AMERIKANISCH SPANISCH

Español americano

(Recop.) Justo Fernández López

 

Vgl.:

Dialekte Hispanoamerikas / Rehilamiento / Seseo / Voseo / Yeísmo

 

Historia del español en América

Por Sergio Zamora

http://www.el-castellano.com/histamer.html

Vocales españolas y unidad del idioma

«Sin duda – expresaba Menéndez Pidal – que [la] unidad fundamental del español, mayor por ejemplo que la de las otras dos grandes lenguas europeas extendidas por América, se debe en gran parte a la sencillez, claridad y firmeza de nuestro sistema vocálico».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 244]

Unidad del español

«España es una – escribe García de Diego – y América es múltiple. Las fronteras de cada Estado son una aduana que intercepta la libre circulación de la unidad lingüística. Hasta las fronteras de las provincias que señalaron los romanos en España y hasta las de los obispados antiguos nos descubren diferencias de evolución de las hablas, y los límites políticos de los países americanos son comparables a ellas. En el grado en que las aduanas americanas se endurezcan o se mitiguen se endurecerán o no las actuales diferencias del castellano americano».

«Deben respetarse – propone Dámaso Alonso – las variedades nacionales que en el estado actual de la lengua no dificultan (o en el peor caso, no dificultan gravemente) la comunicación idiomática. Deberíamos procurar mantenernos en el statu quo, el estado en el que hoy es usada la lengua por los hablantes cultos de nuestra comunidad idiomática. Y como espejo del mejor uso tomar los grupos rectores intelectuales, académicos, universitarios y literarios de cada país [...] Cuando una determinada voz o forma sea empleada por toda nuestra idiomática comunidad, no es prudente quererla sustituir o reformar aunque sea un extranjerismo o esté bárbaramente derivada o acentuada».

«Puede ocurrir que dentro de poco – apunta por su lado Lapesa – libros de física nuclear, economía, psicoterapia, etc., publicados en Madrid o en Barcelona empleen terminología distinta de la que usen los de igual materia editados en Méjico, y que unos y otros se aparten de la usada por los que vean la luz en Buenos Aires, Bogotá o Lima, que a su vez diferirán entre sí. Si se quiere evitar este Babel terminológico habrá que recurrir urgentemente a una política de acuerdos multilaterales que respalde las nomenclaturas unificadas propuestas en coloquios y congresos panhispánicos para cada especialidad [...] Leernos mutuamente, escucharnos unos a otros, vernos recíprocamente actuar en nuestro ejercicio de la lengua oral, una y múltiple. Hagámosla nuestra toda, sin fronteras ni aduanas. Gocemos la literatura panhispánica haciendo nuestro lo creado por unos y otros. Sintamos en cada país como tesoro propio las voces entrañadas desde hace siglos en cada rincón del mundo hispánico, y también las recién acuñadas, las recién nacidas. Muchas veces he propuesto como lema de la imprescindible comprensión mutua esta adaptación del homo sum terenciano: “Hablo español y no considero ajena a mí ninguna modalidad de habla hispana”».

«Cuando una lengua (son palabras de Tovar) se instala en territorios nuevos que conquista, ese acto es irrevocable. La lengua importada comienza a vivir su vida, y la unidad habrá de mantenerse no por una continua imitación del viejo centro, sino por un desarrollo lo más paralelo posible [...] Es evidente que la unidad de lenguaje es un bien. Facilita el tráfico y la amistad entre los humanos, es vínculo de una cultura mayor y más generalmente difundida, pone a nuestro alcance mayores riquezas culturals».

«A mi parecer – dice, en fin, Diego Catalán –, la “unidad de la lengua” no exige la imposición de una norma única. Lejos de favorecer una política idiomática que propugne la enseñanza de una ortología rígida y artificiosa en todo el ámbito del español, considero que debe reconocerse como característica esencial de la lengua española su enorme libertad normativa. Desde antiguo la Academia abandonó en el léxico todo criterio sistemático, todo purismo, para dar acogida en su Diccionario a los vocabularios varios propios de las más distintas modalidades del español; últimamente extendió (en algún caso) al campo de la fonética la libertad de seguir ya una norma, ya otra, entre las que gobiernan de hecho el habla de la comunidad hispanohablante. Siguiendo en esta misma dirección, podría llegarse al reconocimiento de una básica diversidad de “normas” lingüísticas dentro de la lengua española, no sólo en el campo léxico y en el campo fonético, sino aun en el sintáctico.

Este liberalismo normativo libraría a grandes sectores de la población hispanohablante de la inútil y deformante carga que supone el aprendizaje en la propia lengua materna de todo un conjunto de “normas” por completo extrañas a su saber lingüístico previo. La enseñanza del idioma, concebida entonces como científica reflexión acerca de un sistema y de una norma cuyo conocimiento precientífico se posee de antemano, conseguiría del hablante común una corrección lingüística y un dominio de las posibilidades expresivas de la lengua inalcanzables al presente en las regiones con parcial diglosia ... Tal variabilidad normativa, convenientemente codificada, lejos de atentar a la unidad del idioma contribuiría a establecer una mayor intercomprensión entre las diversas modalidades de español hoy en uso».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, pp. 233-236]

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Unitariedad de la lengua española

Sobre ello se expresa Menéndez Pidal: «El español peninsular es entre las grandes lenguas romances la más unitaria; la lengua hablada en la Península, salvo en Asturias y en el Alto Aragón, no muestra variedades dialectales comparables a la multitud de ellas que se observan en el territorio francés o del italiano; es también una de las lenguas más estables, que menos cambios ha sufrido desde el siglo XIII acá».

Y Federico de Onís decía: «Yo, que soy castellano, he sustentado siempre que no existe el problema; que precisamente lo que causa admiración es la uniformidad del español si se compara con otras lenguas, a pesar de su enorme extensión geográfica y del relativo aislamiento en que viven los pueblos donde se habla; que las diferencias que existen en la manera de hablar el español son mucho menores entre España y América que dentro de España misma; que no hay un solo fenómeno lingüístico común a toda América y exclusivo de ella; que el seseo existe en media España y no produce dificultad para entenderse ni antipatía o prevención; que, por encima de todas las diferencias locales de pronunciación y vocabulario, está el español culto que hablan y escriben las personas educadas de ambos mundos, cuyos mejores definidores han sido americanos como Bello y Cuervo, cuyo arquetipo está en los escritores clásicos y a cuya conservación y renovación contribuyen hoy por igual y con el mismo derecho y autoridad todos los grandes escritores originales de habla española sea la que quiera su nación de origen; y que esta lengua uniforme, fijada por la tradición y autorizada por el uso de todas las personas cultas, es la que deben aprender los norteamericanos, seguros de que sabiéndola, pronúncienla con s o con c, podrán pasearse sin dificultad por toda la extensión del mundo hispánico».”

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 236]

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Andalucismo del español americano

Tempranamente era una tesis ya sostenida por Menéndez Pidal: «El grueso de las primeras emigraciones –decía– salió del sur del reino, es decir, de Andalucía, de Extremadura y de Canarias, por lo cual la lengua popular hispanoamericana es una prolongación de los dialectos españoles meridionales». No obstante, don Ramón matizará y concretará luego: «La varia comunicación de los dominios coloniales con la metrópoli, así como el carácter de vida comercial, agrícola o urbana nos explica la repartición de los varios tipos de habla hispanoamericana, el popular más andalucista, el conservador y el cortesano. La flota de España removía periódicamente, dos veces al año, los negocios de toda clase con Sevilla: traía un gran número de traficantes portadores por lo común del habla familiar sevillana, cuyo influjo actuaba sobre las regiones más mercantiles, las costeñas. Al mismo tiempo las cortes virreinales, en íntima comunicación cultural con la corte regia, mantenía en las ciudades capitales el tipo de lenguaje más distinguido».

Amado Alonso explicaba los rasgos del español en América como resultado de dos procesos de innovación propia y de nivelación. De acuerdo con Meillet subrayaba que las innovaciones son generales más que generalizadas, razonando respecto de los expedicionarios: «El destinatario es un real colaborador en nuestro modo de hablar. Salen, pues, los regionales de su región, deja el destinatario de ser su co-regional, y automáticamente el hablante deja de usar en lo que puede los modos exclusivamente regionales y usa los más generales que ya sabe, y aprende otros que sirvan para los nuevos prójimos. En suma, si cambia permanentemente el tipo de destinatario, cambia también el tipo de hablar. Hacho real y necesario es que, al juntarse en una nueva y concreta población americana aragoneses, andaluces, castellanos, leoneses, extremeños y vascos, todos ellos y cada uno en su esfera personal acrecentaban en su hablar la proporción de lo general y relegaban proporcionalmente lo regional hasta donde les fuera posible y tuvieran de ello conciencia. ¿Cuál es la base lingüística del español de América? Contesto resueltamente: la verdadera base fue la nivelación realizada por todos los expedicionarios en sus oleadas sucesivas durante todo el siglo XVI».

Lapesa, por su parte, ha evaluado el problema así: «El andalucismo confluye en Canarias y América con rasgos procedentes de otras zonas peninsulares. La marcada preferencia canaria y americana por vine, tuvo en vez de he venido, ha tenido coincide con el uso gallego, asturiano y leonés; en el vocabulario y la semántica, botar y pararse, así como cardumen, buraco, lamber, fundo, soturno y muchos más, prueban también el influjo lingüístico del Noroeste ibérico. Por otra parte, la asibilación de r y rr y el ensordecimiento de la primera en ciertos grupos y posiciones (otro, ministro, comer) caracterizan el habla de la Rioja española, Navarra y Vascongadas, y dominan en áreas discontinuas a lo largo del espinazo orográfico de Hispanoamérica. Con razón dijo Rufino José Cuervo que “toda la Península dio su contingente a la población de América”, aunque estudios recientes hayan probado que la participación andaluza, mayoritaria en los primeros decenios, fue decisiva para la formación del primer estrato del español colonial. Lo singular del español americano es la presencia conjunta de rasgos que en España aparecen disgregados, y su combinación con indigenismos, supervivencias e innovaciones extraños a los hábitos peninsulares de hoy».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, pp. 51-53]

[Quelle: Alonso, M.: Evolución sintáctica del español. Madrid: Aguilar, 1964, p. 458]

Tipos de español

Menéndez Pidal se ha referido a un español de fonética tradicional y otro de prosodia derivada o simplificadora: «Un tipo de español –dice– conserva más fielmente el valor etimológico de ciertos sonidos, sobre todo distinguiendo s de z y ll de y, según el origen de las palabras en que esos sonidos se encuentran. El segundo tipo confunde las dos fricativas dentales en s (seseo), y las dos palatales en y (yeísmo). Y he aquí la complicación geográfica: el seseo caracteriza al español americano pero no es exclusivo de él, pues también se usa en gran parte de Andalucía. El yeísmo es general en Méjico y Centroamérica pero no en el Sur, donde pronuncian la ll Bolivia, Paraguay, gran parte de Colombia, de Ecuador, de Perú, de Chile y de la Argentina; en España se hallan muy entremezcladas las regiones de yeísmo con las de ll, hasta el pungo de que en Madrid la ll suele articularse entre las clases más educadas y el yeísmo domina completamente en las clases populares.

Dadas tales complicaciones geográficas vemos que sólo aproximadamente puede decirse que América representa el tipo fonético derivado o simplificador, mientras que España, mejor dicho aquí Castilla (la parte central: Castilla, León, Aragón) realiza el tipo prosódico tradicional. Las dos fonéticas, la etimológica y la derivada, están admitidas en la elocución culta casi por igual. Sin embargo la fonética etimológica goza el natural prestigio del abolengo. Como matiza más ciertos sonidos ateniéndose a la etimología de ellos, ofrece reconocidas ventajas por evitar multitud de homonimias enfadosas que el seseo y el yeísmo ocasionan; recuérdense burlas sobre la confusión de „casar“ y „cazar“, de „pollo“ y „poyo“. Después, y sobre todo, el tipo etimológico es el que se halla por completo conforme con la escritura en la multisecular estabilidad gráfica de la distinción entre s y z y entre y y ll. Además, como ambas parejas de sonidos se distinguen en las rimas del verso, la pronunciación etimológica se impone como normal en la recitación poética lo mismo en América que en España. En fin, se exige de un modo general hasta en los países hispanoamericanos para la representación de papeles de alta comedia o drama».

[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 227-228]

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“Este esquema representa, de forma muy simplificada, el origen latino del español hablado en América, su desarrollo peninsular previo de Norte a Sur y los resultados en América de sucesivos cambios de su manifestación andaluza. Aparece también el hecho de que el español o castellano es una unidad, es decir, sus manifestaciones son mutuamente inteligibles. Las hablas en Italia constituyen un complejo de lenguas latinas. Tal como se apunta en el texto, las regiones accesibles tienden a presentar los últimos desarrollos.”

[Canfield, D. Lincoln: El español de América. Barcelona: Editorial Crítica, 1988, p. 21]

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[Canfield, D. Lincoln: El español de América. Barcelona: Editorial Crítica, 1988, p. 22]

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El español en los EE UU

 

 

“Entre las lenguas extranjeras enseñadas en las escuelas de los Estados Unidos, el español ocupa el primer lugar en todos los niveles.” 

[Canfield, D. Lincoln: El español de América. Barcelona: Editorial Crítica, 1988, p. 65]

El andalucismo en el habla americana

«El español que pasó a América en los primeros tiempos de la colonización tenía que diferir poco del que llevaron a Oriente los sefardíes. Pero mientras el judeo-español quedó inmovilizado por el aislamiento y bajo la presión de culturas extrañas, el español de América, que no perdió nunca su comunicación con la metrópoli, experimentó la mayoría de los cambias acaecidos en la Península. En primer lugar sufrió la transformación consonántica del siglo XVI. Las labiales b y v, que sonaban de distinto modo en un principio, acabaron por confundirse. Se ensordecieron z, -s- y j, que pasaron a tener igual articulación que ç, -ss- y x. Y el sonido de j y x, dejó de ser palatal y se retajo, como en España, hacia el velo del paladar o la faringe. Dentro de estas líneas generales el español de América se separa del de Castilla en rasgos que coinciden con otras regiones, especialmente con el Mediodía de España: las cuatro sibilantes s, ss, ç y z se han fundido en una s de articulación muy varia, pero más cercana, por lo general, de la s andaluza que de la castellana y norteña. En posición implosiva la s queda reducida a una aspiración (loh, otroh, bohque), que se asimila con frecuencia a la consonante siguiente (mihmo > mimmo) y a veces le quita sonoridad (rehbalar > refalar, dihgusto > dijusto); cuando la aspiración lleva a desaparecer, ocurre en algunos países que la distinción entre singular y plural o entre la segunda y tercera persona verbales se hace, como en andaluz oriental y murciano, mediante diferencias de timbre y de duración en las vocales finales. [...]

Las coincidencias del español de América con el de España meridional han hecho suponer una fuerte influencia andaluza. No obstante, ha habido ilustres defensores de una tesis contraria, según la cual los fenómenos hispanoamericanos serían paralelos a los del Mediodía español, pero no descendientes de ellos. [...] Un nuevo cómputo ha cambiado por completo el aspecto de la cuestión: en los primeros años de la colonización, entre 1493 y 1508, el 60 por 10 de los que pasaron a Indias eran andaluces; y en el decenio siguiente las mujeres del reino de Sevilla sumaron los dos tercios del elemento femenino emigrado. Es decir, que durante el periodo antillano se formó en las islas recién descubiertas un primes estrato de sociedad colonial andaluza, que hubo de ser importantísima para el ulterior desarrollo lingüístico de Hispanoamérica. Añádase que Sevilla y Cádiz monopolizaron durante los siglos XVI y XVII el comercio y las relaciones con Indias. En un momento en que la pronunciación estaba cambiando rápidamente en ambos lados del Atlántico, Sevilla fue el paso obligado entre las colonias y la metrópoli, de modo que para muchos criollos la pronunciación metropolitana con que tuvieron contacto fue la andaluza. Finalmente hay que tener en cuenta el influjo canario, tanto en la contribución demográfica cuanto como enlace entre América y la Península.

La revolución fonética del siglo XVI coincidió en América con la sedimentación de la lengua importada, que, generalizando o eliminando los diversos regionalismos, se encaminaba hacia un tipo común. Los que procedían de Castilla, León, Toledo, Extremadura y Murcia distinguirían al principio ss y s de c, z. Los andaluces confundirían c, z, ss y s en s coronal o predorsal, que al principio sería sorda para c y ss, sonora para z y s intervocálica, con en el judeo-español; después hubo de desaparecer la distinción quedando sólo la articulación sorda. La variedad no suponía, como en España, repartición regional, sino mezcla anárquica, ya que en cada punto se reunían gentes de distinto origen. Y nivelados los particularismos, se llegó como norma general a un seseo con s convexa o plana, no cóncava, como la del Norte peninsular.» [o. c., p. 348-351]

«Donde las semejanzas fonéticas con el habla de Andalucía son más estrechas es en las Antillas y costa del Caribe, sin duda como consecuencia del inicial predominio migratorio andaluz y de la continua relación con Canarias. En el Continente el habla de las altiplanicies se aproxima a la de Castilla mucho más que la de los llanos y costas, donde están más acentuadas las semejanzas con Andalucía; en las mesetas subsiste la s implosiva, escasea la aspiración de la h y quedan restos de la s alveolar. Para explicar esta repartición se ha supuesto que los castellanos se instalarían en las tierras altas, mientras que los andaluces preferirían las llanuras y el litoral, buscando unos y otros el clima más afín al de las regiones españolas de donde procedían. Hay que pensar en el efecto lingüístico de la doble visita anual de la flota que salía de puertos andaluces y a ellos regresaba; y también en el influjo cultural de las ciudades de México y Lima, importantes centros de la vida universitaria y administrativa durante la época colonial. Ya en 1604, Bernardo de Balbuena alaba la dicción de México, “donde se habla el mejor lenguaje / más puro y con mayor cortesanía”; la comedia urbana de Ruiz de Alarcón es ejemplo de corrección y refinamiento. La influencia de Lima se extendió a todo el virreinato peruano, del que formaba parte Bolivia. Añádase que como en estas comarcas abundaba la población india, la cual usaba sus lenguas nativas, el español debió de hacerse allí aristocrático y purista, mientras que en las llanuras la vida dispersa y ruda de los colonizadores favoreció su divorcio del lenguaje correcto.

Las coincidencias fonéticas del español americano con dialectos peninsulares norteños no alcanza a un conjunto de fenómenos comunes, como sucede con los andalucismos, sino sólo a rasgos aislados. [...] El elemento vasco fue importante en la colonización.»

[Lapesa, Rafeal: Historia de la lengua española. Madrid: Escelicer, 1968, p. 355-356]

Español de América

Variedad del español hablado en Hispanoamérica como consecuencia de la colonización iniciada a finales del s. XV y sus asentamiento por encima de lenguas indígenas como el arauco, el quechua, el náhuatl, el guaraní, etc.

Fonológicamente se caracteriza en su mayor parte por el seseo, el yeísmo, la aspiración de f- y -s final e implosiva, la confusión de -r y -l, etc.

Morfológicamente presenta el fenómeno del voseo ampliamente extendido, la doble terminación de género en nombres como tigra, huéspeda, pianisto, la intense utilización de diminutivos y aumentativos, la suplantación del futuro simple por construcciones perifrásticas y del perfecto por el indefinido, etc.

En cuanto al léxico, abundan los arcaísmos, los occidentalismos, los andalucismos y, naturalmente, los indigenismos. Se ha especulado mucho sobre la influencia de las lenguas indígenas en su configuración.“

[Diccionario de lingüística. Anaya, p. 103-104]

«Hoy no cabe ya duda posible respecto al origen andaluz de algunos de los rasgos más peculiares de la pronunciación americana: el más general, el seseo; muy probablemente el yeísmo; seguros, aunque no generales en América, la confusión de r y l finales, la aspiración de la –s final y la sustitución de j por h aspirada.

Todos, salvo el seseo, propios en España no sólo en Andalucía, sino en otras regiones meridionales, sobre todo Extremadura.

Claro está que el español de América no es sólo una variedad del andaluz. Lo andaluz o meridional hispánico es uno de los diversos elementos que entraron en su formación. La afirmación de Cuervo de que en la colonización de América intervinieron gentes de todas las regiones españolas tiene su paralelo en la intervención de elementos regionales hispanos muy diversos en el español hablado en América: se ha puesto de relieve la abundancia de occidentalismos – voces leonesas, gallegas o portuguesas – en el léxico hispanoamericano. Quién sabe si la r chicheante, tan extendida desde México hasta Chile y Argentina, no tendrá conexión con la que se encuentra en Vascongadas, Navarra y Rioja; es posible que la eliminación de silbantes sonoras, propia sólo de Castilla la Vieja, León y Aragón a finales del siglo XV, se propagara en América y se hiciera general allí antes que en Toledo o en Andalucía.

Además, el español de América tiene como elemento importante el procedente de las lenguas indígenas, tan característico en el léxico y la entonación.  el vocabulario y la sintaxis han tenido allí desarrollos propios, con frecuencia divergentes de los españoles. La tesis del andalucismo de ciertos rasgos no merma la fuerte personalidad del habla hispanoamericana. Pero obliga a dejar a un lado la oposición entre español de España y español de América; al menos por cuanto a la fonética se refiere, sería más exacta la división entre español castellano y español atlántico. Esta última denominación, empleada ya por Diego Catalán, reflejaría bien la comunidad de rasgos que unen la modalidad lingüística andaluza con la de los países hispanoamericanos.»

[Lapesa, Rafael: “El andaluz y el español de América”. En: Presente y futuro de la Langua Española, II. Madrid: Cultura Hispánica, 1964]

A la lengua española

Lengua inmortal, que hablaron mis mayores,

tan bella como tú no hay lengua humana.

Por tus frases enérgicas obtuve

el hermoso concepto de la Patria,

 y sé por ti que Dios, Bondad Suprema,

sobre los hombres su piedad derrama;

y al abrir de la Historia el libro inmenso,

supe que fueron tuyas las palabras

que pronunció Colón mirando al cielo

al descubrir la tierra americana.

[José Mercado, portorriqueño]

[Nueva enciclopedia escolar H. S. R.Iniciación profesional. Burgos: Hijos de Santiago Rodríguez, 231974, p. 147]

Al léxico dialectal del español se puede agrupar por arias muy amplias. Hay países que tienen una denominación propia: España y Filipinas por un lado y de otro México, por ser un país de 100 millones de habitantes y Chile, por tener una configuración tan extraña que le hace único.

Las demás denominaciones geográficas para el español son la americana central y meridional, las Antillas, el área del Caribe (Colombia, Venezuela y Antillas); los Andes (Perú, Ecuador, Bolivia y noroeste argentino); el área guaranítica (Paraguay y noreste argentino) y por último la del Río de la Plata (Argentina y Uruguay).