Origen del nombre España

Justo Fernández López


Nombres descriptivos para la península

Los escritores del mundo antiguo dan a España varios nombres: Ophiusa, Edetania, Sacania, Sicania, Tartessos, Tharsis, Hesperia, nombres que solo tenían carácter descriptivo: ‘costa de los conejos’, ‘costa de las serpientes’.

Hesperia

Nombre dado por los griegos a Italia y por los romanos a España y significaba ‘tierras del poniente’.  

En la mitología griega las Hespérides (en griego antiguo Ἑσπερίδες) eran las mélides (ninfas de árboles frutales) que cuidaban un maravilloso jardín en un lejano rincón del occidente, que la tradición situaba cerca de la cordillera del Atlas en el Norte de África al borde del Océano que circundaba el mundo.

Según el geógrafo griego Estrabón (Geografía, vol. III), las Hespérides estaban en Tartessos, un lugar situado en el sur de la península Ibérica.

Para la época romana, el Jardín de las Hespérides había perdido su lugar arcaico en la religión, reduciéndose a una convención poética, forma en la que fue resucitado en la poesía renacentista, para aludir tanto a un jardín como a las ninfas que moraban allí.

Los escritores antiguos optaban por un origen griego de la palabra: esperos era el nombre de la primera estrella que se observaba tras el crepúsculo en el occidente. Los griegos llamaron (H)Esperia a Italia y a España, ya que se encontraban a su occidente; por una mutación de fonemas es posible que Hesperia pasara a ser Hispania.

Se discute si Hispania es vocablo fenicio que significa ‘tierra de conejos’. Pero lo que sí está claro es que no parece una deformación de la palabra Hesperia,  lo que sería poco justificable desde el punto de las leyes de cambio fonético.

Iberia

En tiempos del historiador griego Polibio (200-118 a. C.), la península ibérica no tenía denominador común.

Fue el geógrafo e historiador griego Estrabón (63 a. C.- 24 d. C.) quien dio por primera vez a la península ibérica un nombre común: Iberia, es decir, ‘tierra de los iberos’.

Los griegos llamaron a la Península Ophioússa que significa 'tierra de serpientes', que luego cambiaron por Iberia, término geográfico, aunque no se le puede asignar en concreto al río Ebro, ya que se oía del mismo modo por toda la Andalucía actual. Algunos lingüistas piensan que significaba simplemente río, pero todavía no se ha alcanzado un acuerdo sobre la palabra.

Según Estrabón, que lo toma de Asclepiades de Mirlea, coincidiendo con Avieno en la Ora Marítima (248-255), la palabra Iberia tiene su origen en el nombre del río Iber, en la región comprendida entre Hispalis y Corduba. Iberia se llamaría primero a esa pequeña región situada en el área actual de Huelva, y después a toda la Península hasta el Ródano.

Justino creyó que Iberia había recibido su nombre del río Iberus (Ebro), lo que contradice a Estrabón.

El mundo griego denominó a la península Iberia. Hiberia, para los griegos del siglo IX y VIII a.C. era la región de Huelva, y el río Hiberus se identificaba con uno de los ríos onubenses. Eso es lo que se deduce de la Ora Marítima de Avieno, que dice beber en fuentes antiquísimas griegas, y del Pseudo-Escimno de Chio, fechado en el siglo V a. de C.

Hispalis - Sevilla

Según algunos, Hispalis no es sino la forma latinizada de un nombre muy anterior a la llegada del latín, creado a partir del léxico de una lengua prerromana que ni siquiera es posible concretar con seguridad; y si no podemos identificar la lengua en que se basa, mucho menos aún podemos saber su significado.

Para otros, el nombre de la ciudad procede del nombre indígena tartesio Spal, que significa ‘tierra llana’. El nombre de Sevilla proviene de la pronunciación musulmana de Híspalis, Ishbiliya. Tras la conquista, los romanos latinizaron el nombre a Hispalis, que en época andalusí varió a Isbiliya, debido a la sustitución de la "p" (fonema inexistente en árabe) por "b" y de la "a" tónica por "i" (fenómeno característico del árabe hispánico conocido por imela), de donde procede la actual forma Sevilla.

A principios de la Edad Moderna, Antonio de Nebrija (1441-1522), en la línea de Isidoro de Sevilla, propuso el origen autóctono de Hispania como deformación de la palabra ibérica Hispalis, que significaría ‘la ciudad de occidente’ y que, al ser Hispalis la ciudad principal de la península, los fenicios, y, posteriormente los romanos dieron su nombre a todo su territorio.

Hispania

El nombre Hispania aparece por vez primera hacia el año 200 a.C. en los Anales de Ennio, como equivalente de Iberia.

Hispania era el nombre con el que los romanos designaban al conjunto de la península Ibérica, término alternativo al nombre Iberia preferido por los autores griegos para referirse al mismo espacio. Sin embargo, el hecho de que el término Hispania no es de raíz latina ha llevado a la formulación de varias teorías sobre su origen, algunas de ellas controvertidas. De la forma romance Spania  se deriva más tarde el nombre de España.

«Los romanos fueron los primeros que afirmaron el nombre de Hispania. Antes se usó el de Iberia. Hispania aparece primitivamente con las formas Span, Sphan y Sphard. Así aparece ésta en La Biblia, como país remoto o desconocido. De esta palabra viene la palabra sefardí, que quiere decir de la tierra de Sephard o de España. La dominación de los romanos duró en España seis siglos, desde el ano 218 a. J. C. hasta el 415 después de Cristo, fecha en que los romanos fueron expulsados por los bárbaros (visigodos, suevos, vándalos).» [Marrero, Carmen: 40 lecciones de historia de la lengua española. Madrid: Playor, 1975, p. 17]

Hispótesis fenicia de Hispania

Las etimologías más aceptadas actualmente prefieren suponer un origen fenicio de la misma. En 1674, el francés Samuel Bochart, basándose en un texto de Gayo Valerio Catulo donde llama a España cuniculosa ('conejera'), propuso que ahí podría estar el origen de la palabra "España". De esa forma, dedujo que en hebreo (lengua semítica, emparentada con el fenicio) la palabra spʰ(a) n podría significar ‘conejo’, animal poco conocido por ellos y que abundaba en extremo en la península. Otra versión de esta misma etimología sería ʾi-špʰanim 'Isla de conejos'.

Los romanos, por tanto, le habrían dado a Hispania el significado de 'tierra abundante en conejos', un uso recogido por Cicerón, César, Plinio el Viejo, Catón, Tito Livio y, en particular, Cátulo, que se refiere a Hispania como península cuniculosa. En algunas monedas acuñadas en la época de Adriano figuraban personificaciones de Hispania como una dama sentada y con un conejo a sus pies.

El historiador y hebraísta Cándido María Trigueros propuso en la Real Academia de las Buenas Letras de Barcelona en 1767 una teoría según la cual Hispania vendría del fenicio *sp(a)n ‘norte’, *I-Span-ya sería ‘isla del norte’. Para los fenicios y cartagineses que venían del Norte de África, la península Ibérica quedaba al norte.

Los expertos en filología semita, Jesús Luis Cunchillos y José Ángel Zamora, llegan a la conclusión de que la hipótesis más probable sería *I-span-ya, ‘isla/costa de los forjadores o forjas (de metales)’, ‘isla/costa donde se baten o forjan metales’. La raíz del término span es spy, que significa ‘forjar o batir metales’. Jesús Luis Cunchillos advierte que el conejo era un animal desconocido para los fenicios.

«De origen púnico se dice ser el nombre de Hispania, que en lengua fenicia significaba ‘tierra de conejos’, así como Ebusus (Ibiza), que originariamente querría decir ‘isla o tierra de pinos’ o ‘isla del dios Bes’, divinidad egipcia.» [Lapesa, Rafael: Historia de la lengua española. Madrid: Escelicer, 1962, p. 13]

Hipótesis autóctonas de Hispania

A principios de la Edad Moderna, Antonio de Nebrija (1441-1522), en la línea de Isidoro de Sevilla, propuso su origen autóctono como deformación de la palabra ibérica Hispalis que significaría la ciudad de occidente.

Al ser Hispalis la ciudad principal de la península, los fenicios y posteriormente los romanos dieron su nombre a todo su territorio.

Posteriormente, Juan Antonio Moguel propuso en el siglo XIX que el término Hispania podría provenir de la palabra euskera Izpania que vendría a significar que parte el mar al estar compuesta por las voces iz y pania o bania que significa ‘dividir’ o ‘partir.

A este respecto, Miguel de Unamuno declaró en 1902: "La única dificultad que encuentro [...] es que, según algunos paisanos míos, el nombre España deriva del vascuence 'ezpaña', labio, aludiendo a la posición que tiene nuestra península en Europa".

Hipótesis legendaria de Hispania

La hipótesis legendaria supone que tanto Hispalis (hoy Sevilla) como Hispania (hoy España) se derivan de los nombres de dos reyes legendarios de España: Hispalo y su hijo Hispano o Hispan, hijo y nieto, respectivamente, de Hércules.

Roberto Matesanz Gascón integra la hipótesis fenicia y la legendaria. Hispano o Espan sería la forma latinizada de una divinidad semita importada por los fenicios a sus colonias occidentales: Baal Sapanu (B'l Spn), cuyo nombre significa ‘Señor del Sapanu’.

España

La palabra España se deriva fonéticamente de Hĭspanĭa a través a la palatalización de la /n/ en /ñ/ ante yod latina -ĭa, la pérdida de la H- inicial (que se da en latín tardío) y la abertura de la ĭ en posición inicial a /e/.

Las palabras que empezaban en latín por s seguida de consonante (sponsa, spiritus, studium, species), eran difíciles de pronunciar para los hablantes del protorromance hispano, que introdujeron una e- inicial de apoyo para poder pronunciar esa s (ante t o p) con comodidad (esposa, espíritu, estudio, especie). Al principio en muchos casos fue una i-, que luego evolucionó a e-.

A partir del periodo visigodo, el término Hispania, hasta entonces usado geográficamente, comenzó a emplearse también con una connotación política, como muestra el uso de la expresión Laus Hispaniae para describir la historia de los pueblos de la península en las crónicas de Isidoro de Sevilla.

«Según concluye un reputado especialista en la Edad Moderna, Ricardo García Cárcel, durante el siglo XVI la palabra “España”, “hasta entonces de uso casi exclusivamente geográfico, se va cargando de connotaciones políticas”, y el término, con un valor sobre todo histórico, fue “usado preferentemente por los poetas [...]; desde Ercilla hasta Herrera, la poesía épica exalta apasionadamente las gestas imperiales de los españoles y elabora un singular narcisismo españolista.» [Álvarez Junco, José: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Taurus, 2001, p. 54]

«Ni la identidad española es eterna, ni su antigüedad se hunde en la noche de los tiempos. Pero tampoco es una invención del siglo XIX, como ha llegado a escribirse en épocas recientes. El nombre, para empezar, el griego “Iberia” o el latino “Hispania”, proviene de la Antigüedad clásica, aunque su significado, desde luego, variara con el paso del tiempo. Ambos vocablos tenían contenido exclusivamente geográfico y se referían a la península Ibérica en su conjunto –incluyendo siempre, por tanto, al Portugal actual–. Una península que, durante mucho tiempo, y precisamente por su alejamiento de las civilizaciones humanas emergentes, se vio desde el exterior como un territorio remoto, donde se hallaba el Finis Térrea o límite del mundo conocido. Como hito terminal y peligroso, fue típica tierra de aventuras, y en ella localizaba la leyenda varias de las hazañas de Hércules, de las que era testimonio el templo dedicado a este dios cuyas enormes columnas cerraban el Mediterráneo. Hispania solo entró en el escenario principal de la historia con el inicio de la segunda Guerra Púnica y la llegada de las legiones romanas a la Península.» [Álvarez Junco, José: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Taurus, 2001, p. 36]

La evolución de la palabra España es acorde con otros usos culturales. Hasta el Renacimiento, los topónimos que hacían referencia a territorios nacionales y regionales eran relativamente inestables, tanto desde el punto de vista semántico como del de su precisa delimitación geográfica. Así, en tiempos de los romanos Hispania correspondía al territorio que ocupaban en la península, Baleares y, en el siglo III, parte del norte de África —la Mauritania Tingitana, que se incluyó en el año 285 en la Diocesis Hispaniarum—.

En el dominio visigodo, el rey Leovigildo, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del siglo VI, se titula rey de Gallaecia, Hispania y Narbonensis.

Algunas crónicas y otros documentos de la Alta Edad Media designan exclusivamente con ese nombre de Spanie o España al territorio dominado por los musulmanes.

Ya a partir de los últimos años del siglo XII, se generaliza el uso del nombre de España para toda la Península, sea de musulmanes o de cristianos. Así se habla de los cinco reinos de España: Granada (musulmán), León con Castilla, Navarra, Portugal y la Corona de Aragón (cristianos).

Tras la unión dinástica de Castilla y Aragón, se comienza a usar en estos dos reinos el nombre de España para referirse a ambos, circunstancia que, por lo demás, no tenía nada de novedosa; así, ya en documentos de los años 1124 y 1125, con motivo de la expedición militar por Andalucía de Alfonso el Batallador, se referían a este —que había unificado los reinos de Castilla y Aragón tras su matrimonio con Urraca I de León— con los términos «reinando en España» o reinando «en toda la tierra de cristianos y sarracenos de España».

Español – nombre extranjero

Según el RAE, el nombre español, ‘natural de España’, ‘perteneciente o relativo a este país de Europa’, viene del provenzar espaignol, y este del latín medieval Hispaniŏlus, de Hispania, España.

De hecho, los primeros en usar la palabra español, tomada del provenzal, fueron los inmigrantes francos que vivían en Aragón y Castilla a finales del siglo XII. El término había nacido un siglo antes para designar a los hispano godos que habían cruzado los Pirineos buscando refugio tras la invasión árabe. Durante un tiempo llegó incluso a rivalizar con la forma españón, un gentilicio en la estela de bretón y gascón.

«Quizá el más notable de todos los galicismos sea el término español, nacido como apellido en el Sur de Francia, y como tal llevado al sur de los Pirineos por inmigrantes francos.

En el siglo XIII, primero en Occitania y luego en la Península, se convierte en adjetivo o sustantivo gentilicio para designar, desde fuera, a los habitantes de España, quienes acabarían por incorporar dicho término.

Para entender este curioso proceso no hay que olvidar que a principios de la Edad Media España significó la dominada por los musulmanes; los cristianos, si bien siguieron empleando Hispania (o sus derivados fonéticos) con el valor tradicional unitario, no sintieron la necesidad de ningún gentilicio común (les bastaba llamarse leoneses, castellanos, etc.).

Fueron, pues, extranjeros quieres impusieron esa denominación unitaria, que el avance de la Reconquista y el progreso de una nueva concepción de ‘España’ hizo necesaria a los mismos “Españoles”.» [Cano Aguilar, Rafael: El español a través de los tiempos. Madrid: Arco/Libros, 1992, págs. 65]

Según el historiador español Américo Castro, los castellanos, leoneses, aragoneses, etc., no poseían más nombre común que el de cristianos. Un fenómeno de esta naturaleza no aconteció en Europa fuera de la zona de los “reinos cristianos” de la Península. Fuera de la Península, el nombre cristiano no poseyó dimensión gentilicia y política.

«La conquista de las tierras musulmanas fue para los futuros españoles empresa tan lenta y compleja como la forma de un “nosotros” que los incluyera en una unidad de conciencia colectiva. Es significativo que el primer nombre en que se aunó la variedad de gentes que pululaban tras los nombres de lugar, fuese el de cristianos, usado como dimensión político-colectiva a finales del siglo IX: “Los cristianos [es decir, “nosotros”] combaten a diario contra los sarracenos”. Como los musulmanes poseían un nombre colectivo con dimensión religioso-política (hecho sin igual en occidente), sus enemigos se inyectaron en el nombre de su religión un sentido que el nombre “cristiano” no había poseído antes de ellos. El nombre común de los varios reinos en que estaba dividida la tierra de los futuros españoles, fue el de “reinos cristianos”. Las batallas de la Reconquista se daban entre “cristianos y moros”.

Como es bien sabido, español es una palabra extranjera, provenzal; su fonetismo coincide con el del catalán. De haber sido castellano, el nombre de los españoles habría sido españuelos. Es decir: que la falta de unidad de los españoles se funda en motivos sin conexión alguna con el iberismo; que no hay que sorprenderse del lento ritmo de la Reconquista; que la acción de los musulmanes fue profunda y durable. [...]

Ignoramos durante cuánto tiempo y con qué sentido habían estado llamándose cántabros, romanos o godos, quienes llaman a su tierra Castilla (Castella) en el siglo IX, y a ellos mismos “castellanos”. La pequeña región llamada en el siglo IX Castilla “aparece como una resurrección de la antigua Cantabria, extremo oriental de la provincia romana de Gallaecia” (R. Menéndez Pidal, Documentos lingüísticos, 1919, p. 2). La dimensión y la función de un “nosotros” no eran ya como las expresadas por los nombres cántabro, romano, godo o por cualquier otro anterior al de “castellanos”.

Sus vecinos, al occidente de Castilla, se llamaban “leoneses”; ambos pueblos se odiaban ferozmente todavía en los siglos XI y XII, cinco siglos después de iniciada la Reconquista. Poco a poco castellanos y leoneses fueron perdiendo conciencia de su dimensión política, y acabaron por sentirse españoles, es decir, se encontraron instalados en un plano más alto y más amplio de conciencia colectiva. Otros “nosotros”, en la Península Ibérica no se fundieron, en cambio, con el de los castellanos, ni en la misma época ni en el mismo grado que el “nosotros” leonés; por haber sido así, la realidad latente bajo el nombre “español” se hace a veces problemática y se manifiesta como “separatismos”.

Desde el siglo XIII hasta el XX, la expresión “nosotros los españoles” ha pasado por diferentes alternativas, por no haber sido siempre coincidentes el área de sus dimensiones político-geográficas y las de la conciencia y la subconsciencia de los varios “nosotros” llamados “españoles”. [...]

Hace mucho llamé la atención sobre unas frases de Gonzalo Fernández de Oviedo, inadvertidas hasta entonces: “¿Quién concertará al vizcaíno y al catalán, que son tan diferentes provincias y lenguas? ¿Cómo se avernán el andaluz con el valenciano...?” Porque, si bien era evidente que cuantos iban a las Indias “eran vasallos de los reyes de España”, no había manera de armonizarlos en un buen acuerdo (Historia general y natural de las Indias, lib. II, cap. 13). Arribaron en cierta ocasión a las costas de Nueva España, unas gentes cuya identidad se ignoraba. Al preguntarles quiénes eran, respondieron: “Cristianos somos, y vasallos del Emperador don Carlos, y españoles” (ibídem, lib. XX, cap. 12). O sea, en primer lugar, cristianos; en segundo, vasallos de un monarca; y, final y no primariamente, españoles.» [Castro, Américo: Los españoles: cómo llegaron a serlo. Madrid: Taurus, 1965, p. 73 ss.]

«Serios filólogos han sostenido que fue al norte de los Pirineos, y en la época del lanzamiento del culto a Santiago, donde se inventó el adjetivo “español”, usado para designar a los integrantes de esta entidad nacional. La evolución lógica de la palabra hispani, nombre latino de los habitantes de Hispania, al pasar a la lengua romance más extendida en la península Ibérica, hubiera dado lugar a “hispanos”, “espanos”, “espanienses”, “espanidos”, “españeces”, “españones”. Pero triunfó la terminación en “ol”, típica de la familia provenzal de lenguas, muy rara en castellano.

Aunque la polémica entre los especialistas ha sido intensa, y no pueda darse aún por zanjada, parece lógico creer que un gentilicio que se refería a un grupo humano tan grande y variado como el compuesto por los habitantes de todos los reinos de Hispania no era fácil que se le ocurriera a quienes estuvieran sobre el terreno, que no disponían de perspectiva ni de mapas globales. Se comprende, en cambio, que desde fuera, y en especial desde la actual Francia, tan implicado en la creación del Camino de Santiago, sintieran la necesidad de referirse de alguna manera a todos los cristianos del sur de los Pirineos: lo hicieron como espagnols o espanyols. Dentro de la Península, un monarca tan europeo como Alfonso X el Sabio, cuando ordenó escribir la Crónica General, nada menos que la primera Estoria de Espanna escrita en la futura lengua nacional, decidió traducir como “espannoles" todos los pasajes en que sus fuentes –Luca de Tuy, Jiménez de la Rada– decían “hispani”. Se trataría, pues, de un proceso radicalmente opuesto a lo que suele llamarse creación popular de un término, pues éste no sólo fue originario del exterior sino que fue consagrado y extendido por los medios cultos del interior.

Si los nacionalistas leyeran algo más que su propia literatura, probablemente relativizarían mucho el carácter sacrosanto de sus ídolos y leyendas. Considerable ironía es que el mito de Santiago, personificación de España e instrumento de movilización antinapoleónica, debiera su lanzamiento inicial a una corte y unos monjes que hoy, con nuestra visión del mundo dividida en realidades nacionales, habría que llamar franceses. Tampoco lo es pequeña el que la comunidad humana a la que más tarde los europeos atribuirían un innato “espíritu de cruzada” fuera de en la Edad Media un mundo de convivencia de culturas y que la idea de “guerra santa” se importara desde Europa. Pero raya en el sarcasmo que el término mismo que designa a los componentes de la nación tenga todos los visos de ser, en su origen, lo que un purista no podría por menos de considerar un extranjerismo.

Parece indiscutible que para la península Ibérica y sus habitantes se había ido construyendo durante la Antigüedad y la Edad Media una identidad diferenciada de la de sus vecinos, y que tal identidad se designaba precisamente con los términos “España” y “español”. Hasta la era de los Reyes Católicos, sin embargo, la división de la Península en varios reinos independientes, de fuerza equilibrada y fronteras fluctuantes, hizo posible que estos vocablos adquiriesen un significado político. [...]

En principio, la identidad española –hay que insistir: no la identidad nacional española– posee una antigüedad y persistencia comparables a la francesa o inglesa, las más tempranas de Europa (tampoco nacionales todavía). Con un dato añadido: que, al igual que estos otros dos casos, en los inicios fue la monarquía el eje vertebrador de la futura nación.» [Álvarez Junco, José: Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. Madrid: Taurus, 2001, p. 44-45]

España, cristianos, españoles

Media un milenio entre las palabras ‘España’ y ‘español’

«En la lengua hablada se pronunciaba España, ya en el siglo III después de Cristo, lo que se escribía o leía Hispania por los cultos. El gentilicio que hoy se emplea en sistema con el topónimo España, español, no se usó con valor de tal, en un sentido indiscutible, hasta el siglo XIII por aquellos mismos que hoy se llaman así. La gente que a partir de dicho siglo usó el gentilicio español para diferenciarse de franceses e ingleses, tuvo antes como único denominador común el de cristianos.

La palabra español se singulariza por ser el único gentilicio castellano que termina en el sufijo –ol. Por el contrario, no infrecuente es el uso del sufijo –on en gentilicios (sajón, letón, lapón, etc.). Estos dos hechos conjugados hicieron suponer que español provenía de una base latina no documentada *hispanione (Díez, Menéndez Pidal). En el Poema de Fernán González se encuentra españón. La disimilación de –n final por la otra nasal, ñ, habría dado español. Pero esta disimilación quedaba excepcional frente a riñón, piñón, cañón, garañón, regañón, borgoñón, etc. Esto hizo pensar que el étimo de español sería otro, *hispaniolus. Pero esta voz hubiera dado *españuelo y, además, estaba compuesta de un sufijo (-olus) que normalmente da diminutivos (chicuelo, pañuelo, etc.). Se sospechó, entonces, que la voz podía ser de origen extranjero. Fue mérito del lingüista suizo Aebischer demostrar que ella se formó en la  lengua de oc, en la vecina Provenza, y desde allí pasó más tarde a la Península (Paul Aebischer: Estudios de toponimia y de lexicografía románicas. Barcelona: CSIC, 1948).

En efecto, en la lengua de oc, -olus da –ol y además este sufijo fue utilizado en ella para formar gentilicios: boussagol (de Boussagues), Cébenlo (de Cévennes). En la Occitania se encuentra documentado español desde fines del siglo XI, sea como antropónimo, sea como referencia étnica. Según Lapesa («Sobre el origen de la palabra ‘español’». Prólogo a la obra de A. Castro: Sobre el nombre y el quién de los españoles. Madrid: Taurus, 1973), los primeros en ser llamados hispanioli serían los hispano-godos refugiados en la Provenza para escapar de la invasión musulmana. Con el correr del tiempo, se afirmaría dicha denominación para los descendientes de tales refugiados y para toda la gente que proviniera de tras los Pirineos. Desde los primeros años del siglo XII está documentada esta voz en tierras de España como nombre propio y, aunque referido a una sola persona, como gentilicio en 1150, Lapesa afirma que este gentilicio entraría en la Península a raíz de la fuerte inmigración de “francos” ocurrida en ese siglo. Resulta así que español está documentado más de un siglo antes que españón, lo que lleva a pensar que esta voz proviene de una asimilación fónica de español motivada por la serie de gentilicios en –on (bretón, borgoñón). Se puede prescindir, por lo tanto, del étimo *hispanione propuesto para explicar la forma terminada en –on.

Berceo llamó a Santiago de Galicia “padrón de españoles” (VIda de San Millán, hacia 1230, copla 431). El poeta escribía muy cerca del camino de Santiago, transitado por una romería continuamente renovada de extranjeros. Entre éstos, numerosos eran “francos” del sur de las Galias. Este tránsito motivado por el Apóstol habría permitido la entrada en la Península, según Castro, del gentilicio español y su apropiación por parte de los habitantes de esas regiones.

Desde el siglo IX hasta el XI, e incluso posteriormente, el topónimo España (Spania) designaba las tierras de la Península sometidas al poder musulmán, Al-Andalus. Para nombrar a los habitantes de esta España musulmana se usaba el gentilicio espanesco, spanesco. Cuando a partir del siglo XIII comenzó a usarse la voz español para nombrar a las gentes cristianas, España pasó a significar la patria de estas gentes y no ya la patria de los musulmanes. Históricamente se había invertido la correlación de fuerzas. Cuando el poderío predominante y la mayor extensión geográfica de la Península hubo pasado al dominio de los pueblos del Norte, el topónimo España cambió también de significado. Las palabras, además de comunicas significados, aprisionan situaciones históricas y humanas.

¿Cómo se identificaban a sí mismas las gentes peninsulares en el momento de la invasión árabe? La respuesta no admite duda: se reconocían bajo el nombre de godos. ¿Cómo se llamaban aquéllos que iniciaron la “reconquista” de las tierras sometidas al poder musulmán? Hubo dos modos de designación empleados por ellos. No había un gentilicio común. Cuando importaba destacar el pueblo al cual se pertenecía, lo utilizado era alguno de los vocablos de una enumeración: gallegos, leoneses, asturianos, castellanos, aragoneses, navarros, catalanes. Cuando se trataba de una designación que los uniera, se empleaba la voz cristianos. Sólo a partir del siglo XIII, reitero, esta designación religiosa empieza a ser utilizada en alternancia o sinonimia con españoles. “Quienes combatieron y fueron derrotados en la batalla de Guadalete (711) se llamaban ‘godos’. Quienes a fines del siglo IX ya se oponían con éxito a la morisma, se llamaban a sí mismo cristianos” (A. Castro, Sobre el nombre y el quién de los españoles. Madrid: Taurus, 1973, p. 47)

¿Cómo fue posible que una palabra con significado religioso, cristianos, funcionara como gentilicio y cómo se explica que el que entró en concurrencia con ella a partir del siglo XIII, españoles, sea de origen extranjero?

El uso de una voz de significado religioso, cristianos, para designar un conglomerado de pueblos es un hecho único en el Occidente. El Cid y sus campeones se diferenciaban de los moros llamándose a sí mismos cristianos en el Cantar, mientras que en la Chanson de Roland, Carlomagno y sus paladines se reconocen como franceses. El cronista del monasterio de Albelda, en 880, denominaba ya cristianos a los que luchaban por recuperar la tierra invadida por los musulmanes. La situación de vida generada en la Península a partir de su invasión por la gente del Islam en 711, creó la condiciones para que los pueblos refugiados en el extremo norte comenzaran poco después a usar una designación extraída del mundo de la creencia para identificarse. Fue un proceso de toma de conciencia forzado por el enorme peligro en que se encontraban y, al mismo tiempo, un proceso de reflejo y de mimesis. Los invasores se cobijaban todos en la unidad de su creencia. Alah y Mahoma eran sus generalísimos en jefe, su último refugio. La antítesis ofrecida como postrer apoyo para los derrotados en 711 fueron Cristo y Santiago. Quienes bebían su fuerza en su calidad de creyentes en una única fe, los musulmanes, causaron la aglutinación de las gentes dispersas del norte en la creencia única valedera para ellos y, sumados todos, sintieron poseer como su más poderoso denominador común su calidad de cristianos. “La prolongada necesidad de coincidir en la misma clase de enérgicas tareas creó un común horizonte de vida para los pueblos de las futuras y diferenciadas Españas. Los musulmanes se caracterizaban por estar animados y sostenidos por una creencia religiosa, un fenómeno enteramente nuevo en Occidente. Para quienes combatían contra ellos, años tras año, siglo tras siglo, la creencia también acabó por constituir la raya última de su horizonte vital” (A. Castro: Los españoles: cómo llegaron a serlo. Madrid: Taurus, 1965, p. 89). [...]

El paso del tiempo “españolizó” el gentilicio español. Cuando llegados a la isla de Santo Domingo, los descubridores la denominaban Española, se sienten aunados en una colectividad nacional. Así como España ‘tierra de musulmanes, espanescos’ se transformó en España ‘tierra de cristianos’, por el esfuerzo común de los reinos del norte de la Península, así también español ‘habitante tras los Pirineos’ vino a significar ‘habitante de una nación, España, con identidad y metas colectivas’. Dentro de estas metas, estuvo, con las deficiencias que se quieran pero con una indudable grandiosidad, la de crear un imperio y descubrir un Nuevo Mundo.» [Araya, Guillermo: “Lexicografía e historia de la visión de España de Américo Castro”. En: Homenaje a Américo Castro. Madrid: Universidad Complutense, 1987, pp. 41-46]