen todos los vocablos relacionados con ellas.

Quizá he simplificado demasiado pero es que, más que las cuestiones técnicas, me interesa resaltar el hecho, maravilloso, de que la persona que se encuentra en la tesitura de tener que realizar un escrito, por ejemplo, pueda ver reunidas todas las palabras – nombres, adjetivos, verbos, frases, modismos, etc. – que se relacionan con la idea que quiere expresar. Los hispanohablantes tenemos la fortuna de contar con un extraordinario diccionario de este tipo, el Diccionario Ideológico de la Lengua Española de Julio Casares, diccionario »orgánico, viviente, sugeridor de imágenes y asociaciones, donde, al conjuro de la idea, se [ofrecen] en tropel las voces, seguidas del utilísimo cortejo de sinonimias, analogías, antítesis y referencias«. Pero es que además de las parte ideológica, estos diccionarios también tienen una parte alfabética, con lo cual cumplen la doble misión de, por un lado, darnos el significado de una voz desconocida y de ayudarnos, por otro, a encontrar el término apropiado para expresar nuestro pensamiento. Total, que son utilísimos. ¡No quiero ni pensar qué sería de mí sin el Casares!

Claro que la utilidad de un diccionario depende mucho de lo que se vaya a buscar en él, que puede ser desde la corrección de una grafía o el significado de una palabra, hasta los usos de una locución, pasando por un étimo o por la equivalencia española de una voz extranjera. Por eso hay que tener siempre varios diccionarios a mano. Y si, además, eres curioso o picajoso en cuestiones lingüísticas, y si te gusta expresarte con propiedad, pues entonces estás perdido porque, aparte de los diccionarios generales (el de la RAE, uno ideológico, uno de uso, uno de español actual ...), ¿qué menos que poder disponer de uno etimológico, de uno de dudas y de uno de sinónimos? Y un diccionario de refranes tampoco viene mal, y uno de citas siempre es útil, y también alguno técnico, y ¿cómo no vas a tener en casa el Diccionario de Autoridades? ... Y dos o tres diccionarios bilingües, depende de los idiomas que manejes, y quizá alguno monolingüe. Y nunca está de más un diccionario de latín ... Pero esto, con ser ruinoso, no es nada comparado con los aficionados a las enciclopedias, que a juzgar por la propaganda que hacen las editoriales, deben de ser legión. Porque las enciclopedias, además de caras, abultan muchísimo y, lo que es más grave, no paran de sacar apéndices y suplementos que no tienes más remedio que comprar ... Ahora bien, compensa, ¡vaya si compensa!, porque una buena enciclopedia te saca de mil y un atolladeros, te hace quedar bien en reuniones y saraos, te permite llevar la voz cantante en las discusiones familiares, te ayuda con los crucigramas y pasatiempos y, si te acostumbras a callejear por sus páginas, además de pasártelo bomba, acabas sabiendo de las cosas más variopintas. Así que ya saben: pongan muchos diccionarios y una enciclopedia en su vida ... por lo menos.“

[López Díaz, Lola: „Queridos diccionarios“, en: LEER.. El magazine literario. Año 2000, N° 14, marzo-abril, pp. 34-37]