VOKALE

Vocales

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Phonetik / Konsonanten / Vokalenviereck der IPA - Cuadro vocálico de la AFI

 

El latín hispánico

El latín hablado en la Península Ibérica pertenecía al latín vulgar o coloquial. El latín vulgar se distinguió del latín culto, enseñado en las escuelas, por una rápida evolución respecto a su estructura lingüística.

Los rasgos más importantes del latín vulgar eran:

El paso del sistema de cantidad vocálica al de acento de intensidad queda reflejado en este cuadro:

Los ragos que hemos enumerado son propios de todo el latín vulgar. El latín de Hispania, además, introdujo:

[Pérez Moreta, J./Viudas Camarasa, A.: Lengua española. Madrid: ed. sm, 1992, p. 323-324]

Vocales

«Cualquiera que sea – escribe Navarro Tomás – el punto en que una articulación se forme, la especial disposición de los órganos en cada caso permite establecer los siguientes grupos: [...] Articulaciones abiertas o vocales: La disposición de los órganos forma una abertura de amplitud distinta en cada caso, pero siempre suficientemente ancha para que el aire salga sin obstáculo; la cavidad bucal en estas articulaciones forma un resonador que imprime un timbre característico al sonido producido por las vibraciones de la glotis [...] La cualidad que importa principalmente considerar en las vocales es el timbre. El timbre permite distinguir entre sí vocales de un mismo tono, intensidad y cantidad».

«Sonidos continuos – apunta por su lado Salvador Fernández – son los vocálicos, pero un sonido continuo con vibración laríngea, de tal naturaleza que la columna de aire no se encuentra ni con una total obstrucción ni con una estrechez que produzca fricción sensible para el oído. Las vocales son como dicen algunos autores articulaciones de abertura, mientras que las consonantes son articulaciones de cierre. Las vocales en español constituyen siempre el cuerpo central de la sílaba. Dentro de la secuencia silábica existe una onda de sonoridad cuya cima coincide con la sonante, es decir con el sonido vocálico».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 243]

Vocales españolas y unidad del idioma

«Sin duda – expresaba Menéndez Pidal – que [la] unidad fundamental del español, mayor por ejemplo que la de las otras dos grandes lenguas europeas extendidas por América, se debe en gran parte a la sencillez, claridad y firmeza de nuestro sistema vocálico».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 244]

Vocales castellanas

«En el siglo del juglar del Cid como en el de Alfonso el Sabio, del Arcipreste de Hita, de Nebrija o de Cervantes, las vocales castellanas se han oído probablemente con los mismos sonidos con que hay se pronuncian [...] El español se sirve principalmente de las vocales a, e, o; no tiene vocales mixtas ni propiamente relajadas; tampoco establece diferencias tan marcadas como otros idiomas entre vocales largas y breves, ni entre variantes abiertas y cerradas de una misma vocal. La nasalización que atenúa y oscurece el sonido de la vocal no tiene en español el desarrollo y extensión que en portugués y francés. La serie vocálica del español es la más clara y sencilla de las lenguas europeas. El instinto eufónico de Castilla, rechazando formas vagas y vacilantes y defendiendo desde muy temprano sus preferencias prosódicas bajo posibles influencias del origen más remoto, elaboró un vocalismo firme y transparente» (Navarro Tomás).”

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 243-244]

Unidad del español

«España es una – escribe García de Diego – y América es múltiple. Las fronteras de cada Estado son una aduana que intercepta la libre circulación de la unidad lingüística. Hasta las fronteras de las provincias que señalaron los romanos en España y hasta las de los obispados antiguos nos descubren diferencias de evolución de las hablas, y los límites políticos de los países americanos son comparables a ellas. En el grado en que las aduanas americanas se endurezcan o se mitiguen se endurecerán o no las actuales diferencias del castellano americano».

«Deben respetarse – propone Dámaso Alonso – las variedades nacionales que en el estado actual de la lengua no dificultan (o en el peor caso, no dificultan gravemente) la comunicación idiomática. Deberíamos procurar mantenernos en el statu quo, el estado en el que hoy es usada la lengua por los hablantes cultos de nuestra comunidad idiomática. Y como espejo del mejor uso tomar los grupos rectores intelectuales, académicos, universitarios y literarios de cada país [...] Cuando una determinada voz o forma sea empleada por toda nuestra idiomática comunidad, no es prudente quererla sustituir o reformar aunque sea un extranjerismo o esté bárbaramente derivada o acentuada».

«Puede ocurrir que dentro de poco – apunta por su lado Lapesa – libros de física nuclear, economía, psicoterapia, etc., publicados en Madrid o en Barcelona empleen terminología distinta de la que usen los de igual materia editados en Méjico, y que unos y otros se aparten de la usada por los que vean la luz en Buenos Aires, Bogotá o Lima, que a su vez diferirán entre sí. Si se quiere evitar este Babel terminológico habrá que recurrir urgentemente a una política de acuerdos multilaterales que respalde las nomenclaturas unificadas propuestas en coloquios y congresos panhispánicos para cada especialidad [...] Leernos mutuamente, escucharnos unos a otros, vernos recíprocamente actuar en nuestro ejercicio de la lengua oral, una y múltiple. Hagámosla nuestra toda, sin fronteras ni aduanas. Gocemos la literatura panhispánica haciendo nuestro lo creado por unos y otros. Sintamos en cada país como tesoro propio las voces entrañadas desde hace siglos en cada rincón del mundo hispánico, y también las recién acuñadas, las recién nacidas. Muchas veces he propuesto como lema de la imprescindible comprensión mutua esta adaptación del homo sum terenciano: “Hablo español y no considero ajena a mí ninguna modalidad de habla hispana”».

«Cuando una lengua (son palabras de Tovar) se instala en territorios nuevos que conquista, ese acto es irrevocable. La lengua importada comienza a vivir su vida, y la unidad habrá de mantenerse no por una continua imitación del viejo centro, sino por un desarrollo lo más paralelo posible [...] Es evidente que la unidad de lenguaje es un bien. Facilita el tráfico y la amistad entre los humanos, es vínculo de una cultura mayor y más generalmente difundida, pone a nuestro alcance mayores riquezas culturales».

«A mi parecer – dice, en fin, Diego Catalán –, la “unidad de la lengua” no exige la imposición de una norma única. Lejos de favorecer una política idiomática que propugne la enseñanza de una ortología rígida y artificiosa en todo el ámbito del español, considero que debe reconocerse como característica esencial de la lengua española su enorme libertad normativa. Desde antiguo la Academia abandonó en el léxico todo criterio sistemático, todo purismo, para dar acogida en su Diccionario a los vocabularios varios propios de las más distintas modalidades del español; últimamente extendió (en algún caso) al campo de la fonética la libertad de seguir ya una norma, ya otra, entre las que gobiernan de hecho el habla de la comunidad hispanohablante. Siguiendo en esta misma dirección, podría llegarse al reconocimiento de una básica diversidad de “normas” lingüísticas dentro de la lengua española, no sólo en el campo léxico y en el campo fonético, sino aun en el sintáctico.

Este liberalismo normativo libraría a grandes sectores de la población hispanohablante de la inútil y deformante carga que supone el aprendizaje en la propia lengua materna de todo un conjunto de “normas” por completo extrañas a su saber lingüístico previo. La enseñanza del idioma, concebida entonces como científica reflexión acerca de un sistema y de una norma cuyo conocimiento precientífico se posee de antemano, conseguiría del hablante común una corrección lingüística y un dominio de las posibilidades expresivas de la lengua inalcanzables al presente en las regiones con parcial diglosia ... Tal variabilidad normativa, convenientemente codificada, lejos de atentar a la unidad del idioma contribuiría a establecer una mayor intercomprensión entre las diversas modalidades de español hoy en uso».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 233-236]

Unitariedad de la lengua española

Sobre ello se expresa Menéndez Pidal: «El español peninsular es entre las grandes lenguas romances la más unitaria; la lengua hablada en la Península, salvo en Asturias y en el Alto Aragón, no muestra variedades dialectales comparables a la multitud de ellas que se observan en el territorio francés o del italiano; es también una de las lenguas más estables, que menos cambios ha sufrido desde el siglo XIII acá».

Y Federico de Onís decía: «Yo, que soy castellano, he sustentado siempre que no existe el problema; que precisamente lo que causa admiración es la uniformidad del español si se compara con otras lenguas, a pesar de su enorme extensión geográfica y del relativo aislamiento en que viven los pueblos donde se habla; que las diferencias que existen en la manera de hablar el español son mucho menores entre España y América que dentro de España misma; que no hay un solo fenómeno lingüístico común a toda América y exclusivo de ella; que el seseo existe en media España y no produce dificultad para entenderse ni antipatía o prevención; que, por encima de todas las diferencias locales de pronunciación y vocabulario, está el español culto que hablan y escriben las personas educadas de ambos mundos, cuyos mejores definidores han sido americanos como Bello y Cuervo, cuyo arquetipo está en los escritores clásicos y a cuya conservación y renovación contribuyen hoy por igual y con el mismo derecho y autoridad todos los grandes escritores originales de habla española, sea la que quiera su nación de origen; y que esta lengua uniforme, fijada por la tradición y autorizada por el uso de todas las personas cultas, es la que deben aprender los norteamericanos, seguros de que sabiéndola, pronúncienla con s o con c, podrán pasearse sin dificultad por toda la extensión del mundo hispánico».”

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 236]

Triángulo vocálico

En fonética se emplea el llamado triángulo vocálico que diseñó Helwag en el siglo XVIII para representar el punto de articulación de las vocales haciendo uso de dos dimensiones: un eje vertical correspondiente al grado de abertura y un eje horizontal correspondiente a la parte de la lengua que queda afectada.

EI ‘triángulo’ ha sido sustituido en lenguas que tienen un vocalismo más rico, como el inglés, por el llamado trapecio de Daniel Jones.” 

Trapecio vocálico

En fonética inglesa se emplea el trapecio de Daniel Jones en vez del triángulo de Helwag, por ser éste insuficiente para la representación del sistema vocálico de lenguas, como el inglés, que poseen doce vocales. La disposición de las vocales en este trapecio, que corresponde al sistema vocálico inglés, no es exactamente igual que la de las vocales cardinales que representan puntos ideales:

[Alcaraz Varó, Enrique / Martínez Linares, María Antonia: Diccionario de lingüística moderna. Barcelona: Editorial Ariel, 1997, p. 574-575]

«Las vocales representan aproximadamente el 50% del material fónico del idioma español. Las consonantes, aunque forman una serie más numerosa que la de las vocales, no entran en mayor proporción que éstas en la composición de las palabras. La vocal más frecuente es la a. Las variantes abiertas e, o, en la pronunciación española normal, son menos frecuentes que las cerradas e, o. En el habla regional de algunas provincias del Sur, las variantes cerradas son, por el contrario, menos frecuentes que las abiertas.

No existen en la pronunciación española vocales anteriores labializadas o mixtas, como la ü y la ö del francés y del alemán; ni relajadas, como en portugués; ni largas y breves, como en alemán. Se puede decir con Storm que la brevedad, claridad y la precisión son los rasgos característicos de las vocales españolas. Menéndez Pidal ha indicado oportunamente que la gran uniformidad fonética del español, “mayor, por ejemplo, que la de las otras dos grandes lenguas europeas extendidas por América, se debe en gran parte a la sencillez, claridad y firmeza de nuestro sistema vocálico”.»

[Navarro Tomás, T.: Manual de pronunciación española. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 141968, § 70]

Enlace de vocales

«Cuando dentro de una misma palabra o grupo fónico aparecen juntas dos o más vocales sucesivas, lo primero que importa saber es si estas vocales se han de pronunciar en sílabas distintas, o si todas o algunas de ellas han de agruparse en una sola sílaba. Aun en el caso de que cada vocal forme por sí misma una sola sílaba, el paso de una vocal a otra vocal inmediata se hace siempre en nuestra pronunciación gradualmente y sin interrupción de sonoridad. Las cuerdas vocales, desde el principio al fin de todo grupo vocálico, y sin perjuicio de las modificaciones de tono, intensidad, etc., que dentro de él sean necesarias, mantienen su movimiento vibratorio de una manera continua, siendo a veces perceptibles, en pronunciación lenta, el timbre espacial que corresponde a cada uno de los tiempos de la transición que efectúan los órganos para pasar de una vocal a otra.

Como es sabido, esto no ocurre del mismo modo en todos los idiomas. En lenguas anglosajonas, y sobre todo en alemán, el enlace de la vocal final de una palabra con la vocal inicial de la palabra siguiente, o de dos vocales de una misma palabra, como en alemán The ater, be erben, ge eignet, etc., va impedido por la oclusión laríngea que se hade de ordinario ante la segunda vocal separándola bruscamente de la anterior. En la pronunciación española, por el contrario, se enlazan las vocales sin corte ni separación de la sonoridad vocálica, pasando suave y gradualmente de uno a otro sonido tanto en grupos interiores de palabras, beodo, poeta, maestra, suave, zahúrda, mohíno, como entre palabras enlazadas, de oro, lo echa, a esta, su ave, la una, lo hizo, etc. La h es un signo meramente ortográfico, sin valor ninguno en la pronunciación, enlazándose, por consiguiente, los sonidos entre los cuales se encuentra como si de hecho la h no existiese: ahora [aóra].»

[Navarro Tomás, T.: Manual de pronunciación española. Madrid: C.S.I.C., 141968, § 134]