SEMIOSE

Semiosis

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Enzyklopädie / Zeichen / Semiotik / Symbol

 

Semiose, semiosis

“Bei Peirce  impliziert  das triadische Verhältnis der  Zeichenglieder einen Prozess, den sog. Zeichenprozess, die Semiose. “All dynamical action, or action of brute force, physical or psychical, either takes place between two subjects [ ... ] or at any rate is a resultant of such actions between pairs. But by ‘semiosis’ I mean, on the contrary, an action, or influence, which is, or involves, a cooperation of three subjects, such as a sign, its object, and its interpretant, this tri‑relative influence not being in any way resolvable into actions between pairs. Semeiosis in Greek of the Roman period, as early as Cicero’s time, if I remember rightly, meant the action of almost any kind of sign; and my definition confers on anything that so acts the title of a ‘sign’.” (“Jede dynamische Aktion oder Aktion roher Kräfte, sei sie     physisch oder psychisch, findet entweder zwischen zwei Subjekten statt oder ist jedenfalls eine Resultante solcher Aktionen zwischen Paaren. Aber unter ‘Semiosis’ verstehe ich im Gegensatz dazu eine Aktion oder einen Einfluss, der ein Zusammenwirken dreier Subjekte ist oder einbezieht, wie dies beim Zeichen, seinem Objekt und seinem Interpretanten der Fall ist, wobei dieser dreistellige Einfluss auf keine Art und Weise in Aktionen zwischen Paaren aufgelöst werden kann. Semeiosis hieß, wenn ich mich recht erinnere, im Griechisch der römischen Periode, bereits zu Ciceros Zeiten, die Aktion fast jeder Art von Zeichen; und meine Definition belegt alle Dinge, die so agieren, mit dem Titel ‘Zeichen’.” (Peirce, CP 5.484)

Nach Peirce ist die Semiose ein kontinuierlicher Zeichenprozess, der auf der Interpretation eines  Zeichens durch ein anderes beruht. Jakobson hat diesen Prozess als Übersetzungsprozess beschrieben. […]     die Bedeutung jedes sprach­lichen Zeichens ist seine Übersetzung in ein weiteres, alternatives Zeichen, insbesondere in ein Zeichen, ‘in dem es weiter entwickelt wird’, wie Peirce, der tiefschürfendste Erforscher der Natur des Zeichens, wiederholt gesagt hat.” (Jakobson, S.W. 11, 1971: 261)

Auch in der Biosemiotik wird unter Semiose eine Übertragung von Zeichen bzw.  eine Interpretation verstanden, durch die Zeichen repliziert und weiter entwickelt werden. Beispiele solcher dynamischen Reproduktionen reichen für Sebeck vom genetischen Kode durch alle Stufen der Informationsübermittlung bis zum Sprechen, Handeln und Denken des Menschen. Die Replikation eines Gedankens in einem anderen Gedanken, der den ersten übersetzt oder interpretiert, ist danach analog mit der biologischen Reproduktion der Art oder der funktionellen Reproduktion des Subjekts im Objekt. Ein mathematisches System solcher Analogien wird in René Thoms Theorie der Katastrophen entwickelt.” [Abraham, W., Bd. 2, S. 750]

Eine Zeichen‑Funktion liegt immer dann vor, wenn es eine Möglichkeit zum Lügen gibt: das heißt, wenn man etwas signifizieren (und dann kommunizieren) kann, dem kein realer Sachverhalt entspricht. Eine Theorie der Codes muss alles untersuchen, was man zum Lügen verwenden kann. Die Möglichkeit zum Lügen ist für die Semiose das proprium, so wie für die Scholastiker die Fähigkeit zum Lachen das proprium des Menschen als eines animal rationale war.

Wo Lüge ist, da ist auch Signifikation. Wo Signifikation ist, da ist auch die Möglichkeit zum Lügen. Wenn das stimmt (und es ist methodologisch notwendig, das zu behaupten), dann haben wir eine neue Grenze des semiotischen Bereichs gefunden: nämlich die zwischen Signifikationsbedingungen und Wahrheitsbedingungen, anders ausgedrückt: die Grenze zwischen einer intensionalen und einer extensionalen Semantik.

Eine Theorie der Codes befasst sich mit einer intensionalen Semantik, während die Probleme, die mit der Extension eines Ausdrucks zusammenhängen, in den Bereich einer Theorie der Wahrheitswerte oder einer Theorie der Hinweisakte gehören. Doch handelt es sich hier um eine >innere< Grenze, und sie muss nach dem gegenwärtigen Stand der Wissenschaft als eine methodologische Grenze gesehen werden.”

[Eco, Umberto: Semiotik. Ein Entwurf einer Theorie der Zeichen. München: Wilhelm Fink Verlag, 2., korrigierte Ausgabe 1991, S. 89]

„Ya no es una frase brillante afirmar que el nuestro es un mundo de representaciones y de valores. Los intercambios comerciales no fluyen por trueques en especie. Las monedas poseen un valor, otorgado por la sociedad, y las palabras, así como un sinnúmeros de señales que nos envuelven, «representan» constantemente otros mundos, los conocidos y los inexplorados, los pasados y los futuros, los existentes y los que ellas mismas crean. El canto del gallo nos «anuncia» que ya «quiebran albores», de la fiebre deducimos la existencia de enfermedad o infección y la zarzuela inmortalizó un proceso de interpretación semiótica: «por el humo se sabe dónde está el fuego».

En todo hecho «significativo» o «semiótico» han de existir tres elementos necesarios, que denominaremos momentáneamente de forma genérica:

1)     el representante (A)

2)     lo representado (B)

3)     y un alguien o sujeto de la semiosis (C) que pone en contacto ambos planos

Aludimos a este sujeto con un indefinido personal (alguien) por cuanto ha de estar dotado de capacidad cognoscitiva. Las teorías sobre el signo lo olvidan de forma constante y sistemática, a pesar de que es el constituyente fundamental de la semiosis: si no hubiese en el mundo oídos para su galante desgañitamiento, seguiría cantando por las mañanas, pero nadie sabría que llega el alba «porque ya ha cantado el gallo».

Todo signo es, pues, indefectiblemente signo-para-alguien. [...] El canto del gallo y el amanecer considerados en sí mismos son fenómenos de naturaleza óntica, como la remolacha o el granizo. Pero cuando el susodicho alguien los asocia como representante y representado se convierten en entes semióticos. [...]

Realidad semiótica y realidad ontológica son dos universos distintos. Puede ocurrir que un objeto o acción reales no hayan sido jamás nombrados y que se nombren hechos que jamás han existido. Los referentes de un proceso significativo lo mismo son seres reales que entes imaginarios. Un trueno estruendoso tanto podía ser asociado por los romanos al contenido «lluvia inminente» (hecho real) como a un «cabreo de Júpiter tonante» (ontológicamente ficticio). Idéntico valor semiótico poseen en el lenguaje los objetos que topamos cada día (pan, autobús, casa, etc.) que los imaginarios (licántropo, meigas, xanas, etc.).

Para que haya semiosis el representante ha de satisfacer tres requisitos:

1)                        Poseer una sustancia «perceptible» a través de los canales de aprehensión del sujeto. El canto del gallo nunca producirá sensaciones en un sordo.

2)                        Estar materialmente presente en el hecho significativo.

3)                        Ser captado en su funcionalidad, es decir, en cuanto miembro de una relación significativa.

El segundo polo de la relación, lo representado, existe como objeto de semiosis, como referente. En cuanto funtivo, no ha de estar siempre presente en toda semiosis. En su sustancialidad puede ser perceptible o no, presente o lejano, real o fantástico. No importa su dimensión ontológica.

Estos dos polos sémicos, representante y representado, forman en su relación una nueva categoría: el signo. Dada la multiplicidad de usos y diversidad de niveles a los que este vocablo se aplica, algunos autores han forjado el término de indicio para referirse a su manifestación más genérica y abstracta. Desde esta perspectiva es definido por L. J. Prieto: «hecho inmediatamente perceptible que nos hace conocer algo a propósito de otro (hecho) que no lo es (perceptible)» (Prieto, 1968, 95).

De esta definición, así como de la terminología provisional que hasta ahora hemos venido utilizando (representante/representado) se podría colegir de forma errónea que nos hallamos en la línea escolástica del aliquid stat pro aliquo, de que, por ejemplo, la romanza matutina del gallo está en lugar del alba, de que el humo sustituye al fuego, etc. Esto podrías ser aceptado si nos mantuviéramos en una visión sustancial del signo. Desde nuestra visión, sin embargo, sabemos que sus componentes no son las cosas, sino entidades de naturaleza semiótica (no ontológica), relacional y funcional, que, con independencia de la lejanía o incluso de la existencia de sus sustancias, siempre están presentes en el poroceso significativo. Y es, claro está, el sujeto de la semiosis quien los hermana y solidariza. Este enlace sólo puede ocurrir, como muy bien supo ver el maestro ginebrino, en la sede cognoscitiva del sujeto de la semiosis.”

[Gutiérrez Ordóñez, Salvador: Introducción a la semántica funcional. Madrid: Síntesis, 1989, pp. 15-17]