SEMIOTISCHES TRAPEZ

Representación tapezoidal del signo

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Zeichen / Polysemie / Semantik

 

Semiotisches Trapez von Kurt Heger  

“Eine trapezförmige Abwandlung des Dreiecksmodells durch subtilere Unterscheidungen im Semembereich haben Heger und Baldinger erarbeitet. Der Status von Bedeutung als Vorstellung/Idee/Begriff/sense/Begriffsbedeutung verursacht nicht geringe Schwierigkeiten. Während »Begriff« auf logische Strukturen verweist, fordern »Idee« und »Vorstellung« Korrekturen von Seiten der Psychologie heraus, wo man lieber von »unanschaulichem Wortverstehen« und »begriffsnahen Erscheinungen« (Kainz) spricht. Hörmann (1967, S. 31) fragt, wie »das Vorstellungsbild von Gerechtigkeit« aussähe. K. Ammer (1958) empfiehlt »sprachliche Vorstellung«, für die Mangel an Anschaulichkeit und Plastizität sowie Begriffsnähe gelten soll; sie ist »Vorstufe der logischen Begriffsbildung, die ... auf die sprachliche Erfahrung aufbaut« (S. 61).”

[Lewandowski, Th.: Ling. Wörterbuch, Bd. 1, S. 102]

„Das klassische Beispiel für ein triadisches Zeichenmodell stammt von C. K. Ogden und I. A. Richards:

Der Fortschritt in diesem Dreiecksmodell besteht darin, den referenziellen Aspekt ins Spiel zu bringen und somit einer grundlegenden Anforderung an ein Zeichen, aliquid stat pro aliquo, Genüge leistet. Daraus fußen schließlich fast alle Zeichendefinitionen in der einen oder anderen Form. Aber auch Ogden und Richards weisen eine psychologisierende Haltung auf, die Dreieckspitze muss als aktualisierter Inhalt interpretiert werden, wodurch in diesem Modell das Signifikat (und damit Dinge wie Polysemie und Homonymie) aus dem Blickpunkt rückt; das Modell ist daher nur für eine Parolelinguistik brauchbar. Die kausale Interpretation der durch die beiden oberen Dreiecksseiten symbolisierten Relationen ist in ihrer Absolutheit anfechtbar. Auch dieses Modell und alle seine Varianten ist noch nicht erklärungsstark genug.

Eine entscheidende Verbesserung stellt das Trapezmodell K. Hegers dar, das, einer Anregung G. Hiltys folgend, vor allem in Auseinandersetzung mit dem Dreiecksmodell und seinen Schwächen bzw. Defizienzen entwickelt wurde:

»Die entscheidende Unzulänglichkeit des Dreieck-Modells besteht in seiner Unfähigkeit zur widerspruchsfreien Abbildung jener quantitativen Divergenzen, die eine paradigmatische Linguemanalyse zu berücksichtigen in der Lage sein muss und die sich im Falle einer Modellanwendung auf der ersten metasprachlichen Ebene an der Aufgabe exemplifizieren lassen, Semasiologie und Onomasiologie so zu definieren, dass sie nicht als tautologische Spiegelbilder voneinander erscheinen« (K. Heger, 1971 a, 27). Um sowohl den Parameter Langue als auch den Parameter Parole berücksichtigen zu können, muss einerseits die Dreiecksspitze aufgelöst und das globale Signifikat in Sememe und Komponenten differenziert und andererseits der »referent« als extensionale bzw. intensionale Klasse bzw. Klassen von Denotata spezifiziert werden, unter Wahrung dessen, was K. Heger die quantitative (Relation zwischen Signifikant und Signifikat) und qualitative (Relation zwischen Signifikat, Sememen, Semen und Noemen) Konsubstantialitätsrelation nennt. Durch die Differenzierung von Signifikat und Sememen wird es nun auch möglich, Relationen zwischen Sememen desselben Signifikats zu beschreiben. Die im Modell eingeführte Monosemierung wird u. a. durch den Kontext geleistet, der allerdings nicht explizit im Modell aufscheint.

Der schwache Punkt des Modell ist nach wie vor die rechte obere Ecke des Trapezes, das Noem/Sem. [...] Zu kritisieren ist auch, dass die paradigmatische und syntagmatische Dimension nicht explizit im Modell aufscheinen, denn es genügt ja nicht, nur die Relation zwischen den Sememen eines Signifikats zu beschreiben; aber selbst in dieser Hinsicht ist die Pluralität der Sememe, Denotatsklassen und Komponenten nicht einbezogen, was zumindest ein Manko an Anschaulichkeit ist. Das Verhältnis zwischen potentiellen Denotatsklassen und dem Denotatsbereich nach erfolgter Monosemierung würde ich nicht als Inklusion bezeichnen, sondern als mengentheoretische Substraktion, da im allgemeinen keine Hyponymiebeziehung vorliegt; im Falle der Aktualisierung nicht einer Teilmenge, sondern eines einzelnen Denotatums, haben wir zusätzlich eine Element-Klasse-Beziehung.“

[Schifko, Peter: Bedeutungstheorie. Einführung in die linguistische Semantik. Stuttgart-Bad Cannstatt: Friedrich Frommann Verlag / Günther Holzboog, 1975, S. 90-92]

Trapecio

En semántica, Heger (1974) sustituyó el triángulo básico [ver: Semiotisches Dreieck] de Ogden y Richards (1928) por un ‘trapecio’, que metodológicamente tiene la ventaja de separar lo lingüístico, situado a la izquierda como en el triángulo básico, de lo extralingüístico (el concepto y la cosa).

[Alcaraz Varó, Enrique / Martínez Linares, María Antonia: Diccionario de lingüística moderna. Barcelona: Editorial Ariel, 1997, p. 574]

El trapecio metodológico:

“El triángulo metodológico es útil didácticamente. La mente perspicaz habrá visto fallos desde un punto de vista científico. K. Heger ve en él varios inconvenientes. Nos dice que, al extender ese triángulo, se ha pasado de la primera metalengua, que consiste en hablar de la lengua en esa lengua, y se ha entrado en la segunda metalengua, que es hablar de una teoría de una lengua en esa lengua. Con ello, añade K. Heger, se ataca al signo lingüístico en su unidad, ya que en cada triángulo hay una sola significación mientras que el contenido está en varios triángulos. Por ello piensa que, a fin de conservar unido el signo lingüístico, deben separarse concepto y significado.

Para esto, propone el simbolismo metodológico del trapecio, tomado de G. Hilty, y lo precisa de la siguiente manera:

Tras la consideración de estos puntos metodológicos se habrá observado cómo

el lado izquierdo corresponde a las dos caras inseparables del signo lingüístico y depende de la estructura de una lengua dada; simboliza la relación de consustancialidad cuantitativa;

el lado superior representa la consustancialidad cualitativa; relaciona el signo lingüístico en cuanto significación con los conceptos universales;

el lado derecho es independiente de la estructura de una lengua dada; pertenece a todas las mentes, sea cual sea la lengua en que se piense o se hable;

la base del trapecio sigue simbolizando, al igual que en el triángulo, la arbitrariedad e inmotivación de la relación que representa.

No cabe la menor duda de que la separación entre lo lingüístico, a la izquierda del trapecio metodológico, frente a lo extralingüístico a su derecha, junto con la interrelación de todas y cada una de las lenguas diferenciadas a la izquierda con lo común a todas ellas a la derecha, puede servir en gran manera para la comprensión del hecho comunicativo y dilucidar los inconvenientes científicos que ofrece el triángulo metodológico en medio de su alto valor práctico.“

[Lamiquiz, Vidal: Lengua española. Método y estructuras lingüísticas. Barcelona: Ariel, ²1989, p. 210-211]

“La concepción del signo de Heger es parecida a la de Baldinger, pero introduce más precisiones y es más pormenorizada en cuanto a componentes y relaciones. Para él, el significado es también el conjunto de significaciones ligadas a un significante, pero distingue el «semema» como significación, entendido como entidad separada dentro del conjunto de las significaciones, conjunto al que llama «significado».

Heger parte de una representación trapezoidal del signo:

«El lado izquierdo –afirma Heger–  corresponde a lo que depende de la estructura de una lengua dada [...] Los lados izquierdo –dependiente de la estructura de una lengua dada– y derecho –independiente de la estructura de una lengua dada– están unidos por la parte superior, que corresponde al dominio de los conceptos y simboliza una relación de consubstancialidad cualitativa. Las unidades que comportan no se distinguen más que por la cantidad. Están unidas por relaciones que han sido estudiadas de manera detallada y que nosotros hemos definido como variación combinatoria para el significado y el semema, y como relación de especie y género para el significado y el concepto, así como para el semema y el concepto.» Precisa así Hegel las relaciones entre significado (el «campo semasiológico» de Baldinger) y semema (aproximadamente, la forma de contenido, para nosotros, ya que para Heger, apegado al plano de la expresión, la forma de contenido parece relacionarse con la suma de los sememas), entendiendo que hay relaciones lingüísticas de variación combinatoria entre uno y otro. Sin embargo, el problema queda sin resolver, ya que no se distingue entre lo que es mera variante combinatoria de contenido y lo que es invariante combinatoria de contenido, sin entrar además en el hecho de que tanto las invariantes de contenido representadas por un solo significante como las variantes pueden ser libres y no combinatorias.

Lo que ocurre es que no se sale del problema de la polisemia: el punto de vista sigue siendo el significante aislado, con respecto al cual todas las diferencias de contenido no son más que variantes: no nos explicamos cómo puede Heger hablar de forma de contenido para referirse al conjunto de los «sememas», que concibe como «variaciones», cuando en este conjunto pueden entrar tanto invariantes perfectamente delimitadas por sus relaciones propias, paradigmática o sintagmática, como simples variantes  de contenido. El concepto de forma de contenido entendido como límite semántico que excluye a otras formas o signos está totalmente ausente de esta concepción, en la que se mantiene la idea tradicional de la polisemia, aunque matizada con diversas precisiones.

El signo tanto para Baldinger como para Heger, es polisémico y, por tanto, su forma –aunque no se percaten de ello– radica en la expresión fonológica, que siguen concibiendo como forma de expresión. El «significado» tampoco es forma, sino sustancia, ya que viene dado por el conjunto de variaciones semánticas (combinatorias) que pueden inventariarse en las infinitas ocurrencias concretas de un significante dado, en el habla. Considerar al conjunto de significados –sememas, para Heger– como la forma de contenido, equivale a tomar como única invariante de referencia al significante fonológico, es decir, como el elemento constante, el único que no varía dentro de la multiplicidad real. Esta tesis nos parecería aceptable para una teoría de la expresión, cuyo único objeto habría de ser la determinación de magnitudes fonológicas –fonemas o significantes fonológicos– sobre la base de su correspondencia con significados distintos, pero para la que la naturaleza misma de estos significados fuera indiferente, ya que sólo servirían de «medio» para determinar las magnitudes de expresión: así, de la misma manera que /p/ y /b/ son invariantes distintas por ser capaces por sí solas de diferenciar contenidos también distintos, pero sin que estos contenidos en cuanto tales hagan al caso, silla y mesa pueder ser también considerados como invariantes de expresión distintas, por ser igualmente capaces de establecer diferencias de contenido, independientemente de la naturaleza específica de tales contenidos. La tesis, pues, de una forma de contendio para cada significante no nos parece viable más que para la ciencia fonológica, pero en absoluto para la ciencia semántica, cuyo único objeto son las magnitudes de la significación y las relaciones que contraen entre sí y nunca una mera técnica para interpretar, en cada caso, los diversos sentidos de cada significante, como ocurre con el llamado componente semántico de la Gramática Generativa Transformacional. El camino de la identidad en el significante no puede servir más que como recurso práctico para confeccionar diccionarios, es decir, para mostrar los significados normales que suelen recubrir y, en el mejor de los casos, las circunstancias en que pueden ser empleados, pero, en todo caso no conduce a una visión exhaustiva de las formas de contenido que funcionan en una lengua.”

[Trujillo, Ramón: Elementos de semántica lingüística. Madrid: Cátedra, 1976, p. 238 sigs.]

„Este autor alemán, descípulo de Baldingen, advierte que la concepción triangular del signo no le sirve para resolver dos problemas con los que se encontraba la teoría semántica: la homonimia y la sinonimia, por un lado, y la viabilidad de dos disciplinas (Onomasiología y Semasiología), por otro.

La existencia de términos homónimos ponía en peligro uno de los grandes principios saussureanos: el principio o correlación de consustancialidad cuantitativa. El Curso no lo había formulado expresamente, pero era un dogma implícito en el seno del estructuralismo: entre significado y significante existe correspondencia biunívoca (tantos significados como significantes, y, viceversa, tantos significantes como significados). Este principio se apoyaba en un símil del Curso: «La lengua es también comparable a una hoja de papel: el pensamiento es el anverso y el sonido es el reverso: no se puede cortar el uno sin cortar el otro» (Saussure, 1972: 157). Heger, buscando una designación clara y transparente, lo denomina, de forma no muy afortunada, principio de consustancialidad cuantitativa. Pues bien, tanto la homonimia (un significante asociado a dos o más significados) como la sinonimia (un significado asociado a más de un significante) chocaban frontalmente con este principio.

La Onomasiología es la disciplina que estudia la relación que va del concepto al significante. La Semasiología sigue el camino inverso: estudia las relaciones que van del significante al concepto. La codificación, por ejemplo, es un proceso onomasiológico, mientras que la descodificación sigue una línea semasiológica. Algunos autores sostenían que eran disciplinas puramente simétricas, lo que impedía considerarlas ciencias independientes.

Heger intenta tanto resolver los problemas de la homonimia y sinonimia como demostrar que la autonomía de las disciplinas citadas. Para ello propone un cambio profundo, una complejificación del signo triangular: se desmembra por separación horizontal en el vértice superior y se genera un trapecio:

 

Como se observa, en este nuevo modelo de signo se complejifica el plano del contenido. En lugar del significante (antes en el vértice del triángulo), ahora tenemos tres componentes distintos: significado, semema y noema.

El significado de un signo sería la conjunción de todas las acepciones o sentidos a los que un significante puede estar asociado. Por principio, el significado es único. Un significante sólo puede estar asociado a un significado y, viceversa, un significado sólo halla expresión en un único significante. Así reza el principio de consustancialidad cuantitativa. En el caso concreto de un signo como bote hemos de afirmar que sólo existe un único significado (pues sólo hay un significante), que estaría constituido, al menos, por la suma de los sentidos «acto de botar», «lancha pequeña», «lata».

El semema es una variante combinatoria del significado: «La relación entre significado y semema es la de una variación combinatoria o, si no hay combinación disyuntiva que cree una homonimia, la de simple identidad» (Id., 1974: 27). En el ejemplo que nos ocupa existirían tres sememas: «acto de botar», «lancha pequeña» y «lata». En solar habría dos: «relativo al sol» y «suelo edificable».

El noema es el correlato conceptual del semema. Todo parece indicar que entre semema y noema existe una correspondencia biunívoca. Se diferenciarían en su naturaleza: el semema es aún unidad lingüística, mientras que el sema es de naturaleza extralingüística (lógica o psicológica). Todo concepto posee una extensión formada por el conjunto de elementos que cumplen sus propiedades intensivas: es la clase que figura en base derecha del trapecio (sustituyendo a la cosa de Ullmann y Baldinger).

El esfuerzo realizado por Heger para solucionar uno de lso problemas capitales de la Semántica es loable. Existen, no obstante, algunas dificultades que consideramos serias:

Se ha procedido de forma oculta a una redefinición del significado. Ya no está en relación con un concepto, ni es posible – por principio – la existencia de más de un significado por cada significante fónico. Ahora el significado es algo así como un colectivo: se define como aquel conjunto de sentidos, próximos o no, que se cobijan bajo un mismo significante. No importa para nada si se relaciona con uno o varios conceptos. El significado es uno y único para cada signo.

Esta redefinición del significado no es, en sí misma, ni buena ni mala. Alcanzará alguno de estos atributos según las propiedades descriptivas que adquierea o pierda. En esta línea hemos de decir que Heger despoja al significado de una de las propiedades en las que el maestro ginebrino más había insistido: en la dimensión estructural. Tal como nos es presentado, el significado no es una unidad de valor, deja de ser un elemento del sistema, carece de dimensión estructural, opositiva. «En el interior de una misma lengua – había dicho el maestro ginebrino –, todas las palabras que expresan ideas vecinas se limitan recíprocamente» (Saussure, 1972: 160). ¿Con qué seriedad se podría afirmar, por ejemplo, desde esta perspectiva que el significado único «liga» se opone al de torneo si en tal significado están incluidos otros sentidos como «cola», «goma de sujeción», etc.? ¿Qué apoyo hallaríamos para sostener que un significado como «sobre» está delimitado por el resto de los contenidos de su paradigma si pertenece, al menos, a dos sistemas opositivos, ya que funciona como sustantivo y como preposición?

Una propiedad esencial que debe cumplir todo objeto o concepto científico es el de ser cognoscible y, por ende, descriptible. En ciencia no pueden existir objetos inefables, porque va en contra de la esencia del proceso cognoscitivo. Pues bien, todo hace prever que la tesis del significado único, tal como está planteada, nos conduce en los casos de homonimia, a sostener que el significado es inefable, un dato imposible de describir. Porque, ¿cuáles serían las notas comunes que definirían a ese significado único en casos tan frecuentes como los ejemplos que a continuación se citan?

Heger no propone ningún criterio final, libre de los peligros de la intuición, para determinar cuántos sememas existen en cada significado.

El significado hegeriano posee únicamente una realidad semasiológica (prioridad del significante sobre el significado), nunca onomasiológica y muchos menos, paradigmática. Se dice que un número determinado de sememas forman un significado porque previamente se ha elegido una expresión como criterio aglutinante.”

[Gutiérrez Ordóñez, Salvador: Introducción a la semántica funcional. Madrid: Síntesis, 1989, p. 34-38]