EUPHEMISMUS

Eufemismo

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Kakophemismus (disfemismo) / Tabu / Disfemismo / Deonomastik

 

Euphemismus [gr. euphemía ‘das Wohlreden’]. Rhetorischer Tropos: beschönigender Ersatz für ein tabuisiertes Wort mit Pejorativer Konnotation, z.B. einschlafen, heimgehen für »sterben«, oft im politischen Sprachgebrauch: Nullwachstum, Entsorgung, Nachrüstung. Wie die Hyperbel verliert der E. häufig seine semantische Funktion, so dass ein neuer E. an seiner Stelle tritt; so wird z.B. das ursprüngliche neutrale, dann pejorative ahd. stincan durch mhd. riechen ersetzt, dies wiederum durch nhd. duften.“ [Bußmann, H., S. 229]

Eufemismo.

1)   Proceso muy frecuente que conduce a evitar la palabra con que se designa algo molesto, sucio, inoportuno, etc. sustituyéndola por otra expresión más agradable. Según Carnoy [1927], el eufemismo puede producirse por las siguientes causas:

a)   deseo de adaptarse a una circunstancia en la cual la palabra propia resultaría demasiado plebeya o trivial; eso mueve a utilizar cabello por pelo, seno por pecho, baño por retrete, etcétera;

b) ennoblecimiento de la propia personalidad; así, un músico se hace llamar profesor o una comadrona profesora en partos;

c)   respeto cortés hacia aquel a quien se habla; hay eufemismo de dudoso gusto cuando se pregunta a alguien por su señora en lugar de su mujer;

d) necesidad de atenuar una evocación penosa: llamamos invidentes a los ciegos, impedidos a personas que no pueden valerse por sí mismos (cojos, mancos, paralíticos), económicamente débiles a los pobres, etc:

e)   tabú social, religioso, moral, etc.; ello induce a llamar embriagado al borracho, a jurar con interjecciones como pardiez, diantre, rediez, etc: a designar amiga  a la amante .... Un tabú supersticioso movió a los griegos a llamar Eumenides – 'benévolas' a las furias, y en España, a aludir a la culebra con el vocablo bicha.

2) Palabra que sustituye al vocablo propio, en un proceso de eufemismo [A. Hüllwort, Glimpfwort]”

        [Lázaro Carreter, F.: Diccionario de términos  filológicos, p. 177]

Designación eufemística y designación disfemística:

Los hablantes suelen vencer el pudor que sienten, al expresar determinados conceptos mediante designaciones eufemísticas, ellos evitan palabras, bien sustituyendo una voz por otra, bien empleando cincunlocuciones; dicho fenómeno pertenece al lenguaje, y es la situación pragmática la que permite explicar y entender estos usos.

El matiz eufemístico o disfemístico depende de múltiples circunstancias: espaciales, temporales y socioculturales. No olvidemos que el eufemismo es la consecuencia lingüística de presiones que afectan al designador, y que provienen del medio, o los medios sociales en los que convive con otras personas, por lo tanto es un fenómeno inestable. Desde una perspectiva diacrónica se vislumbra la posibilidad de que un vocablo eufemístico se convierta en disfemístico o peyorativo, sin duda lo son los nombres populares de ciertas partes del cuerpo humano.

Los campos asociativos donde se configura el mayor número de sustitutos eufemísticos o disfemísticos son los que integran realidades o experiencias que suscitan reacciones de pudor, de miedo, o de asco, en gran parte de los miembros de una comunidad lingüística.

Las catalinas, las teresas, las margaritas, son algunos de los muchos nombres que los españoles emplean para referirse a los senos de la mujer. La tía María y la tía Pepita se emplean para referirse a la menstruación. Una paloma es una prostituta y el pepe (aunque sea nombre típico de hombre) y la concha son eufemismos para vagina” (Pedro A. Fuertes Olivera, 1992, pág. 128).

Las creaciones deonomásticas se incrementan al sustituir las voces que originariamente designan:

Lo sexual: domingas (pechos), bartolillo (pene), etc.

Lo escatológico o patológico: catalina (mierda), catalinas (bubas), sífilis.

Lo relativo a las postrimerías de ultratumba: la pepa, mariben (la muerte).

Lo reprobable o perjudicial, principalmente acciones, pero también personas que obran mal, animales de mal agüero y sustancias estupefacientes: boliviana (cocaína), californiano (LSD), una bernardina (mentira), garcía (zorro), Juan de Garona (piojo): el último elemento puede ser deformación de carona “pellejo”, “camisa” donde reside el piojo. [...]

Como eufemismos poéticos podemos designar los nombres de personajes mitológicos a los que las leyendas les atribuyen responsabilidades sobre los males de la humanidad. Por uso tropológico, Marte y Mavorte, dioses de la guerra, funcionarán, en textos literarios, como nombres comunes, sinónimos de este germanismo, como también lo es Ícaro. Llama la atención que otros términos mitológicos (averno, báratro) sustituyan al nombre infierno, que suele emplearse como apelativo.”

[García Gallarín, Consuelo / García Gallarín, Celeste: Deonomástica hispánica. Vocabulario científico, humanístico y jergal. Madrid: Editorial Complutense, 1997, p. 7-8]

Eufemismos

Fue un Quevedo melancólico y censorio quien escribió aquellos versos que, por desgracia, nunca pierden actualidad: «¿No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? / ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?» Si alguien se ve obligado a no decir lo que siente, sólo puede hacerlo callando o diciendo otra cosa. Y ambas actitudes, tan dispares, tienen en común el hecho de servir al mismo propósito. Los versos de Quevedo han sido invocados a menudo para referirlos a épocas de opresión, de silencio impuesto, de coacción ideológica. Pero hay constricciones menos dramáticas y sin tinte político alguno que obligan igualmente a frenar la expresión de los impulsos espontáneos y a sustituirla por otra. El resultado es que tampoco en estos casos decimos exactamente lo que estamos sintiendo. La presencia de otras personas y ciertos hábitos de cortesía pueden inducirnos a exclamar: «¡caramba!», «¡mecachis!» o «¡caracoles!» cuando un tropezón fortuito está a punto de dar con nosotros en el suelo, o cuando alguien descarga su pie sobre la zona más frágil del nuestro. Tan pacatas interjecciones sustituyen a otras, consideradas por lo general malsonantes, que, sin embargo, se transparentan bajo el ocasional disfraz. Éste es el modo de actuación de los eufemismos, de esas palabras que acuden a ocupar el lugar de aquellas marcadas por algún tipo de interdicción. El tabú religioso explica el origen de «diantre» o «demontre», así como algunos usos de «ostras» o de «diez»; el de naturaleza sexual ha presidido la creación de «carape» o «córcholis», y justifica que los golfos suburbiales de «La busca» barojiana digan «¡moler!» en lugar de la palabra que pronunciarían sus modelos reales.

Pero el eufemismo no obedece únicamente a motivos religiosos o de pudor social. En ocasiones sirve para enmascarar una idea desagradable o que suscita un rechazo general. ¿Cuántas veces hemos oído hablar de «reajustes de tarifas» cuando lo que se producía era, lisa y llanamente, un brusco y desagradable incremento? Todas estas manipulaciones, apoyadas en la creencia pueril de que sólo existe aquello que se nombra, son propias de regímenes que tienen, en efecto, mucho que ocultar. Es difícilmente olvidable el tráfico eufemismo acuñado por las autoridades nazis y repetido en los canales propagandísticos de la época, donde se llama «solución definitiva» del problema judío («Endlösung») al exterminio de la población de origen hebreo. Sin llegar a tales extremos, puede recordarse que a los gobernantes españoles de hace treinta años no parecía gustarles el término «obrero» – sin duda porque se les antojaba izquierdista, o quién sabe si vagamente amenazador y revolucionario –, de modo que volcaron todo su empeño en que la jerga oficial hablara tan sólo de «productores». Paralelamente, como la huelga constituía un delito de sedición, las pocas que hubo y no pudieron ser acalladas recibieron la enternecedora denominación de «conflictos laborales». Eufemismos y más eufemismos. La idea de Matoré, según la cual cada época tiene unas «palabras-clave» que ayudan a explicarla, podría extenderse a estos sustitutos eufemísticos. Si poseyéramos un inventario de todos los que han existido a lo largo de nuestra historia y supiéramos algo de su extensión y su vigencia, entenderíamos, tal vez mucho mejor, amplias parcelas de nuestro pasado y de nosotros mismos. Es evidente, por ejemplo, que el eufemismo nacido del pudor o de la cortesía apenas existe en la Edad Media, época en la que, sin embargo, el de origen religioso es frecuentísimo. Pero nadie parece haberse ocupado de rehacer esta veta de la historia española que tantos fenómenos podría iluminar.

Porque, además, los eufemismos brotan en muchos casos con fines ennoblecedores, para suplantar a una denominación que, con razón o sin ella, se considera envilecida o desgastada. Por eso la antigua y benemérita «comadrona» se vio supuestamente aupada a una categoría superior al transformarse en «profesora en partos», y los peritos y aparejadores, que estaban tan tranquilos y conformes con sus títulos fueron convertidos de la noche a la mañana en «ingenieros técnicos» y en «arquitectos técnicos», dando a entender así que los otros ingenieros y arquitectos pertenecían a un mundo superior, ajeno a la técnica. Los disparates no son de hoy. En una reciente tesis doctoral sobre el léxico del fútbol exhumaba el autor una entrevista publicada en el periódico «As» a comienzos de 1936 ( la fecha no es un dato ocioso). En ella, el acomodador de un estadio afirmaba que el fútbol era «un deporte burgués», y apoyaba su aseveración con el siguiente razonamiento: «Mientras los jugadores tienen automóvil, nosotros, los peritos instaladores de multitudes, con cuatro pesetas y sin vender una almohadilla». El eufemismo «peritos instaladores de multitudes» no lo hubiera mejorado ni Arniches. Más aún: ni siquiera el Ministerio de Educación, por donde han pasado auténticos maestros en estos menesteres.

Cuando oímos llamar «artista» a cualquier pintamonas o a cualquier cupletista desafinadora, ¿no asistimos a la aplicación de un eufemismo pretendidamente ennoblecedor? Lo malo es que, al destilar nobleza sobre aquello que no la posee, la noción de «artista» se degrada. Ganan así en la estima «oficial» los mediocres y pierden quienes sí pueden ostentar auténtica valía. Algún día se verá que éste es un signo característico de nuestro tiempo, y habrá que preguntarse por qué. Hablar de la «filosofía» de una empresa bancaria, o de un nuevo modelo de automóvil, por ejemplo – como ya se ha hecho –, no sólo constituye una cursilería insufrible; trasluce una penosa inversión de valores de la que, sin alguien sale malparado, es la filosofía, o mejor, la noción que algunas personas pueden tener de ella.

Y existen eufemismos quizá involuntarios. Al viajar por algunos caminos vecinales oficialmente denominados «carreteras», sentimos que el tiempo y la incuria han convertido la palabra en un eufemismo ennoblecedor, al menos si atendemos a la definición ue de «carretera» ofrece el diccionario académico: «Camino público, ancho y espacioso, dispuesto para carros y coches». Acaso haga falta algún retoque modernizador, pero, si algún día se produce, creo que no alterará la doble calificación de «ancho y espacioso», que parece connatural, propia de la idea que todos tenemos acerca de lo que debe ser una carretera. Y bastaría preguntar a unos cuantos automovilistas habituales para llegar a la conclusión de que bastantes de nuestras «carreteras» son puros eufemismos. Lo cierto es que cualquier discrepancia entre el lenguaje y la realidad nos desazona, porque no sabemos si hacer caso a la experiencia o al diccionario. De cualquier modo, digamos no a quienes pretenden rebautizar nuestro mundo sin que nadie se lo haya pedido. Que cambien las cosas, si es que hay necesidad, y los nombres se acomoden luego por sí solos. Lo demás es trampantojo barato, ilusionismo de bisutería.”

[Senabre, Ricardo: “Eufemismos”. En: ABC, 18 de noviembre de 1991]

«Eufemismo:

El eufemismo es uso redundante del lenguaje que evita, en ocasiones, un término oneroso o antipático por otro no especializado. Veamos algunos ejemplos:

 

Reajuste de tarifas.

 

 Subida de precios.

Retoque de tarifas.

Revisión de tarifas.

Ordenamiento de tarifas.

Crisis

 

 

Baja en la bolsa.

Depresión.

Recesión.

Flexión.

Desactivación.

Desaceleración.

Subdesarrollo.

 

Pobreza.

En vías de desarrollo.

Económicamente débil.

Tercera edad.

Vejez.

Ligero brote de diarrea estival.

Cólera.

Insuficiente.

Suspenso.

Responsabilidad personal subsidiaria.

Arresto.

 

En otras situaciones, el eufemismo se torna magnificador con riesgo de sustitución, e incluso de eliminación, de una palabra noble:

Maestro se sustituye hoy por profesor de E. G. B.

En otros casos trata de paliar la hosquedad o falsedad de una reforma real, con un nombre rimbombante:

Ingeniero técnico en lugar de perito.

Escuelas Universitarias de formación del Profesorado de Educación General Básica en lugar de Escuelas de Magisterio

[Pérez Moreta, J. / Viudas Camarasa, A.: Lengua española. Madrid: ed. sm, 1992, pp. 230-231]

 

«En español se dice crisis

El Gobierno "desacelera", el PP acoge "distintas sensibilidades" y Juan José Ibarretxe se pone positivo con su "derecho a decidir" - La cosmética se extiende en política para disfrazar la realidad.

Vivimos en el tiempo del maquillaje. El Gobierno llama desaceleración a lo que la humanidad vive como crisis, y el PP no ve más que distintas sensibilidades donde todo el mundo ve tendencias enfrentadas. Detrás de cada eufemismo hay un tabú indeseable y, por tanto, impronunciable. El lenguaje de la política siempre ha estado lleno de unos y de otros, como si las palabras pudieran neutralizar la realidad que se niegan a nombrar.

Para Lázaro Carreter, es de dudoso gusto decir "mi señora" en lugar de "mi mujer". Muy pocos se atreven a llamar "mulato" a Barack Obama. El lenguaje político quiere neutralizar la realidad que se niega a nombrar. Los 'grises' pasaron a ser 'maderos' y ahora su uniforme es de color azul. Combinar un prefijo negativo con un término positivo es un truco eficaz. Los republicanos de EE UU no dicen "capitalismo", sino "libre empresa"

El pesimismo no crea puestos de trabajo. Está por ver que los cree el optimismo. El vocabulario político trata siempre de mostrar el vaso medio lleno, pero en los últimos años el ambiente se ha llenado de sintagmas de buen ver como conducciones de agua, soluciones habitacionales o derecho a decidir. Por no hablar de clásicos como impuesto revolucionario o regulación de empleo. La cosmética verbal se extiende.

Los lingüistas definen tabú como la palabra que un hablante evita por motivos religiosos, supersticiosos o sociales. Pero la venenosa realidad tiene un antídoto, el eufemismo (del griego eu -bien- y pheme -modo de hablar-). En su clásico Diccionario de Términos Filológicos (recién reeditado por Gredos), Fernando Lázaro Carreter proponía varias causas para explicar su uso: el deseo de adaptarse a una circunstancia en la que la palabra resultaría plebeya (cabello por pelo, seno por pecho); el ennoblecimiento de la persona (profesor por músico); la cortesía (que resulta en fórmulas de "dudoso gusto" como "su señora" por "su mujer"); o la necesidad de atenuar una evocación penosa. Esta última causa ha modificado términos supuestamente negativos y ha originado la inflación de vocabulario políticamente correcto: el ciego es invidente, el inválido, minusválido o discapacitado. Sin olvidar que Barack Obama puede ser para unos negro y para otros, afroamericano. Y para casi nadie, mulato, palabra en desuso en tiempos poco dados al matiz.

El eufemismo, con todo, no es más que uno de los muchos medios de la lengua para renovarse. De algunos ni siquiera recordamos que lo son y que tienen origen en un tabú. Igual que nadie repara en el ojo de la aguja o en los dientes de la sierra como las metáforas (gastadas) que son, casi nadie es consciente de que, por ejemplo, para nombrar la mano izquierda el castellano usó una forma vasca (ezker) para orillar las connotaciones "siniestras" derivadas del término latino "sinister". Su pareja "dexter" no tuvo problemas para evolucionar a "derecha". Hasta no hace tanto, a los zurdos les tocó padecer una superstición que supuestamente se remonta al mal augurio que suponía que las aves volasen a nuestra izquierda o al hecho de que Judas fuese zurdo. Y pelirrojo, algo que también generó desvaríos supersticiosos. Como decía el clásico, el lenguaje no se inventa, se hereda.

"El eufemismo es un mecanismo imprescindible, no una anomalía", subraya José Antonio Pascual, miembro de la Real Academia Española y experto en lexicografía. "Sirve para limar las asperezas de la lengua. Sólo hay que ver cómo ha evolucionado el lenguaje escatológico. Cuando se reguló la eliminación de aguas fecales, en las casas se le reservó el nombre del mejor espacio, el retrete, literalmente, lo más retirado. Decir papel higiénico, por ejemplo, es muy poco preciso, pero se trata de evitar la grosería. Todos agradecemos que nos saluden en el ascensor".

De hecho, al académico le preocupa más el disfemismo, que busca el efecto contrario al eufemismo eligiendo la expresión más ruda. El eufemismo, recuerda Pascual, es un mecanismo similar al que hizo que cambiara el color de los uniformes de la policía nacional. Los grises del franquismo mudaron de color durante la transición para vestir de marrón. Y cuando se convirtieron, según la expresión popular, en maderos, pasaron a hacerlo de azul. "La policía ha perdido muchas de las connotaciones que tenía. Ya no da miedo a nadie... salvo en Coslada", concluye el catedrático de Lengua.

Con todo, el propio Pascual advierte de que los eufemismos son como las tijeras. Su bondad depende del uso que se les dé: "Si los usas de forma inmoral, en lugar de facilitar la comunicación aumentas la confusión". Es lo que suele pasar en el juego político, donde un exceso puede rozar la manipulación: "Las palabras tienen un halo connotativo muy fuerte. Por eso el Gobierno abandonó la palabra trasvase, que se había cargado de negatividad". Antes de que la lluvia lo hiciera innecesario, éste recibió toda una colección de denominaciones con más meandros que el Ebro destinadas a negar la evidencia: desde captación-transferencia-traslado-aportación puntual de agua hasta conducción de caudales, pasando por interconexión temporal de cuencas hídricas o conexión de sistemas dentro de la misma demarcación hidrográfica.

Solucionado el abastecimiento de Barcelona, el otro gran tabú gubernamental es la palabra crisis, oficialmente desaceleración (aunque por momentos se nos conceda que acelerada). En 2000, el actual presidente de la agencia Efe, Álex Grijelmo, publicó La seducción de las palabras (Taurus), un libro sobre la manipulación lingüística en el que se analiza cómo funciona un término tan caro a los tecnócratas y tan extraño al común de los hablantes, que nunca desaceleran; como mucho, frenan. "El prefijo negativo des", explica Grijelmo, "se hace acompañar aquí del término positivo acelera, en otro ejemplo de contradicción seductora, alterando la percepción del concepto para embaucar a los electores. Así, creemos que la economía llevaba una marcha positiva muy acelerada, y que por eso no importa que pierda velocidad". Efectivamente, la combinación de prefijo negativo y término positivo es todo un clásico en la construcción de eufemismos: los que antes eran pobres ahora son desfavorecidos, y los libros que antes estaban agotados ahora aparecen como no disponibles.

Se atribuye a Talleyrand la ocurrencia de que el lenguaje le ha sido dado al hombre para que pueda ocultar el pensamiento, una idea que retrata tanto al hábil político (y ex obispo) de la Francia posrevolucionaria como a los de su gremio. En la política, en efecto, el eufemismo es moneda corriente. Se trata de un campo en el que "el encubrimiento siempre ha existido. Su máxima expresión sería la diplomacia, claro", apunta Antonio Elorza. Aunque tradicionalmente ese encubrimiento surgía más del pragmatismo que de la voluntad de engañar, el catedrático de Ciencia Política de la Universidad Complutense señala que el siglo XX asistió al perfeccionamiento de las técnicas de persuasión por el creciente peso en la política de la mercadotecnia y la propaganda. Y esa perfección tiene un nombre: Joseph Paul Goebbels, ministro de Instrucción Pública y Propaganda de Hitler y autor de aquella famosa frase según la cual una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Para Elorza, "el eufemismo como deformación consciente y sistemática proviene, sí, de los lenguajes totalitarios". Las dictaduras, en efecto, han dado perlas como la democracia orgánica de Franco o la República Democrática de Alemania del régimen comunista germano. Sin olvidar que el nombre oficial de la actual Junta Militar birmana es Consejo de Estado para la Paz y el Desarrollo. Al lado de la cruda realidad, la ficción inventada por George Orwell en su novela 1984 parece puro costumbrismo, por mucho que en la neolengua del régimen del Gran Hermano el Ministerio del Amor sea el encargado de mantener el orden (por los medios que sea) o el Ministerio de la Paz se dedique a los asuntos de la guerra. ¿Pero qué es eso comparado con llamar a un genocidio solución final o limpieza étnica?

Con todo, en democracia también se narcotiza a la población con un lenguaje "que dulcifica la realidad". Es lo que sostiene la filóloga y periodista Irene Lozano, autora de El saqueo de la imaginación (Debate), un ensayo subtitulado Cómo estamos perdiendo el sentido de las palabras. Lozano recuerda cómo a los reclusos de Guantánamo se les niegan sus derechos como presos de guerra considerándolos "combatientes enemigos ilegales", y habla de un personaje inquietante, Franz Luntz, consultor de los republicanos estadounidenses, que, entre otras cosas, recomendó evitar la palabra capitalismo. Para sustituirla nacieron "libre empresa" y "economía de mercado".

Con su consolidación, el eufemismo político llega a convertirse en seña de identidad. Términos como Estado español por España o Euskal Herria por Euskadi (y viceversa) identifican inmediatamente a quien los utiliza. "El gran problema", abunda Elorza, "es que se te escapa violencia por terrorismo e impuesto revolucionario por extorsión. Acabas metido en un bosque semántico". Para el profesor donostiarra, el nacionalismo es especialmente dado a la "traslación de significados". La última gran propuesta del lehendakari Ibarretxe se llama consulta y no referéndum, y lo que plantea no es la autodeterminación, sino el derecho a decidir. "¿Y quién no admite el derecho a decidir?", se pregunta Elorza. "El Gobierno vasco no puede hablar de independencia porque sabe que la quiere una minoría de la población, pero el derecho a decidir suena tan positivo que no se discute. Lo mismo sucede con la expresión 'sentirse cómodo', tan usada por los nacionalistas catalanes. En el fondo oculta la bilateralidad, es decir, Estado confederal, no federal".

Así las cosas, ¿cómo puede un eufemismo dejar de parecerlo? ¿Cuándo se integra en la lengua sin antecedentes penales? Elorza señala a la prensa como principal vía de limpieza. También ayuda, en el caso del lenguaje nacionalista, que sea asumido por un partido que no lo sea: "Es lo que hizo el PSOE al hablar de diálogo con ETA, algo que en política no existe". Según Elorza, el partido socialista es muy dado a los eufemismos. El PP, casi nada: "Prefiere la hipérbole". La cuestión de los eufemismos, tan pegados al poder, recuerda a la advertencia del descreído Humpty Dumpty de Alicia: "La cuestión no es saber qué significan las palabras, la cuestión es saber quién manda".»

[Javier Rodríguez Marcos, en El País, 20/06/2008]

«¿Perpetuo es siempre?

El pasado 26 de mayo, Juan José Cortés, el padre de Mari Luz, la niña presuntamente asesinada por un pederasta reincidente, fue recibido en La Moncloa por José Luis Rodríguez Zapatero. Cortés explicó a la salida la propuesta que había llevado al presidente del Gobierno: que los pederastas cumplan cadena perpetua. Preguntado por la inconstitucionalidad de la medida, añadió: "Si no es perpetua, habrá que buscar otro nombre".Días después, Enrique López López, portavoz del Consejo General del Poder Judicial, propuso "prisión permanente". Y añadió "revisable" para bajar la temperatura de un adjetivo (perpetua, permanente) en el que sus promotores desembocan después de un razonamiento que lo hace indispensable: los pederastas no tienen cura y para ellos no sirve la reinserción que la Constitución predica como fin de las penas "privativas de libertad" (otro eufemismo). Pero si la solución es la cadena perpetua, el hecho de que sea "revisable" contradice la premisa que la hizo imprescindible: la imposibilidad de reinsertar a un pederasta. Y vuelta a la casilla de salida.» [El País, 20/06/2008]