PROSA

Prosa

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Poesie / Roman / Literatur / Narrativik / Text

 

Prosa

1.      Forma ordinaria del lenguaje, no sometida a las leyes externas de la versificación ni del ritmo.

2.      Prosa rítmica: Parte final de un período lingüístico, en la cual los escritores griegos y latinos intensifican los efectos rítmicos, con una especial disposición de cantidades, tonos o acentos. Aplicados a la prosa dichos efectos, surgió la prosa rítmica, cuyo primer teórico es el sofista Trasímaco (siglo V antes de J. C.).

3.      Prosa rimada: Prosa en la cual, a intervalos rítmicos, aparecen rimas. Se trata, pues, de versos dispuestos en la escritura bajo la forma de prosa.“ [Lázaro Carreter, Dicc. de térm. filol., p. 338]

Historia de la prosa española

En un primer momento esquematiza Menéndez Pidal: «Mientras la poesía castellana venía cultivándose desde el siglo XII, y había producido ya hacía mucho una obra maestra como el Poema del Cid, la prosa tan sólo empezó a tener un cultivo literario en el reinado de San Fernando (+ 1252), y no produjo obras verdaderamente notables sino en la corte de su hijo Alfonso X. La prosa aparece con un carácter erudito, ejercitándose en obras científicas o didácticas, copiadas o inspiradas en las literaturas más sabias de entonces: la latina, la árabe y la hebrea [...] El último tercio del siglo XVI (incluyendo los primeros decenios del XVII) señala el punto más alto de gloria a que llegó nunca la prosa castellana, tanto en hermosura como difusión por todo el mundo civilizado. Se presenta originalísima y genial en dos géneros, por cierto bien opuestos: el más sublime lenguaje místico, capaz de encerrar todos los secretos de la filosofía del amor divino, y la más descarada lengua picaresca, implacable en la pintura satírica de la numerosa casta de amigos de la holganza y del hambre. Pero además el castellano aparece ya diestro en tratar toda clase de asuntos científicos y artísticos».

Más adelante dice don Ramón: «Alfonso es el primer hombre en la Romania que concibe la cuestión del idioma como negocio de grave interés público, y es hombre que puede cooperar decisivamente en tal asunto; por caso único un rey se preocupa de llevar a completo desarrollo literario una lengua romance nueva e inexperta».

En otro escrito completa Menéndez Pidal: «También Felipe II contribuyó a enriquecer el idioma con el romanceamiento de las ciencias. En la Academia de Matemáticas y Filosofía que él estableció en la corte, ordenó que todas las enseñanzas se diesen en lengua vulgar ... Esta fue la principal participación que directamente tomó Felipe II en el desarrollo del idioma nacional; se propuso la divulgación de las ciencias y el adiestramiento del lenguaje en ese alto designio, propósito en que tanto esfuerzo había puesto Alfonso el Sabio. Felipe II decretaba la aplicación del español a los temas científicos coincidiendo con el tan combativo empeño de los escritores eclesiásticos para afirmar el empleo de la lengua vulgar en los difíciles temas religiosos».

Gili Gaya analiza: «Caracteriza el estilo personal del escritor su tendencia a construir oraciones de mayor o menor número de grupos fónicos. Recordemos por ejemplo el proceso que se ha producido desde las largas cadenas de unidades que se agrupan en el período oratorio castelarino, en comparación con el más sobrio de D. Antonio Maura y el más corto todavía de D. Francisco Cambó. Paralelamente la prosa literaria ha sufrido una transformación análoga: Blasco Ibáñez y Menéndez Pelayo tendían a la oración larga, formada por un gran número de unidades. En Azorín y en Baroja predominan las oraciones breves, de pocos grupos fónicos. Por eso la prosa de la generación del 98, en comparación con la inmediatamente anterior, tiene un carácter analítico y da realce a imágenes y conceptos».

Por su lado Álvaro Galmés ha escrito: «La prosa literaria española puede decirse que nace en la primera mitad del siglo XIII, época en que el castellano empieza a escribirse con cierta regularidad y extensión. Y nace precisamente ... en torno a la actividad alfonsí traductora de textos árabes. Es cierto que corresponde a las cancillerías regias un papel importante en la formación de la lengua literaria española. Pero en ningún caso deberá atribuísele un valor exclusivo ... Naturalmente los textos notariales de las cancillerías reales pertenecen a la lengua escrita, y sus características son bien distintas de las de la lengua familiar en las relaciones diarias, pues en aquella debe debe ir explícito lo que en la lengua oral va implícito e implicado en la situación. Pero a la prosa de las cancillerías, como ya ha señalado G. Hilty, le falta aún bastante para ser propiamente literaria. Le falta flexibilidad y variedad; le falta un léxico rico en términos abstractos; le falta una sintaxis variada, capaz de expresar las más complicadas relaciones ... Existe una diferencia extraordinaria entre la obra alfonsí y los documentos de las cancillerías regias. En las obras de Alfonso el Sabio se encuentra expresado un caudal asombroso de valores del mundo material y del mundo del espíritu: elementos científicos, didácticos, jurídicos, históricos, etc. [...] La prosa española, cuando nace escrita, lleva cuando menos un siglo de elaboración, si bien solo fuese en versiones orales, aunque suficientes sin duda para moldear la lengua. Esto explica, en parte, que desde los primeros momentos del siglo XIII la prosa castellana se muestra plenamente capaz para matizar la riqueza expresiva y de contenido de sus modelos árabes».

En fin, sobre la visión personal de don Américo Castro respecto a los orígenes de la prosa castellana remitimos a las dos referencias suyas en las que se encuentran otros tantos tratamientos del tema, enmarcados en un contexto de explicaciones (España en su historia; y Dos ensayos).”

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, pp. 200-202]