ABC de historia e instituciones españolas

Terminología, historia, instituciones y tratados

Justo Fernández López

O-Z


 

Pactos de familia (1733-1789)

Los Pactos de Familia fueron tratados de alianza ofensiva-defensiva firmados entre España y Francia, en el siglo XVIII (1733-1789), para contrarrestar el poderío británico en Europa y América. Deben su nombre a la relación de parentesco existente entre los reyes firmantes de los pactos, todos ellos pertenecientes a la Casa de Borbón. Dos de ellos se firmaron en la época de Felipe V y el tercero en la de Carlos III.

En el primer pacto (1733) Felipe V apoyaría las pretensiones al trono polaco de Estanislao Leszczynski, suegro de Luis XV, quien a cambio se comprometía a favorecer las pretensiones españolas en Italia. La Paz de Viena (1735) resolvió la sucesión polaca y el infante Carlos, futuro Carlos III, vio reconocidos sus derechos a Nápoles y Sicilia.

El segundo pacto (Fontainebleau, 1743) fue consecuencia de la guerra de Sucesión de Austria. España apoyaría al candidato francés, el príncipe de Baviera, frente a María Teresa de Austria, en contrapartida se comprometían a instalar al infante español Felipe de Borbón en Milán, Parma y Plasencia. Terminó con la paz de Aquisgrán (1747) y el rey Fernando VI logró para el infante Parma, Plasencia y Guastalla, aunque no el resto de las promesas.

El tercer pacto (París, 1761), realizado durante la guerra de los Siete Años, significó el inicio de un enfrentamiento constante con Gran Bretaña. Militarmente fue un fracaso: por la Paz de París (1763), Gran Bretaña recibió Canadá y Florida, y España a cambio de ésta recibió de Francia la Luisiana. Sin embargo, la alianza franco-española perduró y presidió las relaciones internacionales durante todo el reinado de Carlos III.

Padilla (1490-1521)

Ver: Juan de Padilla / Batalla de Villalar / Comunidades de Castilla

Partido Tradicionalista Carlista

Proclamada la II República en 1931, la figura del pretendiente Alfonso Carlos I propició una nueva fusión de los principales elementos ultraconservadores en el Partido Tradicionalista Carlista, que culminó en 1937, ya iniciada la Guerra Civil, con la fusión con Falange Española bajo la denominación de Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS), el partido único encabezado por el general Francisco Franco.

El 19 de abril de 1937, Franco promulgó el Decreto de Unificación que, so pretexto de superar las divisiones en el seno de las fuerzas políticas colaboradoras en el alzamiento militar, unía a Falange con los tradicionalistas (carlistas) y ponía bajo la jefatura directa del caudillo a Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS), único partido autorizado por el régimen, y pronto diluido bajo la expresión “Movimiento Nacional”.

Partidos dinásticos

Ver: Turnismo / Restauración monárquica de 1874

El artífice del sistema político de la Restauración monárquica de 1874, Cánovas del Castillo (1828-1897), creyó encontrar una salida a la turbulenta política española del XIX, salpicada de pronunciamientos y revoluciones, articulando un sistema político en que las oposiciones pudieran ocupar el poder por vías pacíficas. A este sistema se le conoció como turnismo: creación de dos grandes partidos, uno en sentido conservador, liderado por el propio Cánovas, el Partido Liberal-Conservador, y otro en sentido liberal, heredero del régimen de libertades del sexenio, presidido por el político riojano Práxedes Mateo Sagasta y conocido como Partido Liberal-Fusionista. A estos dos partidos les correspondía agrupar al máximo número posible de grupos y facciones, con el único requisito de aceptar la monarquía alfonsina. Por este motivo, se les conocía como partidos dinásticos. Estos dos partidos se "turnarían" en el poder. A cada mandato de un partido le sucedía un gobierno del otro. De esta forma, aunque se dejaba fuera a las minorías carlista y republicana, se garantizaba una importante estabilidad, que se tradujo en la larga duración del régimen.

Paz de Augsburgo (1555)

Fue proclamada el 25 de septiembre de 1555, por la Dieta del Sacro Imperio Romano Germánico, y detuvo por un tiempo la lucha entre luteranos y católicos en Alemania, que se había convertido en uno de los graves problemas del largo reinado del emperador Carlos V. Con la paz, que reconocía la división religiosa del Imperio, se legalizó por primera vez el luteranismo en Alemania. El dirigente de cada territorio podía elegir su religión y obligar a sus súbditos a aceptar su decisión. Aquellos que se negasen podían vender sus propiedades y emigrar. Las tierras de la Iglesia católica tomadas por los estados luteranos pasaban a ser luteranas, pero el prelado eclesiástico que se convirtiese en protestante debía renunciar a sus tierras y su cargo. Aunque la Paz de Augsburgo no satisfizo por completo a nadie, le siguieron 50 años de paz religiosa en Alemania.

Paz de Basilea (1875)

Tratado firmado entre Francia y España, y significó el fin de la conocida como guerra del Rosellón o guerra de la Convención, que enfrentaba a ambos países desde 1793. En esta guerra se produjo la invasión del territorio español por Cataluña, Vascongadas y Navarra, llegando incluso a ocupar Miranda de Ebro. Por este tratado, Francia devolvía las plazas conquistadas en la península, y España entregaba la isla de Santo Domingo. Por la negociación del Tratado, los reyes concedieron a Manuel Godoy obtuvo el título de Príncipe de la Paz.

Paz de los Pirineos (1659)

Tratado firmado en 1659 por el que finalizó la guerra declarada entre la Corona española y la francesa en 1635, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y la rebelión de Cataluña de 1640 o Guerra dels Segadors.

Dibujó una nueva frontera franco-española en el Pirineo oriental, modificada por la presencia en la zona durante 19 años del Ejército francés, coaligado con los protagonistas de la rebelión de 1640. Por la Paz de Westfalia (1648), Cataluña había sido territorio de intercambio en las negociaciones, pero las pretensiones francesas hicieron que no se tomaran decisiones. En la frontera del norte, Francia recibió, junto a las plazas de Metz, Toul y Verdún, algunos territorios de los Austrias españoles: el condado de Artois, Hainaut, Luxemburgo y Rocroi. Los franceses devolvieron a España el Charolais (en el Franco Condado) y las conquistas de Italia. En la frontera catalana del sur, devolvieron territorios ocupados a cambio del dominio sobre el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y una parte de la Cerdaña. Una cláusula de trascendencia política fue el matrimonio de Luis XIV con la hija mayor de Felipe IV, María Teresa, lo que años más tarde abriría las puertas del trono español a los Borbones.

Paz de Utrecht

Ver: Tratados de Utrecht

Paz de Westfalia (1648)

Conjunto de tratados firmados en 1648 en las ciudades de Münster y Osnabrück (en la región alemana de Westfalia) entre los principales contendientes de la Guerra de los Treinta Años. Según estos tratados, se ponía fin a la guerra entre los estados beligerantes en Alemania, príncipes protestantes por un lado y Sacro Imperio y católicos por otro, y se concluía también el enfrentamiento que durante ochenta años enfrentaba a España con la República de los Siete Países Bajos. Fue, en resumen, el tratado que puso fin a la Guerra de los Treinta Años, iniciada en 1618 con la Defenestración de Praga. Con estos tratados se deshizo la constitución interna del Imperio español, para poner fin a la teoría de un imperio coordinador de Europa y sustituirla por la idea del equilibrio entre potencias. Hasta el reinado de Felipe III España se había mantenido como la principal potencia de Europa. Con Felipe IV ya se empiezan a ver signos claros de la decadencia, que quedan patentes tras la Paz de Westfalia.

Con la Paz de Westfalia se inició un nuevo ordenamiento europeo: la gran triunfadora fue Francia con las adquisiciones en el Rin. Por un lado, se reducía el poder de su gran adversario continental, el Imperio, y por otro extendía sus fronteras con varios territorios: Metz, Verdún, Alsacia, Breisach, el dominio militar de la ciudad de Philippsburg. A partir de entonces, y especialmente tras la Paz de los Pirineos, Francia se convirtió en la potencia hegemónica de Europa.

Se ratificó la preponderancia sueca en el Báltico con la Pomerania occidental y los obispados de Brema y Verden, y se pusieron las bases territoriales de la futura potencia de Prusia, que recibió la Pomerania oriental y los obispados de Kammin, Minden y Halberstadt. España no pudo sostener la guerra con las Provincias Unidas y firmó el Tratado de La Haya (1648), ratificado después en Münster, por el que las reconocía como estado soberano e independiente además de otorgarles privilegios comerciales en los puertos americanos y españoles. España conservó el sur de los Países Bajos y logró apartar a los holandeses de la alianza con Francia.

El Imperio se atomizó en más de 350 estados independientes, perfilándose un norte reformado y un sur católico. Así mismo se sancionó la aparición de nuevas potencias –Suecia y Brandeburgo– y la pérdida de la hegemonía europea de los Habsburgo en beneficio de Francia, aunque para ello hubiera que esperar a la Paz de los Pirineos (1659).

El gran perjudicado fue el papado, que dejó definitivamente de ejercer un poder temporal significativo en la política europea. La Paz de Westfalia supuso el fin de los conflictos militares aparecidos como consecuencia de la Reforma protestante y la Contrarreforma.

A los súbditos se les impuso convertirse a la religión de su príncipe o emigrar; los calvinistas recibieron los mismos derechos que católicos y luteranos y se aceptaron las secularizaciones hechas antes de 1624. La ausencia de la Santa Sede en las negociaciones prueba que el Papado no pesaba ya en las decisiones de los estados.

Pepa, La

ver: Cortes de Cádiz (1812) / Constitución de Cádiz

Proyectismo

Ver: Arbitrismo

Se denomina Proyectismo a una corriente de pensamiento de la Ilustración española, obsesionada por las reformas, y al género literario que fraguó por escrito, consistente en una propuesta hecha al gobierno para reformar algún aspecto de su gestión.

El proyectismo del XVIII es más bien una actitud mental, ligada como pocas al alma de una época: el reformismo ilustrado. Heredero de los pensadores del arbitrismo del Siglo de Oro, se caracteriza por reflejar un optimismo ante la mejoría económica y poblacional de España y por el deseo de emular los logros obtenidos por otras potencia europeas. Se diferencia del arbitrio en que este era una solución hacendística, que aliviaba repentinamente los restantes desórdenes. El proyectismo no es ya tan rápido en el efecto. Pretende a largo plazo poner remedio a una situación determinada. El proyectismo no da soluciones irrealizables, reconoce que la reforma tropezará con obstáculos y procura trazar un plan a realizar por etapas. El proyectismo es más reflexivo y completo que el arbitrismo. La nota dominante es la mesura, el optimismo, el amor a la tierra, la seguridad en la propia tarea, el sentimiento de continuidad dentro de la trayectoria histórica nacional, la convicción de que se trata de un quehacer a largo plazo.

Rafael del Riego (1785-1823)

Rafael del Riego fue un militar y político español. Nacido en Santa María de Tuñas (Asturias), que tras estudiar en la Universidad de Oviedo, desplazó en 1807 a Madrid, donde se integró en el Ejército como miembro de la guardia del rey Carlos IV. Durante la Guerra de la Independencia (1808-1914) era capitán y fue deportado a Francia. Regresado a España en 1914, se dedicó a difundir los principios de la francmasonería en los cuarteles. En 1819, fue destinado como teniente coronel a un batallón que debería embarcar en Andalucía hacia América para combatir allí los intentos de emancipación colonial. Comprometido con la causa liberal, efectuó un pronunciamiento el 1 de enero de 1820 en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) y recorrió Andalucía proclamando la Constitución de 1812, actitud con la que posibilitó el inicio del consiguiente Trienio Liberal (1820-1823).

En 1823 combatió a los Cien Mil Hijos de San Luis, tropas enviadas por la Santa Alianza para restaurar el absolutismo en la persona del Rey. Fue capturado y ejecutado en Madrid el 7 de noviembre del mismo año. El llamado Himno de Riego, creado en su honor, llegó a ser declarado en 1931 himno oficial del Estado español durante la II República.

Real Academia Española (RAE)

La Real Academia Española, RAE, es una institución cultural con sede en Madrid y veintiuna delegaciones en países de habla hispana. Juntas conforman la llamada Asociación de academias de la lengua española. La denominación oficial es Real Academia Española, y no «Real Academia de la Lengua», «Real Academia de la Lengua Española» o «Real Academia Española de la Lengua», quizá por la existencia de Reales Academias de otras materias, como la de Ciencias.

La Real Academia Española fue fundada en 1713 por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona, a imitación de la italiana y la francesa. En la conciencia de que la lengua española había llegado a un momento de perfección suma, fue propósito de la Real Academia «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza». Se representó tal finalidad con un emblema formado por un crisol puesto al fuego, con la leyenda Limpia, fija y da esplendor. Nació, por tanto, la institución como un centro de trabajo eficaz, según decían los fundadores, «al servicio del honor de la nación».

Esta vocación de utilidad colectiva se convirtió en la principal seña de identidad de la Academia Española, diferenciándola de otras academias que habían proliferado en los siglos de oro y que estaban concebidas como meras tertulias literarias de carácter ocasional.

rebelión de las Alpujarras

En la Rebelión de las Alpujarras (1568-71), región al sur de Granada, se rebelaron los  que fue reprimida por Juan de Austria. Hubo una revuelta anterior, en 1502. Los conflictos en esta zona condujeron a la expulsión de los moriscos en 1609.

regalismo

Sistema en que se concedían regalías eclesiásticas a los soberanos:
el regalismo estuvo muy extendido en las monarquías absolutas europeas durante los siglos xvii y xviii.

Regalía: Preeminencia, prerrogativa o excepción particular y privativa que en virtud de suprema potestad ejerce un soberano en su reino o Estado. Privilegio que la Santa Sede concede a los reyes o soberanos en algún punto relativo a la disciplina de la Iglesia.

Regalismo es el conjunto de teorías y prácticas sustentadoras del derecho privativo de los soberanos sobre determinadas regalías (derechos y prerrogativas exclusivas de los reyes, inherentes a la soberanía). En sus orígenes medievales tuvo una dimensión específicamente económica, estratégica, de defensa contra jurisdicciones señoriales. Al conformarse las monarquías modernas (siglo XV) bajo el signo del absolutismo, el regalismo se fue cifrando en la confrontación permanente entre el poder monárquico y el pontificio por el control de dominios discutibles: retención de bulas, inmunidades, patronato sobre las iglesias, recursos de fuerza. El siglo XVIII heredó la tradición regalista anterior, pero con los Borbones el regalismo amplió sus campos, se impuso en España por teóricos y gobernantes que aspiraban al dominio de la Iglesia. De hecho, buena parte de los objetivos regalistas se consiguieron en 1753 con el Concordato.

El regalismo nace de las ideas cesaristas de la Baja Edad Media que cristalizan en las monarquías autoritarias del Renacimiento y desembocan en las monarquías absolutas, y, sobre todo, en el despotismo ilustrado del XVIII y, después de la revolución liberal, en la prepotencia del Estado contemporáneo, que se basa en la doctrina del Pueblo Soberano, aún más absoluto supuestamente también. Una cosa es que el rey reciba como privilegio o concesión del Papa algunas competencias sobre asuntos o nombramientos eclesiásticos, como en el XVI y el XVII, y otra, la afirmación de los regalistas ilustrados de que esas atribuciones son un derecho del rey, son una regalía.

La crisis de la Baja Edad Media fue desprestigiando el poder papal hasta justificar una intervención de los reyes, que incluso pudieron decidir poner la fidelidad de su reino en un pretendiente a papa o en otro. La recuperación del poder y del prestigio papal durante el Renacimiento no fue suficiente para evitar la Reforma luterana, que pone a los príncipes alemanes al frente de sus iglesias nacionales, y más tarde el cisma de Enrique VIII. A pesar de coincidir con el regalismo en cuanto al control de las autoridades temporales sobre la Iglesia y la nacionalización de ésta, ambos parten de una argumentación teológica que supera los límites del catolicismo romano tal como se definirá en el Concilio de Trento. El término regalismo se aplica a las monarquías que siguieron siendo católicas.

Con el absolutismo, el regalismo se fue cifrando en la confrontación permanente entre el poder monárquico y el pontificio por control de dominios discutibles: retención de bulas, inmunidades, patronato sobre las iglesias, recursos de fuerza.

La edad de oro del regalismo español fue el reinado de Felipe IV (1621-1665), durante el cual se multiplicaron las intervenciones del poder civil en asuntos religiosos. La batalla entablada por el regalismo contra la Santa Sede tuvo la oposición de los jesuitas y de la Inquisición, dominada por los jesuitas durante el reinado de Carlos II, por lo que la alianza entre inquisidores y jesuitas fue defendida por los ultramontanos, pues hubo muchos eclesiásticos defensores del regalismo, a los que los jesuitas llamaban jansenistas.

Regeneracionismo

La palabra regeneración se usaba en el siglo XIX, tomada del léxico médico, como antónimo de corrupción, a fin de metaforizar una expectativa política. Expresa la vieja preocupación patriótica por la decadencia del país, que se expresó en los siglos XVI y XVII a través de la obra de los arbitristas y en el siglo XVIII por medio de la Ilustración y el reformismo borbónico, a veces satirizado en la figura del llamado proyectismo al que atacara José Cadalso en sus Cartas marruecas. Este término se definió ideológicamente a través de la influencia del Krausismo, filosofía que pregonaba la libertad de conciencia, introducida en España por Julián Sanz del Río (1814-1869).

Tras el «Desastre» de 1898, surgieron voces y clamores por una España que, tras siglos de incuria y abandono económico, político, social y cultural, merecía mejor suerte. La respuesta ideológico y literaria al reto histórico la dio la generación del 98, pero una corriente más realista, menos lírica y pequeño-burguesa, intentó ofrecer respuestas económicas concretas a la postración material, salidas políticas a la corrupción en las clases dominantes y a la falta de ilusión colectiva y un profundo cambio social al enfermizo cuerpo español.

Fueron intelectuales, como Joaquín Costa (1844-1911) y Ricardo Macías Picavea (1847-1899); políticos, como los conservadores Francisco Silvela y Antonio Maura o los liberales Santiago Alba y José Canalejas; pero también personas pertenecientes a otros sectores sociales, entre quienes cabría destacar al economista Francisco Bernis (1877-1933) o al geólogo y paleontólogo Lucas Mallada (1841-1921). Portavoz y jefe del regeneracionismo sería Joaquín Costa (1846-1911), que repudiaba la corrupción oligárquica y caciquil del sistema. El regeneracionismo tiene su apogeo en torno a 1898 y su principal consecuencia fue la malograda Unión Nacional en 1900.

Un pionero del regeneracionismo fue Lucas Mallada y Cuello (1841-1921), fundador de la paleontología española. Mallada no fue solo un científico puro, sus artículos periodísticos en el periódico El Progreso del año 1875 fueron recopilados en su libro Los males de la patria y la futura revolución española (1890) y permiten considerar a Lucas Mallada como un precursor del regeneracionismo de Joaquín Costa.

Las obras principales del regeneracionismo primigenio, planteado desde un nivel meramente intelectual, fueron: Los males de la patria y la futura revolución española (1890), de Lucas Mallada, y El problema español (1891), de Ricardo Macías Picavea, que inauguró la corriente de análisis sociológico del «problema de España», al que siguió más tarde El problema nacional. Hechos, causas, remedios (1899). Estas obras publicadas antes del desastre colonial, anticiparon las claves de la corriente; a las que habría que añadir el fundamental libro de Joaquín Costa, Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España (1902).

El regeneracionismo pretendía conseguir la transformación interna de la persona para proyectarse luego sobre el resto de las actividades humanas. El eslogan de Costa puede ser representativo de esta corriente: “Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro de El Cid”. En el campo cultural se consiguieron logros notables en casi todos los aspectos: distintas generaciones creativas, como la del 98, la del 14 o la del 27, contribuyeron a ello desde una perspectiva cercana al análisis de lo que se dio en llamar el “problema de España”.

regiones históricas

Ver arriba: Comunidades históricas

Restauración monárquica de 1874

Restauración, término utilizado en la historia de Inglaterra, Francia y España para hacer referencia al restablecimiento del régimen monárquico.

En Inglaterra es aplicado a la llegada al trono de Carlos II, en 1660, tras la caída de la República y el Protectorado de Oliver Cromwell.

En Francia, la primera Restauración hace referencia a la accesión de Luis XVIII, en 1814, tras la abdicación de Napoleón; la segunda Restauración se produjo con el restablecimiento del propio Luis, en 1815, tras la definitiva derrota del emperador Napoleón Bonaparte.

Por Restauración en sentido estricto se entiende en España el restablecimiento de la monarquía española en la persona de Alfonso XII, hijo de la reina Isabel II (1833-1868), destronada por la revolución de 1868. En diciembre de 1874 tuvo lugar la proclamación y en enero de 1875, la coronación. El periodo de la Restauración comprende el reinado de Alfonso XII (1874-1885) y la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena (1885-1902). A partir de 1902, con la mayoría de edad de Alfonso XIII (1902-1930), se puede considerar el comienzo de un nuevo periodo, de carácter regeneracionista, truncado por la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930), que desembocaría en 1931 en el comienzo de la II República (1931-1936).

Por extensión, el periodo conocido con el nombre de Restauración duraría los reinados completos de Alfonso XII (1874-1885) y de Alfonso XIII (1902-1930), incluyendo los periodos de regencia de María Cristina (1885-1902) y la dictadura de Primo de Rivera (1923-1931). Así el periodo completo de la Restauración monárquica duraría de diciembre de 1874 (o enero de 1875) hasta el 14 de abril de 1931, fecha de proclamación de la II República.

Revuelta de los catalanes

Ver: Guerra dels Segadors

Santa Alianza (1815)

Pacto concluido por los soberanos europeos que acordaron defender los principios del cristianismo, conforme a un tratado elaborado por el zar ruso Alejandro I que se firmó en París el 26 de septiembre de 1815, y cuyos signatarios iniciales fueron Francisco I, emperador de Austria (y último emperador del Sacro Imperio Romano Germánico bajo la denominación de Francisco II), Federico Guillermo III, rey de Prusia, y el propio Zar.

El acuerdo fue adoptado tres meses después de la finalización del Congreso de Viena (1814-1815) y fue suscrito por todos los gobernantes europeos, excepto el príncipe regente de Gran Bretaña (el futuro rey Jorge IV), el papa Pío VII y el sultán otomano Mahmud II. Este pacto fue el símbolo del absolutismo. Los monarcas autocráticos invocaron el derecho de intervención sancionado por la Santa Alianza para mantener el statu quo en Europa. Muchas sublevaciones democráticas y nacionalistas que ocurrieron a mediados del siglo XIX fueron sofocadas en nombre de la Santa Alianza. En España, en 1823, y en nombre de la Santa Alianza, los Cien Mil Hijos de San Luis pusieron fin al Trienio Liberal constitucional (1820-1823) y posibilitaron el regreso de la política absolutista del rey Fernando VII.

sefardíes o judíos sefarditas o judeo-españoles

Sefardí = ‘judío descendiente de los expulsados de España en el siglo XV’ y ‘dialecto judeoespañol’. Plural: sefardíes. Derivado del hebreo ṣĕfārad, topónimo que la tradición identificó con la Península Ibérica.

Se da el nombre de sefardíes (antes sefarditas) a los descendientes de los judíos españoles expulsados de la Península por los Reyes Católicos en 1492. Los sefardíes se establecieron en diversos países europeos especialmente Portugal, Grecia, Turquía, Marruecos, Rumanía, Italia, Bosnia, Mazedonia, etc.

Formaron núcleos importantes en los países nórdicos hasta adquirir preponderancia en Suecia, donde fueron favorecidos por la reina Cristina. Conservaron amorosamente sus tradiciones, sus formas peculiares de culto y su lengua castellana, así como la llave de la casa que era suya en Toledo, Granada, Valladolid o la ciudad española que habitaban antes de la expulsión. Muchos judíos de otras procedencias adoptaron su liturgia y costumbres religiosas, tomando así también el nombre de sefardíes.

El castellano que hablan los sefardíes, falto de evolución, ha quedado arcaico y plagado de palabras francesas, italianas, inglesas y de otros idiomas (se llama ladino). En algunos países, los sefardíes editan periódicos en ese castellano arcaico, titulados con nombres y refranes antiguos españoles.

Senado

Se denomina Senado a la cámara alta del cuerpo legislativo (Congreso, Asamblea Nacional o Parlamento) de algunos países. Existe habitualmente en países con una forma de estado federal, en los que la cámara alta representa a las divisiones territoriales (Estados, Cantones o Provincias) del mismo.

El Senado español tiene su antecedente más remoto en el Estatuto Real, otorgado por la reina María Cristina de Borbón (1806-1878), regente de España (1833-1840) durante la minoría de edad de su hija Isabel II, y que estableció por primera vez en España la configuración bicameral de las Cortes, al dividirlas en dos Estamentos: el de Próceres del Reino y el de Procuradores del Reino.

La Constitución de 1837 recogió por primera vez la denominación de "Senado" para la Cámara Alta de las Cortes Generales. En las sucesivas Constituciones de 1845, 1856, 1869 y 1876 el Senado figuró como Cámara Colegisladora, en pie de igualdad con el Congreso de los Diputados. En determinadas ocasiones tuvo la facultad de juzgar a los miembros del Gobierno acusados por la Cámara Baja. Durante la Segunda República Española (1931-1936).

En la España democrática, Estado basado en las comunidades autónomas como entidades político territoriales y dotado de un sistema parlamentario bicameral, el Senado está concebido como cámara de representación territorial. Sus atribuciones incluyen la función legislativa (tanto iniciativa como de tramitación de los proyectos procedentes del Congreso de los Diputados), el control político, los procedimientos relacionados con las comunidades autónomas, la integración con otros órganos constitucionales y la autorización de tratados y convenios internacionales.

servil [unterwürfig, kriecherisch]

Ver: liberales y serviles / tradicionalismo

Según el DRAE, servil se dice de alguien que de modo rastrero se somete totalmente a la autoridad de alguien. En el primer tercio del siglo XIX, en los debates de la Cortes de Cádiz (1812), se comenzó a llamar serviles a los partidarios de la monarquía absoluta y de la soberanía real, a los que se oponían los liberales, partidarios de la soberanía popular. El inventor de servil con connotación política fue Eugenio de Tapia, un miembro paradigmático del grupo liberal de la llamada generación de 1808 (comienzo de la Guerra de la Independencia contra los franceses), que estuvo toda su vida en lucha con exaltados y absolutistas, a quienes bautizó con el término de serviles.

Según José Antonio Bernaldo de Quirós Mateo, Eugenio de Tapia inventó el nombre servil, que él escribe separando las dos sílabas (ser-vil) en una composición de 1811. Un fragmento de esta composición sería la décima publicada en el Diario Mercantil de Cádiz (24 de junio de 1813):

Vestir de la hipocresía
el hábito seductor
y proclamar cuanto error
inventó la tiranía;
minar de la monarquía
el orden justo y social,
y a todo buen liberal
ofender de modos mil,
esto no sólo es ser-vil,
sino también infernal.

Los diputados absolutistas fueron denomi­nados serviles por sus enemigos políticos, existiendo discrepancias por parte de los historiadores sobre si se les identificaba de esta manera como serviles (de siervo), o como «ser viles», como indica la escritura de Eugenio de Tapia: ser-vil > seres viles > serviles.

Sexenio Democrático o Revolucionario (1868-1874)

Periodo de la historia de España transcurrido desde el triunfo de la revolución de septiembre de 1868 hasta el pronunciamiento de diciembre de 1874 que supuso el inicio de la etapa conocida como Restauración de la monarquía. Este Sexenio Revolucionario fue un complejo proceso iniciado con una revolución antidinástica, que pretendía (y consiguió) derrocar a la reina Isabel II e implantar un régimen demoliberal como definitivo logro de la revolución burguesa. Continuado con la entronización de un nuevo rey, Amadeo I de Saboya (1870-1873). Proseguido con la implantación de la I República española (febrero de 1873-enero de 1874) y finalizado con lo que se ha denominado fase pretoriana republicana (gobierno de Francisco Serrano, duque de la Torre, desde enero hasta diciembre de 1874). Durante el Sexenio se proyectaron dos constituciones: la de 1869 y la de 1873, ésta nonata, es decir, sin la obtención de la promulgación definitiva.

símbolos nacionales

Ver: Bandera / Himno de Granaderos / Escudo / Fiesta Nacional de España

«Eric Hobsbawm [The Invention of Tradition, Cambridge, 1983] ha consagrado los términos “invención de la tradición” para referirse al proceso de creación, por parte de los Estados europeos del XIX, de banderas, himnos, ceremonias conmemorativas, festejos, monumentos, lápidas, nombres de calles y tantos otros símbolos y ritos que se pretendían expresión de un ente colectivo de inmemorial antigüedad. Tal proceso culminó en las décadas inmediatamente anteriores a 1900, pero se había iniciado unos cien años antes. En aquel primero momento, España no iba en absoluto a la zaga de otras monarquías de su entorno. Jovellanos o Meléndez Valdés expresaron su deseo de instituir fiestas populares, con ritos y canciones que familiarizaran al pueblo con las gestas de la historia patria. Puede incluso hablarse de precocidad, pues “bandera nacional” fue el término que figura en el decreto por el que Carlos III dispuso su utilización, por parte de la marina de guerra, de una enseña rectangular, apaisada, compuesta por tres franjas horizontales, rojas en los extremos y amarilla, de doble anchura, en el centro. Fue también en ese reinado cuando se escribió y comenzó a tocar el Himno de Granaderos, futura Marcha Real, aunque a nadie se le pasara por las mientas denominarlo “himno nacional”. La verdad es que incluso en el decreto sobre la bandera el rey se refería a “mi” armada, posesivo muy revelador de la mentalidad de la época que restaba valor al carácter “nacional” de la enseña. Pero se iniciaba un camino, más o menos a la vez que en otros Estados europeos del momento. Un camino cuyo curso sería desviado, sin embargo, por el proceloso océano político del XIX, en el que, de nuevo, los problemas y vacilaciones volverían a frenar el impulso nacionalizador.» [Álvarez Junco, José: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Taurus, 2001, p. 552-553]

símbolos territoriales

Ocho tipos de símbolos territoriales: la bandera (con los colores territoriales), el himno, el escudo, el sello, el lema, el animal heráldico, la figura alegórica y la fiesta territorial. A menudo, estos símbolos son objeto de legislación.

Los países que más cuidan su identidad semiótica son Francia, España y Alemania. La Constitución española especifica un solo símbolo nacional: la bandera. Oficialmente, España tiene cinco símbolos nacionales (le faltan el sello, el animal heráldico y la figura alegórica). Alemania especifica los colores de la bandera en su Ley Fundamental. Los escudos de muchos Länder tienen animales heráldicos, ninguno fija un día para celebrar su fiesta.

Todas las Comunidades Autónomas definen en su estatuto por lo menos la bandera y usan para darse su identidad semiótica cuatro símbolos: la bandera, el escudo, el himno y la fiesta comunitaria una vez al año. No tienen himno Castilla y León, Castilla-La Mancha, las Islas Baleares y la Región de Murcia.

«Se dan un perfil acusado (en orden descendente) Cataluña, Andalucía, Aragón, Galicia y la Comunidad Valenciana. Ese perfil se debe tanto a una clara conciencia que las Comunidades tienen de su riqueza semiótica, en cu mayor parte transmitida por la tradición, y, con excepción de Andalucía y menos importante para Aragón, de su autonomía lingüística como a la intensidad con que manifiestan su identidad semiótica. No alcanzan el alto nivel semiótico de Francia, pero desde una perspectiva semiótica se destacan como individuos políticos más que el Reino de España y aún más que Alemania y sus Länder. Eso permite hablar de más de dos Españas.

Semióticamente se destacan menos (en orden descendente) Ceuta, La Rioja, el País Vasco, las Islas Baleares, Melilla, Navarra y Asturias, pero, sobre todo en comparación con los Länder Federales, no puede negárseles cierta identidad semiótico-política. Relativamente poco llamativo es el perfil semiótico de (en orden descendente) Canarias, Cantabria, la Comunidad de Madrid, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura y la Región de Murcia. De las siete Comunidades cuyos escudos llevan la corona de los reyes de España en el timbre cinco pertenecen a este grupo. Las Comunidades de este grupo no contribuyen a la multiplicación de España.» [Figge, Udo L.: “Más de dos Españas. La identidad semiótica de las Comunidades Autónomas en comparación con las de otras entidades territoriales”. En Arnscheidt, Gero / Tous, Pere Joan (eds.): “Una de las dos Españas...” Representaciones de un conflicto identitario en la historia y en las literaturas hispánicas. Frankfurt a. M.: Vervuert, 2007, pp. 793-801]

sindicato vertical

La Organización Sindical Española, conocida comúnmente como Sindicato Vertical, fue la única organización de sindicato legal en España (1940-1976) durante el franquismo. Las uniones anteriores, como la anarquista CNT y la UGT socialista, fueron proscritas y pasaron a la clandestinidad. La Organización Sindical o Sindicato Vertical, era un conjunto único de organizaciones corporativistas que agrupaban tanto a empresarios como trabajadores, la existencia de cuyos intereses particulares pretendía negar.

sindicatos

En España y Latinoamérica aparecen las primeras organizaciones de trabajadores a mediados del siglo XIX, adquiriendo pronto una destacada importancia. Algunos han logrado sobrevivir en la clandestinidad, otros han desaparecido, y algunos han renacido con el restablecimiento de la democracia.

Durante las años anteriores a la I República española (febrero de 1873 a enero de 1874) aparecieron numerosas organizaciones sindicales adscritas a todo tipo de corrientes políticas. Entre 1839 y 1867 debieron existir en España unas 30 sociedades obreras, siendo la más conocida la Sociedad de Tejedores de Barcelona, fundada en 1840. Poco después se formó la Federación de las Tres Clases de Vapor. La revolución de 1868 facilitó la aparición de nuevas organizaciones y la llegada a España de los primeros enviados de las organizaciones obreras internacionales. La Federación Regional española, adherida a la Asociación Internacional, de tendencia anarquista, se fundó en 1870. Dos años más tarde, en 1872, se produjo una escisión y un grupo de trabajadores de orientación marxista creó la Nueva Federación Madrileña, embrión inicial de la Unión General de Trabajadores (UGT), creada en Barcelona en 1888.

Por su parte, los núcleos obreros anarquistas, seguidores de Mijaíl Alexándrovich Bakunin, sobrevivieron en medio de grandes dificultades, hasta que lograron establecer la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), a finales de 1910.

Las organizaciones obreras españolas participaron en los diferentes procesos revolucionarios que jalonaron las primeras décadas del siglo XX: enfrentamiento con la dictadura del general Primo de Rivera, huelgas generales nacionales o regionales, represión militar y el advenimiento de la II República, que apoyaron inicialmente con todo entusiasmo.

Las actuaciones protagonizadas por la Federación Anarquista Ibérica (FAI), el sector más radical de la CNT, durante la II República, llevó a los sindicatos a un enfrentamiento suicida, hasta la victoria del Frente Popular en 1936 que provocó el levantamiento de Franco. La lucha contra el fascismo, durante la Guerra Civil (1936-1939) volvió a unir a los sindicatos. Durante el franquismo, el único ‘sindicato’ permitido fue el Sindicato Vertical, los sindicatos obreros tuvieron que pasar a la clandestinidad.

En la actualidad, los dos sindicatos con mayor representación son Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de Trabajadores (UGT). Las Comisiones Obreras surgieron a raíz de las huelgas mineras asturianas de 1962 y 1963. Respaldadas por el Partido Comunista de España (PCE) lograron una rápida difusión y se caracterizaron por luchar, desde su interior, contra el sindicalismo vertical de la Central Nacional de Sindicatos (CNS). Declaradas ilegales en diciembre de 1966, volvieron a ser el principal sindicato tras ser declaradas legales en 1977. La UGT experimentó un crecimiento espectacular durante la II República, a la que defendió en las grandes ciudades tras el alzamiento de 1936. Tras la muerte de Franco en 1975, recuperó la legalidad y a partir de 1986 afianzó su liderazgo dentro del movimiento sindical español.

Sociedades Económicas de Amigos del País

Las Sociedades Económicas (SEAP), surgieron en España, Irlanda y Suiza a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, en el marco de las ideas de la Ilustración. Fueron instituciones orientadas a promover reformas económicas y conjugaron este carácter, esencial en la Ilustración española, con el rasgo más novedoso de la política del despotismo ilustrado: el afán de mejora de la vida a través de la extensión de la cultura, por medio de una educación selectiva, a todos los grupos sociales. En su fundación intervinieron los sectores más dinámicos de la sociedad: importantes figuras de la nobleza y numerosos cargos públicos, de la Iglesia, del mundo de los negocios y los artesanos.

La primera fue la Sociedad Bascongada de Amigos del País (1765). En 1775, Carlos III aprobó los estatutos de la Real Sociedad Económica de Madrid. A principios del siglo XIX ya se habían constituido 63 sociedades en las principales ciudades del país. Los pensadores liberales y los llamados afrancesados (administradores y pensadores influidos por el advenimiento de la dinastía de los Borbones) buscaron difundir los avances y el pensamiento de la Ilustración.

Sublevación de Cataluña

Ver: Guerra dels Segadors

tertulia

Reunión de personas que se juntan habitualmente para conversar o recrearse. En los antiguos teatros de España: Corredor en la parte más alta. En los cafés, lugar destinado a mesas de juegos de billar, cartas, dominó, etc.

Una tertulia es una reunión, informal y periódica, de gente interesada en un tema o en una rama concreta del arte, ciencia o la filosofía, para debatir e informarse o compartir ideas y opiniones. Las tertulias han servido muchas veces como fragua de ideas, como estímulo de proyectos de renovación estética, como centros donde se conforman nuevos movimientos literarios. Se realizan en librería, en casas de artistas o en cafés.

Según el DRAE, la palabra tertulia es de origen incierto. Según algunos autores, en tiempos de Felipe IV (1605-1665), rey de España (1621-1665), durante cuyo gobierno tuvo lugar el más evidente proceso de decadencia de la Monarquía Hispánica, se puso de moda leer y estudiar las obras del Tertuliano (160-220), primer gran escritor cristiano, cuya obra, escrita en latín, destaca por su vigor, suave sarcasmo, y expresión aguda y concisa, así como por su hábil, aunque a veces engañoso, razonamiento. Fue también uno de los primeros padres de la Iglesia. Su obra más famosa, Apologético (197), es una defensa apasionada de los cristianos contra las acusaciones paganas de inmoralidad y subversión política.

Las tertulias alcanzan en el siglo XVIII una gran tradición en la vida social. Es lugar de encuentro y discusión; a través de ella se difunden las nuevas ideas que llegan a España. Había algunas tertulias famosas: en Sevilla destaca la tertulia de Pablo Olavide y la de J. M. Blanco White (s. XVIII), en Cádiz la tertulia de Frasquita Larrea, madre de Fernán Caballero (s. XIX). Fueron célebres en el siglo XVIII la granadina Academia del Trípode, la Tertulia de la Fonda de San Sebastián o la que mantenía el helenista Pedro Estala en su celda de escolapio.

El primer tercio del siglo XX fue muy abundante en tertulias. El centro más importante era el Nuevo Café de Levante; desde los últimos años del siglo XIX hasta la guerra europea, este fue el centro de reunión de tertulias más importante de Madrid, al que no dejaban de acudir tanto consagrados como jóvenes promesas y escritores caídos en el olvido.

Actualmente prolifera el fenómeno de las tertulias radiofónicas que discuten la actualidad política; están formadas en su mayor parte por periodistas y suelen generar corrientes de opinión.

tradicionalismo

1. Doctrina filosófica que pone el origen de las ideas en la revelación y sucesivamente en la enseñanza que el hombre recibe de la sociedad.

2. Sistema político que consiste en mantener o restablecer las instituciones antiguas en el régimen de la nación y en la organización social. El tradicionalismo español fue el carlismo.

3. Tendencia consistente en la adhesión a las ideas, normas o costumbres del pasado.

El tradicionalismo encierra, a su vez, cierta tendencia regionalista –libertad municipal y reconocimiento de fueros–, propugna un estado estamental; detesta el liberalismo y subraya el sentido de autoridad representada por el monarca, como recibida de Dios. No es tampoco concebible un tradicionalismo que no sea católico.

Como ideología conjunta, el tradicionalismo no surge en España hasta principios del siglo XIX y tiene su escenario en las primeras Cortes de Cádiz (1810-1814). Las decisiones que allí se tomaron y que dieron como resultado la Constitución de 1812 no agradaron a una porción de asambleístas.

Frente al signo de apertura que marcaban los afrancesados, se señaló la parte contraria, que estimaba más bien que había de volverse hacia la esencia española más presente en la Edad Media, en las costumbres y la religión, que en la ideología que comenzaba a imperar en el mundo. Este grupo fue calificado de serviles y sus ideas se hicieron patentes en las Cortes cuando se discutió el proyecto de ley de imprenta con su secuela de libertades. Los tradicionalistas se oponían a ello, así como a la abolición de la Inquisición.

El Manifiesto de los persas, dirigido por los absolutistas al rey Fernando VII, resume la ideología absolutista de los disidentes de las primeras Cortes de Cádiz. Puede asegurarse que de aquí brotaría lo que más adelante en la Historia de España, se conoce, con el nombre de carlismo: el soberano ha de tener una autoridad absoluta, pero la monarquía habrá de estar sometida siempre a la ley divina, a la justicia y a las leyes fundamentales del Estado. Piden al rey que convoque nuevas Cortes, pero no al estilo liberal, sino de acuerdo con la tradición medieval española.

La tendencia más absolutista que liberal del tradicionalismo hizo que sus seguidores se constituyeran en oposición contrarrevolucionaria durante el trienio constitucional. En 1823, los serviles son ya conocidos con el nombre de apostólicos y son ellos los que enarbolan la bandera del tradicionalismo.

Los diputados patriotas cuando las Cortes de Cádiz, estaban agrupados en dos tendencias: absolutistas o serviles, que defendían la soberanía real y la vuelta al Antiguo Régimen, y los liberales, la mayoría, partidarios de la soberanía nacional, que estaría por encima de la soberanía real.

Tratado de Fontainebleau (1807)

Tratado por el cual se acordaba el reparto de Portugal entre Francia y España, para lo cual entraría en la Península un cuerpo expedicionario francés.

Fue firmado el 27 de octubre de 1807 en Fontainebleau entre los representantes plenipotenciarios de Manuel Godoy, valido del rey español Carlos IV, y Napoleón Bonaparte. En él se estipulaba la invasión militar conjunta franco-española de Portugal (la cual se había unido a Inglaterra) y se permitía para ello el paso de las tropas francesas por territorio español, siendo así el antecedente de la posterior invasión francesa de la Península Ibérica y de la Guerra de la Independencia (1808-1814).

Tratado de Madrid (1750)

Acuerdo firmado entre España y Portugal el 13 de enero de 1750, en Madrid, por el cual se fijaban los límites de las posesiones de ambas coronas tanto en Sudamérica como en Asia. Reconocía la propiedad española de las islas Filipinas y de la colonia del Sacramento, a cambio de admitir la posesión portuguesa de territorios al oriente del río Uruguay, así como parte del actual Paraguay y del cauce amazónico. Fue revocado mediante el Tratado de El Pardo de 1761 y ratificado de nuevo definitivamente con el Tratado de San Ildefonso de 1777.

Tratado de San Ildefonso de 1796

Primer tratado de San Ildefonso por el que Francia y España acordaban mantener una política militar conjunta frente a Gran Bretaña. España ponía a disposición de Francia la excelente flota española. Los resultados fueron la colaboración en las campañas napoleónicas de Italia y frente a Inglaterra, lo que acarrea un revés frente al cabo de San Vicente y la perdida de la isla de Trinidad.

Tratado de San Ildefonso de 1800

El segundo tratado de San Ildefonso de 1800 y el tratado de Aranjuez de 1801 fueron dos acuerdos secretos firmados entre España y Francia en el transcurso de las Guerras Napoleónicas. Los principales puntos acordados incluyeron la cesión a Francia de las posesiones españolas de Luisiana y el ducado de Parma, a cambio del Gran Ducado de Toscana, que con el nombre de Reino de Etruria pasó a manos del infante español Luis Francisco de Borbón-Parma.

Al subir Napoleón al poder como primer cónsul y, deseando la alianza con España, para disponer de un punto de apoyo en América, envía a Madrid al general Berthier, quien consigue arrancar a España el segundo Tratado de San Ildefonso (1800), por el que se obliga a España a declarar a Portugal la guerra. Es la llamada Guerra de las naranjas, por la cual Francia se compromete a cerrar sus puertas a Inglaterra.

Tratado de Valençay (1813)

Acuerdo firmado en la localidad francesa de Valençay (departamento de Indre-et-Loire) el 11 de diciembre de 1813, por el que el emperador Napoleón I Bonaparte, tras su derrota en la Guerra de la Independencia española (1808-1814), ofrecía la paz y reconocía a Fernando VII como rey de España. Napoleón I aceptaba la suspensión de hostilidades y el retorno de la Casa de Borbón, en la figura de Fernando VII, al trono español, así como reconocía la totalidad de los territorios bajo soberanía de la familia real española, de acuerdo con la situación previa a la guerra. A su vez, Fernando VII se comprometió a reintegrar en sus derechos y honores a los seguidores del partido del ex rey José I (los afrancesados).

El tratado debía ser ratificado en París en el plazo de un mes. Fernando VII tenía que obtener del Consejo de Regencia español la ratificación. Un decreto del Consejo de Regencia de 2 de febrero de 1814 negó la autoridad al monarca, en tanto no jurase la Constitución de 1812 de acuerdo con el artículo 173. El efectivo cumplimiento de los términos del tratado, concernientes a su acceso al trono español, tuvo lugar tras el regreso de Fernando VII a España el 24 de marzo de 1814.

De momento, se negó a firmar la Constitución que una delegación de las Cortes encabezada por el general Copons le presentó en la frontera por la parte de Gerona.

Pero el primer decreto real (conocido como Decreto de Valencia), promulgado el 4 de mayo de 1814 en Valencia poco después de que el Rey recibiera el llamado Manifiesto de los Persas, anuló la Constitución de 1812 y restableció el orden absolutista en España.

Tratados de Utrecht (1713-1715)

También conocidos como Paz de Utrecht o Tratados de Utrecht y Rastadt.

Acuerdos firmados en Utrecht (Países Bajos) desde 1713 hasta 1715, que pusieron fin a la Guerra de Sucesión (1701-1714) a la corona española. Por estos tratados, Felipe V fue reconocido rey de España y sus colonias. Pero España perdió sus posesiones en los Países Bajos, Nápoles y Sicilia en favor de Austria; Gibraltar y Menorca en favor de Inglaterra.

El balance global de esta serie de acuerdos:

Gran Bretaña toma Menorca y Gibraltar, Nueva Escocia, la bahía de Hudson y Terranova y el navío de permiso, que autorizaba a Inglaterra a enviar un barco al año con una capacidad de carga de 500 toneladas a las colonias españolas americanas para comerciar con éstas. Además Inglaterra recibía el derecho de asiento: el derecho de traficar con 4800 esclavos negros, y todo esto, durante un periodo de treinta años.

A la Casa de Saboya se le devuelve Saboya y Niza, y recibe Sicilia cedida por España.

La Provincias Unidas o República de los Siete Países Bajos Unidos, reciben una serie de fortalezas en el norte de los Países Bajos españoles.

A excepción del Ducado de Prusia, todas las tierras de Brandeburgo formaban parte del Sacro Imperio Romano Germánico, bajo el gobierno hereditario de la Casa de Habsburgo. Federico Guillermo I de Prusia (1701-1713) obtuvo el consentimiento del Emperador Leopoldo I (a cambio de la alianza contra Francia en la Guerra de Sucesión Española) en adoptar, el título de "Rey en Prusia" con base en sus territorios no imperiales.

Portugal obtiene la devolución de la Colonia del Sacramento.

Carlos VI de Austria obtiene los Países Bajos españoles, el Milanesado, Nápoles, Flandes y Cerdeña. El Archiduque Carlos de Austria, ahora emperador Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico, que fue pretendiente al trono de España, dando lugar a la Guerra de Sucesión, abandona cualquier reclamación del trono español en 1725.

Francia reconoce la sucesión protestante en Inglaterra y se compromete a no apoyar a los pretendientes Estuardo. Obtiene el principado de Orange en Provenza.

Felipe V (Felipe de Anjou) es reconocido como rey de España y de las Indias por todos los países firmantes. Una cláusula prohíbe que el rey de España y el de Francia sean una misma persona.

El gran beneficiario de este conjunto de tratados fue Gran Bretaña que, además de sus ganancias territoriales, obtuvo cuantiosas ventajas económicas que le permitieron romper el monopolio comercial de España con sus colonias. El equilibrio de poder terrestre en Europa quedó asegurado, mientras que en el mar, Gran Bretaña empieza a amenazar el control español en el Mediterráneo con Menorca y Gibraltar.] Utrecht planteó un nuevo orden europeo regido por el “equilibrio de poderes” entre las dos grandes potencias del continente: Austria y Francia. Austria salió favorecida con la anexión de las posesiones españolas en los Países Bajos del sur y en la península italiana, y actúa de contrapeso para una Francia encerrada en las fronteras acordadas en Ryswick.

Utrecht sentó las bases del primer imperio colonial británico, puesto que Gran Bretaña, aunque no consiguió compartir el monopolio del comercio americano con España, que era su aspiración, de hecho introdujo en él una presencia destacada. Se le otorgó el asiento de negros, en principio limitado a treinta años y al río de la Plata, y el 'navío de permiso', un barco con el que anualmente podían introducirse trescientas toneladas de productos ingleses en el territorio americano.

Europa entró en el siglo XVIII bajo el sistema de Utrecht. La ordenación política internacional se completó con los tratados de Estocolmo, Nystad y Passarowitz, base del equilibrio en el Norte, el Báltico y la zona oriental respectivamente.

Trienio Liberal o Trienio Constitucional (1820-1823)

El Trienio Liberal (1820-1823) hace referencia al paréntesis liberal dentro del reinado absolutista de Fernando VII (1808-1833).

El 9 de marzo de 1820, triunfó sin apenas resistencia el pronunciamiento militar que había iniciado dos meses antes Rafael del Riego (1785-1823), proceso de carácter revolucionario que volvió a poner en vigor la Constitución de 1812. Fernando VII se fue obligado a jurar la Constitución de Cádiz. Pero la impaciencia del sector radical y la oposición absolutista impidió llevar a cabo una política de reformas. La situación se radicalizó desde mediados de 1822. Lo que acabó por producirse fue la invasión exterior de los Cien Mil Hijos de San Luis enviados por la Santa Alianza, con lo cual el absolutismo representado en el rey Fernando VII se volvió a hacer con el control del país, el 1 de octubre de 1823.

Turnismo

Ver: Restauración monárquica de 1874

El artífice del sistema político de la Restauración monárquica de 1874 fue Cánovas del Castillo (1828-1897), figura señera del conservadurismo español. Cánovas llegó a la conclusión de que la única salida a la turbulenta política española del XIX, salpicada de pronunciamientos y revoluciones, era articular un sistema político en que las oposiciones pudieran ocupar el poder por vías pacíficas. A este sistema se le conoció como turnismo: creación de dos grandes partidos, uno en sentido conservador, liderado por el propio Cánovas, el Partido Liberal-Conservador, y otro en sentido liberal, heredero del régimen de libertades del sexenio, presidido por el político riojano Práxedes Mateo Sagasta y conocido como Partido Liberal-Fusionista. A estos dos partidos les correspondía agrupar al máximo número posible de grupos y facciones, con el único requisito de aceptar la monarquía alfonsina. Por este motivo, se les conocía como partidos dinásticos. Estos dos partidos se "turnarían" en el poder. A cada mandato de un partido le sucedía un gobierno del otro. De esta forma, aunque se dejaba fuera a las minorías carlista y republicana, se garantizaba una importante estabilidad, que se tradujo en la larga duración del régimen.

Villalar

Ver: Batalla de Villalar

Yugo y el haz de flechas

Ver: Falange Española Tradicionalista y de las JONS

El emblema del yugo y las flechas correspondía a una asociación alegórica, muy propia del gusto de la época, entre las iniciales de los objetos  representados y cada uno de los miembros de la pareja real. La Y del  yugo corresponde a la Y de Isabel ("Ysabel"), en castellano antiguo, era habitual sustituir la "i" por una "y" y la F de  las flechas a la F de Fernando. En este sentido, la fusión del yugo  y las flechas representa la unidad de aquel Estado, gracias a la unión de las coronas de Castilla y Aragón.

El emblema del Yugo fue el propuesto por Antonio de Nebrija a Fernando el Católico como emblema de su esposa Ysabel. El gramático Nebrija le propuso el Yugo porque fue el objeto al que estaba atada una cuerda con el "nudo gordiano". Los miembros y pedazos de España, que estaban por muchas partes derramados, se juntaron en un cuerpo y unidad de reino, formando un nudo gordiano que nadie podría desatar.

Este símbolo del yugo y las flechas fue adoptado por el franquismo como símbolo del nuevo y único partido del régimen, Falange Española Tradicionalista de las JONS (FET JONS) por ser esta la insignia de la España de los Reyes Católicos, es decir, el signo que marca el momento histórico en que España realiza su unidad nacional y lanza las fundaciones de su  Imperio. El decreto de 1938, que especificaba el nuevo escudo de armas del régimen, incluyó estos elementos según la disposición usada en el siglo XIV, es decir, con el haz de flechas apuntando hacia abajo, pero a partir de 1945, el nuevo diseño varió esa posición y desde entonces, el haz apuntaría hacia arriba, aproximándola a la interpretación falangista.

La adopción de este símbolo por la Falange española se produjo con motivo de  una explicación de un profesor de la Universidad de Granada, Fernando de los Ríos, de inclinaciones socialistas, que en una clase de Derecho Político hablando del Estado Fascista y sus símbolos, hizo un apunte en el encerado con un ramillete de flechas entroncadas con un yugo, indicando que ese sería el símbolo del fascismo de haber nacido o surgido en España: Si algún día hubiese un fascismo español, éste podría ser el emblema. Un alumno asistente a esa clase, Juan Aparicio López, fue el que insinuó la adopción de este símbolo para las JONS de Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma.