La Guerra Civil (1936-1939)

Justo Fernández López


La Guerra Civil (1936-1939)

«Se ha dicho que no se ha escrito aún la gran novela de la guerra civil española, nuestra Guerra y paz. Esa, francamente, hoy por hoy, en España, no se le aceptaría ni a Tolstoi, tan cervantino, ni a Cervantes, tan español.» [Andrés Trapiello]

Guerra Civil (1936-1939)

RESUMEN

 

 

 

 

 Factores

Desde 1933 se estaba gestando una basta conspiración con elementos militares, falangistas, carlistas y alfonsinos. Esta conspiración se aceleró con el triunfo electoral del Frente Popular en febrero de 1936. Se produjo el levantamiento contra la República, que fracasó en las principales ciudades por la reacción de las milicias obreras, lo que hizo que el levantamiento se transformase en guerra civil. La ayuda exterior por parte de Alemania e Italia hizo que la lucha se prolongara tres años.

Enfrentamiento entre terratenientes y proletariado campesino.

Anticlericalismo republicano: quema de conventos.

Incapacidad del Gobierno (debilidad del Ejecutivo) para enfrentarse a movimientos populares y revolucionarios: anarquismo y comunismo.

Descontento del ejército, sometido a una profunda reorganización.

Choques de ideologías: fascistas y comunistas marcan la vida pública.

Los grandes partidos son arrastrados por la inestabilidad política europea.

Los sublevados son los partidos de derechas, es decir, Falange Española, las JONS, Renovación Española y la CEDA. Todos estos apoyados por las clases populares de zonas campesinas. En esta situación, la Iglesia Católica le da a la contienda un carácter de Cruzada contra el comunismo ateo.

Factores que desencadenaron el levantamiento contra la República: intento de poner fin a las reformas económicas y sociales del Frente Popular; defensa de los privilegiados de la Iglesia Católica; miedo de una revolución comunista; deseo del ejército de tener de nuevo un papel decisivo en la vida política de España; poner fin a los continuos desordenes públicos.

Pero no todos los que luchaban contra Franco defendían la misma República. Los anarquistas abominaban de los políticos y de cualquier forma de Estado.

 

 

 Desarrollo

El alzamiento de 1936 se organizó con todo detalle.

El coordinador del golpe fue el general Emilio Mola.

La sublevación de los nacionales triunfó en muchos lugares, pero fracasó en las ciudades más importantes.

Los rebeldes controlaban la meseta norte, Galicia, Álava, Navarra, Aragón y Baja Andalucía.

Los republicanos controlaban las principales ciudades, centros financieros e industriales.

La victoria militar de Franco fue debida en no escaso grado al apoyo decidido que le prestaron las potencias fascistas y al pacto de No Intervención que resultó letal para la República.

 

 1936

 

17-21 de julio de 1936: sublevación militar, fracaso en las ciudades principales; muerte en accidente de aviación del líder del levantamiento, el general Sanjurjo; movimiento revolucionario en la zona republicana: el socialista Largo Caballero forma gobierno en septiembre de 1936; el general Francisco Franco es nombrado Generalísimo y jefe de Gobierno en Burgos en octubre de 1936; batalla de Madrid en noviembre de 1936: los sublevados no logran conquistar la capital; las tropas de Franco reciben ayuda alemana e italiana; la República recibe ayuda de la Unión Soviética; las Brigadas Internacionales luchan en el bando republicano contra los sublevados.

 

 1937

Derrotas de las tropas de Franco en las batallas del Jarama y Guadalajara; ofensiva de los nacionales en el norte: bombardeo de la ciudad vasca de Guernica por la Legión Cóndor alemana; caída de Bilbao y Santander; ofensivas republicanas de Brunete y Belchite.

Disturbios en Barcelona, enfrentamiento entre el socialista Largo caballero y los comunistas; el socialista Juan Negrín, nuevo jefe de Gobierno; batalla de Teruel.

 

 

 1938

Contraofensiva de los nacionales, que llegan al Mediterráneo, el territorio republicano queda partido en dos zonas.

Ofensiva republicana en el Ebro entre julio y noviembre de 1938.

Se retiran las Brigadas Internacionales.

Inicio de la ofensiva de las tropas de Franco sobre Cataluña.

 

 

 1939

Caída de Barcelona.

Dimisión de Manuel Azaña de la presidencia de la República.

Insurrección de la flota en Cartagena y del general Casado en Madrid.

Entrada de las tropas nacionales en Madrid el 28 de marzo de 1939.

El 1 de abril de 1939, Francisco Franco proclama: “La guerra ha terminado”.

 

 

 

 

 

 

 Consecuencias

Políticas:

Gobierno personal autoritario de Franco hasta su muerte en 1975.

Monarquía sin rey; Estado reglamentado mediante Leyes Fundamentales.

Represión política (“purgas”), erradicación del pluralismo político; exilio para los contrarios al régimen.

Económicas:

Política de autarquía por la privación de fuentes de aprovisionamiento debido al inicio de la Segunda Guerra Mundial y bloqueo aliado tras la guerra.

Internacionales:

Neutralidad de Franco, que solo envía la División Cóndor en ayuda de la Alemania nazi.

La Segunda Guerra Mundial frena la recuperación.

Aislamiento internacional después de la guerra hasta los años cincuenta: Concordato con el Vaticano y Convenio con los EE UU.

 

«Preparada por el general Mola como un hachazo simultáneo en todas las comandancias, la rebelión fracasó en su objetivo de apoderarse de la totalidad de España. Los militares se dividieron y fueron muchos los que manifestaron su fidelidad a la República. El país mismo se partió en dos:

Castilla la Vieja, Galicia, gran parte de Andalucía, Navarra y Aragón, la España rural, dominada por señoritos y sotanas, casó en manos de los sublevados.

En la zona de la República quedaban Madrid, Vizcaya, Guipúzcoa, Asturias, Cataluña, el Levante y Andalucía oriental.

Mientras estuvieron inmovilizadas las tropas españolas de Marruecos, la superioridad correspondería a la República. La ventaja inicial, sin embargo, empezó a desbaratarse cuando Franco y su ejército africano aprovecharon el desbarajuste creado en el bando republicano por anarquistas, socialistas, comunistas y nacionalistas, enfrentados entre sí por cuestiones ideológicas y de estrategia, para cruzar el Estrecho con la ayuda de aviones alemanes e italianos, adueñándose de toda Andalucía occidental, progresar por Extremadura, tomar Badajoz y entrar en Toledo.

Largo Caballero, jefe de gobierno, tuvo que elegir entonces entre hacer la revolución o intentar ganar la guerra, lo que ene estrategia militar quería decir inclinarse por las milicias o el ejército. Contra de su currículum podía esperarse, optó por la segunda vía y ordenó la organización del ejército popular de la República, cuyo debut en Madrid no pudo ser más esperanzador.

Las tropas sublevadas, acostumbradas a la victoria fácil y a los enemigos débiles y divididos, se estrellaban por fin con una defensa organizada y combativa. La resistencia en la capital de España, dirigida por José Miaja, frenaba el avance relámpago de aquel ejército labrado en las arenas del desierto africano, confirmando la idea que tenia Franco de la guerra, una contienda larga que había que ganar palmo a palmo por cada población.

Tras la batalla de Madrid, el grito de ¡no pasarán!, resucitado por la dirigente comunista Dolores Ibárruri, la Pasionaria, se convirtió en símbolo internacional de la resistencia al fascismo. Fue un poco la guerra de todos. [...]

Franco sabía que, para salir triunfante de una guerra que se aventuraba larga, el liderazgo debía estar bien definido, por lo que apretó las filas de los carlistas y falangistas con un decreto de unificación que atajaba las diferencias. La suerte, legendaria desde sus campañas en Marruecos, volvería a sonreírle en 1937, ratificando su aureola de jefe político y militar de la España nacional. Mola se estrellaba con su avioneta en una colina burgalesa mientras preparaba un asalto a Bilbao. Al otro general –Sanjurjo– que también se podía haber enfrentado al jefe del gobierno de Burgos, la muerte le sorprendió la víspera del alzamiento. Lo mismo que a los políticos, José Calvo Sotelo y José Antonio Primo de Rivera, ejecutado éste por los republicanos en los primeros meses de la contienda, que hubieran podido desafiarlo. Como remate del proceso de legitimación de la guerra, el episcopado español se dirigió a los católicos del mundo con una pastoral colectiva en la que explicaban el carácter religioso de la contienda. La Iglesia echaba todo el peso de su fuerza legitimadora en apoyo de Franco. [...]

Numerosas consignas inventadas o recicladas por la retórica del Movimiento Nacional sirvieron para identificar esta conjunción precaria de altares, sables monárquicos, ideales falangistas y mosquetones del carlismo; la más popular, la de España, una, grande y libre, fue la música de fondo del nacionalismo franquista. [...]

El terror de la guerra prendió de tal forma en la población civil que muchos españoles consiguieron en esos días ejecutar las venganzas que habían gestado durante demasiados años en la oscuridad de sus mentes. En cada ciudad, en cada pueblo, los partidarios de uno y otro bando aprovecharon el río revuelto de la guerra para saldar viejas cuentas. Todos los que pensaban de otro modo, los políticos de partido o sindicato, los curas o, simplemente, los diferentes por heterodoxos y poetas, fueron obligados a dar un paseo del que nunca regresarían.» [García de Cortázar 2002: 256 ss.]

La organización del golpe de Estado contra la República

A la altura de julio de 1936 existían varios grupos preparando un golpe de Estado para acabar con la legalidad constitucional. El más antiguo de ellos era la trama cívico-militar de carácter monárquico que había protagonizado, en agosto de 1932, el fracasado golpe de Sanjurjo y hasta 1936 persistió en su intento de retornar al régimen anterior por cualquier medio posible. El segundo gran grupo de conspiradores pertenecían a la extrema derecha; Primo de Rivera pretendió organizar un golpe de fuerza en el otoño de 1935, pero la indiferencia de los militares que fueron sondeados paralizó la organización. El tercer grupo fue sin duda el más importante, pues en su mano estaban nada menos que la mayor parte de las mejores unidades del Ejército regular; entre 1933 y 1935 la conspiración castrense estuvo dirigida por la Unión Militar Española (UME), un colectivo secreto de jefes y oficiales que fue ganando influencia en los cuarteles pero sin alcanzar a seducir al generalato. A partir de 1935 los altos mandos entraron en contacto con la UME e iniciaron una segunda y rigurosa fase de la conspiración; ésta no tenía un carácter ideológico tan marcado como las anteriores, y pretendía con su acción la restauración del orden público y la reforma constitucional en aspectos sensibles a los conservadores.

Desde abril de 1931, y más aún desde febrero de 1936, sectores de las fuerzas armadas piensan, organizan y proyectan un golpe que ponga fin a la Segunda República Española y que permita desplegar una represión sin límites. En marzo de 1936 comienzan a ultimarse detalles. El Estado Mayor del golpe surge de la ultraderechista Unión Militar Española (UME), formada en 1934 por iniciativa de Sanjurjo y cuyo jefe de Estado Mayor es Francisco Franco. El plan es elaborado por el general Emilio Mola (1887-1937), y cuenta con el visto bueno del mismísimo Sanjurjo. Es impulsado por capitalistas (locales y foráneos), y terratenientes. Mussolini, que ya había ayudado a Sanjurjo en 1932, se comprometió en 1934 a apoyar un nuevo intento de sublevación. La Iglesia, a través del cardenal Pedro Segura (1880-1957) fundamenta ideológicamente la acción. El diario ABC, órgano de propaganda del alzamiento, busca unificar las opiniones del derechismo.

Las fuerzas de la reacción se aglutinan. La tríada ejército-falange-requetés se concreta y el plan queda listo. Franco, desde Canarias, debe ponerse al frente del alzamiento en Marruecos que iniciará Yagüe. Desde allí se dirigirá en barco hacia España, al mismo tiempo que Mola y Gonzalo Queipo del Llano (1875-1951) inicien la rebelión en Navarra y Sevilla respectivamente. Los falangistas apoyarán las acciones en cada pueblo o ciudad. En Marruecos, falangistas y militares se saludan al grito de «¡CAFÉ!», sigla de «¡Camaradas, Arriba Falange Española!» No casualmente, allí, tierra de la Legión, comenzará la ejecución del plan golpista.

A comienzos de julio los preparativos estaban ultimados. Mola se había convertido en el principal organizador del golpe, recibiendo una propicia acogida en Navarra, donde los carlistas pusieron a su disposición todos los preparativos que ya habían adelantado. Mola pretendía que se realizara un golpe de Estado clásico: un rápido golpe de mano militar (con la sublevación coordinada de todas las guarniciones militares) que provocaría una inmediata caída del Gobierno. En caso de que esto no sucediera, la sublevación de las distintas regiones militares sería el preámbulo de la declaración del estado de guerra: Mola, desde el norte, y Franco, con el ejército de África desde el sur, convergerían sobre Madrid, donde Fanjul habría sublevado los cuarteles.

Si el triunfo no era inmediato, los enfrentamientos durarían unas semanas; dos o tres meses a lo sumo si sindicatos y partidos de izquierda se hacían con armas y ofrecían resistencia. Después Sanjurjo desde Portugal, donde estaba exiliado, volaría a Madrid para encabezar un directorio militar al estilo del instaurado por Miguel Primo de Rivera trece años antes.

Lo que iban a poner en marcha los militares conjurados no era un pronunciamiento al estilo decimonónico (forzar determinadas "situaciones" partidistas), sino que iba mucho más lejos. El problema estaba en que los militares y las fuerzas políticas que les apoyaban (fascistas, monárquicos alfonsinos, carlistas, católicos de la CEDA) defendían proyectos políticos distintos, aunque todos coincidían en que la "situación futura” no sería democrática, y tampoco liberal, porque el significado social de fondo de la conspiración era inequívoco: la "contrarrevolución", aun cuando fuera contra una revolución inexistente en la práctica.

Todo estaba preparado; tan sólo faltaba una ocasión propicia. El doble crimen del teniente Castillo y Calvo Sotelo sirvió como justificación para encender la mecha de la mayor tragedia en la España del siglo XX.

Los detonantes

Es evidente que el golpe está preparado con mucha antelación. También lo es que el inicio de una guerra civil no puede explicarse por algún suceso aislado y puntual. A pesar de ello, los asesinatos del teniente Castillo y de Calvo Sotelo en julio de 1936 adquieren gran relevancia.

El 12 de julio de 1936, a las 10 de la noche, el teniente José del Castillo (1901-1936), de la Guardia de Asalto, camina hacia su trabajo. De repente, cuatro hombres lo interceptan, le disparan y huyen. Él intenta desenfundar su arma, pero es demasiado tarde. Muere poco después. Dirigentes de la «primera línea» de la Falange se atribuyen el asesinato de Castillo, ratificando lo que todo el mundo daba ya por descontado. Comprometidamente republicano y antifascista, Castillo impartía entrenamiento militar a las Juventudes Socialistas Unidas (JSU), formadas ese año a partir de la unificación de las Juventudes Socialistas y Comunistas. Además, en varias ocasiones había participado en la represión de los disturbios callejeros producidos por militantes de Falange.

Al día siguiente, un grupo de guardias de asalto se presenta en la casa de Calvo Sotelo. Tras registrar la vivienda, lo detienen. Sotelo se inquieta, pero sus públicos llamamientos a la subversión contra la República hacen verosímil la existencia de una orden de detención. La presencia de un capitán de la Guardia Civil, institución reconocida por su participación en la represión a movimientos populares, termina de convencerlo, y accede a subir al carro. Dicen que al despedirse de su esposa, tras prometerle comunicarse con ella, habría agregado: «si es que estos señores no me llevan a pegarme cuatro tiros». A las pocas cuadras recibe dos disparos en la cabeza, y su cuerpo es dejado en el Cementerio del Este.

En el cementerio, el día 14 de julio, con una diferencia de pocas horas, son enterrados el teniente Castillo y Calvo Sotelo. El ataúd de Castillo es envuelto en una bandera roja. Una multitud de compañeros de la Guardia de Asalto y de sus jóvenes discípulos comunistas y socialistas lo despide con el puño en alto.

El cadáver de Sotelo, en cambio, es cubierto con un hábito, y entre las manos le ponen un crucifijo. Sobre el ataúd está la bandera roja y gualda de la monarquía. El fascismo se moviliza en pleno. Goicochea, dirigente del partido de Sotelo, proclama: «Ante esa bandera colocada como una reliquia sobre tu pecho, ante Dios que nos oye y nos ve, empeñamos solemne juramento de consagrar nuestra vida a esta triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte, salvar a España, que todo es uno y lo mismo, porque salvar a España será vengar tu muerte, e imitar tu ejemplo será el camino más seguro para salvar a España.» (Citado en Broué y Témine: Revolución y Guerra en España.)

El comienzo de la Guerra Civil abierta es cuestión de días. Indalecio Prieto, que no representa la tendencia más radicalizada del antifascismo, encabeza un grupo de socialistas y comunistas que le pide a Casares Quiroga que distribuya armas. Pero el primer ministro se niega. Cuatro días después, en Melilla, comienza el alzamiento militar.

SUBLEVACIÓN MILITAR DEL 18 DE JULIO DE 1936

El 17 de julio en el Protectorado de Marruecos y el 18 de julio en la Península se produce el intento de golpe de Estado, en un principio liderado por el general Mola —que firmaba como «el Director»—, apoyado por Falange y los carlistas. Entre los generales se encuentra el general Francisco Franco que posteriormente se hará con el poder de los rebeldes. Con el fracaso del golpe de Estado en la mayor parte del país, y el apoyo imprescindible de las potencias fascistas europeas se inicia la última guerra civil española.

Uno de los argumentos que utilizaron los defensores del “golpe de fuerza” eran los desórdenes que se habían producido en algunas ciudades durante las celebraciones del triunfo del “Frente Popular” y especialmente los motines de presos “políticos y sociales” que se produjeron en algunas cárceles que exigían su puesta en libertad en aplicación de la amnistía, que constituía el primer punto del programa con el que había ganado las elecciones la coalición del Frente Popular. También había habido manifestaciones e incidentes pidiendo no sólo la amnistía sino la readminsión de todos los trabajadores despedidos con motivo de la Revolución de Octubre de 1934. Incluso en algunas ciudades la UGT y la CNT declararon la huelga general en apoyo de esas reivindicaciones, que fue respondida, como en Zaragoza, por la declaración del estado de guerra por parte del general Miguel Cabanellas, jefe de la V División Orgánica, y la manifestación obrera que finalmente tuvo lugar fue disuelta por la guardia de asalto con el resultado de un muerto y de varios heridos.

«Las derechas habían perdido todo poder político y los militares desafectos aguantaron, aunque no por mucho tiempo. La verdad parece ser que finalmente llegó a ser inevitable solamente por la deliberada política del Gobierno, primero, y por los socialistas, en segundo lugar, que trataban de provocar directamente una sublevación. Tanto el Gobierno como los  socialistas creían que sería una rebelión débil y fácilmente aplastada. Casares Quiroga  pensaba que tendría el efecto de fortalecer el Gobierno, mientras los socialistas de Largo Caballero creían que la crisis provocada sería el modo más directo para dar vía libre al  proceso revolucionario y permitirles hacerse con el poder. Los socialistas no se equivocaron totalmente, pero su proyecto se limitaría a poco más que la mitad de un país en guerra, y la nueva República sería  un régimen revolucionario y violento. La democracia ya había desaparecido antes, y su muerte fue la verdadera causa de la Guerra Civil.» [Stanley G. Payne, en La Razón – 12 de abril de 2011]

«El Gobierno constitucional sobrevivió a la revolución de octubre de 1934 y gobernó con la ley durante más de un año. A pesar de la campaña masiva de las izquierdas y el Comintern sobre la  represión en España, que trataba de resucitar la imagen de la Leyenda Negra, los términos de la represión fueron en realidad los más blandos comparándolos con los empleados en cualquier país europeo contemporáneo que hubiera sufrido una rebelión revolucionaria seria. (La total ineficacia de una represión blanda fue uno de los factores que convencieron a los militares sublevados en 1936, que debían imponer su propia represión mortífera y sin piedad). Luego la República en pocos meses otorgó a todos los partidos insurrectos una libertad total para tratar de ganar en las urnas lo que no habían conseguido por la violencia.

Fue entonces cuando empezó el proceso directo y continuo de la destrucción de la democracia. Los motines, coacciones y destrucciones que se sucedieron tras las nuevas elecciones  –16 de febrero de 1936– alteraron los resultados en doce provincias y convirtieron un empate en las urnas en una victoria del nuevo Frente Popular. Luego, bajo los Gobiernos de Azaña y Casares Quiroga, en los cinco meses siguientes, tuvieron lugar el largo elenco de actos ilegales y violentos, absolutamente sin parangón en la historia de cualquier democracia europea en tiempo de paz internacional: el fraude electoral, miles de detenciones políticas arbitrarias, la violencia política contra personas, la ola de grandes huelgas violentas y destructivas, el masivo incendio de iglesias, centros derechistas y propiedades privadas, la ocupación ilegal de tierras, la  politización de las fuerzas de seguridad y de los tribunales, la censura frecuente y caprichosa, el cierre arbitrario de las escuelas católicas (y también de iglesias en algunas provincias), la incautación de iglesias y propiedades del clero, la disolución arbitraria de organizaciones derechistas y la impunidad ante los actos criminales de muchos  miembros de los partidos del Frente Popular.» [Stanley G. Payne, o. cit.]

La República ante el golpe militar del 18 de julio de 1936

«Pese a disponer de información policial sobre los preparativos golpistas, el Gobierno no supo qué camino tomar tras la sublevación. Cuando los partidos se dieron cuenta de que un Ejecutivo de unidad era indispensable, los rebeldes controlaban ya más de la mitad del territorio español.

Azaña y Casares decidieron, ante esos informes, que solo existían dos opciones: abortar el movimiento ordenando la detención inmediata de todos los implicados o esperar que la conspiración estallase para yugularla y destrozar de una vez la amenaza constante que desde su nacimiento venía pesando sobre la República. Optaron por la segunda. Largo Caballero, ante los informes de inminente rebelión respondía: si los militares “se quieren proporcionar el gusto de dar un golpe de Estado por sorpresa, que lo den”. Que lo den, porque a la clase obrera unida nadie la vence.

De esta manera, republicanos, socialistas y anarcosindicalistas se mantuvieron desde principios de junio en una agotadora espera de la rebelión, los primeros repitiéndose que era necesario que el grano estallase para así extirparlo mejor; los segundos, convencidos de que la iniciativa de los militares abriría a la clase obrera las puertas del poder cabalgando sobre una huelga general; los terceros, decididos a responder en la calle con las armas. Las voces de alerta que llegaban de gentes más cautas cayeron en oídos sordos. No había más que esperar.

Una semana después, el viernes, 17 de julio, Santiago Casares informó al Consejo de Ministros de que la rebelión había triunfado en Melilla y que era de temer su triunfo en el resto de las plazas de África. El Gobierno se limitó a publicar en la mañana del 18 un comunicado en el que daba ya la sedición por sofocada.

Ante la evidencia de que aquella rebelión nada tenía que ver con un pronunciamiento al estilo de Primo de Rivera o de Sanjurjo, el presidente del Gobierno no supo qué camino tomar, salvo el de la dimisión. Militantes de sindicatos, partidos, juventudes y milicias habían comenzado a echar mano a pistolas y fusiles y a salir ellos también a la calle para resistir en grupos informales a la acción subversiva de los militares. Exigían armas aunque nadie en el Ejecutivo estaba dispuesto a entregarlas. La rebelión, mientras tanto, se había extendido por la península. Largo Caballero rechazó por tercera vez la participación socialista y solo prometió su apoyo al presidente del Gobierno José Giral bajo la condición de que procediera a repartir armas a los sindicatos.

Constituiría un error atribuir al reparto de armas el origen de esta revolución, sobrada de fuerza para destruir. Ante todo, porque desde la tarde del mismo día 18, automóviles y camionetas “erizados de fusiles” habían comenzado a circular por las calles de Madrid y Barcelona. De hecho, en Cataluña, la CNT y la FAI festejaron el 18 de julio como el día de la revolución más hermosa que habían contemplado todos los tiempos. No fue el reparto de armas, fue la rebelión militar que pulverizó en sus fundamentos jurídicos y morales la autoridad del Estado, lo que abrió ancho campo a una revolución movida en las primeras semanas por el propósito de liquidar físicamente al enemigo de clase: al ejército, la iglesia, los terratenientes, los propietarios, las derechas o el fascismo; una revolución que soñaba edificar un mundo nuevo sobre las humeantes cenizas del antiguo.

El daño para la República fue que esa revolución, en manos de grupos armados con pistolas, fusiles y algunas ametralladoras, era por su propia naturaleza impotente para oponer una defensa eficaz del territorio allí donde los rebeldes disponían de tropas para pasar a la ofensiva. Los militares lo entendieron enseguida y buscaron en la Italia fascista y la Alemania nazi los recursos necesarios para convertir su rebelión en una guerra civil. A los partidos, sindicatos y organizaciones juveniles que resistieron la rebelión les costó más tiempo, y no pocas luchas internas, convencerse de que la revolución sucumbiría si el resultado de la guerra era la derrota. Para cuando lo entendieron y se incorporaron al Gobierno con el propósito de iniciar una política de reconstrucción del ejército y del Estado, la República, abandonada por las potencias democráticas, había perdido ya más de la mitad de su territorio.» [Santos Juliá: “Qué sabía y qué hizo la República el 18 de julio”, en El País – 17.07.2011]

COMIENZOS DE LA GUERRA CIVIL

Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936, las ocupaciones de tierras, sobre todo en la mitad sur de la Península, así como la aceleración de la reforma agraria contribuyeron a aumentar la tensión. En la industria aumentó el número de huelgas. Se agravó la violencia: volvió la quema de conventos y de iglesias del principio de la República. Se recrudecen los actos violentos de grupos de la extrema derecha, junto al pistolerismo de la patronal.

Pero el detonante de la Guerra Civil fue el elemento militar. Desde la proclamación de la Segunda República, altos mandos militares habían conspirado contra ella. El 6 de mayo de 1935, Gil Robles, líder de la coalición derechista CEDA, fue nombrado ministro de la Guerra y se rodea de los militares más conspiradores: Francisco Franco y Emilio Mola. El fracaso del general Sanjurgo en su intento de golpe de Estado en 1932 les había desanimado. Ahora sabían que una sublevación debería ser preparada más minuciosamente.

El gobierno republicano, tras ganar las elecciones de 1936, comete el gran error de enviar fuera de la Península a los militares más conspiradores, entre ellos el general Franco, que es enviado a Canarias y Goded a Baleares. La intención era tenerlos alejados de toda acción militar contra la República, sin darse cuenta de que precisamente en estos destinos fuera de la Península les dejaba las manos libres para conspirar y escapar al contror de los servicios de seguridad del estado. Aunque se percibían movimientos conspirativos, el gobierno republicano no los tomó en serio y no reaccionó.

Desde el mismo momento de la victoria electoral del Frente Popular, oficiales reaccionarios y monárquicos comenzaron la preparación de una sublevación militar. En la calle estaba cantado, en los despachos era conocido y los cuarteles y centros sociales de la derecha eran hervideros de conspiradores. La conspiración militar para desencadenar un “golpe de fuerza” que derribara al gobierno, se puso en marcha nada más formarse el gobierno de Azaña. Al gobierno le llegaron, por diversas fuentes, noticias sobre lo que se estaba tramando, pero el gobierno no actuó con la contundencia debida contra los conspiradores, creyendo que el ejército carecía de la capacidad para preparar una acción seria. Exceso de confianza, erróneas valoraciones políticas, falta de ánimo y valor para abordar la situación, llevaron a España a la tragedia. El verdadero sentido de la rebelión era políticamente anticonstitucional; socialmente conservador y tradicionalista; espiritualmente clerical; ideológicamente totalitario; económicamente capitalista; militarmente absolutista.

Comienza así la Guerra Civil, que culmina con la victoria franquista el 1 de abril de 1939, punto final de la azarosa experiencia republicana y puerta de acceso a cuatro décadas de autoritarismo y poder personal en España.

El plan golpista consistía en declarar el estado de guerra por parte de todos los capitanes generales golpistas. Acto seguido, deberían intervenir los políticos y los elementos civiles antirrepublicanos: Falange, carlistas, monárquicos, derchistas desencantados del régimen republicano, grupos católicos. Regreso del exilio portugués del general Sanjurjo y su reconocimiento como jefe. Todo estaba planeado, solo faltaba un detonante y este llegó con el asesinato del del líder de ultraderecha José Calvo Sotelo. Ahora ya no había excusa, había que actuar.

En una dinámica de ascendente crispación, el asesinato del dirigente de extrema derecha José Calvo Sotelo, ocurrido el 13 de julio, motivó una alteración en los planes estratégicos del general Emilio Mola Vidal y de los demás conspiradores antirrepublicanos, así como el adelanto del golpe militar.

El 16 de Julio de 1936, se subleva la guarnición de Melilla y el general Francisco Franco vuela clandestinamente de Canarias a África en un avión inglés alquilado por el Duque de Alba con fondos de la familia March para ponerse al frente del ejército de África.

El 17 de julio de 1936, en Melilla, Ceuta, Tetuán y Larache, jefes y oficiales del Ejército del norte de África inciaron una sublevación que al día siguiente se extendió por toda España. Canarias, de donde partió el general Franco en avión hacia Tetuán, se unió desde el primer día.

Pero el general Joaquín Franjul, desde el cuartel de la Montaña, no logró extender el levantamiento en Madrid, que permaneció adicto al gobierno de la República.

En Barcelona, el general Manuel Goded tampoco pudo controlar la ciudad. Por el contrario, en Andalucía, gracias a la audacia del general Gonzalo Queipo de Llano, los sublevados tomaron Sevilla, mientras el teneral José Enrique Varela le secundaba en Cádiz.

El general Emilio Mola, apoyado por los requetés, se instaló sólidamente en Navarra desde los primeros momentos. No obstante, la sublevación no pudo extenderse con la rapidez prevista.

EVOLUCIÓN DE LOS FRENTES DE GUERRA

El territorio nacional quedó dividido en dos zonas en función del éxito que obtuvieron los militares sublevados. Prácticamente se reproducía el mapa resultante de las elecciones de febrero de 1936: los militares triunfaron en aquellas provincias donde fueron más votadas las candidaturas de derechas, mientras que fracasaron en aquellas donde la victoria electoral correspondió al Frente Popular.

En el bando republicano se agrupaban las regiones más industrializadas y liberales del país. En poder de los franquistas cayeron regiones eminentemente agrarias y tradicionalistas.

El 5 de agosto de 1936, desembarcó en Algeciras el primer convoy marítimo que transportaba tropas de Marruecos. Las primeras operaciones tendían a establecer un frente continuo en toda la Península. Desde el sur, el coronel Juan Yagüe inició su avance hacia Madrid, después de tomar Badajoz el 14 de agosto. El general Varela entró en Toledo el 28 de septiembre. En el norte, el ejército del general Mola conquistó Irún y San Sebastián el 2 de septiembre.

La ofensiva de Madrid se estancó durante toda la guerra ante la defensa que impuso la capital y que coincidió con la llegada de los primeros voluntarios de la Brigadas Internacionales. La lucha en el norte se desarrolló sobre todo en torno a Bilbao, que se encontraba muy fortificado, pero que cayó el 18 de junio de 1937 y así toda la industria pesada fue puesta al servicio de los nacionalistas.

A Bilbao siguió Santander el 25 de agosto de 1937. Con la entrada de las fuerzas de los generales Antonio Aranda y José Solchaga en Gijón se puso fin a la resistencia republicana en el norte el 21 de octubre de 1937.

En el centro, las fuerzas italianas enviadas por Benito Mussolini, sufrieron una importante derrota durante el mes de marzo de 1937 frente al ejército republicano en Guadalajara. Las ofensivas republicanas de Brunete (6 de julio de 1937) y Teruel (15 de diciembre) no consiguieron hacer retroceder a las tropas del general Franco, que en marzo de 1938 emprendieron su marcha hacia el Mediterráneo, donde llegaron el 16 de abril y cortaron en dos la zona republicana de Levante.

El 24 de julio de 1938, el ejército republicano de Cataluña cruzó el Ebro, pero su avance fue detenido y rechazado en la famosa batalla del Ebro. Después comenzó la ofensiva nacionalista hacia Cataluña en el invierno de 1938.

Las fases de la guerra

Aunque se pensaba en una rápida campaña militar, la Guerra Civil duró casi tres años. A grandes rasgos la Guerra Civil puede dividirse de hecho en cuatro fases principales, coincidentes con los grandes movimientos de tropas y el choque de los frentes.

La primera fase de julio a noviembre de 1936

Fue la puesta en marcha del segundo proyecto bélico de los militares insurgentes si fallaba el pronunciamiento: las tropas del general Mola en el norte marcharían sobre Madrid y las tropas africanas al mando del general Franco atacarían desde el sur, formando una pinza. Mola logró una rápida conexión de los territorios bajo control nacionalista en la Meseta. Las tropas leales a la República controlaban la Marina, de modo que el traslado del ejército colonial en Marruecos se tuvo que realizar mediante el primer gran puente aéreo de la historia, llevado a cabo gracias a la ayuda de la aviación alemana.

Tras pasar el estrecho de Gibraltar, Franco controló rápidamente Cádiz y en unión con Yagüe desde Sevilla dominaron los núcleos antes aislados de Córdoba, Málaga y Granada. Se dirigió rápidamente hacia Extremadura donde conectó con las dos grandes zonas controladas por los nacionales. El avance sobre Madrid fue aplazado unos días para ocupar Toledo, donde se habían hecho fuertes y resistían el cerco los cadetes y mandos de la Academia de Infantería. En Toledo tendría lugar la toma del Alcázar, que para el franquismo fue un acto heroico comparable a la resistencia de Numancia: 1.300 sublevados, a las órdenes del coronel sublevado José Moscardó, resistieron durante más de dos meses el ataque de un ejército gubernamental.

En octubre se inició la primera ofensiva sobre Madrid, frenada por la táctica defensa organizada por el general Miaja, el general más prestigioso que permaneció a las órdenes del Gobierno republicano, y con la respuesta de una población con un exaltado sentido de defensa de la República que además contó con los primeros auxilios de las brigadas internacionales.

La segunda fase de la guerra hasta octubre de 1937

Los ejércitos nacionales no contaban con la dura resistencia de la capital. La segunda fase de la guerra se caracterizó por la reorganización de los frentes, la incorporación del elemento civil al ejército en la zona nacional, la internacionalización de la guerra y el definitivo establecimiento del liderazgo de Franco en el bando nacional.

Una segunda ofensiva sobre Madrid fue frenada de nuevo en febrero y marzo (batallas de Jarama y Guadalajara). Esto hizo variar sensiblemente los planes y los combates se centraron en el frente norte. De mayo a octubre de 1937, las zonas del norte todavía bajo control republicano fueron cayendo paulatinamente: Bilbao en junio, Santander en agosto, Asturias en octubre.

La tercera fase de la guerra hasta octubre de 1937

En la tercera fase de la guerra el bando nacional logró dividir en dos partes el territorio todavía controlado por la República. La iniciativa en esta ocasión correspondió al mando republicano, que lanzó un fuerte ataque para tomar Teruel en diciembre de 1937.

Franco tuvo que posponer la batalla definitiva por la conquista de Madrid para no perder Aragón. Las operaciones militares por la conquista de Teruel duraron entre el 15 de diciembre de 1937 y el 22 de febrero de 1938. Las tropas gubernamentales lograron mantener sus posiciones y los franquistas se vieron incapaces de reconquistar la ciudad recientemente perdida. Pero en febrero los franquistas infligieron a los republicanos una dura derrota en la zona del Alfambra. Tras esta victoria, el camino quedaba libre y el 22 de febrero la ciudad de Teruel volvía a manos de Franco. Desde ese emplazamiento una serie de movimientos condujo a la conquista de Vinaroz y con él la llegada de las tropas naciones al Mediterráneo y la división de la zona republicana en dos partes incomunicadas.

Para evitar esta división del territorio, el Gobierno republicano lanzó un duro ataque cruzando el Ebro y tratando de unir Valencia y Cataluña para rodear al ejército nacional recién llegado al Mediterráneo. La larga y sangrienta batalla del Ebro se prolongaría de julio a diciembre de 1938 y y dio la victoria a las tropas de Franco. La República había sido derrotada definitivamente.

Última fase de la guerra

Fueron cayendo los dos últimos territorios bajo control republicano. A finales de diciembre a febrero de 1939 fue ocupada Cataluña. A finales de ese mes Franco es reconocido oficialmente como Jefe del Estado por los gobiernos de Francia y Gran Bretaña. Desde comienzos de marzo de 1939 las tropas nacionales avanzan sin dificultad sobre territorio republicano.

En Madrid se formó una Junta de Defensa para negociar el final de la guerra, pero Franco exigió la rendición incondicional. Tratando de evitar un sangriento asalto sobre la capital, Madrid cayó el 28 de marzo de 1939 y en los dos días siguientes, fueron cayendo los grandes centros que estaban aún bajo control del Gobierno republicano que había partido hacia el exilio: Valencia, Cartagena, Murcia, Almería y Menorca.

El día 1 de abril de 1939 todas las emisoras de radio difundieron el último parte de guerra del general Francisco Franco: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han ocupado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado». Pero la victoria franquista, anunciada con solemnidad el 1 de abril de 1939, más que la paz inició una dura posguerra en un país arrasado y con un elevado balance de pérdidas humanas y materiales. La regresión económica, a tono con la involución de la estructura de la población activa hacia el sector agrario, irá acompañada de una política represiva, difícil de cicatrizar en la sociedad española.

La destrucción de Gernika (26 de abril de 1937)

El bombardeo de Gernika (en castellano Guernica), el 26 de abril de 1937, formó parte de la Operación Rügen, un ataque aéreo realizado sobre la capital cultural e histórica vasca por parte de la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana, que combatían en favor de los sublevados contra el gobierno de la Segunda República Española. Fue la primera ciudad europea devastada por la aviación. Las estimaciones actuales de víctimas cifran los fallecidos en un rango que abarca de los 120 a los 300 muertos, 126 según el estudio más reciente y exhaustivo.

La propaganda franquista trató de negar la destrucción de Gernika y luego la achacaron a que había sido dinamitada ¡por los propios vascos! La acusación de los "nacionales" de que la destrucción de Guernica había sido obra de los propios republicanos fue rápidamente refutada por un testigo imparcial, el periodista británico George Steer cuyas crónicas sobre el bombardeo de Guernica fueron publicadas por su diario The Times de Londres. Sin embargo la versión oficial franquista se mantuvo durante toda la guerra y una vez terminada la guerra, por lo que el libro del George Steer no se publicó en España.

La controversia se centra en dilucidar si la devastación de la ciudad fue intencionada o una consecuencia indeseada de una operación que perseguía la destrucción solo de objetivos militares; la destrucción de Gernika representaría los daños colaterales. Los historiadores de la derecha, en un intento por exonerar al Alto Mando franquista y sobre todo al propio Franco, hacen recaer la responsabilidad de la acción en el mando de la Legión Cóndor, es decir en los alemanes. Según Paul Preston, el ataque forma parte de los ensayos de las técnicas de bombardeo que llevaba a cabo la aviación alemana en España y que luego incorporarían a la Blitzkrieg y a la devastación de ciudades en la Segunda Guerra Mundial. Según el historiador Herbert Sothworth, el bombardeo se realizó a petición del Alto Mando nacional con el objeto de debilitar la moral de los vascos. El historiador Antony Beevor concluye que independientemente de que también hubiera objetivos bélicos, «lo que se pretendía era llevar a cabo un experimento de entidad para verificar los efectos del terror aéreo».

La destrucción de Gernika fue inmortalizada por Pablo Picasso. El 10 de mayo de 1937, Pablo Picasso comenzaba el cuadro que se convertiría en la obra más emblemática del siglo XX. El sistemático y terrible bombardeo de la aviación alemana había destrozado y sembrado de cadáveres la ciudad vasca unos días antes, el 27 de abril de 1937. El entonces embajador de España en París, Luis Araquistain, había encargado al artista una obra para la exposición universal de París y el artista malagueño, que se encontraba en plena crisis creativa y personal, decidió crear una rotunda obra antibelicista. Algunos autores señalan “Los desastres de la guerra, de Rubens como punto de partida para la creación del mural. Este cuadro pintado por el maestro flamenco hacia 1637 es una alegoría sobre los horrores de la guerra y sobre el dolor y la destrucción que provoca el odio y la naturaleza animal de los seres humanos.

COMPOSICIÓN POLÍTICO-MILITAR DE LAS FUERZAS

El ejército del general Franco, con toda la legión y los regulares marroquíes, contaba con unas tropas más disciplinadas y entrenadas que las milicias republicanas. Así, en todas las operaciones bélicas, la iniciativa militar correspondió casi siempre al general Franco. Las milicias republicanas actuaban de forma improvisada y estaban sujetas a múltiples contradicciones internas y a las divisiones ideológicas propias de los partidos que constituían el Frente Popular.

En el levantamiento fue sostenido y estructurado militarmente a partir de jefes y oficiales que tomaron las primeras iniciativas de la sublevación. Los partidos tradicionalistas y católicos (monárquicos de Renovación Nacional, carlistas y Falange Española) proporcionaron los cuadros para la retaguardia y los oficiales provisionales para el frente.

La República contó con un pequeño porcentaje de oficiales profesionales, pero la mayor parte de sus mandos militares surgieron espontáneamente de los medios sindicales de los partidos de izquierda. El ejército republicano fue apoyado por todos los partidos del Frente Popular y los sindicatos anarquistas (CNT), junto con algunos núcleos católicos de Cataluña y Vizcaya.

«Los republicanos ni siquiera tenían un fusil para cada dos combatientes.» [Jorge M. Reverte]

«La tesis de que la Guerra Civil comienza en 1934 es mendaz y deleznable; sirvió de justificación para que los militares rebeldes montaran consejos de guerra contra los afiliados a sindicatos y partidos obreros acusándolos de rebelión.

El golpe fracasa porque encuentra un ejército escindido y es sólo una facción la que se rebela. A pesar de todo, tampoco es derrotado por la República. Y eso es lo que origina la Guerra Civil. Una República con un Gobierno en su sitio, que hubiera organizado las milicias, en lugar del desastroso reparto de armas sin control ninguno, hubiera podido tal vez derrotar aquella insurrección, de la misma manera que liquidó la revolución de 1934, que fue totalmente disparatada en su organización y más en su desarrollo.

Desde que los soviéticos mandan armamento a la República para contrarrestar la ayuda en armas y hombres que los rebeldes reciben de Alemania e Italia, se muestro lo que sería la II Guerra Mundial. Azaña, presidente de la República, llevó a un dirigente socialista francés Jean Richard-Bloch al balcón del Palacio Nacional a mediados del mes de agosto, le mostró la línea del frente y le dijo: «Ahí se está librando una batalla no sólo por la libertad y la independencia de España, sino por la liberdad de Francia». El hecho de que ni Francia ni Gran Bretaña decidieran poner obstáculos a la acción italiana y alemana convenció a Hitler de que su política de anexión de territorios no encontraría ninguna oposición por parte de franceses y británicos.» [Santos Juliá, El País, 14.05.2005]

LA AYUDA MILITAR EXTRANJERA A LOS DOS BANDOS

«El resultado de la guerra fue decidido por la ayuda extranjera. La ayuda alemana e italiana fue mucho más poderosa que la de Rusia y por esta razón las fuerzas de Franco obtuvieron la victoria.» [Gerald Brenen: El Laberinto Español]

Al estallar la guerra, las naciones europeas forman el Comité de no Intervención, para evitar que el conflicto español se transformara en una guerra internacional. Esto no impide que algunas naciones envíen armamento y tropas a los dos bandos.

«Durante la guerra, Churchill temía una España soviética y abominaba de los crímenes contra la nobleza y la Iglesia, por lo que estuvo a favor de la no intervención.» [Enrique Moradiellos]

En marzo, el jefe de la escasa minoría monárquica en las Cortes se entrevistaba en Roma con Mussolini con el que llegaba a un acuerdo para la participación militar activa de la Italia fascista en la “guerra civil” que se estaba preparando en España. Por aquel mismo tiempo José Antonio Primo de Rivera apareció en Berlín como huésped del Gobierno nazi y se le rindieron honores.

Las ayudas principales en favor de las fuerzas nacionalistas del general Franco procedieron de la Alemania nazi, que proporcionó sobre todo material de guerra (carros de combate, cañones y bombarderos). Las fuerzas alemanas, en hombres, pueden evaluarse en unos 16.000, gran parte de los cuales fueron instructores y personal civil. Hitler envió la  Legión Cóndor y aprovechó la guerra en España para probar su potencial guerrero que luego emplearía en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). «Las intenciones de Hitler al involucrarse en la guerra española respondían a todo, menos al cariño personal.» [Paul Preston]

Italia llegó a aportar un máximo de 50.000 hombres, repartidos en cinco divisiones de camisas negras y unos 760 aviones.

El gobierno gobierno portugués António de Oliveira Salazar envió unos 20.000 hombres, organizados en la llamada Legión Viriato, para luchar al lado de los nacionalistas.

A favor de la República la mayor aportación de material bélico procedía de la Unión Soviética: unos 200 carros de combate y unos 4.000 camiones. El gobierno de la República francesa envió unos 200 aviones al ejército republicano español. Los combatientes extranjeros en el bando republicano vinieron canalizados a través de las Brigadas Internacionales, que en el momento de máxima expansión contaron un total de unos 40.000 hombres.

El Frente Popular español contó con el apoyo primigenio de Francia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Sin embargo, el temor del gobierno francés a crear una situación conflictiva en todo el continente frenó su ayuda y se acogió a la política de no intervención de los británicos y de la Sociedad de Naciones.

Francia cerró su frontera a la entrada de material bélico destinado a cualquiera de los contendientes, lo que perjudicó notablemente al gobierno republicano. Por su parte la URSS de Stalin, tras comprobar la participación activa y directa de italianos y alemanes, rechazó la política de no intervención. Su apoyo resultó fundamental en blindados, aviones y equipos de asesores militares. A lo que hay que sumar las Brigadas Internacionales.

Los suministros bélicos enviados por la Unión Soviética parece que fueron pagados con parte de las reservas de oro del Banco de España. Dos terceras partes del oro fueron enviadas a Moscú, en concepto de depósito primero, y como pago por aquellos suministros posteriormente. El “oro de Moscú” fue un asunto controvertido y usado de forma propagandística por el gobierno franquista. El bando nacional recibió a crédito suministros de material bélico alemán e italiano, que fueron abonados en parte al finalizar la guerra.

«Tanto en territorio como en poder militar, los dos bandos enfrentados en España estaban muy igualados desde el primer momento, aunque la República había conseguido mantener gran parte del Ejército, toda la Marina, las principales ciudades y los más importantes centros de producción industrial. Las carencias económicas que pudieron tener los rebeldes al principio fueron paliadas con el generoso apoyo alemán e italiano. Por su parte, el Ejército republicano también contaba con importantes medios dado que conservó el grueso de las infraestructuras militares, pero se había descompuesto al convertirse mayoritariamente en milicias que actuaban de forma demasiado autónoma. Hasta la primavera de 1937 este Ejército no contó con una unidad de mando clara y, así todo, siguió habiendo diferencias y luchas intestinas –la autonomía de la acción del Ejército en el País Vasco y las revueltas anarquistas, especialmente en Aragón y Barcelona– que impidieron una eficaz unidad de acción. El cariz popular de este ejército, no obstante, le otorgó un prestigio internacional al ser interpretado como el pueblo en armas contra el fascismo. Esto hizo que acudieran voluntariamente un importante número de milicianos que formaron las Brigadas Internacionales.

El acuerdo de no intervención firmado por Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia en agosto de 1936, y el propósito de cumplirlo que mostraron los dos primeros países, en principio más afines a la República, hizo mucho daño a ésta. Alemania e Italia incumplieron reiteradamente el acuerdo y ya en noviembre de 1936 reconocieron a Franco cuando se pensaba que la conquista de Madrid era evidente. Poco después organizaron fuerzas de intervención absolutamente profesionales, como la famosa Legión Cóndor. Por otro lado, el Portugal de Salazar, donde estaba exiliado el jefe del bando nacional general Sanjurjo hasta su desgraciado accidente nada más empezar el conflicto, permitió el uso de su territorio para comunicar las zonas norte y sur controladas por los nacionales. En el otro bando, la Francia gobernada por el socialista Léon Blum decepcionaba a la República, tras una primera entrega de armas a finales de julio de 1936, al cumplir de forma bastante estricta el acuerdo de no intervención. Muchos franceses tenían miedo de que el conflicto se pudiera extender y de que vieran envueltos en una nueva guerra con Alemania. Rusia parecía ser el único apoyo internacional efectivo que le quedaba a la República, aunque también había firmado el pacto de no intervención. Allí depositó Juan Negrín, ministro de Hacienda del Gobierno republicano, las reservas de oro del Banco de España, condicionando así la política exterior de la República, que se veía obligada a pasar por Moscú, principal suministrador de armas.» [Zamora Bonilla, Javier: Ortega y Gasset. Barcelona: Plaza Janés, 2002, p. 421-422]

La Guerra Civil española completó la división de Europa en dos bandos enfrentados; complementó el derrumbe del orden internacional dictado desde Versalles; evidenció la ineficacia de la Sociedad de Naciones; y sembró de anuncios el futuro choque entre las democracias liberales y el fascismo. Esta guerra nunca fue exclusivamente una guerra civil. Fue, de hecho, una primera fase de la segunda guerra mundial.

LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

Las Brigadas Internacionales fueron un conjunto de unidades militares compuestas por voluntarios extranjeros, que durante buena parte de la Guerra Civil española lucharon en favor del bando republicano, entre noviembre de 1936 y octubre de 1938.

En septiembre de 1936, la Internacional Comunista (Komintern) aprobó la propuesta de Maurice Thorez (secretario general del Partido Comunista Francés) de ayudar a los combatientes republicanos españoles con voluntarios de Europa y América, sobre todo comunistas.

Así el Komintern creó, por orden del dirigente soviético Iósiv Stalin, las Brigadas Internacionales, que contaron con su oficina de alistamiento de voluntarios en París, de donde partían al centro de entrenamiento, radicado en la ciudad española de Albacete.

Los primeros brigadistas llegaron a esta ciudad el 13 de octubre de 1936. Destacaron sobre todo en la defensa republicana de la capital de España, durante la llamada batalla de Madrid, combate en el cual recibieron su bautismo de fuego el 8 de noviembre de ese año.

El presidente del gobierno republicano, Juan Negrín, ordenó que las Brigadas Internacionales salieran del escenario de la contienda el 28 de octubre de 1938, día en el que desfilaron por las calles de Barcelona como despedida oficial de su intervención. Para entonces, la mayoría de los miembros de las llamadas Brigadas Internacionales eran españoles. Hasta el final de la guerra, todavía permanecieron en España cerca de 2.000 brigadistas que no pudieron ser debidamente repatriados.

El número total de voluntarios fue de unos 40.000, siendo los más numerosos los franceses, seguidos de alemanes, austriacos, polacos, italianos, estadounidenses e ingleses. No obstante, el número total de brigadistas que estuvieron en activo al mismo tiempo no debió de pasar de los 20.000.

En un contexto histórico posterior y muy distinto, el Parlamento español les concedió en 1996 el derecho a usar la plena ciudadanía española.

BALANCE DE VÍCTIMAS HUMANAS DE LA GUERRA CIVIL

La República no logró consolidarse por la dificultad de formar un partido centro como plataforma básica para sustentar el régimen, lo que produjo una paulatina radicalización del electorado. Otro problema fue la persistencia de una gran brecha entre la clase política y la sociedad, entre los programas ideados por los gobernantes y la capacidad real de asimilación de la sociedad. La República no pudo solucionar los desniveles y desigualdades entre las clases sociales. Las trabajadores rurales exigían a la República una rápida solución del problema agrario, mientras que la República tardó en darse cuenta de lo complicado de este problema. La oposición de los terratenientes y la falta de conocimiento real de la situación por parte del Gobierno fueron los grandes obstáculos para la solución de la “cuestión agraria”.

La experiencia democrática de la República llegó a España en un momento en el que en Europa se radicalizaba el enfrentamiento entre comunismo y fascismo. El ideal de los intelectuales de “europeizar España” se hacía imposible ante una Europa dominada por los poderes irracionales.

El fracaso de la experiencia democrática republicana fue también debido al poco apoyo que buena parte de la sociedad española prestó a la República, que veía en el gobierno republicano una pérdida de la identidad nacional, sobre todo de la tradición religiosa española. También por temor a una revolución “bolchevique”. La Guerra Civil polarizo a los españoles entre los que luchaban por la persistencia de la República y los que querían acabar con ella.

El balance de pérdidas humanas a consecuencia de la Guerra Civil se calcula en más de medio millón (víctimas directas de la contienda y otras relacionadas con la violenta represión ejercido por ambos bandos).

Acabada la guerra, el régimen de Franco se dedicó con ahínco, de manera concienzuda y sistemática, a exterminar a la izquierda perdedora republicana: fusilamientos masivos, largas penas de cárcel, trabajos forzados, juicios sumarísimos, exilio. Durante 40 años hubo una política de exterminio, primero; y persecución, después, a los perdedores y a los opositores a Franco. El final de la Guerra Civil no dio paso a la reconciliación, sino al exterminio franquista de los derrotados, a los que se despojó de su condición de españoles.

El juez Baltasar Garzón fue el primer magistrado español de la democracia que ha atribuido al dictador Francisco Franco y a otros 34 jefes que dirigieron la rebelión contra el régimen legalmente constituido de la República la puesta en marcha de un plan de exterminio sistemático de sus oponentes políticos y de una represión que acabó con al menos 114.266 personas desaparecidas, de las que no se ha dado razón de su paradero, y que a su juicio constituye un contexto de crímenes contra la humanidad.

La Guerra Mundial provoca una verdadera diáspora de los más de 300.000 españoles que habían huido de España al terminar la Guerra Civil. Muchos de ellos acabaron en los campos de concentración nazis o como trabajadores esclavizados en empresas alemanas. Solamente un país, México, acogió a los exiliados sabiendo aprovechar y beneficiarse así de un fabuloso y competente caudal humano.

Las matanzas de Paracuellos

Las llamadas matanzas de Paracuellos fueron una serie de episodios de asesinatos masivos organizados durante la Batalla de Madrid, en el transcurso de la Guerra Civil Española, que llevaron a la muerte de algo más de dos mil prisioneros considerados opuestos al bando republicano. Los hechos se desarrollaron en dos lugares cercanos a la ciudad de Madrid: los parajes del arroyo de San José, en Paracuellos de Jarama, y en el soto de Aldovea, en el término municipal de Torrejón de Ardoz.

Las matanzas se realizaron aprovechando los traslados de presos de diversas cárceles madrileñas, conocidos popularmente como sacas, llevados a cabo entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936, mientras se enfrentaban las tropas nacionales golpistas por el control de la capital. Miles de prisioneros fueron asesinados. Entre ellos se encontraban militares que habían participado en la sublevación o que no se habían incorporado a la defensa de la República, falangistas, religiosos, militantes de la derecha, burgueses y otras personas que en su inmensa mayoría habían sido detenidas por ser consideradas como partidarias de la sublevación, y custodiadas sin amparo legal ni acusación formal.

Las matanzas de Paracuellos son consideradas las de mayor dimensión que tuvieron lugar en la retaguardia de la zona republicana. El número de asesinados ascendió a unas 2.500 personas, si bien la cifra exacta sigue siendo objeto de controversia. También son objeto de enconadas discusiones aspectos como quién dio la orden de ejecutar a los evacuados de las cárceles.

«Si bien parece ser incontestable que la iniciativa partió de un agente de la Internacional Comunista como Vitorio Codovila, uno de los creadores del V Regimiento, la decisión se concretó por un acuerdo entre las cúpulas del Movimiento Libertario y las Juventudes Socialistas Unificadas en la Junta de Defensa de Madrid. Las sacas de noviembre y diciembre fueron ejecutadas por orden de Amor Nuño, un joven anarquista presente en la Junta y alguien no identificado de las JSU, organización ya de obediencia comunista, que sólo podía ser Santiago Carrillo o su segundo, José Cazorla. A Segundo Serrano Poncela le tocó obedecer y poner en marcha la matanza. Esta responsabilidad está comprobada en el acta de la reunión del Movimiento Libertario de Madrid celebrada el 8 de noviembre, que tuve la fortuna de encontrar en los archivos anarquistas hace tres años.

Pero hay más: Melchor Rodríguez, el ángel de las prisiones, estuvo presente en esa reunión, y no figura su opinión al respecto. Lo que sí sabemos es que fue destituido oportunamente por su jefe, Juan García Oliver, ministro de Justicia del Gobierno de Largo Caballero, seguramente porque no mostraría su acuerdo con las matanzas proyectadas. Rodríguez fue repuesto en su cargo el día 6 de diciembre, cuando las sacas se terminaron. García Oliver estuvo, por tanto, informado de que se iba a proceder a la matanza, aunque en sus memorias, repletas de fantasías y tardías justificaciones, intentara echar toda la responsabilidad sobre dirigentes como Margarita Nelken.

No hay ningún indicio serio, por el contrario, que avale que ni el Gobierno de la República ni la Junta de Defensa de Madrid conocieran esa voluntad de exterminio puesta en práctica por los comunistas y anarquistas madrileños.» [Jorge M. Reverte: “Sobre la inocencia”, en El País, 03/12/2008]

Violencia y asesinatos en ambos bandos

«Hay un amplio consenso entre los historiadores serios sobre el carácter esencialmente exterminador del movimiento rebelde. No sólo Franco, sino Queipo, Mola y bastantes militares y civiles más, coincidieron en dar a su actuación un decidido impulso asesino que fue bendecido por la Iglesia. El nacional catolicismo dio pie a la buena conciencia de aquellos asesinos sistemáticos. También es fácil coincidir en que no admite discusión la responsabilidad de la Internacional Comunista en las decisiones que condujeron, por ejemplo, a la matanza de Paracuellos. Paracuellos, pero también Andreu Nin y otros numerosos casos.

Sin embargo, permanece en el aire una opinión generalizada que atribuye inocencia en torno a las posiciones de otros grupos políticos que, a lo más, cargan con la culpa de haber practicado una violencia ciega, espontánea y de respuesta, pero nunca de haber desarrollado esa violencia de forma científica y genocida. Dirigentes anarquistas y del POUM son, por lo general, los beneficiarios de esa benévola opinión generalizada. [...]

Basta leer la prensa de la época para comprobar que desde Solidaridad Obrera o La Batalla se hacían llamamientos directos al exterminio de religiosos o de burgueses. Hay incluso testimonios que avalan que la FAI, la rama pistolera del anarquismo, tenía en Barcelona un plan sistemático de eliminación de personas antes de que se produjera la sublevación del 18 de julio de 1936.

El caso extremo es el de Paracuellos. Porque si bien parece ser incontestable que la iniciativa partió de un agente de la Internacional Comunista como Vitorio Codovila, uno de los creadores del V Regimiento, la decisión se concretó por un acuerdo entre las cúpulas del Movimiento Libertario y las Juventudes Socialistas Unificadas en la Junta de Defensa de Madrid. [...]

No hay ningún indicio serio que avale que ni el Gobierno de la República ni la Junta de Defensa de Madrid conocieran esa voluntad de exterminio puesta en práctica por los comunistas y anarquistas madrileños. Como no hay nada que implique a Companys u otros dirigentes de Esquerra Republicana en las sistemáticas matanzas de curas, carlistas o militantes de la Lliga de Cambó, realizadas por la FAI y el POUM. Hubo voluntad y planificación, pero no del Estado republicano, sino de las direcciones de grupos políticos que lo apoyaban. Comunistas del PCE y del POUM, anarquistas de la FAI y, es posible, alguna fracción de los divididos socialistas, que fueron los actores del asalto a la cárcel Modelo en agosto de 1936.

Esa distinción es importante. Y justifica que se pueda decir que la República era un régimen democrático entre cuyos apoyos había muchos asesinos. El movimiento salvador de la patria que encabezaba Franco, se puede definir como un sistema criminal al que también apoyaban personas decentes.

La República, logró reimplantar un régimen legal de garantías, como evidenció el juicio contra los militantes del POUM en 1938. Aunque nadie se atrevió a investigar en serio los asesinatos de Andreu Nin o José Robles, porque eso podía comprometer las relaciones con la Unión Soviética de Stalin, único país que le suministraba armas.

Mientras, el Estado franquista no hizo sino legalizar el asesinato mediante el uso de los tribunales militares y los juicios sumarios. Una diferencia básica que no nos puede llevar a repartir certificados vanos de inocencia. Lo que importa es la verdad.» [Jorge M. Reverte: “Sobre la inocencia”, en El País, 03/12/2008]

600.000

 total de víctimas mortales

100.000

 represión desencadenada por los militares sublevados

55.000

 violencia en la zona republicana

35.000

 permanecen desaparecidos en cunetas y campos de toda España

500.000

 se vieron obligados a exiliarse

centenares de miles

 sufrieron cárcel y reclusión en campos de concentración y de trabajo, el último de los cuales se cerró en 1962

500.000

 en prisiones y campos de concentración cuando acabó la guerra en abril de 1939

 

«La necesidad del rigor histórico frente a las versiones más maniqueas del conflicto se revela en algunos títulos recientes. Nostálgicos del franquismo, jóvenes "vulnerables", furibundos anticomunistas y antiguos izquierdistas arrepentidos de haber creído en las bondades de un sistema que la caída del muro reveló desastroso forman parte de ese público que aplaude las tesis que defendieron los vencedores de la contienda. La defensa de que un grupo de militares salvaron a España del caos de los extremistas y separatistas. La idea de que la guerra no empezó en julio de 1936 sino en octubre de 1934, cuando se produjo la huelga general revolucionaria de Asturias. La versión de que la intervención extranjera en el conflicto no tuvo importancia porque la ayuda a ambos bandos fue semejante, y sus recursos militares estuvieron equilibrados durante la contienda. La insistencia en el protagonismo absoluto de los comunistas en la conducción de la guerra, siguiendo instrucciones directas de Stalin. Todas estas afirmaciones, y otras muchas, forman parte ese discurso revisionista que ha seducido a tantos lectores.

"Hay que ser muy consciente de que los maniqueísmos los impuso el golpe militar", dice Helen Graham. "Cuando éste se produce obliga a cada español a inclinarse por un bando o por otro. No hay otra alternativa, y la complejidad que caracteriza cada momento histórico desaparece. El brutal comportamiento de los militares rebeldes, que no dudaron en liquidar a sus compañeros de armas que se enfrentaron a sus objetivos, redujo la variedad de las opciones, los sentimientos, los afectos y las ideas de cada español exigiéndole tomar partido, a favor o en contra".

No había, por tanto, dos Españas condenadas a enfrentarse, las cosas no eran tan simples. "La República inició una serie de transformaciones (la reforma agraria, la separación Iglesia y Estado, la modernización del ejército, la generalización de la educación) que pretendían traer a España los cambios que ya había dado Europa desde la revolución de 1789, pero no llegó a propiciar un cambio de régimen, ni alteró las relaciones de poder", dice Graham. "Se pusieron en marcha nuevas leyes, pero no se tocó el poder de las oligarquías industriales ni el de los grandes terratenientes. Y estos tenían la mentalidad propia de los que siempre han mandado y no aceptaban que llegara una gentuza a cambiar el viejo orden sagrado".

Que existía una clase que veía con malos ojos las reformas republicanas es cosa que no suelen subrayar los libros que publicitan la oportunidad del golpe. Lo que cuentan es que los comunistas estaban a punto de tomar el poder, y que llegaron los militares salvadores. No lo ve así Rémi Skoutelsky: "El Partido Comunista era muy débil en España en 1936. Tenía sólo algunos millares de militantes. Sin comparación con los anarquistas o los socialistas. Y a los dirigentes soviéticos les daba igual lo que pasara en España. Lo que les importaba era acercarse a las burguesías francesa e inglesa para protegerse de la Alemania nazi.» [José Andrés Rojo, en El País – 25.03.2006]

Anarquistas y comunistas

«Las suspicacias de los anarquistas hacia los comunistas, y viceversa, no se disiparon a lo largo de todo el conflicto. Eran dos facciones que se odiaban y que tenían formas muy distintas de ver la guerra, pero que compartían un enemigo común. Pero los anarquistas siempre sospechaban de los comunistas cuando maniobraban para tener más poder en la cúpula militar. Fueron los comunistas los grandes defensores de la necesidad de un ejército y los que influyeron más en la elaboración de las estrategias de la República, ya fuera por la presencia del armamento soviético, ya fuera por el peso de los asesores militares rusos. Y lo que querían era un ejército convencional en un Estado convencional.» [Antony Beevor]

«El Gobierno formado en septiembre de 1936 por Largo Caballero, en el que entraron los comunistas y, más tarde, en noviembre, los anarquistas, poco tenía que ver con la República de 1931. En Aragón se había formado desde el principio de la guerra un gobierno anarquista. En Cataluña, el Gobierno de la Generalitat, presidido por Companys, del que formaban parte comunistas y anarquistas, tenía que luchar constantemente para imponer su poder frente al Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña, que lideraban la CNT y la FAI. El Gobierno republicano nacional quedaba en un tercer plano sin apenas autoridad. La situación en Cataluña se recrudeció en mayo de 1937 cuando la CNT, la FAI y el partido protrotskista POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) quisieron tomar el poder con las armas.

A la altura del verano de 1937 eran muchos los republicanos que daban ya por perdida la guerra, porque la revuelta anarquista de Cataluña fomentaba la desunión y las dificultades para el suministro de comida entre la población eran cada vez mayores en la zona republicana. [...]

La guerra civil entre los anarquistas y el Gobierno de la Generalitat catalana había mostrado claramente las divisiones del bando republicano. Largo Caballero dimitió al no querer ilegalizar al POUM, como exigían los comunistas, y dio paso a un Gobierno Negrín. Aunque Prieto mantuvo la cartera ministerial de Defensa, era a todas luces evidente que la influencia de los comunistas era cada vez mayor y consiguieron infiltrarse en el Ejército y en las principales instituciones, al tiempo que iniciaron una caza de brujas cuyo principal y primer objetivo fue el POUM, cuyo líder Andreu Nin fue asesinado. En realidad, los comunistas eran los que más estaban luchando por adoptar una política militar unificada y quienes consiguieron frenar las nefastas actuaciones independentistas de los anarquistas de Cataluña y Aragón. Entretanto, el bando nacional había conseguido ocupar Bilbao y poco después se hacía con Cantabria y Asturias, conquistando así todo el norte de la Península, con lo que se ponía bajo su poder una importante zona industrial que le permitía intensificar la relación con sus aliados y producir material de guerra.» [Zamora Bonilla, Javier: Ortega y Gasset. Barcelona: Plaza Janés, 2002, p. 422-427]

LAS MUJERES ‘ROJAS’

«Durante la guerra civil (1936-1939) a las mujeres las restringieron a la retaguardia y ellas asumieron la supervivencia del día a día. Fue precisamente esta ayuda que aportaron (como educadoras, cuidadoras de los refugiados, en los servicios sociales de higiene y el transporte o como promotoras de periódicos y publicaciones antifascistas) lo que permitió que la resistencia a Franco durara tres años. Ésta es la esencia del libro Rojas (Taurus), de la historiadora de origen irlandés Mary Nash.

El mecanismo que se utilizó para desacreditarlas fue asociar a las milicianas con la prostitución. „A partir del testimonio de algunas milicianas descubrí que este argumento era desorbitado, pero caló en la sociedad. Era inconcebible para todos que la mujer empuñara las armas, y el hombre revolucionario era un revolucionario, pero no respecto a la mujer“, señaló Nash.

En teoría, en los inicios de la contienda, todas las fuerzas políticas de izquierda (anarquistas, comunistas y socialistas) estaban de acuerdo en apoyar las causas de las mujeres republicanas, pero en la práctica y como producto del peso cultural, a medida que la guerra avanza, las posiciones se diluyen y surgen posturas ambiguas, apuntó la historiadora. Y aportó un ejemplo: el de Félix Martí Ibáñez, director general del Ministerio de Salud de la Generalitat. Firme defensor de los derechos de la mujer e impulsor de la legalización del aborto, Martí se mostró partidario de retirar a las mujeres del frente. „Y estableció tres categorías de mujer en la guerra: tipo Joan Crawford (heroína que cuando ve sangre se desmaya), la muy politizada y la prostituta“, indicó Nash.» [El País – 23 septiembre 1999 - Nº 1238]

La financiación de la Guerra Civil

«La República pagó el coste de la guerra civil con cargo al ahorro del pasado (reservas de oro del Banco de España) y el Gobierno de Burgos lo financió con el ahorro futuro (endeudamiento exterior)». [Sánchez Asiaín]

La República no perdió la guerra por falta de dinero, sino porque los republicanos no supieron gastarlo. Las reservas de oro del Banco de España fueron la principal fuente republicana, pero también la requisa de posesiones de partidarios de Franco. Los sublevados pudieron recurrir a la financiación en el exterior y a una jurisdicción especial.

Antes de la guerra, los militares golpistas contaron con generosos apoyos financieros ya conocidos: los dictadores Mussolini y Salazar, los adinerados Juan March y Francisco Cambó, y también la Diputación Foral de Navarra que destinó los impuestos de guerra a combatientes y “otros conceptos como una pensión de 1.840 pesetas para gastos educativos de las hijas de Mola”. Sin la financiación de Navarra, March y Portugal, “la sublevación no hubiera triunfado y se hubiera desmoronado en semanas”, según el autor.

Juan March ofreció al general Mola, destinado en Pamplona, 600 millones de pesetas, que equivalían a los presupuestos de los Ministerios de Guerra y Marina de 1935, según compara el economista vasco Sánchez Asiaín. Se dice que Juan March había entregado 15 millones de libras en metálico antes de que comenzase la guerra. Con el apoyo del empresario balear a los golpistas se hizo verdad el vaticinio del ministro de Hacienda: «O la República le somete a él, o él somete a la República». Juan March, un aventurero y genial hombre de negocios para unos, contrabandista y mafioso sin escrúpulos para otros, con su implicación en el contrabando marítimo y su intervención en la Primera Guerra Mundial, en la que además de comerciar con todos los contendientes y vender información a varios de ellos, labra una fortuna colosal que le convierte en uno de los hombres más ricos de España. Durante la dictadura de Primo de Rivera March había obtenido el monopolio del tabaco, además de participaciones en la telefonía, el petróleo y la banca. Pero la llegada de la República en 1931 altera definitivamente sus intereses siendo despojado del Monopolio de tabacos y ser encarcelado durante 17 meses. Se fuga de forma espectacular y pone a disposición del general Mola su fortuna personal para los difíciles primeros días del alzamiento.

Según Robert Whealey en un artículo de 1977, «los Estados Unidos y diversas naciones europeas abastecieron a Franco con ayuda militar directa e indirecta en forma de petróleo, camiones, utillaje, estaîo, caucho, aleaciones y productos químicos para fabricar armamento y munición.» Según este autor, el director británico de las minas de Río Tinto fue a Londres en agosto de 1936 para presionar a que el gobierno británico obtuviera facilidades mercantiles en relación con la zona de Franco. Juan March financió con lingotes de oro el Alzamiento Nacional y pagó de su bolsillo las 1.019 libras esterlinas y cuatro chelines que costó el alquiler del Dragon Rapide, el avión que llevó a Franco de Canarias a Marruecos en 1936 para desde allí iniciar

«La capital británica aparece de nuevo implicada en la conspiración contra el régimen de Madrid cuando se repasa que fue en Londres, y no en otra parte, donde Luis Bolín, que actuaba allí contra la República, alquiló a la “Olley Company” el avión que trasladaría a Franco de Canarias a Marruecos. El 11 de julio de 1936 Bolín contrató como piloto al capitán Bebb, y solicitó al mayo Hugh Pollard, su hija Diana y la amiga de esta, Dorohty Watson, que fueran a bordo para dar aspecto turístico al viaje.» [Voltes 1985: 128]

La subsistencia de la campaña de Franco fue asegurada por los Estados Unidos, concretamente por la compañía petrolera “Texaco”, cuyo jefe fue convencido por un amigo de la CAMPSA para que apoyase a Franco. El jefe de la petrolera americana dio instrucciones para que se suministrase a Franco todo el petróleo que pudiera desear. Durante la guerra, una especie de embajador de la “Standard Oil” se encargaba de aprovisionar sin límites de carburante al ejército nacional. Aparte del petróleo, los americanos suministraron a Franco doce mil camiones. Mientras que los republicanos tuvieron enormes dificultades para comprar en los Estados Unidos.

Las condonaciones de Mussolini. Al finalizar la guerra, el Gobierno italiano fijó la deuda española en 5.000 millones de liras por suministro de material bélico y perdonó 1.926 millones de liras.

El coste de la Legión Cóndor. Alemania consideró que España debía pagar 372 millones de marcos, de los cuales 99 correspondían a la Legión Cóndor, mientras que el nuevo Gobierno entendía que este apoyo aéreo era una colaboración en el marco de "la lucha contra el comunismo".

Opiniones sobre la guerra civil

«Los americanos, y los Aliados, no liberaron toda Europa. La Rusia de Stalin, la misma que había pactado con la Alemania de Hitler en agosto de 1939, contribuyó de forma decisiva a la derrota del nazismo, y liberó a muchos países de esas garras, pero para imponer las suyas. Y una parte de Europa, la de Schuman, pero también la de EE UU, dejó abandonada a la otra a su mala suerte, hasta que se movieron los cimientos de la guerra fría, cayó el muro de Berlín y estos países renacieron a la libertad y a Europa.

Tampoco liberaron España. De hecho, la Guerra Civil española había sido, en parte, un anticipo de la II Guerra Mundial. Vivimos en nuestro país lo que Europa iba a vivir unos años después a escala continental. Antes de Múnich, hubo la guerra española. De esa contienda civil algunos huyeron perseguidos por ambas partes, como el abuelo español, José Ortega y Gasset, nacido también un 9 de mayo (de 1883). Regresó del exilio en 1945 creyendo, con ingenuidad, que una vez vencido Hitler, los Aliados empujarían al franquismo a irse o abrirse. Tampoco se trataba de pensar que los americanos iban a entrar en Madrid como entraron en Roma después. No. Pero sin la guerra fría que había empezado antes de terminada la caliente, y el apoyo americano (y de otros países como Francia y Reino Unido) dictado por la prioridad anticomunista, probablemente el franquismo no hubiera aguantado como lo hizo. Además, España se quedó sin acceso al Plan Marshall. Aquí lo que llegaron, años más tarde, una vez la democracia asentada y habiendo recuperado España su nivel histórico con la entrada en la hoy Unión Europea, fueron los fondos europeos de cohesión.» [Andrés Ortega: “Nueves de mayo”, en El País, 09.05.05]

«La tesis de que la Guerra Civil comienza en 1934 es mendaz y deleznable; sirvió de justificación para que los militares rebeldes montaran consejos de guerra contra los afiliados a sindicatos y partidos obreros acusándolos de rebelión.

El golpe fracasa porque encuentra un ejército escindido y es sólo una facción la que se rebela. A pesar de todo, tampoco es derrotado por la República. Y eso es lo que origina la Guerra Civil. Una República con un Gobierno en su sitio, que hubiera organizado las milicias, en lugar del desastroso reparto de armas sin control ninguno, hubiera podido tal vez derrotar aquella insurrección, de la misma manera que liquidó la revolución de 1934, que fue totalmente disparatada en su organización y más en su desarrollo.

Desde que los soviéticos mandan armamento a la República para contrarrestar la ayuda en armas y hombres que los rebeldes reciben de Alemania e Italia, se muestro lo que sería la II Guerra Mundial. Azaña, presidente de la República, llevó a un dirigente socialista francés Jean Richard-Bloch al balcón del Palacio Nacional a mediados del mes de agosto, le mostró la línea del frente y le dijo: «Ahí se está librando una batalla no sólo por la libertad y la independencia de España, sino por la liberdad de Francia». El hecho de que ni Francia ni Gran Bretaña decidieran poner obstáculos a la acción italiana y alemana convenció a Hitler de que su política de anexión de territorios no encontraría ninguna oposición por parte de franceses y británicos.» [Santos Juliá, El País, 14.05.2005]

«La República triunfó en España en un momento extremadamente delicado. Acababa de producirse la gran crisis económica de 1929 y crecía día a día el número de desempleados. El nuevo régimen no podía, por tanto, satisfacer las aspiraciones de la gente que lo había apoyado. Se produjo, además, una trágica paradoja: los liberales de centro-izquierda que gobernaban no tenían otra alternativa, ante una derecha tremendamente inmovilista, que apoyarse en los movimientos de extrema izquierda. Pero, aunque quisieran, no podían satisfacer sus demandas. Además, las reformas que la República pretendió llevar a cabo en unos cuantos años se habían llevado a cabo en otros países a lo largo de periodos de tiempo mucho más dilatados.

Dentro de la República convivían posturas, ideas y objetivos muy diferentes. En el bando nacional, todos eran conservadores, todos eran centralistas, todos eran autoritarios. Entre los otros, en cambio, había centralistas y autonomistas, partidarios de un Estado fuerte y partidarios de que no hubiera Estado, había moderados y extremistas. Convivían posturas distintas que tenían ideas diferentes de la guerra.

Había que crear un ejército, pero los anarquistas, que eran una de las fuerzas más entregadas a la hora de combatir contra el fascismo, no querían saber nada de una organización militar. El éxito inicial de las milicias, que detuvieron la rebelión en diferentes lugares, produjo un grave equívoco. Muchos consideraron que la organización miliciana era el ideal al que se tenía que aspirar, y no entendieron que había sido eficaz sólo en un contexto y unas condiciones muy específicas. En el caos inicial y cuando el Gobierno había sido superado por las circunstancias.

Los anarquistas y los comunistas eran dos facciones que se odiaban y que tenían formas muy distintas de ver la guerra, pero que compartían un enemigo común. Pero los anarquistas siempre sospechaban de los comunistas cuando maniobraban para tener más poder en la cúpula militar. Fueron los comunistas los grandes defensores de la necesidad de un ejército y los que influyeron más en la elaboración de las estrategias de la República, ya fuera por la presencia del armamento soviético, ya fuera por el peso de los asesores militares rusos. Y lo que querían era un ejército convencional en un Estado convencional.» [Antony Beevor]

«¿Por qué ganó Franco la guerra? Los militares sublevados en julio de 1936 ganaron la guerra porque tenían las tropas mejor entrenadas del ejército español, al poder económico, estaban más unidos que el bando republicano y los vientos internacionales soplaban a su favor. Después de la Primera Guerra Mundial y del triunfo de la revolución en Rusia, ninguna guerra civil podía ser ya sólo “interna”. Cuando empezó la Guerra Civil española, los poderes democráticos estaban intentando a toda costa “apaciguar” a los fascismos, sobre todo a la Alemania nazi, en vez de oponerse a quien realmente amenazaba el equilibrio de poder. La República se encontró, por lo tanto, con la tremenda adversidad de tener que hacer la guerra a unos militares sublevados que se beneficiaron desde el principio de esa situación internacional tan favorable a sus intereses.» Julián Casanova: “La Guerra Civil que nunca se aprendió en las escuelas”, en El País - 01/04/2014]

enunciados erróneos sobre la guerra CIVIL

El historiador Julián Casanova, en su España partida en dos: Breve historia de la guerra civil española. Barcelona: Editorial Crítica, 2012, desmonta algunos enunciados erróneos sobre la guerra civil:

1. La historia de España no fue una isla dentro de Europa. En las tres primeras décadas del siglo XX se dieron “más similitudes que diferencias” entre los acontecimientos españoles y europeos. No hubo anomalía. “Casi ningún país europeo resolvió los conflictos de los años treinta y cuarenta por la vía pacífica”. Casi todos los regímenes democráticos que sustituyeron a monarquías en Europa habían desaparecido cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, excepto Irlanda. Tampoco en esto España fue la excepción, ya que todas “fueron derribadas por sublevaciones militares contrarrevolucionarias, movimientos autoritarios o fascistas”. La diferencia española fue que el golpe de 1936 fue “el único que causó una guerra civil”.

2. Ni fascistas ni comunistas tuvieron peso político hasta 1936. El fascismo, según Casanova, surgió más tarde que en Italia y Alemania y con escasa fuerza hasta la primavera de 1936, mientras que el comunismo solo comenzó a tener presencia cuando sustituyó su lucha de clases por la colaboración en frentes antifascistas. “Solo gracias a una guerra civil, el comunismo y el fascismo acabaron teniendo una notable influencia en la política y en la sociedad española de los años treinta. Antes de la sublevación militar, ni fascistas ni comunistas tuvieron fuerza para desestabilizar a la República”. [Julián Casanova]

3. No hubo rebelión de generales ni sublevación militar en bloque. De los 18 generales importantes, se sumaron al golpe cuatro (Cabanellas, Queipo de Llano, Goded y Franco), que “no permitieron ninguna indecisión o resistencia de sus propios compañeros y quienes lo intentaron lo pagaron, empezando por varios jefes y oficiales pasados por las armas sin dilación ni juicio en el Marruecos español”. De los 254.000 militares que había, los sublevados contaron con unos 120.000.

4. En pocas semanas más de 13.000 soldados habían cruzado el Estrecho gracias a los aviones cedidos por Hitler y Mussolini, que nunca respetaron la política de no intervención propuesta por Gran Bretaña y Francia.

La religiosidad española no era uniforme en el 36. “Había una España muy católica, otra no tanto y otra muy anticatólica. Había más catolicismo en el norte que en el sur, en los propietarios que en los desposeídos, en las mujeres que en los hombres. La mayoría de los católicos eran antisocialistas y gente de orden. A la izquierda, republicana u obrera, se la asociaba con el anticlericalismo”.

6. Casanova sostiene que la Iglesia, “encantada” con el hecho de que las armas liquidaran a los infieles, construyó varios mitos e idealizó la figura de Franco. “Ni los militares tuvieron que pedir a la Iglesia su adhesión, que la ofreció gustosa, ni la Iglesia tuvo que dejar pasar el tiempo para decidirse. Unos porque querían el orden y otros porque decían defender la fe, todos se dieron cuenta de los beneficios de la entrada de lo sagrado en escena”. El catolicismo fue el punto de unión que aglutinó a todos los grupos reaccionarios, que apoyaban la sublevación. “La solución autoritaria requería masas. Y nadie mejor que la Iglesia y ese movimiento católico que apadrinaba para proporcionarlas”.

7. Más de 6.800 religiosos, incluidos 13 obispos, fueron asesinados; parte de las iglesias, saqueadas o quemadas; y numerosos cementerios, profanados. “Quemar una iglesia o matar a un eclesiástico es lo primero que se hizo tras la derrota de la sublevación en muchos pueblos y ciudades”. "El conflicto de largo alcance entre la Iglesia y los proyectos secularizadores lo resolvieron las armas a partir de una sublevación militar que dividió España en dos bandos, identificados por la defensa de la Iglesia y la religión católica o por la hostilidad hacia ellas (…) La Iglesia se sintió salvada con la sublevación y por eso ofreció sus manos y su bendición a los golpistas desde el primer disparo. La violencia anticlerical, de dimensiones sin precedentes ni parangón histórico en los países del entorno, endureció las posiciones de la jerarquía de la Iglesia y de los católicos, reafirmó su ardor guerrero y patriótico y bloqueó cualquier posibilidad de piedad o perdón”.

8. La República, según Casanova, gastó "una cantidad de dinero similar para perder la guerra a la que Franco utilizó para ganarla, unos 700 millones de dólares en cada bando, pero el material bélico que adquirió a través de las reservas de oro del Banco de España fue inferior, en cantidad y calidad, al que las potencias fascistas suministraron a los militares rebeldes".

9. Los 839 días de guerra causaron cerca de 600.000 víctimas, entre ellas 100.000 debidas a la represión en la zona sublevada y 55.000 a la violencia en la zona republicana.

10. En su epílogo, Casanova destaca que "la larga y cruel dictadura de Franco" fue "la gran excepcionalidad de la historia de España del siglo XX, si se compara con la de los otros países capitalistas occidentales". Junto a la de Salazar en Portugal, fue la única creada en la Europa de entreguerras que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial.

La guerra civil y sus víctimas

«El 26 de enero de 1939 las tropas de general Franco entraron en Barcelona. Unos días después, el 9 de febrero, "próxima la total liberación de España", Franco firmó en Burgos la Ley de Responsabilidades Políticas, el primer asalto de la violencia vengadora sobre la que se asentó la Dictadura. La ley declaraba "la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas" que, desde el 1 de octubre de 1934, "contribuyeron a crear o agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España", y las que, a partir del 18 de julio de 1936, "se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave". Hasta octubre de 1941 se habían abierto 125.286 expedientes y unas 200.000 personas más sufrieron la "fuerza de la justicia" de esa ley en los años siguientes. La ley quedó derogada el 13 de abril de 1945, pero las decenas de expedientes en trámite siguieron su curso hasta el 10 de noviembre de 1966. [...]

La Ley de Responsabilidades Políticas brindó la oportunidad a la Iglesia católica, por medio de los párrocos, de convertirse en una agencia de investigación parapolicial. No era suficiente con que la Iglesia, colmada de privilegios con la victoria, recuperara su papel de guardián de la buena moral y de las buenas costumbres. Los párrocos se convirtieron, gracias a esa ley, en investigadores públicos del pasado de todo vecino sospechoso de haber "subvertido el orden" y, por supuesto, de haber "atacado a la Iglesia", acusaciones bajo las que podían implicar a los supuestos responsables y a toda su familia. Con sus informes, aprobaron el exterminio legal organizado por los vencedores y se involucraron hasta la médula en la red de sentimientos de venganza, envidias, odios y enemistades que envolvió la vida cotidiana de esas pequeñas comunidades rurales en la posguerra.

Los odios, las venganzas y el rencor alimentaron el afán de rapiña sobre los miles de puestos que los asesinados y represaliados habían dejado libres en la administración del Estado, en los ayuntamientos e instituciones provinciales y locales. Un porcentaje elevadísimo de las plazas "vacantes", hasta el 80 %, se reservaba para ex combatientes, ex cautivos, familiares de los mártires de la Cruzada, y para tener acceso al resto había que demostrar una total lealtad a los principios de los vencedores. Ahí residía una de las bases de apoyo duradero a la dictadura de Franco, la "adhesión inquebrantable" de todos aquellos beneficiados por la victoria.» [Julián Casanova: “El castigo de los vencido”, en El País, 01/02/2009]

Alrededor de 7.000 religiosos, una tercera parte de todos los que hay en España, y un número desconocido de militantes laicos serán asesinados en el bando republicano. Según Tussell, Historia de España en el siglo XX, T. II, pág. 329, en todo el periodo del Imperio Romano el número de cristianos muertos no pasó de un millar.

«El calendario de festejos y beatificaciones en lotes de a cien, confeccionado por los inefables Ratzinger y Rouco Varela, nos traslada a la gran tragedia española del siglo XX. Mientras un bando nunca dejó de honrar a sus caídos, al otro sólo le quedaba rechinar los dientes. Cuando, hartos de apretar las mandíbulas, algunos han decidido apartar la tierra negra que cubre los huesos de los suyos, les han llovido burlas, improperios y acusaciones de “reabrir viejas heridas”. No, las llagas no se cerrarán hasta que el último hueso sea rescatado de la ignominia del barro y el olvido.

Por si esto no fuera suficiente, durante años ha habido que escuchar tópicos machacones del tipo de “todos fueron iguales” o “barbaridades se cometieron por igual en ambas partes”. Pero la resignación ante esta mentira ha expirado.

Las cifras del “terror rojo” apenas llegaron a 40.000 personas. Escalofriante, ciertamente, pero muy poco comparado con las más de 130.000 víctimas que se cobró la represión franquista. Cifra que, lejos de ser definitiva, va en aumento a medida que se profundiza en archivos y cunetas. Pero la diferencia fundamental no radica solo en el número de muertos, sino en que los sublevados perpetraron, según el documentado estudio de Francisco Espinosa, un “plan de exterminio desde el principio y valiéndose de los resortes del poder”. Algo que, además, encaja con las sucias palabras de Queipo de Llano a José López Pinto, jefe de los golpistas gaditanos… “¡Esto se acaba!, es preciso que antes hayas matado a todos los comunistas”.» [Gustavo Vidal Manzanares]

«Julián Casanova, un historiador especializado en este asunto, calcula que hay más de un millón de personas que podrían considerarse víctimas de la represión. El cálculo de más de un millón de afectados se obtiene sumandos los asesinados (150.000 a manos de los franquistas entre las guerra y los casi 40 años de dictadura, y unos 60.000 a manos de los republicanos, aunque todos estos últimos tuvieron su reconocimiento oficial por el régimen y sus familiares lograron todo tipo de compensaciones), los que sufrieron cárcel, campos de concentración, trabajos forzados o torturas (se calcula que hubo unos 400.000, hay datos oficiales que señalan que en 1940 llegó a haber 270.000 personas encarceladas al mismo por motivos políticos, y está certificado que al menos 5.000 presos murieron de hambre y epidemias) y los exiliados (hubo unos 650.000 en el primer momento que huían de la persecución de la persecución política, y poco a poco algunos fueron regresando, hasta quedarse en una cifra de 170.000). A todos ellos, para imaginar las dimensiones de la tragedia, hay que sumar unas 400.000 personas que murieron en combate, y por tanto no pueden ser considerados represaliados.» [Carlos E. Cué: “Más de un millón de represaliados podrán ser honrados oficialmente”. En: El País, 04.10.2008, p. 10]

«Según la lista que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica le entregó al juez Baltasar Garzón cuando este inició una causa para investigar el paradero de los asesinados por los golpistas entre julio de 1936 y diciembre de 1951, fueron a parar al menos 130.137 personas en España y 7.000 más en campos de concentración en el extranjero.

Mientras en España unos hablan del futuro como único antídoto del pasado y otros intentan explicarles que la manera de avanzar en la historia es pasar página, pero no arrancarla, Amnistía Internacional (AI) ha realizado varios informes en los que se pregunta por qué España intervino judicialmente en los casos de las dictaduras chilena y argentina, pidiendo la extradición de Augusto Pinochet o condenando al ex militar argentino Adolfo Scilingo por crímenes de lesa humanidad, y sin embargo "no ha sido capaz de ofrecer verdad, justicia y reparación para las víctimas de su propio país durante la Guerra Civil y el régimen franquista", lo que hace evidente la originalidad macabra de nuestro país, "que es el único caso donde no se ha avanzado prácticamente nada 70 años después de la Guerra Civil".» [Benjamín Prado, en El País, 18/01/2009]

«En mi opinión, si la reconciliación general de los dos bandos de la Guerra Civil dependiera sólo de restaurar la dignidad de los asesinados por la derecha y por la izquierda, sería posible dar por zanjada la cuestión en el contexto de la actual Ley de Memoria Histórica. Por comparar, si la gran mayoría de los alemanes ha reconocido los crímenes del régimen nazi; si la gran mayoría de los estadounidenses ha reconocido los crímenes colectivos de la esclavitud y posteriormente la segregación; y si la mayoría de los surafricanos ha aprobado el final del apartheid, no cabe duda de que la inmensa mayoría de los españoles podría reconocer el carácter criminal de una represión que duró décadas y ejecutó a más de 100.000 no combatientes.

Sin embargo, lo que ocurre en España, una parte importante del problema, es que la sociedad española en su conjunto no ha juzgado la dictadura de Franco como régimen criminal, en el mismo sentido en el que Alemania condenó el régimen nazi, Suráfrica condenó el apartheid y Estados Unidos condenó la esclavitud y el siglo de segregación que siguió al fin de la esclavitud. Existe una parte pequeña pero sustancial de la población española que opina que la palabra República no fue más que un sinónimo de incompetencia y desorden, que recuerda la violencia laboral, las amenazas contra la Iglesia y la burguesía y las promesas de uno u otro tipo de revolución colectivista en la primavera de 1936. Para esa minoría sustancial, el alzamiento militar fue un esfuerzo justificado, un pronunciamiento tradicional español como método para restablecer el orden público. Esas personas, aunque reconocen la extrema crueldad del régimen de Franco, consideran que la izquierda revolucionaria fue más responsable de la Guerra Civil y sus terribles consecuencias que el alzamiento del 18 de julio.» [Gabriel Jackson. “¿Se puede dar por cerrada la Guerra Civil?”. En: El País, 30/11/2008]

«El total de víctimas mortales, según los historiadores, se aproximó a las 600.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. El desmoronamiento del ejército republicano en la primavera de 1939 llevó a varios centenares de miles de soldados vencidos a cárceles e improvisados campos de concentración. A finales de 1939 y durante 1940 las fuentes oficiales daban más de 270.000 reclusos, una cifra que descendió de forma continua en los dos años siguientes debido a las numerosas ejecuciones y a los miles de muertos por enfermedad y desnutrición. Al menos 50.000 personas fueron ejecutadas entre 1939 y 1946.» Julián Casanova: “La Guerra Civil que nunca se aprendió en las escuelas”, en El País  - 01/04/2014]