Hispania prerromana

Justo Fernández López


áreas culturales de Hispania prerromana

Los pueblos del Oriente mediterráneo llamaban a los habitantes del sur y levante de la Península iberos. Luego Iberia se aplicó a todos los habitantes de la Península Ibérica, aunque seguía siendo una tierra desconocida en el interior. Los griegos llamaron también a las tierras más occidentales Hesperia. En la mitología griega Héspero es el lucero vespertino, el planeta Venus visto por la tarde, estrella de Occidente por la que se guiaban en sus navegaciones costeras nocturnas. Hésperos es el hijo de Eos, la diosa de amanecer (Aurora) y el hermano de Eósforo (el lucero del alba). Su equivalente romano es Vesper (‘tarde’ o ‘cena’).

El término latino Hispania es probablemente de origen fenicio y no deriva del nombre de ningún pueblo. Para Antonio Tovar, tenía relación con Hispalis (actual Sevilla). Tras la conquista romana, Iberia será para Roma Hispania y los habitantes de toda la Península serán Hispani, nombre común a todos los habitantes independientemente de la diversidad de pueblos y tribus desperdigadas por todo el territorio. El nombre de Hispani así como Hispania perdurará a pesar de las posteriores invasiones de bárbaros y musulmanes.

Lo que conocemos de los primitivos Hispani procede de fuentes tardías (griegas, púnicas y romanas) y no se remonta más allá de los siglos VII-VI a.C. Pero tenemos noticia de la llegada a la Península Ibérica, a través de los Pirineos, de pueblos de origen indoeuropeo, celta, en oleadas de grupos poco numerosos. Estos pueblos indoeuropeos fueron ocupando lentamente el área occidental hasta la costa atlántica, mezclándose en la Meseta Oriental, en el Norte y parte del Valle del Ebro con elementos ibéricos, formando un familia de pueblos celtíberos. Lo puramente ibérico se conservó en la zona mediterránea, que fue colonizada por comerciantes fenicios en la zona meridional y por los griegos en la oriental.

Así quedó dividida la Península Ibérica en áreas culturales de rasgos y límites imprecisos:

Área cultural del norte y noroeste

 

Es la zona más marginal y más alejada de la cultura ibera de la zona mediterránea.

Galicia engloba también el norte de Portugal y el oeste de Asturias. Estaba muy poblada. La influencia celta es menos clara que en la Meseta. Se hablaban lenguas indoeuropeas. Espacio fragmentado con poblados pequeños: cultura de los castros. Los romanos hablan de grupos organizados en civitates (urbanizaciones). Estaba extendido el bandolerismo y el pillaje como forma de subsistencia.

Asturias y Cantabria: los romanos caracterizaron a los cántabros y astures como pueblos especialmente feroces y salvajes, como prueba el hecho de que esta fue la última zona en someterse a Roma bajo Octavio Augusto: Guerras Cántabras (29 a. C.-19 a. C.).

Provincias costeras vascas: en el reducido espacio de las provincias costeras vascas se asentaban cuatro grupos humanos diferentes, autrigones, caristios, várdulos y vascones. Los vascones ocupaban la parte oriental de Guipúzcoa y el noroeste de Navarra. Posiblemente tuvieron parentesco entre sí. Estaban organizados en sociedades sumamente arcaicas con una economía retrasada y formas agrícolas primitivas, con pastoreo seminómada.

Área central y occidental

 

Las dos mesetas y la fachada atlántica: tierras de fuerte influencia indoeuropea, aunque insuficiente para darle homogeneidad a esta zona llamada la Celtiberia: tierras de Segovia-Burgos, alto Duero, valle del Jalón y tierras de Cuenca. Estaba poblada por arévacos, pelendones y lusones. Núcleos urbanos: Coca, Clunia, Numancia, Termancia, Segóbriga (Saelices, en Cuenca). Estos núcleos urbanos eran verdaderas poblaciones de varios miles de habitantes, con gran diversificación social y gran agricultura de cereal, ganadería lanar y vacuna. Gracias a su desarrollada metalurgia del hierro fabricaron armamento de gran calidad; son famosas las espadas celtibéricas, que luego adoptaron los romanos. Los agricultores vaceos tenían un sistema de propiedad colectiva con repartos de los frutos de sus cosechas según las necesidades de cada familia.

Los celtíberos practicaban una forma especial de clientela militar llamada devotio iberica:  los clientes o devoti consagraban su vida a su rey o jefe militar, al que tenían la obligación de proteger en el combate, a cambio de su protección, mantenimiento y un mayor estatus social. Además estaban obligados a suicidarse en caso de que su jefe muriera.

La zona atlántica y la Meseta Sur hasta Sierra Morena estaba ocupada por tres pueblos: lusitanos, carpetanos, oretanos. Su economía era agraria y ganadera y una organización social dual: los clanes eran los dueños de las tierras y el resto se tenía que dedicar al pastoreo nómada. Esta dualidad explica la proliferación del pillaje y la figura del soldado mercenario, que luchaba alejado de su lugar de origen. Griegos y romanos contaron en sus tropas con estos hispani mercenarios de la Meseta, famosos en su lucha contra Roma.

La figura de Viriato (muerto en 139 a. C.) se convirtió más tarde en auténtica leyenda. Fue un líder de la tribu de los lusitanos, que hizo frente a la expansión de Roma en Hispania a mediados del siglo II a. C. en el territorio suroccidental de la península ibérica, dentro de las llamadas guerras lusitanas. Se le ha llegado a considerar como «el terror de Roma». Viriato fue asesinado por traición. Cuando sus asesinos fueron al campamento romano a cobrar la recompensa, el romano Cepión los recibió con la famosa frase «Roma traditoribus non praemiat», esto es, «Roma no paga a traidores».

Área ibérica

 

Valle del Guadalquivir, costa mediterránea hasta Francia. El núcleo central de la cultura ibérica está situado en Alicante-Murcia-Albacete. En esta zona se ha extraído la mayor cantidad de información sobre la cultura ibérica, que estaba ya muy desarrollada a partir del siglo VI en los valles del Júcar y Segura. Conservamos expresiones del arte ibérico: las Damas de Elche y Baza, así como la Gran Dama Oferente del Cerro de los Santos.

El territorio que las fuentes clásicas asignan a los iberos: la zona costera que va desde el sur del Languedoc-Rosellón hasta Alicante, que penetra hacia el interior por el valle del Ebro, por el valle del Segura, gran parte de La Mancha meridional y oriental hasta el río Guadiana y por el valle alto del Guadalquivir. El concepto de cultura ibérica no es un patrón que se repite de forma uniforme en cada uno de los pueblos identificados como iberos, sino la suma de las culturas individuales que a menudo presentan rasgos similares, pero que se diferencian claramente en otros y que a veces comparten con pueblos no identificados como iberos.

En el nordeste peninsular se concentra el mayor número de pueblos conocidos: jacetanos y suesetanos en la zona de Jaca-Zaragoza; los ilergetes y andosinos de Lérica y Andorra-Arán; los layetanos y cesetanos de Barcelona y Tarragona y otros muchos en la actual Cataluña. De la desembocadura del Ebro a la del Segura aparecen cuatro pueblos más avanzados que los anteriores: los ilercavones y  los edetanos de Sagunto-Liria; los contestanos de Játiva-Elche y los mastienos de la costa de Murcia.

La influencia de los colonizadores griegos es innegable, aunque sin llegar a borrar el sustrato ibérico autóctono. Un ejemplo de este mestizaje es la ciudad de Ampurias (del gr. ant. Ἐμπόριον, lat. emporĭum que significa «mercado», «puerto de comercio», fundada en 575 a. C. por colonos de Focea como enclave comercial en el Mediterráneo occidental.

Área de los tartesios y turdetanos

 

Zona del Guadalquivir, desde Huelva a las zonas mineras de Sierra Morena, es la zona de la cultura tartésica. Su capital Tartessos no ha sido descubierta. Tenían una organización monárquica. Su historia se confunde con mitos de los orígenes sobre patriarcas fundadores y legisladores que habrían enseñado las técnicas ganaderas y agrícolas, así como la extracción de metales, la gran riqueza de esta región.

Hay desacuerdo sobre si la zona andaluza de los tartesios y turdetanos debe ser englobada en el área de la cultura estrictamente ibérica del sudeste y levanta, cuyo despertar es posterior, aunque hay parentescos profundos. A partir del siglo VIII se desarrolló en la zona bética la rica cultura tartésica, ligada al comercio con fenicios, griegos y cartagineses. Centros más importantes estarían en la zona minera de Huelva, en la desembocadura del Guadalquivir o próximos a Cádiz. Su metalurgia del bronce era muy apreciada en Oriente. La influencia fenicia se aprecia en una espléndida orfebrería (hoy conservamos el tesoro de La Aliseda y El Carambolo). Su escritura muestra el uso de una lengua de la familia ibérica.

El reino de Tartessos se hundió a fines del siglo VI. La región siguió poblada por los túrdulos o turdetanos, para Estabrón «los más cultos de los iberos», que se consideraban herederos de la cultura tartésica, así como por los bastetanos de las montañas. Los turdetanos ofrecieron gran resistencia a los conquistadores romanos y fueron ayudados en su lucha contra los invasores por soldados mercenarios reclutados en la Meseta.

 

Pueblos prerromanos en la Península Ibérica

Pueblos no indoeuropeos

Pueblos indoeuropeos

tartesios

vascos

iberos

lusitanos

celtas

celtíberos

Tartesos

 

 

 

vascos

de habla euskera 

airenosinos

andosinos

ausetanos

bastetanos

bástulos

bergistanos

castelani

ceretanos

cossetanos

contestanos

edetanos

elisices

gimnesios

iacetanos

ilercavones

ilergetes

indigetes

lacetanos

layetanos

oretanos

sedetanos

sordones

suesetanos

turdetanos

túrdulos

lusitano

 

astures

autrigones 

berones

cántabros

caristios

galaicos

turmogos

várdulos

vascones

vetones

 

arévacos

belos

carpetanos

lusones

olcades

oretanos

pelendones

titos

turboletas

vacceos

No se debe identificar a los vascos, de habla euskera, con la tribu de los vascones. No en todo el territorio de los vascones, de nombre no vasco, se hablaba la lengua vasca.

El territorio de los vascones se encontraba inscrito en un contexto de mayor complejidad lingüística donde se entremezclan los datos lingüísticos vascones con los de las lenguas célticas.

El lusitano es una lengua indoeuropea marginal, un dialecto indoeuropeo contrapuesto al celtibérico.

La protohistoria de la península ibérica

Los españoles hablamos hoy en formas modernas del latín como descendientes de los conquistadores romanos. Los hablantes del euskera, los vascos o vascongados, representan todavía una parte de la Hispania indígena, con una lengua que no fue absorbida por la conquista romana, ni en invasiones más antiguas por pueblos indoeuropeos que penetraron por los Pirineos: los celtas.

La protohistoria de la Península Ibérica abarca el primer milenio antes de nuestra en el que empieza a haber noticias históricas de pueblos y lenguas de este territorio. Al final de ese milenio, en el año 19 a.C., tras una tenaz lucha, los romanos lograron imponer una lengua y una cultura uniformes en territorio hispano.

«Las noticias que hallamos en los escritores griegos y latinos, combinándolas de modo más o menos seguro con la interpretación de las excavaciones y monumentos arqueológicos, dan luz desigual sobre la era que se suele llamar protohistoria. En nuestra Península podemos poner sus comienzos hacia el año 1000 a.C. Seguramente entonces ya se ha fundado Cádiz y desde siglos antes las riquezas minerales del Sur de la Península y el comercio del estaño que se hacía en misteriosas navegaciones atlánticas, han comenzado a atraer a gentes más civilizadas del Mediterráneo oriental. El telón empieza a levantarse precisamente en las cosas meridionales de la Península. De esta zona, de interés económico y estratégico, proceden las primeras noticias seguras.

Cádiz fue fundada hacia 1100 a.C., y esa fecha se va confirmando por la presencia de inscripciones fenicias. Lo que ocurre es que la presencia de estos navegantes extranjeros, que venia de larga fecha, significa una influencia cultural que borra, precisamente en los habitantes más en contracto con ellos, los rasgos étnicos propios. Nuestras noticias más antiguas son no solo las más escasas e imprecisas, sino también poco reveladoras.

En la etnología antigua de Hispania tiene gran importancia una obra literaria que conservamos en latín: el llamado «periplo» y Ora marítima que redactó un personaje romano, Rufino Festo Avieno, hacia los finales del siglo IV. La Ora marítima, que comprendía la descripción de las cosas europeas desde la Bretaña hasta el Mar Negro, se nos ha conservado en su primera parte, que llega hasta Marsella. Su interés extraordinario es que contiene, en verso, y basada en adaptaciones intermedias y con interpolaciones de vario origen, la traducción de un periplo griego masaliota del siglo VI, hacia 520 a.C.» [Antonio Tovar: “Lenguas y pueblos de la antigua Hispania. Lo que sabemos de nuestros antepasados protohistóricos”. En Actas del IV Congreso sobre lenguas y culturas paleohispánicas, Vitoria/Gastéis, 6-10 mayo 1985]

La Ora maritima de Rufo Festo Avieno

Ora maritima, obra del poeta romano de origen etrusco Rufo Festo Avieno, compuesta probablemente hacia mediados del siglo IV d.C. y que ha sido traducida al castellano como Las costas marítimas. Se trata de un poema escrito en senarios y cuya versificación es de tipo yámbico, en el cual se describen las costas europeas desde Britania hasta el Ponto Euxino (mar Negro). Avieno adaptó el periplo (viaje de navegación costera) que un navegante de Massalia (colonia focense, actualmente Marsella, en Francia) llevó a cabo a finales del siglo VI a.C., más concretamente la transcripción que el historiador y retórico griego Éforo hizo dos siglos más tarde. Es la descripción más antigua conocida de los territorios occidentales europeos, para cuya composición el autor empleó otras fuentes que enriquecieron el original. En la actualidad, solo se conservan los versos referidos al litoral situado entre Gadir (la Gades romana, actual Cádiz) y la citada Massalia. La monotonía de su poesía didáctica es la principal característica del texto.

Periplo massaliota (escrito por un navegante de Massalia, la actual Marsella, entonces colonia griega), es el nombre de un manual para los comerciantes, hoy perdido, que posiblemente datase de principios del siglo VI a.C. y en el que se describían las rutas marítimas utilizadas por los comerciantes de Fenicia y Tartessos en sus viajes por Europa en la Edad de Hierro a lo largo de la «ruta del estaño». Este Periplo massaliota es el primer documento que describe los vínculos comerciales entre Europa del norte y del sur y la existencia de este manual indica la importancia de tales vínculos comerciales.

En la Ora Marítima se encuentra el conocido pasaje que relata una legendaria plaga o invasión de serpientes en la Península Ibérica, la cual provocó que esta tierra pasara de llamarse Estrimnis (Oestrymnis) a llamarse Ofiusa o Ophiussa ‘tierra de serpientes’, del vocablo óphis ‘serpiente’, nombre que les griegos también dieron a la isla de Formentera. Entre los griegos estaba extendido el mito de que el occidente estaba poblado de criaturas peligrosas. La Ora marítima describe el océano Atlántico como un mar plagado de monstruos.

La Ora marítima de Avieno se trasmitió en un único manuscrito, que se perdió después que Lorenzo Valla imprimiera la primera edición en 1488. «Para Hispania esta obra es realmente la entrada en la historia: ese milenio de protohistoria que calculamos hasta la conquista romana, empieza en su segunda mitad, desde el periplo que nos transmitió Avieno, a ser historia, y la luz que aporta permite considerar protohistoria lo que es todavía, antes de este texto escrito, casi pura prehistoria.» [A. Tovar, o. cit.]

[Versión castellana de la Ora marítima de Rufus Festus Avienus.]

Los pueblos indoeuropeos

Pueblo indoeuropeo se refiere a un antiguo pueblo procedente de Asia que se extendió desde la India hasta Europa entre los años 2000 y 1500 a. C. El término lenguas indoeuropeas engloba a un grupo de lenguas emparentadas filogenéticamente por derivarse de una protolengua o tronco común del que se fueron formando muchas familias de lenguas europeas y asiáticas. Más de cincuenta idiomas pertenecen a la familia indoeuropea. Se cree que la civilización indoeuropea se desarrolló en Europa del Este alrededor de 3000 a.C. Unos grupos abandonaron su tierra materna e emigraron hacia Grecia, Italia y las islas británicas; otros, hacia Rusia; otro grupo atravesó Irán y Afganistán y llegó hasta la India.

La familia indoeuropea surge en la historia en oleadas invasoras de pueblos y lenguas diferenciados: los hititas en Asia Menor antes del 2000 a.C.; los helenos en Grecia en los últimos siglos del III milenio; los indoarios en las fronteras de Mesopotamia en la primera mitad del II milenio (los himnos védicos representan tradiciones que corresponden al II milenio).

Cuando se estudiaron los restos lingüísticos celtas en el continente, se descubrió que había formas indoeuropeas que no se ajustaban a los observado en lenguas puramente célticas. Así en el primer tercio del siglo XX algunos autores hablaron de una primitiva dominación de los «ligures» en la Hispania antigua. A la moda ligur siguió los tres decenio siguientes la moda iliria. Hasta que Krahe investigó los nombres de los ríos de toda la Europa occidental y sus hallazgos le llevaron a abandonar el ilirismo y postular una capa indoeuropea anterior a la formación del itálico, el latín, el céltico, el germánico  el báltico: la «Europa antigua».

«Pero una perspectiva cronológica más realista, que toma en cuenta que el hetita, el griego micénico y el védico son lenguas muy distintas entre sí en fechas documentadas entre el 200 y el 1500 a.C., obliga a suponer una evolución previa muy larga, y nos lleva tal vez al IV o V milenio para colocar, sin duda en la Europa oriental, a la lengua originaria. De ella se habrían desprendido, en migraciones muy antiguas, las lenguas que aparecen primero a la luz de la historia: hetita, griego, indio. Detrás queda una nebulosa de pueblos y lenguas en formación. [...]

En la Edad del Bronce de los territorios indoeuropeizados proceden grupos que inician la indoeuropeización de Francia, de Gran Bretaña e Irlanda, como también de la mitad Noroeste de nuestra Península. Es un proceso muy largo, durante varios siglos, y que dejó subsistir todavía, más o menos intactos, pueblos y lenguas preindoeuropeas.» [A. Tovar]

La cultura de Hallstatt se extiende entre los siglos VII y V desde Bohemia hasta el Cabo de San Vicente y desde el curso superior de los ríos Drave y Save hasta el territorio occidental de Gran Bretaña. Buena parte de los portadores de esta cultura son celtas, pero no todos eran celtas.

La entrada de los indoeuropeos en la Península debió comenzar, cruzando los Pirineos, antes del año 1000 a.C. y debe imaginarse como migración de grupos lingüísticos diversos. La Ora marítima de Avieno nombra a los cempsos y los sefes, la prole de los dráganos, los beribraces («que vagan entre sus grandes rebaños de ovejas y se alimenta ásperamente de leche y de grasiento queso, y lleva una vida a modo de fieras»). Según Schulten, estos pueblos eran celtas.

«Pero la verdad es que ni sus nombres, bastante oscuros, ni los escasos datos que tenemos, permiten decir otra cosa sino que a finales del siglo VI eran pueblos menos civilizados que los de la costa. [...] Lo más prudente es pensar que tenemos los nombres de unos indoeuropeos del siglo VI en territorios donde luego vamos a encontrar lusitanos y celtas al Oeste y celtíberos al Este.»

Los términos indoeuropeo y protoindoeuropeo se usan especialmente en oposición al de preindoeuropeo, que designa al sustrato anterior al de la llegada de los indoeuropeos. Para el caso de la protohistoria de España, el término "preindoeuropeo" identifica al área del sur y el este peninsular (Tartessos y el área cultural de los iberos), mientras que el término "indoeuropeo" identifica al área del centro, oeste y norte (identificado a grandes rasgos con el área cultural de lo celta), con la notable excepción de los vascones, de lengua preindoeuropea (el antecedente del euskera).

Lenguas indoeuropeas actuales: albanés, armenio, báltico, céltico, eslavo, germánico, griego, indo-iranio, itálico. Pueblos indoeuropeos actuales: albaneses, armenios, bálticos, eslavos, germánicos, griegos, indo-arios, iranios, latinos.

Hispania indígena e hispania indoeuropeizada

«Podemos afirmar que, del siglo VI al V, entre el periplo marsellés y la época de Pericles [465-429 a.C.], los griegos se dieron cuenta de que Hispania, a partir del ángulo Sudoeste, estaba dividida étnica y lingüísticamente en dos partes, una indoeuropeizada, de pueblos inmigrantes, que venían del interior de Europa, y otra, a lo largo de la costa mediterránea y en el valle del Guadalquivir y en la zona baja del Ebro, así como en los Pirineos, de indígenas, continuadores de raíces prehistóricas, accesibles de manera casi muda y apenas histórica, y que habían recibido durante siglos influencias coloniales de las altas culturas mediterráneas. Esta distinción de fundamentalmente dos territorios étnicos en la Península es la clave del desarrollo protohistórico del milenio que nos ocupa.» [Tovar, o. cit.]

Aunque la romanización impuso profundos transformaciones en la configuración histórica en la Península Ibérica, el sustrato de los pueblos indígenas puede detectarse en notables pervivencias. Así la toponimia peninsular se divide en tres zonas: una céltica, con predominio del sufijo –briga; una ibera, con predomino de la raíz iltr-iltur; y una tartésica, con predominio de los sufijos -ipo-ippo y -oba-uba.

«La presencia de elementos lingüísticos no indoeuropeos en territorios donde la penetración indoeuropea encontró población densa y con lenguajes distintos (como en los territorios galaicos, ástures y vétones, así como en la costa de Lusitania) puede explicarse como supervivencia más o menos larga de la situación anterior. Los nombres de divinidades y quizás ciertos fenómenos fonéticos de larga perduración guardan en las zonas montañosas y más alejadas de todo el cuarto noroccidental de la Península  el eco de un sustrato muy antiguo, que dejó su huella en las lenguas célticas invasoras y después en el latín.» [A. Tovar: Iberische Landeskunde, Baden-Baden, 1989, t. 3, p. 20]

El concepto de ibero es un término cultural, que responde a los pueblos prerromanos que evolucionaron hacia sociedades más complejas (estados, clases dominantes, ciudades amuralladas, comercio, moneda, alfabeto) debido a su mayor contacto con los pueblos colonizadores.

Los iberos y otros pueblos prerromanos, como los vascones, eran lingüísticamente preindoeuropeos, lo que suele interpretarse como prueba de que provendrían del sustrato poblacional neolítico de la península ibérica.

«En Hispania, como en Galia y las Islas Británicas, la indoeuropeización fue tardía y se completó por uno de los grandes pueblos, los celtas, que luego tuvieron la desgracia de sucumbir a manos de los latinos y germanos. Los romanos destruyeron a las naciones célticas del Norte de Italia, de Hispania y de Galia, los alemanes a las del centro y noroeste de Europa, y los anglosajones absorbieron a los britanos primero, reduciendo su lengua al País de Gales, y más tarde a los irlandeses, con la imposición del inglés.

Los celtas fueron muy importantes en Hispania. Son históricos en el segundo periodo de la protohistoria, durante el primero tenemos datos escasos, pero suficientes para afirmar su presencia desde los primeros siglos del I milenio a.C.» [Tovar, o. cit.]

Los celtas eran pueblos indoeuropeos, y hay testimonios arqueológicos que permiten reconstruir su identificación cultural con otros pueblos celtas del centro de Europa y su penetración por los Pirineos desde finales del II milenio a. C.

«La división entre la Hispania invadida por indoeuropeos y la Hispania de características arraigadas en épocas anteriores nunca fue cosa terminada. Podemos asegurar que desde el remoto comienzo de la protohistoria, se creó una situación inestable, dinámica, en la que los elementos invasores e invadidos se encuentran y no llegan a un equilibrio. Los invadidos pertenecen a etapas de civilización más desarrolladas; su contacto con los colonizadores y comerciantes les ha familiarizado con refinamientos culturales; empiezan, tal vez desde el siglo VII, a familiarizarse con la escritura; su metalurgia había alcanzado en el trabajo del oro gran perfección; su agricultura también había adelantado.

Por el contrario, los invasores, que vienen de la Europa húmeda, disponen de ganadería con especies menos explotadas en la Península y de mayor utilidad: cerdos y vacas. Traen de Europa modelos de armas, primero de bronce, y más tarde de hierro, más eficaces que las de los indígenas. También sus técnicas de cerámica son mejores. [...]

Aun considerando hasta cierto punto diferenciadas y constituidas una Hispania indoeuropeizada y otra no indoeuropea, la una presenta rincones primitivos, en los que lo indígena resiste, mientras que la otra acusa restos de penetraciones indoeuropeas que no fueron totalmente absorbidas.

Hay regiones de España que quedaron indecisas, y a pesar de la fuerte presencia de indoeuropeos, conservan sus rasgos indígenas: así ocurre con las bastetanos y oretanos, entre la Manche y Jaén, así también al sur de Portugal, donde Ptolomeo pone los Celtici, pero también los Turdetani. En el país de los berones, La Rioja, tenemos elementos indígenas visibles en la onomástica. Y en lo más abrupto y retirado del Noroeste: en Galicia, en Cantabria, tenemos atestiguados en restos el matriarcado y la couvade preindoeuropeos; y en la onomástica, en los extraños compuestos que tenemos en los nombres de dioses en todo el Noroeste, hallamos todavía la influencia de lenguas no indoeuropeas; en la fonética ocurren fenómenos de infección, que aparecen en otros territorios de Europa occidental y que preludian lo que demos observar en las lenguas celtas que han sobrevivido.» [A. Tovar]

área de la cultura tartésica

En zona sur-occidental en torno a la desembocadura del Guadalquivir, se desarrolló durante la primera mitad del I milenio a. C. la cultura tartésica. Las fuentes bíblicas hacen referencia a esta cultura con el nombre de Tarshish, como una zona al extremo del Mediterráneo occidental, de gran riqueza metalífera, y que se relaciona con la navegación fenicia.

El control fenicio de las factorías comerciales en torno al Estrecho, y especialmente de la colonia de Gadir (Cádiz), mantuvo la exclusividad del comercio con Tartessos. Aunque la monarquía tartésica tuvo contactos y prestó ayuda a los griegos.

Las fuentes griegas nos han transmitido una visión mítica de Tartessos y relatos fundacionales algo confusos. Los primeros reyes serían los míticos Gerión -derrotado por Hércules-, Norax, Hispalo, Hispan, Gárgoris y Habis, que habría introducido la civilización.

Los únicos datos seguros son las reiteradas referencias griegas a un pueblo asentado más allá de las columnas de Hércules (el Estrecho de Gibraltar), del que relatan su esplendor económico y cultural debido a su gran riqueza en recursos naturales: agricultura, ganadería, pesca y minería, sobre todo el oro, la plata, el estaño y el bronce. De hecho Tartessos se convirtió en el principal proveedor del Mediterráneo de bronce y plata.

También hacen referencia las fuentes clásicas a la constitución de una sociedad jerarquizada, de carácter monárquico, en la que el trabajo es incompatible con la nobleza.

Los datos arqueológicos no nos dan muchos datos más, debido a la transformación geográfica del entorno. La capital de la cultura tartésica, Tartessos (la Troya ibérica), aún no ha podido ser localizada.

La batalla de Alalia (hacia 537 a. C.) fue un combate naval entre cartagineses, aliados con los etruscos, contra los griegos de la colonia focense de Alalia (actual Aleria), situada al este de Córcega. A partir de esta batalla y del enfrentamiento greco-cartaginés por la hegemonía en el Mediterráneo occidental, Tartessos desaparece de las fuentes escritas. Los turdetanos, el pueblo que habitaba la zona a la llegada de los romanos a finales del siglo III a. C., se consideraban los herederos de la cultura tartésica.

A partir de las excavaciones arqueológicas se ha dividido la cultura tartésica en dos periodos: El geométrico, que coincide con el bronce final y abarca desde el 1200 al 750 a.C. y el orientalizante, que es cuando la cultura tartésica asimila elementos orientales provenientes principalmente de los contactos con fenicios y griegos y que coincide con la I Edad del Hierro y abarca desde el año 750-550 a.C.

COLONIZACIÓN fenicia

Los primeros en establecer contactos permanentes con los pueblos de Iberia son los fenicios, pueblo comerciante al que se atribuye la fundación de enclaves importantes como la ciudad de Cádiz y otros en la región de Málaga. La presencia de los fenicios se remonta al siglo VIII a.C. Fundaron factorías desde las que comerciaban con los pueblos indígenas con salazones, alfarería, metales, etc

El pueblo fenicio desempeñó el papel de intermediario entre las culturas de Oriente y la Península. Su papel en el desarrollo del comercio y las relaciones entre pueblos fue decisivo, dejando en ciertas partes de España, como la Baja Andalucía o Ibiza, una impronta decisiva y duradera. En sus periplos en busca de mercados exploraron hasta los confines del mundo conocido: la costa norteafricana hasta el Atlántico, acaso arribando a las Canarias, mientras que por el norte llegan a las Islas Británicas. A comienzos del siglo VIII a.C., los fenicios contaban con un considerable número de establecimientos comerciales y fabriles en la parte occidental del Mediterráneo.

Los más antiguos testimonios históricos remontan la fundación de Cádiz al 1100 a.C., ochenta años después de la caída de Troya. La colonia servía de puerto de arribada por el interior para los metales de los ricos yacimientos de la comarca de Huelva. Poco después se establecieron otras colonias fenicias en el Mediterráneo, las de Sexi (Almuñécar), Malaca (Málaga) y Abdera (Adra, Almería).

La colonización griega

Los griegos llegan a la Península a fines del siglo VII a.C. Ya durante el siglo anterior los griegos habían seguido las rutas comerciales fenicias e iniciado su propia colonización por las tierras ribereñas del Mediterráneo. En un momento en que la actividad comercial fenicia se hallaba en un receso, grupos de navegantes focenses llegan a Tartessos, cuyo rey les ofrece tierras, aunque declinan la oferta para fundar en la costa ligur la ciudad de Massilia o Marsella.

Tras la fundación de Cartago en el 800 a.C., resurge un renovado imperio comercial avalado por la fuerza de las armas, y se produce una retirada griega del comercio con las privilegiadas tierras de Tartessos. El rey tartesio Argantonio firma un tratado con los griegos focenses que les prohíbe la navegación y el comercio más allá de las columnas de Hércules. Con ello quería proteger el comercio con los pueblos púnicos del norte de África.

Desde entonces, la zona costera peninsular es escenario de las luchas entre cartagineses y griegos por el control de los mercados.  Durante los siglos VII y VI, los griegos focenses, procedentes del Asia Menor, expanden su presencia en la costa oriental de España y fundan asentamientos en la costa nordeste mediterránea, como Massalia (Marsella); posteriormente Rhode (Rosas), en el golfo de Rosas y Emporion (Ampurias), en la península; también posibles núcleos comerciales, más o menos estables, como Hemeroscopio, Baria, Malaka, y Alonis.

Ampurias es la fundación griega más característica de España. Su nombre es emporion o mercado. A la colonia de Ampurias llegaban objetos fabricados en Grecia, gracias a los cuales ha podido estudiarse la cronología de las distintas fases de la ciudad.

Colonización cartaginesa

Los cartagineses eran un pueblo de origen fenicio que se estableció en Cartago Qart Hadašt (en el actual Túnez). A partir de la caída de Tiro ante Nabucodonosor II (572 a. C.), se independizaron de la metrópolis y el Estado cartaginés sustituyó a las metrópolis fenicias en el control de las factorías comerciales costeras mediterráneas, entre ellas las factorías de Iberia, que enviaban plata, estaño y salazone

La influencia cartaginesa sobre las culturas ibéricas ("punicización") fue haciéndose progresivamente mayor, evidenciándose en la cerámica, los objetos funerarios y la implantación de divinidades púnicas, como la diosa Tanit (hallada en Baria -Villaricos, provincia de Almería- o en Gadir), que también se ha identificado con las llamadas "damas ibéricas". La introducción paulatina de ciertas mejoras en procesos industriales y agrícolas, así como la utilización del alfabeto púnico (en la escasa epigrafía tartésica e ibera) se produjeron en continuidad con la época fenicia.

La derrota cartaginesa en la primera guerra púnica (264-241 a. C.) no afectó a su área de influencia cartaginesa en la península ibérica; más bien fue un estímulo para la expansión, ya claramente de carácter territorial hacia el interior, y bajo la dirección política de la poderosa familia de los Barca.

A raíz de la enorme deuda que contrajeron con Roma en la Primera Guerra Púnica, los cartagineses emprendieron la conquista de las regiones mediterráneas de la península ibérica para crear un nuevo imperio cartaginés. Amílcar Barca, desde Cádiz, comenzó la invasión del valle del río Betis, cuyos reyezuelos se entregaron uniéndose al ejército invasor. Los cartagineses se hicieron con la explotación minera. Amílcar muere el año 229 a. C. en una escaramuza contra los oretanos.

Su yerno, Asdrúbal, continuó su labor aunque utilizando una política de alianzas con los reyes ibéricos. Fundó la ciudad de Qart Hadasht (Cartagena) y se estableció un tratado con los romanos fijando en el río Ebro los límites de influencia de los dos imperios. Los cartagineses se adueñaron de todo el sur de la península, desde el Levante hasta el golfo de Valencia y puede que dominasen también el territorio de los oretanos. Asdrúbal muere asesinado el año 221.

Aníbal Barca, con solo 25 años, elegido nuevo general, invade el territorio de los olcades y penetra en los territorios de la meseta central al año siguiente, ocupando las ciudades de Toro y Salamanca. Emprende regreso a Cartago Nova con numerosos rehenes, siendo atacado por un ejército en coalición de carpetanos, vacceos y olcades, a los que derrota junto al Tajo.

El ataque a la ciudad de Sagunto desencadena la Segunda Guerra Púnica que concluye con la derrota de Aníbal, el declive del poder cartaginés y la conquista romana de la península ibérica. La contienda se suele datar desde el año 218 a. C., fecha de la declaración de guerra de Roma tras la destrucción de Sagunto, hasta el 201 a. C. en el que Aníbal y Escipión acordaron las condiciones de la rendición de Cartago.

Las duras condiciones impuestas por Roma fueron: pérdida de todas las posesiones de Cartago ubicadas fuera del continente africano; prohibición de declarar nuevas guerras sin el permiso del pueblo romano. Aníbal aceptó las condiciones, a fin de que los romanos le dejaran en paz mientras ayudaba a Cartago a reconstituir su poderío. Los romanos celebraron el fin de la guerra con una gran fiesta triunfal y a Escipión se le empezó a llamar El Africano. Cartago, aunque seguía siendo un estado independiente, pasó a segundo plano en la escena internacional.

Área de los pueblos iberos

«En lugar de tratar del origen de los iberos, que podría conocerse mejor si su lengua no fuera tan enigmática, vamos a tratar de la formación de su cultura. Los iberos pertenecen a la Edad del Hierro y su cultura toma sus rasgos característicos, en buena parte, de las influencias coloniales fenicias y griegas en el siglo VI. Esas formas culturales aparecen en su conjunto en le región del alto Guadalquivir,  se extienden rápidamente, sin duda, como señala L. Pericot, gracias a que había un sustrato étnico “en el Este y en el Sur de España en unas fechas relativamente elevadas”. [...]

Son muchos los puntos oscuras que quedan en el cuadro de la formación y difusión de rasgos importantes de la cultura ibérica. Su vecindad con el vasco en la vertiente Sur de los Pirineos, y la misteriosa relación entre las dos lenguas, aunque distintas, lleva a pensar en las viejas raíces de los iberos en el Norte. Que un puebloibero, que aceptó formas artísticas que venían de la Andalucía oriental, existía ya en el siglo VI, parece probado por aquel texto del periplo de Avieno (472 y 474) que recuerda a los iberos extendidos desde enfrente de Ibiza hasta los Pirineos.» [A. Tovar]

Al principio, los griegos utilizaron la palabra ibero para designar a las gentes del levante y sur de la Península Ibérica para distinguirlos de los pueblos del interior, cuya cultura y costumbres eran diferentes, pueblos “bárbaros”. Posteriormente, llamaron iberos a todas las tribus de la Península Ibérica e Iberia al conjunto de sus pueblos y al territorio de la Península Ibérica.

El área de los pueblos iberos comprende la zona costera que va desde el sur del Languedoc-Rosellón hasta Alicante, penetra hacia el interior por el valle del Ebro, por el valle del Segura, gran parte de La Mancha meridional y oriental y llega hasta el río Guadiana y el valle alto del Guadalquivir.

«La cultura ibérica, dentro de la unidad que la lingüística descubre, tiene diferencias regionales, resultantes sin duda de que se puede afirmar, creemos, que la cultura ibérica adquiere sus formas culturales definitivas en la región del alto Guadalquivir y se extiende, sobre la base de viejas afinidades y por influencia cultural, hacia el norte. La Alta Andalucía, desbordando ya la cuenca del Guadalquivir hacia el Este, es quizá la zona originaria. En esta región se dan las condiciones de formación de la cultura ibérica, con influencias tartesias. Comenzando por la escritura ibérica, la forma más arcaica conocida de ella es la llamada tartesia o bástulo-turdetana, en el SO., que seguimos pensando que debió surgir hacia el año 700 a.C. en territorio en el que competían los griegos con los fenicios. Por otra parte se reflejan como tradiciones formativas en el ibérico rasgos tartesios y caracteres de la antigua cultura megalítica, a la vez que influencias de la cultura argárica, tan importante en el SE. casi un milenio antes. La alta cultura tartésica explica la subsistencia de la monarquía en Andalucía, mientras que en otras regiones no se conocen más que jefes tribales.

Sentado así el desarrollo de la cultura ibérica, con profundas raíces en el SE. y E. de la Península, la tradición que supone a los iberos emigrados de fuera queda privada de argumentos sólidos.» [Antonio Tovar: Iberische Landeskunde, Baden-Baden, 1989, t. 3, p. 24-25]

El concepto de cultura ibérica no es un modelo de cultura aplicable de forma uniforme a cada uno de los pueblos identificados como iberos, sino que es una suma de culturas individuales que a menudo presentan rasgos similares, pero que se diferencian claramente en otros y que a veces comparten con pueblos no identificados como iberos. No eran un grupo étnico homogéneo. Los iberos fueron diferentes pueblos que evolucionan desde diferentes culturas precedentes hacia una cultura común, influidos en esta evolución por fenicios, primero, y luego por griegos y púnicos a través de los contactos con las colonias que fueron estableciendo en zonas estratégicas de la costa mediterránea y el sur atlántico de la península.

Mantenían una explotación agropecuaria con base cerealista, que en algunas zonas se diversificaba con el olivo y que incluso incluía la irrigación. La minería era la base de una metalurgia del bronce, el hierro y los metales preciosos, muy demandada por los pueblos colonizadores.

El desarrollo comercial de los excedentes, que incluyó el uso de la moneda, estimuló la jerarquización social y la formación de una élite guerrera aristocrática, que demandaba productos de lujo de importación para consolidar su prestigio.

Los iberos usaron alfabetos de origen fenicio o griego para la escritura. La lengua ibera está documentada por escrito. Las inscripciones más antiguas de esta lengua datan de finales del siglo V a. C. y las más modernas de finales del siglo I a. C., o principios del siglo I d. C. Se ha podido descifrar la lectura de los textos, pero en su mayor parte siguen siendo incomprensible porque no disponemos de una lengua afín al ibero que nos permita una traducción.

Se ha intentado traducir los textos en lengua ibera a través de la lengua vasca, pero estas traducciones no han resultado consistentes, ni nos permiten traducir las inscripciones. El ibérico interpretado a la luz de sus traducciones no parece tener una gramática regular reconocible, existen solamente similitudes con el léxico del vasco. Muchos autores reconocen ciertas afinidades entre la lengua ibera y la lengua aquitana, variante más antigua de la lengua vasca. Pero estas afinidades no bastan para probar un parentesco filogenético. La romanización hizo que la utilización de la escritura ibérica fuera desapareciendo de forma paralela a una progresiva latinización.

Los núcleos de población estaban formados por ciudades amuralladas al estilo de lo que los romanos llamaban oppidum: Asido (Medina Sidonia), Astigi (Écija), Sisapo (junto a las minas de Almadén), Castulo (Linares), Basti (Baeza), Illici (Elche), Saiti (Játiva), Arse (Sagunto), Edeta (Liria), Castellet de Banyoles, Ullastret, Ilerda (Lérida), Castellar de Santisteban, Castellar de Meca o el Cerro de los Santos.

Hacia el 2600 a. C. se desarrolla en Andalucía oriental la civilización calcolítica, representada en los yacimientos de Los Millares (Almería) y Marroquíes Bajos (Jaén), relacionados con la cultura portuguesa de Vila Nova. Hacia 1800 a. C., se desarrolla una cultura independiente, la cultura de El Argar (bronce). Hacia 1300 a. C., con la invasión del noroeste peninsular por los celtas, El Argar da paso a una cultura «post-argárica», de villas fortificadas independientes. Hacia el 600 a. C., tras la fundación de Marsella por los focenses (de Focia, ciudad de Asia Menor), los iberos reconquistan el noreste a los celtas, y crean nuevos establecimientos griegos al sur de los Pirineos.

La sociedad ibera estaba fuertemente jerarquizada en varias castas sociales muy dispares. La primera era la de los guerreros. Las sacerdotisas gozaban de gran prestigio, ya que eran las que estaban en continuo contacto con el mundo de los dioses. La casta de los artesanos era muy apreciada, de ellos dependían la fabricación de las armas.

Los griegos quedaron fascinados por los guerreros que se lanzaban al combate sin miedo alguno y que resistían peleando sin retirarse aún con la batalla perdida. Estos guerreros tan valientes y aguerridos fueron reclutados por los griegos para sus propias guerras. 

El arte ibérico posee sus mejores manifestaciones en obras escultóricas de piedra y bronce, madera y barro cocido. La escultura ibérica aparece en torno al 500 a. C. y constituye una de las manifestaciones más importantes de la cultura ibérica en la que confluyen influjos mediterráneos (griegos y fenicios principalmente) y autóctonos. Desde los primeros descubrimientos se han planteado entre los especialistas diversas hipótesis respecto a su origen.

Con la introducción del torno rápido por los fenicios en el siglo VIII a. C. se produce un cambio en la fabricación de la cerámica en el mundo indígena, lo que permite el desarrollo de una de las manifestaciones más características de la cultura ibérica.

La religión es un tema poco conocido de la cultura ibérica. Poco se sabe del mundo de los dioses de los iberos. De lo que sí se tiene constancia, es que animales como los toros, lobos, linces, o buitres, formaban parte de este mundo, ya fuese como dioses, símbolos, vínculos con el mundo mortal y sus 'espíritus', o el mundo divino. El toro sería el símbolo de la virilidad y la fuerza. El lince estaba vinculado al mundo de los muertos. Los buitres llevaban las almas de los guerreros muertos en las batallas al mundo de los dioses. No se sabe mucho más, ya que ha perdurado escasa información sobre estos asuntos.

En cuanto a los enterramientos, los iberos utilizaban el rito de la incineración, conocido gracias a los fenicios o a los pueblos transpirenáicos que introducen la cultura de los campos de urnas. Las cenizas eran guardadas en urnas cinerarias de cerámica con forma de copa, con tapa y sin decoración. 

ÁREA de los pueblos CELTAs

«El nombre de celtas es el que en Occidente conocemos de más antiguo, pero evidentemente las oleadas indoeuropeas que se derramaron desde el II milenio a. C. pertenecían también a otros pueblos, que muchas veces no sabemos denominar.» [A. Tovar]

Desde las últimas etapas de la Edad del Bronce tenemos en toda la Europa occidental, incluidas las Islas Británicas, la presencia de elementos culturales cuyo origen centroeuropeo es innegable. En un primer momento las migraciones pudieron ser todavía de pueblos indoeuropeos con lenguas poco caracterizadas, pero hay que suponer que en el periodo B del Hallstatt, en Francia oriental, Alemania del Sur, Suiza y Bohemia, cristalizó la nación de los celtas. En el segundo periodo de la protohistoria nadie duda de la presencia de los celtas de La Tène. Según los autores alemanes, habría una continuidad de cultura entre las etapas de Hallstatt y de La Tène en Francia y en Europa central.

«Tal como aparecen las cosas, y aceptando la posibilidad de que no todas las grandes lenguas indoeuropeas se formaron y separaron al mismo tiempo, y de que el “antiguo europeo” significa un periodo de formación dialectal que solo a lo largo del tiempo cristalizó en lenguas con rasgos distintivos marcados, podemos suponer que la formación del celta ocurrió en los primeros siglos del I milenio. Las primeras penetraciones de grupos indoeuropeos en Occidente serían todavía con lenguas “precélticas”, y a esta etapa corresponden los elementos que antes se designaban como “ligur” o “ilirio” y que parece mejor llamar indoeuropeo occidental o antiguo europeo. Una forma superviviente de aquella etapa la tenemos en el lusitano. [...]

Los celtas, surgidos dentro del área cultural de Hallstatt, se extendieron hacia el Occidente, y penetraron en los diferentes países, dejando su tipo arcaico de lengua en el celtíbero y en el goidélico [del irl. antiguo Góidel, pueblo gaélico formado por los escoceses, los irlandeses y los celtas de la Isla de Man]. Lo que es evidente es que desde los finales del bronce aparecen en todo el Occidente elementos no mediterráneos y procedentes de Europa central. En este ambiente llegan los celtas más antiguos.» [A. Tovar]

El término keltoi (Κέλτoι) es un nombre que los griegos conocieron oralmente de los indígenas, una transcripción fonética. Este término junto a keltiké nos da una ambigua referencia geográfica. Hay que tomarlo simplemente como un nombre dado a los habitantes al norte de los Alpes. Por celtas históricos se entiende el grupo de sociedades tribales de Europa, que compartieron una cultura material iniciada en la primera edad de hierro (1200-400 a. C.) en torno a los Alpes (periodo Hallstatt) y más tarde en el hierro tardío (periodo La Tène), y que fueron así llamados por los geógrafos griegos y latinos.

Esta localidad austriaca de Hallstatt (Alta Austria), localidad del distrito de Salzkammergut, en Austria, cerca de Salzburgo, da su nombre a la cultura de la edad de Hierro denominada Cultura de Hallstatt, perteneciente al Bronce final y la I Edad del Hierro. El nombre de Hall proviene del término céltico con el que se denominaba a la sal, abundante en las minas cercanas. En esta localidad austriaca se han encontrado cerca de 2000 tumbas y más de 6000 objetos. Hallstatt fue una cultura de transición entre la Edad del Bronce y la del Hierro, extendiéndose principalmente por la Europa Central, Francia y los Balcanes.

No se ha logrado delimitar etnias propiamente celtas entre los primeros grupos de indoeuropeos que penetraron en la Europa central. Solo hasta el siglo V a. C. con el surgimiento de la cultura de La Tène es seguro identificar a los portadores de esa cultura como hablantes de lenguas celtas.

Desde el siglo IV a. C., los celtas continentales inauguran la cultura de La Tène, específicamente celta (Hierro II). En esta fase, los celtas acabaron de ocupar el norte y centro de Francia (la Galia), el norte de Italia, así como la mayor parte de las islas británicas. Es en este período cuando el druidismo se extiende entre los celtas. Los celtas ibéricos no conocieron el fenómeno druídico.

Los celtas son, como los germanos, los latinos, los eslavos, los griegos, los hititas, los kurdos, los armenios, los persas o los indios de los Vedas, pueblos indoeuropeos.

La Meseta, el oeste y el norte peninsular fue el área de los pueblos celtas. Están atestiguadas arqueológicamente varias penetraciones de población de origen centroeuropeo en la primera mitad del I milenio a. C., de un peso demográfico imposible de constatar, pero que se instalaron entre los pueblos indígenas y determinaron un proceso general de celtización. El nivel de desarrollo cultural de los pueblos celtas era relativamente menor a los de la zona ibera. En cuanto a la religión, existieron cultos locales especialmente relacionados con las montañas, los bosques y las aguas, a quienes se invocaba bajo diferentes nombres.

área de los pueblos Celtíberos

«No se sabe quién inventó el nombre de celtíberos. Schulten piensa que debieron forjarlo los colonizadores griegos, pues los griegos usaban otros compuestos de este tipo. Este nombre compuesto significa probablemente para los antiguos una mezcla de razas. Sin embargo, Estrabón sabe que los que llegaron como celtas se convirtieron en celtíberos y berones, y además conoce que esos celtas llegaron antes que los cartagineses y después de los tirios, lo que es un dato cronológico importante. Consideramos equivocada la idea tradicional de que los celtíberos significan una mezcla de pueblos: podemos estar seguros de lo contrario, de que son un pueblo celta con una fuerte influencia cultural ibérica.

Los arqueólogos no pueden establecer una frontera, por ejemplo, en Aragón, pues los materiales de Azaila no se diferencian mucho de los de Botorrita, pero el descubrimiento de la gran inscripción de Botorrita ha obligado a llevar a la derecha del Huerva el límite de la lengua celtibérica. En realidad, ahora podemos afirmar que los celtíberos mantuvieron su lengua, su onomástica y su organización gentilicia por lo menos hasta los primeros tiempos del Imperio, lo cual supone conservar su personalidad étnica, su organización política y social y parte al menos de su cultura, si bien es cierto que adoptaron la escritura ibérica, la cerámica y otros rasgos culturales que los iberos habían desarrollado en contacto con las altas culturas de los pueblos colonizadores.

Es posible que celtíbero haya significado, también en un sentido geográfico, “celta de Iberia”, es decir, “hispano-celta”.» [A. Tovar: Iberische Landeskunde, 1989]

Entre los celtas y los iberos se encontraba la Celtiberia, una zona de transición tanto cultural como geográfica en torno al Sistema Ibérico. Su economía era de predominio ganadero, con una agricultura relativamente menos desarrollada que en la zona ibera (con las notables excepciones de vacceos y carpetanos, en las estepas cerealistas de la meseta central), además de una limitada actividad comercial.

Sus manufacturas textiles fueron apreciadas por los romanos. Muchos de sus núcleos de población también respondían al concepto romano de oppidum (Aeminium -Coímbra-, Conimbriga, Egitania, Brigantia -Bragança-, Helmantica -Salamanca-, Toletum -Toledo-, Kombouto -Alcalá de Henares-, Arriaca -Guadalajara-, Segovia, Cauca -Coca-, Numancia, Segeda, Bilbilis -Calatayud-, Calagurris -Calahorra-); que en el cuadrante noroccidental de la península eran castrum de menor tamaño que definen la cultura castreña (Santa Tecla, Baroña, Coaña, Monte Cueto, Mesa de Miranda, El Raso, Ulaca, Cabeço das Fráguas). Algunos núcleos urbanos estaban ubicados con otros criterios, como Talabriga (Talavera, literalmente "ciudad del valle") o Pintia.

Existían instituciones sociales de marcado origen indoeuropeo, como la devotio y el hospitium, que guardaban ciertos paralelismos con el comitatus germánico o la clientela romana. El ejercicio de la guerra era considerado una actividad virtuosa, y eran muy numerosos los mercenarios.

Las fuentes romanas justificaron la necesidad de pacificar por la fuerza a estos pueblos belicosos, por la incompatibilidad de su forma de vida “bárbara” con la "civilizada" de sus pacíficos vecinos ya romanizados.

Entre sus rituales religiosos había formas de culto solar. La organización matrilineal de los linajes en los pueblos del norte, junto con costumbres como la covada (feminización del padre en el parto) causaron extrañeza a los romanos, que las interpretaron, erróneamente, como signos de un matriarcado.

Con el término celtíberos se hace referencia de forma genérica a los pueblos prerromanos celtas o celtizados que habitaban la península Ibérica desde finales de la Edad del Hierro en el siglo XIII a. C. hasta la romanización de Hispania desde el siglo II a. C. al siglo I d. C. De entre estos pueblos existe uno denominado expresamente celtíberos que habitaban el oeste de la Cordillera Ibérica, aunque existían otros con otros nombres como los vetones, vacceos, lusitanos, carpetanos o célticos que son también de forma genérica denominados celtíberos.

Los romanos los consideraban una mezcla de celtas e íberos, diferenciándose así de sus vecinos, tanto de los celtas de la meseta como de los íberos de la costa.

Cuando llegan los romanos a Hispania encuentran un pueblo poderoso e importante, los celtíberos. Los autores antiguos hablan de la presencia de mercenarios iberos desde 500 a.C., cuando los cartagineses los utilizan en Cerdeña. En el siglo IV a.C. se habla de mercenarios “iberos” en Siracusa, a las órdenes del Tirano Dionisio. Los soldados hispanos intervinieron en las guerras de las grandes potencias mediterráneas, llegando hasta Grecia. Hoy está demostrado que estos mercenarios hispanos eran más bien celtíberos. Y es que “iberos” significaba para los griegos gente de lengua y cultura ibérica en especial, pero también quería decir gente de cualquier otra parte de la Península Ibérica, que los griegos llamaban Iberia.  

«Celtíberos quiere decir sin duda “celtas de Iberia», más bien que mezcla de celtas e iberos. Los bronces de Botorrita nos enseñan que los celtíberos de Botorrita conservaban su lengua y sus nombres personales completamente distintos de los iberos de Zaragoza o Alagón. Esta distinción de lengua no se refleja en la cultura material, pues la cerámica o las armas no son distintas a un lado y otro de la frontera lingüística.

Lingüísticamente se puede señalar bien un territorio celtibérico: sus límites son el río Ebro en La Rioja, y siguiendo luego por Tarazona hasta Botorrita, la antigua Contrebia Belaisca; el límite iba luego por el río Huerva; es celtibérico Teruel con las inscripciones de Villastar; las fronteras de Celtiberia por el Sur comprendína dentro de ellas Valeria y Segóbriga, y luego hacia el Oeste debajan en Carpetania a Complutum o Alcalá; la gran tribu de los arévacos comprendía Segovia, y desde allí una línea que los separaba de loa bacheos incluía Clunia y llegaba a tocar el Ebro donde hemos comenzado.» [A. Tovar]

Si al comienzo las fuentes se muestran dubitativas en la delimitación de lo que se entendió por Celtiberia, más tarde, a medida que la conquista progresaba territorialmente, pareció ceñirse a dos grandes ámbitos principales, los arévacos, y tal vez los pelendones, controlando la Celtiberia Ulterior (provincia de Soria, la mayor parte de la de Guadalajara, hasta el nacimiento del río Tajo, la mitad oriental de la de Segovia y el sureste de Burgos).

Probablemente los pueblos célticos llegaron a la Península Ibérica al final de la Edad del Bronce, pudiendo existir mestizaje con las poblaciones locales. El término celtíbero se usa porque entre los celtas de Hispania nororiental existen patrones culturales compartidos con los iberos.

Los autores antiguos son muy escuetos en sus referencias a todas estas gentes. Los berones, al igual que los vascones, solo son nombrados, y muy parcamente, en las guerras sertorianas.

«De los celtíberos tenemos la gran inscripción de Botorrita, con sus 123 palabras en las 11 líneas de la cara anterior, y en el reverso, 14 nombres de persona (todos de cuatro elementos: nombre, gentilidad, genitivo del nombre del padre y una palabra que debe indicar magistratura) y 4 indicaciones de localidad de origen. Tenemos también las inscripciones en letras latinas de Villastar; la más extensa tiene 18 palabras. De Luzaga (Guadalajara) tenemos una tésera de hospitalidad en letras celtibéricas, con 26 palabras. Y hay varios documentos más de muy pocas palabras cada uno.

En conjunto nuestro conocimiento del celtibérico es bastante superior al que tenemos de lusitano. [...] Pero en conjunto las inscripciones celtibéricas son muy difíciles de traducir, y ello se explica: los celtas que aparecen como celtíberos, estaban según los arqueólogos desde antes del siglo VII en la Península y tuvieron un largo desarrollo indepeniente, sin que tengamos ninguna lengua superviviente del grupo, a diferencia de que las lenguas británicas galés, bretón y córnico, proceden de un dialecto emparentado con el galo.» [A. Tovar]

VASCONES Y VASCOS

El aquitano es la lengua hablada en la antigua Aquitania, territorio entre el río Garona y los Pirineos. Se considera lengua relacionada con otras lenguas pirenaicas y antecesor del moderno euskera.

«Tenemos en las zonas meridionales testimonios indudables de elementos indoeuropeos. La moneda ba(r)scunes, que se atribuye a Pamplona, y que muchos consideramos el más antiguo testimonio de los vascones, está en un nominativo de plural que es exactamente el que conocemos para los temas en consonante en celtibérico; también una moneda navarra con olcairun en letras ibéricas es céltica en su primer elemento, olca ‘campo de labranza’m y vasca en su segundo, irun ‘ciudad’. Es cosa sabida que las inscripciones romanas de Álava y Navarra apenas se diferencian en su onomástica personal de las de La Rioja, Burgos, Cantabria, etc. Ese elemento indoeuropeo es dominante en la parte occidental de Vizcaya, a la izquierda del Nervión. Pero al Este y al Sur de esta línea que atraviesa la Península tenemos los pueblos primitivos, los distintos pueblos no destruidos por las invasiones indoeuropeas dominadoras.

Estos pueblos son muy varios. En primer lugar, como estirpe antigua de los Pirineos, los vascos con sus tribus de autrigones, caristos, várdulos y vascones, y sin duda los arenosios y andosinos, hasta Andorra y más al Este. Tenemos luego, a partir del Sur de Francia y al Norte de Cataluña, donde se ve más o menos clara la mezcla con pueblos pirenaicos y la presión de los celtas, las estirpes de indigetes, layetanos, lacetanos, costéanos, ilercaones, quizá bastante indoeuropeizados con los ilergetes; después, por toda la costa, los edetanos, contestanos, bastetanos. Y finalmente los pueblos de Andalucía. En la Andalucía oriental podemos decir que se hablaba también la lengua ibérica del Este, la misma de Eusérune y Ampurias, pero en Obulco (Porcuna) las monedas muestran, junto a palabras evidentemente ibéricas, otras que podrían ser celtas.» [A. Tovar]

Según los historiadores romanos Estrabón, Plinio el Viejo, Pomponio Mela, Lucio Floro o Silio Itálico, Vasconia estaba habitada en tiempos prerromanos por diversas tribus cuyo idioma y filiación nos son desconocidos. La distribución de las zonas ocupadas por várdulos, caristios y autrigones varían según cada historiador. Ptolomeo hace la siguiente distribución:

Berones, de filiación celta o celtíbera y establecidos entre La Rioja. Álava y sur de la actual Navarra.

Autrigones, establecidos entre el río Asón y el río Nervión y de filiación discutida.

Caristios, establecidos entre el río Nervión y el río Deva en la actual Guipúzcoa y de filiación discutida.

Várdulos, que ocupaban la actual Guipúzcoa a excepción del valle del Deva y del Bidasoa y de filiación discutida.

Vascones, que ocupaban lo que hoy es Navarra, noroeste de Aragón y noreste de La Rioja.

Aquitanos, que estaban entre el río Garona y los Pirineos.

Algunos autores defienden que várdulos, caristios y autrigones eran de filiación vascona, mientras que otros opinan que eran de filiación celta, hipótesis apoyada por los restos arqueológicos.

«Si el nombre de vasco está relacionado con el de los Vascones, no hay que considerar el sentido moderno que se aplica a la lengua con el antiguo, lo que significaba una unidad política. Las monedas navarras con le leyenda BAR(S)CUNES pueden explicarse por una raíz indoeuropea, y su desinencia de nominativo plural es igual al de las monedas celtíberas. Tampoco los nombres de otros pueblos antiguos vecinos tienen apariencia vasca y, sin embargo, ocupan el territorio actualmente vasco de lengua. Cabe formular la hipótesis de que la lengua vasca se extendía más allá de los límites de los váscones, y por otro lado no necesitamos admitir que en todo el territorio de esta tribu, de nombre no vasco, se hablara la lengua vasca. [...]

El territorio antiguo del euskera, lengua pirenaica, desborda en distintas direcciones del territorio vascón, que viene a ser el de Navarra con el Norte de Aragón, mientras que se puede defender que el territorio que Ptolomeo asigna a los vascones contiene al Sur, como nos lo muestra la epigrafía, gente de otras lenguas.

Mientras que el nombre de los vascos, como el de los várdulos, caristos y autrigones, puede ser de etimología indoeuropea, la de la palabra euskera parece que como mejor se explica es relacionándola con el nombre de la tribu de los Ausci, que sobrevive en el de la ciudad de Auch, la antigua Elimberra Augusta, un ejemplo más de esa forma ibero-vasca que se repite en tantas Iliberi. [...]

La lengua euskérica se extendía también hacia el Oeste, y si es cierto que como ocurre con los vascones, en las partes meridionales del territorio de estas otras tribus (várdulos, caristos, autrigones), las inscripciones romanas ofrecen nombres indoeuropeos, no se puede dudar de que el vasco se extendía por la cosa y por las montañas hasta el Nervión, y antes, más allá.» [A. Tovar]

En 1961, Tovar publicó con otros investigadores un ensayo de léxico-estadística sobre el vascuences. Según este estudio, la relación más próxima en cuanto al léxico sería con el beréber (9,67 % con un dialecto y 10,86 con otro); la relación con la gran lengua caucásica meridional, el georgiano, era de un 7,52 %; con el avar, solo 5,37 % de palabras comunes con el euskera. Pero «las semejanzas podrían significar origen común, pero para nosotros también podían ser consecuencia de una relación de préstamo. Por eso, que el vasco muestre relaciones a la vez con el beréber y con lenguas caucásicas, no nos lleva a postular un origen común para todas, sino la posibilidad de relaciones que desgraciadamente no tenemos datos históricos para aclarar».

Hipótesis sobre la presencia del euskera en la Península Ibérica

Actualmente se discuten dos hipótesis sobre la presencia del euskera en las actuales provincias de Vizcaya, Álaba y Guipúzcoa y Navarra. Una defiende una “euskeridad ancestral” de estas provincias vascas y la otra una “euskeridad secundaria”.

La hipótesis tradicional de la “euskeridad ancestral” es que los hablantes del euskera están en ese territorio desde “siempre”. Para unos, el euskera habría sido la lengua de los vascones y quizá parcialmente de las otras tres tribus (autricones, caristos y várdulos). Según otros, estos territorios fueron siempre euskéricos y sufrieron indoeuropeizados de forma incompleta, sufriendo el euskera una recesión, pero sin haber desaparecido nunca. Es la hipótesis, entre otros de Gómez Moreno, Antonio Tovar y L. Michelena. Una tercera versión de la “euskeridad ancestral” de las provincias vascas es que con la europeización quedó erradicado totalmente el Ezquerra, siendo introducido de nuevo más tarde desde Aquitania.

La hipótesis de la “euskeridad secundaria” es que la población originaria del País Vasco y Navarra no es euskaldún ni su lengua ancestral el Ezquerra. Los indoeuropeos (celtas o preceltas) habrían estado en esas regiones con anterioridad a la primera llegada de los euskaldunes, ya fuera en los últimos siglos a.C. o al inicio de la era cristiana. 

Según Antonio Tovar, no se puede identificar a los vascones con los vascos de habla euskera, que se hablaba ya antes de la llegada a Occidente de una gran lengua indoeuropea como el celta.

«En el uso moderno los términos "vasco" y "euskera" se consideran casi sinónimos, pero es bien sabido que antaño no eran del todo equivalentes ni siquiera con referencia a la lengua. Por de pronto vasco o basco no es palabra perteneciente al euskera. Evidentemente vasco, que procede del nombre antiguo de una tribu, la de los vascones, es palabra distinta de euskera. Yo creo hace mucho tiempo que el nombre de vascos o vascones está atestiguado en monedas navarras acuñadas entre los siglos II y I a. C. en letras ibéricas y en un nominativo de plural celtibérico. La tribu de los vascones conservó su nombre desde ese primer testimonio durante toda la antigüedad.

Creemos que lo que hay aquí es la identificación del nombre, ya no tribal, de vascones, con las gentes euskaldunes. Fue la extensión del nombre, y no una conquista, de la que no hay recuerdo, la que designó como "vascongados" a los hablantes occidentales y centrales del euskera. La forma moderna "vasco" es seguramente de origen francés, y todavía en el siglo XVIII se llamaba vascos exclusivamente a los territorios y hablantes euskéricos del Norte del Pirineo.

Que la forma euskera tomara su nombre de la tribu pirenaica de los Ausci es verosímil si recordamos la importancia de este pueblo entre los aquitanos y el hecho de que nombres de tipo vasco o pirenaico muestran especial densidad en la región que se extiende al Sur de Auch, tanto en la epigrafía romana como en la toponimia. La zona poblada antiguamente por los Ausci y los Bigewi o Bigewiones parece que presenta una resistencia indígena frente a la presión de los celtas. [...]

Por otro lado la presencia de elementos célticos, y en general indoeuropeos, así como elementos ibéricos, en muchas de estas tribus en cuyo territorio se hablaba vasco, nos lleva a señalar que las tribus antiguas podían englobar en una unidad política más o menos firme gentes de lengua vasca con gentes célticas o iberas. [...]

Que en el país actualmente de lengua vasca hay, en toda su extensión, elementos toponímicos claramente indoeuropeos es cosa bien conocida. Por otro lado, la dialectología vasca, en la parte donde la lengua se ha conservado, parece ser muy antigua, y la distribución geográfica de las tribus corresponde bastante bien con los dialectos.» [Antonio Tovar: “Vascos, vascones, euskera”, publicado a título póstumo]

Para autores más recientes, la presencia de euskaldunes en Hispania como «elemento primordial» de la población en las provincias vascongadas y Navarra, es difícilmente compatible con los datos a nuestra disposición (los onomásticos) y dista mucho de ser una verdad comprobada por datos positivos independientes de la onomástica.

«¿Por qué entonces se sigue sosteniendo la euskeridad ancestral? Pues simplemente porque sigue vigente entre la mayoría de los estudiosos de estos temas el esquema cronológico de la indoeuropeización muy reciente de la península Ibérica en particular (hacia la mitad del II milenio a. C. como muy pronto) y de Europa en general. El propio M. Gómez Moreno lo expresó con un razonamiento explícito: no hay ni el más mínimo indicio de vasquismo, pero como los indoeuropeos tienen que haber llegado recientemente, hay que suponer que antes había otras gentes y ¿quiénes iban a ser sino los vascos? E igualmente razonaba Michelena que aunque los datos onomásticos digan lo contrario, existían en la antigüedad poblaciones de lengua euskera en el País Vasco y Navarra porque “necesariamente tuvo que haberlas”.

La secuencia de hechos históricos que mejor se compadece a la vez con los datos antroponímicos y toponímicos es la siguiente: El primer estrato étnico-lingüístico asentado en la zona con una densidad suficiente como para crear una tupida red de topónimos y posibilitar su trasmisión a los estratos subsiguientes fue de filiación indoeuropea. Cronológicamente le siguió el estrato celta, sobre todo en la parte occidental del territorio. El estrato ibérico, más superficial por contener bastante antroponimia pero muy escasa toponimia, es más reciente que el celta. Probablemente su presencia en Navarra y el Alto Aragón se debe a una extensión relativamente tardía de la cultura ibérica desde las costas mediterráneas hacia el Oeste. Los dos estratos restantes, euskera y galo, se dan en cuantía pequeña y con signos toponímicos de ser muy recientes. Uno y otro son resultado de una infiltración reciente de gentes procedentes del Norte hacia este lado de los Pirineos: aquitanos y galos. Es posible que esa filtración se prolongara a lo largo de los primeros siglos del Imperio, Pero, romanizados los galos, si continuaron penetrando hacia el Sur resultarán ya indistinguibles del fondo romano general. En cambio, los aquitanos, que conservaron su lengua, continuaron acrecentando su presencia visible al Sur de los Pirineos. Y es acaso hacia los siglos VI-VII d.C. cuando se produjo una avalancha mayor, como parecen indicar ciertos indicios arqueológicos.» [Villar Liébana, Francisco / Prósper, Blanca M.: Vascos, celtas e indoeuropeos: genes y lenguas. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2005, p. 512-513]

la hispania prerromana – Resumen

«Si se quiere recordar lo que nos enseñaban en la escuela primaria, reconoceremos en este complicado cuadro la primera imagen otra vez: al Sur y al Este los iberos, al Noroeste los celtas, y en Celtiberia, entre el Ebro y el Tajo, los celtíberos, que ahora sabemos que era un pueblo que hablaba en celta, pero escribía en letras ibéricas y tenía cerámica copiada de los iberos. Este es el cuadro: si a él añadimos, con algún rasgo común con el ibérico, los antiguos vascos, en los Pirineos, lo tendremos completo.» [A. Tovar, o. cit.]

Antes de la conquista romana, la Península Ibérica ofrecía un mosaico de pueblos con una gran variedad de culturas indígenas. Con la conquista romana alcanza la Península su primera unidad geopolítica. La difícil orografía del suelo peninsular impedía la comunicación entre la población indígena, dividida en multitud de tribus independientes, gobernadas por jefes o reyezuelos. Órganos de gobierno de las ciudades prerromanas:

«Los textos antiguos permiten distinguir tres tipos de jefaturas políticas: reyes o reyezuelos, reguli, magistrados y príncipes. En los textos se citan régulos turdetanos y oretanos (Chalbo, Attenes, Culchas, Oriso) así como los de los de edetanos (Edecón) e ilergetes (la pareja de Indíbil y Mandonio, de los que parece que solo el primero era rey). El problema surge en el momento de definir estas monarquías. Y aquí aparecen explicaciones distintas bien se tengan como modelos las monarquías orientales (J. Caro Baroja) o bien se busque su semejanza en las monarquías homéricas o de época arcaica (F. Presedo) que nos llevaría a ver en el rey a un primus inter pares, probablemente el elegido por su capacidad para dirigir la guerra y por otras cualidades. Estaríamos ante una forma de jefaturas más que ante una monarquía hereditaria y vinculada a una familia por derechos hereditarios. Por lo mismo, estas monarquías disponían al menos de un consejo de notables que regulaba y supervisaba ka actividad ejecutiva y representativa del rey, elegido a título vitalicio o por un período de años a determinar por cada consejo. En otras ciudades, la jefatura tenia el carácter de magistratura que podía estar ejercida por uno solo. [...]

Común a todas las ciudades era la asamblea de población ciudadana que era consultada, al menos, cuando había que tratar asuntos militares en los que se iban a ver inmersos. Se trata, pues, de un modelo de administración muy común a las sociedades mediterráneas.

En los pueblos del Norte, donde la ciudad no había tomado forma y prevalecían las formas de organización gentilicia basadas en lazos de parentesco y vecindad, se hace mención a algunas jefaturas con el nombre de princeps: baste recordar el princeps Albionum, príncipe de los albiones, situados en el extremo occidental de Asturias, que se citado en una estela hallada en Vegadeo.» [Mangas Manjarrés, Julio: Aldea y ciudad en la antigüedad hispana. Madrid: Arco Libros, 1996, p. 31-32]

Hispania fue uno de los escenarios de las pugnas mantenidas entre Roma y Cartago, concretamente de la segunda de las Guerras Púnicas (218-201 a.C.), y de las luchas internas durante la República de Roma e incluso durante el Imperio. La propia conquista romana de Hispania estuvo relacionada con ambos procesos, y comenzó en el 218 a.C., con el desembarco romano en la helenizada Ampurias, para darse por acabada (de forma incompleta, no obstante) con las llamadas Guerras Cántabras (29-19 a.C.).

Las dos potencias luchaban por adueñarse de los recursos económicos y humanos de Iberia. Hispania era uno de los territorios más codiciados por Roma y uno de los últimos en someterse totalmente a su poder. La conquista romana fue larga y tuvo que vencer la encarnizada resistencia de los pueblos peninsulares. La difícil orografía dificultaba el movimiento de las tropas romanas. Los romanos tuvieron que sostener muchas guerras contra los celtíberos y los pueblos del norte de la Península (satures y cántabros). En el Sur y Levante, la romanización fue intensa y rápida.

Hispania prerromana era una amalgama tribal. Durante la segunda guerra púnica, cientos de aldeas y ciudades se pasaban a un bando o a otro según los acuerdos, las disputas o las venganzas. Una tribu aliada hoy podría mañana ser enemiga por el más nimio asunto. En este entramado político, social y militar que planteaba la población aborigen de Hispania se combatió durante años. Las tribus nativas se fueron decantando paulatinamente hacia el bando romano. Siglos de lucha fueron necesarios para doblegar el ánimo belicoso de iberos, celtíberos, lusitanos, cántabros, etc. Los historiadores romanos narraron la historia de guerreros como Viriato, así como la resistencia heroica de ciudades como Sagunto y Numancia. Sagunto, Numancia y Viriato se convertirán para la historiografía nacional española en símbolos del heroísmo del pueblo “español” que lucha por su libertad e independencia.

Así leemos en la Nueva Enciclopedia Escolar, editada en Burgos en 1954:

«Cuando comprendieron los saguntinos que no podían continuar la resistencia, prefirieron morir antes de rendirse. Al penetrar en Sagunto no encontró Aníbal más que cenizas y cadáveres.

Enseñanza moral: El valor, la resistencia heroica hasta la muerte, es una virtud constante de los españoles.» (p. 609)

Pero la ciudad de Sagunto no se resistió a Aníbal porque se sentía hispánica ante un invasor extranjero, sino porque era aliada de otra potencia extranjera, Roma. Con las tropas de Aníbal venían también mercenarios celtíberos, con su característica falcata, espada de hoja curva y con estrías longitudinales, así como honderos baleares.

«En los manuales escolares de Historia que se usaban cuando la gente de mi edad éramos niños enseñaban que Viriato había luchado por la “independencia de España” frente a las legiones romanas, en el siglo II antes de Cristo, o que, por esa misma causa y en época cercana, los habitantes de Sagunto y Numancia habían preferido suicidarse colectivamente a rendirse, ante la aplastante superioridad de los sitiadores cartagineses o romanos, los cuales, al entrar, solo encontraron cadáveres y cenizas. No importaba que Sagunto fuera una colonia griega ni que ninguna fuente histórica directa testimonie la muerte de todos sus habitantes; Tito Livio, al revés, consigna que Aníbal tomó la ciudad al asalto y Polibio dice que consiguió en ella “un gran botín de dinero, esclavos y riquezas”.

En cuanto a los numantinos, resistieron, según Estrabón, heroicamente, “a excepción de unos pocos que, no pudiendo más, entregaron la muralla al enemigo”. Tampoco suele dedicarse un instante a reflexionar sobre si Viriato, “pastor lusitano”, podría comprender el significado del concepto de “independencia”, ni aun el de la palabra “España”, porque, en sus montañas de la hoy frontera portuguesa, difícilmente habría visto un mapa global ni tenido idea de que vivía en una península.

El historiador nacionalista —dan ganas de poner comillas al primero de estos dos términos— deja de lado todos esos datos porque lo único que le importa es demostrar la existencia de un “carácter español”, marcado por un valor indomable y una invencibilidad derivada de su predisposición a morir antes que rendirse, persistente a lo largo de milenios. Y digo bien milenios, porque el salto habitual, desde Numancia y Sagunto, suele darse hasta Zaragoza y Gerona frente a las tropas napoleónicas; y vade retro a aquel que se atreva a objetar, por ejemplo, que todo el territorio “español” —godo— se abrió sin ofrecer una resistencia digna de mención ante los musulmanes, tras una única batalla junto al Estrecho. Al historiador nacionalista le importa, en definitiva, dejar sentado, por usar términos que gustan al actual presidente del Gobierno, que España es “la nación más antigua de Europa”; o del mundo.» [José Álvarez Junco: “Historia y mito”, en El País, 02/03/2014]

«Las empresas bélicas que han oído los españoles de niños como las primeras que sus antepasados llevaron a cabo, tienen todas nombres propios. Cuando Atenas, Cartago, Roma eran ya Ciudades-Estado, la España, que así empezaba a denominarse, era un semillero de luchas entre segedanos, lusitanos, arévacos, belos, suesetanos, cántabros, satures, etc., etc. Aníbal se llamaba simplemente así, pero combatía por un país, por un Estado organizado como hacía Escipión. Cuando Indíbil, Mandonio, cuando Viriato se levantaba contra ellos, lo hacía en nombre de una tribu a la que podía unirse temporalmente otra, pero siempre con recelo y dispuesta a volver a sus propios lares en cuanto no les diesen la categoría que esperaban merecer. La disciplina, la entrega, se hacía a un hombre y, máxime, a una ciudad. Los españoles del tiempo no veían más allá de sus valles, de sus montañas, de su jefe nato. “Este –dice asombrado Plutarco al tratar de Sertorio en sus Vidas paralelas– tiene un grupo de fieles llamados soldurios y que consagran sus vidas a la de su jefe, muriendo cuando él muere”. La fórmula es personal, directa, precisa. No se alude a una entidad vaga o lejana, la Patria, el Estado, sino a un hombre concreto y determinado.» [Díaz-Plaja 1973: 22 ss.]

«En los celtas un grupo de autores halla los precedentes del germanismo en la Península –con todo lo que supone en relación con los visigodos y su monarquía unitaria–, mientras que otros ven en los iberos del Sur y del Este la expresión más adecuada de la futura idiosincrasia hispánica. Nada menos convincente. Tales iberos y tales celtas fueron grupos muy complejos, a los cuales no puede aplicarse ningún canon psicológico y mucho menos cuando solo sin intuitivos y generalizadores (los iberos: agrarios, urbanos, blancos y poco consistentes; y los celtas: pastores, rústicos, rudos y violentos). Solo sabemos que sus lenguas eran distintas, así como también su actitud ante la vida. Pero entre los iberos y los celtas y los futuros hispani aún había de pasar un milenio.

En el instante en que Roma va a penetrar en la Península, esta se presenta todavía como algo muy primitivo, con la excepción del área andaluza (o turdetana) y del área mediterránea (o ibérica), donde la influencia cultural y económica de los extranjeros ha sido más intensa. En todas partes se manifiesta un pujante cantonalismo, tanto entre los jefes de las ricas poblaciones ibéricas del litoral, como entre los príncipes celtibéricos y célticos del interior. Entre estos últimos descuellas los lusitanos (en Portugal) por sus mayores posibilidades económicas y sus crujientes estructuras sociales. En cuanto al Norte cantábrico y galaico, se mantiene arcaico y desconfiado contra cualquier novedad. [...]

El caballo de batalla son los celtas y los iberos. Después de una fase de desbordante iberismo –etapa Bosch Gimpera–, se desencadenó una ofensiva celtista verdaderamente demoledora –etapa Almagro–, que coincidió con un reajuste draconiano de la cronología del arte ibérico –teoría García Bellido–. Todo ello, seguramente, para proclamar la marcialidad de la gens hispanica primitiva y establecer un posible unitarismo anterior a la colonización romana.

Esta última posición es absurda, porque por definición todos los pueblos primitivos son particularistas y solo se transforman en mentalmente unitarios a través de presiones psicológicas colectivas –de tipo religioso, jurídico, histórico y lingüístico–, que implican un proceso histórico ya muy evolucionado.» [Vicens Vives 2003: 26-27 y 162]