Guerras astur-cántabras

Justo Fernández López


las Guerras astur-cántabras

Las guerras entre Pompeyo y César dio paso a la contienda entre Cayo Julio César Octavio y Marco Antonio. El conflicto se prolongó doce años en los que la Península Ibérica sufrió una gran crisis económica por la disminución de las exportaciones. Hubo continuos levantamientos tribales y fueron siempre reprimidos por los romanos. Solo quedaban las tribus de la cornisa cantábrica que había resistido hasta ahora todo intento de conquista. Eran tribus celtas no romanizadas, que vivían de la escasa ganadería y de la caza y a quienes la precariedad se había empujado a alistarse como mercenarios de ejércitos en lucha, tanto invasores como autóctonos: había mercenarios cántabros en las tropas de Aníbal; en la meseta central lucharon al lado de los celtíberos; luchando al lado de las tropas de Pompeyo en Ilerda; o integrados en las tropas de César en las Galias. En el combate veían su forma de vida.

Tras su victoria sobre Marco Antonio y Cleopatra, Cayo Julio César Octavio tenía vía libre para desarrollar la idea imperial, legado que la había dejado Julio César. Tras convertirse en el dueño de Roma, Augusto decidió terminar la conquista de Hispania. Emprendió una dura campaña en el norte peninsular, pero fue su general Agripa quien acabó con la resistencia cántabra siete años después.

El 16 de enero del año 27 a.C., el Senado romano le confirió el título de Augusto a Cayo Julio César Octavio y un consulado vitalicio, que compartiría con Agripa, su general de máxima confianza. Al mismo tiempo recibía el mando militar de las tres principales provincias: la Galia, Hispania y Siria. Augusto se constituyó en el primer emperador de Roma. Nadie había recibido tanto poder y tanta confianza por parte del Senado Romano. Pero le faltaba acreditarse como gran conquistador y hasta ahora solo había combatido contra romanos en las guerras civiles.

Augusto buscaba establecerse como un gobernante que trajera la paz a Roma (pax romana), para lo que debía fortalecer y cerrar la fronteras defensivas naturales del Imperio y el norte peninsular era el último objetivo en Hispania. Hasta la época de Augusto, Roma no había tenido grandes contactos con los pueblos astures. El objetivo de la conquista del norte peninsular era impedir que los pueblos del norte continuaran con sus robos y pillaje a los vecinos del Duero que ya estaban pacificados y romanizados. Las habituales incursiones de pillaje y saqueo llevadas a cabo permanentemente por las tribus del norte eran un incordio para las tribus de las tierras ya pacificadas. Otro objetivo de las campañas contra los pueblos de la cornisa cantábrica era la de hacerse con las riquezas minerales de esta zona: la explotación de las riquezas auríferas de los astures y de las minas de hierro cántabras.

Hispania, la provincia del Imperio más tempranamente invadida, fue también aquella que ofreció una resistencia más prolongada al invasor. Desde que Cneo Escipión desembarcara con sus legiones en la costa oriental de Hispania en 218 a.C., la conquista se prolongó por un periodo de casi doscientos años de ininterrumpida guerra. Los pueblos de la cornisa cantábrica se extendían por un frente de combate de cuatrocientos kilómetros de longitud, en una franja de difícil orografía.

Las guerras cántabras duraron diez años (29-19 a.C.). Cántabros, astures y vacceos, junto a otras tribus pequeñas de las montañas del norte de España se defendieron con bravura y heroísmo contra los invasores romanos. Fue un enfrentamiento entre pastores y cazadores, criados en bosques y castros, contra legionarios romanos. Los cántabros practicaban una guerra de guerrillas contra la potente maquinaria bélica romana.

Los astures poblaban el noroeste de la península ibérica. Los romanos llamaron satures a las tribus al norte del Duero, por el río principal de la región, el Astura (hoy el Esla).

Su territorio comprendía aproximadamente la comunidad autónoma de Asturias, las provincias de León y Zamora, la zona oriental de Lugo y Orense y parte del distrito portugués de Braganza.

El territorio de los cántabros comprendía, en tiempos de las Guerras Cántabras, la práctica totalidad de la actual comunidad autónoma de Cantabria, el norte de la provincia de Burgos y de Palencia, el noreste de la provincia de León, el este del actual Principado de Asturias y la parte más occidental de Vizcaya. Su ciudad principal era Amaya y eran vecinos de autrigones, turmogos, vacceos y astures.

Vivían de la agricultura y la ganadería, agrupados en pequeños castros, construidos en las alturas de los montes. Realizaban incursiones y pequeñas guerras contra otras tribus, o robos y pillajes. De vez en cuando se aliaban temporalmente con tribus vecinas cuando había que luchar contra un invasor, como en el caso de Roma, pero nunca tuvieron un mando único militar.

Luchaban empleando el método de las guerreras mediante emboscadas y utilizando armas arrojadizas. Junto a la jabalina, disponían del hacha de doble filo, el puñal y la falcata ibérica (espada de un solo filo). Llevaban un pequeño escudo de cuero y madera (caetra) y se protegían con corazas de cuero, lino o pieles de animales. Sus armas eran claramente inferiores a las de los romanos.

Antes de las Guerras Cántabras, los cántabros ya habían demostrado su enemistad con Roma. Participaron en la guerra de los cartagineses contra Roma, ayudaron a los vacceos, a los que solían robar ganado, en las guerras celtibéricas contra los romanos en el año 151 a.C. Los guerreros cántabros y sus armas eran una pesadilla por los romanos. Se hizo famosa su hacha de doble filo. Eran espléndidos jinetes.

Los autrigones, un pueblo celta muy romanizado que habitaba entre los valles de los ríos Asón y Nervión, eran frecuentemente atacados por los cántabros, por lo que pidieron ayuda a los romanos. En las guerras astur-cántabras colaboraron con Augusto contra estos pueblos y como premio obtuvieron el dominio de nuevos territorios en la cornisa atlántica llegando casi hasta el río Deva.

En el año 29 a.C. estalla la guerra contra las tribus cántabras y astures. El procónsul de Hispania, Statilio Tauro, al igual que su predecesor Sexto Apuleyo, no logra dominar a los pueblos del norte. La guerra se llevó a cabo en la meseta de León y Burgos. Galicia quedaba pacificada. Los vacceos se retiraron y los cántabros y satures se replegaron refugiándose en sus montañas. Los romanos fundaron Asturica (Astorga), capital de los satures.

En el 28 a.C., los pueblos del norte salieron de sus refugios montañosos y atacaron al ejército romano, que, dirigido por el general Calvisio Sabino, solo pudo contener el ataque. Un grupo de pastores y cazadores conseguía tener en jaque a todo un ejército romano.

A finales del 27 a.C., Octavio, tras recibir el título de Augusto, abre las puertas del templo de Jano, hecho que marcaba el comienzo de una guerra en el mundo romano. Tras los acuerdos del emperador con el Senado, se abandona la división provincial en Citerior y Ulterior y se divide Hispania en tres provincias: Tarraconense (capital Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco (actual Tarragona), Lusitania (capital Emerita Augusta, actual Mérida) y Bética (capital Corduba). Las dos primeras bajo mandato directo del emperador y la tercera bajo administración del Senado de Roma. Asturia y Gallaecia pasaron a formar parte de la provincia Tarraconense.

Tras el fracaso de las tropas romanas en el norte peninsular, el propio Augusto decide tomar las riendas de la guerra contra los insumisos austur-cántabros que estaban dejando en ridículo a la gran potencia romana. Partió hacia las provincias de Occidente, pero en vez de encaminarse hacia Britania, que César ya había intentado explorar dos veces, marchó hacia Hispania. Desembarca en Tarraco, ciudad que convirtió en su cuartel general, y comienza a preparar la campaña para acabar de unificar todos los territorios de Hispania bajo el poder del Senado romano.

En Hispania asumiría los consulados de los dos años siguientes, 26 y 25 a.C., mientras planeaba el final de la conquista peninsular con el dominio de las tribus del norte. Desde el año 50 a.C. los romanos ya tenían bajo su poder toda la Península Ibérica menos la cornisa cantábrica.

Augusto dirigió la campaña en persona contra los pueblos del norte peninsular entre los años 27 al 26 a. C. Movilizó siete legiones, la elite del ejército romano: la I Legión Augusta, II Augusta, III Macedónica, V Alaudae, VI Victrix, IX Hispania y X Gémina. Estas legiones estaban apoyadas por tropas auxiliares, con un total de unos 70.000 hombres.

En el año 26 a.C. Augusto monta su campamento en Segisamo (Sasamón, Burgos), donde acampa con la Legio III Macedonica. En estas campañas se emplean dos ejércitos. Uno al oeste (zona de Zamora y León), bajo el mando de Publio Carisio. El otro era comandado por el propio Augusto por el este (zona de Burgos, León y Cantabria).

La campaña del año 26 a.C. se centró solo en la lucha contra los cántabros. Los astures, previo acuerdo con los romanos, no participaron. Los cántabros fueron atacados por tierra y por mar: desembarco romano en Portus Victoriae (Santander). Los cántabros se refugiaron en sus ciudades amuralladas, una de ellas, Aracillum (Aradillos, cerca de Reinosa). Fueron derrotados cerca de Vellica (cercanías de Aguilar de Campo) y huyeron a la Cordillera Cantábrica, refugiándose en el Mons Vindius (Cordillera Cantábrica), donde fueron derrotados. Augusto se introduce en Cantabria por Reinosa y toma la ciudad de Aracillium, apoyado por desembarcos en la retaguardia cántabra, en la ría de Suances y Santander, y quizás en la zona oriental de Asturias (Llanes).

La estancia de Augusto en Cantabria no fue nada placentera. El cansancio, el desánimo de una guerra de guerrillas, la aspereza del terreno, la enfermedad hicieron mella en el emperador que, aquejado de fiebres, se retiró de la contienda a Tarragona, dejando el ejército en manos de Antistio.

Los legados de Augusto siguieron con la contienda, pero solo lograban conquistar algunas plazas. El hostigamiento a las líneas de aprovisionamiento romano llegó a dificultarlo de tal manera que los romanos tuvieron que traer el cereal desde Aquitania, con enormes dificultades y llegando casi a la hambruna.

Partiendo de Segisano los romanos se organizan en Asturica con los refuerzos venidos de Bracarta y lanzan una ofensiva contra Cantabria occidental, asediando Bergidum (Cacabelos, León) y Lucus (Lugo), a cuyos habitantes no dejaron más opción que la rendición o el suicidio. Con la conquista de estas ciudades, los romanos alcanzan las costas atlánticas, dejando a los cántabros cada vez más cercados. Termina el año 26 a.C. con las tropas acuarteladas por el duro invierno norteño.

En el año 25. a.C., el general romano Carisio lanzó un nuevo ataque sobre los últimos reductos astur-cántabros, logrando imponerse tras durísimos combates. Octavio Augusto seguía las peripecias de las guerras austur-cántabras desde Tarraco (Tarragona), convertida en la verdadera capital eventual del Imperio. Allí permaneció dos años, construyó templos en su honor, recibió embajadas oficiales y se recuperó de su enfermedad.

Pero los cántabros y astures no se habían dado todavía por vencidos y en primavera los astures se sublevaron de nuevo y atacaron los campamentos del Astura (río Esla), pero fueron derrotados por los romanos en Lancia (Villasabariego, León), al ser traicionados por los brigaecini (de Benavente), que delatan sus planes a Carisio. Las legiones destruyen Lancia, tercera ciudad importante de los astures, que huyeron a las montañas con los cántabros. 

A finales del año Antistio, legado de Augusto, al mando de las legiones I Augusta, II Augusta, IV Macedónica, IX Hispaniensis y XX Valeria Victrix, logrará la conquista del castro de Aracillum (Espina del Gallego, entre Toranzo e Iguña), último baluarte cántabro que opuso una resistencia heroica. El castro fue rodeado por tres campamentos romanos y  una flota de Aquitania desembarcó tropas en la costa cántabra, sorprendiéndoles por la espalda.

Tras la toma de Aracillum, Carisio licencia a parte de los soldados de la V Alaudae y la X, con los que funda en el 25 a.C. la ciudad de Emerita Augusta (Mérida). Ese mismo año Augusto regresa a Roma, ordena cerrar las puertas del templo de Jano, dando así por cerrada la campaña en Hispania, y se niega a celebrar el triunfo correspondiente que el Senado le propuso, en una hábil maniobra política que intenta demostrar su humildad como servidor de Roma.

Pero los astures y cántabros se volvieron a sublevar al conocer que el emperador había abandonado el territorio peninsular y había regresado a Roma. Durante cinco años más los legados romanos de Augusto tuvieron que emplear todas sus fuerzas para combatir a los rebeldes pueblos del norte peninsular.

El el 24 a.C. se sublevan los cántabros y astures y tienden una emboscada a las tropas romanas con la excusa de una oferta de trigo y cuando estos acudieron a recogerlo les mataron. Estos respondieron saqueando campos y ciudades. Lucio Emilio, legado de la Tarraconense derrotó rápidamente a los cántabros, destruyó algunos poblados, ejecutó o cortó las manos a los guerreros destacados, esclavizó a los prisioneros, y obligó al resto de la población a abandonar los castros y vivir en el llano.

En el año 22 a.C., los astures, no pudiendo soportar más el trato cruel que recibían de Carisio, se sublevaron y los cántabros se le unen. Pero Furnio no solo derrotó a los cántabros, sino que acudió en ayuda de Carisio, que tenía grandes dificultades con los astures.

Los romanos asedian el Monte Medulio. Según las fuentes clásicas, el monte Medulio fue donde transcurrió la batalla de los últimos guerreros galaicos, cántabros y astures frente a las legiones romanas de Cayo Furnio y Publio Carisio. Los romanos rodearon el monte con un foso de 23 kilómetros, privando a los habitantes de todo suministro de alimentos. Al ver que su destino era morir de hambre, los habitantes prefirieron suicidarse y morir por el fuego o el veneno. Los romanos apenas pudieron capturar prisioneros.

La situación geográfica del Monte Medulio es hoy en día todavía controvertida. Este monte se ha convertido en un icono de tintes cuasi-mitológicos. Unos lo sitúan en Asturias (Picu Cervera, Castro Meduales, Belmonte de Miranda). Otros lo ubican en León, en la Sierra de la Lastra (El Bierzo). Mientras que otros creen que era un monte de Galicia y estaba situado en los Montes de la Sierra del Caurel (Lugo). Otros autores creen haberlo encontrado en la Sierra de la Lastra (en Valdeorras cerca de la frontera de las provincias de León y Orense).

El 19 a.C. los cántabros vendidos como esclavos asesinan a sus dueños y vuelven a Cantabria desde la Galia sublevando a la población. Comienza una nueva rebelión de cántabros y astures. Publio Silio Nerva sufre humillantes derrotas y llegó a perder las enseñas militares, lo que desmoralizó enormemente a su ejército.

Las malas noticias sobre las sublevaciones en la cornisa cantábrica y las dificultades de las tropas romanas de acabar con la rebelión llegan a Roma. El emperador Augusto, contrariado por la situación, decide acabar de una vez con estas guerras. Para ello envía a Hispania al general Agripa, uno de sus mejores y eficaces jefes militares, que realiza entre los astures y cántabros un verdadero genocidio.

El general Agripa desata un verdadero infierno sobre los pueblos cántabros, incapaces de contener la agresión romana. Los pueblos de la cornisa cantábrica se habían refugiado en las montañas, los castros fortificados y los bosques. Agripa los sacó de sus refugios y en un acto de represión brutal mató y crucificó a los guerreros que logró apresar. Vendió a los hombre en edad de luchar, bajó a hombres, mujeres y niños al llano. Quemó sus cosechas, arrasó sus tierras y sacrificó su ganado. Víctimas de la consiguiente hambruna, ancianos y mujeres con sus niños se suicidaron.

Los historiadores romanos cuentan escenas que ponen los pelos de punta. Agripa cometió un verdadero genocidio y dejó la región cántabra casi totalmente despoblada. Los pocos supervivientes se escondieron en las montañas. Los legionarios romanos que habían tomado parte en este genocidio fueron premiados con tierras en la Península Ibérica, en la que fundaron ciudades.

El emperador Augusto quería conseguir prestigio ante la opinión publica. Sus historiógrafos lo presentaban como el “pacificador del orbe”. Las tribus de los astures y los cantabros son descritas por los historiógrafos romanos como pueblos salvajes, rudos y belicosos. Pero estos pueblos no eran diferentes de sus vecinos del sur. Estos historiadores pusieron especial énfasis en la bravura con la que estos pueblos del norte peninsular se defendieron contra Roma. La literatura de la época ensalzó y magnificó exageradamente este conflicto, con el fin de engrandecer la figura del emperador.

Tras la derrota, estos pueblos fueron obligados a dejar sus asentamientos en zonas elevadas, tuvieron que trasladarse a la llanura y vivir junto a los campamentos romanos donde se crearon algunos núcleos urbanos. Así se intentaba evitar que volvieran a rebelarse y utilizasen las montañas como baluartes. Además se les obligó a trabajar la tierra y a explotar los recursos mineros que tenía la zona.

La conquista de esta parte del norte peninsular también estimuló el comercio y posibilitó la apertura de puertos en la costa cantábrica. Tras estos enfrentamientos se produce la anexión definitiva de los territorios septentrionales de Hispania que se encontraban fuera del control político romano, insertándose dentro de la política exterior de Augusto. Con el control de este territorio terminaban así los casi doscientos años desde el comienzo de la conquista de la Península Ibérica en el siglo III a.C.

Estos pueblos del norte no quedaron pacificados completamente. Para asegurar la paz, Roma mantuvo tres legiones vigilando el norte de Hispania. Eran la VI Victrix en Braga, la X Gemina en Rosinos de Vidriales (Zamora) y la V Macedonica en Herrera de Pisuerga (Palencia).

En el 68 d.c. estas legiones son reemplazadas por la VII Gemina, acuartelada en León, con cohortes y vexillationes en Galicia, Asturias y Cantabria. Esta legión se dedicó a proteger la producción y el transporte del oro hispano, la principal fuente de este metal para la economía romana.

Hispania había sido conquistada en doscientos turbulentos y extenuantes años. Al terminar la conquista, se inicia un proceso de romanización que dejó una huella indeleble en el pueblo hispano: leyes, organización administrativa unificada, lengua unificada, urbanización, etc.

En el 404 d.C. llegan a España los suevos, vándalos, alanos y visigodos y se inicia otra nueva aventura en la Península Ibérica.