RENAISSANCE

Renacimiento

(Recop.) Justo Fernández López

 

„Stephan Otto: Die Hochstilisierung des Cartesianismus zum Ausgangspunkt der philosophischen Moderne ist zwar als aufklärerische Hilfskonstruktion längst durchschaut, als Topos überlebt sie dennoch. Wenn Philosophen an ihr festhalten, könnten sie das nur mehr aus drei Motiven heraus tun: entweder weil es üblich und handsam ist, oder weil sie die spezifische Mentalität der philosophischen Renaissance – gegen die sich Descartes vehement, wenn auch ohne durchschlagenden Erfolg, zur Wehr setzte – gar nicht kennen. Ich bin überzeugt, dass die Diskussion über das Projekt der Moderne sich entscheidend verändert, sobald man bei der philosophischen Renaissance ansetzt – durchaus im Hinblick auf den Problemtitel einer neuen Vernunftkritik. Um Missverständnissen vorzubeugen: Unter philosophischen Renaissance verstehe ich nicht alles und jedes, was zur Philosophie und Theoriebildung in der Renaissance, in historischer Perspektive, dazugehört. Ich begreife als philosophische Renaissance vielmehr jenen Ideenzusammenhang, der, in dieser Epoche neu erzeugt, auch bei einer Befragung durch gegenwärtiges philosophisches Denken sich als modern und als wiedergeburtsfähig erweist. Zur philosophischen Renaissance gehört ein neuartiges Zurgeltungbringen zweier Paradigmata der Erkenntnis: der Erfahrung durch das Sehen und durch das Hören. Erfahrung durch das Hören wird zum Modell eines Sprachdenkens, das dem gesprochenen Wort kognitive Kraft zuweist und es nicht auf ein bloßes Abbilden des Begriffs beschränkt. Von hier aus ist die eminente Bedeutung der Metapher in der Mentalität der Renaissance zu erklären. Erfahrung durch die Augen wird modelliert zum Konzept eines die Welt ersehenden und dabei messenden, geometrisch messenden Geistes. Dies ist die philosophische Folie, auf der die Messung der Natur durch Wissenschaft eingetragen wird. Zur philosophischen Renaissance gehört ferner eine Philosophie des Geistes, die alle dessen Kräfte umgreift – die Sinnlichkeit, die Erinnerung, die Phantasie – und diese Kräfte nicht in Distanz hält zu einem reinen Verstand, sondern sie dem Ingenium zuordnet, das sie in ihrem Zusammenspiel trägt. Dieses Ingenium ist nicht zu verwechseln mit dem «Genie» der Romantiker: es meint vielmehr eine Vernünftigkeit, die Erinnerung, Vorstellungskraft und Verstand zum Zusammenwirken bringt. In die philosophische Renaissance gehört ein Geschichtsverständnis, das sich in gar keiner Weise restaurativ gebärdet, sondern durchaus innovativ. Nicht zufällig sind die großen Gesellschaftsentwürfe in dieser Zeit entstanden; aber sie sind utopisch, nicht bloß prognostisch wie die Zukunftsvorstellungen der Aufklärung. Und zur philosophischen Renaissance gehört ein Naturverständnis, das die natur im Spiel ihrer Ähnlichkeiten betrachtet. Ähnlichkeit ist geradezu ein Schlüsselwort in der Denkweise der philosophischen Renaissance. Michel Foucault hat das sehr sensibel erspürt. Was er nicht entdeckte und wozu es nun auch des systematisch fragenden Philosophien bedarf, ist dieses: Im Ähnlichkeitsdenken der Renaissance wird eine logische Kategorie zum Laufen gebracht, die in der Antike und im Mittelalter gebunden war – die Kategorie der Relation. Erst da, wo sie freigesetzt wird von ihrer Fesselung an Substantialität, an Unbeweglichkeit, kann die Vorstellung von einer unendlich-beziehentlichen Welt zur Darstellung gebracht werden.

Man braucht sich jetzt nur einmal ins Gedächtnis zu rufen, was die rationalistischen Philosophen der Aufklärung und der Nachaufklärung zu den Themen Erinnerung, Phantasie, Metaphorik und Ähnlichkeit zu sagen haben: Sofort gerät der Sprengsatz in den Blick, den die philosophische Renaissance in sich trägt und vor dem der Kritizismus – man kann es fast verstehen – sich in Sicherheit zu bringen trachtete. Damit wird auch der Blick frei für die «neue Rationalität» oder für die im Zuge eines Projekts der Moderne zu erstellende Vernunftkritik. Das Syndrom des Rückzugs aus Sinnlichkeit, Phantasie und Geschichte, das die Neukantianismen nach der Gegenwart beherrscht und in der Wissenschaftstheorie fröhlichen Einstand genommen hat, ist zu unterlaufen.”

[Rötzer, Florian (Hg.): Denken, das an der zeit ist. Frankfurt/Main: Suhrkamp, 1987, S. 209-211]

“En la mitad del siglo XVI da sus frutas mejor madurecidas el Renacimiento. Ya sabéis lo que es el Renacimiento: la alegría de vivir, una jornada de plenitud. Se aparece a los hombres el mundo de nuevo como un paraíso. Hay una perfecta coincidencia entre las aspiraciones y las realidades. Notad que la amargura nace siempre de la desproporción entre lo que anhelamos y lo que conseguimos.

Chi non può quel che vuol, quel che può voglia.

El que no puede lo que quiere, quiera lo que puede,

decía Leonardo de Vinci. Los hombres del Renacimiento querían sólo lo que podían, y podían todo lo que querían.  Si alguna vez la desazón y el descontento asoman en sus obras, lo hacen con tal bello rostro, que en nada se parecen a eso que llamamos tristeza, a esa cosa entre manca y tullida que hoy se arrastra gemebunda por nuestros pechos. A ese grato estado de espíritu del Renacimiento sólo podía corresponder serenas y mensuradas producciones, hechas con ritmo y con equilibrio; en suma: lo que se decía la maniera gentile.

Pero hacia 1580 comienzan a sentir las entrañas europeas una inquietud, una insatisfacción, una duda de si es la vida tan perfecta y cumplida como la edad anterior creía. Empiézase a notar que es mejor la existencia que deseamos que la existencia que tenemos. Son más anchas y más altas nuestras aspiraciones que nuestros logros. Nuestros anhelos son energías prisioneras en la prisión de la materia, y gastamos la mayor parte de ellas en resistir el gravamen que ésta nos impone.

¿Queréis una expresión simbólica de este nuevo estado de espíritu? Frente al verso de Leonardo recordad estos otros de Miguel Ángel, que es el hombre del instante: La mia allegrez’ e la maninconía.

O Dio, o Dio, o Dio,

Ch’’ m’ a tolto a me stesso,

Ch’ a me fusse più presso

O più di me potessi, che poss’ io?

O Dio, o Dio, o Dio.

¿Quién me ha arrebatado a mí mismo, quién que sobre mí pudiese más que yo puedo?

No podían las formas quietas y lindas del arte renacentista servir de vocabulario donde expresaran sus emociones de héroes prisioneros, de encadenados Prometeos, los hombres que así aúllan a la vida. Y, en efecto, justamente en estos años se inicia una modificación en las normas del estilo clásico. Y la primera es estas modificaciones consiste en superar las formas gentiles del Renacimiento por la mera ampliación de su tamaño. Miguel Ángel opone en arquitectura lo superlativo, lo enorme, va a triunfar en el arte. De Apolo se dirige la sensibilidad a Hércules. Lo bello es lo hercúleo. [...]

Yo sólo quería indicar que, cuando se alza sobre el horizonte moral europeo la constelación de Hércules, celebraba España su mediodía, gobernaba el mundo y en un seno del patrio Guadarrama el Rey Felipe erigía, según la maniera grande, este monumento a su ideal.

Esta arquitectura es toda querer, ansia, ímpetu. Mejor que en parte alguna aprendemos aquí cuál es la sustancia española, cuál es el manantial subterráneo de donde ha salido borboteando la historia del pueblo más anormal de Europa. Carlos V, Felipe II han oído a su pueblo en confesión, y éste les ha dicho en un delirio de franqueza: «Nosotros no entendemos claramente esas preocupaciones a cuyo servicio y fomento se dedican otras razas; no queremos ser sabios, ni ser íntimamente religiosos; no queremos ser justos, y menos que nada nos pide el corazón prudencia. Sólo queremos ser grandes». Un amigo mío que visitó en Weimar a la hermana de Nietzsche, preguntó a ésta qué opinión tuvo el genial pensador sobre los españoles. La señora Förster-Nietzsche, que habla español, por haber residido en Paraguay, recordaba que un día Nietzsche dijo: «¡Los españoles! ¡He aquí hombres que han querido ser demasiado!»

Hemos querido imponer, no un ideal de virtud o de verdad, sino nuestro propio querer. Jamás la grandeza ambicionada se nos ha determinado en forma particular, como nuestro Don Juan, que amaba el amor y no logró amar a ninguna mujer, hemos querido el querer sin querer jamás ninguna cosa. Somos en la historia un estallido de voluntad ciega, difusa, brutal. La mole adusta de San Lorenzo [del Escorial] expresa acaso nuestra penuria de ideas, pero, a la vez, nuestra exuberancia de ímpetus. Parodiando la obra del doctor Palacios Rubios, podríamos definirlo como un tratado del esfuerzo puro.”

[Ortega y Gasset, José: “Meditación del Escorial.” (1915). En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, t. II,  p. 555-557]

«El hombre del Renacimiento

La etapa de puro presentimiento que antecede a la efectiva aparición del hombre nuevo en torno a 1600, fue la época que luego se ha llamado con un nombre desorientador, Renacimiento. A mi juicio urge ya una nueva definición y evaloración de este famoso Renacimiento.

La verdad es que el hombre no re-nace hasta Galileo [1564-1642] y Descartes [1596-1650]. Todo lo anterior es puro pálpito y esperanza de que va a renacer. El auténtico renacimiento galileano y cartesiano es ante todo un renacer a la claridad y es forzoso decir que el tiempo oficialmente llamado Renacimiento fue una hora de formidable confucionismo –como lo son todas las de pálpito. [...] Eso que se llama “crisis” no es sino el tránsito que el hombre hace de vivir prendido a unas cosas y apoyado en ella a vivir prendido y apoyado en otras. El tránsito consiste, pues, en dos rudas operaciones: desprenderse de aquella ubre que amamantaba nuestra vida y disponer su mente para agarrarse a la nueva ubre. Estas dos rudas faenas cumplen las generaciones europeas de 1350 a 1550. Son dos siglos en que parece vivir el hombre europeo “en pura pérdida”. Claro es que no hay tal. No se llega, es cierto, a nada firme y positivo; pero durante ellos se van polarizando de nuevo modo los cimientos subterráneos de la mente occidental que van a hacer posible la nueva construcción. Cuando esa faena subterránea se ha cumplido –hacia 1560– en la generación de Galileo, Keplero y Bacon, la historia toma decidida una recta, avanza día por día sin pérdida, y hacia 1650, cuando muere Descartes, puede decir que está ya hecha la nueva casa, el edificio de cultura según el nuevo modo. Esta conciencia de ser un nuevo modo frente a otro vetusto y tradicional es la que se expresó con la palabra “moderno”. El llamado Renacimiento es, pues, por lo pronto, el esfuerzo por desprenderse de la cultura tradicional que, formada durante la Edad Media, había llegado a anquilosarse y ahogar la espontaneidad del hombre.» [José Ortega y Gasset: “En torno a Galileo” (1933). En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1964, volumen V, p. 58-59]

“Si el arte griego es plasticidad = pura presencia, el arte medieval es expresividad = alusión a algo ausente. Pero sólo se expresa el alma. Luego donde hay expresivismo hay predominio del alma.

En el Renacimiento comienza una relativa congelación del alma europea. El cuerpo la absorbe en pura vitalidad, y sobre ella se inicia de nuevo la gravitación y disciplina del espíritu. El proceso de los siglos siguientes –que culmina en el XVII– consiste en un enorme crecimiento de la espiritualidad, que esta vez –no como en Grecia– llega a reducir, no sólo el alma, sino también el “psico-cuerpo”. Nunca ha vivido el hombre tan exclusivamente del espíritu como en la gran centuria barroca. Es la jornada de la raison triunfante. El hecho de que esta caracterización no valga para la misma época en España –nuestro arte era ya fantasía y ardor, es decir, alma– confirma la independencia cronológica de la evolución española.”

[José Ortega y Gasset: “Vitalidad, alma, espíritu” (1924). En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1963, volumen II, p. 476-478]

Criterios lingüísticos del Renacimiento

Escribe Menéndez Pidal: «Complemento y apoyo del criterio toledano es en el toledano Valdés el criterio de la naturalidad, apoyado en una de las ideas fundamentales del Renacimiento. Castiglione había sostenido que el escribir debía ser igual que el hablar, y lo mismo afirma Valdés, sin haber leído a Castiglione ni a su traductor Boscán: “El estilo que tengo –dice– me es natural, y sin afectación ninguna escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar vocablos que signifiquen bien lo que quiero dezir, y dígolo cuanto más llanamente puedo, porque a mi parecer en ninguna lengua están bien la afectación”. ¡La afectación!, latinismo ya muy usado por Castiglione y que entonces también se propagaba por Francia; voz nueva del defecto vitando, del escollo peligrosísimo en que naufragaba toda elegancia y cortesanía. No es enrubiando los cabellos y pelándose las cejas –dice Castiglione–, no es cubriéndose el rostro de afeites y colores como las mujeres parecen más hermosas, porque descubren la afectación, esto es, el desordenado deseo de parecer mejor. Para el Renacimiento tan altamente sentido por Castiglione la belleza suprema es la natural y no la que depende del esfuerzo: a cada paso se loa “aquella descuidada sencillez gratísima a los ojos y a los entendimientos humanos, los cuales siempre temen ser engañados por el arte”».

En otro lugar ilustra también don Ramón: «El pensamiento de una gramática de lengua vulgar era cosa tan inaudita que cuando hacia fines de 1486 Nebrija presentó muestra de su obra en Salamanca a la Reina Católica ella, tan estudiosa en la gramática latina del mismo Nebrija, preguntó para qué podía aprovechar un Arte de la lengua vulgar [...] El Renacimiento, avivando la conciencia de los fines particulares de cada pueblo, inducía a mirar la lengua propia de cada una como definidora de la nación y como instrumento del dominio y del imperio nacional, a diferencia del latín propio del imperio universal de la cristiandad que la Edad Media había concebido».”

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 205-206]