CASTICISMO

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Norm / System / Usus / Parole

 

Casticismo

Die Pflege echt span. Tradition (des Urspanischen“), bes. in Sprache, Literatur und allgemein im Kulturleben; meist im Gegensatz zu einer Haltung, die ausländische Einflüsse zulässt (z. B. in der Sprache den Gebrauch von Fremdwörtern).“

[Haensch, G. / Haberkamp de Antón, G.: Kleines Spanien Lexikon, München, C. H. Beck, 1989, S. 35]

«Casta ‘especie animal’, 1417, ‘raza o linaje de hombres’, h. 1500, ‘clase, calidad o condición, h. 1513.

Voz oriunda de la Península Ibérica y común a sus tres lenguas romances y al occitano; de origen incierto. Probablemente de un gótico *KASTS ‘grupo de animales’, ‘nidada de pájaros’ (hermano del inglés cast, sueco y noruego kast íd.); aplicado a las castas de la India, el vocablo portugués se extendió luego a todas las lenguas modernas con el significado de ‘clase social privada de mezcla y contacto con las demás’. Cat. casta, S. XV; port. casta, 1516; gall. caste, fem., forma más cercana a la germánica, alterada por influjo del género en los demás romances.

DER. Castizo, 1529; casticismo. Descastar, descastado, 1832.» [Corominas, Joan: Breve diccionario etimológico de la lengua española. Madrid: Gredos, 31987, p. 138]

Casticismo

1.                  Afición a lo castizo en las costumbre, usos y modales.

2.                  Actitud de quienes al hablar o escribir evitan los extranjerismos y prefieren el empleo de voces y giros de su propia lengua, aunque estén desusados.

Casticista

Persona que practica el casticismo idiomático o literario.

Castizo (de origen incierto; cf. lat. casticeus, esp. casta)

1.    De buen origen y casta.

2.   Por ext., típico, puro, genuino de cualquier país, región o localidad.

3.   Aplícase al lenguaje puro y sin mezcla de voces ni giros extraños.

4.   Muy prolífico, referido a animales.

5.   desus. Méj. cuarterón, nacido en América de mestizo y española o de español y mestiza.”

[RAE: Diccionario de la Lengua Española, 1992]

Casticismo

Actitud por la que se propugna, como criterio de corrección idiomática, la utilización de giros tradicionales de la lengua y el rechazo de extranjerismos y neologismos.“ [Diccionario de lingüística. Anaya, p. 46]

En la Edad Media, las divisiones más importantes en la sociedad española eran de casta, es decir, eran distinciones esencialmente estáticas que dependían del nacimiento de una persona, de su linaje: podría ser, en un principio, villano o hidalgo (‘hijo de algo’); las diferencias entre las tres religionesla cristiana, la judía y la musulmana – también eran diferencias de casta.

Dentro de cada comunidad existía la misma jerarquía: había judíos aristócratas y judíos ‘del montón’, y también había moros de linajes esclarecidos y otros de origen más humilde. Las aristocracias de estas tres comunidades se reconocían entre sí como una clase superior a la gente humilde de los tres grupos. Hasta cierto punto se respetaban las distinciones de clase por encima de las diferencias de religión y nación. Los moros de clase alta y los cristianos nobles intercambiaban cautivos de las batallas entre ellos. Los judíos pudientes eran consejeros y banqueros de los príncipes de Castilla y Aragón; financiaban la guerra de la Reconquista y hasta casaban sus hijas con los hijos de familias nobles.

En el Siglo de Oro, quizás mejor llamado aquí la Edad Conflictiva, se juntan dos grandes cambios en este sistema social de una jerarquía de castas:

1) Con el triunfo de la comunidad cristiana sobre los moros que llega a ser definitivo en 1492 con la conquista de Granada, las castas judía y musulmana quedan completamente desprestigiadas. Ahora sólo los que son de linaje cristiano pueden jactarse de ser de casta alta.

Después de la expulsión de los judíos que no se convierten al cristianismo en ese mismo año de 1492, y la expulsión de los moros que no se convierten, primero de Castilla (1504?) y después de Aragón (1526?), hay cientos de miles de „cristianos nuevos“ en España. Los conversos de origen judío, sobre todo, se mezclan con la población: ya no viven en las juderías, ya no están excluidas de ciertas actividades profesionales... El pueblo español empieza a obsesionarse por la pureza racial.

En la Iglesia y en altos puestos estatales se aprueban „estatutos de limpieza de la sangre“: para ocupar estos puestos hay que demostrar que uno no tiene antepasados judíos o moros. Muchas familias de alto linaje, al intentarlo, descubren que en su pasado había un bisabuelo judío o una tatarabuela judía. Los villanos ahora son los que se jactan de ser cristianos viejos, porque sus familias nunca se casaban con las familias no cristianas.

La Inquisición escudriña los linajes buscando familias conversas, y escudriña los conversos buscando judaizantes y criptojudíos. Los siglos XVI y XVII son siglos de sospecha en España, en los cuales la honra del individuo depende de un hecho que no puede controlar y que en muchos casos desconoce. En este ambiente hostil, todas las actividades que se asocian con el judaísmo son señales sospechosas y por lo tanto hay que evitarlas: el negocio, el comercio, y hasta el estudio.

Sobre todo a partir de 1550 (o sea durante la Contrarreforma), se dan casos de hidalgos que se jactan de ser analfabetos porque es un indicio de ser cristiano viejo. El miedo de parecer cristiano nuevo es sin duda un factor que contribuyó a la falta de desarrollo comercial e industrial en España, frente a Francia, Holanda e Inglaterra.

2) A la vez, la expansión económica que sigue a la colonización de América dio lugar a un crecimiento urbano, a un aumento en las oportunidades económicas y una movilidad de clases anteriormente desconocida en España. La presión que sintieron los nobles de no trabajar ni dedicarse a los negocios dejó un vacío que rápidamente se llenó de villanos ricos. Dos tipos comunes en este período son el hidalgo pobre (véase el tercer tratado del Lazarillo) y el rico de sangre humilde (como lo son tantos personajes del Quijote).

Aunque jugaba un papel ideológico tan importante, pues, el sistema de castas, en términos prácticos importaba cada vez menos. En su lugar importa cada vez más la categoría de clase, que implica movilidad y depende únicamente de nivel económico y no de nacimiento.

La época barroca se caracteriza por la existencia simultánea de estos dos conceptos, de casta y de clase, y la pugna entre ellos.

Las paradojas del casticismo español

El que precisamente el flamenco sea hoy en día icono y símbolo de ESPAÑOLADA, de la España castiza, es una paradoja, pero históricamente explicable:

a)        Cuando entraron los gitanos a España fueron recibidos como los “descendientes de los faraones egipcios” (egipcianos) y, al amparo de muchos nobles “catetos”, se dieron nombres de condes y marqueses ... Lola Flores, “La Faraona”.

b)       En el siglo XVIII, como reacción antifrancesa (“los afrancesados”), el pueblo se volcó sobre el folclore, los regionalismos y la teoría de la identidad “no somos europeos, somos descendientes de los Árabes, nuestras raíces son exóticas, están en África”. Los toreros y los gitanos flamencos se hacen “salonfähig” ... Orgullo de ser “diferentes”, cosa que Franco más tarde usará como slogan: “España es diferente”.

c)    El romanticismo del XIX, fortaleció el mito de las diferencias nacionales: Vascos, España típica, etc. El interés que el Flamenco despertó en los viajantes extranjeros (“Carmen”, etc.) hizo que este folclore se convirtiera en lo “típico español”: Flamenco y toros. Con ello pasó a representar el “temperamento” español (ya me dirán a mí, qué temperamento tiene un leonés o castellano, o incluso un vasco). > “La España típica

d)   La generación del 98 intentó buscar una nueva IDENTIDAD mística, la intrahistoria española, centrando lo español en la “España mística” representada por la llanura ascética castellana (a pesar de aquello de Machado: “por donde pasó herrante la sombra de Caín”).

e)    Esta España del 98 no cuajó. Después de la transición se desenmascaró la “España real” > Conjunto de pueblos “diferentes”, mas no divergentes ni disidentes > “La España de las autonomías”.

§       Marsé y los veinticinco años aparte, hay una crítica concreta de su estilo y de su presunta vacuidad. El tintineo... No es lo que dicen los críticos, ni los universitarios, de aquí y del extranjero. Al revés, todos hablan de la prosa, la prosa, la prosa de Umbral. Y no puedo pensar tampoco que no sea una prosa moderna. Mire: yo abro el periódico cada mañana y veo como todos los columnistas de entre 35 y 45 años me copian.  Todos. No sé si hay otro síntoma mejor de modernidad. Porque no copian a don José Zorrilla, ¿eh?.

§       ¿Y el casticismo?

§       ¿Castizo? El casticismo es la adhesión a lo castizo. Es Mesoreno.  Pero no es Larra. En Larra hay un casticismo crítico. Como en Cela. Una vez González-Ruano me decía que Cela no amaba a sus personajes. ¡Claro que no! ¡Cómo iba a amar a un churrero de Vallecas! Es precisamente esa distancia lo que lo separa del anacronismo. La superación del casticismo da el esperpento.  Valle. Baroja decía que la única gracia de Valle estaba en que llamaba dátiles a los dedos. Es mentira, claro. La gracia de Valle es haber tratado críticamente el castellano hasta llevarlo al esperpento.

[Entrevista con Francisco Umbral – EL PAÍS, Lunes 18 diciembre 2000 - Nº 1690]

Purismo

Delimita Amado Alonso: «En general casticismo suele alternar en castellano con purismo, sin diferencia de intención; pero castizo no se limita a duplicar la nominación de lo purista, sino que tiene sus exigencias propias por su particular estructura de significado [...] El purismo, con su ideal de imitación de la lengua en su época de perfección, aspira al buen “manejo” de las formas idiomáticas consagradas; lo castizo, además de eso, comprende cierto tipo de neologismos, a saber, las “creaciones” idiomáticas que en el instante mismo de nacer tengan un pergeño inconfundiblemente español [...] El purismo combate especialmente las deformaciones que sufre la lengua después de alcanzada su perfección, esto es, en las épocas que el purismo tiene por decadentes; el casticismo defiende lo que es de casta y se opone a lo que sea de casta ajena».

Gili Gaya describe respecto del Diccionario de Autoridades y define: «Para explicar esa abundancia de Autoridades hay que tener en cuenta que la preocupación académica esencial en aquel momento era el casticismo, entendiendo esta palabra en su sentido rigurosamente etimológico de castizo, lo que pertenece a la casta, lo patrimonial o lo que es claro y propio. Este concepto de casticismo pertenece sobre todo a la primera mitad del siglo XVIII, y no debe confundirse con el purismo que sobreviene por la lucha antigalicista en la segunda mitad del siglo, y dura buena parte del siglo XIX. El purismo surge del casticismo, pero es un concepto más restringido y polémico».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 202]

Casta y castizo

Dice Covarrubias (1611): «Casta vale linage noble y castizo, el que es de nueva línea y descendencia; no embargante que decimos de buena casta, y de mala casta». – Dice Unamuno (1894): «Se usa lo más a menudo el calificativo de castizo para designar a la lengua y al estilo. Decir en España que un escritor es castizo es dar a entender que se le cree más español que a otros» (En torno al casticismo).

Castas

Dice una composición antigua reproducida por Nicolás León en su libro «Las Castas del Méjico colonial» y citada por Pérez Bustamante en su «Geografía de España»:

Español con india, sale mestizo.

Mestizo con española, sale castizo.

Castizo con española, sale español.

Español con negra sale mulato.

Mulato con española, sale morisco.

Morisco con española, sale salta atrás.

Salta-atrás con india, sale chino.

Chino con mulata, sale lobo.

Lobo con mulata, sale jíbaro.

Jíbaro con india, sale albarazado.

Albarazado con negra, sale cambujo.

Cambujo con india, sale zambaigo.

Zambaigo con mulata, sale calpán.

Calpán mulata con zambaigo, sale «tente en el aire».

Tente en el aire con mulata, sale no te entiendo.

No te entiendo con india, sale ahí te estás.

Otros han creído resuelto el problema con el racismo y la segregación ...”

[Michel, R.-J./López Sancho, L.: ABC de la Civilización Hispánica. Paris: Bordas, 1967, pS. 84]

«Esta crítica de las costumbres vigentes, esta flagelación de la sociedad que yace en los secretos últimos de la inspiración de Baroja, le han inducido a componer novelas que son del género picaresco. Sí, Baroja prolonga una tradición muy honda de nuestra literatura, y es más entrañablemente castizo que la Real Academia Española. No ha leído apenas otra cosa que libros extranjeros, su idioma es rebelde a la gramática normal, siente un desdén de indio nuevo hacia nuestra vieja excelencia literaria, y, sin embargo, es castizo hasta más no poder. ¿Por qué, sin embargo? Justamente por eso es castizo.

Castizo es el nombre de lo absolutamente espontáneo, la manifestación de los instintos de una especie en un su individuo, la espontaneidad sobreindividual, aquella de que el individuo mismo no se percata. Por eso, preocuparse en ser castizo es cerrarse las puertas para serlo. El casticista es el enemigo nato de lo castizo.»

[Ortega y Gasset, José: “Una primera vista sobre Baroja” (1910). En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1963, vol. II, p. 121]

«El casticismo y lo castizo:

La misma distinción establecida entre poeta de lo costumbrero y escritor de costumbres tenemos que hacer entre escritor casticista y poeta de lo castizo. Me interesa esta distinción porque, llamando a Azorín poeta de lo castizo, quisiera conferirle un alto honor, y escritor casticista significa en mi léxico una forma del deshonor literario, quiero decir, una de las muchas maneras, de las infinitas maneras entre que un poeta puede elegir para no serlo.

No creo que en parte alguna se haya hecho, como en España, pesar sobre la inspiración artística el imperativo del casticismo. Yo no sé qué excesiva solicitud por mantener intacta la espiritualidad nacional ha suscitado en todas las épocas de nuestra historia literaria unos Viriatos críticos, medio almogávares, medio mandarines, los cuales amontonaban obras sobre obras en torno a la conciencia española, no tanto para que fueran leídas cuando para formar con ellas una alta muralla al estilo de la existente en China. Es más que sospechosa esta obsesión de que vamos a perder nuestra peculiaridad. En la mujer histérica suele convertirse el afán mismo de perder la inocencia en una excesiva suspicacia e injustificada precaución.

Un yo poderoso no pierde tiempo en temores de ser absorbido por otro; antes al contrario, está seguro de ser él el absorbente. Dotado de fuerte apetito, acude dondequiera se halla alguna materia asimilable. De este modo aumenta sin cesar, se transforma y enriquece. Un profundo conocedor de Grecia llegaba recientemente a señalar como resorte de aquella cultura la más original, la más intensa, la más personal hasta ahora sida, su enorme capacidad de asimilación. Y añade que Grecia sólo fue original, intensa y personal mientras tuvo sensibilidad para lo extranjero.

¿Qué diremos de un yo siempre medroso de que otro lo suplante? Que es un yo meramente defensivo, una personalidad constituida por la simple negación de los demás, y, por lo mismo, más que ninguna necesitada de éstas. Lo menos que puede ser Fulano es no ser Zutano: si suprimimos éste, ¿qué nos queda de aquél?

La ininterrumpida tradición del imperativo casticista revela justamente que en el fondo de la conciencia española pervivían inquietud y descontento respecto a sí misma.

Tanto preocuparse de la propia personalidad equivale a reconocer que ésta no es suficiente, que no se basta a sí misma, cuando menos que necesita tutela. Pero el casticismo es el gesto fanfarrón que la debilidad hace para no ser conocida.

Casi podría decirse que la mitad de los libros españoles publicados en los últimos siglos está dedicada a demostrar que la otra mitad es admirable. No a analizar, potenciar y aquilatar ésta, sino a ensalzarlo. Historia y crítica no han salido hasta hace poco del género panegírico.

Resulta que a otras razas, para tener su personalidad, bastábales con tenerla. Nuestra personalidad, en cambio, parece que no consiste en ser tenida, sino en ser demostrada.

¿Cuándo concluirá en España esta inocente manía panegírica? Miremos que el verdadero patriotismo nos exige acabar con ese ridículo espectáculo de un pueblo que dedica su existencia a demostrar científicamente que existe. ¡Provincianismo! ¡Aldeanismo!

Lo castizo, precisamente porque significa lo espontáneo, la profunda e inapreciable sustancia de una raza, no puede convertirse en una norma. Las normas son siempre abstracciones, rígidas fórmulas provisionales que no pueden aspirar a incluir las ilimitadas posibilidades del ser. ¡Por amor a la España de hoy y de mañana no se nos quiera reducir a la España de un siglo o de dos siglos que pasaron! La psicología de una raza ha de entenderse como una fluencia dinámica, siempre variable, jamás conclusa. ¿Quién diría a los ingleses contemporáneos de Shakespeare, todo exceso e incontinencia, que tiempo adelante habían de enseñarnos el arte del selfcontrol? [...]

Cada uno de nosotros procede de un empellón originario que la casta le dio, y nuestra raza tuvo al producirnos. Pero ni un hecho, ni un siglo, ni una época, agotan la vena de las intenciones étnicas. De aquí que carezca de sentido proyectar como una norma de lo venidero lo que un pueblo fue en el pasado. Creer que depende de nuestra voluntad ser o no castizos, es conceder demasiado poco al determinismo de la raza. Queramos o no, somos españoles, y huelga, por tanto, que encima de esto se nos impere que debemos serlo.

Un escritor casticista es, pues, un escritor que se atiene a las formas de poesía inventadas por otros artistas de su país; esto quiere decir que es un imitador, no un poeta. “La poesía – decía Valera – es todo aspiración y vaticinio”. El que no se atreva a innovar, que no se atreva a escribir.

Nada menos casticista que Azorín. Difícil será encontrar en el panteón literario de nuestro país un escritor parecido. No él, su tema es lo castizo. He aquí su acierto y su mayor mérito.

Azorín se ha sumergido en el pasado español, sin ahogarse en él. Ha hecho de lo castizo su objeto, su materia, pero no su obra. La obra castiza o casticista reproduce la sensibilidad de una época pretérita y sólo podría interesar a los hombres de esa época. La obra de Azorín es actual; emplea los órganos sentimentales del ánima contemporánea para hacerla percibir, bajo la especie del presente, lo pasado.

Pero no, no está así bien expresada la sutil emoción que suelen despertar en nosotros los breves cuadros de Azorín. ¿Cómo decirle? No se trata de una restauración histórica, como no se trata de una descripción de costumbres. La restauración histórica es siempre una ficción: en ella se cubren los hechos pasados de un barniz que les da esa brillantez aparente, propia de las cosas actuales. Además, en la restauración histórica lo que importa es el pasado y su aproximación a nosotros. Todo esto es externo, artificioso, superficial, en comparación con el arte de que hablo ahora.

En Azorín no es el pasado quien finge presencia y actualidad, sino el presente quien se sorprende a sí mismo como habiendo pasado ya, como siendo un haber sido.

De ordinario, sólo nos percatamos de lo que constituye nuestra conciencia superficial; cuando más habituales, más viejas sean nuestras ideas y nuestras emociones, menos nos damos cuenta de ellas. Yacen sumidas en inercia psíquica, en hondo sopor, las capas más profundas de nuestro yo. No sabemos que este yo las contiene.

Mas he aquí que una palabra, una imagen certera hiere esas capas subyacentes y las despierta y hace entran en actividad. Con asombro percibimos que todas aquellas cosas pasadas no han pasado en rigor, que son nuestro yo, este mismo yo de ahora. [...]

Tal es la emoción de lo castizo por la cual nos sorprendemos repercutidos en el pasado, viéndonos a nosotros mismos flotar en los tiempos que fueron. El casticista ignora la modernidad: el poeta de lo castizo, como Azorín, hace que la modernidad sea reabsorbida por el pasado de donde salió.

Ahora bien, ésta es la única manera de justificar lo viejo. Con obligarnos a que nos traslademos a él no se consigue nada: por muy cerca que le lleguemos será siempre un pasado y nosotros un presente. Así no podemos intimar. Es menester que nos sintamos nosotros mismos pasado.

Algunas páginas de Azorín consiguen disolver nuestra conciencia actual en el ámbito secular de lo castizo como nuestra carne después de la muerte habrá de desvanecerse en la atmósfera.»

[Ortega y Gasset, José: “Azorín: primores de lo vulgar” (1917). En: Obras completas. Madrid: Revista de Occidente, 1963, vol. II, p. 186 s.]

Casticismo - Etimología y definición

«De niño escuchaba decir a las mujeres de origen campesino que en las espaciosas casas de Santiago de Chile tenían patio con gallinero, que “el gallo castellano era más castizo que el gallo catalán”, o “este gallo es muy castizo”. La cualidad del gallo aludida tenía que hacer con la frecuencia que éste “pisaba” a la gallina, es decir, la cantidad de veces que la cubría. El gallo castizo era el que con asiduidad cumplía su función de macho. Américo Castro observa a Corominas que “echadura” es el nombra que se da a la cantidad de pollos que la gallina empolla de una vez. Desde antiguo está documentado en escandinavo un vocablo que pasó al inglés bajo la forma cast. En esta lengua, cast significa ‘el número de halcones o de otras aves que la madre empolla de una sola vez’, ‘pareja de macho y hembra’, ‘grupo de arenques o de otros peces, por lo común tres o cuatro’. La primera documentación castellana de esta palabra se encuentra en Villena, Trabajos de Hércules, del año 1417, que trae “vacas o bueyes que de España había traído para casta”. En 1440, A. de Torres escribió: “los elefantes... jamás se juntan para hacer casta en parte que puedan ser vistos de persona alguna”; más tarde Nebrija (1493-95), “macho cojudo para casta” y en el Viaje a Turquía (1555), “los caballos todos son capados... si no es aquellos que quieran para casta”. La primera documentación del derivado castizo es de 1529, en Guevara, que trae “de cavallos castizos suelen salir potros indómitos e rixosos”.

Los rasgos que aparecen como comunes en todos los significados expuestos de la palabra cast son: se trata de animales (o aves), de su capacidad de procreación, de la simultaneidad de su nacimiento (de una misma madre). En 1516 los portugueses aplicaron la palabra casta a las capas sociales que vivían separadas unas de otras en la India. Este empleo dado por los portugueses a casta fue el tomado por las diversas lenguas europeas junto con la palabra misma (inglés, 1588; francés, 1676, etc.). Covarrubias, en 1611, atribuyendo a casta un étimo latino escribía: “Dícese de castus, porque para la generación y procreación de los hijos, conviene no ser los hombres desenfrenados en el acto venéreo, por cuya causa los recogidos, y que tratan poco con mujeres, tienen muchos hijos“. En el uso portugués señalado, en la falsa etimología de Covarrubias, la referencia al animal ha sido reemplazada por la de ser humano y se mantiene lo relativo a procreación. En catalán fer casta significa ‘procrear’. Respecto de las personas, casta viene a significar, pues, ‘gentes del mismo linaje’. La etimología probable de casta es el gótico *KAST ‘grupo de animales’, ‘nidada de pájaros’.

Unamuno, En torno al casticismo, 1895, escribía que “lo castizo, lo verdaderamente castizo, es lo de vieja cepa castellana”. Llamamos estilo castizo al que emplea palabras castellanas de viejo abolengo.

Américo Castro ha querido clarificar el modo de vida que se generó en la Península a partir de la invasión musulmana el año 711 y que se prolongó durablemente. Rastreando el entrecruce de los tres agentes históricos que coexistieron por siglos en el mismo espacio geográfico, se ha preguntado por el tipo de enlace que les daba conciencia de su singularidad, y establece que cristianos, moros y judíos se organizaron en el pasado español como castas diferentes. Estos pueblos no formaron diversas clases sociales. Cada uno de ellos tenía su propia jerarquía interna. Entre ellos hubo una coexistencia y una pugna simultánea que los opuso al mismo tiempo que los hizo complementarios como conglomerados enterizos, sin articulaciones sociales válidas para el conjunto de los tres simultáneamente.

Tanto los invasores de 711 como los derrotados que fueron surgiendo organizados en diversos reinos en el norte de la Península, tenían un origen plural. Entre los invasores había sirios, beréberes, árabes y los vencidos se llamaban, de acuerdo con su origen, gallegos, leoneses, asturianos, castellanos, navarros, vascos, etc. No es posible, por lo tanto, usar la palabra casta con el significado referido a los seres humanos que acabo de indicar arriba. Ni los dispersos reinos del norte ni los abigarrados invasores pueden recibir el determinativo de ‘gentes del mismo linaje’. Se trata, más bien, de grupos humanos dispersos y, en algunos casos, de un origen muy diferente. ¿Qué unificó a estos conglomerados humanos en un mismo grupo? ¿Qué los dotó de la conciencia de casta? El elemento que los unió en su diversidad étnica fue la creencia común. Unos se reconocerán como musulmanes a pesar de su abigarramiento, otros se autodesignarán como cristianos con independencia de sus localismos, de sus dialectos diferentes y de su variado entronque genealógico. El fundamento del linaje lo brinda la creencia, no lo biología. Es miembro de la casta cristiana el adepto tradicional de esta religión, no el engendrado dentro de una estirpe genealógica determinada. La llamada “limpieza de sangre” hay que entenderla a la luz de estas circunstancias y no como un imposible hecho biológico.

Los judíos habían formado desde siempre un grupo humano cohesionado por su creencia. Coexistiendo con moros y cristianos perdurarán en su identidad religiosa. Tal vez ellos antes que nadie constituían ya una casta fundada en la creencia común. Confundida desde siempre entre los judíos la pertenencia tradicional a la ley de Moisés con el hecho biológico de la ascendencia, la pureza de casta religiosa equivalía a la pureza de sangre. Ser judío tenía el doble significado de creer en la ley de Moisés de manera actual, pero heredada, y haber nacido de padres y abuelos que vivieron siempre dentro de la misma fe. Es por eso por lo que así como la creencia en la pureza de sangre es de origen judío, también es de ese origen el afán de pureza de casta. Una y otra cosa son lo mismo consideradas desde ángulos diversos. La casta cristiana, a medida que se hacía consciente de su singularidad frente a la mora y a la judía, más hondamente se adentraba en el proceso de semitización. De los judíos tomó el mito de la pureza de sangre, de los judíos incorporó la mítica exigencia de la pureza de casta. La influencia hebrea sobre la casta cristiana era reforzada por los contactos seculares de ésta con la gente de la casta del Islam. El modelo, como respecto de la tolerancia religiosa, fue ofrecido a la casta cristiana en formación por el tipo de vida fraguado previamente en Al-Andalus.  “Al acentuarse el valor de lo ‘castizo’, la casta de los cristianos se acercaba cada vez más al modo semita de existir, a no hacer distinción entre vida religiosa y vida civil, entre Iglesia y Estado. La conciencia de ‘casta’ fundada en una fe religiosa fue motivándose en la futura vida española durante los siglos de lucha para recobrar la tierra y en vista del modelo ofrecido por Al-Andalus” (A. Castro: La realidad histórica de España. México: Porrúa, 1962, pp. 47 y 33). [...]

En la Edad Media europea, la nobleza se situaba en la cúspide social. De grado o de fuerza las demás clases se articulaban con ella de acuerdo con el modelo jerárquico ofrecido por los teólogos. La “ciudad de Dios” en la tierra debía reproducir la misma jerarquización celeste. El feudalismo europeo supone un ordenamiento social interconectado. El noble hace lo que le corresponde hacer, y el villano, gustosa o resignadamente, se enfrenta a su rutina laboral diaria. Ni el noble ni el villano pertenecen a organizaciones desconectadas entre sí. Unos y otros necesitan coexistir para salir adelante. En Francia, en Inglaterra, en Germania, la religión del señor y del vasallo es la misma. La diferencia de funciones no se basa en creencias diferentes.

Nada de esto ocurría en la España de aquellos tiempos. No existía en la Península una sociedad jerarquizada en diversos estratos y cobijada bajo la misma cúpula de una y la misma creencia. Coexistían allí tres religiones, tres lenguas y tres castas. No tuvo cabida, pues, en la Península el feudalismo que vertebraba cupularmente la diversidad de clases. La conciencia de casta lo hizo imposible. “España se desarticuló en tres gradualismos, independientes unos de otros, y ahí yace un importante motivo para la ausencia de una sociedad feudal” (A. Casto, o. cit., pp. 43). Se apreciaba el trabajo realizado por cada una de las castas pero no a sus productores. La diversidad de religiones impedía la valoración de sus agentes. Había así una escala de estimación rota, desconectada en su base social. Era aceptable el dinero prestado por un judío, pero no el judío mismo, por vivir dentro de la ley de Moisés.

La inarticulación de la sociedad peninsular en tres castas de creyentes está presentada como un hecho indiscutible y aceptado en la documentación y en la literatura hasta fines del siglo XV. Los reyes y los obispos aceptan el homenaje que en ocasiones solemnes les rinden moros y judíos. Tales jerarcas se rodean del aparato cristiano. Ellos simbolizan el predominio del cristianismo, pero en su calidad de representantes y miembros de esa creencia legitiman la existencia de las otras aceptando el acatamiento que se les brinda. En el Libro del Buen Amor se lee, como reflejo de un hecho social básico:

La nota de la carta venía a todos nos

“Don Carnal poderoso, por la gracia de Dios,

a todos los cristianos, e moros e judíos,

salud con muchas carnes.” (1193)

EN 1486, el obispo fray Alonso de Burgos hace su entrada en la ciudad de Palencia, donde moros y judíos eran sus vasallos. EL cronista Pedro Fernández del Pulgar describe las grandes fiestas que esos vasallos de las otras religiones hicieron al obispo, “los moros con diversas danzas e invenciones; y los judíos iban en procesión cantando cosas de su ley”. Seis años más tarde se dictaría el decreto de expulsión de los judíos. Y en 1502 los mudéjares sufrirían igual suerte.»

[Araya, Guillermo: “Lexicografía e historia de la visión de España de Américo Castro”. En: Homenaje a Américo Castro. Madrid: Universidad Complutense, 1987, p. 46-51]

Casticismo historiográfico

«El casticismo de la historia de España se ha reflejado también en el casticismo de su historiografía. Hasta antes de la obra de Américo Castro fue una constante de los historiadores españoles la de desconocer o de negar la importancia de judíos y moros en el pasado del pueblo español cuyo decurso pretenden exponer y hacer inteligible. Sánchez Albornoz, experto medievalista, refleja bien la actitud predominante sobre el aporte musulmán y judaico. El historiador se inscribe, sin siquiera sospecharlo, en la perspectiva de una visión casticista del pasado español. Prisionero de un pasado múltiplemente secular, escribe una historia empapada en las invariantes de la casta cristiano vieja. Aferrado por sus ataduras, combate y repudia lo perteneciente a las castas enemigas, impuras de sangre y dominadas por creencias contrarias. El hombre de reflexión y estudio que es el historiados, no escapa al vivir español. La historiografía española resulta ser así castiza y limpia de sangre.

Dentro del modo castizo de la historiografía española se inscribe también un movimiento expansivo opuesto, en apariencia, al restrictivo que afecta a moros y judíos. Desde Jiménez de Rada en el siglo XIII hasta hoy, los historiógrafos españoles han incorporado al haber del pasado de su país desde Túbal hasta el rey Rodrigo, encerrando entre ellos a los iberos, los tartesios, los celtas, los romanos, los vándalos, etc. Como estos pueblos son hay, y lo fueron siempre, inoperantes en el modo de existir propiamente español, su incorporación a la historia nacional no hace incurrir en ningún riesgo al historiador. Por lo demás, adornar un pasado, por más que sea fabuloso, con Argantonio, la Dama de Elche, Trajano, Séneca, San Isidoro, etc., es algo que ayuda a rasar le enorme oquedad en que fácilmente se siente existir el español cuando, a disgusto en su herencia pretérita, la compara con la de otros pueblos de Europa.

“La historiografía española, el hecho de incluir en ella un pasado que no le pertenece y de excluir de ella lo más característico de su realidad, son una ‘inherencia’ al mismo proceso del vivir español”. (A. Castro, o. cit., p. 4).»

[Araya, Guillermo: “Lexicografía e historia de la visión de España de Américo Castro”. En: Homenaje a Américo Castro. Madrid: Universidad Complutense, 1987, p. 51-52]

Casticismo judío y casticismo cristiano

«Ni sospecha había de qué hubiese significado el término castizo, mal entendido incluso por Unamuno, e ignorado por el Diccionario de la Academia. Hay que repetirlo, porque al parecer no nos enteramos de ello. Ahora, una vez hallada la clave historial de los auténticos españoles, con el sistema de sus castas bien a la vista, sabemos muy bien que el factor decisivo de la historia no fue el Islam ni la resistencia contra la herejía europea; la desgana cultural fue la respuesta dada por los hidalgos cristianos viejos a la casta española-judía (integrada ya por conversos en el siglo XVI), muy señalada por sus aficiones intelectuales. En lugar de Contrarreforma, la contraofensiva de los hidalgos debería llamarse “Contrajudería”. Muchos de ellos eran de ascendencia judaica, aunque luego apareciesen con ejecutorias de hidalguía mediante el soborno de la justicia, haciéndose patronos de las capillas fundadas con su dinero, cambiándose los nombres, etc.

Tan casta era la de los españoles judíos, y tan fuerte era su casticismo, que un judío portugués (Isaac Pinto) reprochaba a Voltaire no “distinguer des autres Juifs, les Espagnols et les Portugais, que jamais ne sont confondus [avec] la foule des autres enfants de Jacob. Leur divorce avec leurs autres frères est à tel point, que si un Juif Portugais en Hollande et en Angleterre épousait une Juive allemand, il perdroit aussitôt ses prérogatives; il ne serait plus reconnu pour membre de leur synagogue; il serait séparé du corps de la nation”.

Es imposible separar el casticismo de los españoles cristianos del de los españoles judíos, tan conscientes de su hidalguismo y de su limpieza de sangre como sus compatriotas cristianos –en el momento actual, en el siglo XVIII o en el siglo XV–. Escribía el Rabí Arragel de Guadalajara en 1410: “Los judíos [gozábamos] de tanta prosperidad, que en Castilla solíamos ser corona e diadema de toda la ebrea transmi[r]ación, en fijosdalgo, riqueza, sciencia, libertad, respondiendo algunt tanto a las propiedades [e] virtudes del rey e reyno en cuya imperación somos [‘bajo cuyo dominio vivimos’], en la muy noble [y] famosa Castilla”. Los judíos españoles se creyeron distintos, superiores a los restantes; eran tan españoles como judíos, y por eso continúan llamándose españoles. Esa es la realidad y el drama que los historiadores –inútilmente– quieren dejar a un lado.»

[Castro, Américo: Los españoles: cómo llegaron a serlo. Madrid: Taurus, 1965, p. 32-33]

«El casticismo era tendencia que venía ya del siglo XVIII, como recurso defensivo frente a un español que, intentando ponerse a tono con la modernidad de los tiempos, parecía desustanciarse al prescindir de lo arcaico como de algo inservible. Era también, según apuntó Larra, la consecuencia de una nostalgia nacionalista que al repetir en medio del decaimiento presente el estilo de un Cervantes, creía revivir ingenuamente la España de Cervantes.

Ahora bien, el casticismo de El Solitario, tan insistente, tan agobiante a veces, tiene poco que ver con estas consideraciones, ni se parece al de sus contemporáneos. Gallardo, Durán, Mesonero pasan por casticistas y lo son, pero de otra manera. Estébanez Calderón ocupa entre los casticistas de su tiempo un lugar aparte, parecido al de Góngora, entre los poetas culteranos de su época. Quizá esta fue la causa de que su estilo tampoco fuera del gusto de todos, particularmente cuando la tendencia general se dirigía hacia un lenguaje llano y corriente que todos pudieran comprender. Todo por españolismo; español castizo para españoles castizos, como declara en una ocasión. Pero lo español se reduce en Estébanez a lo andaluz, y el autor se satisface con que sus lectores sean toreros, caballistas, cantadores, es decir, analfabetos.

El Solitario coincide, pues, con los extranjeros que destacaban en la España pintoresca tipos como el contrabandista o la bailadora, por creerlos los más característicos. El solitario fue un andaluz muy entusiasta de su tierra, como lo fueron otros escritores del siglo XIX desde Rivas hasta don Juan Valera. Pero ninguno como Estébanez, que admiraba hasta las particularidades menos recomendables de los andaluces.»

[Llorens Castillo, Vicente: El romanticismo español. Madrid: Castalia, 1979, p. 327-328]

Ya pero, ¿qué hicieron los romanos por nosotros?

«All right … all right … but apart from better sanitation and medicine and education and irrigation and public health and roads and a freshwater system and baths and public order … what HAVE the Romans ever done for US?» (Monty Python)