AUSDRUCKSFORM vs. AUSDRUCKSSUBSTANZ

Forma de expresión  vs. Forma de contenido

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Form vs. Substanz  / Inhaltsform / Inhaltssubstanz / Zeichen / Glossematik / Bedeutung / Begriff / Idee / Inhalt

 

„Die Form des Ausdrucks ist das phonologische System der Sprache, die Substanz des Ausdrucks das phonetische Material. Aus der Ausdrucksseite der Sprache unterscheidet L. Hjelmslev A.-Form und A.-Substanz; letztere kann als Lautmaterial, graphisches Inventar usw. als für alle sprachen prinzipiell gleich betrachtet werden. Jedoch existiert sie, bzw. tritt in Erscheinung nur durch die A.-Form und A.-Substanz. Das sprachliche Zeichen ist ein Zeichen für eine Inhaltssubstanz und ein Zeichen für eine Ausdruckssubstanz“ (Prolegomena, S. 36).“

[Lewandowski, Th.: Linguistisches Wörterbuch. Heidelberg, 1973; Bd. 1, S. 76]

“Das Argument der Befürworter der Existenz eines Bedeutungskerns gegen ihre Kritiker, das isolierte Wort sei ja nicht ohne Bedeutung, löst die Streitfrage nicht, denn es ist keineswegs geklärt, was unter einem ‘isolierten Wort’ zu verstehen sei, noch, woher dieses ‘seine’ Bedeutung erhielte. Mit Wittgenstein wäre zu sagen, dass ein sprachlicher Ausdruck sich nicht völlig von jeglichem Kontext isolieren lasse. Ein Wort wird verstanden als Wort einer Sprache, als Ausdruck, der einen Platz in einer Grammatik derselben hat. (Vgl. dazu PhU, §§ 199, 432, 514, 525, 583-584, 663; Ph Gr, S. 130f.). Ein isoliert vorgestelltes Wort zu verstehen, heiße etwa, den von ihm ausgehenden Verweisungen auf Sprachspiele zu folgen, in denen es nach allgemeinem Gebrauch verwendet werden könne. «’Ein Wort verstehen’ kann heißen: Wissen, wie es gebraucht wird; es anwenden können.» (Ph Gr., S. 47; PhU, § 525). Das Paradigma des schlechthin isolierten Wortes ist für Wittgenstein der Ausdruck einer Privatsprache. In Bezug auf eine Privatsprache kann jedoch nicht ohne weiteres mehr von einer ‘Sprache’ gesprochen werden. Eine Privatsprache bestünde aus Zeichen, die keinerlei Gebrauch hätten, damit jedoch auch keinerlei Bedeutung.

Das Problems des Bedeutungskerns resultier aus einer bestimmten Sprachbetrachtung. Es wiederholt sich in verschiedenen Sprachtheorien in verschiedener Form, ist nun von einem «signifié» und einem «Designat» oder einem «Akttypus», etc. die Rede. Grundlegend für diese Betrachtungsweise ist die Unterscheidung grammatischer Formen und lexikalischer Inhalt. Ein Ausdruck habe Bedeutung, heißt für jede systematische Sprachbeschreibung, er weise wiederholt auf etwas Bestimmtes. Wittgenstein hingegen unterscheidet nicht systematisch zwischen einem verbalen (Ausdruck) und averbalen (Inhalt) Bereich. In Sprachspielen ist beides miteinander verwoben. Das Problem des Bedeutungskerns stellt sich für ihn nicht, weil er die Bedeutung von Wörtern nicht auf ihre Bedeutung als sprachliche Einheit reduziert. Wörter haben Bedeutung in den Lebenszusammenhängen, in denen sie von Bedeutung sind. Löst man sie, als sprachliche Einheiten, aus diesen Zusammenhängen, so kann streng genommen nicht mehr von Wörtern die Rede sein.

Der pragmatische Zug der Wittgensteinschen Reflexionen liegt somit nicht in der Einführung besonderer, pragmatischer Sprachregeln, die die Restriktionen der Semantik auf eine Kernbedeutung in kontrollierter Weise lockerten oder die den Gebrauch besonderer, pragmatischer Ausdrücke regelten. Die Philosophischen Untersuchungen stellen weder eine Ergänzung semantischer Theorien noch eine Alternative zu ihnen dar. Wittgensteins Kritik an der systematischen Analyse ist die Reflexion ihrer Begrenztheit. ‘Unter Umständen’, zu bestimmten Zwecken, mag es sinnvoll sein, vom tatsächlichen Gebrauch der Wörter abzusehen und mit einem Explikandum und dessen Explikation einen Gegenstandsbereich festzusetzen. Sprachwissenschaftliche Theorien erfinden, um eines überschaubaren Gegenstandes willen, Sprachen – die Sprache ‘L’, diejenige der Sprechakte, u. a. Wittgensteins Kritik an Sprachtheorien ist pragmatisch, insofern er ihren zweckgebundenen, pragmatischen, Charakter im Bewusstsein hält und auf die mit ihrer Funktion als Mittel verbundene Begrenztheit hinweist.”

[Nowak, Reinhard: Grenzen der Sprachanalyse. Tübingen: Gunter Narr, 1981, S. 226-227]

„Toda visión panorámica de un paisaje se realiza siempre desde un punto en el que se coloca el objetivo. El valor de la copia dependerá no sólo de saber hacer, de la pericia del fotógrafo, sino también de la calidad del objetivo mismo. En ciencia «el cristal con que se mira» un área del saber es el método. Partimos del convencimiento de que:

§      Ningún método es perfecto.

§      Todos son perfectibles (por desarrollo o por corrección). Los descubrimientos realizados desde una metodología pueden no pocas veces ser asimilados sin romper la coherencia interna por otros métodos.

§      La diversidad en las descripciones dependen no pocas veces de la perspectiva. Sucede como en el cuento de Algazel que recuerda G. Bueno. Unos ciegos hablan del elefante según la experiencia que habían tenido: «el que palpó su oreja, decía que era un cojín; el que palpó su pata, decía que era una columna, y el que tocó el colmillo, aseguró que era un cuerno gigante» (G. Bueno, 1976: 9).

[...] La lengua es un objeto funcional y no hay mejor ni más sencilla forma de describirla que analizándola en sus funciones.

La función está por encima de la sustancia. Un mismo pedazo de madera, sin variar su composición material, puede convertirse alternativamente en palo de escoba, para de mesa coja, bastón de anciano, garrote de abuela o espada de niño según las funciones que desempeñe.

Ahora bien, a pesar de esta prioridad, la forma, o, mejor, la función necesita de la sustancia para realizarse, para encarnarse. La Lingüística no puede sentar sus reales ni en la sustancia ni en la forma pura. Del primer supuesto nacería una disciplina que nada podría avanzar sobre el conocimiento del lenguaje. De la segunda perspectiva se originan opciones teóricas estériles. No podemos describir ni el plano fónico ni el semántico de modo adecuado sin acudir a la sustancia conformada. El cenema y el lexema sin rasgos distintivos de sustancia son puras entelequias, objetos inefables. Por ello, aunque proclamo mi admiración hacia la hermosa catedral teórica que es la glosemática, prefiero asentarme en el funcionalismo realista que ha engendrado la Fonología y la misma Semántica Estructural. Procuro mantenerme siempre dentro de la inmanencia interna de que habla Jakobson. [...]

El despliegue de las llamadas leyes fonéticas en el siglo pasado y el desarrollo esplendoroso de la Fonología en el presente influyeron en la expansión de un principio no suficientemente corroborado: que el significante posee naturaleza exclusivamente fónica. Este axioma unido al principio saussureano de correspondencia biunívoca entre los dos planos del signo (tantos significados cuantos significantes, y viceverse) condujo inexorablemente hacia una posición teórica, defendida por algunos funcionalistas, que en otro lugar he denominado monismo semántico.

El monismo conduce a sostener, por ejemplo, que bajo las expresiones bote, pupila, bota, cardenal, mono, radio, etc., existe un solo significado (pues sólo habría un solo significante). Esta suposición teórica conduce a la esterilidad descriptiva, bien por vía de hecho (no hay rasgos comunes entre los diferentes sentidos de cada signo), bien por la vía de razón (se sienta el principio de que el significado es indescriptible).

Al igual que hacía Trujillo (1976) vengo defendiendo desde hace años la necesidad de diferenciar expresión (hecho puramente fónico) de significante (que incorpora datos fónicos distintivos y rasgos pertinentes de otra naturaleza). Tal opción teórica – que considero de enorme importancia – permite ofrecer una solución a los tradicionales problemas de la sinonimia y homonimia-polisemia.”

[Gutiérrez Ordóñez, Salvador: Introducción a la semántica funcional. Madrid: Síntesis, 1989, p. 12-13]