Guerra de la Independencia 1808-1814

Justo Fernández López


Resumen

 

Alzamiento popular en Madrid y en las zonas ocupadas por los franceses.

Los españoles en la guerra: los afrancesados, los eclesiásticos, los aprovechados y el pueblo.

Surgen jefes locales hasta la formación de las juntas locales ocupadas por nobles partidarios del Antiguo régimen. Nace la guerra de guerrillas. Bandolerismo andaluz.

Las juntas locales son la expresión política de la participación política del pueblo. Su objetivo: coordinar el esfuerzo bélico. Son garantes del orden público local.

La Junta Central ejerce una acción reformadora encaminada a regenerar el país, pero es incapaz de concebir una estrategia militar. Hay un abismo entre las reformas anunciadas y las decisiones adoptadas. Se disuelve a finales de enero de 1810, transfiriendo su autoridad a una regencia.

Idea de la defensa de la Patria, asociada a la restauración de la Monarquía.

ANTECEDENTES

Mientras Francia iba de triunfo en triunfo en Europa, el trono de los Borbones se tambaleaba en España, entre desastres militares e intrigas palaciegas. Napoleón quería cerrar las puertas del Viejo Continente a su temido rival, Gran Bretaña. Para ello proyecta conquistar Portugal. Godoy le allana a los ejércitos franceses el camino a la Península con el pretexto de dirigirse a Portugal.

Los acontecimientos de Aranjuez sorprendieron tanto a Napoleón como a su cuñado, el general Murat, que mandaba las fuerzas francesas en la Península Ibérica. Murat decidió enviar a Aranjuez al jefe de su Estado mayor para conseguir de Carlos IV un acto de protesta que avivase la enemistad entre padre e hijo. Carlos IV anuló su abdicación, lo que supuso de hecho la apertura de un pleito sucesorio entre padre e hijo que fundamentó el arbitraje y la futura intervención de Napoleón Bonaparte.

El Emperador envió a Madrid al general Savary para lograr que Fernando VII acudiera a Bayona a entrevistarse con el propio Napoleón y  mostrar a Murat sus planes de sustitución de los Borbones por los Bonaparte.

El 20 de abril el joven Fernando, que contaba a la sazón veinticuatro años, parte para Bayona dejando tras de sí un país gobernado en Madrid por una Junta Suprema de Gobierno presidida por su tío, el infante don Antonio e integrada por los cinco ministros que constituían su primer y efímero gobierno. La Junta fue el poder reconocido por todos hasta que el dos de mayo un pequeño número de personas reunidas ante el Palacio Real impidió la salida hacia Francia del infante don Francisco de Paula y atacó a las tropas francesas. Los franceses practicaron una represión totalmente incontrolada, de la que Goya dio un testimonio único en Los fusilamientos de la Moncloa. Se produce el divorcio entre la autoridad oficial española, sometida al general Murat, y el pueblo, que se negó a obedecer a los dictados de Napoleón.

Cuando Fernando VII llegó a Bayona, Napoleón le hizo ver que había determinado irrevocablemente el destronamiento de los Borbones en España y la instauración de su dinastía. Fernando VII renunció a la corona en favor de Carlos IV, sin saber que el día anterior el rey padre había cedido a Napoleón la corona de España.

Para justificar jurídicamente el cambio dinástico, Napoleón reunió una Junta de Notables a modo de Cortes, que en nombre del pueblo español debía aprobar el traspaso de la Corona. Los 65 notables aprobaron los 146 artículos de un texto, llamado impropiamente Constitución de Bayona, que tuvo una gran trascendencia porque creó la necesidad en gran parte de aquellos que se oponían al poder francés de poseer un texto constitucional que se enfrentara al concedido por Napoleón.

Los Borbones, por la debilidad de Carlos IV, por la inexperiencia y ambición ciega de Fernando VII y por la omnipotencia de Napoleón, habían dejado jurídicamente de ser reyes de España.

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA 1808-1814

La etapa comprendida entre 1808 y 1814, marco cronológico de la guerra de la Independencia contra Francia y arranque convencional de la contemporaneidad española, se caracteriza por su permanente inestabilidad y los desequilibrios internos derivados del conflicto bélico y del poder bicéfalo existente en la península: por un lado, la solución oficial napoleónica que coloca a José Bonaparte, hermano de Napoleón, en el trono de España, y por otro, el movimiento de las Juntas de resistencia aclamado por el pueblo y expandido por el reino hasta su consumación en las Cortes de Cádiz, símbolo de la resistencia nacional.

Allí se irá fraguando, a partir de 1810, una importante reforma política, cuyo fruto fue la Constitución aprobada el 19 de marzo de 1812, primera en la historia de España y una de las primeras del mundo. Ante la sorpresa de muchos, este renqueante país mediterráneo, típico representante del Antiguo Régimen, se convirtió de la noche a la mañana en abanderado del liberalismo constitucional, con innegable proyección exterior, sobre todo en la órbita americana.

¿Qué provocó el levantamiento popular del 2 de mayo en Madrid?

Carlos IV había sido forzado a abdicar a favor del Fernando VII. Ambos son obligados a acudir a Bayona, donde Napoleón les obliga a dejar el trono España en manos su hermano, José Bonaparte.

El 2 de mayo de 1808 una multitud de madrileños se agolpa frente al Palacio Real de Aranjuez. La muchedumbre sospecha de las intenciones de los soldados franceses: quieren raptar al infante Francisco de Paula, el menor de los hijos del Rey Carlos IV y María Luisa de Parma. Un cerrajero decide acceder a escondidas en el edificio para averiguar lo que está pasando dentro y dónde está el pequeño infante. El cerrajero sale gritando: «¡Traición! ¡Que nos lo llevan! ¡Nos han quitado a nuestro rey y quieren llevarse a todas las personas reales! ¡Muerte a los franceses!». La reacción es inmediata: tras el clamor se desarrolla el asalto. Este tumulto es aprovechado por el comandante del ejército francés y gobernador de Madrid, Joaquín Mural, cuñado de Napoleón, gran duque de Berg, para reprimir a sangre y fuego la revuelta popular antifrancesa ordenando disparar a la multitud que se congregaba ante el Palacio Real. Después envió a las tropas que se encontraban fuera de Madrid para que ocuparan la capital y sofocaran el levantamiento. Dio instrucciones para llevar a cabo un castigo ejemplar durante los días 2 y 3 de mayo, incluyendo numerosos fusilamientos sin ningún tipo de juicio. Finalmente, elaboró un detallado informe que sería enviado a Napoleón, que se encontraba en Bayona reunido con el rey Carlos IV y su hijo Fernando. En dicho informe relata los hechos con tal crudeza que Napoleón les culpa del derramamiento de sangre y exige la abdicación de ambos.

Fue así como Francisco de Paula sirvió de detonante y coartada del célebre Levantamiento del Dos de mayo. Como relata Benito Pérez Galdós: «Hacia la esquina de la calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos, fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres ayudadas por media docena de hombres».

El levantamiento popular en Madrid fue espontáneo pero estaba largamente larvado desde la entrada en el país de las tropas francesas. Se constituyeron partidas de barrio comandadas por caudillos espontáneos; se buscó el aprovisionamiento de armas, ya que en un principio las únicas de que dispusieron fueron navajas; se comprendió la necesidad de impedir la entrada en la ciudad de nuevas tropas francesas. El levantamiento no pudo impedir que el infante Francisco de Paula acompañara a sus padres, Carlos IV y María Luisa, en su exilio en Francia y Roma.

EL 2 DE MAYO DE 1808

Tratando de atraerse a la opinión ilustrada, José I publicó el Estatuto de Bayona, Carta Otorgada que concedía algunos derechos más allá del absolutismo.

En la madrileña mañana del 2 de mayo de 1808, cuando la salida de los miembros de la familia real que aún no estaban en Bayona era inminente, se congregó a las puertas del Palacio Real una multitud de ciudadanos que intentaban impedir lo que consideraban el secuestro del hijo menor de Carlos IV, el infante Francisco de Paula, niño de 13 años.

El 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se amotinó contra los invasores franceses, en una asonada en la que participaron casi exclusivamente miembros de los estamentos populares, permaneciendo acuarteladas las unidades del ejército español –salvo el caso de los oficiales y soldados del Parque de Artillería de Monteleón, que ofrecieron una feroz resistencia a los franceses- y excluyéndose de la misma las clases pudientes; las autoridades permanecieron en una actitud colaboracionista con los franceses, lo que irritó a los sublevados. El populacho madrileño se batió aquella mañana con armas de fortuna en las calles de la ciudad capital contra las tropas de élite de Murat, mamelucos de Egipto y coraceros, aunque tal osadía fue reprimida con extrema violencia.

El motín finalizó sobre las tres de la tarde del 2 de mayo, tras haber tomado los franceses el cuartel de Monteleón, último foco de resistencia. El general Murat reprimió la revuelta fusilando a centenares de paisanos como escarmiento, mientas la Junta de Gobierno, dejada tras su marcha por Fernando VII, no hace nada para evitar el cruento castigo. La jornada continuó con la captura de los que participaron en la rebelión o fueron sospechosos de ello, y el fusilamiento de centenares de madrileños patriotas en la madrugada del 3 de mayo de 1808.

«Los soldados franceses que ocupaban la capital no desaprovechaban ocasión para exhibirse en desfiles y retretas. Esto humillaba a los madrileños, que tenían grandes dudas sobre el pretendido carácter pacífico y amistoso de aquella ocupación. Madrid estaba cargado de rencores contenidos: solo se necesitaba una chispa para la explosión.

Así las cosas, se corrió una mañana por la ciudad que Napoleón mandaba llamar también a Bayona a los infantes: únicos miembros de la familia real que quedaban en Madrid. Era el día 2 de mayo. La noticia parecía tener su confirmación con la aparición de tres coches de mulas, preparados como para un largo viaje, a la puerta del Palacio. El pueblo madrileño fue llenando la plaza. Había murmullos, comentarios. Corría la noticia de que uno de los infantes, de corta edad, lloraba porque no se quería ir de Madrid. Las mujeres se enternecían, los hombres se indignaban... De pronto se hizo un profundo silencio. Un piquete de soldados franceses, al mando del oficial ayudante de Murat, se abría paso por entre la muchedumbre. Se dirigía a Palacio. ¿Pretendería arrancar por la fuerza a los infantes?`En el silencio se oyó la voz angustiada de una mujer de pueblo: “¡Que nos lo llevan!”... Bastaron estas cuatro palabras, más elocuentes que todas las arengas militares, para hacer estallar la ira contenida. La gente se avalanzó sobre los franceses; con los puños, con navajas, con tijeras y agujas de coses colchones, fueron agredidos los soldados.

Pronto llegó a Murat la noticia de lo que ocurría frente a Palacio. Por las bocacalles de la plaza, aparecieron después unas compañías francesas que, sin previo aviso, hicieron una descarga sobre los madrileños. Todo Madrid fue pronto campo de batalla. Tropas francesas barrían a cañonazos las calles principales. Pero no por eso cedían los madrileños. Muchos se metían entre los franceses, seguros de su muerte, atacándolos con armas cortas.

En seguida encontró el pueblo su caudillo improvisado. Un hombre humilde, llamado Pedro Malasaña, fue el que animó a las turbas a ir al Parque de Artillería a buscar armas. Los oficiales que estaban allí de guardia, Daoíz y Velarde, abrieron las verjas del Parque y sacaron fuera tres cañones.

Con esta artillería, ayudados por el pueblo y un piquete de infantería, a las órdenes del teniente Ruiz, sostuvieron contra los franceses una lucha desigual y heroica. No pocos soldados de Mural cayeron en la refriega. Al fin, horas después, recuperaron el Parque, pasando sobre una alfombre de cadáveres españoles. Entre ellos, los tres oficiales nombrados: Velarde y Ruiz, muertos en la pelea; Daoíz, mechado a bayonetazos, al entrar en el Parque la tropa enemiga.

Con esto, volvió a caer el silencio sobre Madrid. Eran las tres de la tarde. Solo se oían descargas sueltas, que venían ahora de la cacería que por bocacalles y esquinas hacían los franceses de fugitivos y aun que pacíficos transeúntes. Malasaña se refugia en su casa y allí murió con su mujer y su hija. Por las calles se detenía y registraba a todos los vecinos. Mujeres y niños eran cogidos porque llevaban unas tijeras. Los presos eran llevados a un tribunal militar improvisado en la Casa de Correos. Allí, casi sin ser oídos, eran sacados al Paseo del Prado o al Retiro, amarrados los codos, de dos en dos, para ser fusilados.

El horror de esta tarde madrileña fue reflejado para siempre en maravillosos cuadros por el gran pintor Goya. El mismo había pintado poco antes la alegría pacífica del pueblo madrileño en su cuadro “La Pradera de San Isidro”.» [Pemán 1958: 295-297]

«La historia ha hinchado lógicamente la explosión popular porque la historia patria ha demostrado más tarde lo que representaba. Goya pinta sus famosos cuadros –lucha con los mamelucos y los fusilamientos del tres de mayo– en 1814, seis años más tarde. Cuando resultó que aquella algarada del dos de mayo había sido el feliz comienzo de una guerra de Independencia que ya había terminado victoriosamente.

Pero, para la gente madrileña, los días de mayo fueron confusos. Hubo una sublevación totalmente popular, como la del motín de Esquilache y, como popular, surgida de un acontecimiento ingenio y sentimental. Los últimos miembros de la familia real, todavía en Palacio, están dispuestos para salir hacia Francia. Los comentarios de la gente agolpada ante sus puertas son varios. Alguien dice que un infantito llora y no quiere marcharse. Se arremolina la gente, se cortan los tiros de los caballos, cae un francés. Caerán más..., la gente se dispersa en busca de armas.

Es, al principio, un motín. Los buenos burgueses se encierran en sus casas, pero lo más grave es que también se encierran las tropas españolas. En la calle combaten los hombres y las mujeres del pueblo, “los de abajo”, y “los de arriba” no pueden estar de acuerdo con esos brutos, sin maneras ni modales. Espronceda, unos años más tarde, echará en cara a los nobles su actitud pasiva despreciando a la “canalla”. [...]

Ahora, el dos de mayo, no hay más que pueblo al que ayudan algunos frailes. Los señores, los obispos, están aterrados ante la explosión. Y los pocos militares de carrera, faltando totalmente a las órdenes recibidas, se incorporan a la rebelión, no rebasan el grado de capitán. Ningún general sale, en esta mañana de mayo, a la calle, al frente de sus tropas para atacar a los granaderos y mamelucos del general Murat.

Los fusilamientos del tres de mayo en la montaña del Príncipe Pío [de Goya]. Gente mal vestida, con aire de campesino, de artesano, espera el momento último.» [Díaz-Plaja 1973: 421-423]

El dos de mayo de 1808 en Madrid

Ver cuadros de Goya:

Los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío de Madrid

El dos de mayo de 1808

EL GOBIERNO DE JOSÉ I

El gobierno de José I se basó en la Constitución de Bayona o Estatuto de Bayona, otorgada por Napoleón en Bayona el 7 de julio de 1808, inspirada en el modelo de estado constitucional bonapartista. Era una carta otorgada, puesto que no había sido elaborada por los representantes de la Nación. Organizaba España como una monarquía hereditaria en que el monarca ocupaba el centro del poder político, pero con la obligación de respetar los derechos ciudadanos proclamados en su texto. Fue dictada fuera del territorio nacional, con un marcado carácter afrancesado y con el apoyo de los liberales moderados, a los que Napoleón solo permitió deliberar sobre su contenido. Se les impuso un texto y se aceptó por unas Cortes reducidas convocadas en territorio francés.

El emperador decretó la abolición de la Inquisición y la supresión de los conventos. Esta Constitución, aunque de carácter conservador, suponía el primer intento constitucionalista en España y la eliminación del Antiguo Régimen. Esto la hacía atractiva para algunos sectores de la sociedad española que veían en ella la posibilidad de acabar con el absolutismo borbónico. Es lo que les llevó a colaborar con el gobierno de José I, por lo que se les dio el nombre de “afrancesados”.

Los españoles tuvieron que definirse ante el nuevo régimen; los que lo aceptaron recibieron posteriormente el nombre de juramentados o afrancesados. Entre ellos unos eran colaboracionistas activos y otros pasivos. El ideal de los afrancesados no se diferenciaba del sostenido por el despotismo ilustrado del siglo XVIII, aunque hoy en día se les reconoce a muchos de ellos una dosis de buena voluntad y un deseo de acertar en una nueva vía para resolver los problemas de su patria.

Al conocerse la noticia de las abdicaciones de Bayona y los sucesos de Madrid, se produjo un gran vacío de poder y la ruptura del territorio español. Entonces en las regiones no ocupadas por el ejército francés, los ciudadanos más prestigiosos establecieron un nuevo poder, las Juntas Provinciales, que asumieron la autoridad en nombre del rey Fernando VII. Hombres de la aristocracia y el clero, militares y letrados de dispar ideología componían estos poderes territoriales. Estas Juntas Provinciales comenzaron a organizar la resistencia contra los franceses y, viendo la necesidad de superar la división provincial, establecieron un gobierno nacional unitario. De esta forma, con delegados de las juntas provinciales, entre los que se encontraba Jovellanos, quedó constituida en Aranjuez en septiembre de 1808 la Junta Central Suprema, bajo la presidencia del conde de Floridablanca. Esta Junta tomó la dirección política y administrativa del país y dio paso a un Consejo de Regencia que fue el que convocó las Cortes que se constituyeron en Cádiz en septiembre de 1810 para elaborar la Constitución liberal de 1812.

«Lo decisivo es el deseo de reformas que aparece en los propósitos de cada una de las Juntas provinciales y, más adelante, en el seno de la Junta Central Suprema. La sacudida popular había sido tan fuerte, que el reformismo político y social se convirtió en uno de los objetivos principales de la lucha, al lado del evidente deseo de mantener la independencia del país. El pueblo, peor o mejor encuadrado por unos mandos militares dudosos, activo siempre en la guerrilla, combatía por unos ideales concretos y primarios: por su casa, por su Dios y por el rey; en definitiva por su país. Pero sería craso error ignorar el fermento de renovación social, incluso la tendencia antiaristocrática que estimulaba a los garrochistas de Bailén, a los somatenes del Bruch o a los guerrilleros zaragozanos.

La élite del país aparecía, por el contrario, dividida en cuatro grandes direcciones: los que aceptaban –y eran los menos– el estado de cosas anterior al movimiento de mayo; los que habían acatado a José Bonaparte y consideraban que el mejor régimen para España descansaba en la imitación de la Francia napoleónica (se les llamó afrancesados); los tradicionalistas, que buscaban la panacea de la reconstitución estatal en el respeto de los antiguos moldes de la Monarquía (ya fueran foralistas, ya centralizadores); en fin, los reformistas, que, combatiendo a los franceses por invasores, creían en la oportunidad de la redacción de una Carta constitucional de corte revolucionario: intelectuales, curas de abolengo más o menos jansenista, grandes propietarios y parte de las clases medias de la periferia peninsular. El apoyo inglés y el desarrollo de las circunstancias favorecieron los propósitos del último grupo.» [Vicens Vives 2003: 132-133]

«El bajo clero se puso a la cabeza de la insurrección popular. De esta manera, la movilización contra el monarca francés mezcló sentimientos religiosos y patrióticos del pueblo con la defensa de un estatus privilegiado al que la Iglesia no estaba dispuesta a renunciar. Para la mayoría de los españoles, la resistencia espontánea de cada región, de cada ciudad, no podía separarse de la defensa del trono y el altar, puestos en peligro por el invasor francés.

Una visión no compartida por buena parte de la burguesía cosmopolita y la minoría ilustrada, que no solo deseaban afirmar la nación española frente a Francia sino también darle la vuelta a la sociedad tradicional. Ellos serán los padres de la Constitución de 1812.

Por el contrario, otro grupo de intelectuales, funcionarios y eclesiásticos ilustrados colaboró con José Bonaparte porque creía de buena fe que aquella era la mejor forma de defender la integridad y el buen funcionamiento del Estado. La historia reservaría a estos últimos el nombre de afrancesados, españoles culpables de ingenuidad, que vieron en el gobierno de José I la mejor garantía para consolidad definitivamente las reformas imaginadas por los ilustrados del XVIII. Error de cálculo que habrían de pagar muy caro, al convertirse en blanco preferido de las venganzas domésticas que desencadena el choque militar.» [García de Cortázar 2004: 168]

SE EXTIENDE EL ALZAMIENTO CONTRA LOS FRANCESES

La Guerra de la Independencia tuvo carácter nacional y patriótico, pero también de guerra civil al combatir españoles en ambos bandos, así como de guerra internacional, por la participación de tropas angloportuguesas.

«José Bonaparte limpia de perversiones absolutistas el viejo sistema borbónico a través del Estatuto de Bayona, que ofrecía un renovado aire liberal que cuestionaba muchos de los privilegios del Antiguo Régimen. Indignados por las concesiones, la nobleza y el clero se ponen al frente de la insurrección popular que se apodera de las tierras del Ebro, Castilla y Andalucía, al tiempo que Gerona destaca en el rechazo de las acometidas galas y en Bailén el general Castaños obtiene un resonante triunfo. Fuera de juego la burocracia del Estado, solo la Iglesia disponía de una organización nacional centralizada, capaz de llegar a todos los rincones del país y de erigirse en motor del levantamiento con su habilidad ideologizadora. Los seis años de la guerra de la Independencia constituyeron una ocasión irrepetible para un movimiento de masas de carácter revolucionario, pero la identificación del clero con el Antiguo Régimen lo hicieron imposible. La movilización de la cristiandad española contra el invasor extranjero mezclaría interesadamente sentimientos religiosos y patrióticos del pueblo con la defensa de un estatus privilegiado al que la Iglesia no estaba dispuesta a renunciar.

En medio de la euforia, los políticos tratan de organizar el gobierno y restablecer la unidad perdida después de la ocupación francesa. Disueltos los organismos madrileños y aislada media España, es la hora de las juntas populares que, hijas de la improvisación, se disponen a tomar el poder sin dueño. En ellas alternan las viejas elites con los herederos de la Ilustración, tamizada por los aportes del constitucionalismo francés, apostando ahora todos ellos por el nuevo orden liberal. A la nobleza le resulta difícil, en plena anarquía, poner zancadillas a la reforma, como ya había hecho en tiempos de Carlos III. Con la formación de la Junta Suprema, las juntas populares estrechan lazos y hacen viable la convocatoria de unas Cortes del Reino para 1810, justo cuando las victorias del emperador sobre las tropas españolas acaben con la oposición de los más recelosos del cambio.» [García de Cortázar 2003: 270-271]

Las abdicaciones de los reyes en Bayona significaron una situación de vacío de poder que desencadenó la quiebra de la monarquía del Antiguo Régimen en España. Ante la cruel represión francesa de los disturbios del 2 de mayo en Madrid, se empezaron a formar Juntas Provinciales que asumen la soberanía en nombre del rey ausente.

Surgen sublevaciones populares contra los franceses en varias provincias, cuyo detonante fue el conocimiento de las abdicaciones de Bayona. De estas sublevaciones populares surge un líder que pide a las autoridades de la ciudad declarar la guerra a los franceses para defender la Religión, la Patria, las leyes y el Rey.

Se delega la responsabilidad a instituciones ancestrales como las Cortes del Reino de Aragón. En otros lugares se crearon nuevas Juntas Supremas que declararon la guerra a Napoleón y crearon un ejército. Estas Juntas basaban su legitimidad en el hecho de que el rey Fernando VII no podía ejercer el poder por estar secuestrado por Napoleón, y por la colaboración de los órganos centrales de la monarquía con el gobierno francés. La soberanía recaí, pues, en el pueblo, quien la delegaba a las nuevas Juntas.

En julio de 1808, el general francés Dupont quiso someter Andalucía, pero fue derrotado por el general Castaños en la batalla de Bailén. Los franceses de replegaron detrás del Ebro y el rey José huyó de Madrid.

En agosto de 1808, los Juntas Supremas de España acuerdan constituir un gobierno central. El 25 de septiembre de 1808, los veinticinco representantes de las Juntas Supremas se reúnen en Aranjuez y declaran constituida la Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino. España volvía a tener gobierno.

Si bien  gran parte de los miembros de estas juntas eran conservadores y partidarios del Antiguo Régimen, la situación bélica provocó la asunción de medidas revolucionarias como la convocatoria de Cortes. Se inicia la resistencia sistemática a la invasión francesa y en los nuevos dirigentes políticos se vislumbran ya tendencias ideológicas diferentes: algunos partidarios del rey francés José I servían a la causa francesa.

Para acabar con la inesperada resistencia de los españoles, el propio Napoleón, al frente de 250.000 hombres, vino en otoño a la península ocupando la mayor parte del país, excepto las zonas periféricas y montañosas donde se inició la "guerra de guerrillas" contra el ejército francés. Las guerrillas eran pequeños grupos armados, apoyados por la población civil, que realizaban ataques por sorpresa, rápidos y eficaces.

A principios de 1809, la campaña napoleónica mostraba que las tropas españolas estaban totalmente desorganizadas y apenas quedaban cien mil soldados en pie de combate. Es en este momento cuando aparece de forma generalizada un conjunto de bandas armadas que, rehuyendo las acciones campales, realizaba pequeñas operaciones dispersas. Los franceses comenzaron a llamar a esa forma de combatir la petite guerre de donde vino la palabra española guerrilla (nombre que luego se ha hecho clásico en la terminología militar). Es un fenómeno típico español, determinado por la configuración geográfica del país y nacido durante la dominación romana. Viriato fue el primer guerrillero en la lucha contra los romanos. Los guerrilleros contra Napoleón son hombres diversos: oficiales sin empleo, estudiantes, clérigos, desertores, contrabandistas, mujeres del pueblo. Al guerrillero no se le exigían buenas costumbres, solo valentía.

Los guerrilleros contribuyeron poderosamente al desgaste del enemigo. En pequeñas partidas atacaban por sorpresa los destacamentos y convoyes y cortaban las comunicaciones, aprovechando el conocimiento del terreno en que operaban. Las guerrillas consiguieron tres resultados importantes: por un lado, obstaculizaron las comunicaciones entre los ejércitos franceses; las órdenes de Napoleón llegaron a tardar incluso cuarenta y un días en llegar de París a Madrid. En segundo lugar, fueron una valiosa fuente de información para los militares aliados y, por último, las guerrillas obligaron a destinar un número elevado de tropas para la protección de las comunicaciones y a la fijación e inmovilización de fuerzas francesas en las ciudades.

Después de algunas batallas, Napoleón entró en Madrid, donde instaló de nuevo a su hermano José, mientras la Junta Suprema Central se retiraba a Andalucía. Desde allí salió al encuentro de un ejército inglés, que avanzaba desde Portugal hacia Salamanca, pero perseguido por las tropas francesas tuvo que retirarse hacia Galicia y reembarcarse en La Coruña.

La guerra solo se decidirá cuando al ejército francés se le oponga otro ejército, el británico desembarcado como aliado en la Península. Ayudados por el ejército británico, los guerrilleros españoles se enfrentaron durante seis años a las tropas francesas, con el apoyo de los “afrancesados”. 

Los frailes predican la guerra contra los impíos galos. En sus exclamaciones, al decir “Jesús, María y José” hacían una pausa antes de pronunciar la última palabra y la cambiaban por “el marido de nuestra señora” para no nombrar al rey francés José I, el Intruso.

Zaragoza y Gerona se inmortalizaron con su heroica resistencia. En 1808 y 1809 Zaragoza sufrió el asedio de las tropas francesas. Gerona se defendió y en 1809 resistió un asedio de siete meses.

En 1809, tropas españolas e inglesas al mando del general Wellesley, duque de Wellington, derrotan a los franceses en la batalla de Talavera. Al año siguiente, los franceses ocupan Andalucía, menos la ciudad de Cádiz, y Valencia.

La ruptura de intereses entre el Imperio francés y el Imperio ruso obligó a Napoleón a disminuir sensiblemente sus fuerzas en la Península. Por primera vez las fuerzas aliadas superaban con creces a las francesas. Napoleón tenía ahora dos frentes abiertos muy alejados entre sí. Los ingleses seguían teniendo acceso a la Península a través de Portugal. Comenzó entonces una gran ofensiva del ejército aliado inglés, español y portugués.

En 1812, el ejército del general británico Wellington con el apoyo de españoles y portugueses ocupa Ciudad Rodrigo y Badajoz y obtiene la victoria de Arapiles (Salamanca). La batalla de Arapiles decide a José I a abandonar Madrid y Wellington se pone en su seguimiento, gana la batalla final en Vitoria y expulsa por último a los franceses (1813) del norte de la Península, tras el triunfo de San Marcial. El general Wellington pasa a Francia hasta Tolosa. El rey intruso tuvo que emprender una retirada tan rápida que incluso debió abandonar todo su bagaje.

La guerra de España se había convertido para Napoleón en un atolladero; le obligaba a mantener en España un importante contingente de tropas cada vez más necesario en el frente de Rusia. Tras la catástrofe de la Grande Armée en Rusia y vencido también en Alemania, un Napoleón completamente debilitado llegó a un acuerdo con Fernando VII y devolvió la corona al rey español por el Tratado de Valençay (diciembre de 1813). Las tropas francesas abandonaran el país. La cruenta Guerra de la Independencia tocaba a su fin.

En el Tratado de Valençay el emperador Napoleón I ofrecía a España la paz y reconocía a Fernando VII como rey de España, como consecuencia de las derrotas sufridas en la Guerra de la Independencia y, especialmente, del deterioro progresivo del ejército francés y de la moral de los soldados por el continuo acoso de las tropas españolas e inglesas y de la guerrilla española.

El tratado fue ratificado un mes después en París. Sin embargo, cuando el duque de San Carlos llegó a Madrid con la intención de obtener la ratificación de la Regencia y las Cortes, estas denegaron la ratificación. La guerra en España estaba perdida para los franceses y Napoleón, sin saber muy bien qué hacer con Fernando VII, permitió que regresara a España en marzo de 1814.

La Guerra de la Independencia, como guerra nacional de liberación, sirvió de modelo y estímulo para que las poblaciones alemanas y rusas rechazaran también la dominación hegemónica francesa.

La guerra supuso un saldo de cerca del millón de muertos mientras que económicamente España quedó destrozada. El carácter total de la contienda, con las depredaciones para la subsistencia de las tropas, las talas sistemáticas para la defensa y el paso de los ejércitos una y otra vez dejaron al país exhausto.

Durante la guerra de la Independencia, las Cortes se había refugiado en Cádiz, donde organizaron la resistencia política y debatieron una Constitución liberal para el país.

 


MITOS DOBRE EL 2 DE MAYO DE 1808

El mito del Alcalde de Móstoles

La tradición popular mantiene el relato de un humilde alcalde de pueblo que declaró la guerra al todopoderoso Napoleón.

 

La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa.

¡Españoles! Acudid a salvarla.

Mayo 2 de 1808. El Alcalde de Móstoles

Estas líneas pasaron, durante más de cien años, por ser el contenido de un bando que inició la Guerra de la Independencia contra los franceses. El autor del escrito, y por tanto, quien comenzó la sublevación del pueblo español no sería otro que Andrés Torrejón García, el alcalde de Móstoles por excelencia. Así lo ha contemplado la historiografía antigua y de este modo, tan injusto como inexacto, ha pasado a la memoria y a la tradición local.

«El alcalde de Móstoles, un pueblecito de pocos vecinos, cercano a Madrid, al enterarse de los sucesos de allí, declara la guerra a Napoleón, con la sencillez de un acuerdo municipal.» [Pemán 1958: 298]

«Todas las provincias, como si una conspiración preparada hubiera previsto el momento, se levantan sin previo acuerdo y se oponen al invasor. El alcalde de Móstoles es el símbolo de esta efusión popular, que muy pronto toma formas más concretas.» [Ballesteros / Alborg: Historia Universal. Madrid: Gredos, 1967, t. II, p. 341]

Pero lo cierto es que el alcalde de Móstoles, que no era el único alcalde de la localidad, no fue el redactor del Bando de la Independencia ni el contenido de este bando declaraba la guerra a los franceses. Sí es cierto que en Móstoles tuvo lugar un encuentro entre varias personas: Esteban Fernández de León, antiguo intendente del Ejército, fue testigo de los sucesos del 2 de mayo en Madrid y estaba de camino a su tierra natal en Badajoz. A su paso por Móstoles, fue al encuentro de Juan Pérez Villamil y Paredes, conocido suyo y, como él, ferviente absolutista fernandino. Villamil poseía diversas propiedades en Móstoles. Fernández de León le informó de los sucesos ocurridos en Madrid y le sugirió redactar un bando para advertir a las poblaciones del sur de la Península sobre el baño de sangre ocurrido en Madrid el 2 de mayo. El bando no era, pues, una declaración de guerra. El bando decía:

 

Es notorio que los Franceses apostados en las cercanías de Madrid y dentro de la Corte, han tomado la ofensa sobre este pueblo capital y las tropas españolas, por manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre.

Como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria, armándonos contra unos pérfidos que, so color de amistad y alianza, nos quieren imponer un pesado yugo, después de haberse apoderado de la Augusta persona del Rey.

Procedan Vuestras Mercedes, pues, a tomar las más activas providencias para escarmentar tal perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás Pueblos y alentándonos, pues no hay fuerza que prevalezca contra quien es leal y valiente, como los Españoles lo son.

Para que el escrito tuviera legitimidad jurídica, tenía que estar firmado por la autoridad local, es así como lo presentó a la firma de los dos alcaldes locales: Andrés Torrejón y Simón Hernández, que al ser apresados por los franceses afirmaron haber sido inducidos a firmar el documento por “un hombre no conocido, que se apareció con tropa en Móstoles la tarde del dos de mayo”. Ambos fueron condenados a muerte, pero luego puestos en libertar tras pagar treinta mil reales.

El contenido del verdadero bando se conoce desde 1908 al aparecer una copia en Cumbres de San Bartolomé (Huelva). Sin embargo, a la posteridad ha pasado el bando apócrifo con las tres frases: La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. ¡Españoles! Acudid a salvarla.

Ya en los primeros meses de la Guerra de la Independencia se popularizó la figura del Alcalde de Móstoles. En el Cádiz de las Cortes la división política de los patriotas, entre liberales y serviles (absolutistas) se manifestó también en el modo en el que unos y otros interpretaban el papel del alcalde de Móstoles: los primeros creían firmemente en el mito de un humilde que, en un acto que encarnaba la soberanía nacional, y ante el vacío de poder, tomó la iniciativa hacer circular un comunicado por media España, llamando a sus compatriotas al levantamiento contra los franceses, lo que para muchos era en toda regla una declaración de guerra a Napoléon; los segundos preferían interpretar que detrás de aquella iniciativa estuvo uno de los suyos, Juan Pérez Villamil, aunque le cargaron con todo el protagonismo, llegando a aseverar que el célebre bando no sólo era de su puño y letra, sino que además lo había firmado bajo el seudónimo de El Alcalde de Móstoles. Así comenzó a utilizarse el mito con distintos intereses políticos.

Esta versión tradicional, en la que además se situaba la acción de los hechos en una reunión del vecindario del pueblo de Móstoles en concejo abierto, exaltado por la masacre cometida contra sus paisanos madrileños, y por tanto deseoso de acudir en su auxilio, tuvo gran difusión gracias a la obra de teatro compuesta por el escritor Juan Ocaña Prados, El grito de Independencia o Móstoles en 1808, y que fue estrenada en 1883.

La tradición y la mitología popular han revestido a los alcaldes de un patriotismo exagerado, paladines de la libertad y héroes. Pero más tarde quedó probado que ambos alcaldes fueron instrumentos de Villamil y Fernández de León en sus planes para asegurar la continuidad de la Corona española en la dinastía Borbón, y por tanto en ningún caso promotores ni responsables del bando.

 


Cólera de un pueblo, certeza de una nación

por Arturo Pérez-Reverte

 

Pocas fechas han sido tan interpretadas y manipuladas como el 2 de Mayo de 1808. Aquel estallido de violencia en Madrid tuvo consecuencias extraordinarias que hoy marcan todavía la vida de los españoles. Esa es la razón de que, durante 200 años, esa jornada haya venido siendo caudal histórico abierto a diferentes interpretaciones, materia apropiable por unos y otros, instrumento ideológico para las diversas fuerzas políticas implicadas en el proceso de construcción, consolidación y definición del Estado nacional.

El 2 de Mayo es una fecha políticamente incómoda. Lo fue ya desde el primer momento, aquel mismo día. Los madrileños, que como el resto de España habían sido incapaces de reaccionar ante la invasión napoleónica, estaban perplejos, también, ante la invasión de las ideas. Lo único claro para ellos era que las tropas francesas actuaban como enemigas, y que la paciencia ante tanto desafuero y arrogancia desbordaba el límite de lo sufrible por aquel pueblo inculto, sujeto a la tradición monárquica y religiosa. Su ira era más visceral que ideológica.

Como han señalado historiadores lúcidos que vieron más allá del lugar común de la nación en armas, sólo dos minorías perspicaces, la profrancesa y la fernandista -unos mirando hacia el futuro y otros hacia el pasado-, advirtieron lo que estaba ese día en juego; del mismo modo que más tarde, en Cádiz, sólo otras dos minorías inteligentes, la liberal y la servil, comprenderían la oportunidad histórica de aquella guerra y de aquella Constitución. La gran masa de españoles, el pueblo ignorante que peleó en Madrid y luego en toda España durante seis años más, intervenía sólo como actor, voluntario o forzoso, en la cuestión de fondo: no se trataba de la lucha de una dinastía intrusa frente a otra legítima, sino de un sistema político opuesto a otro. La pugna entre un antiguo régimen sentenciado por la Historia y un turbulento siglo XIX que llamaba a la puerta.

La épica jornada de Madrid ha sido trastornada por su propio mito. La gente que salió a combatir lo hizo por su cuenta y riesgo. Fue el pueblo humilde quien se hizo cargo, a tiros y puñaladas, de una soberanía nacional de la que se desentendían los gobernantes. La relación de víctimas prueba quiénes se batieron realmente: chisperos, manolas, rufianes, mozos de mesón, albañiles, presidiarios, carpinteros, mendigos, modestos comerciantes. El 2 de Mayo fue menos un día de gloria que un día de cólera popular que apenas duró cinco horas. Eso limita el ámbito inicial del mito, pero engrandece la gesta. Además, hizo posible lo que vino después: una epopeya nacional extraordinaria. Aquella jornada callejera, con sus consecuencias, dio lugar al 3 de mayo. Y a partir de ahí, de modo espontáneo y solidario, una nación entera se confirmó a sí misma sublevándose contra la invasión extranjera, y arrastró a los tibios, a los indecisos y a muchos de los que, por sus ideas avanzadas, estaban más cerca de los invasores que de los invadidos.

Un hecho singular es que, en estos 200 años, el 2 de Mayo no ha sido patrimonio exclusivo de ninguna fuerza política española; todas procuraron hacerlo suyo en algún momento. En los primeros tiempos, no sin cierta prudencia, la monarquía absolutista y la Iglesia católica lo reclamaron como propio. Luego tomaron el relevo los liberales. La España fiel a la Constitución de Cádiz volvió a hacer suya la insurrección, planteándola de nuevo como hazaña cívica de un pueblo soberano que habría peleado, heroico, para labrar su destino: una nación moderna, responsable, hecha por ciudadanos libres de cadenas.

También resulta esclarecedor el modo en que se han considerado las figuras de los capitanes de artillería Luis Daoíz y Pedro Velarde. Ya desde el primer momento, el absolutismo halló en ellos un argumento que oponer al del pueblo de Madrid como protagonista único de la jornada. Lo paradójico es que, del mismo modo, los militares liberales que durante el siglo XIX se pronunciaron por las nuevas ideas y el progreso también se justificaron mediante Daoiz y Velarde: modelos de oficiales que, poniendo a la nación de ciudadanos por encima de reyes y jerarquías, abrazaron la causa de la libertad y dieron la vida por ella, junto a un pueblo fraterno, protagonista de su destino. Lo mismo harían luego, con opuesto enfoque, Primo de Rivera y el general Franco.

Con el tiempo, la fecha del 2 de Mayo quedó, a menudo, englobada en el marco general de la guerra de la Independencia, como simple primer acto de ésta. Eso era más fácil de asumir por todos, y ahorraba debates. Frente a la realidad de unos pocos madrileños ignorantes, fanáticos del trono y la religión, saliendo a pelear ese día contra los franceses mientras el ejército permanecía en sus cuarteles y la gente de orden se quedaba en casa, el marco general de la guerra, la espontánea solidaridad épica y el esfuerzo común contra los invasores proporcionaban, en cambio, un espacio sólido; una indiscutible certeza de nación en armas y consciente, o intuitiva, de sí misma.

De ese modo, hasta los carlistas hicieron suya la fecha. Tranquilizaba recurrir a palabras como abnegación, sacrificio y lealtad al Estado, al trono, a la tradición. Para los conservadores era más conveniente hablar de libertad de la patria que de libertad a secas. Hasta los mismos liberales, una vez alcanzado el poder, procuraron diluir el protagonismo del pueblo, distanciándose a favor de la burguesía en la que ahora se apoyaban. Todo esto habría de plantearse, desde diversos puntos de vista, en la agitada vida política española del reinado de Isabel II, la primera República y la Restauración, en términos de interés partidario. Ni siquiera el primer centenario, en 1908, hizo posible una auténtica conmemoración nacional, más allá de los actos puntuales y la retórica de unos y otros. Sólo los republicanos siguieron confiando en la fuerza del mito popular como ruptura revolucionaria. Y esa interpretación se mantendría, con altibajos y matices diversos, hasta la Guerra Civil.

En el primer tercio del siglo XX, el 2 de Mayo siguió sujeto a interpretaciones varias, tanto de la izquierda revolucionaria como de la derecha defensora de la religión y las tradiciones nacionales. En el País Vasco, donde el discurso reaccionario sabiniano aún no había cuajado en los extremos que alcanzó más tarde, el primer centenario se planteó como parte de un esfuerzo patriótico, incuestionablemente español, con las batallas locales de Vitoria y San Marcial. En Cataluña fue diferente. Allí, carlistas y católicos se ocuparon de los combates del Bruc y de los sitios de Gerona, con una lectura distinta: el somatén luchando en su tierra y por su tierra. Y es significativo que el catalanismo político prefiriera centrarse en la celebración del séptimo centenario de Jaime I el Conquistador.

La Dictadura, la Segunda República, la Guerra Civil y el régimen franquista hicieron también sus interpretaciones particulares del 2 de Mayo. La izquierda radical asumió esa fecha para aplicarla al concepto del pueblo como protagonista de su propia historia -en la defensa de Madrid, un cartel republicano recurrió a la imagen del parque de Monteleón-, mientras el bando nacional también hacía suyo el símbolo, identificándolo con una España tradicional y católica, basada en el tópico de la indomable y valerosa raza.

Los últimos años del franquismo, la democracia y la Constitución de 1978 situaron otros asuntos en primer plano. Contaminado por la fanfarria patriotera del régimen, el 2 de Mayo fue víctima del nuevo discurso político. La insurrección madrileña y la guerra de la Independencia fueron arrinconadas por quienes, olvidando -y más a menudo, ignorando- la tradición liberal y democrática de esos acontecimientos, simplificaron peligrosamente el asunto al identificar patriotismo y memoria con nacionalcatolicismo; atribuyendo además, en arriesgada pirueta histórica, una ideología de izquierda a los ejércitos napoleónicos.

Ahora, al coincidir el segundo centenario con el desafío frontal a la Constitución de 1978 por parte de los nacionalismos radicales vasco y catalán, un interesante debate sobre las palabras España y nación española se anuncia en torno a cuanto el 2 de Mayo hizo posible e imposible. Esa fecha tiene hoy más actualidad que nunca: sugerente para nuevos tiempos y nuevas inteligencias, clave para entender la certeza de esta nación, discutible quizás en su configuración moderna, pero indiscutible en su esencia colectiva, en su cultura y en su dilatada historia. Antes de que la actual clase política convierta, como suele, también la fecha del segundo centenario en pasto de interés particular, mala fe e ignorancia, convendría tener todo eso en cuenta. El 2 de Mayo, con sus consecuencias, a ningún español le es ajeno.

[Arturo Pérez-Reverte, autor de Un día de cólera, novela-documento sobre el 2 de Mayo de 1808, en El País – 24/01/2008]

 


1808 – NACIMIENTO DE LAS DOS ESPAÑAS

«Ni el pueblo fue una piña en su lucha contra el invasor francés, ni todos estaban en contra de Napoleón, ni el conflicto discurrió igual en unas zonas de España que en otras, ni los guerrilleros respondían a unos mismos objetivos, ni las élites estaban de acuerdo sobre el régimen político a apoyar. La Guerra de la Independencia (1808-1814) figura entre los periodos más marcados por mitos, por tópicos o por versiones políticas interesadas. De cualquier modo, los historiadores coinciden en que el país se dividió entre absolutistas y liberales, entre Ejército regular y guerrillas, entre afrancesados y patriotas.

Algunos ilustrados, como Goya o Jovellanos, sufrieron en sus carnes el desgarro entre su simpatía por las ideas reformadoras de los franceses y su condena por los abusos de esos mismos ocupantes. Un baile de coronas (Carlos IV, Fernando VII y José I) en medio de una guerra en la que resultó decisiva la intervención de Inglaterra. Un conflicto muy alejado de esquematismos y que es abordado por novelas y ensayos.

Ronald Fraser, un gran especialista en la España contemporánea, resume así las claves del debate. "Lo más importante es deshacer los mitos de aquella guerra, esa supuesta espontaneidad de los levantamientos populares del 2 de mayo de 1808, cuando en realidad fueron grupos de partidarios de Fernando VII los que instigaron las revueltas. Desde el comienzo de la ocupación, los viejos ilustrados eligen la modernización que representaban los franceses, frente a los fernandistas, que eran más bien reaccionarios. Bien es cierto que los dos bandos confluyen en algunas cosas cuando se discute la Constitución de Cádiz en 1812".

A juicio del profesor, "el mito de una reacción unánime contra Napoleón fue alimentado por los liberales a lo largo del siglo XIX para crear el concepto de una nación española". Fraser reconoce que una de las grandes paradojas de la Guerra de la Independencia y de las Cortes liberales gaditanas fue el posterior regreso al absolutismo que encabezó Fernando VII. A partir de un cierto momento se extiende el rechazo popular a la invasión napoleónica y a la imposición de su hermano José Bonaparte como rey. "No obstante, las clases dirigentes se debaten entre la condena de la invasión, el apoyo a las ideas ilustradas y la desconfianza ante una plebe incontrolada. Para muchos españoles, tomar partido en aquella contienda fue un grave dilema moral".

El profesor Javier Fernández Sebastián también coincide en que el liberalismo, muy distinto y más endeble que el francés o el inglés de la época, creó el mito de la nación española. "Además hay que reseñar que las ideas de patria o de independencia tenían un significado muy distinto del que podemos interpretar hoy, y en el análisis histórico siempre resulta fundamental ponerse en el lugar de los agentes sociales de cada momento. No podemos alinearnos con liberales, absolutistas o afrancesados desde actitudes actuales y cada vez más la historia apunta a buscar la razón de cada cual".

Aunque en el imaginario popular de algunos españoles y en lemas patrióticos de la política de hoy se olvida la participación extranjera en la Guerra de la Independencia, el papel de Inglaterra fue crucial en el desenlace de aquella contienda. Así lo ponen de relieve todos los especialistas, que, en mayor o menor grado, destacan que el hostigamiento de la guerrilla, el desplazamiento de tropas de Napoleón al frente ruso y el apoyo del Ejército inglés de Wellington a los españoles fueron los tres factores básicos para explicar la primera derrota seria del hasta entonces todopoderoso emperador francés.

Miguel Artola ha sido uno de los que más han investigado los aspectos militares de aquella guerra. Artola relata que en 1808 la desproporción en favor de la milicia francesa en perjuicio de la española era abrumadora. "Napoleón había introducido novedades organizativas y mejoras en el armamento que convertían a su Ejército en muy poderoso. Aparte de esto, no conviene olvidar que el soldado francés de la Revolución estaba muy motivado desde el punto de vista ideológico. Además, cualquier soldado podía llegar a ser mariscal porque estaba integrado en un Ejército popular, no en una milicia profesional".

Otro de los mitos de la Guerra de la Independencia pasa por atribuir unos rasgos comunes a todos los movimientos guerrilleros que surgieron contra el francés cuando se disolvió parte del Ejército regular español, mandado por oficiales que procedían de la nobleza. Lo bien cierto es que la guerrilla -que inventó una forma de hacer la guerra y acuñó una palabra que se utiliza en castellano en todo el mundo- estaba integrada por desertores cercanos al bandidaje, por campesinos o curas absolutistas o por artesanos liberales. "Había de todo", resume Artola, "en las partidas de guerrilleros, que jugaron un papel esencial al privar a los franceses del dominio del territorio. En ocasiones colaboraron con los restos del Ejército y en otras actuaron por su cuenta".»  [Miguel Ángel Villena, en El País, 02/02/2008]

Como escribe Arturo Pérez-Reverte en Un día de cólera (Barcelona: Alfaguara, 2007), historia novelada y libro-documento sobre el 2 de mayo de 1808, ese fue un día "admirable y terrible al mismo tiempo y a partir del cual comenzaron a perfilarse las dos España. Ese día se dieron cita lo mejor y lo peor que tenía España. Por una parte, el impulso generoso y la solidaridad de la gente, pero también lo más reaccionario, la capacidad de motín irracional y la falta de análisis crítico”.

Sus verdaderos protagonistas fueron gente del pueblo armada con palos, navajas, hachas, martillos y hoces que se enfrenta al Ejército francés, el más poderoso del mundo, "no por la libertad, la independencia, la cultura o por el final de una monarquía corrupta, sino por cabreo, por irracionalismo. No es un día de gloria ni de patria, es un día de cólera."La gente salió a la calle porque los franceses les habían violentado a las hijas, porque no les pagaban el vino en las tabernas o porque les habían quitado las casas para dárselas a los militares", entre otros motivos”.

Según Pérez-Reverte, "el franquismo adobó del 2 de mayo con elementos imperiales y vendió una sublevación dirigida por militares heroicos, cuando no fue así. Pero antes la manipularon Fernando VII, los carlistas, la I República, la Restauración, la II República.”

No lucharon los militares, salvo unos pocos que como los capitanes Daoíz y Velarde, o el teniente Ruiz, se pusieron del lado del pueblo; y tampoco lucharon "los de clase media y alta, que se quedaron en casa porque aquello era un motín callejero. Lo terrible de aquel día fue la tragedia de los lúcidos, que se preguntaban quiénes eran los suyos, si el pueblo que se echó a la calle para matar, o los franceses que representaban la modernidad y habían quitado a la monarquía más infame y corrupta que había en Europa, sostenida además por una Iglesia miserable y reaccionaria. Ese era el problema de Moratín, de Goya y de Blanco White.”

El 2 de mayo "fue una derrota" en toda regla, pero ese día "arrastra detrás una cadena de acontecimientos que llega hasta hoy mismo. Las dos Españas se van perfilando a partir de ahí", asegura Pérez-Reverte.

 


LAS DEFORMACIONES DE LA MEMORIA

«Aquella guerra que finalizó hace 200 años fue un acontecimiento de extraordinaria complejidad. Se combinaron en ella, como mínimo, un enfrentamiento internacional (entre Francia e Inglaterra, las dos grandes potencias imperiales del momento; suyos fueron los dos Ejércitos que libraron las principales batallas en la Península) y una guerra civil (pues hubo españoles en los dos bandos). Pero tuvo mucho también de reacción xenófoba, antifrancesa, que conectaba con la francofobia heredada de la Monarquía de los Austrias y, específicamente, de las resistencias al reformismo ilustrado del siglo anterior; de pugna partidista entre godoístas y fernandinos (protagonistas, estos últimos, de muchas de las sublevaciones que se presentaron como “antifrancesas” a finales de mayo de 1808); de cruzada antirrevolucionaria, que reactivaba las prédicas de la guerra de 1793-1795 contra nuestros ateos y regicidas vecinos; de explosión localista, plasmada en las diversas juntas rebeldes (cuya unificación en una Central y Suprema no fue nada fácil); de protesta social popular (contra los godoístas, que solían coincidir los “afrancesados” y, no por casualidad, con los potentados del lugar), etcétera.

Tan difícil fue entender políticamente aquel conflicto que tardó años en ser bautizado: tras recibir nombres como la Revolución española o la Guerra del Francés, acabó siendo simplificado en términos nacionales: había sido una Guerra de Independencia de todos los españoles —salvo los inevitables traidores; hasta en las mejores familias hay degenerados— contra un intento de absorción imperial por parte de Napoleón. Siguiendo este guión se convertiría, durante el resto del XIX, en piedra angular de la mitología nacionalista. Año tras año, el Dos de Mayo sería conmemorado en términos patrióticos, principalmente en Madrid; se erigirían monumentos a los fusilados en esas fechas; Galdós dedicaría a aquella guerra la primera serie de sus Episodios nacionales; y Bernardo López García escribiría el poema patriótico de mayor éxito, que comenzaba con el lastimero “Oigo, patria, tu aflicción”. En definitiva, era un buen comienzo para el siglo del nacionalismo —un siglo que, en el caso español, parecía ofrecer tan pocas cosas de las que enorgullecerse—: un levantamiento unánime, protagonizado por un pueblo inerme, abandonado por sus élites dirigentes, que pese a todo había derrotado al mejor Ejército del mundo; proeza que reforzaba la leyenda escolar de la raza invencible en milenaria pugna por afirmar su identidad frente a intentos de dominio extranjero.

Para defender aquella versión había que olvidar que el general en jefe de los Ejércitos supuestamente “españoles” se había llamado sir Arthur Wellesley, duque de Wellington; que en las filas “francesas” habían luchado no solo regimientos y mariscales de Napoleón (con tropas polacas o italianas), sino también soldados y generales españoles; que las élites intelectuales, eclesiásticas, burocráticas y militares del país se habían alineado mayoritariamente con José Bonaparte; y que la guerra había estado virtualmente ganada por los josefinos durante tres años, entre principios de 1809 y finales de 1811, hasta que Napoleón se llevó a más de la mitad de sus tropas a la desastrosa campaña rusa; solo entonces se atrevió el cauteloso Wellington a salir de Portugal; y fue él, y no los generales españoles, quien ganó batallas a los franceses. En la primavera de 1810, cuando Cádiz y Palma de Mallorca eran las únicas ciudades rebeldes al rey José, este hizo un periplo por Andalucía en el que fue recibido de manera entusiasta en numerosas poblaciones. Ningún monumento, ni libro subvencionado por instituciones nacionales ni regionales, recuerda aquel viaje.» [José Álvarez Junco: “Las deformaciones de la memoria”, en El País, 07 de diciembre de 2014]