Isabel II (1833-1868)

Justo Fernández López


EL REINADO DE ISABEL II (1844-1868)

 

Gobiernos del general Narváez (1843-1854)

Bienio Liberal (1854-1856).

Fin del reinado de Isabel II (1856-1868).

Comienzo del Sexenio Revolucionario (1868-1874).

El reinado de Isabel II abarca el segundo tercio del siglo XIX, desde 1833 hasta la revolución de 1868, que obliga a la reina a salir del país en pos de una ‘España con honra’. Previamente, se estableció una etapa de minoridad y regencia de María Cristina y del general Baldomero Fernández Espartero, que terminó en 1843.

Ante el posible regreso de María Cristina, que intrigaba desde Francia, se propuso un adelanto de la mayoría de edad de Isabel II el 10 de noviembre. La nueva reina tenía solo 13 años de edad.

Tras la caída de Espartero y recién nombrada Isabel II mayor de edad y Reina de España, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros el diputado progresista Salustiano Olózaga, quien llevó a cabo reformas progresistas como la ley de los ayuntamiento y la rehabilitación de la Milicia Nacional, pero fue acusado de forzar a la reina a firmar un decreto de disolución de las Cortes, por lo que su carrera política acabó.

Durante el azaroso tiempo de la regencia, España vivió un período convulsionado: una guerra civil, dieciocho gobiernos, tres textos constitucionales y más de doscientos pronunciamientos. La clase política sentía ahora la necesidad de un período de estabilización, de orden y autoridad para poder consolidad las instituciones.

Los roces entre los poderes militar y civil en la España isabelina fueron permanentes, con implicaciones de carácter personal y liderazgo político de insignes militares al frente de los principales partidos (Leopoldo O’Donnell, Ramón María Narváez, Baldomero Fernández Espartero), al igual que el contexto bélico y la sobreactuación del ejército se convirtieron en componentes habituales del paisaje peninsular.

Entre julio de 1843 y mayo de 1844 se desarrolló un proceso de transición en el que se pretendía desmantelar el influjo de Espartero en la sociedad y administración. Narváez y el presidente del gobierno Joaquín María López convocaron elecciones, disolvieron la Milicia Nacional e intentaron controlar las juntas revolucionarias.

Así comienza una Década Moderada que se extenderá de 1844 a 1854 y que comienza declarando mayor de edad a Isabel II, con solo trece años, en contra de lo que estipulaba la constitución vigente.

LA ESCISIÓN DE LOS LIBERALES

Los liberales terminaran por escindirse en dos grupos: moderados y progresistas. La guerra civil culminó la división del liberalismo español, iniciada en el Trienio Liberal.

Los liberales progresistas, antiguos exaltados, mantendrán hasta 1868 el siguiente ideario: limitación del poder de la Corona, ampliación del sistema de libertades, defensa de reformas radicales como la desamortización de los bienes eclesiásticos y de los ayuntamientos, ampliación del cuerpo electoral, exigencia de un voto censitario más amplio, elección popular de alcaldes y concejales en los ayuntamientos, liberalismo económico y reducción de la protección arancelaria y constitución de un cuerpo armado, la Milicia Nacional, como garante de las libertades. Los progresistas concentraron su apoyo social en las clases medias urbanas: artesanos, tenderos, empleados. Sus principales dirigentes fueron Espartero, Mendizábal, Madoz, Olózaga y Prim.

A lo largo del reinado de Isabel II y la regencia de su madre María Cristina solo estuvieron en el poder durante breves períodos: 1835-1844 y 1854-56 (Bienio progresista). La mejor concreción de su programa fue la Constitución de 1837. Hacia 1849 sufrieron una escisión por su izquierda, naciendo el Partido Demócrata. Que defendían el sufragio universal, la asistencia social estatal y una amplia libertad de asociación.

Los liberales moderados, antiguos doceañistas en el Trienio, plantearon un programa mucho más conservador: orden y autoridad fuerte, fortalecimiento del poder del rey y restricción de las libertades, rechazo de las reformas que pusieran en cuestión sus propiedades, recorte a todo exceso de libertad por correr peligro de ser utilizada por las clases populares, sufragio censitario restringido a los mayores contribuyentes, designación de los ayuntamientos por el gobierno central, supresión de la Milicia Nacional. Tras las desamortizaciones realizadas por los progresistas, no trataron de devolver sus propiedades al clero o a los ayuntamientos. El programa moderantista se concretó en la Constitución de 1845, Ley de Ayuntamientos de 1845 y Ley Electoral de 1846. Su apoyo social residía en las clases altas del país: terratenientes, grandes industriales, burguesía financiera y comercial. Sus principales dirigentes fueron Martínez de la Rosa, el general Narváez y Alejandro Mon.

DÉCADA MODERADA (1844-1854)

 

Declaración de la mayoría de edad de Isabel II en 1843.

Gobiernos moderados del general Ramón M. Narváez y Juan Bravo Murillo.

El levantamiento de los moderados contra el general Espartero en 1843 termina por colocar al general Narváez cmo jefe de Gobierno en 1844.

Se promulga la Constitución de 1845, de corte conservador: soberanía compartida, cortes bicamerales con un senado de designación real, sufragio censitario.

Concordato con la Santa Sede en 1851: el catolicismo es declarado religión del Estado.

Fuertes recortes a la libertad de prensa.

Creación de la Guardia Civil en 1844.

Se profundiza la centralización del Estado: las provincias serán gobernadas por un gobernador civil y otro militar. Los alcaldes de más de 2.000 habitantes serán nombrados por la Corona.

En 1848 se inaugura la primera línea de ferrocarril en la Península, que unirá Barcelona con Mataró. A partir de esa fecha se producirá una rápida expansión con la construcción de numerosas líneas de ferrocarril de ancho ibérico.

Pronunciamiento liberal en Vicálvaro (Madrid), la llamada Vicalvarada, en 1854, provocado por la corrupción generalizada, los intentos de Bravo Murillo por recortar aún más las libertades y el abuso de poder de los moderados.

La década moderada es el nombre con el que se conoce el período del reinado de Isabel II transcurrido entre mayo de 1844 y julio de 1854. Durante esos diez años los liberales conservadores del Partido Moderado detentaron en exclusiva el poder con el apoyo de la Corona, sin que los liberales progresistas tuvieran la más mínima oportunidad para acceder al gobierno.

Toda la época moderada, prácticamente de 1844 a 1868, fue, políticamente, una época gris. Con la Constitución de 1845, conservadora y censitaria, los gobiernoes se fueron sucediendo, presididos directa o indirectamente por el generl Ramón Narváez, el “espadón del moderantismo”.

Tras acceder al trono al adelantarse su mayoría de edad en noviembre de 1843, Isabel II mostró desde un principio su preferencia por los moderados, dejando fuera del juego político al partido progresista. Se abría así un largo período de predominio moderado. Los progresistas optaron o por el retraimiento, negándose a participar en unas consultas electorales claramente amañadas, o por la conspiración. El 4 de mayo de 1844 se formó un gabinete presidido por el líder del Partido Moderado, el general Narváez, que será durante diez años el hombre fuerte del moderantismo.

Uno de los principales factores del triunfo de los moderados en la revolución de 1843 fue la ayuda prestada por el gobierno francés, que fomentó toda iniciativa que llevara a la caída de Espartero. La política francesa varió totalmente y la española se inclinó más hacia Francia que a Gran Bretaña, aunque siguió la mediatización extranjera.

Se promulga la Constitución de 1845, que entrega todos los poderes a la Corona, al Ministerio y al Consejo de Estado. El Partido Moderado estaba formado por un conjunto poco homogéneo y con escasa cohesión interna. Era de ideología liberal y su apoyo social le venía de las clases medias ilustradas y las enriquecidas por la desamortización, la aristocracia latifundista y la incipiente burguesía en sentido estricto.

La oposición a los moderados no provenía de las clases trabajadoras, sino de pequeños grupos de comerciantes, menestrales, artesanos, empleados modestos o militares de baja graduación, que encontraron su manifestación política en el Partido Progresista.

Estas fueron las principales medidas que se adoptaron durante la Década Moderada:

La labor administrativa ocupó uno de los principales objetivos de casi todos los gobiernos moderados y a ellos se debe la gran burocratización del Estado. Se continuó con el proceso de centralización y unificación del aparato administrativo del Estado. La confusión entre unidad y uniformidad fue un rasgo sustancial del liberalismo doctrinario decimonónico. Los poderes de los ayuntamientos fueron recortados al atribuir directamente al gobierno el nombramiento de los alcaldes de las capitales de provincias y de los partidos judiciales con más de 2.000 habitantes.

El 13 de mayo de 1844: el Duque de Ahumada crea la Guardia Civil, popularmente llamada la Benemérita, primer cuerpo de seguridad pública de ámbito nacional en España, cuerpo armado permanente, fuertemente militarizado y a las órdenes del Gobierno de turno y encargado de aplicar la ley y orden esencialmente en el medio rural. El objetivo era dotar al gobierno de unbrazo armado dispuesto a sofocar la disidencia política y vigilar la propiedad. La actuación de la Guardia Civil resultaría fundamental para dar seguridad a una España rural en la que reinaba el pillaje y el bandolerismo, fruto de las desamortizaciones que habían dejado a los campesinos sin tierras. La Guardia Civil mantuvo el orden en la ciudad y en el campo, no solo contra bandoleros y contrabandistas, sino contra los campesinos sublevados por años de miseria y los obreros sometidos a leoninas condiciones laborales.

El gobierno de los moderados, contraponiendo Orden Público a “la revolución”, disuelven la Milicia Nacional, cuya jefatura correspondía a los alcaldes y era un símbolo de progresismo político y de voluntad popular desde la Constitución de 1812. Eran «ciudadanos armados que elegían democráticamente a sus jefes y que solo dependían de un alcalde también electo; era la fuerza armada del poder local democrático. Ahora el artículo 104 de la Constitución, le concede a la Guardia Civil la misión de proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades de los españoles y garantizar la seguridad ciudadana, bajo la dependencia del Gobierno de la Nación: «proveer al buen orden, a la seguridad pública y a la protección de las personas de las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones.»

Se hace una gran reforma de la Hacienda y una reforma del sistema fiscal en 1845, elaborada por Alejandro Mon. Se estableció un nuevo sistema fiscal más racional, eficaz y moderno, que puso fin al enrevesado sistema impositivo del Antiguo Régimen. Estas reformas económicas permitieron a los moderados llevar a cabo muchas obras públicas: carreteras, ferrocarriles y puertos.

Ley Electoral de 1846 que configura un verdadero régimen oligárquico. Se estableció un sufragio muy restringido  que limitó el cuerpo electoral a 97.000 varones mayores de más de 25 años, lo que suponía el 0.8% del total de la población.

Se suspendió la venta de los bienes de la Iglesia. Narváez trata de cerrar las heridas abiertas en Roma a causa de la desamortización con la firma de un nuevo Concordato en 1851 entre el gobierno español y la Santa Sede, inaugurando las relaciones pacíficas del liberalismo con la Iglesia. El Papa reconocía a Isabel II como reina y aceptaba la pérdida de los bienes eclesiásticos ya desamortizados por Mendizábal y se contentaba con las indemnizaciones propuestas en las partidas de culto y clero. A cambio el estado español reconocía a la religión católica como única de la nación española, se aceptaba la inspección de la Iglesia sobre el sistema educativo para adecuarlo a la moral católica, reconocía el derecho de la Iglesia a adquirir y poseer bienes después de admitir la venta ya efectuadas tras la ley desamortizadora, permitía la existencia de ordenes religiosas masculinas, creaba la contribución de culto y clero lo que suponía que el estado iba a mantener a la Iglesia con cargo a los presupuestos del Estado. El moderantismo abogaba por un pacto con la jerarquía eclesiástica frente a los liberales radicales, defensores de una completa sumisión de la Iglesia y las Cortes, antes que la tormenta anticlerical de 1868 (La Gloriosa) y la guerra carlista reabran de nuevo las cicatrices. El Concordato de 1851 tendrá vigencia hasta el franquismo.

El 25 de septiembre de 1845 se publica un Plan de Estudios para unificar y centralizar los sistemas docentes: los Institutos de Bachillerato adquieren entidad propia y la Universidad pierde su tradicional intepedencia.

En el plano jurídico se intentó lograr una unidad legislativa mediante el proceso de codificación de las leyes con la promulgación de un nuevo código penal en 1848. Se implantó el sistema decimal en las monedas (1848) y en los pesos y medidas (1849), aunque su uso se generalizó con posterioridad.

La consolidación de las instituciones tuvo como base el mantenimiento del orden público. Los acontecimientos de 1847-1848 probaron la defensa de este principio y la innata capacidad de mando del general Narváez. En otoño de 1847 la formación de un gobierno pluralista presidido por García Goyena y la concesión de una amnistía a los emigrados políticos, cambiaba el rumbo político hacia el progresismo.

El 5 de octubre de 1847 Narváez regresa de Francia, a donde se había retirado hastiado de las intrigas madrileñas, irrumper en el consejo de ministros y sable en mano envió a todos los miembros del gabinete a sus casas, comenzando el más largo gobierno de la década: tres años y tres meses.

CONSTITUCIÓN DEL 23 DE MAYO DE 1845

Esta nueva Constitución recogía exclusivamente los principios de la tradición moderada al diseñar un control estricto de la prensa y la libertad de expresión, suprime los aspectos más avanzados de la de 1837 y asume los principios del liberalismo moderado: soberanía compartida, Senado de nombramiento real y vitalicio, limitación de sufragio (limitado a los mayores contribuyentes), supresión de la Milicia Nacional, pérdida de la autonomía municipal.

La sustitución del principio de soberanía nacional por el de la soberanía conjunta de la Corona y de las Cortes se concretaba en un poder legislativo compartido por ambas instituciones y en una clara preeminencia de la Corona en el proceso político.

Confesionalidad del Estado: “La religión de la nación española es la religión católica”. Recorte de los derechos individuales, especialmente la libertad de expresión.

La Constitución de 1845 no despertó entusiasmo ni satisfizo a nadie, más bien rompió el consenso que hasta entonces había existido en este campo y se convirtió en el instrumento para el ejercicio del poder de un partido único.

«Vigente hasta 1868, la Constitución de 1845 delataba el pacto entre la Corona y los poderosos: la aristocracia del dinero obtenía un instrumento con el que frenar los desmanes de los exaltados y la reina, una plataforma para el ejercicio del poder. Gracias a tales prerrogativas Isabel II intervino a su antojo en el nombramiento de ministro, con los que mantuvo en dique seco a los líderes progresistas, que apartados del gobierno vieron constreñida su actividad a la crítica de la prensa o la oposición parlamantaria.» [García de Cortázar 2003: 195]

SEGUNDA GUERRA CARLISTA (1846-1849)

El fracaso de los intentos de casar a Isabel II con el pretendiente carlista, Carlos Luis de Borbón, propiciado por distintos sectores moderados de Isabel II, como Jaime Balmes y Donoso Cortés, y por el carlismo, los carlistas vuelven a empuñar las armas en favor del hijo de Carlos María Isidro de Borbón, Carlos Luis María Fernando de Borbón y Braganza, conde de Montemolín, pretendiente al trono de España con el nombre de Carlos VI tras la abdicación de su padre el 18 de mayo de 1845, que perseguía con esa medida facilitar el matrimonio entre Carlos Luis e Isabel. Isabel II terminó casándose con su primo Francisco de Asís de Borbón.

A finales de 1846, Don Carlos Luis publicó un manifiesto, en donde llamaba a la lucha armada, se estableció en Londres y poco después comenzó la Segunda Guerra Carlista o guerra dels Matiners.

En abril de 1849 se detuvo al pretendiente Carlos Luis cuando pretendía entrar por la frontera francesa en España y el 26 de abril las tropas carlistas tuvieron que cruzar la frontera francesa perseguidas por el ejército gobernamental, poniendo fin a la  segunda guerra carlista.

En junio de 1849 el gobierno publicó un decreto amnistiando a los carlistas. Más de 1.400 regresaron a España, mientras otros decidieron quedarse en Francia. Muchos de los veteranos carlistas que regresaron combatieron más tarde en la Guerra de África (1859-1860).

LA REVOLUCIÓN DE 1848 EN EUROPA – REPERCUSIÓN EN ESPAÑA

El 21 de febrero de 1848 se Karl Marx y Friedrich Engels publican el Manifiesto del Partido Comunista. La Revolución de 1848 (la Primavera de los Pueblos o el Año de las Revoluciones) acabó con la Europa de la Restauración y con el predominio del absolutismo en el continente europeo desde el Congreso de Viena de 1814–1815. Las revoluciones de 1848 se caracterizaron por su carácter nacionalista y por el inicio de las primeras muestras organizadas del movimiento obrero. Su éxito inicial no fue duradero, pues pronto fueron reprimidas por las fuerzas conservadoras. Pero a partir de entonces se vio que era imposible seguir manteniendo sin cambios la política del Antiguo Régimen.

La revolución del 48 en España fue un auténtico fracaso por la dureza y rapidez desplegadas por Narváez, por la falta de respaldo del grupo progresista, por la mala organización y por falta de apoyo popular. Pero a raíz de la revolución en Francia, los moderados cerraron filas en torno a Narváez y pudieron gobernar cómodamente hasta finales de 1851, mientras que los progresistas se dividieron más con la escisión de los jóvenes leones que en abril de 1849 presentaron el programa de un nuevo partido: el demócrata.

La palabra revolución se convirtió en sinónimo de anarquía, caos y rechazo total del sagrado principio de la propiedad individual, lo que fomentó una política regresiva por parte del Gobierno y represiva en cuanto al incipiente asociacionismo obrero.

La corrupción en amplios sectores de la administración llevó a la fragmentación del partido. El 30 de diciembre de 1850, Donoso Cortés denunció en el Congreso la corrupción administrativa, lo que llevó a la dimisión del general Narváez y al nombramiento de Bravo Murillo que intentó varias reformas administrativas, pero, incapaz de atajar las divisiones internas del moderantismo, endureció el poder ejecutivo. La pretensión de Bravo Murillo de conseguir la aprobación de una nueva Constitución provocó la protesta de progresistas y moderados unidos ahora en una oposición. La reina retira a Bravo Murillo y nombra a los tres últimos presidentes de gobierno de la década.

Comenzó la división de los moderados y la decadencia del partido moderado. Al no obtener respaldo parlamentario, el tercer presidente, Luis Sartorius, conde de San Luis, comenzó a gobernar de forma arbitraria, lo que llevó a una parte de los moderados, liderados por el general O’Donnnell a un pronunciamiento militar el 28 de junio de 1854 en Vicálvaro, que pasó a la historia como La Vicalvarada.

BIENIO PROGRESISTA 1854-1856 – LA VICALVARADA

El fracaso de un intento de reforma constitucional en sentido autoritario, la división del partido moderado, los casos de corrupción centrados en la construcción de ferrocarriles, etc. fueron desgastando el gobierno de los moderados provocando la sublevación de los progresistas en 1854.

La complacencia con que Narváez patrocinaba la corrupción, la censura, los escándalos económicos, insurrecciones, encarcelamientos, ejecuciones, destierros, etc. se suceden en una espiral de silencio y furia contenido que estalla contra el autoritarismo de Narváez.

La pérdida de la autonomía municipal y el mantenimiento de un sistema fiscal basado en los impuestos indirectos sobre trabajadores, campesinos y pequeños propietarios urbanos, además de las crisis cíclicas que se producían fueron provocando el malestar social. A lo que hay que añadir los cambios de gobierno, a veces caprichosos, que la Constitución permitía a la reina Isabel II y el desprestigio personal y de su corte. Todo esto motivó un aumento de la oposición y crítica social al régimen moderado.

Mientras en Europa se había producide desde 1848 un reconocimiento del sufragio universal, y en España se difundían los ideales democráticos y despuntaba el movimiento obrero, el gobierno moderado se iba desprestigiando cada día más.

En la década moderada se gobernó mediante las llamadas “camarillas”: grupos de intereses comunes cuyo objetivo era conseguir sus intereses. Durante la década moderada destacó la alianza de la corona con los moderados. La Constitución de 1845 proclamaba el orden frente a la libertad, la importancia de la propiedad y el centralismo administrativo; burlaba la amplia declaración de derechos de 1837. Los moderaros implantaron un régimen de carácter conservador que incluso se derivaba al autoritarismo.

Entre el 28 de junio y el 28 de julio de 1854, se produce un pronunciamiento progresista en Vicálvaro (municipio de la provincia de Madrid) que pasó a la historia como la La Vicalvarada. Se inició con el enfrentamiento entre las tropas sublevadas al mando del general Leopoldo O'Donnell y las tropas gubernamentales. Fue un pronunciamiento militar seguido de una insurrección popular. El enfrentamiento terminó con un resultado indeciso, pues ambos bandos se proclamaron vencedores. En febrero de 1854, militares adeptos al Partido Democrático trataron de llevar a término una sublevación en Zaragoza, con el apoyo de elementos civiles, pero fracasaron. Miembros de la burguesía industrial y el progresismo mantuviesen, no obstante, sus intenciones de hacer caer al gobierno moderado.

El 28 de junio de 1854, un nutrido grupo de altos mandos del ejército capitaneados por Leopoldo O'Donnell publicó el Manifiesto de Manzanares y se sublevaron contra el gobierno. La situación se prolongó hasta que en julio el Partido Progresista instó al general Espartero a unirse al movimiento y liderarlo. Los posteriores alzamientos de los progresistas en Barcelona, Valladolid, Zaragoza y Madrid inclinaron la balanza en favor de los pronunciados. El agravamiento de la situación a mediados de julio obligó a Isabel II a prescindir de los moderados y llamar a Espartero para presidir el Consejo de Ministros. Tras exilio y la posterior retirada de la política había convertido el general Espartero se convierte de nuevo en un héroe.

Los progresistas retornan al poder y el general progresista Baldomero Espartero vuelve a ostentar la jefatura del Gobierno, pero esta vez con menos protagonismo que en la etapa progresista anterior en la que había tenido la función de Regente del Reino. La reina, aconsejada por su madre, María Cristina de Borbón, consideró una deslealtad de O'Donnell el amotinamiento privándolo de la Presidencia.

El 29 de julio entraron en Madrid Espartero y O'Donnell amparados por el clamor popular y el 1 de agosto se formó el nuevo gabinete. Durante los dos años que duró el Bienio Progresista (1854-1856), Espartero y O'Donnell gobernaron con el apoyo de un parlamento formado por tres grupos políticos: la Unión liberal, amalgama de moderados, odonellistas y progresistas templados, los progresistas puros y los demócratas.

EL MANIFIESTO DEL MANZANARES – 6 DE JULIO DE 1854

El Manifiesto del Manzanares fue redactado por el joven Antonio Canovas y firmado en el cuartel general de Manzanares (Ciudad Real) por el general en jefe del Ejército constitucional, Leopoldo O’Donnell, conde de Lucena. Contiene las siguientes propuestas:

Ampliación del sufragio, muy restringido en la Década Moderada a los grandes contribuyentes.

Ampliación de las libertades políticas, especialmente la libertad de imprenta.

Dar cumplimiento a reivindicaciones populares urbanas: rebaja de impuestos, los odiados consumos.

Autonomía municipal, frente al centralismo moderado: otorgar a los ciudadanos la posibilidad de elegir a sus cargos municipales.

Restablecer la Milicia Nacional como garantía de la libertad ciudadana.

Creación de Juntas de Gobierno en las provincias y convocación de Cortes Generales para sentar las bases de un orden, pero sin la propuesta de la redacción de una nueva constitución.

Son ideas que coinciden con el programa del progresismo español de la época.

BIENIO PROGRESISTA 1854-1856 – POLÍTICA PROGRESISTA

 

Pronunciamiento liberal en Vicálvaro (Madrid), la llamada Vicalvarada, en 1854, provocado por la corrupción generalizada, los intentos de Bravo Murillo por recortar aún más las libertades y el abuso de poder de los moderados.

Los liberales vuelven al Gobierno con el general Espartero a la cabeza. A consecuencia de la Vicalvarada, la reina entrega el poder al general Espartero, quien lo comparte con el general moderado O’Donnell.

Cambio de régimen: convocatoria de elecciones a Cortes Constituyentes y una nueva ley de desamortización (1855).

Abundan los disturbios provocados por las reivindicaciones de los obreros, frente a los que la burguesía liberal se une.

El general O’Donnell funda la Unión Liberal, que agrupará a moderados y progresistas.

En 1856 se disuelven las Cortes y dimite el general Espartero.

Los gobierno progresistas ponen en práctica medida liberales: ampliación de las libertades políticas y sufragio, proyecto de una reforma de la Constitución de 1845, que no llegó a ser aprobado, soberanía nacional, establecimiento de limitaciones al poder de la Corona, una prensa sometida al juicio de un jurado, vuelta de la Milicia Nacional eliminada por los moderados, alcaldes elegidos por los vecinos, Senado elegido por los votantes, autonomía de las Cortes y su primacía sobre el Senado en la aprobación de presumuestos, y tolerancia religiosa.

En economía se realizaron reformas sin gran éxito. Así la Desamortización de Madoz afectó a los ayuntamientos y a las clases más bajas, se continuó con las ventas de bienes procedentes de los conventos. Se promulgó una Ley de Ferrocarriles, una Ley de Sociedades Anónimas y se creó un banco oficial, el Banco de España. Lo que no prosperó fue la reforma monetaria.

En el Bienio Progresista van apareciendo nuevas fuerzas políticas a la izquierda de los progresistas: los demócratas, republicanos y federalistas, exigían una auténtica democratización del régimen, con sufragio universal, laicismo y libertades democráticas plenas. Van tomando auge los movimientos obreros ampliamente organizados, especialmente en las regiones industrializadas como Cataluña, que asistió a la primera huelga general, declarada por los trabajadores para arrancar del gobierno el derecho de asociación de 1855. En Andalucía y Castilla los campesinos protestan por la situación en que habían quedado desde que la Iglesia había perdido sus bienes por las desamortizaciones y estos habían pasado a manos de terratenientes y capitalistas sin escrúpulos. Se había creado así una masa de proletariado agrícola: braceros en Andalucía y yunteros en Extremadura.

Las Cortes constituyentes, inauguradas el 8 de noviembre de 1854, realizaron una enorme obra legislativa con más de 200 leyes promulgadas sobre la desamortización, los ferrocarriles y las sociedades de crédito Pero la Constitución no llegó a ser promulgada.

Los gobiernos progresistas se ven cada vez más hostigados en las Cortes y en los medios de comunicación por los moderados, por un lado, y por la izquierda, por otro. El gobierno tuvo que enfrentarse con grandes dificultades económicas y con movimientos populares que reclamaban la puesta en práctica de los puntos del programa progresista. Este clima de alteraciones sociales dio al traste con la coalición, con la consiguiente dimisión de Espartero y el nombramiento de O'Donnell, que tenía todo el apoyo de la Reina porque lo consideraba como un puente hacia el moderantismo, como nuevo presidente del gobierno.

Pero cuando O'Donnell no llevaba ni tres meses en la presidencia y una vez restablecido el orden público, Isabel II entregó el poder a los moderados en una escena frívola que tuvo lugar el 10 de octubre: la Reina escogió a Narváez para bailar la primera pieza, un rigodón, con la que se abría su fiesta de cumpleaños.

De octubre de 1856 a junio de 1858, se sucedieron en el poder tres gabinetes moderados, Narváez, Armero e Istúriz, que demostraron lo anticuado que se había quedado el moderantismo.

La Unión Liberal no era un partido de ideales, sino pragmático. Sus principios básicos fueron conservar la Monarquía como forma de gobierno sin carácter absolutista, con una soberanía compartida, en la que el monarca o la reina tenía el poder en las Cortes. El objetivo político era reformar la administración pública en un sentido centralista y ofrecer cierto grado de multipartidismo a los moderados y progresistas.

Su objetivo es el mantenimiento del orden ente el creciente desarrollo del movimiento obrero y demócrata. La Unión Liberal ejerce una política pragmática enfocada al desarrollo económico a base de fuertes inversiones públicas: se impulsan las obras públicas, se favorece las inversiones extranjeras, se desarrolla el ferrocarril creándose la mayoría de las vías, se llevan a cabo medidas que fomentan la industria como las minas, se reestructura el sistema financiero.

Nombrado el líder de la Unión Liberal presidente del gobierno en julio de 1856, se inició un proceso de revisión de la labor del bienio que finalmente trajo la vuelta de Narváez y los moderados al poder en octubre de 1856. Se volvía así al régimen moderado de la Constitución de 1845.

Tras un período de dos años con Narváez y los moderados (1856-1858),  O’Donnell y la Unión Liberal volvieron al poder tras las elecciones a Cortes del 20 de septiembre de 1858. Hasta 1863 se mantendrá la hegemonía de la Unión Liberal de O’Donnell que supone la ampliación de la base social del régimen y una época de estabilidad social al atraerse a los moderados y progresistas.

Esta época estuvo marcada por la euforia económica ("boom" de los ferrocarriles) y por el intervencionismo exterior: guerra de Marruecos (1859-1860), intento fallido de recuperar Santo Domingo, expedición a México, guerra contra Perú y Chile. Esta amplia actividad bélica apenas dio ningún resultado práctico para el país.

En 1862, España ocupó, bajo el gobierno de O’Donnell, las islas Chincha al sudoeste de Perú, con motivo del cobro de una deuda que Perú tenía con España, desde la época colonial, (lugar con grandes depósitos de guano) iniciándose la guerra Hispano-Sudamericana (1864-1883) contra Chile, Perú, Bolivia y Ecuador, que terminó con el retiro de las fuerzas hispánicas.

Desde 1856 se produjo un desgaste político debido a la alternancia de moderados y progresistas. Durante los años siguientes se produjeron avances en la construccion de la red de ferrocarriles, se llevaron a cabo expediciones a Marruecos, se reorganizaron los ayuntamientos. 

FIN DEL REINADO ISABELINO (1856-1868)

 

Gobiernos moderados, con los generales O’Donnell y Narváez como jefes de Gobierno.

Reformas iniciales: disolución de las Cortes y de todos los organismos estatales que no pudieron mantener bajo su control. Suspensión de la desamortización eclesiástica. Reinstauración de la Constitución de 1845.

El apoyo de la burguesía al Gobierno aumenta a causa de la mejora económica.

Política exterior: Guerra de Marruecos (1859-1860), que amplía el territorio de Ceuta y Melilla (españolas desde el siglo XVI). Conquista de Indochina junto a Francia.

Política económica: introducción de la peseta como moneda nacional en 1868. Crisis económica europea de 1865-1866: presión de grupos liberales radicales y demócratas.

Llegada al Gobierno del general Serrano: fin del régimen en septiembre de 1868 y comienzo del Sexenio Revolucionario (1868-1874).

EL GENERAL O’DONNELL Y LA UNIÓN LIBERAL (1856-1863)

Ante la incapacidad del moderantismo de renovar el sistema, el general O'Donnell supo dar una nueva orientación al sistema político fundando en 1858 un nuevo partido, la Unión Liberal, cuyo objetivo era dar consistencia al sistema renovándolo y buscando la colaboración de todos los partidos. El programa unionista buscaba una vía media que evitase la descentralización del bienio progresis y protegiera los intereses de las provincias y municipios, evitanto la asfixiante centralización del moderantismo de Narváez.

Pero la oposición para derrotar a Narváez se había forjado a costa de la exclusión de los demócratas. Periodistas, intelectuales, políticos y conspiradores se desgajan del tronco progresista, se niegan a todo compromiso con la Corona y reivindican la libertad de conciencia y asociación, así como reformas sociales de calado. La Constitución de 1856, la más progresista, nunca vería la luz.

O’Donnnell agrupó en torno a la Unión Liberal a moderados y progresistas. Ante la amenaza de los movimientos revolucionarios, la Unión Liberal era la única fuerza capaz de gobernar. Fue así como Isabel II se vio obligada nuevamente a encargar la formación del gobierno a O'Donnell, que se constituyó en 1858 y tuvo una duración inesperada de cuatro años y ocho meses.

Varios factores contribuyeron a la larga duración del gobierno de la Unión Liberal de O’Donnell. La expansiva coyuntura económica, con movimiento de capitales en inversiones ferroviarias, creó un clima de prosperidad que favoreció a empleados y funcionarios, aunque menos a la clase obrera. El eclecticismo y el talante conciliador de la Unión Liberal que fomentaba coaliciones de varios partidos en los municipios. Otro mérito de O'Donnell fue el conseguir dominar al ejército tras la guerra de África.

Los gobernantes quieren desviar la atención fuera de las tensiones políticas interiores y inventan guerras exteriores que levantan un poco el tono de la vida nacional. Hay la “guerra de África” y la “guerra del Pacífico”. Más que guerras fueron gestos heroicos que no conducían a ningún resultado definitivo.

La revueltas campesinas en andalucía

Las continuas leyes desamortizadoras agravaron el desequilibrio de la distribución de la tierra en Andalucía. La conflictividad campesina se acrecienta por la forma en que es abolido el régimen señorial, la desamortización de las tierras, el cercamiento de fincas y la restricción del uso múltiple de los recursos naturales. La presión estatal en forma de impuestos, el sistema de quintas y el control que ejercía la Guardia Civil para hacer cumplir las nuevas leyes, provocan revueltas campesinas en Utrera y El Arahal (Sevilla) en 1857, y la sublevación de Loja y otros pueblos en Granada, Córdoba y Málaga en el verano de 1861.

Sucesos de el arahal – 1857

El 1 de julio de 1857 tuvieron lugar los sucesos de El Arahal o sucesos de Utrera y El Arahal, insurrección armada de base principalmente campesina que afectó a varios municipios de la provincia de Sevilla, durante el reinado de Isabel II. Algo más de un centenar de hombres tomaron las poblaciones de Utrera y El Arahal, atacando el cuartel de la Guardia Civil e incendiando el registro de la propiedad así como el intento de proclamación de la república al grito de "mueran los ricos".

El 3 de julio de 1857 tropas de infantería y caballería del ejército se enfrentaron a los sublevados en la serranía de Ronda, provocando 25 muertos y cogiendo prisioneros a 24 hombres. El 12 de julio, tras un juicio militar, los principales cabecillas de la revuelta y 32 alzados más fueron fusilados en Sevilla y Utrera.

La revuelta estuvo protagonizada por campesinos y jornaleros pobres que exigían un mejor reparto de las tierras tras los procesos de desamortización y protestaban contra la carestía de la vida. La eliminación de los mayorazgos, el régimen señorial y la limitación de acceso a los bienes comunales provocó un empobrecimiento acentuado de los trabajadores del campo.

Los cabecillas de la revuelta fueron militares de tendencia demócrata y republicana. Fue una de las revueltas campesinas en el campo andaluz provocada por la enorme desigualdad social y por seguidores del Partido Republicano que buscaban la abolición de la monarquía española.

La SUBLEVACIÓN DE LOJA – 28 DE JUNIO DE 1861

El 28 de junio de 1861 tuvo lugar en Loja, ciudad y municipio de la provincia de Granada, una sublevación campesina, llamada la Revolución del pan y el queso. Fue el primer movimiento campesino de envergadura de la historia contemporánea de Andalucía; llegó a movilizar a unos 10.000 campesinos así como algunos comerciantes, artesanos y pequeños propietarios que esperaban un estallido general que finalmente no se produjo.

Un numeroso grupo de jornaleros, encabezados por el veterinario Rafael Pérez del Álamo y al grito de "¡Viva la República y muera la Reina!" asaltaron el cuartel de la Guardia Civil de Iznájar. El levantamiento tuvo su epicentro en Loja y se extendió a otros pueblos cercanos como Iznájar o Archidona.

El levantamiento de Loja fue consecuencia de las pésimas condiciones de trabajo en que quedaron los campesinos después del proceso de desamortización. El general Narváez, duque de Valencia y natural de Loja, conocido como el espadón de Loja, había convertido la localidad en su feudo en el que ejercía como auténtico cacique, basando su poder en aumentos injustificados de la renta de sus fincas, control político en el ayuntamiento, y su intervención en determinadas subastas de tierras. Rafael Pérez del Alamo describió su levantamiento como Revolución destinada a derrocar la Monarquía y sustituirla por la República. El movimiento fue gestado por una sociedad secreta liberal y republicana, influida por el Partido Demócrata.

Los insurrectos toman el ayuntamiento y el cuartel de la Guardia Civil de la localidad de Iznájar. Allí publican un manifiesto en el que piden la adhesión a los habitantes del pueblo y proclaman que su objetivo es la defensa de la democracia y la propiedad. El 29 de junio los rebeldes entran en Loja, alzando la bandera de la República y cantando el Himno de Riego. Saquearon la ciudad, estableciendo un sistema rudimentario de reparto de tierras.

La sublevación se extiende por Archidona, Íllora, Huétor-Tájar y Alhama de Granada. La revuelta fue sofocada por las fuerzas militares. Fueron fusilados ciento dieciséis cabecillas de la revuelta y unos 400 fueron desterrados.

Finalizada la revuelta se procedió al ajusticiamiento por procedimiento sumarísimo de los cabecillas de los sublevados, fusilándose, según datos oficiales, a ciento dieciséis de ellos -aunque Pérez del Álamo había conseguido huir a Madrid- mientras que unos cuatrocientos eran deportados. En 1862, durante un viaje por Andalucía de Isabel II, se decretó la amnistía para todos los implicados, incluido Pérez del Álamo.

Expedición franco-española a Cochinchina (1858-1862)

La persecución de los misioneros cristianos en Indochina, con el asesinato de varios misioneros españoles y franceses en 1858, España y Francia realizaron una expedición de castigo, la Expedición franco-española a Cochinchina, que terminó con la ocupación hispano-francesa de Saigón y Da Nang, ciudades desde las que en décadas posteriores se conquistaría la Indochina Francesa.

Poco después las tropas españolas se retiraron a Manila. La firma del tratado de paz en 1862 sentó las bases para el futuro imperio colonial francés en Indochina, pero a España no se le concedió el puerto que exigía, recibiendo tarde y mal la parte proporcional de la indemnización.

Las tropas españolas permanecieron cinco años en la zona, abandonándola al final a causa de los avatares políticos y la subsiguiente falta de envío de suministros y dinero.

Guerra en Marruecos (1859-1860)

Las sublevaciones de las cabilas marroquíes en las plazas españolas del norte de África determinaron una declaración de guerra de España a Marruecos en 1859.

Este ataque originó un exaltado nacionalismo en el sentimiento popular español, que junto con el apoyo diplomático de las cancillerías europeas, empujó a España a declarar la guerra al Sultán el 22 de octubre de 1859.

El general O’Donnell, sin renunciar al cargo de presidente de gobierno y ministro de la Guerra, se puso al mando del ejército español, secundado por el general Prim y Ros de Olano, con un cuerpo de voluntarios catalanes. Tras las victorias de Castillejos, Tetuán y Wad-Ras, los marroquíes piden la paz, teniendo que pagar una indemnización de 400 millones de reales.

Políticamente la guerra de África causó una ola de nacionalismo que hizo pasar la lucha política a un segundo plano. Económicamente la guerra fue un auténtico desastre con 10.000 bajas humanas y un gasto de 200 millones de reales. Con la firma del tratado de Tetuán el 26 de abril de 1860 se daba la guerra por terminada.

La expedición española a México (1862)

El gobierno mexicano del liberal Benito Juárez se vio obligado a anunciar la suspensión de pagos a Francia, España e Inglaterra, después de la Guerra de los Tres Años, también llamada Guerra de Reforma (1858-1861), entre liberales y conservadores. Esto hizo que las tres potencias europeas firmaran el Convenio de Londres de 1861 que acordaba una intervencion armada en México por España, Gran Bretaña y Francia (Convenio de Londres de 1861) para obligar a México a cumplir sus deudas.

La finalidad era enviar una expedición militar conjunta que, sin intervenir directamente en la política interna mexicana, debía apoderase de varias fortalezas de la costa atlántica como garantía de los intereses de las tres naciones. Las tres potencias europeas desembarcaron con tropas en el Puerto de Veracruz en 1862, entrando en negociaciones con el gobierno de Juárez. El ministro mexicano de relaciones exteriores logró persuadir a los gobiernos de España y Gran Bretaña de que la suspensión de las deudas era algo transitorio, lo que trajo como consecuencia que las tropas inglesas y españolas se retiraran del territorio mexicano.

Napoleón III decidió establecer en México un imperio cuyo trono ocuparía el archiduque Maximiliano de Austria y los representantes diplomáticos español y británico se negaron a aceptar este hecho porque la idea francesa no se acomodaba ni al espíritu ni a la letra del citado convenio. En abril las tropas inglesas y españolas, mandadas estas por el general Prim, se retiraron de México embarcándose para Jamaica y Cuba respectivamente.

La Guerra del Pacífico (1863-1866)

A finales de 1862, la Reina española Isabel II aprobó el envío de una expedición científica a los mares de Suramérica. Pero, además de la investigación científica, su objetivo real era conseguir el pago de la deuda de guerra de independencia en favor de España.

El 18 de abril de 1863, parte de la flota española llegó al puerto chileno de Valparaíso. Los españoles fueron recibidos cordialmente. En julio llegan a Perú, donde comenzaron los problemas, ya que España no tenía relaciones diplomáticas con Perú al no reconocer su independencia obtenida en 1821. Pero la expedición fue recibida amistosamente por las autoridades.

El 14 de abril de 1864, el escuadrón español se desplazó de Callao hacia las islas de Chincha, la fuente mayor de fertilizante de guano peruano, buscando una contestación económica a las deudas que Perú se negaba a pagar. La pequeña guarnición peruana se rindió y los españoles se apoderaron de las islas. Los españoles también bloquearon con sus navíos el mayor puerto de Perú.

En diciembre de 1864 llegó Perú el almirante Pareja y comenzó unas intensas negociaciones diplomáticas con el representante del presidente peruano. Las negociaciones concluyeron el 27 de enero de 1865, con un acuerdo preliminar. Sin embargo, la mayoría de la población rechazó el tratado y el congreso no lo ratificó.

El 17 de septiembre de 1865, almirante Pareja ancló su buque en Valparaíso y exigió que su bandera fuera saludada. Los chilenos orgullosos se negaron a saludar a la bandera española y la guerra se declaró una semana después. El general O’Donnell, recién nombrado primer ministro, le ordenó retroceder a Pareja, pero el almirante español, contradiciendo las órdenes, decidió imponer un asedio a los puertos chilenos. El asedio al puerto de Valparaíso, causó un gran daño que incluso llevó a las fuerzas navales neutrales de Estados Unidos e Inglaterra a realizar algunas protestas.

Pese a la debilidad chilena en el mar, se desarrolló una exitosa acción ofensiva contra una unidad de guerra española, que resultó capturada. Ese mismo día el almirante Pareja se suicidio. Su desobediencia al Gobierno español le había llevado a crear un conflicto del cual era muy difícil salir airoso.

El día 5 de diciembre de 1865, Chile y Perú firmaron una alianza para luchar contra España. El 14 de enero de 1866 Perú declaró la guerra a España. El 7 de febrero de 1866 se inicia el ataque español a Abtao (Chile). La escuadra española bombardea Valparaíso el 31 de marzo, pero ante la presión inglesa deja de hostigar al puerto y se dirige al Callao. Tras librar un combate el 2 de mayo de 1866, los españoles zarpan de la Isla de San Lorenzo con destino a España, finalizando así una estúpida guerra de prestigio que originó un gran distanciamiento entre las repúblicas hispanoamericanas y España no superado hasta la pérdida de Cuba en 1898.

VUELTA DEL PARTIDO MODERADO (MARZO DE 1863 - JUNIO 1865)

Si la tolerancia política y el eclecticismo pragmático de O’Donnell y su Unión Liberal permitieron la estabilidad gubernamental, aunque originaron a la larga la disolución del partido. El acomodo de varias tendencias liberales dentro de la Unión Liberal vació ideológicamente al partido y le restó capacidad para formular una política rigurosa. O’Donnell era apodado el gran pastelero.

El retraso en la reforma constitucional, la libertad de prensa o la descentralización, y la intervención en México desprestigió al gobierno. El 27 de febrero de 1863, O’Donnell, falto de apoyo de la reina, presentó su dimisión.

La dimisión de O'Donnell ofreció a la reina la oportunidad de nombrar un gobierno progresista. Pero Isabel II se negó a que el progresismo llegase al poder y persistió en su favoritismo hacia los moderados a los que encargó formar gobierno. Isabel II se convertía así en reina de un solo partido, lo que llevó al fracaso del régimen liberal y al desplazamiento del centro de poder de la Cortes a la calle.

En el esquema político isabelino sólo cabían los partidos estrictamente burgueses, los moderados, los progresistas, la Unión Liberal e incluso los demócratas, mientras los republicanos quedaban fuera del juego político. Había, pues, un divorcio entre la España oficial y la España real.

La vuelta de Narváez al poder en 1863 marca el inicio del período terminal del partido moderado. La inestabilidad política y la deriva autoritaria de los gobiernos caracterizaron una etapa en la que la bonanza económica llegó a su fin tras la  crisis económica de 1864.

Del 2 de marzo de 1863 al 21 de junio de 1865, se sucedieron en la presidencia del gobierno cuatro personalidades del partido moderado: Miraflores, Arrazola, Mon y Narváez. Para poder acomodarse a las exigencias de los tiempos y dar estabilidad al sistema, necesitaban contar con el partido progresista. Pero los progresistas no estaban por la labor y, desde el verano de 1863, adoptaron abstenerse en las elecciones porque el gobierno había limitado solo a los electores la asistencia a las reuniones de la campaña electoral.

El partido progresista se centró más bien en buscar una renovación y alcanzó una nueva pujanza al sustituir a los viejos políticos como Olózaga por una nueva generación de líderes representados principalmente por un joven ingeniero, Práxedes Mateo Sagasta. El remozamiento alcanzó también a los militares progresistas: el viejo líder progresista, el general Espartero, fue sustituido por el general Juan Prim y Prats, que con sus laureles de vencedor en la guerra de África y su fama de liberal alcanzada en México, se convirtió en la nueva estrella a la que había que seguir para poder alcanzar el poder. Prim sería luego la figura fundamental en el proceso que llevó al triunfo de la revolución de 1868 y presidiría más tarde el gobierno entre 1869 y 1870.

Al cambio generacional en el partido progresista siguió un radical cambio estratégico en toda la oposición: viendo que el poder era inalcanzable por medios legales, pues las elecciones estaban totalmente amañadas, imperaba el caciquismo y la Corona había pasado de ser el órgano moderador del régimen a convertirse en un problema y obstáculo, solo quedaba una solución: el único camino para seguir avanzando lo marcó el general Juan Prim con llamada a la revoluciona : ¡Caballeros, a conspirar!

ÚLTIMOS AÑOS DEL REINADO DE ISABEL II (1865-1868)

El malestar social y el desprestigio del gobierno de Isabel II es creciente. La sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil fue reprimida con fusilamientos. La expulsión de catedráticos demócratas (Castelar, Sanz del Río) provoca revueltas estudiantiles. Esto lleva a una alianza de sectores progresistas y demócratas con el Pacto de Ostende que llevaría a la revolución de septiembre de 1868, la Gloriosa, que supuso la caída del Isabel II y el fin de los enfrentamientos entre moderados y progresistas que había marcado todo su reinado.

El 20 de febrero de 1865 se presentó en el Congreso un Proyecto de Ley en el que se ponía a disposición del Tesoro Público tres cuartas partes del patrimonio de la Corona. Aquel movimiento le aportó algo de oxígeno al sistema, la prensa conservadora aclamó a la Reina de España como madre “generosa, cariñosa y augusta señora”. Pero Emilio Castelar, catedrático de Historia de España, ligado a la corriente krausista como tantos otros universitarios, escribió un artículo en el que arremete contra la “anticonstitucionalidad” del Patrimonio Real: “Los bienes que se reserva el Patrimonio de la Corona son inmensos...” Las palabras de Castelar eran un dardo envenenado que el gobierno no se podía permitir, pues representaban una corriente general de pensamiento. El ministro de Fomento pidió al rector Juan Manuel Montalbán que cesase a Castelar de su cátedra, y ante la negativa del rector fue sustituido por el Marqués de Zafra, lo que provocó la respuesta estudiantil en la calle.

El 10 de abril de 1865: Noche de San Daniel o Noche del Matadero, algarada estudiantil reprimida brutalmente en Madrid. La censura religiosa impuesta por el estado reprime violentamente a los estudiantes de la Universidad Central de Madrid que manifestaban pacíficamente para que se restituyera a su rector, Juan Manuel Montalbán depuesto por orden del general Narváez por no haber destituido al catedrático Emilio Castelar por haber publicado dos artículos, en los que mostraba contrario a las medidas económicas de enajenar parte de los bienes reales para saldar deudas del estado. Denunciaba, además, que las ganancias obtenidas irían a manos de la reina.

Los trágicos sucesos de la Noche de San Daniel obligaron a la reina a destituir al general Narváez y pasar el gobierno al general Leopoldo O'Donnell. Este general formó un gobierno de la Unión Liberal que ofreció al general Prim un amplio grupo parlamentario para los progresistas con la condición de que los progresistas abandonaran el retraimiento y se implicaran en el gobierno. Pero el Partido Progresista rechazó la oferta y el general Prim optó por la vía del pronunciamiento para que la reina lo nombrara presidente del gobierno, emulando la experiencia de la Vicalvarada de 1854.

A partir de 1866 se manifestó la crisis económica: escasez de cereales, alza de precios, hambre y enfermedades. La crisis afectó también a la burguesía con el hundimiento del negocio del ferrocarril y el cierra de la mayor parte de los bancos del país.

El 3 de enero de 1866 el general Prim encabeza una sublevación o pronunciamiento progresista en la localidad madrileña de Villarejo de Salvanés exigiendo a la reina Isabel II nombrar un gobierno del Partido Progresista presidido por Prim, para evitar «que el pueblo tirase el trono por el balcón». El pronunciamiento fracasó porque otras unidades militares supuestamente comprometidas no se unieron al mismo.

La reina concede a O'Donnell poderes extraordianrios para perseguir a los culpables. Varios miembros de los alzados en armas fueron fusilados, pero ninguno de los generales implicados. A partir de entonces, Prim se dedicara en cuerpo y alma a preparar una insurrección para derribar a la Monarquía de Isabel II, convirtiéndose en el líder no solo del progresismo, sino del movimiento revolucionario, falto hasta entonces de un hombre de prestigio que lo liderara.

El 22 de junio de 1866 tiene lugar la rebelión de los sargentos del cuartel de artillería de San Gil, situado en el el interior de Madrid, donde hoy se encuentra la plaza de España, muy próximo al Palacio Real. El general Juan Prim, huido y condenado a muerte desde el fracasado pronunciamiento de Villarejo de Salvanés, organiza desde el exilio un movimiento cívico-militar para destronar a Isabel II. La sublevación debería comenzar en el cuartel de argillería de San Gil, que debía tomar el Palacio Real. El general Prim cruzaría la frontera francesa y haría una proclama en Guipúzcoa en apoyo de levantamiento en todo el territorio.

Los generales O'Donnell, Narváez, Serrano, Isidoro de Hoyos y Zabala, y parte del resto de los generales destinados en Madrid ocupan las unidades de artillería en la capital. La rebelión fue sofocada con una dura represión por parte del Gobierno. Fueron fusiladas 66 personas, en su inmensa mayoría sargentos de artillería, y también algunos solados. Pero Isabel II exigió a O'Donnell fusilar inmediatamente a todos los detenidos, alrededor de unos mil, a lo que el general O’Donnell se negó temiendo que el baño de sangre acabara con la monarquía.

A partir de ahora el Partido Progresista opta por la vía revolucionaria. La estrategia de O’Donnell y su Unión Liberal de integrar a los progresistas mediante una política muy liberal, que asumía sus propuestas y formar con ellos un partido liberal isabelino que alternara con el partido conservador de los moderados, fracasó.

La reina consideraba que O’Donnell había sido demasiado blanco en la represión, cuando había sido el hombre que le había salvado el trono. En vez de reconocerlo, Isabel II aprovechó la primera ocasión para forzar la caída del gobierno: O’Donnell presentó un decreto nombrando nuevos senadores y la reina se negó a poner su firma. La crisis estaba servida, y la solución también. Isabel II recurrió de nuevo, por última vez, al moderado Narváez. Detrás de esta fatal decisión mucho vieron la influencia del confesor de la reina, el padre Claret, partidario de una política autoritaria y enemigo de O’Donnell.

El 10 de julio de 1866 comienza el nuevo Gobierno del general Naváez que no consiguió atraerse a los progesistas ni a los unionistas de la Unión Liberal. Disolvió las Cortes y, a partir de ese momento, gobernó, de una forma mucho más arbitraria y despótica que antes, mediante Reales Órdenes y Decretos Ley.

O'Donnell deja su cargo y marcha a Biarritz, donde muere el 5 de noviembre de 1867. Su muerte dejó a los moderados como únicos valedores de Isabel II, pues los unionistas de la Unión Liberal optaron por aliarse con progresistas y demócratas para preparar la Revolución que finalmente la destronaría el 17 de septiembre de 1868.

PACTO DE OSTENDE DEL 16 DE AGOSTO DE 1866 

Tras el sonoro fracaso de la sublevación del Cuartel de San Gil el 22 de junio de 1866, encabezado por el general Prim, y la posterior represión gubernamental a cargo del general O’Donnell, se reunieron en la ciudad belga de Ostend todos los que representaban la oposición a Isabel II para firmar el 16 de agosto de 1866 un compromiso político: el Pacto de Ostende.

El conjunto de los firmantes del pacto agrupaba a casi todos los emigrados, militares y civiles que tuvieron que salir del país debido al Gobierno despótico de Narváez, refugiados en Londres, Ginebra, Bruselas y París. Como culminación de los varios intentos de aproximación llevados a cabo un año antes, progresistas y demócratas-republicanos llegaron a una fórmula de entendimiento para organizar una conspiración contra el régimen monárquico de la reina Isabel II y «destruir todo lo existente en las altas esferas del Poder».

El principal promotor del acuerdo fue el general Juan Prim, apoyado sin reservas por prestigiosos políticos y militares, como Dulce, Serrano, Caballero de Rodas y Topete. El París surgió otro centro revolucionario, controlado por los demócratas republicanos de Pi i Margall y Castelar, que puso en evidencia las profundas diferencias ideológicas entre las dos facciones del partido demócrata. Ambos centros se unieron en una empresa común: derrocar a la reina.

EL PACTO DE BRUSELAS DEL 30 DE JUNIO DE 1867

El 30 de junio de 1867, por el pacto de Bruselas, los unionistas, defenestrados por Narváez y la reina y bajo el mando del general Francisco Serrano, se unieron al Pacto de Ostende de oposición al oficialismo. A su muerte, O’Donnell había entregado el liderato de la Unión Liberal a Serrano, un general menos dispuesto a seguir manteniendo el trono de Isabel II. Los unionistas se pasaban así al campo antidinástico.

La pérdida progresiva del prestigio de la monarquía como institución se acentuó todavía más. Las continuas arbitrariedades de la Reina le acarrearon las antipatías de todo el pueblo y quedó sola con su camarilla cortesana, alejada de la clase política. El 23 de abril de 1868, muere Narváez, único apoyo institucional de la reina. Se hace cargo del Gobierno Luis González Bravo que solo pudo esperar al estallido revolucionario del 28 de septiembre de ese año.

La muerte del propio Narváez, el 23 de abril del año 1868, acabó por privarla de su único apoyo institucional. El siguiente Gabinete, presidido por Luis González Bravo, tan sólo tuvo que esperar la caída definitiva del régimen monárquico borbónico, el 28 de septiembre de ese mismo año. 

LEVANTAMIENTO EN CÁDIZ – 17 DE SEPTIEMBRE DE 1968

LA GLORIOSA

El pronunciamiento militar contra Isabel II estaba planeado para principios de septiembre de 1868. Se acordó que se iniciara en Cádiz con la sublevación de la flota al mando del almirante unionista Juan Bautista Topete. Allí llegó en la noche del 16 de septiembre desde Londres, el general Prim, acompañado de los progresistas Práxedes Mateo Sagasta y Manuel Ruiz Zorrilla. De Canarias llegaron los generales unionistas que estaban allí desterrados, encabezados por el general Francisco Serrano. Prim y Topete dar el golpe el 17 de septiembre con la sublevación de la escuadra al mando de Topete. Al día siguiente llagaron el general Serrano y los generales unionistas desde Canarias. Topete leyó un manifiesto conjunto en el que se justificaba el pronunciamiento y que acababa con un grito «¡Viva España con honra!». Era el levantamiento conocido como “Revolución Septembrina” o “La Gloriosa”.

En la proclama no se reconocía la autoridad de Isabel II, por ser moralmente corrupta, haber gobernado sin respeto a las leyes, haber impuesto la censura y negado la liberdad de enseñanza. Se reclamaba la vuelta de la soberanía a la Nación y se instalaba un gobierno provisional.

El 28 de septiembre de 1868 el general Francisco Serrano, duque de la Torre, al frente del ejército revolucionario, se enfrentó a las tropas realistas dirigidas por Manuel Pavía y Lacy, que había salido desde Madrid al encuentro de las tropas sublevadas que subían desde Cádiz hacia la capital. La batalla tuvo lugar en las proximidades del puente de la localidad de Alcolea (municipio de Córdoba). El general Prim recorre las ciudades costeras y consolida la sublevación. El 3 de octubre logra la adhesión de Barcelona. El apoyo de Barcelona y la costa mediterránea a la revolución fue decisivo.

El general Serrano se dirigía hacia Madrid. La reina Isabel II, que estaba veraneando en Lequeitio (Vizcaya), encontrándose sin apoyos, terminó por doblegarse ante los acontecimientos y abandonó el país el 30 de septiembre 1868, sin abdicar de sus derechos.

Tras la victoria, los sublevados se dirigieron a Madrid y destituyeron el gobierno presidido por el general José Gutiérrez de la Concha, que fue sustituido por una junta revolucionaria.

Un detonante para sublevación de Cádiz fue la incidencia desarticuladora de la crisis financiera de la década de 1860, junto al desprestigio interno de un régimen favorecedor de las clases propietarias y el descrédito personal de la propia Isabel II. Se suceden las revueltas campesinas, la represión política afecta al ejército. Se produce una crisis financiera. Desaparecidos los grandes jefes militares, Espartero y Narváez, vuelve a aparecer el pronunciamiento, pero esta vez con base social, no solo militar.

El Pacto de Ostende, firmado el 16 de agosto de 1866 en la ciudad belga de Ostende por el Partido Progresista y por el Partido Demócrata, por iniciativa del general progresista Juan Prim, y la adhesión de la Unión Liberal a principios de 1868 al pacto fueron el origen de «La Gloriosa» o «Septembrina», que terminaría con el reinado de Isabel II.

Con la constitución de un gobierno provisional bajo el mando del general Serrano, duque de la Torre, se iniciaba una etapa de seis años (Sexenio Democrático), en los que, a través de diferentes ensayos políticos, se intentó crear un sistema democrático que desembocó en la fallida experiencia de la I República.

ISABEL II – FARSA Y LICENCIA DE LA REINA CASTIZA

Farsa y licencia de la Reina Castiza – así se titula una obra de teatro de Ramón María del Valle-Inclán, publicada en su trilogía Tablado de marionetas para educación de príncipes (1926). Presenta las intrigas palaciegas entre las distintas camarillas cortesanas.

La corte de Isabel II se había convertido en plaza pública de comedia del Renacimiento. Por ella desfilan los amiguitos del rey y los amantes de la reina, que muestra un temperamento cada vez más ardiente.

Vivió en un ambiente liberal, pero su tendencia natural era el absolutismo y la superstición, como prueba su amistar con Sor Patrocinio, una monja que se dice visionaria y estimatizada, llamada “la monja de las llagas”. Esta monja es la encargada de echar sobre las personas de la corte la capa de Noé. Todo Madrid comenta, se río y se indigna de lo que pasa en esta corte en la que reina la corrupción. Los progresistas esperan la ocasión de pasar a la acción para acabar con este estado de cosas.

«La hija del Fernando VII heredó de su padre la duplicidad y la lujuria. Escoge los ministros entre sus amantes. Isabel II no podía comportarse como una reina normal porque no hubo nada normal en su vida. Desde los tres años es reina de España, es decir, desde los tres años, le besan la mano los cortesanos y le rinden armas los alabarderos. Una revolución, la de Espartero, quita a su madre de su lado. Los políticos la declaran mayor de edad a los trece años. A los trece años sabe ya de muchas intrigas politicopalaciegas; luego intentará también las suyas para defenderse un poco al estilo de su padre, pero sufriendo además de una femineidad acusada, que no acultará a la hora de ascender a generales y recompensar a cortesanos.

Para la elección de su marido intervinieron las potencias extranjeras. Al final se eligió al candidato que menos peligro ofrecía a todos, Francisco de Asís, primo de la reina. Podía haber sido el freno sexual y político de la reina, llena de fervor en ambos sentidos, y fracasó. La voz popular recoge los aires que se oyen en la Corte: Paquito Natillas / es de pasta flora / y orina en cuclillas / como una señora. La separación del rey y la reina se hace pública muy pronto, aunque oficialmente seguirán unidos hasta el final del reinado.» [Díaz-Plaja 1973: 485-488]

Perfil humano de Isabel II

Isabel II es el personaje español del siglo XIX más maltratado por la historiografía. La leyenda de la reina disoluta se ha hecho, para algunos, a base de murmuraciones, y para otros, a base de evidencias. Todo en Isabel II fue precoz: huérfana de padre a los tres años, alejada de su madre a los diez, reina a los trece, casada a los dieciséis y derrocada a los treinta y ocho.

Con diez años y separada de su madre, Isabel pasaría a ser prisionera de las camarillas de turno. Su infancia estuvo marcada por la soledad, la molicie y la ignorancia. Su madre, asegurado el trono para su hija, no se preocupó de darle la necesaria preparación para atender los asuntos de Estado. Y mucho menos se preocuparían los políticos, progresistas o moderados, porque les convenía a sus intereses que permaneciera lo más ignorante posible, solo así podría servirles para sus propósitos.

Isabel dio muestras, enseguida, de tener un carácter muy temperamental y de ser singularmente apasionada, con una ardiente sensualidad heredada de su madre. El conde de Romanones refiere que con diez años Isabel II apenas sabía leer ni escribir y que odiaba la lectura; pero que hacía gala de una desbordante generosidad y de un ánimo alegre y vivaz.

Con 16 años la reina Isabel II se casa con Francisco de Asís del que se hablaba de ciertas perversiones y líos familiares. El marido de Isabel II padecía graves inconvenientes para la consumación del matrimonio y para engendrar al heredero de la Corona. Había sido criado por una madre dominante y un padre calzonazos, aterrorizado por su iracunda mujer y el amante de esta, el mayordomo mayor. Francisco de Asís tenía 24 años cuando se casó con Isabel II y tenía una ideología política más bien carlista, lo que contribuiría más a el encono de Isabel II. Isabel II lamentaba que en la noche de bodas, su marido «llevaba más encajes que yo». Toda la vida de Isabel II ha sido una verdadera venganza y protesta por la frustración de tener que tener que soportar su matrimonio inhumano.

Por razones de Estado se escogió al peor y más útil de los candidatos: Francisco de Asís, hijo del infante Francisco de Paula y de Luisa Carlota, sobrino de María Cristina y primo hermano de su futura esposa Isabel. En su entorno familiar se le llamaba Paquita. Francisco de Asís satisfacía a todos los sectores porque lo consideraban políticamente inofensivo. Isabel opuso tenaz resistencia a esa unión, pero la presión de su madre y de sor Patrocinio terminaron por doblegarla. El doble matrimonio de Isabel con Francisco de Asís y de su hermana, Luisa Fernanda, con el duque de Montpensier, se celebró el 10 de octubre de 1846, día en que la joven reina cumplía dieciséis años.

Pronto comenzaron las desavenencias de la nueva pareja. La vida de Isabel se convirtió en una vertiginosa fiesta. Se acostaba a las cinco de la madrugada y se levantaba a las tres de la tarde. Al anochecer, se vestía con sus mejores galas y se marchaba al teatro o al baile, sin que le importasen los comentarios o las críticas. Por su parte, Francisco de Asís conocería al que sería su íntimo compañero el resto de su vida, Antonio Ramón Meneses.

Enseguida comenzaron a desfilar los amantes de la reina: El primero en sustituir a Francisco de Asís sería el general Serrano, a quien Isabel ya había calificado de “general bonito”. Luego seguirían una larga lista de amantes: el cantante Mirall; el conde de Valmaseda; el capitán José María Arana, con quien tuvo a la infanta Isabel; el capitán Enrique Puig Moltó, a quien se le atribuye la paternidad de Alfonso XII; Miguel Tenorio; Obregón; Carlos Marfori, Altman, etc. Francisco de Asís no tuvo ningún reparo en aceptar la paternidad de los hijos que alumbraba su esposa, a cambio de recibir un millón de reales por hacer la presentación en la Corte de cada uno de ellos.

En su adolescencia fue Isabel II una joven rebelde que se intentó librar de la influencia de su madre. Dejó de obedecer a su madre y comenzó a llevar una vida desenfrenada de fiestas y amigos, muy dada a trasnochar con vividores de la farándula y de la música. En una de estas fiestas conoce al general Francisco Serrano, un político del Partido Moderado, pero hombre ambicioso que se había opuesto a la boda de la reina. En público, Isabel piropea al general y le llama “bonito”, se opone a que lo trasladen fuera de Madrid. Isabel II manifestaba un verdadero odio a todos los que la habían obligado a casarse, sobre todo su madre. Esta, resignada con su hija, le sugiere solicitar al Santo Padre la separación y anulación canónica del matrimonio. Pero Francisco de Asís se niega a aceptar la nulidad de su matrimonio y accede a seguir guardando las apariencias y justifica su matrimonio por haber sido por razón de Estado, y además porque «el oficio de rey lisonjea»; se declara tolerante: «para mí no habría sido nunca enojosa la presencia de un privado». Sólo no tolera al general Serrano, porque le ha insultado.

Isabel II fue siempre criticada por sus devaneos amorosos. A la vez se percibe en palacio un creciente giro reaccionario con la presencia de los religiosos sor Patrocinio y el confesor de la reina, el padre Claret, luego canonizado. Sor Patrocinio, religiosa española de la Orden de la Inmaculada Concepción y conocida como la Monja de las Llagas, tuvo una gran presencia en la vida social y política española durante la segunda mitad del siglo XIX, debido a la influencia que ejerció sobre la reina Isabel II y su esposo Francisco de Asís de Borbón.

El papa Pío IX le otorga a la reina Isabel II la Rosa de Oro por la defensa de la religión, a pesar de la resistencia papal a bautizar a Alfonso XII, por saberlo hijo adulterino. Era una manera de sostener el trono ante el avance de los progresistas. Advertido por un cardenal de que la reina era una “puttana”, el papa parece que respondió “puta, pero piadosa”.

«El énfasis situado en sus vicios o en sus virtudes, en su carácter caprichoso o desinteresado, inestable o generoso, inocente o astuto, etc., varía obviamente según el grado de simpatía o antipatía que merezca al historiador de turno el liberalismo conservador con el que su reinado se identificó de forma claramente exclusiva y excluyente. Sin embargo, las múltiples biografías, denigratorias o hagiográficas, que se han ido publicando sobre ella tienen dos características comunes. Por una parte, la imagen de una reina, y una mujer, mantenido en perpetua situación de minoría de edad, política y personal, por su madre (la exregente María Cristina), por sus cortesanos y por sus ministros. En segundo lugar, la fijación –crítica o exculpatoria– en la vida sexual de la reina, y a través de ella, en la distorsión que “la camarilla” (política, amorosa y clerical) introdujo en el normal funcionamiento de la vida constitucional española durante su reinado.

Interesa, por tanto, analizar con detalle el juego de intereses comunes, y también de divergencias y conflictos, entre una corte netamente absolutista, enfrentada de forma abierta a la cultura liberal, y un liberalismo de notables que mostró en repetidas ocasiones su resistencia, pero también sus ambigüedades, respecto a la estrecha concepción privativa del poder real que alentaba en el entorno monárquico, allí donde la intriga de salón se confundía constantemente con la política. En ese ambiente se educó Isabel II y en él, a través de él y de sus contradicciones internas, desarrolló una personalidad escasamente capaz de encontrar sentido a la distinción entre lo privado y lo público, entre la política y el patronazgo directo, entre sus deseo individuales y las cuestiones de Estado.

Todo en su educación, con la breve y parcial experiencia de la regencia de Espartero (1840-1843), inculcó en la reina una fuerte concepción patrimonial de la monarquía que se podría resumir en la máxima de que “un rey nace, no se hace”. Educada básicamente como una dama de alta sociedad, con un énfasis casi absoluto en saberes fuertemente feminizados como las labores, la religión, la música y las habilidades de salón, la primera reina constitucional de España careció casi por completo de una educación constitucional o, incluso, política en sentido estricto.

Isabel II creyó poder comportarse en su vida privada (al igual que en su vida pública) al margen, tanto de los cambios introducidos por el liberalismo en la cultura política, como de las consideraciones morales y las pautas de comportamiento sexual establecidas para las mujeres de su época. Es decir, de la misma forma que consideraba que las constituciones eran limitaciones obligadas (y nunca asumidas) de su poder, creyó también ser todavía, en el ámbito privado, un monarca del Antiguo Régimen (no estrictamente definido por su sexo) y poder comportarse como tal, más allá de ciertos remordimientos religiosos respecto a los cuales tan solo consentía opinar a su confesor.» [Davis / Burdiel 2005: 150 ss.]

En realidad, Isabel II fue una mujer digna de lástima, sufrió la permanente intromisión de su madre en su vida privada y en sus deberes de reina, y fue víctima de la razón de Estado que la obligó a contraer matrimonio con un personaje de repelente personalidad. Su vida se convirtió en una venganza contra ese matrimonio inhumano, y en una protesta, marcada sobre todo por su inagotable ardor sexual.

Al final triunfa La Gloriosa, el pronunciamiento de parte del ejército, secundado por el pueblo y los progresistas. El Palacio Real es rebautizado como Palacio de la Nación. Mientras el pueblo gritaba «¡Abajo la Isabelona, fondona y golfona! ¡España con honra!», Isabel II veraneaba en San Sebastián. El rey consorte, Francisco de Asís, la convenció para que se marchara a Francia. Con 38 años, Isabel II cruza la frontera acompañada de la reina madre y el duque de Riánsares, así como personajes como sor Patrocinio y el confesor y consejero de la reina Antonio María Claret. Se acusó a las dos reinas de que se habían llevado las joyas de la corona.

En Biarritz la esperaban Napoleón III y la emperatriz Eugenia de Montijo para acompañarla a París, donde moriría el 16 de abril de 1904. Sobrevivió a Francisco de Asís, fallecido en 1902 en su refugio de Epinay que compartía con su inseparable Meneses. Isabel II y su esposo Francisco de Asís fueron posteriormente trasladados a El Escorial, donde reposan frente a frente.

¿Quién era el auténtico padre de Alfonso XII?

«Descartado el Rey consorte, la paternidad del hijo de Isabel II correspondió probablemente al militar valenciano Enrique Puigmoltó. La propia Reina así se lo insinuó a su hijo: «Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía».

El reinado de Isabel II es casi más conocido por la algarabía de rumores sobre la vida íntima de la Reina, muchos de ellos fabulaciones con raíces machistas, que por los acontecimiento políticos. Casada con su primo Francisco de Asís, un hombre poco interesado en el género femenino según las murmuraciones de la época, Isabel II mantuvo varios romances con cortesanos y generales de su confianza. No es extraño, por tanto, que la paternidad de su hijo Alfonso XII fuera motivo de muchos interrogantes. [...]

Cuando Isabel II contaba 16 años, el Gobierno arregló un matrimonio con el Infante don Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz. Era la opción que menos protestas podía causar a nivel político, salvo las de la esposa. Y pese a que eran familiares, la relación entre ambos nunca fue buena, en parte por el carácter apagado de él y en parte porque su sexualidad era cuanto menos ambigua. [...]

Existen referencias biográficas suficientes para diagnosticar hipospadia en Francisco, una malformación en la uretra que impide la salida de orina del glande, haciéndolo desde el tronco del pene o incluso en la unión del escroto y el pene. Una anomalía genital que no le convertía necesariamente en impotente o estéril, pero sí dificultaba mucho sus relaciones sexuales y la micción desde una posición de pie. [...]

Oficialmente, la pareja quedó embarazada en 11 ocasiones –aunque varios embarazos acabaron en abortos o los neonatos fallecieron al cabo de muy poco tiempo– un hecho que en principio fue achacado al alto coeficiente de consanguineidad entre ambos contrayentes. El único varón en llegar a la edad adulta fue Alfonso XII, que, como era de esperar, se especuló hijo de cualquier hombre del reino salvo del Rey consorte. [...]

Descartado Francisco de Asís como padre, las fechas y los rumores del periodo apuntan a que el padre habría sido el capitán Enrique Puigmoltó, un militar valenciano hijo del conde de Torrefiel. Su romance con la Reina, que duró cerca de tres años, valió al militar toda clase de condecoraciones y prebendas. [...]

«Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía», es la frase que supuestamente la Reina dirigió a su hijo Alfonso XII para explicarle la identidad de su verdadero padre.» [César Cervera: “¿Quién era el auténtico padre de Alfonso XII?”, en ABC, 05/05/2015]

Al final de su vida, la Reina justificaba su vida amorosa en una entrevista con el escritor Benito Pérez Galdós:

«¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los catorce años, sin ningún freo a mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo? Póngase en mi caso…».