Valoraciones de la Segunda República

Justo Fernández López


Valoraciones de la Segunda República

«Con socialistas ni sin socialistas ningún régimen que atienda al deber de procurar a sus súbditos unas condiciones de vida medianamente humanas podía dejar las cosas en la situación que las halló la República». [Manuel Azaña]

«Unos cuantos hombres honrados, que llegaban al poder sin haberlo deseado, acaso sin haberlo esperado siquiera, pero obedientes a la voluntad progresiva de la nación, tuvieron la insólita y genial ocurrencia de legislar atenidos a normas estrictamente morales, de gobernar en el sentido esencial de la historia, que es el del porvenir. Para estos hombres eran sagradas las más justas y legítimas aspiraciones del pueblo; contra ellas no se podía gobernar, porque el satisfacerlas era precisamente la más honda razón de ser de todo gobierno. Y estos hombres, nada revolucionarios, llenos de respeto, mesura y tolerancia, ni atropellaron ningún derecho ni desertaron de ninguno de sus deberes». [Antonio Machado, en un texto publicado el 14 de abril de 1937]

«Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron en el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: “¡No es esto, no es esto”.» [Ortega y Gasset, en Crisol, 9 de septiembre de 1931, en Obras Completas. Madrid, 1969, t. XII, p. 387]

La Segunda República es uno de los momentos clave de la historia contemporánea española. El proyecto de democratización y modernización que se abre en 1931, y que tantas esperanzas despertó en amplias capas de la población española, concluyó con una cruenta guerra civil. El debate sobre las razones de ese fracaso histórico sigue siendo uno de los elementos clave de la historiografía española.

La República ha sido una gran ilusión colectiva; el mayor esfuerzo antes de la restauración monárquica de 1975 por modernizar, culturizar y hacer habitable la España del siglo XX. Congregó en su dirección política a lo más preparado, honesto y presentable de aquella sociedad. Pero se quedó en proyecto. Se quedó en ilusión. Hubo una gran idea, pero no se supo administrar. En el lugar donde había esa aspiración colectiva se fueron instalando las indecisiones, los fracasos, la decepción social, los rencores y la violencia. Desembocó en la mayor tragedia que ha vivido España.

«Las consecuencias de los incendios de iglesias y conventos fueron desastrosas para la República: le crearon enemigos que no tenía; mancharon un crédito hasta entonces diáfano e ilimitado; quebrantaron la solidez compacta de su asiento; motivaron reclamaciones de países tan laicos como Francia o violentas censuras de los que, como Holanda, tras haber execrado nuestra intolerancia antiprotestante, se escandalizaban de la anticatólica.» [Alcalá Zamora, Niceto: Memorias. Barcelona, 1977, p. 185]

«Sin duda alguna el pueblo esperaba más libertad política y una mejora en sus condiciones de vida que en algunas zonas, como Andalucía y Extremadura, eran angustiosas y desesperadas. Sin embargo, conviene recordar que el Gobierno de 1931 no era homogéneo y respondía a una coalición de partidos. Así mientras los republicanos moderados de Azaña aspiraban a un cambio de modelo de Estado y a reformas en materia religiosa y militar, los más conservadores, como Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura, se conformaban con haber sacrificado al rey.

Entretanto, los radicales de Alejandro Lerroux sólo pensaban en sus negocios y los socialistas defendían una transformación de las estructuras agrarias y una mejora para los trabajadores de la legislación laboral. Si a eso añadimos la necesidad de una transformación de la estructura del Estado, con la aprobación de algunos estatutos de autonomía, habremos de concluir que el nuevo régimen republicano debía enfrentarse con todos los poderes fácticos al mismo tiempo, había de acometer todas las reformas en medio de un clima de impaciencia por parte de muchos sectores de obreros y de campesinos.» [Paul Preston]

«Los responsables últimos de la guerra civil fueron, sin duda, los militares levantiscos y los que les habían apoyado ideológica y económicamente, pero eran otros muchos los factores que habían contribuido a desestabilizar la República y a crear un clima prebélico. El primero y principal fue la eterna cantinela socialista, comunista y anarquista de que la República significaba el triunfo de la revolución y era el paso previo a la dictadura del proletariado y al Estado socialista o a la acracia. El lema había tenido desde el principio su acción directa en las calles y en los campos, pero a partir de octubre de 1934 la apuesta por la revolución violenta era más que evidente, lo que atemorizó a muchas personas cuando vieron que las izquierdas resurgían de sus cenizas en 1936.

Azaña también había sido presa de esa cantinela revolucionaria, aunque él mismo no sabía qué hacer en las revoluciones. Se había escondido en las dos ocasiones donde estaba al tanto de lo que se preparaba: diciembre de 1930 y octubre de 1934. La revolución de Azaña era muy distinta a la de las izquierdas obreras, pues buscaba la transformación del Estado en un sentido democrático, con un toque social y fuerte presencia pública en la economía y en la sociedad.

A pesar de que las mayorías que formaron los gobiernos republicanos tras las elecciones de 1931 y 1933 eran invencibles en las Cortes si se mantenían unidas, la inestabilidad fue plena en muchos momentos, especialmente a partir de 1933. Hubo diecisiete crisis de gobierno, muchas de las cuales poco tenían que ver con los juegos de las mayorías parlamentarias y sí más con las intrigas palaciegas de Alcalá Zamora y la oposición de los radicales y de otras fuerzas –también de Ortega– a la presencia socialista en el Gobierno, y de casi todos los republicanos, incluidos algunos de derecha, a la presencia de la CEDA en el Gobierno. Si se vetaba a las mayorías, era muy difícil que el régimen parlamentario funcionase.

Otro factor clave para la desestabilización de la República fue la ruptura con la tradición liberal parlamentaria de la Restauración, que nadie quiso reivindicar aunque sí se copiaron algunos de sus vicios. Muy pocos parlamentarios de las Constituyentes tenían experiencia previa. Además, la discontinuidad de los parlamentarios de las sucesivas Cortes republicanas privó a éstas de experiencia y ralentizó muchos proyectos en marcha. El sistema electoral con su corrección a favor de la mayoría, los juegos políticos abstencionistas y los escándalos políticos nada contribuyeron a dar continuidad a la obra republicana. En las Cortes Constituyentes de 1931, habían faltado gran parte de las derechas por el retraimiento electoral. En 1933, algunos de los principales partidos republicanos como el de Azaña y el Radical Socialista casi desaparecieron. En 1936, los radicales eran borrados de las Cortes. A esto hay que añadir grandes grupos sociales que no se identificaron con el régimen, entre ellos, parte del Ejército, y diversos grupos políticos de izquierda y de derecha.» [Zamora Bonilla 2002: 413-414]

«Fue la cuestión religiosa la que, dividiendo al Gobierno provisional en el momento de la discusión en las Cortes, impuso una nueva fórmula de gobierno y, por tanto, dio lugar a un bienio al que caracterizaremos más adelante como reformista. […] La verdad es que, en cuanto a contenidos, la república consistió sobre todo en la obra legislativa del primer bienio, pues, como veremos, apenas si existió en el segundo. Sin embargo, el hecho de haber emprendido esa reforma global de la vida española, siendo en sí positivo, no agota el juicio acerca de la ejecutoria de los gobiernos de Azaña porque no existió un oportuno establecimiento de prioridades, ni siempre se optó por las soluciones más correctas, ni tampoco todas las veces se ejecutaron las reformas de la manera adecuada. Una reforma global de la vida española debía haber seleccionado sus objetivos de manera más hábil procurando no enajenarse a sectores sociales extensos o, al menos, hacerlo de una manera prudente que compensara a quienes se sintieran contrarios al régimen por una medida con otras más aceptables.» [Tusell 1997: 47]

«La mística de la reforma revolucionaria, generalizada en buena parte del pueblo español en 1931, dio vida a la tercera solución, después de la Restauración y la Dictadura de Primo de Rivera: la Segunda República. Llevada al poder gracias a un inicial movimiento de entusiasmo popular, preconizó un Estado democrático, regionalista, laico y abierto a amplias reformas sociales. Era un sistema conveniente a una burguesía de izquierdas, de clase media liberal y menestralía, precisamente las fuerzas menos vivas –excepto en algunos territorios periféricos, como Cataluña– del panorama español. De este modo, el camino de la República fue totalmente obstaculizado por las presiones de los obreros (los sindicalistas de la CNT, inducidos por la mística de la Tercera Revolución, y los socialistas de la UGT, por el revolucionarismo marxista) y la reacción de los grandes latifundistas (sublevación de Sanjurjo, 1932). También los católicos, que se sentían amenazados en sus conciencias, hostilizaron a la República y en lugar de apoderarse democrática y sinceramente de sus puestos de mando, contribuyeron a minarla.» [Vicens Vives 2003: 156-157]

«En un artículo de Javier Cercas en EL PAÍS del 29 de noviembre pasado (Cómo acabar de una vez por todas con el franquismo) creo que se resume adecuadamente el espíritu y la letra de esa relectura en la siguiente frase: "Había una vez en España una República democrática mejorable, como todas, contra la que un militar llamado Franco dio un golpe de Estado. Como algunos ciudadanos no aceptaron el golpe y decidieron defender el Estado de derecho, hubo una guerra de tres años. La ganó Franco, quien impuso un régimen sin libertades, injusto e ilegítimo, que fue una prolongación de la guerra por otros medios y duró 40 años". A esa lectura se apunta con entusiasmo la izquierda que nos gobierna.

A mi juicio, el problema que suscita esta nueva verdad oficial no está en la demonización del franquismo, sino en la beatificación de la República. La descripción del régimen de Franco que despacha Cercas en las líneas anteriores es algo simplista y omite aspectos esenciales (como, por ejemplo, la propia evolución del franquismo), pero no puede decirse que sea falsa.

Sí es en cambio, a mi entender, radicalmente errónea la frase que describe a la República. La República no fue un régimen democrático mejorable como todos. Fue un fracaso de la democracia al que contribuyeron revolucionarios y contrarrevolucionarios en semejante medida. Lo fue, además, casi desde el principio, pero, sobre todo, lo fue en el periodo final, el inmediatamente antecedente a la Guerra Civil, como demuestran, a mi juicio de forma poco discutible, trabajos recientes de historiadores tan solventes como Stanley G. Payne.» [Jsé Ignacio Wert, ciólogo, en El País del 21-01-2006]

«Fue una sociedad abierta en el sentido en el que la definieron Bergson y Popper en el siglo XX. El pueblo español estaba harto del oscurantismo, del clericalismo y del catolicismo obligatorio, de la persecución de los heterodoxos, del tribalismo, de los mitos, del terror y de las supersticiones como orientación de la vida que habían acompañado y orientado nuestra historia moderna, que, salvo muy breves intervalos, había sido la historia de una sociedad cerrada. La República fue recibida con una ilusión y una esperanza enormes y sus medidas educativas y culturales, la potenciación de la escuela y sus maestros, la cultura popular, la extensión del teatro y de la lectura, fueron experiencias hasta entonces inéditas en nuestro país.

Pronto, las buenas reformas y la política legislativa, abierta y progresiva, a partir de la Constitución se encontró con los adversarios de fuera y de dentro, que acabaron por hacerla fracasar. La desmesura de unos, la deslealtad de otros, produjo unos fuegos cruzados ante los que estuvieron impotentes los dirigentes republicanos, incapaces de responder a tanta traición y a tanta malicia. Desde dentro, los impacientes se levantaron; sectores socialistas y anarquistas, cuando la derecha ganó las elecciones de 1933, no consintieron su llegada al poder y se sublevaron en 1934, en la llamada Revolución de Octubre, que fue un ensayo sangriento de la Guerra Civil, donde la insurgencia fue derrotada y sometida a una durísima represión. La ruptura de las reglas de juego y la falta de respeto al resultado de las urnas y al principio de las mayorías abrió una puerta, como precedente, al levantamiento militar del 18 de julio de 1936.

Desde fuera, colectivos con mentalidad de sociedad cerrada conspiraron desde el principio. Fueron sectores militares que el 18 de julio eliminaron a muchos generales, jefes y oficiales fieles al Gobierno constitucional; fueron jerarquías de la Iglesia que pretendían mantener el monopolio de la verdad y que calificaron solemnemente al golpe militar como cruzada; y fueron los grupos de extrema derecha, falangistas y tradicionalistas, principalmente, quienes otorgaron el pedigrí político a los que sólo tenían la fuerza bruta. La República murió con las botas puestas, luchando con valor y esfuerzo frente a muchas circunstancias internacionales adversas.» [Gregorio Peces-Barba Martínez, en El País del 25-04-2006]

«Durante el régimen de Franco, y de acuerdo con la ideología impuesta por la dictadura, la República había sido una catastrófica mezcla de separatismo regional, radicalismo social y anticlericalismo feroz que se deslizó hacia una situación parecida a la de Rusia en 1917. Si el levantamiento militar del 18 de julio no hubiera intervenido, su resultado habría sido idéntico: una revolución social masiva y una dictadura del proletariado.

Es cierto que la República tuvo mil fallos y, en ocasiones, se comportó de manera antidemocrática. La revolución de octubre de 1934, en especial, fue catastrófica porque dañó gravemente las credenciales democráticas del régimen y sentó un precedente que los conspiradores militares de 1936 utilizaron para justificar su propia insurrección. En 1934, parecía que estaban ganando las fuerzas fascistas, que acababan de destruir la democracia alemana y la austriaca por medios pacíficos y legales. ¿Era posible que el Gobierno centrista de España siguiera el mismo rumbo, dado el creciente poder de los elementos derechistas dentro de él? La revolución socialista fue, en parte, reflejo de ese miedo, aunque también influyó la fuerza del mito revolucionario en círculos proletarios.

Los años treinta estuvieron entre los más turbulentos de la historia mundial, mientras que las décadas setenta y ochenta en Europa fueron tranquilas y ordenadas. Durante los años treinta, el Ejército conservaba sus tradiciones pretorianas decimonónicas e intervenía repetidamente en la política. Los movimientos obreros estaban aún poseídos por diversas mitologías revolucionarias. En la derecha, parte de la CEDA coqueteaba con el fascismo y, además de la Falange, varios pequeños partidos monárquicos conspiraron para derrocar la República. La Iglesia católica seguía rígida doctrinariamente, y rechazaba cualquier disminución del inmenso poder que tenía. Además, por la Gran Depresión, la economía española estaba en peor situación que nunca. Algo más de la mitad de la población trabajaba en el campo, y dos terceras partes de las mujeres adultas eran analfabetas. La situación internacional era amenazadora, y Mussolini procuraba desestabilizar a la República.

La República fracasó o fue destruida, pero también lo fueron casi todos los demás elementos humanitarios y progresistas en los años treinta. De las 20 repúblicas europeas proclamadas entre 1918 y 1931, solo una, la irlandesa, sobrevivió hasta la madurez. Las otras 19 fueron barridas o se autodestruyeron.

La próxima vez que alguien diga, como hizo recientemente en Abc Stanley Payne, que „La República es el principal mito histórico de todo el siglo XX“, debemos responder con seguridad: „¡No, señor! ¡La República no es ningún mito! A pesar de sus muchos errores y defectos es, con la Transición, una verdadera gloria del siglo XX español“.» [Edward Malefakis, en El País del 12/06/2011]

«Luis Arranz considera –creo que con acierto– que uno de los errores de las izquierdas fue utilizar el argumento de que la República había venido por un movimiento revolucionario y no por unas elecciones (cfr. “Modelos de partido”, Ayer, n.° 20, p. 103).» [Zamora Bonilla 2002: 574 n. 236]

«La segunda película es el serial televisivo sobre la República de TVE. En este serial se entremezclan figuras ficticias y reales, presentando una visión de la República que refleja un punto de vista muy generalizado durante la Guerra Fría, que presentaba a la Unión Soviética como la mano invisible que movía los hilos durante la República y la Guerra Civil. El carácter menos atractivo de la serie es la “agente de Moscú”, que manipula todo y a todos, desde el principio de la República.

En realidad, la Unión Soviética tuvo muy poco protagonismo en el inicio de la República y su mayor presencia fue más tarde cuando fue la única potencia que, junto con Méjico, ayudó militarmente a la República. La Unión Soviética había apoyado el tratado de neutralidad y no intervención, pues lo último que deseaba es que –tal como erróneamente se presenta en el seria “La República”- hubiera una revolución bolchevique, versión española, en España. Ello hubiera antagonizado a los establishments europeos, lo cual la Unión Soviética no deseaba, pues su prioridad era establecer una alianza con las democracias occidentales en contra de Hitler. La Unión Soviética rompió el tratado de neutralidad cuando vio, con razón, que la masiva ayuda militar de Hitler y Mussolini a Franco estaba dañando enormemente a la República, poniendo en peligro su viabilidad como estado, al no tener ninguna ayuda militar, consecuencia del tratado de neutralidad y no intervención. Resulta paradójico que el único estado que ayudó militarmente a la República (además de Méjico), aparezca en la serie “La República” como el malo de la película. Por cierto, el profundamente conservador Winston Churchill agradeció a la Unión Soviética su ayuda a la República española.

De pro soviético no tengo nada. Pero me indigna que no se reconozca la labor positiva que la Unión Soviética tuvo en ayudar a la República y en derrotar al nazismo. La República fue una época que a pesar de sus debilidades tuvo un enorme efecto en mejorar el bienestar y calidad de vida de las clases populares de España. Las reformas que hizo atemorizaron a las estructuras de poder de España y de Europa. Y que al estallar el golpe militar fascista requirió la ayuda de la Unión Soviética, quien vio, como también vio Winston Churchill, la Guerra Civil española como el primer capítulo de la II Guerra Mundial. Si las democracias europeas hubieran apoyado militarmente a la República, la historia de España y de Europa hubiera sido muy distinta.» [Vicenç Navarro, Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Policy Studies and Public Policy. The Johns Hopkins University]

«Durante 40 años, el franquismo presentó a la República como una desviación en la historia de España que llevaba al caos y la destrucción, lo que hizo inevitable la guerra. Recientemente, agitadores de la historia con fuerte impacto popular han completado ese relato actualizando la teoría (defendida en caliente por teóricos franquistas) de que en realidad la guerra no la inició Franco en 1936 sino la izquierda en 1934. Ambas cosas, la visión de la República a la luz de su desenlace, y la responsabilidad de los republicanos en el mismo, simplifican burdamente realidades mucho más complejas.

Fue, con las limitaciones del momento histórico, el más profundo intento de modernización política y social emprendido hasta entonces. Por eso contó con apoyos de los sectores que representaban lo mejor de aquella sociedad, incluyendo una de las generaciones intelectuales más brillantes de la España moderna. El republicanismo de 1931 era la desembocadura de corrientes que venían de la tradición ilustrada y liberal. Propició las primeras elecciones no desnaturalizadas por el caciquismo, y las primeras en que pudieron votar las mujeres. Unió la libertad política a la extensión de la instrucción pública, y ambas a las reformas sociales. Separó la Iglesia del Estado, fundamento de cualquier democracia, y puso en pie el germen de un sistema autonómico.

Considerar que la República llevaba el germen de la división en su fundamento antimonárquico es una tosca simplificación. La República no sucede a una monarquía parlamentaria, sino a la dictadura de Primo de Rivera, propiciada y amparada por la Corona. El colapso de esa dictadura provocó el de la monarquía. Pero es cierto que el entusiasmo del momento confundió a los republicanos en el sentido de pensar que contaban con la totalidad, o casi, de la población; o, peor, de considerar que los intereses, ideología y prejuicios de los sectores más atrasados de la sociedad no debían ser tomados en consideración. El sistema electoral fue un factor de distorsión. En 1933, los partidos de centro-izquierda obtuvieron el 21% de los escaños con el 36% de los votos, mientras que el centro y la derecha cosecharon el 79% con el 64% de los votos. Lo mismo ocurrió en febrero de 1936, esta vez en beneficio de la izquierda.

El fracaso de la República no era inevitable, como sostienen los deterministas de derechas, pero es un hecho que fracasó. Algunos republicanos, como Azaña, Prieto o Zugazagoitia reconocieron muchos de los errores e injusticias en sus diarios o memorias. No sólo en la Guerra Civil, sino también en los años precedentes, en los que se toleraron o no castigaron con suficiente energía abundantes desmanes justificados en nombre de la ideología.

Se trata, en fin, de asumir la memoria republicana como parte de la tradición democrática española, y aprender de los errores para no repetirlos. Sobre todo, el de buscar la identidad nacional o popular en la eliminación del discrepante.» [Editorial de El País del 09-04-2006]

«España en 1931 se caracterizaba por ser un país sumamente conflictivo. Tenía un nivel económico bajo, una riqueza mal distribuida y mucha pobreza. Las tensiones sociales eran fortísimas y entre los desfavorecidos los afanes de cambio eran lógicamente grandes. Esos afanes ya habían comenzado a dejarse sentir desde principios del siglo XIX, pero en el primer tercio del siglo XX, ante las escasas mejoras, se intensificaron. Frente a ello, había un tradicionalismo no menos fuerte en instituciones y fuerzas políticas que se oponían tenazmente a todo cambio.

Esa resistencia al progreso, mayor que la registrada en otros países, se explica por la propia historia de España, cuando ya desde el siglo XIII, por mor de la Reconquista, predominó la nobleza con un régimen señorial que afianzaron los Reyes Católicos, cuando en el siglo XVI una Contrarreforma religiosa cerró al país en sí mismo, cuando una insuficiente Ilustración dejó en poca cosa los adelantos entrevistos en el siglo XVIII. Todo ello hizo que arraigaran hondo unos valores que eran muy poco propicios para hacer los dos grandes cambios de la edad contemporánea: la revolución industrial y la revolución burguesa.

Desde principios del siglo XIX hubo así en España conflicto, a veces abierto, otras soterrado, pero siempre presente, entre modernización y tradición. La inestabilidad política, con nueve Constituciones y 130 gobiernos en menos de cien años, el escaso desarrollo económico, los continuos intentos de recurrir a la fuerza, bien para avanzar, bien para impedir el avance, todo ello era una buena muestra de una sociedad desequilibrada. Baste recordar que palabras de uso internacional como pronunciamiento y guerrilla son creación española.

En 1931, con el cambio de régimen, los republicanos pensaron con razón que se presentaba una ocasión histórica única. Contaban con ilustres políticos, con el apoyo de una pléyade de brillantes intelectuales y con el respaldo de buena parte de la población. Pero, ¡ay!, cometieron un error que acabaría teniendo funestas consecuencias. La pacífica y rápida implantación de la República confundió a muchos. Creyeron que la derecha, entonces casi siempre extremosa, estaba definitivamente arrumbada. Nada más equivocado.

Esa derecha no quería república, democracia, laicismo, reforma agraria, mejoras sociales, nacionalidades. Su oposición era cerrada y su fuerza grande. Tanto fue así que acabó recurriendo a la sublevación militar, a la guerra civil y a una larga dictadura para evitar que se alcanzasen esos fines. Salvo la cuestión agraria, que el desarrollo económico de los años sesenta permitió resolver en lo principal, aunque fuera sin buscarlo expresamente, todo lo demás -libertad, aconfesionalidad, autonomías- todavía estaba pendiente cuarenta años después, a la muerte de Franco.

Es evidente que los culpables del retraso en la modernización de España fueron unas derechas políticas, sociales, económicas y religiosas que con gran cortedad de miras se oponían al cambio. Pero también es cierto que, en su enfrentamiento con ellas, las izquierdas no acertaron. Cuando tuvieron el poder no fueron capaces de neutralizar a sus enemigos ni tampoco intentaron, como mal menor, templar gaitas a la espera de que el tiempo jugara a su favor. Cuando las elecciones de 1933 demostraron que había una derecha poderosa, capaz de unirse y gobernar, parte de la izquierda se ofuscó y buscó una inútil y contraproducente vía violenta para intentar hacerse de nuevo con el poder, lo que se consiguió, en cambio, por la vía democrática en las elecciones de febrero de 1936. Entonces se repitió, agravado, el error de 1931, a saber, no prever la enemiga de parte del país.

¿Qué habría podido hacerse y no se hizo? Claro es que si la izquierda hubiese estado más unida, si hubiese gobernado con más firmeza y a la vez con más flexibilidad, si tanto en el Gobierno como en la oposición no hubiera permitido ni alentado el menor asomo de violencia entre sus partidarios por muchas que fueran las provocaciones, quizá el resultado habría sido otro. Pero ni siquiera ello es seguro.

En suma, ¿cómo se podría haber avanzado en los años treinta en la modernización del país sin provocar, primero crispación y, luego, una contienda fratricida, en unos tiempos en que España estaba tan necesitada de cambios como sobrada de ideas, personas e instituciones tozudamente opuestas a que se hicieran?

Tuvo que mediar mucha sangre, sudor y lágrimas y esperar hasta los años setenta para que la derecha se civilizara, la situación socioeconómica mejorara y la izquierda dejara de buscar atajos conflictivos para modernizar el país.» [Francisco Bustelo, en El País del 14-04-2006]

«Javier Tusell ha definido ese régimen como «una democracia poco democrática». Analizando la historia de esa experiencia política, es indispensable distinguir entre los dos lados de la moneda: lo que había de democrático en la República y la progresiva destrucción de la democracia. En cuanto al primero, parece evidente que el régimen político que gobernó desde el mes de abril de 1931 hasta febrero de 1936 fue esencialmente democrático, parlamentario y constitucional. Como muchos otros, sufría de varias lacras, empezando por sus orígenes peculiares. La coalición republicana trató primero de tomar el poder a través de un pronunciamiento militar en diciembre de 1930 (que fracasó totalmente); técnicamente no ganó las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, conquistó el poder a través de la acción directa en las calles, combinado con las amenazas (una suerte de «pronunciamiento pacífico»), durante los días siguientes, y nunca celebró ninguna clase de plebiscito o referéndum democrático. 

A pesar de todas estas taras de origen, la gran mayoría de la opinión pública en España aceptó su legitimidad, que así por varios años no pudo ser cuestionada. La práctica de la democracia fue a veces «poco democrática», en la frase de Tusell, con una Ley para la Defensa de la República draconiana, suspensiones de las garantías constitucionales con gran frecuencia y muchísima censura, violencia política y acoso y coacción en las campañas electorales. La destrucción de la democracia republicana fue un proceso largo y progresivo, que se aceleró en los últimos meses del régimen.» [Stanley G. Payne, en La Razón – 12 de abril de 2011]

«Si hacemos un balance entre aciertos y desaciertos de la República en cuanto a la resolución de la cuestión religiosa, el saldo resulta bastante negativo. Aunque sea un juicio severo, creo exacto afirmar que, contemplada en su totalidad y con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, la política religiosa de la Segunda República fue notablemente desafortunada. Se actuó a menudo, en el mejor de los casos, con ligereza e imprevisión, cuando no con deliberada injusticia.

La principal razón, a mi juicio, fue la incapacidad para el diálogo político que demostraron las principales fuerzas sociales en aquellos momentos. En los círculos católicos se podía observar un doble defecto. Por un lado, la falta de habilidad estratégica de los sectores políticos de inspiración católica para superar las propias divisiones y encontrar los cauces que hubieran permitido trazar una política religiosa más sensata y más realista. Por otro lado, la jerarquía eclesiástica se mostró excesivamente apegada a sus privilegios tradicionales, y demasiado celosa en mantener a ultranza la doctrina oficial de la Iglesia católica sobre la confesionalidad estatal; un régimen de separación entre Estado e Iglesia les parecía inadmisible. Además, en algunos ambientes católicos podía advertirse una cierta confusión entre la ortodoxia doctrinal y un rancio conservadurismo político y cultural.

Por su parte, en los sectores no católicos terminaron por imponerse las posiciones más extremas, pese a que las personas de mayor prestigio intelectual abogaban por la moderación, insistiendo en que la modernización del Estado no tenía por qué ir acompañada de una violencia antirreligiosa. Ese extremismo no nacía gratuitamente. Tenía su raíz en la intransigencia con que el establishment católico había impedido la libertad de expresión -y de expansión- de las ideas que consideraba heterodoxas, y en la escasa contribución que había prestado de hecho para superar las profundas desigualdades sociales existentes en la España de entonces: amplias áreas de las clases trabajadoras no miraban a la Iglesia ni con afecto ni con simpatía. Aun así, el excesivo rigorismo anticatólico no resultaba justificable ni, sobre todo, prudente. La política religiosa republicana no solo fue represiva, sino también torpe. Para consolidar la República hubiera sido preferible atraer al clero -alto y bajo- a la causa republicana, y haber procedido a la secularización del Estado con igual firmeza pero más paulatinamente.

La realidad, sin embargo, fue muy distinta. Sobre la conciliación se impuso el enfrentamiento, especialmente áspero entre católicos y socialistas. Mientras la Iglesia católica anatemizaba el socialismo, la izquierda con frecuencia idealizaba el comunismo al tiempo que demonizaba el sentimiento religioso, el cual era identificado subliminalmente con su versión católica. Ni unos ni otros supieron darse cuenta de lo que estaba en juego: no sólo la cuestión religiosa, sino la subsistencia de la Segunda República, y, más allá, la posibilidad misma de convivencia civilizada y pacífica entre opciones políticas e ideológicas diversas, y adversas. Por ello, más que la disensión religiosa en sí misma, lo que el triste devenir de la Segunda República puso verdaderamente al descubierto fue la carencia de tradición democrática en nuestro país.» [Javier Martínez-Torrón]

El Gobierno republicano creía con la Ley en la mano podía arreglarlo todo. Así declaró la guerra a la Iglesia y a todo el que se opusiese a la República. Los ataques a la Iglesia desataron una ola de anticlericalismo que apartó para siempre a media España de la causa republicana. La Constitución tenía un talante revanchista y la Ley para la Defensa de la República castigaba severamente a los que osasen disentir con un régimen que presumía de liberal y liberador. Ambos extremos del espectro político se fueron radicalizando, especialmente la extrema izquierda.

A partir de 1933 los socialistas, soporte de la legalidad republicana, apostaron por la revolución en mítines, artículos y editoriales de prensa incendiarios. En octubre de 1934 el PSOE patrocinó un golpe de estado contra el Gobierno centro-derechista que fracasó estrepitosamente, pero que supo utilizar después como arma propagandística.

Pero el principal problema de la Segunda República era que no todos los que luchaban contra los “enemigos de la República” tenían una misma idea de lo que significaba la República como forma de Estado. Lo que sí se puede afirmar es que la República careció de verdaderos republicanos que creyeran en ella. Pasó como con la República alemana de Weimar, que nadie creía ya en ella. La derecha seguía aferrada a la monarquía como único garante de continuidad y estabilidad; la izquierda veía en la República un medio para conseguir la revolución final y presionó al gobierno republicano a hacer reformas más revolucionarias. La mayoría de los que aclamaron la venida de la República el 14 de abril, se alegraban por la caída de la monarquía y el final de la dictadura militar. La República era una promesa de algo nuevo, de una “nueva política”, como pedía Ortega y Gasset. Era difícil ponerse de acuerdo sobre la nueva política, sobre todo no había todavía conciencia de que la democracia incluye pactos y pactar significa ceder posiciones para poder encontrar un acuerdo común. La República no fue capaz de llevar a cabo un proceso de transición pacífico como en 1978 con la Constitución democrática. La Segunda República quiso hacer todo lo que no se había hecho en más de un siglo en un par de años. Pretendió culminar la modernización del país intentando solventar problemas históricos profundos: la propiedad de la tierra, las relaciones Iglesia y Estado, la organización territorial, la reforma del ejército, etc. Para todas estas reformas no tuvo la República suficiente apoyo social y tuvo que luchar en dos frentes: por la izquierda fue sobrepasada por los movimientos revolucionarios del anarquismo más violento o un socialismo de tipo marxista; por la derecha encontró una poderosa resistencia por parte de la oligarquía terrateniente, el ejército africanista, acostumbrado a los ascensos por méritos de guerra, la jerarquía eclesiástica, que no quería renunciar al monopolio de la educación.

Según García de Cortázar, la sociedad estaba muy atrasada y muy polarizada en dos grandes bloques: el ultraconservador controlado por la jerarquía eclesiástica, y la izquierda revolucionaria que no colaboró con el intento republicano de cambio y su único objetivo era la revolución final. A esto hay que añadir la crisis económica que había comenzado en 1929 y que golpea a España a partir de 1931. Por otra parte, Europa se debatía entonces entre dos grandes políticas con el auge de los totalitarismos que llevarían a la Segunda Guerra Mundial.

apunta a su vez hacia una sociedad que estaba “atrasada” y “muy polarizada en dos grandes bloques, uno ultraconservador en buena medida controlado por el episcopado, y la izquierda, que no colaboró con el intento de cambio y exigió y pidió más” y quiso “hacer su revolución”.

«De Manuel Azaña, uno de los personajes más influyentes en la política republicana, que fue sucesivamente ministro de la Guerra, presidente del Gobierno y presidente de la República, son las siguientes palabras, escritas poco después de la guerra civil y poco antes de su muerte: "Cada vez que repaso los anales del Parlamento constituyente y quiero discernir dónde se jugó el porvenir de la política republicana y dónde se atravesó la cuestión capital que ha servido para torcer el rumbo de la política, mi pensamiento y mi memoria van inexorablemente a la Ley de Congregaciones Religiosas, al artículo 26° de la Constitución, a la política laica, a la neutralidad de la escuela." (citado por Martí Gilabert, F., Política religiosa de la Segunda República española, Pamplona, 1998, p. 88).» [Javier Martínez-Torrón]

«En palabras de Raymond Carr, la misión del republicanismo consistía en la liquidación de los obstáculos institucionales que hacía difícil una sociedad progresiva y democrática, una Iglesia estatal influyente, un Ejército poderoso y el latifundismo. La República también tenía que resolver los problemas del nacionalismo catalán y vasco.

Este amplio y ambicioso programa suponía que el nuevo régimen era mucho más que un cambio de forma de gobierno en la Jefatura del Estado. En ello se diferenció la República Española, como también la República de Weimar de las otras trece repúblicas que nacieron tras la I Guerra Mundial. La adopción de la forma de Estado republicano iba vinculada a una idea de renovación democrática y de modernización social, con el fin de ‘rehacer toda la vetusta estructura de España’, afectando ‘a la esencia de España’ y tratando de ‘acabar con sus enemigos multiseculares, el militarismo, el clericalismo, el retardado feudalismo y el separatismo’ (Jiménez de Azúa). Ese propósito regeneracionista suponía tratar de resolver problemas seculares en corto tiempo y de forma algo improvisada, dado que no hubo entonces un período de transición como el que hemos conocido en fecha reciente. Ello puede ser una de las razones del fracaso del sistema constitucional republicano. [...]

Por otro lado, no cabe desconocer el esfuerzo que hizo la II República para evitar los separatismos y para integrar en el nuevo Estado a los nacionalismos periféricos. El programa de regeneración nacional que supuso la II República incluía también una nueva visión más plural y menos polarizada de España, sentando bases para la creación de un Estado ‘integral’ compuesto influyendo en otras experiencias constitucionales posteriores, pero también en el modelo de Estado compuesto de la Constitución de 1978. [...]

Por ello, la democracia parlamentaria que establece la Constitución de 1978 ha podido ser definida por algunos como una ‘república coronada’, con la paradoja de que uno de los elementos fundamentales de esa democracia y de su consolidación sea que la Corona encarne la Jefatura del Estado.

El que la monarquía sea nuestra forma de gobierno ha hecho incómodo hablar de los ‘valores republicanos’, que son una serie de valores y principios éticos que conforman e informan el conjunto del sistema político. [...]

La consolidación y la pervivencia de nuestra democracia debe tener en cuenta esos viejos valores republicanos y los objetivos de renovación y modernización de la sociedad española, más justa e igualitaria, que el republicanismo histórico intentó pero no logró.» [Miguel Rodríguez-Piñero y Bravo-Ferrer: “La vigencia del legado de la Segunda República”, en El País - 13 de abril de 2001]

Ya pueden revisionistas como Pío Moa y una retahíla de reaccionarios, esforzarse para enviar a la II República al Averno. Aquel régimen cometió errores enormes, como nos pasa a todos los humanos, pero no cayó por los votos, sino por las botas de los ejércitos de Franco, Mussolini y Hitler. ¿Quiénes fueron “los elementos que apoyaban la rebelión”? La respuesta de Bowers al Secretario de Estado, Cordell Hull, fue ésta: 1) “Los monárquicos que deseaban la vuelta del rey y del antiguo régimen. 2) Los grandes terratenientes que deseaban conservar el régimen feudal, poniendo fin a la reforma agraria. 3) Los industriales y los banqueros que deseaban sujetar y mantener a los obreros “en su lugar” 4) La jerarquía eclesiástica, hostil a la separación de la Iglesia del Estado. 5.- Las camarillas militares, que perseguían el establecimiento de una dictadura militar. 6.- Los elementos fascistas, inclinados a un Estado totalitario”. [Claude G. Bowers, periodista y embajador entonces de EEUU en España, en el libro Misión en España (1933-1939)]

«La República triunfó en España en un momento extremadamente delicado. Acababa de producirse la gran crisis económica de 1929 y crecía día a día el número de desempleados. El nuevo régimen no podía, por tanto, satisfacer las aspiraciones de la gente que lo había apoyado. Se produjo, además, una trágica paradoja: los liberales de centro-izquierda que gobernaban no tenían otra alternativa, ante una derecha tremendamente inmovilista, que apoyarse en los movimientos de extrema izquierda. Pero, aunque quisieran, no podían satisfacer sus demandas. Además, las reformas que la República pretendió llevar a cabo en unos cuantos años se habían llevado a cabo en otros países a lo largo de periodos de tiempo mucho más dilatados.» [Antony Beevor]

«En 1936 había en España una República, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos, pero habían encontrado también, y provocado, importantes factores de inestabilidad, frente a los que sus gobiernos no supieron, o no pudieron, poner en marcha los recursos apropiados para contrarrestarlos.

La amenaza al orden social y la subversión de las relaciones de clase se percibían con mayor intensidad en 1936 que en los primeros años de la República. La estabilidad política del régimen también corría mayor peligro. El lenguaje de clase, con su retórica sobre las divisiones sociales y sus incitaciones a atacar al contrario, había impregnado gradualmente la atmósfera española. La República intentó transformar demasiadas cosas a la vez: la tierra, la Iglesia, el Ejército, la educación, las relaciones laborales. Suscitó grandes expectativas, que no pudo satisfacer, y se creó pronto muchos y poderosos enemigos.

La sociedad española se fragmentó, con la convivencia bastante deteriorada, y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados. Nada de eso conducía necesariamente a una guerra civil. Ésta empezó porque un golpe de Estado militar no consiguió de entrada su objetivo fundamental, apoderarse del poder y derribar al régimen republicano, y porque, al contrario de lo que ocurrió con otras repúblicas del período, hubo una resistencia importante y amplia, militar y civil, frente al intento de imponer un sistema autoritario. Sin esa combinación de golpe de Estado, división de las fuerzas armadas y resistencia, nunca se habría producido una guerra civil. 

Vista la historia de Europa de esos años, y la de las otras República que no pudieron mantenerse como regímenes democráticos, lo normal es que la República española tampoco hubiera podido sobrevivir. Pero eso no lo sabremos nunca porque la sublevación militar tuvo la peculiaridad de provocar una fractura dentro del Ejército y de las fuerzas de seguridad. Y al hacerlo, abrió la posibilidad de que diferentes grupos armados compitieran por mantener el poder o por conquistarlo. El Estado republicano se tambaleó, el orden quebró y una revolución radical y destructora se extendió como la lava de un volcán por las ciudades donde la sublevación había fracasado. Allí donde triunfó, los militares pusieron en marcha un sistema de terror que aniquiló físicamente a sus enemigos políticos e ideológicos. Era julio de 1936 y así comenzó la Guerra Civil española.» Julián Casanova: “La Guerra Civil que nunca se aprendió en las escuelas”, en El País - 01/04/2014]