PHRASEOLOGIE

Fraseología

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Idiom / Idiomatik / Frase idiomática / Modismo / Redewendungen / Idiotismus

 

Die Phraseologie (andere Bezeichnung: Idiomatik) beschäftigt sich mit festen Wendungen, die als „sprachliche Versatzstücke“ als Einheiten verwendet und auch als Einheiten gelernt werden.

Der Begriff der Phraseologie wird oft weit gefasst.

Neben den verschiedenen formalen Typen wie z.B. Paarformeln (fix und fertig), Funktionsverbgefügen (zum Ausdruck bringen) oder den verbalen Phraseologismen (einen Streit vom Zaun brechen) liegt ein besonderer Schwerpunkt auf den kommunikativen Formeln (Guten Tag!, Tschüß!), „Phrasen“ zur Gliederung schriftlicher Texte (Zusammenfassend lässt sich feststellen, dass ...), Grenzsignalen in Alltagsdialogen (..., verstehst du?) und auf konventionalisierten Invektiven (Zieh Leine!). 

"Definition für „Phraseologismen

"Phraseologismen" und "phraseologischen Einheiten" werden hier als Oberbegriffe für alle „verschiedenen Arten der in Frage kommenden sprachlichen Erscheinungen“ im Sinne von Fleischer (1997, S.3) verwendet. Diese sprachlichen Erscheinungen, wie z.B. feste Redwendungen, Redensarten, Sprichwörter, können sehr unterschiedlicher Natur sein. Aufgrund dessen gibt es verschiedene Möglichkeiten und Auffassungen darüber, wie sie definiert und klassifiziert werden können. Es gibt die Einteilung der Phraseologismen in „Phraseologie im engeren Sinne“ und „Phraseologie im weiteren Sinne“ (Palm 1995, S.1f), oder in „Zentrum und Peripherie“ (Fleischer 1997, S.68).

Um die Vielfältigkeit der Phraseologismen zu demonstrieren, im Anschluss einige Beispiele:  no morderse los labios (kein Blatt vor den Mund nehmen), echar la soga tras el caldero (die Flinte ins Korn werfen), llevar agua al molino de alguien (Wasser auf jemandes Mühle sein), morder la tierra (ins Gras beißen), andar a la greña (sich in die Haare geraten), lavarse las manos (sich die Hände in Unschuld waschen), tener la sartén por el mango (das Heft in der Hand haben), tener la leche en los labios (hinter den Ohren noch nicht trocken sein), pescar en agua turbia (im Trüben fischen), (Aus: Munker, 1931) brillar por su ausencia (durch Abwesenheit glänzen), sembrar cizaña (Zwietracht säen), no contar con la huéspeda (die Rechnung ohne den Wirt gemacht haben), traer una cosa por los pelos (etwas an den Haaren herbeiziehen), meterse en la boca del lobo (sich in Teufels Küche/in die Höhle des Löwen begeben), dar la lata (auf die Nerven gehen), todo el santo día (den lieben, langen Tag), hacerse el sueco (sich dumm stellen), meter la pata (ins Fettnäpfchen treten), (Aus: Iribarren, 1996).“

[Susanne Schmid: „Phraseologismen und Kollokationen im Spanischen“. In: http://www.hausarbeiten.de/rd/archiv/spanisch/span-phraseologie.shtml]

"Ausdruck

Wortgruppensyntagma, das im Gegensatz zur Wendung keinen phraseologischen (idiomatischen) Charakter hat."

[Verzeichnis der grammatikalischen Fachbegriffe. Ein Glossar zu Grammatik, Stilistik und Linguistik. In:

http://www.menge.net/glossar.html#alphe]

"Fraseología: Conjunto de frases idiomáticas, del discurso repetido de una lengua." [Cardona, G. R., p. 121]

"Fraseología:

1.  Conjunto de modos de expresión peculiares de una lengua, grupo, época, actividad o individuo.

2.  Conjunto de expresiones intrincadas, pretenciosas o falaces1. A veces, palabrería.

3.  Conjunto de frases hechas, locuciones figuradas, metáforas y comparaciones fijadas, modismos y refranes, existentes en una lengua, en el uso individual o en el de algún grupo."

[Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española. Madrid: Espasa Calpe, 1992]

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1       No hay nada más intelectualmente estéril y políticamente superficial que un pseudo radicalismo que permuta análisis por fraseología superficial e insiste en interpretar la opinión de las masas, un fenómeno complejo y contradictorio, con términos ingenuamente "revolucionarios".

"El uso de los giros «parece natural» y «es lógico» debiera suspenderse durante una generación, para ver si al cabo de ese tiempo volvían a recobrar su discreto sentido exonerándose del irresponsable que ahora transportan. Las palabras, como los navíos, necesitan de cuando en cuando limpiar fondos."

[Ortega y Gasset: „Preludio a un Goya“. En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1964, vol. VII, p. 510]

«Entendemos por ‘colocaciones’, con Corpas (1996), las combinaciones de palabras frecuentes en el uso pero claramente composicionales y por tanto no lexicalizadas (desatarse una polémica, desempeñar un papel, importancia capital, rechazar categóricamente, profundamente dormido). Las formas que reciben está etiquetada, o al menos las más características, son sencillamente clichés verbales; de ahí que Corpas (1996: 50-53) les atribuya como rasgo característico el pertenecer, no al ‘sistema’ de la lengua, sino a la ‘norma’. Ello equivale a decir que sus reglas de formación no son peculiares y que su significado es predecible a partir del de sus componentes. Ateniéndonos a esto, optamos por no ocuparnos de ellas como categoría específica en este capítulo. No obstante, debemos consignar dos observaciones. En primer lugar, no todas las formas complejas que se clasifican en la bibliografía como colocaciones lo son, en nuestro sentido restringido. Así, Corpas (1996: 74) incluye entre ellas banco de peces o diente de ajo, formas estrictamente denominativas e insustituibles que, o bien se tratan como no composicionales, o bien se han de vincular a una acepción especial de las palabras polisémicas banco y diente; en ambos casos, el diccionario de la lengua debe sin falta recogerlas. En segundo lugar, la atención a estas formas suele revelar insuficiencias en las definiciones de nuestros repertorios léxicos. Así, es posible afirmar, ordenar y rechazar algo tajantemente; pero no admitir o pedir tajantemente nada (aunque sí tal vez de forma tajante), aun cuando en todos estos casos se pueda pronunciar uno de modo “terminante, concluyente, contundente” (DRAE) o “que no admite réplica, discusión o términos medios” (Diccionario Clave). Más allá de los ejemplos concretos (y siempre en alguna medida discutibles), esto apunta a ciertas exigencias de generalidad y rigor en la descripción.

Hay que decir que la clasificación de Corpas incluye, en la línea de Zuluaga (1980), una tercera categoría, la de los ‘elementos fraseológicos’, que según Corpas pertenecen al ‘habla’. Se trata siempre de enunciados “completos en sí mismos” (Corpas 1996: 132), que se dividen a su vez en ‘paremias’ (como Los duelos con pan son menos) y ‘fórmulas rutinarias’. Los casos claros del primer grupo (refranes y similares) no tienen a nuestro juicio ninguna característica gramatical distintiva. Son ciertamente parte del acervo de la lengua, en cierto sentido, si bien no más que, por ejemplo, las citas literarias u otras, de conocimiento común: Se hace camino al andar, Trátale con cariño que es mi persona y quien sabe qué mañana. No estimamos preciso hacer de ello consideración aquí. En cuanto a las fórmulas rutinarias, son “fórmulas de la interacción social habituales y estereotipadas que cumplen funciones específicas en situaciones predecibles y, hasta cierto punto, ritualizadas” (Corpas 1996: 171). Esta “dependencia situacional” se da en fórmulas de cortesía (Buenas tardes), de dirección de discurso (Usted dirá), de expresión del hablante (¡Habráse visto!) y tal vez de otros tipos. Pero ni dicha dependencia ni su carácter de enunciado completo las distinguen de diversas palabras individuales (Hola, adelante o las interjecciones expresivas), ni, por otra parte, muestran otros rasgos exclusivos que no se den en locuciones o colocaciones, según el caso. Por ello nos inclinamos por considerarlas, a efectos gramaticales, dentro de uno u otro de estos últimos grupos, con independencia de que susciten consideraciones pragmáticas y sociolingüísticas peculiares.»

[Piera, Carlos / Varela, Soledad: “Relaciones entre morfología y sintaxis”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe. 1999, vol. 3, § 67.3.1.3, p. 4412-4413 ss.]

«Fraseología y sinceridad

En aquel tiempo – podrá decirse del nuestro hacia el siglo XXIII ó XXIV – comenzó el predominio de un nuevo clima moral, áspero y extraño, que produjo rápidamente la muerte de todas las “frases”. Durante las centurias inmediatamente anteriores, los europeos habían vivido sobre todo de frases: no sólo habían hablado en frase, sino que habían sentido y habían pensado en frase. De aquí la llamada “Edad Moderna” – el periodo de historia occidental que va de 1500 a 1900 – fuese desde entonces colocada en la serie “Edad de piedra”, “Edad de bronce”, etc., con el título de “Edad de la frase o fraseológica”. En rigor, no era la primera vez que gozaba la Humanidad una edad de este carácter: había antes pasado por otras etapas semejantes. Es más: no faltaban sospechas para barruntar que todo gran ciclo de cultura pasa irremisiblemente por una época durante la cual frasifica con embriaguez.

Frase, en este mal sentido del vocablo, es toda fórmula intelectual que rebasa las líneas de la realidad en ella aludida. En vez de ajustarse al perfil de las cosas y detenerse donde éste concluye, en la frase se redondea la realidad como se redondea una fortuna. La fortuna se redondea a menudo fraudulentamente, y lo mismo la realidad. Se añade a ésta un suplemento falso que le proporciona grata rotundidad.

Casi todos los principios que han dirigido la vida europea en los últimos siglos eran, en este sentido, frases. Por lo visto, el individuo, y las enormes colectividades que llamamos naciones, necesitaban como de un cacodilato de es porción fraudulenta, de ese anejo patético y mendaz. Pero el hecho de que las frases hayan demostrado tal eficacia y fecundidad basta para que las tratemos con respecto y gratitud. No hagamos, al decir de una frase que “es sólo una frase”, una frase más. Procuremos darnos cuenta de las consecuencias que va a tener para Europa el arranque fraseoclasta iniciado en 1900. Gracias a su capacidad de anestesiarse con frases, se ha dejado el europeo dócilmente organizar en grandes y complejas naciones; ha erigido poderosos Estados; ha acatado sucesivos credos políticos. Asimismo, porque era sensible a frases, ha domesticado sus instintos dentro de ciertos moldes morales y ha suavizado el trato social merced a las pautas de la buena educación. En fin, el arte tradicional hubiera sido imposible sin una considerable dosis de ingenua afición a las frases (“la otra de arte es eterna”, etc.).

Nótese que la “frase” es simplemente un error. Toda frase que lo sea en efecto contiene una porción de verdad, a veces de una verdad más sutil, más exacta y aquilatada que otras expresiones a las cuales no debemos llamar “frases”. Así, en general, los lemas, las fórmulas de la Edad Media, son más erróneos objetivamente que los modernos. Lo característico de estos últimos – tomados, se entiende, como estilo genérico – no es tanto que sean falsos como que son falsificaciones. El pensamiento tiene la misión primaria de reflejar el ser de las cosas. A veces se equivoca, y entonces padece un error, es falso. Pero esto no quiere decir que no haya intentado puramente cumplir su misión. Supóngase, en cambio, que un hombre use del pensamiento, no para reflejar las cosas, sino para construirlas imaginariamente, añadiéndoles los trozos que acaso les faltan. El resultado será entonces, más que falsedad, falsificación. Pensar no sería, según este régimen, reflejar el mundo, sino adobarlo; como antes decía, redondearlo. A esto llamo pensar en frase o fraseología. El pensamiento de la Edad Media erraba mucho más que el nuestro, pero también falsificaba menos. Tomaba el mundo según se presentaba en sus cabezas angostas, ojivales, pero se abstenía de redondearlo.

Las “frases” suscitan un cosmos de “realidades” imaginarias (de seudorrealidades), que a fuer de imaginarlas son inconmovibles, invariables y de una perfección formal y abstracta que ninguna realidad efectiva puede poseer: un cosmos utópico, simplificado, de aristas claras y terminantes. No tiene duda que vivir en un universo de estas condiciones es sobremanera cómodo. Lo terrible de la realidad efectiva es que contiene siempre rasgos equívocos. Nunca sabe uno bien cómo es en definitiva, y, consecuentemente, no sabe uno cómo comportarse ante ella. Y esto, en todos los órdenes. Así, cuando se nos dice que todos los hombres son iguales y que, por tanto, la justicia consiste en tratarlos igualmente, hemos definido ésta con una “frase” que nos facilita sumamente el propósito de ser justos. Pero la verdad es que los hombres son desiguales y que la desigualdad entre dos hombres cualesquiera es muy difícil de calcular. De aquí que al desasirnos de aquella frase y buscar la justicia real, descubrimos que es en sí misma problemática, equívoca, y empezamos a vacilar en nuestro juicio y mucho más en nuestra actitud.

No se me oculta, pues, la utilidad de la fraseología o pensar en frases. Es la gran simplificación de la vida. No siendo cuestión las cosas – constitución del mundo, normas jurídicas y morales, principios estéticos, reglas del trato social –, podía el individuo, sin más, ordenar sus actos en vista de ellas. Sobre todo, era posible – como lo fue – la coincidencia de conducta entre muchos hombres. El estado democrático, por ejemplo, fue posible porque existía un creo político admirable, una sistema de “frases” espléndidas en el cuan creían muchas gentes.

Pero aquí está el conflicto. El pensar fraseológico sólo es valioso en la medida que es útil, y sólo es útil en la medida que encuentra un modo de crear afín, una propensión colectiva a creer en “las frases”. En cuanto ésta falta, pierde aquél su única respetabilidad, ya que nunca poseyó la sola virtud inmarcesible del pensamiento, que es ser verdadero.

Y es curioso advertir que la creencia en “frases” repite, con signo inverso, la misma anomalía que rigel el pensar “frases”.

La fraseología no es sino el utopismo como método intelectual. En vez de ajustar el pensamiento a lo que son las cosas, el utopismo supone que la realidad se ajusta al perfil abstracto, formalista, que abandonado a sí mismo dibuja el intelecto. Yo considero como lugar clásico de este réfimen intelectual esta frase de Leibniz:

Le fond des choses est partout le même, ce qui est une maxime fondamentale chez moi et qui règne dasn toute ma philosophie. Et je ne conçois le choses inconnues ou confusément connues que de la manière de celles qui nos sont distinctement connues: ce qui rend la philosophie bien aisée. (Nouveaux essais, libro IV, capítulo XVII: De la raison).

Yo creo que es así fácil la filosofía, y con ella la vida. De modo que, una vez sabido algo, todo lo demás nos es consabido, hasta lo que más ignoramos, porque ponemos que el resto desconocido del universo – que es, en rigor, casi todo el universo – es, en definitiva, igual al trozo conocido. Y a esta suposición llama Leibniz “razón”, y, en efecto, ese método ha sido siempre el del racionalismo. Dado un lugar o trozo de lo real, están en principio conocidos todos los lugares y trozos. ¿Es injusto llamar a este desdén por las diferencias de lugar “utopismo”? De esta manera nos hacemos la ilusión de no ignorar nada, puesto que anticipamos que lo desconocido no será diferente de lo conocido.»

[José Ortega y Gasset: “Fraseología y sinceridad” (1924). En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1963, vol. II, p. 481-484]