Geschichte der RHETORIK

Historia de la Retórica

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Rhetorik / Rhetorik nach Perelman

 

Historia del concepto de retórica

Comienza con los sofistas. Había una estrecha relación entre la retórica y la sofística. Una buena parte de la llamada «producción filosófica» de los sofistas – Gorgias, Trasímaco de Calcedonia, Antífono de Atenas, Hipias de Elis, Protágoras de Abdera y otros – no tenían un «contenido objetivo», sino una mera «intención declamatoria». Todos los autores están de acuerdo en que la línea de separación entre filosofía y retórica en los sofistas no era siempre clara. La inclinación de los sofistas se manifestaba en su constante atención por la formación oratoria del hombre con vistas a su intervención en los asuntos de la Ciudad, formación encaminada al ideal del «bien decir», y conseguida por medio de un intenso estudio de los «lugares comunes» o tópicos en el sentido antiguo de este vocablo.

Es posible que una parte de esta tendencia pasara a Sócrates. Quienes acercan hasta lo máximo Sócrates a Platón niegan que haya en el primero elementos sofísticos. Quienes, en cambio, presentan a Sócrates como muy cercano a los sofistas acentúan la existencia en su pensamiento del elemento retórico. En todo caso, parece plausible afirmar que había en Sócrates, y luego en Platón, por lo menos un interés por la retórica y sus problemas. La cuestión del papel desempeñado por el hombre libre en la Ciudad, la necesidad de que se preparara para desarrollar argumentos en defensa de sus propias tesis y motivos similares abonan la suposición de que la cuestión del «bien decir» no era ajena a las preocupaciones de los dos filósofos.

La diferencia con los sofistas consistió en que los dos filósofos realizaron considerables esfuerzos por subordinar la retórica a la filosofía. Pues aunque Platón la retórica tenía cierta función como una de las técnicas necesarias en el complejo arte de regir la ciudad, la filosofía constituía algo más que una de las técnicas: era un saber riguroso, que aspiraba a la verdad absoluta, la cual en principio no era susceptible de manipulación retórica y ni siquiera de comunicación a la mayoría. Por eso Platón criticó, principalmente en el Gorgias y en el Fedro, la retórica de los sofistas, a quienes acusó de convertir el bien decir en un mero arte, τέχνη, para la persuasión, con independencia del contenido de lo enunciado.

Las opiniones de Platón fueron seguidas por Aristóteles. Pero sólo en parte. Por un lado, en efecto, el Estagirita combatió la concepción de la retórica como un arte meramente empírico y rutinario. El ejercicio retórico debe apoyarse, a su entender, en el conocimiento de la verdad, aunque no puede ser considerado como una pura transmisión de ella, pues en la persuasión de lo verdadero por medio de la retórica, la personalidad del oyente es fundamental. Por otro lado, y sin por ello defender la sofística, Aristóteles acentuó el carácter «técnico» de la retórica como arte de la refutación y de la confirmación. La consecuencia de las dos concepciones fue una teoría del justo medio: Hay que edificar un arte que pueda ser igualmente útil al moralista y al orador, los cuales tienen su función propia dentro de la Ciudad. La retórica posee por ello una clara dimensión «política» (es decir, social o ciudadana): el arte retórico debe ser útil para el ciudadano. Por haber intentado unir los diversos aspectos hasta entonces separados de la retórica, Aristóteles fue el primero en dar una presentación sistemática de este arte.

La retórica es definida como la contraparte de la dialéctica. Ni una ni otra son ciencias especiales, sino que se refieren a asuntos conocidos de todos los hombres. Todos usan, pues, naturalmente la retórica, aunque pocos la utilicen como un arte. Retórica y dialéctica están estrechamente relacionadas con el saber; ambas se fundan en verdades – aunque en verdades de opinión comunes. Pero mientras la segunda expone, la primera persuade o refuta. La retórica puede ser, pues, definida como «la posibilidad de descubrir teóricamente lo que puede producir en cada caso la persuasión».

Aristóteles dividió el discurso retórico en exordio, construcción, refutación y epílogo (con la narración añadida a veces tras el exordio).

Después de Aristóteles hubo numerosas elaboraciones del arte retórico en la edad antigua. De ellas mencionaremos solamente las de los estoicos, las de los filósofos empíricos, la de Cicerón y la de Quintiliano.

Según los estoicos, la retórica es – junto con la dialéctica – una de las dos partes en que se divide la lógica. Mientras la retórica es la ciencia del bien hablar, la dialéctica es la ciencia del bien razonar. La dialéctica se ocupa de lo verdadero y de lo falso; la retórica, de la invención [vid. INVENTIO] de argumentos, su expresión en palabras, la ordenación de éstas en el discurso y la comunicación del discurso al oyente.

Según los filósofos empíricos (de varias escuelas, entre ellas la epicúrea de Filodemo de Gadara), la retórica se basa en argumentos probables entresacados de los signos. La retórica emplea así el método de la conjetura. La retórica se convierte en un conjunto de reglas, sacadas de la experiencia, encaminadas a un decir afectado por varios grados de probabilidad. Ahora bien, mientras que la retórica es admitida como una legítima ciencia empírica, es rechazada, por otro lado, como una actividad impropia del filósofo. Especialmente cuando se acentúa demasiado el aspecto emotivo del decir, lo cual, al entender de estos pensadores, oscurece la exactitud y la simplicidad de la expresión.

En cuanto a Cicerón, define la retórica como una ratio dicendi que exige amplios y sólidos conocimientos de todas las artes y ciencias, y especialmente de la filosofía. La concepción de la retórica como virtuosismo verbal es combatida por Cicerón en todos sus escritos relativos al asunto: en el Orator, en el Brutus, en el De inventione, en las Partitiones Oratoriae y especialmente en el De Oratore. En esta última afirma que, sin el mucho saber, la oratoria se convierte en vacuo y risible verbalismo: uerborum uolubilitas inanis atque inridenda est. En suma, la retórica no es sólo el arte de hablar, sino también, y sobre todo, el arte de pensar (con justeza); no es una ciencia especial, una técnica, sino un arte general guiado por la sabiduría. Esta concepción de la retórica ejerción escasa influencia. Cuestiones técnicas como la diferencia entre narración y confirmación, así como la llamada cuestión indeterminada o infinita (que es una consulta o caso general) y de la llamada cuestión determinada o finita (que es la causa particular) alcanzaron el primado sobre los problemas «generales» y «filosóficos».

Lo muestra el caso de Quintiliano (Marcus Fabius Quintilianus). Aunque se adhirió a la tesis ciceroniana según la cual el orador es el hombre bueno que posee habilidad para hablar bien, influyó sobre todo durante el resto de la Edad Antigua y buena parte de la Edad Media por su elaboración técnica de las reglas retóricas, y fue considerado como un representante de la concepción «técnica».

Durante la Edad Media la retórica fue, con la gramática y la dialéctica, una de las partes en las que dividió por algún tiempo, a partir del siglo IX, el Trivium de las artes liberales. Era, pues, una de las artes del discurso. Pero su contenido no era exclusivamente literario. Como arte de la persuasión, la retórica abarcaba todas las ciencias en la medida en que eran consideradas como materia de opinión.

El puesto ocupado por la retórica en el sistema de las artes liberales cambió, sin embargo, ya a partir del siglo XII, en algunas de las divisiones de las artes propuestas por varios filósofos y educadores. Así en el Didascalion de Hugo de San Víctor, la retórica aparecía – junto a la dialéctica – como una de las dos ramas de la llamada logica dissertiva. [...] Hay tres líneas de desarrollo intelectual en la Edad Media fuertemente influidas en sus estudios iniciales por la retórica: la tradición de los retóricos; la tradición de los filósofos y teólogos que hallaron en San Agustín un platonismo reconstruido a base de las filosofías académicas y neoplatónicas y formulado mediante distinciones retóricas ciceronianas; y la tradición de la lógica llamada aristotélica (que se basaba en Aristóteles para la doctrina de los términos y las proposiciones, pero que se apoyaba en Cicerón para las definiciones y los principios). Estas líneas se fundieron posteriormente cuando los problemas lógicos propiamente dichos predominaron sobre las cuestiones retóricas en sentido tradicional.

Durante el Renacimiento el aspecto literario de la retórica fue considerablemente subrayado. Pero salvo escasas excepciones, no se prescindió nunca de las referencias a la filosofía. Esto ocurrió en los numerosos tratados de arte dicendi en los cuales se seguían comúnmente los procedentes de Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, y se criticaba a la vez muchas de las reglas propuestas por estos autores. Un ejemplo es el De arte dicendi, de Juan Luis Vives, el cual defendió enérgicamente la subordinación de la retórica a la filosofía. Otro ejemplo es el de Laurentius Valla, que se opuso al aristotelismo, doctrina que declaró lingüísticamente bárbara y apta para engendrar toda clase de sofismas, y proclamó la necesidad de una nueva retórica para forjar un lenguaje apropiado a la descripción de la realidad.

Marius Nizolius señaló que la retórica, es decir, la retórica filosófica es el principio de todos los saberes, pues es la que analiza la significación de los términos; tal retórica es, pues, equivalente a una semántica filosófica, y permite, al entender de Nizolius, sustituir la oscura noción de «abstracción» por la más clara y más «natural» de «comprehensión» en tanto que relación mental de los individuos de una clase. Una enérgica reforma del arte de decir fue también proclamada por Petrus Ramus. Fue frecuente el debate entre la concepción de la retórica como conjunto de reglas y la retórica como arte del hombre libre. La oposición Quintiliano-Cicerón fue por ello renovada. Y como bien pronto el estudio retórico pasó de los filósofos a los humanistas y literatos, la tendencia de Quintiliano alcanzó con frecuencia el triunfo. Poco a poco se fue produciendo un retroceso de la retórica del campo de la filosofía. Sin embargo, tal retroceso no fue nunca una completa retirada.

Los pensadores franceses del siglo XVIII analizaron muy a fondo los problemas planteados por el decir e inauguraron nuevas formas de ars dicendi y ars disserendi. Es el caso de Condillac que trató muchos de los temas tradicionales estudiados por la retórica, si bien señaló las diferencias entre las concepciones de los antiguos y las de los modernos sobre este punto. Entre los que volvieron a usar el nombre de ‘retórica’ como objeti inmediato de la investigación filosófica figura el filósofo escocés George Campbell (1719-1796), que examinó bajo el nombre ‘retórica’ una gran cantidad de temas: el chiste, el humor, la risa y el ridículo; el problema de la elocuencia en su relación con la lógica y la gramática; las fuentes de la evidencia en diversas ciencias y en el sentido común; el orador y su público; la elocución, la crítica verbal y sus cánones; la pureza gramatical, el estilo y sus problemas, y, finalmente, el uso de las partículas conectivas en la oración.

La obra de Campbell fue una de las últimas en las que explícitamente se realcionan filosofía y retórica durante la época moderna. En el curso del siglo XIX, y salvo lo que aparece en los programas de enseñanza, a pocos filósofos se les ocurrió incluir la retórica – considerada cada vez más como una parte del estudio literario – dentro de su ciencia. Llegó, al final, un momento en que retórica y filosofía fueron estimadas como disciplinas completamente distintas.

A partir de la mitad del siglo XX se ha manifestado en algunos pensadores un renovado interés por la retórica. Por un lado, algunos historiadores de la filosofía han incluido a la retórica en sus estudios del pensamiento antiguo. Por otro lado, varios filósofos han planteado de nuevo el problema de la finalidad y contenido de la retórica. Entre ellos figuran I. A. Richards, Ch. Perelman y L. Olbrechts-Tyteca. I. A. Richards manifiesta en su libro The Philosophy of Rhetorik (1936) – en el cual discute los propósitos del discurso, lo que llama la «interanimación de los vocablos» y, sobre todo, la metáfora – que conviene hacer revivir el antiguo tema de la retórica, pero que ésta no debe ser ya entendida en el sentido tradicional, sino como un «estudio de la mala interpretación [mala inteligencia] y sus remedios». Así, por ejemplo, hay que estudiar malas inteligencias tales como las que se producen en lo que el autor llama «la superstición del significado propio» (de un vocablo o de una expresión). A tal fin es menester llevar a cabo lo que los retóricos anteriores habían a veces incluido en sus propósitos, pero no habían ejecutado nunca: analizar el lenguaje y sus funciones. La retórica es, pues, verdaderamente, un estudio filosófico.”

[Ferrater Mora, J.: Diccionario de Filosofía. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969, vol. 2, S. 570-573]

Para Ch. Perelman ver RHETORIK nach Perelman y también NEUE RHETORIK.