Movimientos obreros en el siglo XIX

Justo Fernández López


MOVIMIENTOS OBREROS DEL SIGLO XIX

EVOLUCIÓN ECONÓMICA Y SOCIAL EN EL SIGLO XIX

Va desapareciendo paulatinamente la sociedad estamental y es sustituida por una sociedad de clases basada en el derecho de propiedad y en la igualdad ante la ley. Esta nueva sociedad permitió mucha mayor movilidad social, bien por el éxito en los negocios, bien por la carrera administrativa y, sobre todo, militar.

Grupo social dominante

Alta burguesía: empresarios textiles catalanes, financieros madrileños y vascos.

Oligarquía terrateniente: propietarios de grandes latifundios especialmente en el sur.

Altos cargos del Estado y del Ejército.

Clases medias urbanas

Pequeños propietarios rurales y urbanos, oficiales del ejército, funcionarios públicos, médicos, profesores.

Población campesina

Configuraba la mayoría de la población del país y era heterogénea: pequeños propietarios, arrendatarios, jornaleros sin tierras (más de la mitad de la población rural).

Obreros industriales

Pequeño grupo de obreros industriales.

La estructura económica de la España del siglo XIX seguía siendo eminentemente agrícola, con una fuerte concentración de la propiedad rural. El latifundismo y el caciquismo caracterizaba la propiedad agraria en la España meridional. El suelo se encontraba concentrado en las manos de un restringido número de grandes propietarios. En el último cuarto del siglo XIX, los grandes propietarios agrarios constituían el grupo social dominante, concentrando en grandes propiedades más de la mitad de las tierras. Los procesos de desamortización no contribuyeron a la distribución de las tierras, ya que los campesinos no disponían de capital para comprarlas en las subastas públicas.

La burguesía española decimonónica no constituía un conjunto social uniforme. El carácter plural de las clases burguesas llevó al fracaso de la revolución burguesa de 1868. La clase alta estaba integrada por la nobleza y por los nuevos propietarios procedentes de la desamortización. La alta burguesía de las finanzas y de los negocios, así como de la gran industria emergente, se unía así con los privilegiados de la vieja aristocracia, formando un potente fuerza conservadora y un bloque de poder. La burguesía liberal se escindirá en grupos con intereses políticos distintos y con frecuencia contradictorios.

LA TOMA DE CONCIENCIA DE LA CLASE OBRERA EN EL SIGLO XIX

Hasta el Sexenio Democrático (1868-1874) no se empezó a formar una conciencia obrera entre la clase trabajadora española. A partir de la guerra de la Independencia (1808-1814) y hasta el comienzo del Sexenio Democrático en 1868, solo se puede hablar prehistoria del movimiento obrero español.

Entre los años 1808 y la revolución de 1848, la Primavera de los Pueblos que acabó con la Europa de la Restauración y el predominio del absolutismo en el continente europeo desde el Congreso de Viena de 1814–1815), la intervención de las clases populares en la vida política tenía en el alzamiento o motín un carácter espontáneo, acorde con la revolución de los románticos.

Entre 1848 a 1868, extensos sectores de las clases trabajadoras asimilaban las ideas y los mitos revolucionarios predicados por la burguesía. El proletariado marcha a remolque de la burguesía, con la que comparte formulaciones ideológicas y su lucha contra el antiguo régimen.

Hasta el comienzo de Sexenio Democrático en 1868, las tácticas reivindicativas de las clases trabajadoras serán las de la burguesía más progresista como la del Partido Demócrata. Aparecen las primeras manifestaciones de la lucha obrera y se inicia una etapa de asociacionismo de los trabajadores.

Tras la muerte de Fernando VII (1833), regresan a España los liberales desterrados durante el reinado de Fernando VII y traen las doctrinas de los socialistas utópicos franceses Saint-Simon, Fourier, Cabet, Proudhon. Diversas instituciones burguesas, como el Ateneo Catalán de la Clase Obrera o el Fomento de las Artes de Madrid, difunden la cultura y los medios de comunicación publican artículos sobre temas sociales.

La primera manifestación de la lucha obrera es el antimaquinismo o luddismo con su rechazo y destrucción de las máquinas y la automatización de la producción que destruyen puestos de trabajo. Tales son los sucesos de Alcoy (1821), el asalto a la manufactura de Lacot en Camprodón (1823), el incendio de la fábrica El Vapor de Bonaplata y Cia en Barcelona (1835), o, en fin, los levantamientos populares de Barcelona (1854-1855). Poco a poco el obrero va tomando conciencia de que la maquinaria en sí no es el problema, sino la forma social de explotación.

A partir de 1839, se articulando el asociacionismo obrero: sociedades de socorros mutuos, sociedades cooperativas de consumo y de producción, sociedades de resistencia o sindicalistas. En 1840 se crea en Barcelona la Sociedad Mutua de Protección de Tejedores de Algodón y en 1854 aparece la Unión de Clases, primera confederación de sociedades obreras de España.

El movimiento obrero español no adquiere conciencia de clase hasta el Sexenio Democrático (1868-1874). En el primer congreso celebrado en Barcelona en junio de 1870, nace la Federación Regional Española (FRE) de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). A finales de 1868 había venido a España el anarquista italiano Giuseppe Fanelli, hombre de confianza del anarquista ruso Bakunin. En la polémica entre Marx y Bakunin en que estaba escindida la Internacional, España se puso del lado de Bakunin y de los anti-autoritarios o ácratas, es decir, anarquistas.

En 1872 eran expulsados de la sección madrileña de la Internacional un grupo de disidentes que fundan la Nueva Federación Madrileña, primer grupo organizado del marxismo en España del que en 1879 saldría el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y en 1888 el sindicato socialista Unión General de Trabajadores (UGT). En 1910 se crearía la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) de corte anarcosindicalista. Del PSOE se escindiría en 1921 el Partido Comunista de España (PCE), tras el triunfo de la revolución bolchevique.

LOS ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO EN ESPAÑA

La débil y muy localizada industrialización española explica la debilidad del movimiento obrero hasta el Sexenio Democrático (1868-1874). Se calcula que en 1860 había en torno a ciento cincuenta mil  obreros industriales en el país, más de la mitad de los cuales vivía en Cataluña.

No obstante, ya desde la década de 1830 nacieron algunas asociaciones, como las “sociedades de auxilio mutuo”; se produjeron algunas protestas de carácter ludita, como los conflictos en 1835 en la fábrica “El Vapor” en Barcelona, o las protestas contra las “selfactinas” en 1854;  la aparición de los primeros periódicos. Estas primera manifestaciones del movimiento obrero fueron duramente reprimidas por los gobiernos de la época.

REACCIÓN OBRERA CONTRA LA MAQUINARIA DE PRODUCCIÓN

El ludismo es un movimiento de reacciones de los obreros contra la automatización de la producción.

La Revolución Industrial propició un fuerte crecimiento de la producción gracias a las invenciones de las nuevas máquinas y de la automatización de la producción.

La innovación más importante de la Revolución Industrial es la máquina de vapor, que podía producir energía a partir de la potencia calorífica que desprendía el carbón. Ya no hacía falta estar al lado de un río para aprovechar la energía hidráulica. Se podían hacer fábricas más grandes, lo que incrementó la productividad, pero creó un cambio repentino a nivel laboral.

Cuando las fábricas inglesas aumentaron la maquinaria en la industria textil, los obreros empezaron a destrozar con indignación las máquinas como competentes directos de las personas y causantes directos de la pérdida de puestos de trabajo. Empezó así en 1811 un movimiento que lleva el nombre de su líder, Ned Ludd: el ludismo.

Los ludistas o luditas exigían la retirada de las máquinas y comenzaron a destruir sistemáticamente la nueva maquinaria. as medidas gubernamentales fueron contundentes, varios obreros fueron ejecutados.

Los principales movimientos ludistas en España son: las revuelta de Alcoy en el 1820 y la destrucción de la planta de vapor Bonaplata en Barcelona el 1835. Pero el movimiento ludista fue decayendo cuando los obreros y artesanos se dieron cuenta de que su problema estaba en los encargados, los empresarios, los propietarios. Así comenzó a formarse la unión de obreros contra los empresarios y a formarse los primeros sindicatos.

EL LEVANTAMIENTO DE ALCOY 1821 – PRIMER EPISODIO LUDITA

Alcoy (provincia de Alicante) ha sido históricamente una ciudad con especial relevancia tras la revolución industrial en España, especialmente en el sector textil, aunque también en el metalúrgico y la industria papelera. A mediados del siglo XIX comenzó un fuerte desarrollo industrial que provocó importantes movimientos obreros. Desde principios de siglo, Alcoy es el centro textil más importante del antiguo reino de Valencia. A finales del siglo XVIII, la necesidad de competir con Cataluña acelera el proceso de modernización. Los fabricantes locales introdujeron diecisiete cardadoras y hiladoras mecánicas. En Inglaterra ya había surgido un movimiento encabezado por artesanos ingleses, que protestó entre los años 1811 y 1817 contra las nuevas máquinas que destruían empleo. El movimiento de llamó ludismo, de Ned Ludd, un joven que supuestamente rompió dos telares en 1779.

En 1821 se produjo en Alcoy el primer episodio ludita documentado en la historia de España: más de mil doscientos trabajadores armados, condenados al desempleo, se amotinan y destruyen parte de la maquinaria. Las fuerzas armadas sofocan la insurrección y encarcelan a un gran número de sublevados.

SOCIALISMO UTÓPICO

Tras la muerte de Fernando VII en 1833, los intelectuales liberales emigrados regresan a España. Los desterrado o emigrados vuelven con un bagaje intelectual reunido durante diez años de emigración en el resto de Europa, el pensamiento socialista de los utópicos franceses: Saint-Simon, Fourier, Cabet, Proudhon. Las corrientes de socialismo pre-marxista aparecen en España ya entrada la década de 1840.

El momento de mayor auge del societarismo catalán corresponde a 1854-1855 con la adaptación del socialismo utópico de Etienne Cabet (1788-1856) y el individualismo antiestatal de Pierre Joseph Proudhon (1809-1865), escritor y teórico político francés, llamado el padre del anarquismo moderno. El socialismo utópico preparó el terreno para la aceptación del anarquismo de Bakunin, difundido en España por el anarquista italiano Fanelli en 1869.

El teórico político Pierre Joseph Proudhon (1809-1865), es conocido como el padre del anarquismo moderno. En su obra ¿Qué es la Propiedad? (1840), Proudhon denunció los abusos a que da lugar la concentración del poder económico y de la propiedad privada. Sus teorías radicales le hicieron popular como pensador anarquista. Proudhon se oponía al socialismo utópico de Charles Fourier y Claude Rouvroy, conde de Saint-Simon. Para Proudhon la sociedad no puede ser transformada siguiendo un plan preconcebido. En su modelo ético de la sociedad, la responsabilidad ciudadana bastaría para protegerse sin necesidad de un gobierno. Rechazaba el uso estatal de la fuerza para mantener el orden social. En una “orden de anarquía”, es el pueblo el que actúa de forma responsable por su propia voluntad.

Las ideas de Proudhon influirán en el pensamiento político español, atrayendo el interés de los grupos radicales más activos. Proudhon será conocido en España por su colaborador Ramón de la Sagra y luego por las traducciones que de las obras de Proudhon hizo Francisco Pi y Margall, el llamado “Proudhon catalán”. A partir de la década de los 60, las ideas federalistas de Proudhon serán asumidas por la facción más radical del republicanismo.

Louis Auguste Blanqui (1805-1881), activista revolucionario y socialista francés que organizó el movimiento estudiantil parisino, y luchó por la instauración de la república contra la monarquía y en favor del socialismo. Sus escritos influenciaron su país de manera decisiva durante el siglo XIX. Blanqui contribuirá a la organización de sociedades secretas republicanas de carácter revolucionario en los años que siguen al Bienio Progresista (1854-1856).

SOCIEDADES SECRETAS Y ASOCIACIONISMO OBRERO

Desde 1930 aparecieron en Cataluña sociedades de resistencia entre los obreros de la industria textil. Tuvieron una vida incierta, más o menos complicada por las alteraciones políticas de la época. Aunque el país está dividido en absolutistas y liberales, surge entre los liberales una corriente más radical que adopta las ideas de los socialistas utópicos.

Las sociedades secretas republicanas europeas alcanzan España durante el trienio constitucional y, de nuevo, a partid de 1834. Llevan a la práctica principios de organización federalista. Pero a partir de la década de 1840, el objetivo de estas sociedades no era ya la organización nacional, sino la lucha política y el enfrentamiento con el poder. Para esto se crearon las sociedades secretas de carácter revolucionario, de tendencia republicana o socialista. Los demócratas republicanos, societarios o internacionalistas, contribuirán a la renovación de los partidos políticos dentro de la legalidad parlamentaria, pero el frecuente rechazo de toda oposición legal les arrastrará a constituir sociedades secretas revolucionarias y a luchar fuera del ámbito parlamentario.

LEYES DE DESAMORTIZACIÓN Y PROLETARIADO AGRARIO

Bajo la trama política de los distintos gobiernos, guerras civiles de sucesión y “pronunciamientos” militares en el siglo XIX, se realiza en España una profunda transformación social, caracterizada, sobre todo, por las Leyes de desamortización (1836-1855).

Mediante estas leyes se le confiscaban a la Iglesia y a otras instituciones todas las tierras y posesiones, que eran puestas a subasta pública. La intención era crear una clase media, un campesinado fuerte de pequeños propietarios (como había hecho Francia con los “bienes nacionales”). Pero este objetivo no se cumplió, pues la venta de las tierras solo favoreció a la acumulación de propiedades por parte de una oligarquía que tenía dinero para adquirirlas en la subasta, lo que acarreó grandes pérdidas de tesoros culturales, tanto edificios, como obras de arte.

Toda la burguesía, incluso la izquierda, estaba a favor de la desamortización. La desamortización sirvió en la etapa Mendizábal para salvar al gobierno de la bancarrota y ayudarle a ganar la guerra civil. En la etapa de Madoz, la desamortización sirvió para financiar la construcción de la red ferroviaria.

En el Antiguo Régimen, gran parte de la tierra era de manos muertas, tierras vinculadas a dominios monásticos o a municipios, que, además de no tributar, no podían ser vendidas por sus titulares. Estaban fuera del mercado, por lo que no podían ser capitalizadas ni mejoradas. Era necesario hacer una reforma agraria que convirtiera estas tierras en bienes privados susceptibles de ser explotados económicamente.

En cuanto a sus consecuencias sociales, la desamortización golpeó muy duramente al campesinado sin tierras. Hasta entonces, este grupo se había beneficiado de la propiedad eclesiástica o municipal de diversas maneras: a través de la caridad, del uso agropecuario de pastos y montes, de los contratos de arrendamiento en términos favorables, etc. La pérdida del aprovechamiento de estas tierras a causa de su venta perjudicó directamente a la economía del campesinado más depauperado.

Este factor es especialmente importante si se tiene en cuenta que la desamortización civil, que expropió sin contemplaciones a los municipios, provocó en muchos lugares la ruina de la hacienda local y un grave deterioro de los servicios asistenciales que se satisfacían mediante el usufructo de los bienes comunales, al mismo tiempo que incrementó la carga tributaria que pesaba sobre los vecinos.

Por otra parte, el cambio de propiedad de las tierras eclesiásticas provocó, según Artola, el endurecimiento de los contratos de arrendamiento y un descenso acelerado del número de colonos. Ello se tradujo, según este autor, en un incremento de la explotación directa de las tierras mediante el empleo de trabajo asalariado, es decir, en la generalización del sistema de contrata de jornaleros y en la consiguiente proletarización y deterioro de las condiciones de vida del campesinado. De ahí que diversos autores hayan visto en el fracaso de la reforma agraria que significó la desamortización el origen estructural de las rebeliones campesinas del siglo XIX.

La Iglesia, con sus posesiones, había sido hasta entonces más o menos la madre de los pobre y de los desposeídos. Los campesinos sin tierras podían catar, cortar leña y abastecerse en los terrenos que pertenecían a la Iglesia con permiso eclesiástico. Con Iglesia pierde sus posesiones con las leyes de desamortización y con el Concordato de 1851, abandona definitivamente sus bienes a cambio de un sueldo modesto que el Estado le garantiza a los sacerdotes en pago de los “bienes desamortizados”. La Iglesia, aunque era una institución monárquica, estaba muy cerca del pueblo como la “madre caritativa” (órdenes mendicantes, asociaciones caritativas, etc.). Aunque la Iglesia seguirá siendo una potencia caritativa, ha dejado de ser una potencia independiente por depender del sueldo y de la protección del Estado. La Iglesia ya no podrá seguir siendo la “madre de todos”, convirtiéndose con el tiempo en la fuerza de apoyo al Gobierno junto con el ejército (algún tiempo liberal). Desaparecen muchas comunidades religiosas, que eran un lazo de unión de la Iglesia oficial con el pueblo.

CREACIÓN DE LA GUARDIA CIVIL

Con la desamortización aumenta el latifundismo en el campo. Los nuevos propietarios de las tierras subastadas, antes pertenecientes a los municipios o a la Iglesia, ponen vallas a los terrenos adquiridos en subasta y contratan guardias privados para guardar sus propiedades.

El 13 de mayo de 1844: el Duque de Ahumada crea la Guardia Civil, popularmente llamada la Benemérita, primer cuerpo de seguridad pública de ámbito nacional en España, que con tricornio napoleónico perdura aún hoy en España. El gobierno de los moderados, contraponiendo Orden Público a “la revolución”, disuelven la Milicia Nacional, cuya jefatura correspondía a los alcaldes y era un símbolo de progresismo político y de voluntad popular desde la Constitución de 1812. Fundan la Guardia Civil como un cuerpo armado permanente, fuertemente militarizado y a las órdenes del Gobierno de turno. Es un Instituto Armado de naturaleza militar que forma parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La Constitución, en su artículo 104, le fija la misión primordial de proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades de los españoles y garantizar la seguridad ciudadana, bajo la dependencia del Gobierno de la Nación:

«proveer al buen orden, a la seguridad pública y a la protección de las personas de las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones.»

Los principios inspiradores y la organización eran opuestos a los de la Milicia Nacional, que eran «ciudadanos armados que elegían democráticamente a sus jefes y que solo dependían de un alcalde también electo; era la fuerza armada del poder local democrático.»

La Guardia Civil jugará un papel destacado en la lucha contra los movimientos revolucionarios. Como reacción a la creación de guardias privados y de la Guardia Civil para vigilar los latifundios, surge el bandolerismo andaluz, tema de muchas novelas y películas.

EL BANDOLERISMO ANDALUZ

En la primera mitad del siglo XIX, los campos andaluces se llenarán de bandidos como consecuencia de la desamortización de las tierras. Tras los enfrentamientos con la Guardia Civil, los campesinos se iban marchando a las montañas. La Sierra Morena se puebla de grupos de bandoleros fuera de la ley. Por las noches, bajaban a los pueblos, asaltaban las propiedades y atacaban a la Guardia Civil.

El bandido se convierte en héroe popular, en defensor y vengador del pueblo desposeído, en acérrimo enemigo del Estado y del orden, ahora personificado en la Guardia Civil. Estos bandidos entrarán a formar parte de la mitología revolucionaria y libertaria, aunque su papel es ambiguo. Algunos bandidos fueron contratados por los terratenientes para defender sus tierras.

Los liberales del Gobierno, que parecen defender a los revolucionarios, persiguen en realidad sus intereses políticos particulares, no preocupándose mucho de los intereses del campesinado. Así, el bandido-revolucionario es apoyado teóricamente por los liberales, mientras que el señor feudal, que es su enemigo, lo admira y lo contrata.

«Grupos de hombres fuera de la ley llenan el campo, dan golpes de mano y atacan a los guardas. Estos hombres entrarán a formar parte de la mitología revolucionaria y libertaria. En Andalucía, con todo, la significación del bandidaje es ambigua. No debemos olvidar que los nobles españoles han experimentado a menudo una turbia atracción por los disconformes, por la “canalla”: chulos, vagabundos y los fuera-de-la-ley de los campos. Por otra parte, reclutan una clientela lista para cualquier emergencia. Además, muchos grandes propietarios están menos preocupados en suprimir a los prófugos andaluces que en utilizarlos. Les conceden una protección oculta a cambio de ciertos servicios inconfesables. Convienen pues en admitir que muchos de estos bandidos, muy poco identificados con los revolucionarios primitivos, están efectivamente comprometidos con los feudales.» [Bécarud / Lapouge 1972: 22-23]

LA REVUELTAS CAMPESINAS EN ANDALUCÍA

En la primera mitad del siglo XIX, se produce el primer periodo de protestas campesinas generalizadas en Andalucía. El motivo central es el desalojo de los pequeños campesinos y colones de las tierras de jurisdicción señorial. Las primeras ocupaciones de tierras es una reacción de los campesinos a la ilegítima apropiación de la tierra por parte de la nobleza, permitida por la ambigua legalidad en que se desarrolló la disolución del régimen señorial en Andalucía.

Hasta 1845, fecha de la fundación de la Guardia Civil, el ejército interviene varias veces para desalojar las fincas ocupadas por jornaleros. Por estas fechas se cierra la etapa del bandolerismo social y comienza una etapa de la cuestión agraria en términos de lucha de clases. Se pasa de la protesta del bandido, considerada como delito, a la reivindicación legítima de “la tierra para quien la trabaja”.

El campesino comienza a tomar contacto con los políticos de la oposición: primero con los progresistas, luego con los demócratas.

Las continuas leyes desamortizadoras agravaron el desequilibrio de la distribución de la tierra en Andalucía. La conflictividad campesina se acrecienta por la forma en que es abolido el régimen señorial, la desamortización de las tierras, el cercamiento de fincas y la restricción del uso múltiple de los recursos naturales. La presión estatal en forma de impuestos, el sistema de quintas y el control que ejercía la Guardia Civil para hacer cumplir las nuevas leyes, provocan revueltas campesinas en Utrera y El Arahal (Sevilla) en 1857, y la sublevación de Loja y otros pueblos en Granada, Córdoba y Málaga en el verano de 1861.

Las continuas leyes desamortizadoras agravaron el desequilibrio de la distribución de la tierra en Andalucía. La conflictividad campesina se acrecienta por la forma en que es abolido el régimen señorial, la desamortización de las tierras, el cercamiento de fincas y la restricción del uso múltiple de los recursos naturales. La presión estatal en forma de impuestos, el sistema de quintas y el control que ejercía la Guardia Civil para hacer cumplir las nuevas leyes, provocan revueltas campesinas en Utrera y El Arahal (Sevilla) en 1857, y la sublevación de Loja y otros pueblos en Granada, Córdoba y Málaga en el verano de 1861.

LA REVOLUCIÓN DE 1848 Y SU REPERCUSIÓN EN ESPAÑA

El 24 de febrero de 1848 estalla en París la revolución francesa: Cae el rey Luis Felipe I (1830-1848) y se proclama la Segunda República francesa. La revolución se extiende a Austria, Italia y Alemania y sacuda la Península un mes más tarde.

Las revoluciones de 1848, conocidas en otros países como La Primavera de los Pueblos o el Año de las Revoluciones, fueron una ola de manifestaciones populares que se caracterizaron mayoritariamente por su brevedad y rápida expansión.

Tras el Congreso de Viena de 1815, las monarquías habían sido restauradas allí donde las Guerras Napoleónicas habían instalado otros regímenes. Se instauró el principio de legitimismo dinástico. Este nuevo orden se impuso sin tener en cuenta la opinión pública, lo que dio paso a un fervor nacionalista que provocó el surgimiento de movimientos revolucionarios en los que se apela al pueblo. Comienzan a aparecer movimientos obreros. Se imprime el Manifiesto comunista de Karl Marx.

Los años que preceden  a la Revolución de 1848 son período de renovación ideológica en el que la prensa societaria se multiplica y es perseguida duramente por el gobierno moderado. Alrededor de los primeros periódicos societarios se reúnen varios seguidores de Fourier, miembros del partido progresista.

«Ni los llamados revolucionarios de los republicanos en España y en el destierro, ni las partidas rebeldes que se levantan en diversos puntos del país logran dar cohesión a un alzamiento que desde el primero momento demostró su carácter desorganizado y anárquico. Pero el impacto de la Revolución de 1848 en España no debe pasar desadvertido a pesar de su fracaso. Ramón de la Sagra, que desde París sigue el desarrollo de los acontecimientos en la Península, es de los primeros en señalar que el fracaso de la Revolución española se debió en gran medida a las vacilaciones del partido progresista que solo quería cambios paulatinos que no alteraran fundamentalmente el statu quo de la nación. Así, continúa de la Sagra, aunque los progresistas defienden las libertades individuales, apoyan también la monarquía, y se oponen a la democracia verdadera, porque saben que la libertad real es contraria a la corona. En otras palabras, son anti-demócratas, anti-republicanos y anti-socialistas.

Es justamente a raíz de esta moderación que el sector más avanzado del partido progresista, que ya en 1847 había intentado un giro renovador, decide reagruparse en un partido nuevo que recoja los principios democráticos de los núcleos más radicales. [...] El programa político del 6 de abril de 1849 revela que el partido progresista-democrático o demócrata seguirá una política parlamentaria que reconozca la “monarquía constitucional hereditaria cuyo jefe legítimo es doña Isabel II”, como única forma de gobierno. Pero bajo esta fórmula se amparaba un entusiasta núcleo republicano que, debido a la legislación moderada, no se podía presentar abiertamente en la lucha política.» [Lida 1972: 43-44]

De la Revolución de 1848 surgirá una corriente republicana. Los socialistas utópicos ya habían abierto el camino y ofrecido soluciones al profundo desequilibrio social. Este proceso culminará con la introducción en España de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) en el Sexenio Democrático.

BIENIO PROGRESISTA O REVOLUCIONARIO 1854-1856

En un ambiente de continuas tensiones entre obreros y patronos en las zonas industriales, donde el proceso de industrialización contribuía al crecimiento del desempleo, el descontento popular se manifiesta contra el Gobierno al grito de “¡Muerte a los que compran bienes de los que sean apremiados!”, “¡Abajo el empréstito, que es un robo!”.

En este ambiente de tensión, el 30 de junio de 1854, el general O’Donnell se pronuncia en Vicálvaro contra el Gobierno. Aunque el levantamiento fracasa, progresistas y demócratas se aprovechan del descontento general y desatan la revolución que inaugura el Bienio Liberal (1854-1856). La revolución prende en todo el país. El pronunciamiento militar, que exigía solo tibios cambios políticos, es sobrepasado por los núcleos radicales que exigen soluciones sociales y económicas. La aparición de una conciencia de clase será lo más relevante del Bienio Liberal, debido a la actividad de republicanos y socialistas, que desde 1854 integran el llamado partido demócrata. Pero los republicanos se muestran incapaces de alcanzar el poder y derribar la monarquía. Los obreros ven que la revolución ha traicionado sus promesas. La llegada al poder del binomio Espartero-O’Donnell en 1854 no solucionó la inquietud popular. El problema no era constitucional, sino social y económico. El nuevo Gobierno se muestra inepto para solucionar los problemas sociales, las vagas promesas de los generales no convencen a los obreros, que exigen cumplir las reformas tantas veces postergadas. La ruptura entre el Ejército y la clase obrera es cada vez más honda.

Durante el Bienio Progresista se acrecentó la toma de conciencia política del proletariado. A diferencia de la mayoría de los pronunciamientos militares anteriores, en los que el Ejército mantuvo una posición directiva y el pueblo solo respondió con actos de violencia esporádica, la situación durante el Bienio Progresista (1854-1856) es distinta. El pronunciamiento de Vicálvaro inicia un enfrentamiento entre el Ejército contra el pueblo. Los generales libran sus propia batalla política alejados de las reivindicaciones populares.

LA HUELGA CATALANA DE 1855

El 2 de julio de 1855 los obreros textiles de Barcelona inician una huelga general que se extiende por toda la región. Cuarenta mil obreros, organizados desde la clandestinidad por la Unión de Clases, se lanzan a la calle al grito de “¡Libertad de asociación o muerte!”. Reivindican la libertad de asociación, los jurados mixtos, la reducción de las horas de trabajo y el aumento de jornales. Son mejoras sociales reclamadas por los obreros como un derecho.

Ante estas presiones, el general Espartero presenta un proyecto de ley en el que prometía la jornada máxima de diez hora. Pero cuando el gobierno liberal cae en julio de 1856, las Cortes aún no habían aprobado el plan y el nuevo primer ministro, Leopoldo O’Donnell, enemigos de los asociacionismos obreros, retira el anteproyecto y deja al movimiento obrero sumido en la clandestinidad una década más.

Después de la caída de Espartero, el gobierno de O’Donnell recrudeció la represión mediante consejos de guerra, condenas a muerte, prisión o destierro de sospechosos. En abril de 1857 el Gobierno prohibió toda asociación de trabajadores. Durante diez años (hasta 1866), la organización obrera peninsular languideció en la clandestinidad.

SUCESOS DE EL ARAHAL – 1857

El 1 de julio de 1857 tuvieron lugar los sucesos de El Arahal o sucesos de Utrera y El Arahal, insurrección armada de base principalmente campesina que afectó a varios municipios de la provincia de Sevilla, durante el reinado de Isabel II. Algo más de un centenar de hombres tomaron las poblaciones de Utrera y El Arahal, atacando el cuartel de la Guardia Civil e incendiando el registro de la propiedad así como el intento de proclamación de la república al grito de "mueran los ricos".

El 3 de julio de 1857 tropas de infantería y caballería del ejército se enfrentaron a los sublevados en la serranía de Ronda, provocando 25 muertos y cogiendo prisioneros a 24 hombres. El 12 de julio, tras un juicio militar, los principales cabecillas de la revuelta y 32 alzados más fueron fusilados en Sevilla y Utrera.

La revuelta estuvo protagonizada por campesinos y jornaleros pobres que exigían un mejor reparto de las tierras tras los procesos de desamortización y protestaban contra la carestía de la vida. La eliminación de los mayorazgos, el régimen señorial y la limitación de acceso a los bienes comunales provocó un empobrecimiento acentuado de los trabajadores del campo.

Los cabecillas de la revuelta fueron militares de tendencia demócrata y republicana. Fue una de las revueltas campesinas en el campo andaluz provocada por la enorme desigualdad social y por seguidores del Partido Republicano que buscaban la abolición de la monarquía española.

LA SUBLEVACIÓN DE LOJA – 28 DE JUNIO DE 1861

El 28 de junio de 1861 tuvo lugar en Loja, ciudad y municipio de la provincia de Granada, una sublevación campesina, llamada la Revolución del pan y el queso. Fue el primer movimiento campesino de envergadura de la historia contemporánea de Andalucía; llegó a movilizar a unos 10.000 campesinos así como algunos comerciantes, artesanos y pequeños propietarios que esperaban un estallido general que finalmente no se produjo.

Un numeroso grupo de jornaleros, encabezados por el veterinario Rafael Pérez del Álamo y al grito de "¡Viva la República y muera la Reina!" asaltaron el cuartel de la Guardia Civil de Iznájar. El levantamiento tuvo su epicentro en Loja y se extendió a otros pueblos cercanos como Iznájar o Archidona.

El levantamiento de Loja fue consecuencia de las pésimas condiciones de trabajo en que quedaron los campesinos después del proceso de desamortización. El fracaso de los liberales en 1856 y los atropellos de Narváez llevaron a los demócratas de Loja a la oposición activa. El general Narváez, duque de Valencia y natural de Loja, conocido como el espadón de Loja, había convertido la localidad en su feudo en el que ejercía como auténtico cacique, basando su poder en aumentos injustificados de la renta de sus fincas, control político en el ayuntamiento, y su intervención en determinadas subastas de tierras.

La indiferencia de las autoridades al malestar de los jornaleros y labradores de la zona y los atropellos cometidos contra ellos por la Guardia Civil por orden de los propietarios y políticos conservadores, provocaron la rebelión. Rafael Pérez del Álamo describió su levantamiento como Revolución destinada a derrocar la Monarquía y sustituirla por la República. El movimiento fue gestado por una sociedad secreta liberal y republicana, influida por el Partido Demócrata.

Los insurrectos toman el ayuntamiento y el cuartel de la Guardia Civil de la localidad de Iznájar. Allí publican un manifiesto en el que piden la adhesión a los habitantes del pueblo y proclaman que su objetivo es la defensa de la democracia y la propiedad. El 29 de junio los rebeldes entran en Loja, alzando la bandera de la República y cantando el Himno de Riego. Saquearon la ciudad, estableciendo un sistema rudimentario de reparto de tierras. La insurrección se dirigió esencialmente contra el sistema de desamortización, por el cual solo pueden hacerse propietarios los que tienen capital.

La sublevación se extiende por Archidona, Íllora, Huétor-Tájar y Alhama. La revuelta fue sofocada por las fuerzas militares. Fueron fusilados ciento dieciséis cabecillas de la revuelta y unos 400 fueron desterrados.

Finalizada la revuelta se procedió al ajusticiamiento por procedimiento sumarísimo de los cabecillas de los sublevados, fusilándose, según datos oficiales, a ciento dieciséis de ellos -aunque Pérez del Álamo había conseguido huir a Madrid- mientras que unos cuatrocientos eran deportados. En 1862, durante un viaje por Andalucía de Isabel II, se decretó la amnistía para todos los implicados, incluido Pérez del Álamo.

Este levantamiento fue el primero en el que el Ejército no había participado. La prensa recalcó el carácter civil de jefes y seguidores de la insurrección, fue una revuelta de naturaleza popular.

«La rapidez con que se sucedieron los hechos impidió conocer a fondo su desarrollo. Sin embargo, las autoridades no vacilaron en calificar el alzamiento de socialista y la prensa ministerial insistió en relacional la insurrección con la oposición demócrata. [...] El programa de los insurrectos no se desvió del camino ideológico trazado por la doctrina democrática y republicana, y a diferencia de intentos revolucionarios anteriores, respetó la propiedad privada.. Fernando Garrido señaló atinadamente que el levantamiento no tuvo “nada que ver con las ideas socialistas” y que la idea de “repartirse la propiedad no se refiere sino a las propiedades del Estado, considerables en las provincias poco pobladas de Andalucía y Extremadura”. En otras palabras, la insurrección se dirigió esencialmente contra la desamortización, es decir, contra el sistema “por el cual solo pueden hacerse propietarios los que tienen capital”.» [Lida, Clara E.: 1972: 91]

REPUBLICANISMO Y REVOLUCIÓN 1856-1868

La represión con que el general O’Donnell clausura el Bienio Liberal destruye todas las aspiraciones obreras a una participación abierta en la lucha política. Los republicanos pasan a trabajar a la clandestinidad y adoptan tácticas de las sociedades secretas carbonarias. Los conspiradores aprovecha a menudo la fachada social y religiosa de la masonería, así como la legalidad del partido demócrata para realizar sus actividades clandestinas.

En las filas del carbonerismo limitaba una amplia gama de la sociedad: intelectuales y políticos, desde el destierro Sixto Cámara y Fernando Garrido, además obreros, campesinos, propietarios y miembros de los rangos inferiores del ejército. La organización carbonaria se extiende por las provincias catalanas y andaluzas. Estas sociedades secretas sostenían un programa republicano y socialista: la soberanía nacional reside en el pueblo, hay que emancipar a las clases proletarias, abolir los privilegios, reducir el ejército, establecer la instrucción primaria gratuita y obligatoria y completar la desamortización civil y eclesiástica con la enajenación a censo entre los proletarios de todos los terrenos baldíos, comunes y patrimonio de la Corona.

En 1856, tras el fracaso liberal y a raíz de la represión del general O’Donnell y Narváez, los demócratas se vuelcan a la lucha clandestinas. El 12 de noviembre, Sixto Cámara, Romualdo de la Fuente y Bernardo García preparan una insurrección en Málaga que fracasa. La muerte de Cámara y el fracaso revolucionario significó un duro golpe para los republicanos.

La acción espontánea del campesinado descontento perseguía objetivos inmediatos: resentimiento contra el caciquismo, repartimiento y subasta de las tierras comunales de forma justa, aumento de salarios y reducción de la jornada en el campo. Los políticos que apoyaban las sublevaciones y los jefes de grupos clandestinos y de sociedades secretas perseguían objetivos más amplios: la democratización política y el establecimiento de la república. Esta dualidad de intereses provoca un vacío. La deficiencia ideológica de la revuelta popular la hace presa fácil de la confusión. Frente a esto, las sociedades secretas anteponen los principios políticos a las reivindicaciones campesinas.

«La espontánea rebelión popular se convierte en una lucha en la cual “las masas están dirigidas por un pequeño grupo clandestino y bien organizado, pero cuyos intereses son ajenos a ellas. El campesino participa en la contienda por ciertos objetivos, pero la definición de estas metas está dada por los líderes, no por él. [...] La explosión insurreccional no constituye necesariamente un índice de popularidad ideológica, sino una prueba de disciplina guerrera en la cual el grueso de los seguidores, carentes de cohesión doctrinal, dependen de las disposiciones de sus jefes, únicos depositarios de las ideas y fines revolucionarios. [...] Los años que siguen al levantamiento de Pérez del Álamo y que culminan en el triunfo de la revolución anti-dinástica de 1868, seguirán mostrando lo indeciso de la ruta a seguir. Pero los cambios que tienen lugar en el panorama europeo abrirán nuevas perspectivas y perplejidades en este viejo problema. Bajo el signo de la Primera Internacional, las asociaciones secretas y las públicas trazarán senderos alternos que el proletariado español, amparado en la bandera del anarquismo, deberé elegir en su lucha por la emancipación social» [Lida, Clara E.: 1972: 97-98]

En quinquenio que precede a la Revolución de septiembre de 1868 se intensifica la actividad de los sectores anti-monárquicos. Civiles, militares, liberales, progresistas, demócratas y republicanos persiguen el objetivo final: acabar con la monarquía y establecer la república. Pero todos estos movimientos llevan todavía la impronta del carbonerismo y de las sociedades clandestinas.

En las elecciones municipales de 1868 los republicanos obtuvieron la mayoría en veintidós capitales de provincia, pero fracasaron en Madrid, lo que colocó al partido en una situación difícil. Los federales quedaron relegados a un segundo plano frente a una fragmentada minoría de republicanos unitarios, carlistas e isabelinos. Las nuevas Cortes seguirían en adelante la tendencia monárquica y votarían en favor de la monarquía como la forma de gobierno de la Nación española. El partido republicano federal tuvo que escoger entre convertirse en uno más de los partidos tradicionales y burgueses o ser un verdadero representante de los intereses populares. La incapacidad del republicanismo de enfrentarse a la inestabilidad económica y al descontento social llevó a la enajenación de los grupos populares de los marcos políticos tradicionales. El profundo resentimiento de las clases marginadas hicieron definitiva la ruptura entre los republicanos legalistas que querían seguir por las vías de un parlamentarismo estéril y los líderes revolucionarios del federalismo. El grueso del partido abogaba por el cambio a través de los canales parlamentarios y rechazaba la acción directa.

«En los años que siguieron a la Gloriosa, los desheredados del campo y la ciudad, desengañados por la indiferencia de los partidos políticos, se lanzan por nuevos caminos. El huevo dejado por el republicanismo como partido popular fue ocupado en menos de un lustro por la doctrina inequívoca del bakunismo; en poco tiempo, la Federación Regional Española (FRE) de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) reemplazó entre las masas jornaleras los motivos políticos por metas sociales y económicas. Mientras el movimiento anarquista hace suyas las reivindicaciones populares, el republicanismo federal queda definitivamente consagrado como un más entre los partidos burgueses.» [Lida, Clara E.: 1972: 124]

LAS INTERNACIONALES OBRERAS – siglo XIX-XX

«La versión que llegó al resto del mundo sobre lo ocurrido en París fue, sin embargo, de horror: destrucción de monumentos, profanación de iglesias, robo de bienes, establecimiento del “amor libre”. Algo hubo de malentendido lingüístico, al tomar muchos la palabra comune, que no es sino “municipio” en francés, por un régimen en el que todo, hasta las mujeres, era común. Fuera esta u otra la razón, lo cierto es que de París solo llegaban noticias de desmanes, y que la inspiradora de tanto desmán se decía ser una misteriosa sociedad llamada “La Internacional”, cuyo siniestro designio era llevar a cabo una revolución social de alcance universal. Era esta una federación de sindicatos y partidos obreros, fundada cinco años antes en Londres, de manera pública y legal, y cuyo nombre completo era Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). El hecho mismo de que se la conociera como “La Internacional”, en lugar de hacer referencia a sus aspectos socialistas u obreros, indica algo de lo subversiva que era ya, para la imaginación europea del momento, la negación de lo nacional. Solo un cuarto de siglo antes, es probable que una sociedad revolucionaria hubiera ostentado en su título, de una forma u otra, alguna referencia a lo “nacional”. Así lo hubiera hecho, de haberse atribuido algún título, aquella otra revolución que había tenido lugar en la misma ciudad de París en 1848, cuyo tono nacionalista, además de democrático-social, fue innegable; un tono nacionalista que no hizo sino acentuarse en la oleada de alteraciones que provocó en Alemania, Austria o Italia.» [Álvarez Junco 2001: 437]

La Primera Internacional Obrera (1864-1876)

La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o I Internacional Obrera, tuvo su sede en Londres y estuvo integrada por partidos, sindicalistas, socialistas, anarquistas y asociaciones obreras de variado signo. Sus estatutos fueron redactados por Carlos Marx. Jugaron un papel destacado desde un principio Marx, Engels y Bakunin. En 1868, a raíz de la incorporación de Bakunin, la AIT sufrió una polarización que condujo a una escisión entre dos tendencias irreconciliables: la anarquista liderada por Bakunin y la marxista liderada por Marx.

La división empezó por una discrepancia fundamental sobre los fines del socialismo, los métodos para alcanzar la revolución social y el modo de organizar la Internacional obrera. Para Marx el socialismo sería la consecuencia inevitable de un capitalismo altamente desarrollado y de una clase obrera organizada bajo la dirección del partido socialista. Bakunin, en cambio, defiende la insurrección armada y desecha las tácticas marxistas del juego de los partidos políticos como paso esencial para la conquista del poder por la clase trabajadora. Bakunin rechaza el legalismo electoral y cree en la revolución inmediata; la meta del cambio social no debe ser la conquista del poder, sino la destrucción de todo poder y de todo Estado.

Los marxistas estaban a favor de la formación de una internacional de partidos obreros fuertemente centralizados, con un programa de mínimos basado en la lucha por conquistas sociales y laborales concretas, y uno de máximos basado en la lucha por la revolución social a través de la conquista del poder del Estado. Los bakunistas estaban a favor de un modelo revolucionario basado en la organización asociativa-cooperativa (federalismo social) que rechaza el poder centralizado, por ende el monopolio de la violencia por parte del Estado.

Los puntos fundamentales del enfrentamiento entre Marx y Bakunin eran:

Distinta concepción de la A.I.T.: Bakunin pretendía que la Internacional fuera una coordinadora de movimientos social-revolucionarios autónomos y sin órgano de dirección común. Para Marx, en cambio, la I Internacional debía tener una función centralizadora, unificadora y rectora del movimiento obrero.

Visión de la Historia: la concepción histórica marxista se basa en el materialismo histórico, que plantea la historia como una lucha de clases a lo largo de la historia entre propietarios de los medios de producción y no propietarios, entre explotadores y explotados. Bakunin centra su atención en el hombre concreto y en su libertad, al que considera capaz de vencer las fuerzas de la historia.

Conflicto entre anarquía y dictadura del proletariado: la doctrina marxista postulaba la dictadura del proletariado, el socialismo debía ser consecuencia de una clase obrera organizada que bajo la dirección de un partido alcanzaría el triunfo revolucionario. La dictadura del proletariado lleva implícita la idea de reforzamiento provisional del poder del Estado, que irá desapareciendo gradualmente para dejar paso a la sociedad sin clases, la sociedad comunista. Bakunin rechaza todo tipo de Estado, inclusive uno gobernado en nombre del proletariado. Creía en la revolución inmediata y espontánea; para llevarla a cabo confiaba en las masas trabajadoras en su conjunto. Defendía la insurrección armada, considerando que todo cambio social no debía ser la conquista del poder sino la destrucción del mismo y de todo estado.

Intervención política: los marxistas aceptaban el juego político y la participación en las elecciones. Bakunin no acepta la participación en el juego político burgués y aboga por la creación de sindicatos en lugar de partidos políticos. Esto explica en parte la mayor implantación del marxismo en países donde era posible participar en la política y conseguir mejoras en las condiciones de vida de los obreros, mientras que el anarquismo tiene mayor implantación allí donde la participación en la vida política de los trabajadores es imposible.

Tras la dura represión y el fracaso de la Comuna de París (1871), se gravaron los enfrentamientos en el seno de la Internacional y en el Congreso de La Haya (1872), los anarquistas fueron expulsados de la AIT, que pasó a ser controlada por los marxistas hasta su disolución en 1876.

La Segunda Internacional Obrera (1889-1916)

En 1889 se funda la Segunda Internacional Obrera con sede en Bruselas, que, una vez expulsados los anarquistas en 1893, adoptó una orientación socialista marxistas.

Pronto surgió la controversia ideológica entre dos grupos: el radical de los marxistas ortodoxos, partidarios de una revolución como fórmula para destruir el capitalismo y cambiar la sociedad, cuya principal figura fue Rosa Luxemburgo; y el reformista o “revisionista”, que cuestionaba la lucha de clases o el materialismo histórico de Marx y abogaba por la vía pacífica con la participación de los trabajadores en el juego parlamentario para llegar al socialismo.

La Segunda Internacional se disolvía en 1916, durante la Primera Guerra Mundial debido al conflicto entre los sentimientos patrióticos de los bandos en guerra y el ideal de solidaridad internacional. Tras el triunfo de la Revolución Rusa en 1917, se impusieron las tesis marxistas más radicales defendidas por Lenin.

La Tercera Internacional o Komintern (1919)

En 1919 y por iniciativa de Lenin y el Partido Comunista de Rusia (bolchevique), se fundó una Tercera Internacional, la “Komintern”, de carácter comunista, muy condicionada por los intereses de la URSS. Su objetivo era luchar por la supresión del sistema capitalista, el establecimiento de la dictadura del proletariado y de la República Internacional de los Soviets. La III Internacional se creó con el objetivo de extender la revolución fuera de la URSS.

La Cuarta Internacional (1938)

La Cuarta Internacional se fundó en una conferencia en el año 1938, que había sido proclamada por Trotsky al considerar que la Tercera Internacional era estalinista. Leon Trotsky entendía la Internacional como el partido mundial de la revolución proletaria. Los ejes programáticos se basaron en la teoría de la revolución permanente; por tanto se defendía que la revolución socialista sólo podría triunfar definitivamente si se daba a nivel mundial, y no solo en países concretos. La sede del Secretariado General fue trasladada a Nueva York al comenzar la Segunda Guerra Mundial en 1939.

El asesinato de Trotsky en agosto de 1940 por un agente español mandado por Stalin, significó un grave golpe político para la Cuarta Internacional que quedó muy debilitada, con una dirección muy joven e inexperta elegida tras la Segunda Guerra Mundial en 1946 en el segundo congreso mundial.

EL BAKUNISMO Y LA INTERNACIONAL EN ESPAÑA

Marx veía en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), fundada en Londres en 1864, el medio ideal para unificar el movimiento obrero mundial, federando los grupos de cada país como secciones de la Internacional. Bakunin, por su parte, vio en la AIT una tribuna desde la cual impulsar la revolución y, en vez de formar una sección para afiliarse a la AIT, fiel a la tradición de las sociedades secretas revolucionarias en la que se había formado, crea un grupo revolucionario secreto, en contra de los principios de la AIT, la Alianza de los hermanos internacionales, estructurada según los moldes carbonarios y masones. Más tarde funda la Fraternidad Internacional.

En septiembre de 1867 se celebra el congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad, asociación republicana y democrática que Bakunin quería utilizar como vehículo para propagar sus ideas. En el segundo congreso en Berna, en 1868, fueron rechazadas las propuestas de Bakunin, lo que provocó la escisión de una minoría que funda la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, encabezada por Bakunin, que rechazaba la Liga y se adhería a la AIT como sección ginebrina. Mientras se esperaba la carta de aceptación de la AIT en Londres, los miembros de la nueva organización crearon un grupo secreto, la Alianza de la Democracia Socialista, una alianza secreta que serviría de vanguardia revolucionaria. A fines de diciembre de 1868, el Consejo General de la AIT rechaza la solicitud de ingreso de la Alianza, a menos que acepte constituirse en sección federada regulada por la AIT. Bakunin acepta estas normas y a principios de 1869 declara disuelta la Alianza Internacional y se constituye en sección ginebrina de la AIT. Marx y Bakunin parecen finalmente unidos en una causa común. Pero esta unidad pronto se reveló como ficticia, pues la desaparición de la Alianza Internacional no llevó consigo la desaparición de su contraparte oculta, la Alianza secreta, que continuó existiendo en Ginebra.

El rechazo de la solicitud de ingreso de la Alianza Internacional en la AIT a finales de 1868 no llega a Ginebra hasta principios de 1869, cuando ya varios emisarios de Bakunin y de la Alianza Internacional se encuentran en España tras la Gloriosa (1868). Apenas recibidas la noticia de la Revolución de septiembre de 1868 en España, Bakunin envía a España varios colaboradores de la Alianza Internacional: el francés Alfred Nacquet, amigo de los republicanos madrileños; Lev Illich Mechnikov, colaborador de Bakunin en sus sociedades secretas; el etnólogo Elie Reclus, acompañado de Aristide Rey, joven socialista y miembro activo de la Alianza secreta. Todos estos emisarios fueron preparando el camino para el último y principal emisario de Bakunin, Giuseppe Fanelli. Las relaciones de Bakunin y los enlaces que Reclus, Rey y Nacquet establecen en Barcelona facilitan el contacto de Fanelli con los líderes del republicanismo federal.

El gobierno provisional fija las elecciones para Cortes Constituyentes para mediados de enero de 1869. Demócratas, unionistas, progresistas, monárquicos y republicanos federales emprenden una intensa campaña electoral. Los federales acentuaron su campaña en las regiones de mayor tradición republicana: Cataluña, Levante y Andalucía. Fernando Garrido, en compañía de otros candidatos republicanos y de los colaboradores de Bakunin en España, los internacionalistas Aristide Rey, Elie Reclus y Giuseppe Fanelli intensifican la campaña por esas regiones. A diferencia de Nacquet, Reclus y Rey, Fanelli no solo entabló vínculos con diputados federalistas, sino que su misión era difundir la idea de la revolución social bakunista, lo que significaba atacar a monárquicos y a republicanos al mismo tiempo. Era la idea de Bakunin y su Alianza secreta: no colaborar con los partidos burgueses o solo utilizarlos como trampolín para llegar a los militantes obreros. Reclus, Nacquet y Rey pronto se sintieron manipulados por Fanelli, al que reprocharon haber traicionado la buena fe de los republicanos amigos.

Giuseppe Fanelli trabó en Madrid amistad con un grupo de obreros del Fomento de las Artes. De allí saldría el primer núcleo de internacionalistas españoles. El 24 de enero de 1869, se formó en Madrid el núcleo fundador de la la AIT. Cumplida su misión en Madrid, Fanelli se dirige a Barcelona, donde poco después organiza el núcleo catalán de la AIT. El 2 de mayo de 1869 se forma la sección barcelonesa de la AIT.

«En esta época Barcelona era la zona más industrializada de la Península, con una clase trabajadora alerta y una sólida experiencia gremial. Madrid, en cambio, estaba poco industrializada, contaba con una escasa población obrera y carecía de una tradición asociacionista fuerte. Si España se convirtió pronto al bakunismo no se debió, según Anselmo Lorenzo, a la actividad madrileña sino a la pujanza de Cataluña, que contaba con una fuerza más politizada.» [Lida, Clara E.: 1972: 144]

Los obreros catalanes prefirieron el camino de la lucha social delineado por la AIT y la Alianza Internacional, al asociacionismo tan en boga hasta entonces.

Fanelli regresa a Suiza en febrero de 1869, después de haber organizado las primeras secciones internacionalistas. Grande fue el malestar de los bakunistas en Ginebra al descubrir que los españoles se había agrupado siguiendo los principios de la ya disuelta Alianza Internacional, en lugar de adoptar los estatutos de la AIT. Fanelli había llegado a España poco después de constituida la Alianza Internacional de la Democracia Socialista y desconocía el veto del Consejo General de la AIT de Londres de no aceptar la Alianza en la Internacional. Fanelli, que desconocía que la Alianza Internacional había sido disuelta por Bakunin, dio a conocer en España la AIT y, al mismo tiempo, propagó en España los estatutos de la Alianza Internacional como programa del proletariado. Fanelli creía en la coexistencia de ambas asociaciones.

«Esta confusión será motivo para que España se convierta en factor decisivo de la pugna bakunista-marxista que se desarrollará más adelante. En 1872, cuando el Consejo General de la AIT promueve una campaña contra el líder ruso, acusándolo de conservar la Alianza en contra de los intereses de la AIT, el caso español servirá de prueba. [...]

A pesar del error involuntario de Fanelli, su misión fue un triunfo proselitista y una victoria incontestable de los bakunistas. El equívoco inicial fue, sin embargo, el punto de partida para el triunfo definitivo del anarquismo como la gran ideología obrera española de la segunda mitad del siglo XIX. Los intento tardíos del Consejo General de la AIT de Londres por inclinar la balanza hacia el marxismo fueron inútiles; la preponderancia del anarquismo no se alteró hasta el siglo XX. Los débiles intentos de la facción marxista, que en 1872 se escinde de los bakunistas por influencia de Paul Lafarque, yerno de Marx, no dieron frutos hasta ya entrada la década de 1880, cuando se crea el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y la Unión General de Trabajadores (UGT). Pero a pesar del crecimiento continuo del socialismo durante el primer tercio del siglo XX, la fuerza política del anarquismo no se extinguirá sino con el desangramiento irreparable de la Guerra Civil. Desde el punto de vista anarquista, se podría decir que el error de Fanelli en 1868 fue, a la larga, el paso fundamental hacia el triunfo del movimiento. Los marxistas, en cambio, nunca dejarían de ver en este hecho una traición premeditada del bakunismo al internacionalismo proletario auspiciado por la AIT.» [Lida, Clara E.: 1972: 145-146]

El triunfo de la Alianza secreta en España fue motivo de preocupación para los marxistas de la Internacional. En el verano de 1871, es enviado a España Paul Lafoargue, yerno de Marx para recabar pruebas concretas contra los bakunistas. Según los bakunistas, Lafargue sembró cizaña en el movimiento obrero, mientras que para los marxistas, Lafargue fue el mensajero del verdadero socialismo.

En verano de 1872 se escinde definitivamente la FRE y triunfa el bakunismo en la Península. En septiembre de 1872 se celebró el último Congreso General de la Internacional en La Haya, que marcó el punto culminante en la escisión de la AIT. La mayoría marxista decidió expulsar a los opositores y trasladar la sede del Consejo de Londres a Nueva York para frenar la influencia de Bakunin. Al concluir el Congreso el 9 de septiembre, los aliancistas de Bakunin convocaron un congreso Internacional “anti-autoritario” en St. Imier con representantes españoles, suizos, italienos y estadounidenses. Este congreso fue el acto fundacional del movimiento anarquista. Allí se ratificó el programa bakunista: el objetivo es destruir el poder, se rechaza todo compromiso político y toda participación en las luchas electorales burguesas. En España, el Consejo Federal se adhirió al “Pacto de St. Imier” y rechazó las resoluciones del Congreso de La Haya. El 25 de diciembre de 1872 se celebró en Córdoba el Tercer Congreso de la FRE. Se ratificó el Pacto de St. Imier y se rechazaron las decisiones de La Haya.

La Nueva Federación madrileña celebró su Primer Congreso en Toledo en mayo de 1873, tras el cual La Emancipación desapareció y las delegaciones marxistas constituyen un Consejo General en Valencia, antes de desaparecer de la escena a raíz de la insurrección cantonal. En la década de los 80 volverán a emerger algunos de sus protagonistas en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fundado por Pablo Iglesias en 1879. Durante cien años el PSOE se definió como un partido de clase obrera, socialista marxista hasta que en 1979, en el 28.º Congreso del partido, aceptó la economía de mercado, renunciando a toda relación con el marxismo.

EL MOVIMIENTO OBRERO DURANTE EL SEXENIO DEMOCRÁTICO

Durante el Sexenio Democrático (1868-1874) maduraron las organizaciones obreras y surgieron las dos tendencias fundamentales del movimiento obrero español, que correspondían a lo que estaba ocurriendo entonces en la Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional (AIT).

En 1864 se había creado en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), impulsada por obreros franceses y británicos, donde durante un cierto tiempo convivieron los seguidores de las ideas de Carlos Marx (marxistas o socialistas) y los seguidores de Mijaíl Bakunin (anarquistas). Seis años más tarde, las estrategias representadas por Marx y Bakunin se enfrentaron y provocaron la escisión.

Las libertades políticas permitieron en España un importante impulso al movimiento obrero durante el Sexenio Democrático (1868-1874). Las nuevas libertades traídas por la "Revolución Gloriosa" (1868) permitieron la creación de la Federación Regional Española de la AIT (FRE). Desde un principio en los "internacionalistas" españoles hubo claro predominio de la ideología anarquista, inspirada en el pensamiento de Bakunin. Como era de esperar por su mayor grado de industrialización, el movimiento anarquista tuvo un mayor desarrollo en Cataluña. Su fundación se debió al impulso del anarquista italiano Giuseppe Fanelli, enviado por Bakunin.

«Fanelli hablaba solo francés e italiano, pero sus discursos eran de lo más impresionante y el fervor que despertaba por la Idea era comparable al fervor de los primeros cristianos. Su lenguaje evoca el de los Evangelios. Como escribe Juan Díaz del Moral: “Descendían lenguas de fuego sobre la cabeza de los reunidos en ese cenáculo”, y añade que estos, abrazando inmediatamente las ideas de Bakunin, “tuvieron la impresión de alcanzar de una vez las altas cumbres de los dogmas, principios y axiomas inmutables de la ciencia obrera, en una palabra, de encontrarse de ahora en adelante en posesión de verdades absolutas”. [...] Estas enseñanzas son en realidad las de Bakunin. El primer efecto que producirá la misión de Fanelli será asegurar, en la España agitada de los años 1868.1873, el triunfo de Bakunin frente a Marx.» [Bécarud / Lapouge 1872: 30-31]

Es así como, en el marco de persistencia de desigualdad social fuertemente desequilibrado, irrumpe una nueva ideología: el anarquismo como un nuevo sistema de valores, que propugna un modelo de vida nuevo, se ofrece como fundamento de las protestas campesinas y como justificación moral. El Estado es visto como la verdadera causa de la persistencia de formas dominio y subordinación impuestas al campesinado. El Estado establece una práctica política de corrupción burocrática, caciquismo y cambios de régimen en nombre de reformas sociales nunca llevadas a cabo. Los campesinos añaden ahora a sus reivindicaciones tradicionales la persecución del ideal de una forma social de tipo libertario, la Idea.

En 1870 se había celebrado en Barcelona el primer congreso obrero. En 1872, se organizó en Zaragoza un segundo congreso de las organizaciones afiliadas a la Internacional (AIT) y agrupadas en la Federación Regional Española de la AIT (FRE). En este congreso se produjo la escisión definitiva del movimiento obrero en dos tendencias: una anarquista, partidaria de alcanzar la emancipación económica de las clases trabajadoras al margen del Estado y en lucha contra él, mientras que la corriente socialista-marxista defendía la necesidad de participar en la vida política para llegar a dominar el Estado y, desde dentro del Estado, proceder a la emancipación de los trabajadores.

En el congreso de Zaragoza la mayoría de los congresistas optó por la corriente anarquista que defendía la separación del mundo obrero de la política oficial de partidos. En esta decisión mayoritaria influyó el incumplimiento por parte de la política oficial de las promesas de mejora social hechas en la revolución de 1868 (La Gloriosa), como la abolición de las quintas. Esto creó en el movimiento obrero un odio contra el Estado, que solo perseguía hacer ligeras reformas sin solucionar el problema del gran desequilibrio social.

La corriente marxista se aglutinó en torno a un núcleo madrileño que, en 1871, entró en contacto con Paul Lafargue, yerno de Marx. En 1872, se creó un pequeño grupo madrileño del que poco después se escindiría el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). La Asociación de Arte de Imprimir de Madrid se convertiría el refugio en la época de la clandestinidad del socialismo.

La corriente anarquista coincidía con la del movimiento cantonal de 1873: desde los Pirineos al Guadalquivir, Barcelona, Zaragoza y las provincias de la Baja Andalucía. El socialismo tendría su impronta en Extremadura, Castilla la Nueva y, especialmente, en Madrid, desde donde se extendería a los núcleos mineros e industriales de la periferia: Asturias, Vizcaya, Valencia.

Los ideales republicanos, federales y societarios de las agrupaciones obreras de Cataluña fueron sustituidos por el internacionalismo socialista de la AIT. Para los dirigentes obreros el anarquismo era un camino posible para el proletariado español, decepcionado con los fracasos de los republicanos federalistas, tras el triunfo de la Gloriosa en 1868.

A los pocos días del golpe de Estado del general Pavía el 3 de enero de 1874, el gobierno disolvió mediante decreto las asociaciones dependientes de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). A partir de este momento, los movimientos obreros se ven obligados a entrar en la clandestinidad.

LA REVOLUCIÓ DEL PETROLI EN ALCOI 1873

En 1873, durante la Revolución Cantonal, Alcoy protagonizó un importante capítulo de su historia. Los obreros fabriles se concentraron ante el ayuntamiento durante una huelga general que reclamaba una mejora salarial. El alcalde republicano, Agustí Albors, apodado Pelletes, ordenó abrir fuego sobre los manifestantes, que, encolerizados, asaltaron el ayuntamiento, mataron al alcalde y mutilaron su cadáver. Alcoy se declaró independiente y fue gobernada por un Comité de Salud Pública entre el 9 y el 13 de julio, hasta la llegada de las tropas federales. Este episodio es conocido como Revolución del petróleo (Revolució del Petroli).

«El levantamiento de Alcoy de 1873 no debe considerarse como un episodio más del huracán cantonalista, sino como una variante única dentro de la serie de sublevaciones estivales del 73. Solo allí adquiere la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) dimensiones insospechadas cuando esta industriosa ciudad alicantina sirve de marco al levantamiento obrero más importante del siglo XIX. Mientras el cantonalismo representó el último intento federalista de consolidarse en el poder por medio de la insurrección popular, Alcoy marca la culminación de la Primera Internacional española en su lucha contra las clases dominantes.» [Lida, Clara E.: 1972: 205]

MOVIMIENTOS OBREROS DURANTE LA RESTAURACIÓN

La llegada de la Restauración supuso un freno a la agitación obrera. Bajo la severa ley de Cánovas del Castillo, los impulsos revolucionarios son reprimidos cruelmente desde 1874 a 1881. Los propietarios se tranquilizan. La Federación Regional Española (FRE) fue disuelta. El movimiento obrero se vio obligado a seguir luchando en la sombra, consagrado a actividades clandestinas. La persecución empuja a los disconformes a la acción individual. Pronto predomina la acción improvisada de hombres aislados. La represión estatal conformaba una de las tesis constantes del movimiento libertario: el rechazo de toda organización autoritaria.

«Ha sido norma en nuestra historia cambiar de régimen, en vez de reformarlo». [Ignacio Sotelo: “Reforma o derribo”, en El País, 09.07.2006]

«En los primeros decenios de la primera Restauración, entre 1874 y 1898, el crecimiento económico en buena parte se debió a las inversiones mineras extranjeras, con el correspondiente aumento de las exportaciones de materias primas. La filoxera en Francia trajo consigo que entre 1882 y 1892 España dominase el mercado mundial de vinos. El proteccionismo sirvió a los intereses de Cataluña, la región más industrializada, pero fue un lastre para el resto del país que por sus propias fuerzas tampoco lograba salir de una economía agraria, latifundista o minifundista.

Dentro de estos parámetros, desde los mismos comienzos en el último tercio del siglo XIX, el movimiento obrero se bifurca entre un socialismo moderado, aunque minoritario, presente sólo en Madrid, Asturias y el País Vasco, y un anarquismo muy radicalizado que con mayor o menor intensidad estuvo presente por todo el país, aunque domina en Andalucía, la España latifundista, y en Cataluña, la España industrial.

El gran fracaso de la Restauración consistió en su incapacidad de integrar social y políticamente a la naciente clase obrera. Al dejarla fuera del sistema, la empujó a que se radicalizase. [Ignacio Sotelo: “Los mejores treinta años”. En: El País, 05.03.06]

Tras el nacimiento de la sección española de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) durante el Sexenio Democrático (1868-1874), gracias a la labor del revolucionario anarquista italiano Giuseppe Fanelli y del marxista Paul Lafargue, los “internacionalistas” del movimiento obrero fueron reprimidos por el golpe del general Pavía en 1874.

Tras la ruptura entre Marx y Bakunin en el Congreso de La Haya en 1872, los movimientos obreros se pusieron mayoritariamente de parte del anarquista Bakunin. La ley de Asociaciones de 1881, aprobada por el gobierno liberal de Sagasta, fomentó una intensa actividad organizativa entre los obreros. En 1881 nació la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), encabezada por Anselmo Lorenzo, uno de los principales líderes de los inicios del movimiento anarquista.

Ya en el siglo XX y a partir de 1901, diversos grupos obreros se organizaron en torno a la publicación “Solidaridad Obrera” y del Congreso en Barcelona (1910), nació la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que agruparía a los obreros agrícolas andaluces y a los obreros industriales catalanes. Los anarquistas luchaban por la destrucción de las estructuras estatales de poder y propagaban una ideología colectivista, libertaria, apolítica, anticlerical y revolucionaria.

Los socialistas eran minoría entre los movimientos obreros hasta que en 1879, el tipógrafo Pablo Iglesias funda en Madrid el Partido Socialista Obrero España (PSOE), que celebra en 1888 su primer congreso y funda un sindicato socialista: la Unión General de Trabajadores (UGT). Los socialistas mantuvieron una ideología colectivista, anticlerical y antiburguesa más moderada que la del movimiento anarquista.

Al amparo de la reforma legal propiciada por los liberales, en la década de los ochenta se asiste a un resurgir de la movilización obrera. El movimiento que más auge había tenido en la Península había sido el anarquismo, difundido por Farinelli. El anarquismo arraigó en dos zonas de características muy distintas: la Andalucía agrícola y la Cataluña industrial. Estas dos zonas tenían problemas y necesidades distintas, lo que llevó a la escisión en el seno anarquista entre los anarco-colectivistas andaluces y anarco-comunistas catalanes, con estrategias diferentes.

En Andalucía apareció una presunta «organización anarquista secreta y violenta» a principios de la década de 1880, a la que se le atribuyeron asesinatos, incendios de cosechas y edificios. Los sucesos de la llamada Mano Negra se produjeron en el bienio 1882-1883, en el contexto de un clima de aguda lucha de clases en el campo andaluz, de difusión de un anarcocomunismo distinto del anarcocolectivismo bakuninista, y de diferencias entre legalistas y clandestinistas en el seno de la recién creada Federación de Trabajadores de la Región Española.

La represión subsiguiente generó la decadencia organizativa y sindical del anarquismo sobre todo a partir de 1888. Los partidarios de la propaganda por el hecho, es decir del terrorismo, se convirtieron en la cara visible del anarquismo. Entre sus acciones más sonadas se encuentran el atentado contra Martínez Campos (1893), las bombas del Liceo de Barcelona, o el asesinato del propio Cánovas del Castillo (1897).

En los años 80 salen de la clandestinidad los grupos que determinaron la evolución del socialismo español, nacido durante el Sexenio Democrático (1868-1874) como manifestación de la tendencia marxista frente a la mayoritaria bakunista en la sección española de la Primera Internacional (AIT). En 1879 Pablo Iglesias funda el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Poco a poco el PSOE fue llevando a cabo una labor de implantación, que fue fructífera sobre todo en Madrid, Vizcaya y Asturias.

Cataluña, cuyos representantes habían defendido ya desde las primeras reuniones posturas reformistas y posibilistas se fue desviando de la tendencia central, hasta la constitución en 1890 del llamado Partido Socialista Oportunista, tomando como base la agrupación textil Las Tres Clases del Vapor.

La primera gran reforma del Gobierno Largo de Sagasta (1885-1890) fue la aprobación en junio de 1887 de la Ley de Asociaciones que regulaba la libertad de asociación para los fines de la «libertad humana» y que permitió que las organizaciones obreras pudieran actuar legalmente, ya que incluía la libertad sindical, lo que dio un gran impulso al movimiento obrero en España. Al amparo de la nueva ley se extendió la anarcosindicalista FTRE, fundada en 1881 como sucesora de la FRE-AIT del Sexenio Democrático, y nació el sindicato socialista Unión General de Trabajadores (UGT), fundado 1888.

El PSOE decidió participar como partido político en la lucha parlamentaria, para defender dentro de lo posible los intereses de la clase obrera. Los socialistas no obtuvieron ningún diputado hasta 1910, debido a que el sistema político diseñado por Cánovas excluía a cualquier partido ajeno al turno bipartidista.

MOVIMIENTOS OBREROS DE FINAL DE SIGLO XIX

La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) desapareció en Europa en 1872, tras la derrota de la Comuna de París, y trasladó su consejo a Nueva York. Pero en España el sector anarquista, que se había impuesto como mayoritario, mantuvo una identificación con sus principios.

La corriente anarquista se mantuvo en la clandestinidad por la durísima represión que comenzó en 1874. Estaba organizada en sindicatos locales y de rama y tenía su fuerza, sobre todo, entre el proletariado campesino de Andalucía, así como entre los obreros industriales de Levante y Cataluña. Se consolidaría definitivamente como sindicato en 1911 con la creación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), sindicato anarcosindicalista.

La aprobación de la ley de asociaciones fortaleció a las organizaciones obreras que se habían formado al amparo de la liberalización política puesta en marcha por el primer gobierno de Sagasta de 1881-1883 y que les había permitido actuar en la legalidad. Fue el caso de la anarcosindicalista Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE) fundada en Barcelona en septiembre 1881 y que llegó casi a alcanzar los 60.000 afiliados agrupados en 218 federaciones, en su mayoría jornaleros andaluces y obreros industriales catalanes.

Sin embargo la FTRE se disolvió en 1888 al imponerse el sector del anarquismo que se oponía a una organización pública, legal y con una dimensión sindical que anulaba todo «espontaneísmo». Todo tipo de organización limitaba la autonomía individual y además propiciaba su «aburguesamiento».

La postura contraria era la «sindicalista», que propugnaba el fortalecimiento de la organización para mediante huelgas y otras formas de lucha arrancar a los patronos mejoras salariales y de las condiciones de trabajo. Al triunfo de la tendencia «espontaneísta» e «insurreccionalista» contribuyó la brutal represión que desató el gobierno sobre los anarquistas andaluces a raíz de los asesinatos y robos atribuidos a la "Mano Negra" en 1883, una misteriosa y supuesta organización anarquista clandestina que no tenía nada que ver con la FTRE. El movimiento anarquista siguió presente en publicaciones e iniciativas educativas, pero la disolución de la FTRE abrió el camino para las acciones individuales de carácter terrorista, para la propaganda por el hecho que habría de proliferar en la década siguiente.

En mayo de 1879 los socialistas habían fundado el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) con el objetivo de «procurar la organización de la clase trabajadora en un partido político, distinto y opuesto a todos los de la burguesía». En agosto de 1888, los socialistas convocaron un Congreso Obrero en Barcelona del que nació el sindicato Unión General de Trabajadores (UGT). Díez días después, se celebró en Barcelona el I Congreso del PSOE, que ratificó a Pablo Iglesias como su presidente. El PSOE se integró en la Segunda Internacional.

Frente al rápido crecimiento de las organizaciones anarquistas, el crecimiento del PSOE y de su sindicato UGT fue muy lento y nunca consiguió arraigar ni en Andalucía ni en Cataluña. En las elecciones de 1891, los socialistas obtuvieron poco más de 1.000 votos en Madrid y 5.000 en toda España. Hasta 1910, presentándose en solitario, el PSOE no pasó nunca de los 30.000 votos en todo el país; y no consiguió ningún diputado.

Una de las causas del lento crecimiento de las organizaciones obreras fue el papel del republicanismo, que se había constituido en referencia política para los sectores obreros y populares. A diferencia del anarquismo y del socialismo, el republicanismo no formaba organizaciones exclusivamente obreras, sino partidos interclasistas; no cuestionaba los fundamentos de la sociedad capitalista. Luchaba por conseguir reformas: el fomento del cooperativismo, la constitución de jurados mixtos entre patronos y obreros, la concesión de créditos baratos a los campesinos o el reparto de algunas tierras.

A raíz de la publicación de la encíclica papal "Rerum novarum" (1891), que alentaba a que se tomaran iniciativas en el campo social, el mundo católico intentó crear un movimiento obrero con esa significación confesional. En España surgieron los Círculos Católicos de Obreros, promovidos por el jesuita Antonio Vicent, así como las asociaciones profesionales de carácter mixto, obrero y patronal.

En 1887 la crisis económica empeoró las condiciones de vida y provocó numerosos despidos de obreros. En la última década del XIX fue cuando el movimiento obrero de carácter socialista experimentó un fuerte crecimiento, mientras que los anarquistas se debilitaron debido a la dura represión desencadenada por los crímenes atribuidos a una organización anarquista secreta, la Mano Negra (1883). Las divisiones internas contribuyeron también a la división de los anarquistas.

En 1890 se produjo la primera huelga general de la minería vizcaína, a raíz del despido de varios trabajadores. A partir de esta huelga, comenzaron a implantar sindicatos por todo el país. El PSOE comienza a tener algunos triunfos electorales en las elecciones municipales de algunas zonas industriales.

A primeros del siglo XX, la movilización obrera consiguió la aprobación de varias leyes que mejoraban las condiciones jurídicas y regulaban los derechos de los trabajadores: la Ley de Accidente de Trabajo (1900), la Ley de Protección a las Mujeres y los Niños (1900), la creación del Instituto de Reformas Sociales (1903) y la del Instituto Nacional de Previsión (1908).

EL ANARQUISMO AGRARIO: DE LA CLANDESTINIDAD A LA MANO NEGRA (1874-1884)

Después de la escisión de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) en el Congreso de La Haya en 1872, la organización obrera internacional quedó mayoritariamente en manos de los anti-autoritarios bakunistas. La Federación Regional Española (FRE), integrada en la Internacional anarquista a partir del Congreso de La Haya, fue prohibida tras el triunfo del general Pavía que puso fin a la República Federal y tuvo que actuar en la clandestinidad.

La paulatina desintegración de la AIT y la clandestinidad de la Federación Regional Española (FRE) a partir de 1874 aislaron a los internacionalistas peninsulares respecto del resto de Europa. Durante ese tiempo experimentó un proceso de radicalización hasta su disolución en 1881. Le sustituyó la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE) fundada en el Congreso Obrero de Barcelona de 1881. La nueva FTRE se expandió rápidamente. Tanto la FRE como después la FTRE a partir de 1881 rechazaron la noción comunitaria y mantuvieron el anarco-colectivismo de Bakunin como doctrina oficial. En el Segundo Congreso de la FTRE, celebrado en Sevilla en 1882, se formó un grupo más radical,  contrario a los defensores de la huelga reglamentaria y solidaria, que rechazaban todo acto de violencia. La nueva organización revolucionaria se llamó Los Desheredados.

La escisión entre ambos grupos reflejaba la división fundamental en el anarquismo español entre el anarquismo rural y el movimiento obrero urbano e industrial de Madrid y Barcelona. En la ciudades la mejor arma para la lucha política era la huelga general, mientras que en el campo los métodos de lucha deberían ser distintos. En las zonas agrarias era difícil organizar sindicatos obreros por la enorme dispersión de la población. Los anarquistas andaluces se vieron obligados a agruparse en secciones secretas diseminadas por toda Andalucía, siguiendo la táctica de pequeños grupos subversivos, acordes con los ideales de la Alianza de la Democracia Socialista de Bakunin de la primera mitad del siglo.

A partir de 1878 la quema de cortijos y destrucción de plantaciones y ganado aumentó en Andalucía y el descontento se agravó en 1879 con la crisis de hambre y desempleo. En Cataluña, Valencia y Andalucía se repetían escenas de trabajadores mendigando y jornaleros implorando caridad pública. En 1879, ante el clima de malestar público, el Gobierno inició una campaña contra las asociaciones políticas ilícitas y grupos clandestinos, entre los que figuraba la Mano Negra, que parecía tener ramificaciones por toda Andalucía. En pocas semanas las cárceles andaluzas estuvieron repletas de braceros acusados de pertenecer a esta organización secreta. La represión oficial que castigó los supuestos crímenes pronto se convirtió en una guerra de exterminio contra la AIT. La FTRE intentó eludir toda responsabilidad y las Federaciones comarcales se sintieron abandonadas a la venganza de patronos y autoridades. La Mano Negra denunció a los jefes del movimiento obrero. La FTRE rechazaba identificarse con la Mano Negra.

«El repudio de la Mano Negra por la Internacional española y las respuestas amenazadoras con que aquella reaccionó ofrecen fundamento para afirmar que dentro del movimiento existía una profunda ruptura en cuanto a las posiciones ideológicas. Estas diferencias son reflejo natural de la división entre lo rural y lo urbano, lo industrial y lo agrícola, subrayan la dualidad observada a lo largo de todo el siglo. Solo un acercamiento de esos dos mundos podría producir la unidad del movimiento obrero, su triunfo o fracaso. Que esta fusión no se logró lo prueba la aparición de otras organizaciones andaluzas que, como Los Desheredados, recogieron los mismos principios de lucha de la Mano Negra. Aunque esta fue probablemente aplastada para siempre en 1883, sus ideales básicos continuaron expresando la determinación del campesinado andaluz a crea una sociedad más justa. Las autoridades aprovecharon el proceso de la Mano Negra para frenar rápida y eficazmente el movimiento obrero. [...]

La ruptura de la FTRE y su desaparición en 1888 no fue un golpe mortal para el anarquismo, sino un urgente llamado al movimiento obrero para que volviera los ojos hacia la realidad española, más amplia y compleja de lo que pudieron sospechar inicialmente Fanello y sus discípulos bakunistas.

La FRE primero, y la FTRE después, no comprendieron cabalmente que el bracero andaluz y el obrero catalán, madrileño o levantino solo tenían en común su condición de clase oprimida. Campo y ciudad estaban profundamente separados por intereses distintos y por circunstancias diferentes. El anarquismo español concentró sus energías en los trabajadores industriales, mientras la gran masa campesina permaneció marginada en las zonas agrarias. Era imprescindible reorganizarse de acuerdo a otras concepciones sociales y políticas, válidas tanto para el campo como la ciudad. La Mano Negra planteó de manera definitiva la urgencia de estos problemas, hasta entonces soslayados por los obreros de las ciudades.» [Lida 1972: 257 y 259]

El anarquismo saldrá profundamente transformado de la dura prueba que supuso la severa represión de la que fue objeto bajo la ley de Cánovas en la Restauración desde 1874 a 1881. La persecución empujó a los anarquistas a la acción individual y justificó su rechazo a toda organización autoritaria. En los últimos diez años del siglo XIX se desarrolla en España, como en el resto de Europa, un clima favorable a los atentados terroristas. Exaltados militantes realizan actos sangrientos y absurdos. Criminales de delitos comunes sacan provecho de la situación cometiendo abusos con el pretexto de su convicción anarquista. El movimiento anarquista salió perjudicado de los episodios de la Mano Negra.

«Estos desvíos alteran la idea anarquista. La pureza, la generosidad original son desplazadas por este furor que todo lo devasta. Un peligro mortal amenaza la Idea. Afortunadamente tales atentados son fruto exclusivamente de algunos irresponsables. El pueblo no llega a comprenderlos. Las organizaciones obreras los desaprueban. Mientras que un cierto número de dirigentes anarquistas abandonan España y marcharn a América Latina, donde prosiguen la luche, en Andalucía, entre los años 1878 y 1880 asistimos a un brote episódico acción directa: en las grandes propiedades son incendiadas las cosechas. [...]

En Andalucía, la antigua esperanza mesiánica va a surgir de nuevo. El 8 de enero de 1892, en la ciudad de Jerez, un número destacado de obreros agrícolas se reúne a las puertas de la ciudad, y penetran en ella con el fin de liberar a los detenidos por el asunto de la Mano Negra. Los insurgentes consiguen apoderarse de dos o tres infelices, y los matan. Transcurridas algunas horas, llega el ejército y los insurgentes se dispersan. La represión será severa: cuatro cabecillas serán ejecutados y dieciocho condenados a trabajos forzados. [...]

Los líderes anarquistas de la época eran tan desinteresados que se les daba el sobrenombre de “Apóstoles de la Idea”. Como Fermín Salvochea, una figura de gran dignidad. [...] Tales figuras no son excepcionales entre los jefes anarquistas. Salidos a veces de familias honorables, a menudo muy cultos, sacrifican sus privilegios en defensa de la Idea. Llevan una vida sencilla; son austeros y puritanos; no fuman ni beben y su conducta sexual es irreprochable. La generación siguiente verá aparecer otro tipo de líderes: Francisco Ferrer por ejemplo, se apartará del puritanismo de sus antecesores; predicará el principio del amor libre.

Volviendo al episodio de Jerez, descubrimos un cierto aire de mesianismo. En su novela La Bodega, Blasco Ibáñez describe cómo una gran huelga de asalariados agrícolas excita los ánimos. Las conversaciones exaltadas inflaman a estos espíritus simples en los cafés de los pueblos y en las ciudades. Un buen día aparece y se propaga la consigna: hay que tomar Jerez. ¿De dónde procede este mensaje? En principio nadie lo sabe; los campesinos no están agrupados en organizaciones estructuradas.

A la hora convenida se concentra una gran multitud de campesinos. No hay jefes, ni organización, sino una efervescencia y una exaltación inmensa, la hora ha llegado. “No podemos esperar más, los insurrectos gritan viva la Revolución, viva la Anarquía”. Levantamientos similares ¿pertenecen a la historia de las revoluciones políticas?, o, mejor, ¿no pertenecen a esos fenómenos religiosos en espera de la parusía o del Apocalipsis?

Los insurgentes marchan sobre Jerez con la convicción de que Fernando Salvatierra, el apóstol, va misteriosamente a ponerse al frente de la acción. Están persuadidos igualmente de que el ejército y la guardia civil van a unirse a su causa. Penetran en la atemorizada ciudad. El grupo de rebeldes da vueltas y más vueltas por las calles. La incertidumbre llega a su punto máximo, se forman pequeños grupos quie, en el paroxismo del desorden, buscan en vano una víctima, asesinan a los viandantes que no se han ocultado. Fernando Salvatierra no aparece. El ejército y los guardias civiles no han traicionado a sus jefes. La revolución no se producirá todavía. La Buena Nueva era una falsa alarma. Las fuerzas del orden irrumpen en la ciudad, detienen a los rebeldes como peces dementes en la red. [...] Así concluía, en la confusión y el horror, la loca esperanza que había empujado a miles de miserables hacia las luces de la ciudad. La epifanía terminaba en desbandada.» [Bécarud / Lapouge 1872: 37 ss.]

«El anarquismo agrario andaluz no corresponde a un claro programa agrario de liberación definitiva, articulado en una organización campesina. La bárbara represión, aunque fuera luego en el marco de legalidad, frustró las iniciales tendencias del obrerismo organizado.» (José Álvarez Junco).

Los campesinos desposeídos, el proletariado rural, desde el momento de la desamortización sueñan con una nueva “desamortización”, que ellos llamar “el reparto”, el reparto de los bienes de los ricos entre los pobres a partes iguales. Esta palabra “el reparto” será la palabra mágica que alimentará las ilusiones de todas una lucha anarquista. Su ideal será una sociedad donde todos tengan algo “suyo”, y no una sociedad “de todos”.

«Entre 1845 y 1850 empieza a difundirse la palabra socialismo. Sin duda alguna el significado de esta palabra, importada de los países europeos más evolucionados, se vuelve aquí vago e incierto. El “reparto” no representa en manera alguna una apropiación colectivista de las tierras, sino, al contrario, el acceso al estatuto de los pequeños propietarios. Esto no impide que la ilusión socialista, aun deformada, alimente de ahora en adelante las esperanzas de los humildes y de los oprimidos y al mismo tiempo haga brotar el terror en los propietarios.» [Bécarud / Lapouge 1872: 19-20]

ideología del anarco-colectivismo a finales del siglo XIX

Declaración de Trabajadores de la Región Española al Congreso Democrático Federalista de Cataluña, del 1° de mayo de 1883.

«La declaración de Trabajadores anarco-colectivistas, que es la agrupación más numerosa que existe en España, no espera ni quiere nada del Estado y así de la organización de la clase trabajadora, organización distinta y opuesta a la de todos los partidos políticos; porque estos aspiran a la conquista del gobierno y los anarquistas deseamos la abolición de todos los poderes autoritarios.

Nuestro Primer Congreso celebrado en septiembre de 1881, dijo: ‘Al dirigir el Congreso el presenta Manifiesto a todos los obreros de la Región española han puesto especial empeño en marcar su línea de conducta con relación a los partidos políticos. Los delegados del Congreso declaran que los derechos individuales son por su naturaleza imprescindibles e ilegislables, que el sufragio universal, el derecho de asociación, la libertar de imprenta, así como la autonomía del individuo, del oficio, del municipio, de la comarca y de la región, no serán verdad mientras no se transforma la propiedad individual en colectiva, para que entrando las colectividades obreras a tomar posesión en usufructo de las fábricas, talleres, ferrocarriles, máquinas y herramientas, como igualmente de las primeras materias, suelo, subsuelo, minas, etc., quede por solo este hecho, el individuo emancipado económicamente y por tanto en condiciones de pactar con entera independencia y de ejercitar con entera libertad todos los derechos inherentes a la personalidad humana, siempre que el individuo cumpla con el imprescindible deber de producir’.

Después de agradecer infinitamente su atenta invitación, les deseamos, salud, anarquía, federación y colectivismo.»

Declaración pública de la Federación de Trabajadores anárquico-colectivistas, dirigida al conjunto de las asociaciones obreras y a la opinión pública.

El documento define algunos de los principios de la corriente anarquista: rechazo del Estado y de los partidos políticos y afirmación de que la emancipación del pueblo solo es posible con la abolición del poder autoritario del Estado. Resume los principios acordados en el Congreso de la Federación (1881): los derechos y libertades democráticos son imprescriptibles y para hacerlos realidad es necesario establecer la propiedad colectiva de los medios de producción. La emancipación política no es posible si la previa emancipación económica.

Con estos presupuestos, el anarco-colectivismo no tenía posible encaje en un sistema democrático de partidos. Los anarquistas no estaban dispuesto a entrar en el juego político de lucha por el poder del Estado.

Ideología del socialismo español a finales del siglo XIX

«La revolución social, o sea el acto de fuerza que permite a la clase obrera consciente conquistar los elementos necesarios para verificar la transformación de la propiedad de modo que las clases sociales queden abolidas y cada individuo sea dueño del producto de sus esfuerzos, es lo que constituye el principal deseo d los que ansían ver reinar la paz y la armonía en todos los seres humanos.

Pero no ser trabaja por la revolución social, no se va a ella hablando frecuentemente de matanza y exterminio. No se va a la revolución social predicando al obrero que mate al patrono que le explota. Ni aconsejando a los trabajadores que se apoderen de lo que haya en los escaparates y en las tiendas, ni hablándoles de quemar edificio y destruir otras propiedades. Ni haciendo uso de materias explosivas. Ni recomendándoles el motín.

Se va a la revolución social, dando a conocer a los trabajadores las causas de su inferioridad social; haciéndoles notar los efectos de los fenómenos económicos y el fundamento que estos tienen; organizándolos en todas partes, para que puedan luchar contra sus patronos cuando estos traten de empeorar su situación o se opongan a las mejoras que reclamen; organizándolos igualmente para que se peleen en el terreno político con todos los partidos que representan a la clase patronal; en una palabra, dándoles la conciencia y el vigor necesarios, a fin de que, llevado que sea el momento oportuno, tenga empuja bastante para vencer a la burguesía y capacidad suficiente para crear el nuevo orden social que ha de reemplazar el régimen capitalista.» [Pablo Iglesias, en El Socialista, 25 de noviembre de 1892]

Las ideas fundamentales desarrolladas por Pablo Iglesias: la afirmación de la necesidad de la revolución social para llevar a la paz y la armonía entre los hombres; rechazo de las acciones subversivas, los atentados y el pillaje como vía para llevar a esa revolución social; las vías para la revolución social deben ser la educación y esclarecimiento de los trabajadores, su organización política y encuadramiento sindical para derrotar a la burguesía y establecer el nuevo orden social que reemplace al capitalismo.