CONCEPTISMO

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Culteranismo

 

Conceptismo

Spiel mit Gedanken (-assoziationen), als Beweis für Scharfsinn (agudeza) und Geist (ingenio), bes. häufig in der Satire. Stilfiguren sind z.B. Antithesen, Paradoxien, Parallelismen, Doppeldeutigkeiten, Lakonismen, Zeugmata. Beispiel: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno» (Das Gutte, wenn gut, zweimal gut) (Lakonismus). «Es el engaño muy superficial, y topan luego con él los que lo son» (»Der Betrug ist sehr oberflächlich und es stoßen daran also die, die es sind«) (Zeugma).

Als erste Konzeptisten in Spanien gelten der Segovianer Alonso de Ledesma Buitrago (1562-1623) und Alonso de Bonilla (16./17. Jh.). Hauptvertreter: Quevedo, Gracián.“

[Franzbach, Martin: Abriss der spanischen und portugiesischen Literaturgeschichte in Tabellen. Frankfurt am Main / Bonn: Athenäum Verlag, 1968, S. 65-66]

Conceptismo

Von concepto ‚geistreicher Ausspruch’; eine im 16. Jh. in Spanien entstandene literarische Strömung, in der sich der Schriftsteller bemühte, durch Esprit und Scharsinn (ingenio y agudeza) zu glänzen, v. a. durch prägnante Kürze, überraschende Metaphern und gewagte Antithesen. Die bedeutendsten Vertreter des conceptismo waren Baltasar Gracián (1601-1658) und Quevedo (1580‑1645). Eine davon sehr verschiedene Strömung war der culteranismo. Der Gegensatz zwischen beiden Stilrichtungen wurde von der späteren Kritik jedoch überschätzt und übertrieben. Beide wandten sich an eine gebildete Minderheit.“

[Franzbach, Martin: Abriss der spanischen und portugiesischen Literaturgeschichte in Tabellen. Frankfurt am Main / Bonn: Athenäum Verlag, 1968, S. 42-43]

Conceptismo

Estilo literario surgido en España en el siglo XVI. El escritor conceptista procura hacer gala de agudeza e ingenio. Los procedimientos de que se vale, son: laconismo, o concisión ingeniosa; comparaciones sorprendentes; contrastes violentos; antítesis y transiciones bruscas en las ideas.

Se diferencia y opone diametralmente al culteranismo, movimiento literario de la misma época, porque según éste se basa en el valor formal de la palabra, el conceptismo tiene por base el valor de las ideas o conceptos. Baltasar Gracián, máximo escritor conceptista, define así el concepto: «acto del entendimiento que expresa la correspondencia entre los objetos».

Se dice que en el origen del conceptismo está el libro Conceptos espirituales del que es autor Alonso de Ledesma Buitrago (1562-1632). Tiene antecedentes el conceptismo en obras pedantescas del mester de clerecía y en composiciones de poetas cortesanos de la época trovadoresca.

Los más grandes escritores conceptistas, con Ledesma, muy admirado por sus valientes antítesis, son Bonilla, Quevedo y Gracián. El conceptismo, que al decaer se convierte en mero juego de agudezas forzadas, es movimiento literario esencialmente castellano y aragonés, propio de los prosistas y siempre perseguidor de la agudeza de pensamiento.

Como típico ejemplo de los contrastes conceptistas recogemos unas frases de Quevedo en la Vida de San Pablo: «Dos caídas se leen en las Sagradas Escrituras: la de Luzbel, para escarmiento; la de San Pablo, para ejemplo. Aquél subió para caer, siendo el primer inventor de las caídas en las privanzas; éste cayó para subir.»

Ejemplo de laconismo y la fuerza en las comparaciones, lo da este fragmento del Oráculo manual de Baltasar Gracián: Fortuna y Fama: «Lo que tiene de inconstante la una, tiene de firme la otra. La primera para vivir, la segunda para después, aquélla contra la invidia; ésta contra el olvido. La fortuna se desea y tal vez se ayuda; la fama se diligencia; deseo de reputación nace de la virtud; fue y es hermana de gigantes la fama; anda siempre por extremos: o monstruos o prodigios: de abominación, de aplauso.»

[Michel, R.-J. / López Sancho, L.: ABC de Civilización hispánica. Paris: Bordas, 1967, p. 103-104]

La dificultad elocutiva como factor estético

«Era esta –escribe en un primer momento Menéndez Pidal– la forma apropiada para el estilo conceptuoso que entonces predominó entre los prosistas (contrario al que dominó entre los poetas, el culterano); la cláusula corta se prestaba muy especialmente para exponer los conceptos, que así llamaban a la comparación primorosa de dos ideas que mutuamente se esclarecen, y en general todo pensamiento agudo enunciado de una manera rápida y picante. Lo que principalmente buscaba el conceptista al escribir era hacer gala de agudeza e ingenio; por eso muestra gusto especial por las metáforas forzadas, asociaciones anormales de ideas, transiciones bruscas, y gusto por los contrastes violentos en que se funda todo humorismo, que humoristas son los grandes escritores de este siglo, Quevedo y Gracián. En estos autores geniales, el conceptismo aparece lleno de profundidad, la frase encierra más ideas que palabras (al revés del culteranismo, que prodiga más las palabras que las ideas); pero en los autores de orden inferior de este siglo la agudeza suele estribar únicamente en lo rebuscado del pensamiento, en equívocos triviales y en estrambóticas comparaciones. El siglo XVI fue el del esplendor de la prosa castellana, el XVII es ya de decadencia; y uno de los síntomas de ésta es precisamente el buscar como principal sazón de la obra literaria el artificio y la agudeza».

Muchos años más tarde analizará de este modo don Ramón: «Fuera del gongorismo la obscuridad perdió su estimación ante el concepto análogo de la dificultad que Jáuregui le ponía enfrente; oscuridad, lo tocante a la expresión, vicio condenable; dificultad, lo referente al asunto y pensamientos, moralidad defendible y aun preciada. Quevedo combatió la obscuridad, satirizó despiadadamente a Góngora, al culterano umbrático y a su turbia “inundación de jerigonzas”- Él no quiere ser obscuro, sino ingenioso; no se propondrá de continuo la expresión encubierta, como Góngora; aunque tampoco defenderá, como defendía Lope, la constante llaneza e inteligibilidad del lenguaje; y así cuando la ocasión se ofrezca, él dispondrá también aquel deleite indagatorio que Góngora se propone estimular en el lector, pero lo dispondrá no mediante la obscuridad formal, sino en la dificultad, sutileza o complicación del concepto. De igual modo dentro del conceptismo, Gracián tampoco aboga por la obscuridad, por más que, no indiferente como Quevedo, sino decidido, profesa firme aversión a la claridad».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 103-104]