Tiempo cronológico y tiempo lingüístico

(Recop.) Justo Fernández López

 

Tiempos cronológico y tiempo lingüístico

«Comprender correctamente el funcionamiento de las formas verbales en lo que se refiere a sus contenidos temporales requiere la previa clarificación de estas cuestiones generales, por lo que comenzaremos por diferenciar, siguiendo la línea trazada por Benveniste (1965), entre tiempo físico, tiempo cronológico y tiempo lingüístico. Para este autor, el tiempo físico es un continuo uniforme, infinito y lineal, exterior al hombre. Su correlato humano es el tiempo psíquico, que consiste en la vivencia que cada uno tiene del paso del tiempo y que hace que sintamos que transcurre de forma lenta y rápida según, por ejemplo, la actividad que estemos llevando a cabo.

El tiempo cronológico es –siempre según Benveniste (1965)– el tiempo de los acontecimientos. Dado que todo ocurre en el tiempo, los hechos se sitúan unos con respecto a otros, de tal forma que podemos establecer relaciones de anterioridad, simultaneidad y posterioridad entre ellos. En su versión subjetiva, el tiempo cronológico explica nuestra visión de todo lo que ha ocurrido en relación temporal con los que nosotros consideramos hitos fundamentales de nuestra vida: Eso ocurrió antes de que yo naciera, Cuando vine a vivir a esta ciudad, Después de que nos casáramos, etc. La sucesión lineal del tiempo físico y la simple sensación de su paso se convierte aquí en la situación de unos hechos con respecto a los otros, es decir, da lugar a la orientación relativa de los acontecimientos.

La objetividad del tiempo cronológico implica la necesidad de recurrir a fenómenos generales, que puedan ser observados y recordados por toda la comunidad, y a partir de los cuales se haga posible la medida del tiempo. En su versión más elemental, se basa en la recurrencia de fenómenos naturales (la alternancia del día y la noche, las fases de la luna, las estaciones del año, etc.). Con ello se puede recordar que algo ocurrió dos días antes o indicar que va a suceder en la lucha llena siguiente.

La estructura del tiempo cronológico se hace patente en los calendarios, que reúnen, según Benveniste (1965: 6), tres condiciones comunes a todos los cómputos cronológicos:

a) Existe un momento originario, un punto cero del que parte el cómputo, que se establece a partir de un hecho que se considera decisivo en la historia de la comunidad correspondiente: la subida al trono de un monarca, el momento fijado tradicionalmente para la creación del mundo, el nacimiento de Cristo, la hégira de Mahoma, etc. El punto cero, pues, es fijo en cada momento.

b) Una vez establecido el punto cero, los demás acontecimientos se sitúan antes, al tiempo o después de él.

c) Finalmente, se fijan unidades de medida, basadas en fenómenos naturales, que nos permiten indicar cuánto tiempo antes o después del punto originario tiene lugar un acontecimiento, es decir, hacen posible fecharlo.

Como es de esperar, el tiempo lingüístico se basa en el tiempo cronológico, pero no coincide totalmente con él. El tiempo lingüístico se fundamente en el establecimiento de un punto cero, pero ese punto no es estático, sino móvil. Aunque no siempre ocurre de este modo, podemos considerar inicialmente que el punto cero lingüístico coincide con el momento de la enunciación [momento del habla]. Cada acto lingüístico se convierte, así, en su propio centro de referencia temporal, con respecto al cual los acontecimientos pueden ser anteriores, simultáneos o posteriores. La orientación directa o indirecta con respecto a este momento es la característica fundamental del tiempo lingüístico y la única que funciona en muchas lenguas. Todas las lenguas tienen la posibilidad de medir las distancias temporales mediante expresiones del tipo de veinte años antes, diez días después o dentro de quince minutos. Además, algunas han gramaticalizado esta posibilidad y expresan sistemáticamente el grado de lejanía temporal. No es este, por supuesto, el caso del español.

Las diferencias básicas entre tiempo cronológico y tiempo lingüístico se observan con claridad si se tiene en cuenta que el primero tiene la fechación como su finalidad fundamental, mientras que el segundo se centra en la orientación con respecto al punto cero establecido en cada enunciado. Una fecha aislada, 27 de enero de 1995 por ejemplo, indica un día concreto de uno de los meses que componen el año citado. Dada la convención habitual de marcar la orientación solo en caso de que sea negativa, podemos situarla en la línea del tiempo cronológico y, puesto que conocemos el funcionamiento del calendario, podríamos, en caso de interesarnos, calcular el número de días (o incluso de horas, minutos, etc.) transcurridos desde el punto cero o desde otra fecha. Sin embargo, no nos dice nada acerca de la situación relativa de quien ha aludido a ella, lo cual explica la posibilidad de expresiones como El día 27 de enero de 1995 {comprendí/comprendo/comprenderé}... En cambio, un elemento del sistema lingüístico temporal como ayer no nos permite situar el día referido en un punto concreto de la línea del tiempo cronológico, pero estamos seguros de que se está haciendo referencia al día anterior a aquel en que se habla y también de que debe seguirle una forma verbal congruente con dicha anterioridad: Ayer aprendí/*comprenderé.

Así pues, la temporalidad lingüística presenta las características fundamentales siguientes:

a) Se basa en el establecimiento de un punto cero, que coincide habitualmente, pero no de manera forzosa, con el momento de la enunciación.

b) Frente a la linealidad y el carácter irreversible del tiempo físico, el lingüístico consiste en la situación de los acontecimientos en una zona anterior, simultánea o posterior con respecto al punto central o bien a algún otro punto situado a su vez con relación al central. Lo fundamental es, por tanto, la ‘orientación’ directo o indirecta de los acontecimientos con respecto al punto cero.

c) En algunas lenguas está gramaticalizada la expresión de la distancia al punto cero.

El tiempo lingüístico puede, por tanto, ser provisionalmente representado como una línea con un punto central (O), doblemente orientada y abierta por ambos extremos, en la que los acontecimientos pueden ser situados en la zona de lo anterior (A), simultáneo (S) o posterior (P) al punto cero:

 

O

 

<----------------------

|

-------------------->

A

S

P

[Rojo, Guillermo / Veiga, Alexandre: “El tiempo verbal. Los tiempos simples”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe, 1999, § 44.2.1]

«Punto origen (O):

El punto origen, centro deíctico del sistema temporal, se sitúa habitualmente en el momento en que se establece la comunicación verbal, si bien no es forzosa esta localización.»

[Veiga Rodríguez, Alexandre: Estudios de morfosintaxis verbal del español. Lugo: Editorial Tris Tram, 2002, p. 157 n. 2]

«Punto origen o punto cero (O):

En realidad, aun en las situaciones más habituales de comunicación lingüística (digamos en la conversación oral directa) puede ser que el punto origen no coincida siempre con el momento en que dicha comunicación se establece. Esta es, creemos, la interpretación que hay que dar al conocido caso del ‘presente histórico’. [...]

La localización del origen, centro deíctico de referencias del sistema temporal, puede ser variable. Su situación más habitual y espontánea lo hace coincidir con el momento de la comunicación verbal, si bien determinados factores pueden alterar esta situación, bien localizándolo exclusivamente en función del emisor (y, por tanto, con anterioridad al establecimiento de una comunicación diferida), bien haciéndolo coincidir con un punto diferente del ‘ahora’ de todos los interlocutores. Por razones de claridad expositiva, utilizaremos en adelante ejemplos en que no haya problemas para admitir la coincidencia del origen con el momento de la comunicación verbal.»

[Rojo, Guillermo / Veiga, Alexandre: “El tiempo verbal. Los tiempos simples”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe, 1999, § 44.2.2.5]