NORMA ACADÉMICA Y NORMA CULTA

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.: System - Norm - Rede / Norm

 

Hoy la RAE no es la misma que en 1980. En vez de una, somos las 22 academias las que colegiamos todas las decisiones y abordamos la grandes obras académicas.

[Víctor García de la Concha, director de la RAE]

Es normal aquello que carece de excepción, y, si la tiene, se nota que lo es.

[Fernando Lázaro Carreter, El País, 15.02.2004]

Hoy la RAE no es la misma que en 1980. En vez de una, somos las 22 academias las que colegiamos todas las decisiones y abordamos la grandes obras académicas.

[Víctor García de la Concha, director de la RAE]

No se pueden imponer normas a la lengua. Por eso los intentos puristas y

correctores de gramáticos y lexicólogos nunca llegan a ninguna parte.

[Emilio Alarcos Llorach]

«De la academia se reclaman normas, es nuestra misión. Somos como la ortografía, que no es una ciencia sino una convención. Ahora hemos revisado la planta de construcción del diccionario con un criterio claro: para que una palabra quede en el diccionario normativo debe tener una antigüedad de uso de por lo menos seis años, una amplitud de uso, documentación oral pero también escrita, si se utiliza sólo en un área se señala y, sobre todo, hay que marcarla, si es un vulgarismo, un cultismo, un término jurídico… porque de ahí viene la confusión de quien lo maneja. Yo te llamo gilipollas y no puedes decirme que te estoy insultando porque lo pone el DRAE; sí, pero pondrá una marca, vamos a comprobarlo ... en gilipollas, efectivamente, dice: adjetivo vulgar. Hay toda una gradación, y ahí hemos hecho un esfuerzo importante.

[Víctor García de la Concha, Director de la RAE, en: El Mundo - Magazine, 14.11.2004]

¿Y dónde se habla hoy el mejor y el peor castellano?:

En todas partes, dependiendo de niveles. Recuerdo haber escuchado un castellano como el del siglo XVI en el altiplano de Bolivia, en un lugar remotísimo, a 5.000 metros, donde me llevó un académico. Hay zonas que por su aislamiento han conservado un español sabroso.

[Víctor García de la Concha, Director de la RAE, en: El Mundo - Magazine, 14.11.2004]

«El español es un sistema virtual que nadie habla; lo que se habla son las variedades: el castellano, el riojano, el asturiano, el andaluz, el extremeño, el murciano, etc. El español es el registro escrito de todos los españoles

[Manuel Alvar]

«La Academia tiene una misión normativa, es cierto. Sin embargo, todas sus decisiones se apoyan en criterios sólidos. Uno de ellos es el uso. Los académicos decimos que no somos tanto legisladores como notarios del uso consagrado. La lengua pertenece a los hablantes y son los hablantes quienes en un plebiscito diario y continuo van aprobando los cambios sufridos por su lengua. Las lenguas son los organismos más democráticos de toda la cultura humana. Los organismos como las academias, diccionarios... tratan de orientar los usos, pero la decisión final siempre corresponde a los hablantes.» [Salvador Gutiérrez]

«Zur Norm gehören die kombinatorischen Varianten (in der Phonologie und in der Morphologie), aber auch viele andere sprachliche Erscheinungen.

Um Missverständnisse zu vermeiden, muss betont werden, dass Norm im Sinne Coserius nicht verwechselt werden darf mit Norm im Sinne präskriptiven Sprachnormierens. Die zugehörigen Adjektive machen den Unterschied deutlicher: Coserius Norm umfasst das, was in der betr. Sprachgemeinschaft normal, üblich, statistische Norm ist; die präskriptive Norm dagegen ist normativ

[Pelz, Heidrun (1987):  Linguistik: eine Einführung. Hamburg: Hoffmann und Campe, 1999, S. 81-82]

«La Academia no dice las cosas que tengan que ser así, no manda. Lo que hace es recoger los usos. Y solamente recoge los usos cuando están realmente arraigados, cuando tienen una valía en la lengua.»

[Alfonso Zamora Vicente, Secretario de la Real Academia Española]

Norma del uso y norma de las Academias:

«Una de las aspiraciones de los lexicógrafos es, sin duda, la de actuar como auténticos notarios del uso, sobre todo si proyectan la confección de un diccionario general de carácter descriptivo. En la mayor parte de los casos juzgan que los resultados encarnan, mejor que en ningún otra obra, dichas aspiraciones, aun cuando sus fuentes, por ser exclusivamente lexicográficas, estén viciadas desde un comienzo. [...]

De hecho, la mayoría de los lexicógrafos sabe que no se puede confundir la norma del uso con la norma de las Académicas, que utilizan criterios que nada tienen que ver con la realidad en la que se mueven los vocablos.

A la norma del uso pertenece, especialmente, ese grupo de barbarismos que consiste en “usar voces y expresiones cuyo verdadero significado nada tiene que ver con el que se les da”, es decir, voces y expresiones que presentan nuevos sentidos como consecuencia del paso del tiempo y del dinamismo de las lenguas, organismos sometidos a procesos de cambio, como casi todos los elementos de la realidad. La actitud purista obliga a cerrar los ojos y a petrificar los usos tradicionales, ignorando, en muchas ocasiones, que se empeñan en ponerle diques al mar. Lo ha sabido ver muy bien un semantista como Ramón Trujillo (1988: 84) cuando toca el dominio de la metalexicografía:

“[...] aparcar, que el DRAE define como “colocar transitoriamente en un lugar público, señalado al efecto por la autoridad, coches u otros vehículos”, se emplea hoy frecuentemente con el sentido de “desentenderse provisionalmente de un asunto”, uso que no es más que una de las infinitas realizaciones posibles del significado de esa voz, por lo cual me parece incorrecto censurarlo porque no esté contenido en ninguno de los conceptos a los que el diccionario restringe el significado de este verbo [...]”.

Tal vez no deba olvidarse que toda norma, por hallarse al margen del uso, tiene mucho de subjetivo y, por tanto, también de arbitrario. Hay palabras, expresiones, giros lingüísticos y, sobre todo, sentidos que gustan más o menos, que cada uno acepta de mejor o peor grado.»

[García Pérez, R.: “Los niveles de uso en el Diccionario del español actual de Manuel Seco”, en: Borrego Nieto, J. [et al.] (Eds.): Cuestiones de actualidad en lengua española. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, p. 257 ss.]

«Hoy día concurren normas cultas diversas en los vastos territorios donde se practica el español como lengua materna. Ya no es posible sostener, como un siglo atrás hacía Leopoldo Alas, que los peninsulares somos los amos del idioma: más bien, según propugnaba don Ramón Menéndez Pidal, debemos ser solo sus servidores. Se comprende y hasta se justifica que cada uno encuentre más eficaz y precisa la norma idiomática a cuya sombra ha nacido y se ha formado; pero ello no implica rechazo o condena de otras normas tan respetables como la propia. La Academia, con mutaciones varias a lo largo de sus casi tres siglos de vida, ha defendido criterios de corrección basados en el uso de los varones más doctos, según decía Nebrija. El redactor ha procurado la imparcialidad en los casos de conflictos normativos, si bien se reflejan a veces sus preferencias personales. La tendencia normativa, desde los mismos orígenes de la gramática, la hemos heredado todos, incluso los afectados de ligero latitudinarismo. Toda gramática termina, o empieza por ser normativa. Y, al cumplir con el compromiso contraído, también esta gramática aconseja normas, siempre, eso sí, sin espíritu dogmático. [...]

Conviene así que el normativismo se forre de escéptica cautela. En el orden jerárquico interno de la gramática, primero conviene la descripción de los hechos; de su peso y medida se desprenderá la norma, siempre provisional y a merced del uso. [...]

Si la sabiduría popular asegura que “cada maestrillo tiene su librillo”, en ningún dominio del conocimiento se revela ese adagio con más eficacia que en el de la gramática. No cabe mínimo acuerdo teórico entre gramáticos, y por algo fueron equiparados con los fariseos hace dos mil años. [...]

Por supuesto, la Academia no ha tenido ni tiene un criterio corporativo único respecto de las cuestiones teóricas gramaticales; pero ni siquiera la opinión particular de cada uno de los miembros podría acomodarse con facilidad a consentimiento armónico. [...] La Academia se abstiene de pronunciarse en cuestiones de método (actitud razonable, puesto que el fin de la Academia es fijar normas del uso, pero no las de la especulación teórica de la lingüística).»

[Alarcos Llorach, Emilio: Gramática de la lengua española. Madrid: Espasa-Calpe, 1994, p. 19-21 (Prólogo)]

«La tarea esencial del lingüista es describir el modo de hablar de la gente y no prescribir cómo debe hablar. En otras palabras, la lingüística es descriptiva pero no prescriptiva.» 

[Lamiquiz, Vidal: Lengua española. Método y estructuras lingüísticas. Barcelona: Ariel Lingüística, ²1989, S. 37-38]

Cuando se quiere indicar por escrito que una frase se considera incorrecta, es decir, que su uso no está aceptado por la norma culta, se le antepone un asterisco *...

«Entiéndase aquí norma lingüística o descriptiva, no equivalente a la norma académica o prescriptiva, aunque esta segunda llega finalmente a coincidir con la primera cuando admite o prescribe, con norma académica, un uso que se ha generalizado y hecho común en norma lingüística entre los hablantes. La norma lingüística supone un primer grado de abstracción ya que su superficie es menos extensa: todo lo que es norma lingüística es habla, pero no todo lo que es habla es norma. La norma lingüística abarca únicamente todo aquello que en el habla es repetición de modelos anteriores; es decir que contiene todas aquellas características comunes, „normales“, tradicionales y constantes en principio. Por ejemplo, si oigo a una persona que dice he comprado una moto, esta su comunicación pertenece al habla, naturalmente, puesto que lo ha dicho; y también pertenece a la norma, pues es la manera usual de decirlo. Pero, si un hablante dice he comprado una amoto, se tratará de un hecho de habla, mas la forma amoto quedará fuera de la norma lingüística ya que no es una realización común o „normal“ lingüísticamente; y quedará también condenada por la norma prescriptiva o académica. Del amplio dominio del habla, que incluye la totalidad de realizaciones, se eliminan, al pasar al campo de la norma, todas las actualizaciones que sean variante puramente personal; se conserva en el dominio normativo aquello común que como tal se comprueba en los actos lingüísticos de la comunidad de hablantes, lo que constituye un modelo repetido.»

[Lamiquiz, Vidal: Lengua española. Método y estructuras lingüísticas. Barcelona: Ariel Lingüística, ²1989, p. 37]

«Lengua estándar:

Se llama lengua estándar, o lengua común, a la utilizada como modelo, por estar normalizada, de acuerdo con las normas prescritas, como correcta. Ésta es la lengua que usan los medios de comunicación, los profesores, los profesionales, etc. Por lo general, el concepto de ‘estándar’ se aplica sólo al léxico y a la morfosintaxis, estando excluido del mismo las variedades fonológicas. Dicho con otras palabras, tan ‘estándar’ es el español hablado con acento andaluz o valenciano como el de Castilla, siempre que el léxico y la sintaxis correspondan a la norma. La lengua estándar tiene variantes, que van desde la lengua coloquial, o lengua familiar, hasta la académica o solemne. La primera se caracteriza por el uso de palabras y enunciados que tienen más carga expresiva, afectiva o emotiva. El término culto lo mismo puede aplicarse al concepto de ‘lengua estándar’ que al de registro académico, formal o solemne. La ‘lengua coloquial’ se diferencia del llamado lenguaje convencional, caracterizado por una fraseología formulística, propia de la función fática del lenguaje, en la que abundan modismos, refranes, saludos, felicitaciones, expresiones eufemísticas (“¡Le llegó la hora!”) y de autoafirmación (“Te lo digo yo”, “¿Sabes?”, etc.), etc.»

[Alcaraz Varó, Enrique / Martínez Linares, María Antonia: Diccionario de lingüística moderna. Barcelona: Editorial Ariel, 1997, p. 323]

norma académica

Fija la norma culta, basándose en el uso de la mayoría de los hablantes cultos.

norma culta (Hochsprache)

Conjunto de criterios lingüísticos que regulan el uso considerado correcto.

Variante lingüística que se considera preferible por ser más culta.

El uso que los hablantes hacen de su lengua corresponde a una manera particular de realizar el sistema, es decir, a una norma determinada. De las distintas normas que conforman una lengua, la de mayor prestigio social es la llamada norma culta o lengua formal porque es la lengua oficial de una comunidad de hablantes: es homogénea, flexible y es la que corresponde también a la vida cultural y pública.

Lengua de nivel sociocultural elevado.

En realidad, es la norma culta lo que unifica y da estabilidad al idioma.

Homogeneidad de la lengua culta.

La lengua culta sirve de referencia.

En América, se toma como modelo -por más que no se use- el conocimiento de la norma culta hispánica.

Mientras más culta sea la norma utilizada, habrá mayores similitudes lingüísticas; por lo tanto, es en el habla popular y coloquial donde se advierte el mayor número de diferencias. Por ende, la norma culta, sobre todo formal, es el patrón unificador, no sólo del español de América, sino también de toda la lengua española.

Al final, en ultimísima instancia el idioma que vale, es la llamada norma culta.

La llamada norma culta o lengua formal porque es la lengua oficial de una comunidad de hablantes: es homogénea, flexible y es la que corresponde también a la vida cultural y pública.

La norma culta, durante siglos, ha sido la más cercana al habla de Madrid; pero esa tendencia se alteró a lo largo de este siglo en favor de una doble norma, la castellana o de Madrid y la norma hispánica. Sobre esa norma hispánica se basa el habla hispana.

El dialecto toledano gozó de gran prestigio por ser la norma culta hasta la mitad del siglo. La mayoría de los escribanos y funcionarios públicos eran de allí.

La gente toma como referencia de español culto, de español estandard actual, lo que los medios de comunicación dicen que está bien. Lógicamente, los medios de comunicación se basan para redactar los libros de estilo en la norma culta que más o menos fijan las academias.

«Cuando un lingüista menosprecia un modo de hablar por considerarlo, digamos, «rústico», está haciendo política y no lingüística. Cuando se limita a estudiar la «norma culta» (sea lo que sea que eso de «culto» signifique) está haciendo política. Y de la peor.»

[Hernández Montoya, R.: La división del español de América en zonas dialectales]

«La norma culta castellana:

El castellano tuvo nacimiento en un lugar geográfico muy preciso, como idioma de una pequeña comunidad que, con su espíritu emprendedor y su genio, lo extendió hasta ser una de las lenguas más importantes del mundo. Ya no pertenece, pues, sólo a su solar originario: es un idioma internacional, con innumerables variedades diatópicas y diastráticas en España y en América. A pesar de ello, su unidad se mantiene firmemente.

Y ocurre así porque existe una norma culta (que responde a un mismo ideal de lengua) forjada a lo largo de los siglos, y no ya sólo por castellanos, sino por los españoles de todas las procedencias y por los hispanoamericanos. Esa norma resulta de la coincidencia, en principio espontánea y voluntaria, de las personas instruidas y de los escritores de ambas orillas del Atlántico, codificada por los gramáticos y lexicógrafos y enseñada por la escuela. En ciertos aspectos – el ortográfico y el léxico, por ejemplo – ha sido decisivo el influjo unificador de la Real Academia Española, fundada en 1713, a la que se sumó, a partir del siglo XIX, el de las Academias constituidas en los distintos países de América, y que hoy desarrollan una acción conjunta (a través de la Asociación de Academias, que tiene una Comisión Permanente en Madrid) para mantener y defender la unidad del idioma, basado en la norma culta o código elaborado común para todos los hispanohablantes.»

[Fernando Lázaro: Lengua española. C.O.U., Madrid: Grupo Anaya, 1992, p. 239]

español estándar

norma castellana o de Madrid

norma hispana

norma literaria

habla coloquial

habla popular (volkstümliche Sprache)

lengua escrita y lengua oral

dialecto

En Europa, cuando hablamos de dialecto, surgen las connotaciones peyorativas, porque la referencia inmediata es a una variedad popular, de bajo nivel cultural y lingüísticamente marginal, frente a una norma culta poderosa. Cuando hablamos de zonas dialectales en América, hablamos de otra cosa: de un territorio enorme, donde el español se desarrolló en circunstancias muy diferentes de una zona a otra, con distintas fechas de introducción, distintas lenguas con las que entró en contacto, distintas geografías y una historia diferente en muchas naciones con variedades cultas a veces bien diferenciadas. Y no conviene olvidar que los rasgos dialectales son un factor de identificación cultural y de cohesión social; tampoco, que hay variedades con más o menos prestigio y variedades con más o menos poder económico.

vulgarismo


Norma académica y norma culta

Sistema <> Uso <> Norma

 

Una norma es, sencillamente, una selección que los hablantes hacen entre las posibilidades que les brinda el sistema lingüístico, la lengua.

«La bibliografía sobre el concepto de norma es verdaderamente desbordante,

sobre todo en los trabajos de sociolingüística.»

(Ignacio Bosque Muñoz)

«La norma:

La corrección

Las múltiples variedades locales y regionales – no solo de España, sino en cada uno de los países de lengua española –, los distintos niveles de lengua y los distintos de habla dan una imagen multicolor del idioma, muy distinta de la uniformada que suelen presntar las gramáticas. Tal imagen responde a la realidad, y desconocerla o infravalorarla es tener una idea mutilada de la lengua. Sin duda, toda esta riqueza de variantes y matices geográficos, sociales o individuales, al mismo tiempo que son indicio de vida, denotan una tendencia a la diversificación. Pero esa tendencia está frenada y suficientemente compensada por una opuesta tendencia a la unidad, que está en el sentimiento general de los hablantes – consciente o inconscientemente – de que es necesario conservar la comprensión mutua dentro de la comunidad mediante un sistema uniforme de comunicación.

La manifestación más visible de ese sentimiento es la noción de corrección, que presenta dos grados distintos. El primero se plantea la necesidad de que la comunicación sea perfecta, es decir, que el hablante componga su mensaje con la claridad suficiente para que lo perciba, sin error, el oyente. El segundo atiende, no ya a la “eficacia” de la comunicación, sino a su “calidad”. Así, una frase como Oyes, aquí está lo que pedistes, se consideraría “correcta” en el primer aspecto, pero no en el segundo, ya que oyes, por “oye”, y pedistes, por “pediste”, son formas lingüísticamente poco prestigiosas.

El criterio que determina la calidad de una forma está exclusivamente en función del nivel de lengua. Cada nivel de lengua tiene su propia “corrección”. El oyes del ejemplo anterior sería admitido tranquilamente por los hablantes de un determinado nivel, los cuales, en cambio, rechazarían por incorrecto haiga por “haya” o puebro por “pueblo”. Ahora bien, el criterio de corrección que de manera general se aplica a la lengua común está referido al nivel culto. ¿A qué se debe este privilegio? La explicación no parece difícil. Como el hablante de este nivel suele estar más capacitado para la comunicación “eficaz” (primer grado de corrección), y al mismo tiempo, lógicamente, su comunicación está construida dentro de los moldes del nivel culto, de ahí que se señalen esos modelos como los “mejores” (segundo grado de corrección). Uno y otro grado de corrección suelen entrar en consideración de manera simultánea: el hablante que examina su propia habla o la de otro juzga a la vez, sin separarlas, su eficacia y su calidad.

Socialmente, la corrección del habla tiene una importancia comparable a la del aseo personal. La aceptación social de una persona está condicionada – entre otras cosas – por la corrección de su lenguaje, y la conciencia de esta realidad motiva que muchos hablantes traten de desprenderse de formas de expresión “mal vistas” (demasiado regionales, demasiado populares) y de adquirir otras que no desentonen en los medios donde desean ser admitidos.

Los modelos y las autoridades

Así como para la “eficacia” de su habla el individuo no necesita seguir otra norma que su sentido común adaptado a lo que oye a la generalidad de los hablantes, para la “calidad” toma, de manera consciente o no, puntos de referencia más concretos. En primer término, estos modelos son las formas de hablar de amigos o compañeros admirados, de personajes prestigiosos, de actores, de locutores de radio y televisión; secundariamente, todo lo que lee, anuncios, revistas, diarios, libros. Los modelos actúan sobre el hablante de manera más o menos intensa, según su receptividad, y muchas veces, como hemos dicho, sin intervención de un deseo deliberado. Cuando este interviene, es frecuente que el hablante busque, más que modelos, autoridades que le orienten, personas o libros que le digan “cómo se debe decir”.

La Academia y el purismo

Para el hablante español medio, la autoridad máxima, algo así como el tribunal supremo del idioma, es la Real Academia Española. Esta institución oficial nació, en 1713, con un carácter exclusivamente técnico (diferente del de hoy, que es en gran parte honorífico) y con una finalidad muy definida, que está de manifiesto en su lema: Limpia, fija y da esplendor. Es decir, su misión era, basándose en el uso de los mejores escritores, establecer una forma precisa y bella de la lengua, exenta de impurezas y de elementos superfluos. Con tal objeto compuso la Academia el célebre Diccionario de Autoridades en seis volúmenes, llamado “de Autoridades” (1726-1739), y más tarde su Ortografía (1741( y su Gramática (1771). La autoridad que desde el principio se atribuyó oficialmente a la Academia en materia de lengua, unida a la alta calidad de la primera de sus obras, hizo que se implantase en muchos hablantes – españoles y americanos –, hasta hoy, la creencia de que la Academia “dictamina” lo que debe y lo que no debe decirse. Incluso entre personas cultas es frecuente oír que tal o cual palabra “no está admitida” por la Academia y que por tanto “no es correcta” o “no existe”.

En esta actitud respecto a la Academia hay un error fundamental, el de considerar que alguien – sea una persona o una corporación – tiene autoridad para legislar sobre la lengua. La lengua es de la comunidad que la habla, y es lo que esta comunidad acepta lo que de verdad “existe”, y es lo que el uso da por bueno lo único que en definitiva “es correcto”. La propia Academia, cuando quiso imponer una determinada forma de lengua, no lo hizo a su capricho, sino presentando el uso de los buenos escritores. La validez de un diccionario o de una gramática en cuanto autoridades depende exclusivamente de la fidelidad con que se ajusten a la realidad de la lengua culta común; ninguna de tales obras ha de decirnos cómo debe ser la lengua, sino cómo es, y por tanto su finalidad es puramente informativa. Se puede buscar en ellas orientación, no preceptos.

La actitud de reverencia ciega a la Academia, unida a la adhesión literal a uno de los principios de la fundación de esta, da lugar a la posición purista, que rechaza cualquier palabra nueva por ser extranjera o simplemente por ser nueva. El punto de partida de esta postura es el suponer que una lengua es una realidad fija, inmutable, perfecta; ignorando que tiene que cambiar al paso que cambia la sociedad que la habla, y que, al ser un instrumento de servicio de los hablantes, estos la van adaptando siempre a la medida de sus necesidades. Pero no debe confundirse el purismo, tradicionalista y cerrado, desdeñable por absurdo, con una conciencia lingüística en los hablantes – realista y crítica a la vez – que con sentido práctico sepa preferir, entre las varias formas nuevas que en cada momento se insinúan, las más adecuadas a los moldes del idioma, y que, reconociendo la necesidad de adoptar extranjerismos, sepa acomodarlos a esos mismos moldes. El desarrollo de tal conciencia lingüística sería uno de los mejores logros de una buena enseñanza de la lengua.

La norma

Si la lengua es de todos; si nadie, ni la Academia ni gramáticos, la gobiernan, ¿cómo se mantiene su unidad? Ya hemos dicho que el instinto general de conservar el medio de comunicación con los demás, necesidad de toda sociedad, es lo que frena y cotrarresta la tendencia natural a la diversidad en el hablar. Este instinto es el que establece las normas que rigen el habla de cada comunidad.

Cada grupo humano, por pequeño que sea, tiene su norma lingüística. Los habitantes de una aldea se burlan de los de la aldea vecina porque hablan “peor que ellos”, es decir, porque no siguen su propia norma; y el paisano que, después de haber vivido años en la capital, vuelve a la aldea, tiene que recuperar su lenguaje local por miedo a resultar ridículo o afectado, esto es, a quedar fuera de la norma. En el pueblo de al lado, la norma será distinta. Pero, naturalmente, la comunicación no solo es necesaria entre las personas dentro de cada aldea, sino de una aldea a otra, de una ciudad a otra, de una región a otra. Y entonces se hace necesario limar diferencias, seleccionar lo que todos entienden y aceptan. Esta necesidad es la creadora de la lengua común, la lengua idealmente exenta de particularismos locales. [...] Como es al nivel culto de la lengua al que se asocia generalmente el criterio de corrección, resulta que la norma de la lengua común se basa ampliamente en la forma escrita del nivel culto.

Norma general, norma local, norma social

El hecho de que el ideal de la lengua común resida en la lengua escrita culta trae una consecuencia “externa”: que todos los hablantes de nuestro idioma – en España y América – aceptan unas normas ortográficas comunes; y una consecuencia “interna”, y es que la lengua escrita, tanto en los países americanos como en España, salvo variantes insignificantes, es una misma. No ocurre lo mismo con la lengua hablada, que en cada país, y en cada región del país, se atiene a una forma ideal diferente, aunque esa forma sea siempre la propia del nivel culto. La lengua hablada común de Méjico, la de Montevideo, la de Bogotá, la de Sevilla, la de Zaragoza, son todas distintas entre sí en una serie de aspectos (fonético, sintáctico, léxico) que, de todos modos, no impiden la perfecta comprensión mutua.

Aparte de las variedades de tipo geográfico, cada nivel de lengua tiene modalidades propias a las que el hablante que a él pertenece debe acomodarse so pena de incurrir en “afectación” o en “incorrección”. Estas modalidades tienden a nivelarse por la acción de la escuela y por el ejemplo de la radio, la televisión y el cine. No hay que olvidar tampoco la existencia de los niveles de habla, que, según vimos, imponen la utilización de un determinado registro para cada situación concreta de la comunicación, a los que ningún hablante puede sustraerse, y que marca, entre otras, una notable distinción entre la expresión hablada y la expresión escrita de una misma persona.

Por consiguiente – y resumiendo –, aunque es indudable la existencia de norma en la lengua, también es innegable que no existe “una” norma. La supernorma, la norma general, es, desde luego, la lengua culta escrita, que presenta una clara uniformidad básica en todo el mundo hispanohablante; pero el uso cotidiano se fragmenta en normas menores, variables según la geografía y según los niveles, que, sin romper la unidad general del idioma, ofrecen matices a menudo muy peculiares. A esta variedad de normas y no solo a una dogmática norma unitaria, debe atender una enseñanza realista de la lengua, en beneficio de los hablantes y de la propia lengua.»

[Seco, Manuel: Gramática esencial del español. Madrid: Espasa-Calpe, ²1989, p. 256-260]

«Norma y uso del idioma:

Hace poco, con mejor intención que acierto, se me preguntaba en una encuesta qué tipo de lengua debe enseñarse a los escolares, si “la estrictamente académica, absolutamente divorciada del contexto lingüístico en que se mueve el alumno, o una lengua que, de algún modo, considere ese contexto y admita determinados hechos de habla como algo totalmente aceptable”. [...]

Por de pronto, no deja de alarmarme la posibilidad de que el profesor haya de asumir la responsabilidad de calificar como admisibles “determinados hechos” de la expresión espontánea escolar: ¿en qué lugar colocaría la frontera?, ¿quién, profesor o no, posee el pulso capaz de ponderar lo aceptable para distinguirlo de lo espurio?, y ¿por qué acoger unas cosas y rechazar otras? Me temo que acabará abriendo las puertas sin discriminación, y proclamando que el monte entero es orégano. [...]

El asunto empieza a plantearse mal cuando a la lengua espontánea del estudiante se le opone la “lengua académica”. Confieso ignorar qué es esto. Existe – cada dez menos – el estilo de quienes cultivan el “pastiche”, con los ojos puestos en modelos de antaño, que antes de escribir una palabra examinan su legalidad en el Diccionario de la Academia. Como, por ejemplo, ni figura en él riqueza con la acepción de ‘abundancia proporcional de una cosa’ (lapsus que acaba de ser salvado), se vedarán decir o escribir que tal líquido posee una gran riqueza alcohólica. No existe la “lengua académica”, sino la “academicista”, que es algo distinto: antigualla sin valor ni utilidad.

Tal vez porque algunos académicos hayan empleado tal estilo, “academicismo” se ha hecho, en ciertas opiniones, sinónimo de “académico”, con grave error. Puede asegurarse, por otra parte, que ha habido siempre más relamidos academicistas entre los aspirantes a académicos que entre quienes lo son. La realidad es que la Academia no posee un modelo propio de lengua – menos ahora que nunca –, y que su misión actual suele ser muy mal comprendida. Tal corporación no puede aspirar –y, cuando aspiró, fracasó, porque es empresa imposible – a imponer modos de hablar y de escribir. Primero, porque los idiomas no se construyen en los laboratorios, sino en la sociedad que los emplea. Después, porque España no es dueña de la lengua española: ni siquiera es ya la nación en que esa lengua cuenta con mayor número de hablantes: México nos supera. De ese modo, sus funciones reguladoras se supeditan a la de negociar, pactar en pie de igualdad con los demás países del condominio, una unidad básica que garantice, porque es social, cultural y hasta económicamente necesaria, la perduración de un sistema lingüístico común.

Tal sentido tiene – y debe tener más – el Diccionario académico. En rigor, no es perfecto por el modo de hacerse. Le faltan palabras y acepciones – la anterior de riqueza, por ejemplo – a causa de descuidos que la Institución procura subsanar continuamente, y le sobran abundantes entradas léxicas. La base de dicho Diccionario sigue siendo el dieciochesco de Autoridades, cuando sólo el habla de la metrópoli era tomada en consideración. Entraron entonces múltiples regionalismos y localismos y si no se recogieron más es porque faltó diligencia a los académicos encargados de hacerlo. Esta tónica prosiguió, y el venerable libro aparece hoy cuajado de sorianismos, murcianismos o leonesismos (y arcaísmos por supuesto; pero ése es otro problema), de circulación más reducida. Al amparo de ese criterio, los americanos han pedido, como es natural, el registro de muchas formas nacionales, e incluso locales. Es éste un problema sobre el que las Academias deberán adoptar un criterio firme, probablemente en el sentido de limitar la estancia en su vocabulario a las palabras que, efectivamente, constituyen el patrimonio común o, por lo menos, el de amplias zonas del territorio idiomático, español o americano.

Prescindiendo de esas adherencias de origen hereditario o emotivo, el cuerpo fundamental del Diccionario está formado por miles de palabras que todos compartimos, pero no necesariamente por todas las que usamos y podemos usar sin preocupación alguna. Ya hemos dicho que su no constancia puede deberse a simple lapsus; y también porque el notario no va delante de los hechos, sino que los sigue, y la misión de la Academia es notarial, fedataria. Registra en sus ficheros lo que llega a su conocimiento: e imprime en el Diccionario lo que, por su difusión, le parece consignable. De este modo, cuanto en él figura lleva su documentación en regla; pero mucho de lo que no aparece está en espera de tenerla, y, para ello, necesita vivir libremente sin ser prohibido.

Curiosamente, mucha gente es lo que espera de esa corporación: vetos. Se le piden casi a diario. ¿Qué ocurriría si se decidiera a formularlos? ¿No se producirán reacciones irritadas o sarcásticas? Por otra parte, no se crea que en el seno mismo de las comisiones académicas podría llegarse a acuerdos fáciles acerca de qué autorizar y qué vetar.

Debe confiarse mucho más en la tarea que pueden desarrollar los profesores de lengua, conduciendo con conocimientos e instinto el fluir velocísimo del idioma, que en la eficadia dudosa de las proscripciones oficiales: en cada decisión de la Academia podría dejarse jirones de prestigio. Y ello, tanto en lo referente al léxico como en lo gramatical y estilístico. La tarea de limpiar y pulir el español es responsabilidad mucho más directa del cuerpo docente. [...]

No existe ese espantajo llamado “lengua académica”, y la “academicista” es mero fósil. Lo que sí existe es una lengua media culta, común a todos los países hispanohablantes, que sirve de instrumento expresivo al idioma escrito (del cual el literario es sólo un aspecto) y a a la comunicación oral. Esa lengua se caracteriza por su riqueza y variedad.

En ella, con el correr del tiempo, se ha decantado la cultura más valiosa de cuantos hablamos castellano; ha sido habilitada para sutilezas e invenciones mentales cada vez más refinadas; ha incorporado, y sigue incorporando, hallazgos verbales de otras lenguas que le son precisos para mantener sus posibilidades – o esperanzas – de ser vehículo de una cultura creadora y dialogante con las demás culturas avanzadas.

Incuestionablemente, el Bachillerato debe proponerse -¡con su único curso obligatorio de español!- introducir a los ciudadanos en la posesión de esa lengua media culta, escrita y oral, común a todo el ámbito del idioma. Y ello no por prurito “académico”, sino porque estamos convencidos de que sólo a través de aquella posesión es posible el acceso a una ciudadanía libre y fecunda.»

[Lázaro Carreter, Fernando, de la Real Academia Española: El daro en la palabra. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2001, pp. 85-89]

«Las gramáticas se parecen a las personas en que también ellas se agrupan en periodos generacionales. La gramática de Salvador Fernández pertenece a una generación de gramáticas europeas que vienen a coincidir, a pesar de las notables diferencias que las separan, en que caracterizan las variedades de la lengua escrita de sus respectivos idiomas a través de millares de testimonios de diversos autores. Es lo que muestra la gramática de Jespersen para el inglés, las de Grevisse, Togeby, Damourette y Pichon para el francés o Behaghel para el alemán, entre otras muchas.

En un sentido muy amplio, y sin hacer ahora distinciones, esa generación de gramáticas es heredera del antiguo concepto de gramática de autoridades: la gramática considerada como el estudio y la imitación del uso lingüístico no solo de los escritores, sino en general de los "doctos varones", como decía Nebrija, o de los "discretos cortesanos", como prefería Cervantes. Sin embargo, hoy sabemos bien que hay bastante que aclarar en el concepto de "imitación del uso lingüístico", y que también pueden ser relativos los de "docto varón" y "discreto cortesano". Casi da reparo decir a estas alturas que el sistema gramatical (y no solo el idioma) es patrimonio de todos los hablantes, pero sobre todo es evidente que los gramáticos siempre han filtrado los textos de las autoridades por el tamiz de su propia intuición lingüística, por el cedazo de su propio discernimiento como hablantes perceptivos y sensibles, y por la criba de su conocimiento científico del idioma. Lo hicieron Nebrija, Valdés, Correas y tantos otros. Es a eso a lo que se ha llamado a veces "delimitar una norma culta común", pero la palabra norma ha tenido en la historia de la reflexión gramatical más sentidos de los que sería de desear. Como nada está ahora más lejos de mi ánimo que introducirme en las fauces de tan debatida y no poco escolástica cuestión, tan solo diré que el significado que predomina en la obra de Salvador Fernández no es el que el término norma suele recibir más comúnmente, sino el que aparece diáfano cuando dice (Gramática, vol. 1, pág. 305):

"he meditado largamente acerca de encontrar por lo menos el sentido de una norma que se inspirase en las leyes mismas del idioma, que fuese dictada por la consistencia de su propia realidad."

Este uso de norma es el mismo que manifiesta el título del discurso de ingreso en esta casa: Lengua literaria y norma lingüística (citado en la nota 12). En su texto distingue ese sentido de norma, en el que prevalece la "realidad objetiva, en su constitución interna" (op. cit., pág. 14), de aquel en el que el concepto designa una modalidad lingüística con la que existe una "relación estimativa", usando sus propias palabras. Se refiere, pues, al sentido que tiene el término cuando hablamos de norma culta, o en general de "usos cultos o populares" (ibid.). A esos dos sentidos añade un tercero en el que las normas vienen a designar lo que llama, de manera inequívoca, "los preceptos". Según expone en su discurso, este tercer tipo de norma es el que más suele interesar al extranjero que aprende un idioma nuevo; el segundo es el que persigue el escritor, y el primero es el que ocupa al gramático.

Cuando no hay especificaciones, el sentido que se impone es el primero, el que viene a recoger aquello que está dentro del idioma en función de su propia naturaleza. Seguramente pensaba don Salvador en los citados Mir y Baralt cuando decía de los "preceptistas", como él los llamaba, que estimaba "su generosidad y su espíritu geométrico", pero que no comprendía bien su "desinterés (... ) por los fundamentos de una ciencia de la que no se nutren". Estuvo siempre atento a la expresión cuidada, pero no parecía gustarle de los rígidos "preceptistas" el que tuvieran más afán por descubrir múltiples agresiones contra las leyes del idioma que en averiguar o razonar esa mismas leyes. De hecho, en su discurso de ingreso oponía cuidadosamente las "leyes" a lo que él llamaba "los reglamentos". Aunque entiendo que hacía un uso demasiado amplio de la palabra ley, hoy en día mucho más restrictiva, me parece que su distinción entre los tres sentidos de norma es, a la vez que diáfana, pertinente. Nos habla, pues, de tres normas. La primera se investiga y se descubre, la segunda se distingue y se modula, y la tercera se vigila.

Al juicio gramatical del observador minucioso y atento lo llamaba "sensibilidad por la norma" (Gramática, vol. 1, pág. 298). Se trata de una distinción análoga a la que realizaba Hjelmslev en sus Principios de Gramática General -texto que él estudió y manejó (véase la referencia en el vol. 1, pág. 229)- cuando advertía que una cosa es la "norma" y otra la "corrección". Aunque ambas interesaran a Salvador Fernández, me parece claro que la primera, entendida como he señalado, fue el verdadero motor de su trabajo, y tengo la impresión de que, a pesar de que fueron muchos miles los datos que examinó, nunca se mezclaron en sus análisis los sentidos de tan escurridizos términos.

Estamos, pues, ante un caso más en el que las mismas etiquetas designan nociones distintas, algo que en la lingüística, en la filosofía y en la simple convivencia es motivo frecuente de no pocos malentendidos. Más modernamente se han añadido conceptos nuevos que evitan el tener que multiplicar los sentidos de los antiguos, y ya es general distinguir, por ejemplo, lo incorrecto de lo agramatical. La "sensibilidad" que Salvador Fernández defendió no es un concepto preceptivo, sino más bien perceptivo. No es forzado ni es impuesto. Es el resultado de la reflexión sobre el idioma, y lo cierto es que es ella, y no la presencia de las autoridades en los textos, la que verdaderamente articula su obra. Nuestro gramático no recogía "textos de autoridades". Reunía fragmentos de lengua escrita, procedentes de múltiples fuentes, para extraer de ellos -por inducción, según decía- los rasgos esenciales de cada construcción y los factores que determinan su forma y su significado. Declaró abiertamente que no deseaba usar otros datos que los obtenidos de los textos, pero decidió dejar fuera algunos que consideraba "aberrantes", como dice textualmente en el prólogo (vol. 1, pág. 307), con lo que en cierta forma estaba realizando una selección implícita. Algunas anomalías entraron, pero a él no le gustaba hablar de anomalías. Prefería usar desajustes, que es término diplomático y benévolo.

Y es que, en realidad, no son los autores los que dictan su autoridad. Es más bien el sentido lingüístico del observador el que traza fronteras y marca lindes. Al final es el individuo consciente, reflexionando sobre sí mismo y sobre su entorno, el depositario de esa autoridad, la autoridad más universal y menos autoritaria: la de pensar sobre la lengua común. Y después de todo, eso no es autoridad. Es fortuna. La inmensa fortuna de disponer del idioma como de un espejo profundo y cercano en el que mirarse.

Hubo un tiempo en el que el fundamento mismo de la teoría gramatical se resumía en un solo adjetivo: el adjetivo bueno que aparece en forma apocopada en la expresión el buen uso. Pero ya no se suelen confundir las soluciones de los problemas con el nombre de los problemas. Si uno intenta profundizar en este adjetivo, y empieza a indagar en su verdadero significado dentro de esa expresión, si se anima a estudiar su alcance y sus límites, se convertirá en gramático sin darse cuenta, y tendrá ante sí desde entonces una tarea infinita. El enorme valor de la obra de nuestro gramático no proviene, pues, de la autoridad de sus fuentes. Proviene del talento de su autor, de su penetración y de su saber.»

[Bosque Muñoz, Ignacio: "La búsqueda infinita. Sobre la visión de la gramática en Salvador Fernández Ramírez". En RAE]

«El Diploma Superior de Español (DSE) acredita la competencia lingüística necesaria para desenvolverse en situaciones que requieran un uso avanzado de la lengua española y un conocimiento de su cultura. Los exámenes recogen la variante peninsular en las pruebas de gramática y vocabulario, al ser elaborados por la Universidad de Salamanca. Sin embargo, en las pruebas objetivas, para evaluar la comprensión auditiva y lectora aparecen textos de autores tanto españoles como hispanoamericanos. En cuanto a las pruebas subjetivas, la expresión oral y escrita, el tribunal considera todas las variantes del español como variantes de prestigio, siempre que sea la norma culta

[Fundación Ortega y Gasset Argentina: Diplomas de Español como lengua extranjera]

«La lengua es un sistema de sistemas: el sistema fonológico, el sistema gramatical y el léxico semántico. Estos sistemas que están en la mente de cada hablante de una comunidad lingüística, solo se conocen por su realización colectiva que es la norma.

Es importante que los profesores sepan que cada comunidad utiliza, o mejor realiza, estos sistemas de una manera peculiar, es decir, que en cada lenguaje hay varias normas.

De aquí que la lingüística moderna rechace el término de "incorrecto" para realizaciones colectivas, que son creaciones particulares de un grupo social, pues siempre están dentro de las posibilidades de realización que ofrece la lengua como sistema, y que tienen vigencia en una comunidad, aunque no en otra. Así se habla de norma culta, norma literaria, norma popular, etc.

Por supuesto que el profesor en el aula debe usar la norma culta, aunque en sus relaciones familiares o íntimas realice formas de la norma popular.

En nuestro país hay el consenso de que hablamos mal el español, y esto es cierto hasta para algunos profesores si nos referimos a la norma culta.»

[Juan V. López Palacio: La maestría pedagógica: su perfeccionamiento a través del trabajo didáctico]

«Nosotros mismos creemos hablar la lengua española y cuando oímos a un andaluz o a un extremeño pensamos que ellos hablan un dialecto del español. Nada hay más falso. Tanto ellos como nosotros hablamos dialectos. Nadie habla la lengua española. Si un andaluz disimula su acento para adecuarse al nuestro, no ha pasado del dialecto a la lengua, sino de un dialecto de menos prestigio a otro dialecto de mayor prestigio.      

Las variedades sobre las que se basa lo que se conviene que es la lengua estándar, culta o común llegan a adquirir un prestigio que no proviene de consideraciones estrictamente gramaticales, sino de otras de cariz político y social. El basar una norma culta en un dialecto es un hecho puramente convencional desde el punto de vista gramatical y se explica por cuestiones de supremacía social, económica, militar, demográfica o política o de acuerdo dentro de una comunidad lingüística.

La lengua estándar considerada correcta y ejemplar en una comunidad nunca debería identificarse con el concepto de lengua abstracta que utilizan los lingüistas y gramáticos para darle una respetabilidad y objetividad científicas que no tiene en modo alguno. Los lingüistas deben ser los primeros en rebelarse contra este uso ideológico o político de los conceptos que utilizan en su quehacer científico.

En efecto, cuando se idealiza en una descripción lingüística y se habla, por ejemplo, de un hablante-oyente ideal localizado en una comunidad lingüística homogénea y a continuación se estudia únicamente una determinada variedad lingüística, que suele ser la lengua que se reconoce como estándar, se está privilegiando una variedad entre otras muchas y la descripción en su totalidad, por muy objetiva que sea, tiene un fundamento ideológico subyacente, que en modo alguno puede hacerla neutral, inatacable e inobjetable ideológicamente... la actividad de los gramáticos pasa así a estar al servicio del mantenimiento y valoración de una variedad concreta que se privilegia sobre las demás...Contra esta impresión, absolutamente falsa, tendrían que luchar denodadamente los lingüistas y gramáticos. Si no hay tantos estudios sobre variantes no estándar de una lengua se debe a ese mayor interés  de los lingüistas y gramáticos por hacer respetable su objeto de estudio mediante el acercamiento casi exclusivo a la variedad lingüística que se considera más respetable y social y académicamente rentable. A partir de todo lo dicho, es palmario que la idea de que las variedades lingüísticas que no se adecuan a la lengua estándar son peores, se ha utilizado en muchas ocasiones para justificar el racismo.

Este empeño por el mantenimiento de la unidad de una lengua dominante con una amplia extensión geográfica no puede consistir en impedir y enmendar las variedades o dialectos de una lengua pues tal tarea es manifiestamente imposible: sería ir contra la naturaleza misma de la lengua. La idea de impedir  que las variedades lleguen a constituirse como lenguas autónomas y distintas de la variedad estándar vale lo mismo, en las situaciones de dominio  y sometimiento, que negar a las comunidades que las hablan su derecho a ver reconocida su variedad como un instrumento de comunicación y de cultura situado a estos efectos al mismo nivel que la variedad estándar. Esta nivelación, en las situaciones de desequilibrio, supondría arrebatar a esa variedad estándar una de sus parcelas de poder idiomático y cultural. Por ello, defender la unidad de una lengua dominante equivale de hecho, en muchas ocasiones (no necesariamente en todas), a defender la imposición de una variedad lingüística sobre las demás. Esto es de hecho así, porque hemos intentado demostrar que la lengua estándar no es más que una variedad lingüística entre otras;: una variedad que ha visto privilegiada su situación por determinados factores de carácter extralingüístico (que nunca lingüísticos).»

[Juan Carlos Moreno Cabrera, catedrático de Lingüística de la Universidad Autónoma de Madrid. Del libro "La dignidad e igualdad de las lenguas" "Crítica de la discriminación lingüística", Alianza Editorial. En: Dignidad e igualdad de las lenguas.]

«En principio, la Institución a la que mayor autoridad se reconoce para marcar directrices normativas es la Real Academia Española, que fue creada precisamente con el fin de limpiar y fijar el idioma, y que se respaldó para ello en los escritores cuya autoridad era ampliamente aceptada (no es casual que la elaboración del Diccionario de Autoridades fuera su primera gran empresa). Pero, si exceptuamos las normas ortográficas, que en lo fundamental no han sido casi nunca discutidas (excepto particulares discrepancias sobre cuestiones de detalle), y en cuya reciente revisión han intervenido todas las Academias de la lengua española, la RAE no se ha mostrado partidaria de instrucciones rígidas. Así, en la Advertencia preliminar del Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, "anticipo provisional" (una provisionalidad que dura ya casi treinta años) destinado a convertirse en tratado gramatical oficial, se lee en caracteres destacados que carece de toda validez normativa. Tampoco los Diccionarios académicos son de uso, por más que a ellos se recurra a la hora de aclarar dudas y vacilaciones.

No se pone en duda que ninguna lengua, y especialmente si ha alcanzado el rango lengua de cultura, puede permanecer al margen de toda codificación externa. Ni siquiera los lingüistas son ajenos a la regulación de los usos, y los pocos que se sitúan en la posición extrema de prescindir de la lengua y considerar únicamente las variedades no han hecho más que añadir confusión. La ausencia total de orientaciones normativas constituiría el mejor caldo de cultivo para que progresara la fragmentación de la unidad idiomática, factura demasiado alta que nadie parece dispuesto a pagar voluntariamente. Y ello es así porque todo lo relacionado con los comportamientos sociales se mide, en el fondo, por las ventajas que derivan del cumplimiento de unas reglas. Es verdad que las transgresiones en el terreno de lo idiomático no acarrean, en general, sanciones predeterminadas, pero la forma misma en que se constituyen y se obedecen -o incumplen- las normas, aun siendo específica, no escapa a esa ley general.

En suma, ni los lingüistas pueden limitarse a ser notarios de lo que se pone en práctica, ni los "legisladores" pueden desentenderse de lo que, en virtud de la mencionada tendencia natural de los hablantes a coincidir, es decir, a la normalización, acaba por imponerse, aunque a veces se quebrante alguna regla prevista por el sistema. De lo que se trata, pues, es de encontrar la máxima conformidad entre las normas que se proponen para preservar la homogeneidad y la representación que de las mismas se van forjando los sujetos, de manera que resulten siempre justificadas y aceptables. La asunción de una norma no implica, obviamente, su aplicación por parte de todos, pero sí que en general se sienten copartícipes de ella, esto es, la comparten. Como lo usual y común no puede ser contemplado más que en términos proporcionales y relativos, cualquier instrucción normativa ha de hacerse siempre en función de la adecuación al concreto acto de comunicación, y no necesariamente a costa o en detrimento de otra u otras realizaciones. Desde luego, ninguna propuesta debe descartar nada de lo que haya alcanzado un grado suficiente de prestigio y consideración sociocultural en todos o una parte representativa de los miembros de la comunidad lingüística; concretarlo en cada caso no es tarea sencilla.

Ni siquiera son siempre nítidas, ni se pueden trazar de una vez por todas, las fronteras que separan lo correcto de lo incorrecto, a pesar de que la noción de corrección, indesligable de cualquier propósito codificador, no parece admitir gradualidad. Así, por ejemplo, por más que sigan censurados, no está claro que deban ser tachados, sin más, de incorrectos ciertos empleos de que, tan antiguos como el idioma, con los que se resuelve el declive de cuyo (ese chico que su padre es médico) o que eliminan la preposición que sintácticamente le corresponde (en la ventanilla está una mujer que lo primero que destaca en ella es su aspecto limpio). Y carece de sentido discutir acerca de si el voseo es o no correcto "en español", cuando se comprueba que, por ejemplo, los argentinos que lo practican saben discernir cuándo no deben o no les conviene utilizarlo. Más adelante hablaré de cómo una lengua ejemplar virtual cohesionada actúa como término de referencia para las variedades y se erige como representante modélico de la lengua histórica.

Hay que insistir en que todas las decisiones normativas han de ser justificadas desde y para los usuarios, y cohonestarse con las realizaciones normales y habituales que el uso ha terminado por consagrar. Quiero decir que la jerarquización que toda actitud normativa implica ha de estar fuertemente asentada en lo que verdaderamente se da, y que las razones que se aduzcan para determinar el prestigio y la superioridad de ciertos usos no pueden entrar en contradicción con la realidad aceptada. Son los hablantes, en definitiva, los que deciden marginar, desestimar, hacer caer en desuso e incluso provocar la desaparición de aquello que van considerando impropio o inapropiado, o inadecuado; o que juzgan chabacano, vulgar, incorrecto, etc.

Esta visión jerarquizada de los hechos idiomáticos no coincide, pues, con la que es consecuencia de esa especie de deformación jerárquica que ha mediatizado el trabajo de los estudiosos de las lenguas. No es casualidad que en la medida en que los lingüistas se han visto obligados a descender al uso real, la contemplación de las variantes como subordinadas a una invariante ideal (la perteneciente, se dice, a la norma culta, formal, o a la lengua ejemplar, aunque también es frecuente que se prefieran términos neutros o menos cargados de connotaciones, como común, estándar, etc.) ha ido cediendo ante otra que considera todas las realizaciones en pie de igualdad, solamente diferenciables en el seno de una escala gradual y multiparamétrica, en función de la incidencia de una serie de coordenadas de diversa índole que caracterizan las distintas situaciones comunicativas.

Pero tampoco coincide con ninguna de las que presiden los dos frentes de mayor proyección e irradiación de actuaciones lingüísticas: la política educativa, por un lado, sometida no pocas veces a algún tipo de elitismo, y, por otro, los medios de comunicación denominados de masas, excesivamente estandarizados y encorsetados. La instrucción idiomática ha de saber trazar el camino (DUCTUS) por el que llevar de la mano al escolar entre los extremos del laxismo y de la enseñanza de una norma única. El papel que le corresponde de conductor y de guía no puede cumplirse adecuadamente sin la virtud de la liberalidad y el respeto, pero sin deslizarse nunca por la pendiente de una mal entendida tolerancia. Sobre los usos lingüísticos de los medios de comunicación volveré al final para hacer algunas matizaciones.

No pretendo decir que el centro prioritario del interés de los lingüistas ni, mucho menos, de los profesores y de los profesionales de los medios de información, deba dejar de ser lo que conocemos como lengua culta, pero sí que ello no se traduzca en encerrarse rígida y exclusivamente en una sola modalidad de uso. Dicho de otro modo, que el concepto de norma culta sea mucho menos restringido y cuente con la adecuación a las condiciones propias de cada tipo de acto comunicativo. No otra cosa es lo que se quiere decir con expresiones populares como no me hables como un libro, cuyo sentido no puede ser el literal, de igual modo que la afirmación de Valdés escribo como hablo o la de Juan Ramón Jiménez no hay que hablar como se escribe, sino escribir como se habla no pueden entenderse más que como la expresión de un ideal estilístico.

La delimitación de una única norma culta, tenida por superior, tropieza continuamente con la pluralidad y relatividad que la adecuación discursiva impone. Importa aclarar la idea de adecuación de los usos a las circunstancias en que tiene lugar cada tipo de acto comunicativo, porque, de lo contrario, el grado de aceptación social de cada uno de ellos no puede ser bien definido. La línea divisoria de las actuaciones idiomáticas no depende sólo de que el canal o medio sea oral o escrito, sino también de la complicidad o distanciamiento entre los participantes. Así, la posibilidad de explotar procedimientos contextualizadores como los prosódicos establece una separación entre discursos orales y escritos, pero puede variar radicalmente el tipo de control estructural que dentro de los primeros se ejerce. Muchas estructuras habituales en la conversación coloquial prototípica no pasan -salvo que deliberadamente se pretenda, como diré al final -a la escritura ni a la oralidad formal, y viceversa. En general, la sintaxis tenida por cuidada y estándar y la técnica constructiva dominada por la eficacia predicativa y pragmática se combinan en proporción inversa al grado de inmediatez o proximidad de la situación comunicativa. Básicamente, es lo que distingue un discurso no propiamente interlocutivo, sobre todo si es escrito, del que sí lo es, especialmente si es oral y si es muy amplio el campo de los supuestos compartidos por quienes dialogan.»

[Victor Mendez (Academia de Historia, Colombia): De lo policéntrico(a) y multicéntrico(a) de(l) lengua(je)]

«La norma culta española

La vitalidad de la lengua española se echa de ver no sólo en su creciente difusión, sino también en la fundamental unidad que ofrece, a pesar de usarse en tierras y ámbitos sociales tan diversos. Esta cohesión se debe principalmente a la robustez de la tradición literaria, que mantiene vivo el sentido de la expresión correcta. El uso culto elimina o reduce las particularidades locales para ajustarse a un modelo común, que dentro de España se ha venido identificando con el lenguaje normal de Castilla. Las diferencias aumentan conforme es más bajo el nivel cultural y menores las exigencias estéticas; entonces asoma el vulgarismo y se incrementan las notas regionales. Pero es muy significativo que los rasgos vulgares sean, en gran parte, análogos en todos los países de lengua española.

Es difícil establecer lo que puede ser la norma culta de la lengua española, máxime si tenemos en cuenta la extensión y la diversidad geográfica y social que se ha mencionado. En los Estados Unidos, hace muchos años, se optó por la solución práctica, con fines didácticos, de tomar por norma culta la que se establecía a partir del habla de informantes cultos, universitarios, siempre que la sociedad la aceptase como tal, y dio buen resultado. Evidentemente, esta norma así establecida difiere de la literaria, pero así como ésta puede ser divergente en ciertos sectores por la imposibilidad de ser alcanzada, la otra es al final convergente y se aproxima más de lo que parece a la norma literaria. Posiblemente sería esta la solución que habría que adoptar en nuestro ámbito hispánico.

[La extensión e importancia del español actual]

NORMAS CULTAS:

Hay que buscar la integración respetando la diversidad

La integración de las diversas normas cultas que componen la amplia comunidad de la lengua hispana es uno de los objetivos de los proyectos  Gramática Normativa de la Lengua Española  y Diccionario panhispánico de dudas que lleva adelante la Real Academia Española (RAE) y en los que colabora el lingüista Leonardo Gómez Torrego.

El experto, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid (CSIC), explicó, en una entrevista con Comunica, la necesidad de aumentar el contacto con los académicos y filólogos del mundo hispano para conocer y registrar con profundidad las variantes de nuestro idioma.

Gómez Torrego también opinó sobre la enseñanza de la gramática en la actualidad y sobre la urgencia de mejorar el aprendizaje del castellano en niños y jóvenes.

-¿Cuáles son los motivos que hacen necesaria la elaboración de una gramática normativa?

-Se busca describir y explicar la norma dentro del español, sobre todo para preservar la unidad del español culto. Ése es el sentido de una gramática normativa que, según mi opinión, debe ir siempre acompañada de una parte descriptiva, porque si se da una visión descriptiva de qué es la lengua, se tiene la base para poder después dar la norma correspondiente. Si no tienes esa base, parecería que las normas no tienen sentido.

-¿Hemos llegado a un consenso entre todos los hispanohablantes sobre qué es la norma culta, teniendo en cuenta la gran cantidad de países que forman el mundo hispano?

-Yo creo que sí, sabiendo, lógicamente, como sabemos, que la norma culta es un concepto abstracto y como tal no tenemos fronteras para decir hasta aquí llega la norma culta y a partir de aquí no es norma culta.

Todos tenemos la intuición de que es la norma culta, que suele reflejarse siempre en los grandes escritores, no tanto los poetas, que tienen lo que podríamos llamar una «licencia» para poder romper cuando quieren el sistema, cuanto los ensayistas, que emplean un lenguaje menos literario, los columnistas de periódicos y luego los personajes de la talla de Borges, de García Márquez. Ellos tienen que ser una referencia para esa norma culta porque está siempre muy ligada al lenguaje escrito, aunque esto no quiere decir que en la lengua hablada no haya también norma culta, porque normalmente una persona que tiene un vocabulario selecto, rico, también lo utilizará cuando esté hablando con interlocutores cultos. Una persona que maneja estas normas muy rara vez cometerá errores de gramática, de concordancias, en una conversación, pese a que la oralidad es más informal que la escritura.

En definitiva, yo creo que sí, que podemos entre todos intuir qué es la norma culta, asociada al lenguaje escrito.

-¿Existen diferencias entre la norma americana y la española? Hace pocos años, cierta tradición identificaba lo normativo, lo correcto, con el español peninsular…

-Bueno, hay algunas diferencias, pero muy pocas en lo que es el nivel culto de la lengua. Hay en cambio muchas diferencias naturalmente en los registros coloquiales. Pero eso pasa también en España, donde hay muchas variaciones entre un señor de Sevilla y un señor de Galicia, por ejemplo.

Sin embargo, en lo que se refiere a la norma culta, sobre todo en la lengua escrita, la situación es bastante uniforme y las variantes son mínimas.

Con relación a América, está claro que hay varias normas cultas, no hay una sola: Argentina, el Cono Sur, Centroamérica… pero esas variantes cultas que se dan en esos países no son variantes que haya que denigrar porque no se den en España. Hay que tenerlas muy en cuenta porque lo que hay que hacer es no restar sino sumar. Es decir, sumar las variedades cultas de cada uno de los países hispanoamericanos a la de España, y eso es fácil porque, repito, que las variantes son muy pocas.

-¿Es en el nivel léxico donde se dan las mayores diferencias?

-Sí, dentro de los planos de la lengua es lógicamente en el léxico donde se dan mayores diferencias. Pero para ello están saliendo ahora muchos diccionarios de americanismos y eso es muy positivo para entender el significado de esas palabras fuera de España.

Pero aquí en España pasa lo mismo: si usted va a Andalucía verá que hay palabras que en Madrid no se usan, y en Madrid palabras que no se usan en otras regiones. El vocabulario es muy disperso, no sólo en América sino también en diferentes partes de la Península Ibérica.

Sin embargo, la gramática cambia muy poco, sólo unas cuantas variantes, como la formación de diminutivos; por ejemplo «trencito» en América y «cafelito» en España. Pues esas variedades, que probablemente no superen las veinte o treinta, las dice también una persona culta y hay que registrarlas.

En síntesis, donde hay mucha variedad es en el léxico, sobre todo en el lenguaje informal del coloquio, pero no en la lengua escrita. Cuando me dan un periódico de Argentina o de Venezuela, casi todo lo que está escrito allí lo hubiera escrito un español. Puede haber algunas variantes, como puede ser lo que llamamos el «que galicado», que en América está muy extendido, como cuando dicen «Fue por él que hice tal cosa»; aquí decimos «Fue por él por el que», o «por quien hice tal cosa», pero son variantes cultas ambas, porque esa expresión galicada también la escriben personas cultas de esos países. Por tanto, hay que integrar las normas cultas hispanoamericanas a la norma culta española y hacer gramáticas, diccionarios de dudas de carácter panhispánico, donde se vea perfectamente cómo se respetan las distintas normas cultas de cada uno de dichos países. Es decir, debemos integrar todas las normas cultas en una sola, pero dando cuenta de todos los fenómenos diversos que se dan.

-¿Con qué dificultades debe enfrentarse la comunidad académica e intelectual para crear un proyecto panhispánico? ¿Distancias geográficas, problemas económicos, diferencias ideológicas? ¿Hay prejuicios que nos separan?

-Yo creo, en este momento, que esos prejuicios los tienen los americanos con relación a España. Todavía hay mucha gente en Hispanoamérica que cree que hay que hablar como hablan los españoles, que el español de España es la norma auténtica y que las variantes americanas son una especie de lenguas mal habladas o mal escritas, y eso es lo que hay que eliminar.

También es verdad que en España algunas personas que pertenecen a una clase culta o muy culta, incluso académicos, tienen cierto recelo, ciertas resistencias a abrirse a las variedades de Hispanoamérica. Pero están equivocados, se debe admitir lo que se dice en América pero no obligar a nadie a incorporarlo, como tampoco se puede obligar a los hispanoamericanos a hablar como se habla en este país. En España tenemos cada vez más claro que hay que ir  a un conjunto de normas panhispánicas y legitimarlas todas, siempre que pertenezcan a un nivel culto.

-¿Qué iniciativas de estudio e investigación tendrían que llevarse a cabo en común entre España y América?

-Falta contacto entre lingüistas españoles e hispanoamericanos para trabajar en proyectos conjuntos. Yo echo mucho de menos un proyecto en el que participáramos gramáticos españoles, argentinos, chilenos, venezolanos, todos juntos, en esa obra panhispánica.

Algo de eso se está haciendo en el Diccionario Panhispánico de Dudas de la Real Academia Española (RAE), porque hay representantes de las academias americanas trabajando con la RAE. Por lo tanto algo se está consiguiendo ya, pero es todavía muy poco.

Tenemos representantes de EE.UU., del Caribe, con María Vaquero; de Venezuela, con Josefina Tejera; de Ecuador, con Susana Cordero; de México con Moreno de Alba; y de Chile con Alfredo Matus.

En Argentina, teníamos a Ofelia Kovacci pero desgraciadamente falleció.

Todos estos expertos son pocos para la cantidad de países americanos que hay, y a esto se suma que la información con la que trabajamos es insuficiente, necesitamos muchos más datos de estudios, mucha más información de las realidades cultas de Hispanoamérica, porque muchas de ellas no las conocemos. Además, las Academias están en una situación no demasiado próspera en cuanto a recursos y medios, y esto dificulta el trabajo; por lo tanto, si en un diccionario de dudas no sale una variedad culta de Argentina o de Chile es porque no tenemos noticia de que existe; en cambio, esta situación cambiaría si se hicieran trabajos conjuntos entre España e Hispanoamérica, con muchos lingüistas, y cada uno mandara el fenómeno que creyera oportuno.

Por ejemplo, en Ecuador pertenecería incluso a la norma culta una perífrasis verbal que aquí nadie entendería: «dame pasando el diccionario». Esto es una forma culta y cortés para evitar el imperativo directo «pásame». Y creo que esto es así por influencia de una lengua indígena suya que usaba ciertos verbos como auxiliares que aquí no se usan.

Pues de estos fenómenos hay que dar cuenta y poner una marca diciendo que en Ecuador se legitima como correcta esta expresión en el nivel culto, lo cual tampoco quiere decir que  estemos obligados a decir «dame pasando». No lo diremos nunca porque nunca lo hemos dicho, pero lo legitimamos y hacemos ver que es un fenómeno que no hay que perder, porque una lengua siempre es una riqueza. Todo lo que sea añadir, conjuntar, integrar realidades siempre es importante.

-¿Considera usted que hay un deterioro en la enseñanza de la gramática en la escuela primaria y secundaria en los últimos años?

-Lo hay, lamentablemente lo hay. Lo que pasa es que el problema es muy complejo. Hay un deterioro grande, primero porque los planes de estudio han sido demasiado débiles a la hora de exigir «carga» lingüística en esos planes y los políticos no han sido muy sensibles al fenómeno de las Humanidades en general y de la lengua en particular. Los programas traían unos temas demasiado amplios pero no se sabía muy bien qué hacer con esos temas. Esa puede ser una razón del deterioro.

Otra razón es que estamos en una sociedad bastante enclenque en ciertas cosas, bastante débil. Se les dan demasiados derechos a los alumnos, pero no se les dice nada de las obligaciones que tienen que tener y las obligaciones y los derechos deben ir juntos, de forma paralela. Los alumnos se han creído con derechos y casi nunca con deberes, y entonces no estudian las materias como debieran hacerlo. Además hay una especie de idea de que «aquí vale todo», «aquí pasa todo el mundo de curso» aunque no se sepa nada.

Sin embargo, me parece positivo que haya un cierto grado de exigencia, que el alumno se acostumbre a luchar y a sacrificarse en el estudio, que el estudio no tiene por qué ser siempre lúdico… Eso es una falacia que nos ha llegado de la mano de esos planes de estudio a los que me he referido antes. Con los niños pequeños claro que tiene que ser lúdico, pero a partir de los diez o doce años, el alumno tiene que tomar conciencia de que si quiere hacer algo importante en la vida le va a costar trabajo y tiene que hacerlo sacrificándose, y si se tiene que examinar, se tiene que examinar; y si tiene que recibir una calificación, se pone una calificación, para que el alumno se esfuerce.

Ahora ha habido aquí en España durante unos meses un programa de televisión, llamado Operación Triunfo, que ha sido muestra inequívoca de cómo se pueden hacer cosas muy importantes con el sacrificio, con el trabajo diario. Y esto es lo que habría que inculcar en los colegios, en los institutos. Todo el mundo tiene que aprender lo que es un adjetivo, aunque no sea más que por cultura general; que no confundan un adjetivo con un verbo es algo elemental.

-¿No cree también que se «demonizó» la enseñanza de la normativa, de la gramática?

-No lo sé. Pero creo que, para un alumno de enseñanza secundaria, hablar de escuelas lingüísticas como el estructuralismo u otras puede no ser necesario. Simplemente lo que tiene que ver el alumno en el estructuralismo (sin saber lo que es el estructuralismo) es que toda oración o todo enunciado que expresa en un momento determinado, está perfectamente organizado, y tiene que darse cuenta de que esa organización es una estructura, y por tanto está compuesta de partes que a su vez se integran siguiendo unas reglas que hay en el sistema. Pero no hace falta darles teoría sobre el estructuralismo sino hacerles ver cómo se pueden engarzar las palabras para que aquello tenga sentido y para que aquello resulte cohesionado. Que no se convierta eso en anacolutos: es decir, que empiezan a hablar con un sujeto, luego rompen, meten un verbo que no corresponde a ese sujeto…. Esa desorganización aquí en España ha aumentado muchísimo en los últimos años a la hora de hablar. Hay personas que opinan que ello se ha incrementado porque ahora estudia mucha más gente y esto también es cierto. Hace veinte o treinta años estudiaban sólo los electos, gente más bien de clases ya más o menos cultas, o niños pobres que estaban becados porque habían demostrado que tenían un nivel cultural alto, y ahora se ha masificado la enseñanza, y en la medida en que se masifica la enseñanza, es posible que veamos o notemos que se producen más errores. Puede ser una causa también.

-¿Qué medidas se pueden tomar para revertir estos problemas?

Entiendo que los libros de texto están muy cargados de teoría lingüística y son muy parcos en cuestiones más prácticas y yo creo que debería ser al revés. Los libros de lengua deben ser muy prácticos, enseñar a escribir, enseñar a leer, enseñar a comentar un texto, a saber qué es lo que dice un texto. Y luego la parte teórica se puede dar en cursos más avanzados.

Un alumno de 14 años no tiene por qué saber qué es un «conector» por ejemplo, pero sí tiene que saber usar los conectores; que no sólo se limite a usar «y» o «que», ha de saber que hay otros conectores muy importantes «además de», «sin embargo», «no obstante», que existe una variedad de conectores y luego deberá usarlos. Y esto no se hace; al niño se le mete demasiada teoría que no vale para nada y con eso lo que se consigue es que la gente se aburra soberanamente y termine odiando las clases de lengua. (Comunica. 10-03-02).

[Unidad en la diversidad. Programa informativo sobre la lengua castellana]

Tema: Comunicación. Normas y Estratos 

No todos los que compartimos el mismo idioma lo utilizamos de la misma manera . Muchas de estas diferencias dependen de factores relativos a causas socioeconómicas y a diversidades en los empleos que se hacen de los mismos .

Todos los hispano parlantes poseemos el mismo ideal de lengua y esto permite la llamada uniformidad o referente común. pues tendremos que aceptar que distintos usuarios del español emplean bien o mal el idioma común ,independientemente de las variantes legítimas propias de su lugar de origen  

Estratificación lingüística

Los factores relacionados con la instrucción  determinan la existencia de dos variedades de nuestra lengua. Esta clasificación está relacionada con variantes socioeconómicas  que han permitido a los individuos un acceso mayor o menor a la educación.

Norma culta: 

Esta norma corresponde al ideal de la lengua forjado a lo largo de siglos por los hispano parlantes. Esta norma resulta de de las personas instruidas y de los escritores de ambas orillas del atlántico,   codificada por los gramáticos y lexicólogos y enseñada en la escuela.

En este último aspecto ha sido decisivo el trabajo unificador de la Real Academia Española (RAE)  fundada en 1713  con la misión de :

“fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad , elegancia y pureza“ 

Norma inculta

Corresponde al empleo del idioma que realizan los individuos insuficientemente instruidos , y se manifiesta con pronunciaciones ,palabras y construcciones sintácticas deficientes en nuestro idioma

¿Por qué importa la norma?

La norma lingüística es muchas veces desdeñada por miembros de la comunidad quienes olvidan que nuestra presencia en la actividad social será tanto más importante cuando mayores sean nuestras posibilidades de comprender y de hacernos entender

La norma es el conjunto de usos que la comunidad de hablantes se ha ido dando a lo largo del tiempo considerándolos preferibles a otros que también eran posibles, pero que resultan ser mal aceptados. El apego a la norma es lo que otorga corrección a nuestro idioma. El ignorarla o no obedecerla produce la incorrección idiomática y es causa de muchos vulgarismos.

Lenguaje formal e informal   

Determinaremos también  la clasificación de formalidad e informalidad en el lenguaje dependiendo de las circunstancias en que se producen las distintas situaciones comunicativas.

La norma culta formal

Se emplea en situaciones formales cuando una persona culta habla con otra igualmente culta , en una conferencia , en una clase y en general en una situación protocolar .

Esa misma persona en su casa, con los familiares y amigos  emplea la norma culta informal puesto que la situación lo amerita. Incluso puede darse que esta misma persona utilice la norma inculta  para conseguir determinados efectos estilísticos en situaciones coloquiales o simplemente informales

La norma inculta informal  

Esta corresponde al  uso del lenguaje que realiza la persona inculta en situaciones formales tratando de adaptarse al nivel de su interlocutor. Aunque desde el punto de vista lingüístico  cualquiera de estas normas es correcta porque corresponden a diferentes hábitos lingüístico , a diferentes realizaciones del código de la lengua ,es indudable que ubican a los hablantes en un nivel sociocultural determinado y que la aceptación en los otros niveles socioculturales está en gran parte determinada por el empleo de estas formas.

[Aula en Línea. Lengua Castellana]

LA NORMA LINGÜÍSTICA HISPÁNICA

Juan M. Lope Blanch. UAM Mëxico

"Como anillo al dedo. Oportuna, adecuadamente. Ú. con los verbos venir, caer, llegar, etc.", indica el DRAE (s.v. anillo). "Paréceme [también a mí] que no hay refrán que no sea verdadero" (Quijote, I, cap. xxi), pues en verdad que como anillo al dedo me ha quedado la invitación para decir algo sobre el tema de la norma hispánica y sobre las otras normas...

Me permitiré recordar, para justificar tal aseveración, que hace ya más de siete lustros –37 años, para hablar con precisión– presenté a la Comisión de Lingüística y Dialectología Iberoamericanas del PILEI, que me honraba en presidir, el "Proyecto de estudio coordinado de la norma lingüística culta de las principales ciudades de Hispanoamérica", proyecto que fue acogido favorablemente y, en consecuencia, aprobado por los integrantes de dicha Comisión. Un año después la Asociación de Academias de la Lengua Española, al celebrar su IV Congreso (Buenos Aires, 1964), resolvió "recomendar a las academias que apoyen [el] proyecto", resolución que nunca llegó a hacerse realidad, no obstante lo cual el Proyecto se ha venido desarrollando a lo largo de los años, merced al respaldo de las principales instituciones filológicas del mundo hispánico.

Durante todos esos años, no he dejado de ocuparme y de preocuparme en y por el tema de la norma lingüística, en su nivel culto, por ser éste el que rige prioritariamente la vida de las lenguas de cultura. Diversas publicaciones mías dan prueba de ese apasionado interés. Dado lo cual, no será necesario advertir que todo, o casi todo, lo que pueda decir en las páginas que siguen, lo habré dicho ya en algunos de esos ensayos.

El Proyecto mencionado nació en mí con el propósito de que pudiéramos llegar a determinar cuáles son los hechos lingüísticos propios de cada norma geográfica –de cada dialecto culto hispánico– que las caracterizan y, a la par, diferencian a unas de las otras. Esto es: me parecía necesario llegar a saber qué nos separa y qué nos une, desde el punto de vista lingüístico, a los países hispanohablantes.

Consideraba en aquel entonces que el temor de Andrés Bello y de Rufino José Cuervo en torno a la posibilidad de que la lengua española llegara algún día a convertirse "en una multitud de dialectos irregulares, licenciosos, bárbaros; embriones de idiomas futuros", podría ser un temor suficientemente justificado. Como lo consideró muchos años después Dámaso Alonso, haciendo gala de su impetuoso apasionamiento, fruto de su apasionado amor por la lengua española, el cual le impulsó, una y otra vez, a insistir, como "moscardón testarudo", en la necesidad, en la obligación, por parte de todos los hispanohablantes, de esforzarnos por mantener la unidad fundamental de nuestra lengua. Modestamente, también yo, "como mosquito impertinente", he insistido en la conveniencia de no descuidar el buen uso de nuestro idioma, de tratar de evitar o, al menos, de retardar todo lo posible la "evolución diversificadora", que tanto preocupaba a Dámaso Alonso (loc. cit.). Me parecía, y me sigue pareciendo, indispensable conocer cómo son, en nuestro tiempo, las hablas cultas de las principales ciudades del mundo hispánico, en cuanto focos de irradiación lingüística ‘modelos’ dentro del ámbito geográfico correspondiente a cada una de ellas.

Las investigaciones realizadas hasta el momento parecen probar que la unidad esencial de la lengua española está sólidamente establecida, y que el temor a una posible fragmentación idiomática de nuestra lengua común está muy lejos de corresponder a una amenaza real histórica. No puedo adivinar, naturalmente, qué podrá suceder en lo que Dámaso Alonso denominó la posthistoria por oposición a la prehistoria.

Ahora bien, para lograr esa homogeneidad lingüística entre las hablas de 20 países soberanos, me parece que la aceptación, por parte de todos, de una norma hispánica general sería condición muy favorable. Bien se sabe que el concepto de norma lingüística es un concepto absolutamente relativo; que cada dialecto posee una o varias normas particulares, propias, válidas todas ellas dentro de sus diversos límites geográficos o socioculturales. Me parece obvio el hecho de que dialecto es toda manifestación real del sistema lingüístico abstracto que es la lengua, de manera que la lengua española está integrada por una gran variedad de dialectos nacionales y de subdialectos regionales, comarcales, locales y aun individuales –idiolectos–, cada uno de los cuales, por su parte, estará integrado por dialectos socioculturales diversos. Concepción ésta de dialecto y lengua que no tiene nada de original en mí, sino que cuenta ya con casi cuatro siglos de vida: "Ase de advertir –escribía en 1625 el Maestro, genial maestro, Gonzalo Correas– que una lengua tiene algunas diferenzias, fuera de dialectos particulares de provinzias, conforme a las edades, calidades, i estados de sus naturales, de rrusticos, de vulgo, de ziudad, de la xente mas granada, i de la corte, del istoriador, del anziano, i predicador, i aun de la menor edad, de muxeres i varones: i que todas estas abraza la lengua universal debaxo de su propiedad, niervo i frase: i a cada uno le está bien su lenguaxe, i al cortesano no le está mal escoxer lo que pareze mexor a su proposito como en el traxe: mas no por eso se á de entender que su estilo particular es toda la lengua entera, i xeneral sino una parte, porque muchas cosas que él desecha, son mui buenas i elegantes para el istoriador, anziano i predicador, i los otros". Queda bien claro: cada dialecto tiene su propia validez y se rige por una norma particular válida en su ámbito comunicativo; y el hombre culto, "el cortesano" hace bien en hablar como parece mejor, es decir de acuerdo con una norma culta superior, pero no exclusiva ni negadora de la validez de las otras normas.

Mas no cabe duda de que esa norma culta, dentro de cada dialecto geográfico, es la que dirige la vida del idioma, la que da la pauta y sirve de modelo a muchas de las otras normas, y, sobre todo, la que más contribuye a mantener la unidad fundamental, básica, de la lengua, gracias a su proximidad con otras normas cultas de dialectos geográficamente distintos. En no pocos casos hay menos diferencias entre dos normas cultas de países diferentes, que entre las normas culta y popular de una misma ciudad. De ahí mi interés por estudiar –por lograr que fuera estudiada– la diversidad de "las normas cultas de las principales ciudades de Hispanoamérica".

Y ello fue desembocando en un nuevo océano de cuestiones lingüísticas. Primordialmente, en uno capital, de que me he ocupado ya, aunque siempre muy brevemente, en ocasiones anteriores: el concepto de norma hispánica ideal, dependiente de un ideal lingüístico colectivo. Aunque cabe preguntarse: "¿Existe, en realidad, un ideal de lengua? Y en el caso particular del español ¿existe, en verdad, un ideal de lengua hispánica? No dudo en dar respuesta afirmativa a ambas preguntas. Creo que en el seno de cualquier sociedad humana late –con mayor o menor fuerza– un ideal de lengua superior, una aspiración hacia un idioma perfecto, ejemplar, paradigmático; y ese ideal, esa aspiración, responden al afán general de superación, el ansia de perfeccionamiento que ha llevado al hombre desde las ramas de los árboles o desde las penumbras de las cavernas hasta la superficie de la luna. Y dentro de ese afán general de progreso y de superación, ocupa un lugar destacado el ideal de perfeccionamiento lingüístico, evidente no sólo en los grandes escritores o en quienes de la lengua viven o se ocupan, sino en todos los hombres que sean verdaderamente humanos, esto es, que posean ese impulso de superación general, distintivo de la especie humana". Pensaba también así aquel gran filólogo hispanista argentino–venezolano, Ángel Rosenblat: "El ansia humana de inmortalidad se proyecta también sobre la lengua, que anhelamos ver siempre engrandecida y eterna". Es evidente que en cada país hispanohablante existe una norma lingüística ejemplar, paradigmática, a la que los habitantes de cada nación tratan de aproximarse cuando de hablar bien se trata. Suele ella ser la norma culta de la ciudad capital: la madrileña para España, la bogotana para Colombia, la limeña para el Perú, etc. Éstas serían las normas ideales, o ejemplares, nacionales: española, colombiana, etc. Pero ¿existirá también una norma ideal internacional –española y americana–, una norma hispánica? Creo que sí: será ella la norma ideal de la lengua española, no ya la norma ideal del dialecto castellano, o del dialecto colombiano o del dialecto argentino, etc. Será ella la norma que reúna y compendie los hechos lingüísticos propios y comunes de todas las normas cultas nacionales. Norma ideal, por cuanto que no será la norma real de ninguna de las hablas hispánicas. Dicho de otra manera, esa norma hispánica ideal no debe identificarse con ninguna de las normas cultas nacionales. La norma hispánica no coincidirá plenamente ni con la norma castellana, ni con la mexicana, ni con la argentina ni con ninguna otra norma nacional americana. Creo que ya va siendo innecesario reiterar que la lengua española no es sólo la lengua de España, sino también la de otras 19 naciones soberanas. Permítanme recordar las palabras de Dámaso Alonso: "En el siglo xix era idea general la de que los españoles éramos los amos de nuestra lengua. En el momento del siglo xx en que vivimos (escribía esto don Dámaso en 1980), quizá ya esa idea no sea tan general, pero me parece que quedan muchos restos de ella ...

Hace algunos [años] publiqué un artículo cuyo título era precisamente "Los españoles no somos los amos de nuestra lengua". No lo somos. Los amos de nuestra lengua formamos una inmensa multitud de varios cientos de millones de hombres que hablamos español, todos somos los amos conjuntamente; pero por ser los amos de nuestra lengua todos tenemos deberes ineludibles para con ella, especialmente los millones y millones de hispanohablantes que hemos pasado por una educación de cultura". Ese ideal de lengua hispánica, repito, incluirá en su seno las formas y construcciones gramaticales propias de todas las hablas cultas nacionales, pero rechazará lo que la mayor parte de estas últimas rechacen como impropio, anómalo o incorrecto, por más que alguna -o una minoría de ellas- lo acepte como válido. Por ejemplo: la norma culta mexicana acepta -aunque no sea fenómeno totalmente generalizado- la diptongación de algunos hiatos, como puede ser el caso de [pjór] en vez de peor, o de [kwéte] en lugar de cohete. Pero es obvio que tal fenómeno queda excluido de la norma hispánica superior, por cuanto que la mayor parte de las normas cultas nacionales rechaza tales diptongaciones.

Cierto que no todos los hispanohablantes tienen conciencia de ese ideal de lengua hispánica ni de su necesidad o, siquiera, de su conveniencia. Pero es indudable que todos deberíamos poseerla, al menos los "millones de hispanohablantes que hemos pasado por una educación de cultura"; y en especial –añadiría yo– quienes nos consideramos lingüistas y nos dedicamos a su estudio... o a su manejo literario, huyendo de toda ridícula pretensión de originalidad personal. Que la lengua –toda lengua– es una cosa muy seria, y congresos como éste no deben admitir "puntadas" o boutades de ninguna clase.

El ideal de norma lingüística hispánica, reitero, existe sin duda alguna, aunque no todos los hispanohablantes tengamos consciencia de ello. Lo cual es un inconveniente grave para su implantación general. Eugenio Coseriu se ha referido también a la necesidad de que exista una "ejemplaridad" idiomática hispánica, pero advierte que para ello es indispensable que haya una firme voluntad lingüística en tal sentido por parte de todos los hispanohablantes; lo triste es –considera Coseriu– que "lamentablemente, parece que precisamente esta última falta o es, por el momento, muy escasa en el mundo hispánico". Deberíamos, pues, de esforzarnos por ampliarla y transmitirla a todos los hispanohablantes; porque, como Andrés Bello proclamaba, es muy "importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes".

Decía líneas antes que la norma ideal hispánica estaría constituida por la totalidad de los hechos lingüísticos comunes a todas las normas nacionales cultas, de reconocido prestigio. Y el caso es que la inmensa mayoría de las formas gramaticales de nuestra lengua son, por fortuna, las mismas en todas partes. Por ello, acercarse a esa norma hispánica, sumarse a ella, no habrá de ser nada difícil. Las diferencias nacionales de carácter gramatical entre las hablas cultas de los diversos países hispanohablantes son pocas, muy pocas. No aludo ahora a las diferencias de carácter léxico, sino a la estructura gramatical del idioma español, incluyendo dentro de ella al sistema fonológico (no al fonético). Existen, sí, algunas divergencias gramaticales entre unas y otras normas cultas de los países hispanohablantes. En anteriores ocasiones me he referido ya a ellas; recordaré ahora algunas, a manera de ejemplo. El uso de los pronombres personales y posesivos permite advertir cierta diversidad: el plural de es vosotros en España, pero lo es ustedes en prácticamente toda América; paralelamente, el plural de tuyo es vuestro en Castilla, pero suyo en Hispanoamérica. El personal de España y de muchos países americanos, México entre ellos, es vos en otros, dentro de normas lingüísticas de alto prestigio, como la argentina o la uruguaya. La distribución de empleo de los dos pretéritos de indicativo, canté y he cantado, es diferente en España y en, al menos, varios países de América (y aun hay diferencias dentro del español europeo). La preposición hasta, así como la locución conjuntiva hasta que, expresa el límite final de una acción, tiempo o espacio en España y en la casi totalidad de los países americanos, pero en México puede referirse al límite inicial: "Se casó hasta los 40 años". Y acaso pudiera aumentar la enumeración de discrepancias hasta alcanzar un número posiblemente inferior al de los dedos del cuerpo humano. Pero ¿qué porcentaje representarían unas decenas de fenómenos gramaticales divergentes, frente a los miles y miles de formas gramaticales y de construcciones sintácticas en que todas las hablas hispánicas convergen plenamente? Pues bien, esos miles y miles de formas y de construcciones lingüísticas constituyen el edificio común de la lengua española, en que habitan armoniosamente todos los dialectos nacionales cultos, de alto prestigio.

Ahora bien, ¿cómo delimitar, cómo definir o establecer la norma hispánica general en los casos en que haya divergencias entre las diversas normas nacionales? Pueden presentarse dos situaciones diferentes: Una, que la forma propia de una de esas normas sea gramatical o socioculturalmente menos justificable que la otra forma en conflicto. Dos, que ambas formas sean igualmente justificables y estén respaldadas, cada una de ellas, por una norma nacional de prestigio. En el primer caso, no deberá haber conflicto: la forma divergente, menos justificable lingüística, histórica o geográficamente, no podrá considerarse como propia de la norma hispánica, aunque sea válida en una -o varias- normas nacionales. En el segundo caso, más delicado, habrá que aceptar las dos formas divergentes como propias de la norma hispánica, es decir, habrá que aceptarse una dualidad o una pluralidad de normas diferentes dentro de la norma hispánica ideal. Trataré de ejemplificar ambas posibilidades, así como, también, de proponer procedimientos o métodos capaces de determinar la superioridad de una forma sobre otra diferente.

Primera situación: La norma culta mexicana acepta la falsa pluralidad del pronombre átono lo, la en el sintagma se lo con complemento indirecto plural: "(El libro) se los di a ellos", construcción obviamente agramatical, que no aceptará la norma hispánica. Por otra parte, la norma lingüística madrileña admite la inclusión innecesaria de la preposición a en el sintagma a por (recuérdese el famoso "A por los trescientos" prebélico), cosa que no deberá formar parte de la norma hispánica general. En el dominio fonético: la diptongación de ciertos hiatos admitida en el habla culta mexicana, en casos como [tjátro], [pjór], [pwéta], [asálja], no podrá formar parte de la norma hispánica, que mantiene los hiatos debidamente: teatro, peor, poeta, azalea. Paralelamente, el rehilamiento ensordecido de la palatal sonora /y/, propio de las hablas cultas del Río de la Plata, con Buenos Aires y Montevideo a la cabeza, en casos como [mášo] por mayo, o [káše] por calle, no formará parte de la norma hispánica culta, que ha mantenido la palatal en su sonoridad fricativa no rehilada: [máyo], [káye]. Por similar razón, la eliminación de la sonora dental /d/ en la terminación –ado, aceptada por la norma culta castellana y de otras regiones -[soldáo], [kansáo], [demasiáo], en vez de soldado, cansado, demasiado- deberá ser rechazada por la norma culta hispánica, que mantiene debidamente la sonora dental.

Segunda situación: Las dos formas lingüísticas divergentes reúnen características o méritos suficientes para ser tenidas como absolutamente válidas dentro del habla culta hispánica. Tal cosa sucede, por ejemplo y dentro del sector fonético, en el caso del seseo: La distinción s/–de [kása] frente a [káza]– es evidentemente minoritaria dentro del conjunto de hablas hispánicas; el seseo se ha generalizado en las hablas americanas y aun en algunas españolas, como las canarias y andaluzas; pero sería difícil proscribir la distinción castellana s/, históricamente por completo justificada, y fonológicamente enriquecedora del sistema fónico español, y respaldada, además, por la ortografía tradicional –secular– de nuestra lengua. Seseo y distinción deben ser soluciones igualmente válidas para la norma hispánica. En el dominio morfosintáctico algo muy similar puede encontrarse en el caso del leísmo castellano, frente a la clara y etimológica distinción lo/le prevaleciente en Hispanoamérica y también –aunque más débilmente– en dialectos españoles meridionales y atlánticos; pero no sería factible condenar el uso castellano, nacido ya en la lejana Edad Media y respaldado por las máximas autoridades literarias y culturales de los Siglos de Oro, como Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Tirso de Molina o Calderón de la Barca, y sancionado por la Real Academia Española en el siglo xviii; deberá, pues, admitirse el leísmo como fenómeno propio de la norma culta de nuestra lengua, junto a la tradicional distinción lo/le. Pero no corresponderá la misma suerte el laísmo básicamente madrileño, pues que no goza del mismo respaldo histórico y cultural que el leísmo. Lo mismo habremos de admitir en el caso de los valores aspectuales y temporales de las dos formas del pretérito de indicativo, canté y he cantado: tan válida y aceptable es la distinción temporal (pasado remoto / pasado próximo o incluyente) como la diferenciación aspectual (acción perfecta y puntual / acción imperfecta o reiterada), que explica la preferencia castellana por la forma compuesta en casos como "¿Te has caído? ¿Qué te ha pasado? ¿Te has hecho daño?" frente a la mexicana: ¿Te caíste? ¿Qué te pasó? ¿Te hiciste daño?. El mundo hispanohablante se muestra bastante diversificado en esta cuestión verbal. Y lo mismo, en fin, podría considerarse en el caso de la violenta debilitación de empleo de la forma pronominal vosotros (y de su correspondiente posesiva vuestro) en beneficio de ustedes (y de suyo) común en la mayor parte de las hablas hispánicas de alto prestigio: "Hijitos: ustedes deben cuidar sus juguetes con cariño, para que no los rompan"; naturalmente que la aceptación de estos usos no implica, de ningún modo, el rechazo, por parte de la norma hispánica culta, de las formas históricas tradicionales vosotros y vuestro. Tal vez sea diferente el caso del voseo propio de algunas hablas hispanoamericanas de indudable prestigio actual, como las del Río de la Plata: no goza del respaldo cultural y social del pasado histórico de la lengua española –de que sí gozan, indudablemente, vosotros y vuestro–, ya que durante el siglo xvi la forma pronominal vos fue siendo arrinconada en España y en América por el cortesano procedente de la metrópoli española. Válido, indudablemente, dentro de las hablas cultas que lo han mantenido hasta nuestros días, quizá su validez no alcanza a la norma hispánica general.

Para determinar en algunos casos los límites de esa norma ideal, creo que puede ser instrumento auxiliar de gran valor la lengua escrita; lengua escrita en general, no sólo la estrictamente "literaria", artística. Y ello por cuanto que la lengua escrita es una manifestación más cuidada, más meditada y selectiva que el habla espontánea y familiar. En alguna ocasión he tratado ya de mostrar cómo la lengua escrita puede ayudar a resolver cuestiones de normas lingüísticas divergentes en español. Tal cosa sucedería en el caso a que ya me he referido líneas antes sobre la diptongación de hiatos admisible en la norma culta mexicana -[pjór], [kwéte]- pero inadmisible en la norma hispánica: la lengua escrita, mexicana o de cualquier otra región dialectal, sigue exigiendo la grafía con hiato (peor, cohete, etc.). Y por exactamente la misma razón la norma hispánica rechazaría la eliminación del fonema dental sonoro /d/ en la terminación –ado -[kansáo], [demasjáo]-, pues tanto en España como en cualquier otro país de América la lengua culta sigue escribiendo –ado (cansado, etc.). Y algo semejante cabría decir, aún con mayor razón, de la fricatización y ensordecimiento de la dental –d final de palabra, o, en sentido opuesto, por esmero excesivo, de su ensordecimiento con oclusión tensa, en casos como [salú], [karidá] o, por el otro lado, [salút] y [karidát], pues tales voces se siguen escribiendo en todas partes con –d, y no con –θ ni con –t. En el dominio gramatical algo muy semejante creo que sucede en el caso de los fenómenos llamados queísmo y dequeísmo. Pueden recogerse fácilmente en labios de hablantes cultos, pero mucho más difílmente en escritos de esas mismas personas. "Estoy seguro _ que vendrá" o "Debemos convencernos _ que él no lo hará", por un lado, o por otro, "Les aseguraba de que él lo haría", son expresiones que se pueden oír actualmente en el habla de personas cultas, pero que ellas mismas rechazarían al escribir cualquier documento medianamente serio.

En el terreno lexicográfico, la diversidad dialectal es mucho mayor, aunque no tanto como algunos suponen. Ni tan peligrosa como otros imaginan. Estudios relativamente recientes han hecho pensar que la diversidad léxica entre las hablas de unos países y otros de lengua española, es muy intensa, grave, peligrosa. Que la "compatibilidad léxica" es en ellos muy pequeña, y que los "léxicos disponibles" difieren inmensamente, al grado de que el porcentaje de coincidencia entre algunos de ellos no llegaba siquiera al 25%, y disminuía en otros a menos del 15%. Frente a esta catastrófica visión del estado actual del léxico hispánico, estudios hechos con diferente metodología reflejaban una situación totalmente distinta. El léxico usado en el español culto de México coincidiría en más del 95% con el vocabulario hispánico general, y ni siquiera el habla popular mexicana (93%) se alejaría mucho de esa tranquilizadora proporción. Ante tan discrepantes conclusiones, hice yo una breve cala comparando el léxico de unas muestras del habla culta de Madrid con el vocabulario usual en México, y llegué a conclusiones muy próximas a las obtenidas por Raúl Ávila: más del 99% del vocabulario culto madrileño coincide con el de la ciudad de México. Cierto es que en mi espigueo y recuento di cabida a todo tipo de voces, incluyendo pronombres, demostrativos, preposiciones y conjunciones, que otros analistas dejan de lado, muy inadecuadamente, en mi opinión, ya que esas "palabras de significado gramatical" desempeñan un papel importantísimo tanto dentro del paradigma gramatical (lengua), cuanto en la sintaxis de la comunicación (habla), y ese su "significado gramatical" puede y suele ser mucho más importante que el de miles y miles de sustantivos o de verbos de muy escaso o muy especializado empleo: la idea de finalidad que conlleva la preposición para, por ejemplo, o la de temporalidad propia de antes que, tiene mucho más peso e importancia que el valor semántico de un sustantivo como capazón o de un verbo como dulzurar. La única discrepancia grave -pues altera el comunicado o significado de la frase- que creo encontrar entre todos los dialectos del español, es la que corresponde al uso mexicano de hasta como indicador de límite "inicial" de la acción, a que antes hice referencia ("Trabaja hasta las once" = a esa hora apenas comienza). Esta anomalía gramatical es mucho más grave, por fragmentadora, que cualquier diversidad léxica, la cual podría entorpecer la comunicación entre hablantes de dialectos diferentes, pero no alterarla totalmente en su función comunicativa, como sucede en el caso de hasta.

Dentro de este territorio lexicográfico quisiera referirme a un solo hecho particular, al que ya me he referido en anterior ocasión, por cuanto que, más allá de su individual pertinencia, ejemplifica adecuadamente una actitud que juzgo peligrosa para la conservación de la unidad fundamental de la lengua española. Se trata de la elección castellana de ordenador para denominar a la máquina que todo el resto del mundo hispanohablante llama computador(a). No creo que importe mucho que en España, no obstante haberse empleado inicialmente la voz computador, se decidiera después sustituirla por ordenador, de ascendencia francesa (que también extranjera es la procedencia de computadora); lo que importa, en mi opinión, es la desatención castellana al hecho de que los demás países hispanohablantes habían optado unánimemente por el término computador(a). Creo que, en beneficio de la unidad fundamental del idioma, todas las normas nacionales deberían tratar de ajustarse a la norma más general, a la que, así, se convertiría en la norma hispánica común, evitando posibles fragmentaciones innecesarias. En el caso particular que he tomado como ejemplo, computadora es la voz propia de la norma hispánica, en tanto que ordenador es un dialectalismo, un españolismo léxico; y así debería constar en el Diccionario de la Real Academia, cosa que lamentablemente aún no sucede: en la 4ª acepción de ordenador, el DRAE (1992) define a esa "Máquina electrónica..." sin indicar delimitación geográfica de empleo, como si fuera la voz de uso general y común en los 20 países hispanohablantes.

Y eso es lo que deberíamos superar: las actitudes nacionalistas o localistas, "de campanario", que hace ya tantos años combatían denodadamente no sólo Dámaso Alonso, sino también otros filólogos de máxima autoridad, como Ángel Rosenblat o Rafael Lapesa. Escribía aquél: "El signo de nuestro tiempo parece más bien el universalismo. El destino de la lengua responde -salvo contingencias catastróficas- al ideal de sus hablantes. Y el ideal de los hablantes oscila entre dos fuerzas antagónicas: el espíritu de campanario y el espíritu de universalidad". Y Lapesa, por su parte, sostenía que para mantener la unidad fundamental de la lengua, su homogeneidad básica, "es preciso que los hispanohablantes de unos y otros países nos oigamos mutuamente hasta que el uso normal de cada país sea familiar para los otros". Porque, conociéndolo, sintiéndolo como familiar -como propio de nuestra gran familia hispanohablante-, sabremos respetarlo y aceptarlo como válido dentro de la variedad dialectal de la lengua española. El ideal de norma hispánica común no tiene por qué chocar con las formas propias de las normas nacionales de prestigio. Sigue siendo válida, creo yo, la fórmula con que Max Leopold Wagner describió, hace ya muchos años, la situación general de la lengua española: "varietà nell’unità e unità nella differenziazione".

Entre los muchos beneficios que la unidad básica de nuestro idioma proporciona, hay uno particular, que acaso para los filólogos y los humanistas en general no sería de primordial importancia: el económico. Dentro de este gran congreso vallisoletano existe toda una sección dedicada a ese aspecto "financiero" en relación con la lengua española. A tal sección remito, escuetamente, lo que ya he dicho en otras ocasiones: "Habría que hacerle entender [al hispanohablante común] la extraordinaria importancia que la conservación de la unidad lingüística tiene para el mantenimiento de la cohesión histórica, política, económica y cultural del conjunto de pueblos iberoamericanos, cuyo peso dentro del conjunto de las naciones depende precisamente de su existencia como bloque: poca es la influencia que cada una de las naciones de lengua española puede aún ejercer dentro del concierto de naciones; pero nada desdeñable es ya su peso en cuanto bloque de países iberoamericanos". Dentro de los organismos internacionales, los 20 votos de las naciones hispánicas pueden tener importancia decisiva; y la capacidad de consumo de casi 400 millones de personas puede ser atractivo poderosísimo en la política económica mundial.

[Juan M. Lope Blanch (Universidad Nacional Autónoma, México): La norma lingüística hispánica]

La norma hispánica: prejuicios y actitudes de los argentinos en el siglo XX

Elena M. Rojas Mayer Universidad Nacional de Tucumán-CONICET Argentina

Introducción: El tratamiento de un tema como el de la norma lingüística es sumamente complejo y multifacético, según puede advertirse en los numerosos estudios que lo respaldan a lo largo del siglo XX. Las referencias y precisiones del término en la lingüística hispánica constituyen solo un ejemplo del gran caudal existente a nivel internacional: norma académica, norma ejemplar, norma lingüística, norma idiomática, norma lingüística culta, norma lingüística castellana, norma hispánica, norma nacional, norma regional, norma local, norma social, norma sociolingüística, norma escolar, norma informática, etc. Sin embargo no puede hablarse de estas denominaciones taxativamente; los límites son flexibles y alternan según dónde, cuándo y en qué situación se supone ubicada la acción lingüística (Zamora Salamanca (1985:227-249)). En su determinación específica intervienen factores lingüísticos, pragmalingüísticos, socioculturales, histórico-políticos, psicológicos, por lo cual debemos tenerlos en cuenta al estudiar el problema en relación al español. Las variaciones en el enfoque del tema se deben, fundamentalmente, a la extensión geográfica de la lengua, a la diversidad de las formas correspondientes, a la variedad de modalidades lingüísticas, a quiénes escriben sobre ella y a la necesidad general de fortalecer la lengua según lo establece el ideal político de unidad. Para poder deslindar los alcances del concepto de norma lingüística, partamos de la propuesta de Coseriu (1992: 86) respecto del hablar: "El hablar es una actividad humana universal que es realizada individualmente en situaciones determinadas por hablantes individuales como representantes de comunidades lingüísticas con tradiciones comunitarias del saber hablar." Además, "cada uno habla por sí y también en los diálogos se asume, alternativamente, el papel de hablante y de oyente" (p.87), lo cual nos lleva a insistir en que normalmente se habla para ser oído por otro, para llegar al prójimo, para dar lugar a la comunicación de unos con otros. De aquí que es conveniente que los interlocutores tengan conocimiento no solo del idioma que empleen, sino también del mundo en que ambos actúan, para una mejor interpretación mutua.

Algunas consideraciones sobre los tipos de norma: En toda sociedad se requieren normas lingüísticas de distinto tipo para lograr una comunicación adecuada a cada situación. Son convocadas por la necesidad de regulación que impone la heterogeneidad de la lengua en sus modalidades oral y escrita, si bien la norma prescriptiva, debido a sus características, demanda mayores exigencias. Algunos de los tipos de norma de nuestro interés son: <> la norma lingüística española, que tendría como patrón la "norma académica", o sea la prescriptiva; <> la norma ejemplar, que se trataría de la norma académica tomada como modelo por la panhispanidad ; <> la norma lingüística expresiva o "idiomática", que rige cada una de las variaciones lingüísticas de la Península así como las de los diferentes países hispanoamericanos, en situaciones concretas de habla. <> la norma pragmalingüística, que da las pautas de cómo deben comportarse los hablantes en la interacción con sus semejantes en situaciones determinadas. La norma académica responde especialmente a las reglas gramaticales y ortográficas mediante las cuales proceden las Academias a través de diccionarios, tratados de gramática, guías sobre ortografía. Tiende a garantizar la unidad de la lengua al estimular su aceptación entre los hablantes, que tácitamente convienen en respetarla en pro de una mayor eficacia en la comunicación. En el caso del español peninsular, su norma lingüística responde –en principio- a la norma académica, la que es considerada ejemplar por la comunidad panhispánica. Justamente en un párrafo del Prólogo de la Ortografía (1999:XVII-XVIII) dice: "Lo que la Real Academia cree, con todas las Academias asociadas, es que un código tan ampliamente consensuado merece respeto y acatamiento, porque, en última instancia, los hispanohablantes hemos de congratularnos de que nuestra lengua haya alcanzado con él un nivel de adecuación ortográfica que no muchos idiomas poseen. Pueden existir dudas para un oyente en el momento de elegir el signo que corresponde a tal sonido en una voz determinada, pero no existe prácticamente nunca problema a la hora de reproducir oralmente el sonido que le corresponde a cada letra, en cada situación, según las reglas establecidas". Para evitar confusiones en la recepción y retribución de los mensajes, conviene que los hablantes no solo compartan la lengua, esto es la norma lingüística, sino también las normas que rijan en cada lugar geográfico y en la situación en que se desarrolle la interacción comunicativa, respondiendo al "saber lingüístico expresivo", a la competencia lingüística.

La norma lingüística expresiva o idiomática se impone en los casos de variación histórico-geográfica, sociocultural y estilística. Sería la modalidad que Coseriu (1989: 90) reconoce como "la norma objetivamente comprobable en una lengua, la norma que seguimos necesariamente para ser miembros de una comunidad lingüística." Es decir que se trataría de la realización tradicional de la lengua en determinado lugar, aprobada cotidianamente por sus hablantes, con formas cuyos rasgos pueden ser los mismos que aparecen total o parcialmente en otra variedad o hasta coincidir con los que dictamina la norma académica, pero que se sienten propios por disponer de ellos todos los días. Esta afirmación estaría en consonancia con la que hiciera Víctor García de la Concha en su visita del 15 de junio del corriente año a Buenos Aires, en cuanto a que "la lengua es la patria". De cualquier manera, pese a emplearse la misma lengua en España y en los países hispanoamericanos, la realización no es homogénea y muchas veces varían los lexemas para decir lo mismo o se utiliza la misma forma para distintos significados, lo cual puede provocar confusiones en los hablantes. Así, por ejemplo, si un español visita una provincia argentina, no obstante ser usuario normal de la lengua, puede desconocer el léxico usado en este país, por lo que necesitará información lingüística previa (diccionario de argentinismos, lecturas sobre esta variedad en libros o revistas) o –por lo menos- la cooperación de un hablante nativo para comprender la realidad lingüística que le es ajena. De lo contrario podría tener inconvenientes si desconoce, por ejemplo, el léxico correspondiente a la alimentación y, dentro de él, que se llama "empanadillas" a los pastelitos que llevan exclusivamente como relleno dulce de cayote (‘cabello de ángel’) o de batata (‘tubérculo de gusto similar al de las castañas’) y que nunca contienen carne o pescado como en España. A dichos pasteles, en la Argentina, se les llama "empanadas" y su diminutivo es "empanaditas". Igualmente, entre tantos otros casos, pueden producirse desentendimientos en situaciones como la que protagonizara un joven español que desconocía la norma lingüística argentina, cuando le dijo a una estudiante porteña que visitaba Madrid y se dirigía a él con el pronombre "vos" como es habitual en su país: "No me trates con tanto respeto. Puedes tutearme", con la convicción de que el "vos" implicaba una formalidad extrema y que debía usarse solo para dirigirse a Dios, a los santos y a los reyes. Como dice Graciela Reyes (1888:11): "Aprender a escribir textos exige más que dominar algunas técnicas de redacción y algunas normas gramaticales". Ello es cierto, pero no solo para escribir, sino también para hablar y por ello existen otras normas que se imponen sobre la actuación del hablante y lo orientan en cuanto a lo que le conviene decir en cada oportunidad. Estas normas tienen bastante relación con la competencia lingüística del hablante, quien conoce, por ejemplo, las formas de cortesía y de atenuación del lenguaje que deben emplearse en cada situación. Por lo tanto sabe, por ejemplo, cuándo y en qué situación corresponde decir "por favor", "señor", "señora", "Su Merced", "querido", "don", "doña", "gracias", "muchísimas gracias", "sentido pésame", etc. Dichas expresiones funcionan dentro de contextos determinados y pueden variar según las actitudes lingüísticas, la modalidad discursiva, así como la procedencia geográfica y social de los hablantes y la situación dialogal. De aquí que, entre las consideraciones sobre el tema, conviene hablar de una norma pragmalingüística, que regula la interacción cotidiana de los hablantes de un lugar, en los distintos tipos de contexto.

Conclusiones: De acuerdo a las observaciones realizadas sobre el comportamiento de los hablantes a lo largo del siglo XX, la norma lingüística que respetan, sus actitudes y sus antecedentes en el XIX, podemos afirmar que la complejidad de la lengua española con su diversidad de formas y la competencia de normas e identidades lingüístico-culturales varias permite –a pesar de todo- que se cumpla el principio de "la unidad en la diversidad", que responde a una norma hispana unificada. Las actitudes manifiestas por los hablantes argentinos no son homogéneas en todos los tiempos y los criterios de los ciudadanos son distintos. Para muchos contemporáneos la norma más respetada es la nacional sin que por ello nieguen la orientación de la norma académica hispánica. Es decir, que la norma argentina responde al afán de los hablantes por alcanzar las pautas necesarias para el mejor uso de la lengua que le sirve de comunicación como modalidad habitual y concreta entre los hablantes argentinos cultos. Pero se ajusta a la modalidad lingüística usual de nivel sociocultural alto de otras comunidades que –por su parte– también respetan la norma académica. Es decir, que previamente a la unificación con el español peninsular, las normas regionales establecen una unificación nacional. Por lo tanto, esto significa que –por su parte– las normas cultas nacionales, con diferencias más o menos marcadas entre ellas, salvan algunos prejuicios intranacionales y fijan su atención en la norma hispánica o panhispánica como paradigma ejemplar que permite un mejor entendimiento en las distintas circunstancias en que requiere de la comunicación.

NORMA ACADÉMICA

«La norma no es sino el conjunto de preferencias lingüísticas vigentes en una comunidad de hablantes, adoptadas por consenso implícito entre sus miembros y convertidas en modelos de buen uso. Si no existiera ese conjunto de preferencias comunes, y cada hablante emplease sistemáticamente opciones particulares, la comunicación se haría difícil y, en último extremo, imposible. La norma surge, pues, del uso comúnmente aceptado y se impone a él, no por decisión o capricho de ninguna autoridad lingüística, sino porque asegura la existencia de un código compartido que preserva la eficacia de la lengua como instrumento de comunicación.

La norma de hoy

Como toda institución humana, la lengua experimenta cambios en el transcurso de su evolución histórica, de manera que ese conjunto de preferencias lingüísticas convertidas en modelos de buen uso que constituyen la norma no es igual en todas las épocas: modos de expresión normales en el español medieval y clásico —e incluso en el de épocas más próximas, como los siglos XVIII o XIX—, documentados en escritores de calidad y prestigio indiscutibles, han desaparecido del español actual o han quedado fuera del uso general culto; y, viceversa, usos condenados en el pasado por los preceptistas del momento forman parte hoy, con toda naturalidad, del conjunto de hábitos expresivos de los hablantes cultos contemporáneos.

 El Diccionario panhispánico de dudas, teniendo muy presente la realidad del cambio lingüístico, que opera en todos los niveles (fónico, gráfico, morfológico, sintáctico y léxico), basa sus juicios y valoraciones en la norma efectivamente vigente en el español actual, considerado este como la lengua que emplean las generaciones vivas de habla española. En ningún caso se ha conformado con repetir juicios heredados de la tradición normativa, sino que, gracias a los recursos técnicos con que cuenta hoy la Real Academia Española, en especial su gran banco de datos del español, integrado por textos de todas las épocas y de todas las áreas lingüísticas del ámbito hispánico, ha podido analizar la pervivencia y extensión real de los usos comentados y ofrecer, por tanto, soluciones y recomendaciones fundadas en la realidad lingüística presente.

La norma culta

El español no es idéntico en todos los lugares en que se habla. En cada país, e incluso en cada zona geográfica y culturalmente delimitada dentro de cada país, las preferencias lingüísticas de sus habitantes son distintas, en algún aspecto, de las preferencias de los hablantes de otras zonas y países. Además, las divergencias en el uso no se deben únicamente a razones geográficas. También dependen en gran medida del modo de expresión (oral o escrito), de la situación comunicativa (formal o informal) y del nivel sociocultural de los hablantes.

Por su carácter de lengua supranacional, hablada en más de veinte países, el español constituye, en realidad, un conjunto de normas diversas, que comparten, no obstante, una amplia base común: la que se manifiesta en la expresión culta de nivel formal, extraordinariamente homogénea en todo el ámbito hispánico, con variaciones mínimas entre las diferentes zonas, casi siempre de tipo fónico y léxico. Es por ello la expresión culta formal la que constituye el español estándar: la lengua que todos empleamos, o aspiramos a emplear, cuando sentimos la necesidad de expresarnos con corrección; la lengua que se enseña en las escuelas; la que, con mayor o menor acierto, utilizamos al hablar en público o emplean los medios de comunicación; la lengua de los ensayos y de los libros científicos y técnicos. Es, en definitiva, la que configura la norma, el código compartido que hace posible que hispanohablantes de muy distintas procedencias se entiendan sin dificultad y se reconozcan miembros de una misma comunidad lingüística.

A pesar de la imposibilidad de dar cuenta sistemática de todas las variedades que de uno y otro tipo puedan efectivamente darse en las distintas regiones de habla hispana, el Diccionario panhispánico de dudas trata de orientar al lector para que pueda discernir, entre usos divergentes, cuáles pertenecen al español estándard (la lengua general culta) y cuáles están marcados geográfica o socioculturalmente.

Se ha evitado conscientemente aludir, en esta relación, a la lengua literaria. En primer lugar, porque los escritores, en su faceta de creadores, disfrutan de mayores márgenes de libertad en el manejo del idioma y, centrados en la búsqueda de una mayor expresividad, a menudo conculcan intencionadamente las convenciones lingüísticas de su tiempo. Y, en segundo lugar, porque los escritores de ficción (novelistas y autores teatrales) utilizan los distintos niveles y registros del habla como uno de los modos de caracterización de sus personajes; precisamente por ello es posible documentar, en textos escritos, muchos usos que corresponden a la lengua oral y al habla coloquial o popular.

Respuestas matizadas

La mayoría de las dudas e inseguridades lingüísticas que tienen los hablantes nacen, precisamente, de la perplejidad que les produce encontrarse con modos de expresión distintos de los suyos. Desean saber, entonces, cuál es el uso «correcto», suponiendo, en consecuencia, que los demás no lo son.

Pero debe tenerse siempre en cuenta que el empleo de una determinada forma de expresión resultará más o menos aceptable dependiendo de distintos factores. Así, las variedades regionales tienen su ámbito propio de uso, pero resultan anómalas fuera de sus límites. Muchos modos de expresión que no son aceptables en la comunicación formal, sea escrita u oral, se juzgan perfectamente normales en la conversación coloquial, más espontánea y, por ello, más propensa al descuido y a la laxitud en la aplicación de ciertas normas de obligado cumplimiento en otros contextos comunicativos. Muchos usos ajenos al español estándar se deben, en ocasiones, a la contaminación de estructuras de una lengua a otra que se produce en hablantes o comunidades bilingües. Y hay, en fin, formas de expresión claramente desprestigiadas por considerarse propias del habla de personas de escasa instrucción. A todo esto se añade el hecho ya comentado de la evolución lingüística, que convierte en norma usos antaño censurados y expulsa de ella usos en otro tiempo aceptados.

Debido a la naturaleza relativa y cambiante de la norma, el Diccionario panhispánico de dudas evita conscientemente, en la mayoría de los casos, el uso de los calificativos correcto o incorrecto, que tienden a ser interpretados de forma categórica. Son más las veces en que se emplean expresiones matizadas, como Se desaconseja por desusado...; No es normal hoy y debe evitarse...; No es propio del habla culta...; Esta es la forma mayoritaria y preferible, aunque también se usa..., etc. Como se ve, en los juicios y recomendaciones sobre los fenómenos analizados se conjugan, ponderadamente, los criterios de vigencia, de extensión y de frecuencia en el uso general culto.

Los juicios normativos admiten, pues, una amplia gradación, que va desde la censura de lo claramente incorrecto por ser fruto del error, del descuido o del desconocimiento de las normas gramaticales, hasta la recomendación de lo que es simplemente preferible por estar de acuerdo con el uso mayoritario de los hablantes cultos de hoy, preferencia que pueden mantener, o variar, los hablantes cultos de mañana.

Precisamente, muchas de las vacilaciones registradas se deben a la existencia de etapas de transición, en las que coinciden en un mismo momento usos declinantes y usos emergentes, sin que puedan darse por definitivamente caducos los unos ni por plenamente asentados los otros; de ahí que en más de una ocasión se admitan como válidas opciones diferentes.

Tratamiento de las variedades lingüísticas

Por la misma razón, se reconocen, cuando existen, las divergencias entre la norma española y la norma americana, o entre la norma de un determinado país o conjunto de países y la que rige en el resto del ámbito hispánico, considerando en pie de igualdad y plenamente legítimos los diferentes usos regionales, a condición de que estén generalizados entre los hablantes cultos de su área y no supongan una ruptura del sistema de la lengua que ponga en riesgo su unidad. Solo se desaconsejan los particularismos dialectales que pueden impedir la comprensión mutua, por ser fuente de posibles malentendidos; nos referimos a los pocos casos en que una estructura lingüística adquiere en un área concreta un valor o significado diferente, e incluso opuesto, al que tiene en el español general.

También tiene presentes el Diccionario panhispánico de dudas las variaciones determinadas por el modo de expresión, la situación comunicativa y el nivel sociocultural de los hablantes. Así, se alude en numerosas ocasiones al tipo o nivel de lengua al que pertenecen los usos comentados, utilizando para ello distintas «etiquetas», la mayoría de significado transparente o fácilmente deducible: lengua escrita, frente a lengua oral; lengua literaria (la que corresponde a la expresión escrita de nivel culto), frente a lengua o habla corriente (la que se emplea en la expresión común u ordinaria); lengua o habla formal o esmerada (la propia de usos oficiales o protocolarios y de situaciones en las que el hablante debe expresarse con especial corrección), frente a lengua o habla informal, coloquial o familiar (la propia de la expresión espontánea y de situaciones en las que existe confianza o familiaridad entre los interlocutores); lengua o habla culta (la propia de los hablantes cultos), frente a lengua o habla popular o vulgar2 (la propia de las personas de bajo nivel cultural); y lengua o habla rural (la característica de los habitantes de las áreas rurales). El término vulgar y vulgarismo no se refiere, en esta obra, a las expresiones de carácter procaz o malsonante, sino a las que traslucen un deficiente conocimiento de las normas lingüísticas.

Ninguna de las variantes señaladas es en sí misma censurable, pues cada una de ellas sirve al propósito comunicativo dentro de sus límites, sean estos impuestos por la localización geográfica, la situación concreta en la que se produce la comunicación o el grupo social al que pertenecen los interlocutores. En consecuencia, nadie debe sentirse señalado o menospreciado por los juicios expresados en esta obra. No obstante, es necesario saber que un buen manejo del idioma requiere el conocimiento de sus variados registros y su adecuación a las circunstancias concretas en que se produce el intercambio lingüístico, y que, en última instancia, solo el dominio del registro culto formal, que constituye la base de la norma y el soporte de la transmisión del conocimiento, permite a cada individuo desarrollar todo su potencial en el seno de su comunidad. Por esa razón, todas las recomendaciones que aquí se expresan deben entenderse referidas al ideal de máxima corrección que representa el uso culto formal».

[Real Academia Española: Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Santillana, 2005, pp. XIII-XVI]

 «La presente gramática del español es sincrónica, aunque contiene numerosas referencias a la historia de la lengua, y está concebida como obra a la vez descriptiva y normativa. Presenta las variantes gramaticales que se consideran propias de la lengua estándar en el mundo hispanohablante, atendiendo preferentemente a los registros formales, pero reflejando también fenómenos característicos de la lengua coloquial. Procura ser sensible a la variación geográfica, a los niveles de lengua (o sociolectos) de los hablantes —es decir, a las variantes propias de ciertas capas sociales o de determinados grupos profesionales—, así como a los registros o estilos lingüísticos que un mismo hablante puede manejar, esto es, a las variedades formal, coloquial, u otras que están determinadas por situaciones comunicativas específicas. Desde el punto de vista doctrinal o teórico, pretende combinar las mejores aportaciones de la tradición gramatical hispánica con algunos logros de la gramática contemporánea. En consonancia con este propósito, la terminología utilizada toma la tradicional como punto de partida, aunque incorpora varios conceptos analíticos no habituales en ella, pero extendidos en la investigación lingüística actual».

[RAE: Nueva gramática de la lengua española. Manual. Madrid, 2010, § 1.1.2b]

«Se distinguen en esta obra las secuencias gramaticales o agramaticales de las construcciones correctas o incorrectas. La presente gramática procura ser, además, sensible a la VARIACIÓN GEOGRÁFICA, si bien no puede precisar la distribución de cada fenómeno como lo haría un tratado de dialectología. Mientras que en las obras dialectológicas se procura que la caracterización geográfica de cada fenómeno mencionado sea lo más exacta posible, en las gramáticas se pone mayor énfasis en la descripción de las pautas morfológicas y sintácticas a las que esas opciones corresponden, así como en los diversos factores que permiten relacionar de modo objetivo la forma con el sentido. La descripción gramatical que aquí se lleva a cabo atiende asimismo a los diversos NIVELES DE LENGUA (también llamados SOCIOLECTOS) que se reconocen entre los hablantes, en el sentido de las variantes que corresponden a ciertas capas sociales o a determinados grupos profesionales. Aunque de manera más limitada, pretende atender además a REGISTROS o ESTILOS lingüísticos que un mismo hablante puede manejar, es decir, a la variedad formal, coloquial, espontánea u otras que están determinadas por situaciones comunicativas específicas».

[RAE: Nueva gramática de la lengua española. Madrid, 2009, § 1.2k]