Fernando VII (1808-1833)

Justo Fernández López


Resumen

 

El rey obtiene plenos poderes y declara nula la obra de las Cortes de Cádiz y la Constitución liberal de 1812.

Procesos independentistas americanos. Cese de la llegada de metales preciosos de América. Colapso administrativo del Antiguo Régimen. Crisis política y económica en toda Europa.

Tensiones sociales: Monarquía y clero contra los liberales. La burguesía protagoniza los movimientos revolucionarios de 1814-1820. Comerciantes gaditanos y fabricantes catalanes interesados en recobrar la pérdida de las colonias americanas. Crisis del campesinado español.

Economía agraria señorial: Concentración de la tierra mediante una legislación obsoleta y el mantenimiento de las relaciones señoriales. Estancamiento técnico.

Desigualdad de desarrollo: El interior peninsular tiene una economía agraria cerrada. Castilla produce trigo en exceso y compra tejidos extranjeros. Desarrollo industrial en la periferia peninsular: Cataluña, el País Vasco y Asturias.

1814-1820: intentos del Estado de conservar la estructura social y económica del Antiguo Régimen.

En 1814 cae el comercio colonial.

LA FIGURA DE FERNANDO VII

Fernando VII sufría de macrosomía genital, es decir, las dimensiones de su miembro viril eran muy superiores a la media. Sus primeras esposas no le pudieron dar descendencia por lo complicado de las relaciones sexuales con el rey. Tuvo cuatro esposas, de las que sólo su sobrina, María Cristina de las Dos Sicilias, le pudo dar descendencia gracias a la construcción de un artefacto para mitigar la macrosomía genital del Rey: una almohadilla perforada en el centro por donde Fernando introducía su miembro durante el coito.

«El Deseado», de modales bruscos y carácter chabacano y vengativo, pronto se reveló como un firme defensor del absolutismo y un perseguidor acérrimo de los liberales. Paradójicamente, este rey misógino y conservador se pasó los últimos años de su vida luchando por los derechos de su hija Isabel II a sucederle al trono.

El rey Fernando VII ha tenido en España una prensa aún peor que la de Felipe II. Fue un rey que no tuvo más objetivo que sobrevivir y reinar como fuere. Goya lo pinta en su famoso cuadro mirando fijamente al espectador, con mirada desafiante, sardónica, de quien sabe que es el amo y que lo demás no le importa. Es alto y fuerte, un guapo mozo que el pueblo verá como víctima de su madre, reina enjoyada e infiel, de su padre, un monarca viejo y abobado, y del amante de su madre, Manuel Godoy.

El rasgo de carácter que todos los historiadores le atribuyen a este rey es su doblez. El carácter de Fernando VII le alejaba de la doctrina y de los sentimientos liberales. El carácter abyecto de este rey no pudo ser contrarrestado por su ayo, Escóiquiz. Ambicioso, sin talento ni rectitud, Escóiquiz solo se ocupó de asegurar su influencia sobre el discípulo, halagando el doble fondo de su carácter: crueldad, cobardía, ansia de poder y perfidia.

Quien mejor conocía el verdadero carácter del futuro rey era su madre, la reina María Luisa, que la llamó “marrajo” (‘cauto, astuto, difícil de engañar y que encubre dañada intención’) y “cobarde”. Y Fernando hizo lo que pudo para confirmar estos calificativos.

En una carta, la reina María Luisa se queja de su hijo:

«Nosotros pedimos al gran duque [de Berg, el general francés Murat] que salve al Príncipe de la Paz [el primer ministro Godoy], y que salvándonos a nosotros nos le dejen siempre a nuestro lado; para que podamos acabar juntos tranquilamente el resto de nuestros días... Esto es lo que deseamos el Rey y yo igualmente que el Príncipe de la Paz, el cual estaría siempre dispuesto a servir a mi hijo en todo. Pero mi hijo, que no tiene carácter alguno y mucho menos el de la sinceridad, jamás ha querido servirse de él y siempre le ha declarado la guerra, como al rey su padre y a mí. Su ambición es grande y mira a sus padres como si no lo fuesen. ¿Qué hará para los demás?» [Carta de la reina de Etruria incluyendo otra de su madre la reina de España para el gran duque de Berg, fechada en Madrid el 26 de marzo de 1808]

Fernando VII fue un tirano sin grandeza, un alma rastrera. En sus correrías nocturnas frecuentaba la gente del bronce, el mundo del hampa, en la que tramó amistades y consiguió confidentes. En su corte estaba rodeado de sujetos de ínfima extracción. Como todo déspota, Fernando VII gobernó solo para “los suyos”.

LA VUELTA DE FERNANDO VII, EL DESEADO

«Con motivo de la guerra de la Independencia, los reformadores lograron introducir en España una Constitución que aportaba al país todas las innovaciones laicas que habían soñado y que no habían logrado llevar a término por las resistencias del clero y de los monarcas. Pero lo curioso es que eso se lograba mientras la inmensa mayoría del pueblo luchaba por el deseado y sus antiguos privilegios, prácticamente por la Tradición, por la Inquisición. Las partidas guerrilleras se hubieran quedado de una pieza si se les hubiera dicho que, a sus espaldas, en Cádiz, unos señores habían decidido que la soberanía residía en las Cortes de la nación. Todo el siglo XVIII estaba inscrito en los decretos que votaban y que –para más inri– estaban copiados, en gran parte, de la Constitución francesa de 1791.» [Díaz-Plaja 1973: 431]

El período constituyente terminó el 14 de septiembre de 1813. El 26 de septiembre se constituyen las Cortes ordinarias, que funcionaron primero en la Isla de León (Cádiz); y desde el 15 de enero de 1814, en Madrid. Con este traslado, el elemento liberal perdía por momentos iniciativa. Llegaron algunos diputados liberales de refresco, como Martínez de la Rosa y Antillón, pero los absolutistas se habían crecido. En las tribunas luchaba entre sí la plebe. Todo movía a pensar que con la Constitución iba a volver la discordia nacional, acallada durante la guerra contra el enemigo común francés.

Antes de la definitiva batalla de Vitoria, Napoleón intentó liquidar el ruinoso negocio que había sido para él la invasión de la Península y, tras culpar a Talleyrand, firma el Tratado de Valençay en diciembre de 1813 por el que el emperador ofrecía la paz y reconocía a Fernando VII como rey de España, como consecuencia de las derrotas sufridas en la Guerra de la Independencia y, especialmente, del deterioro progresivo del ejército francés y de la moral de los soldados por el continuo acoso de las tropas españolas e inglesas y de la guerrilla española. El tratado fue ratificado un mes después en París. Pero, cuando el duque de San Carlos llegó a Madrid con la intención de obtener la ratificación de la Regencia y las Cortes, estas se limitaron a no hacerlo. La guerra en España se encontraba perdida para los franceses y Napoleón, sin saber muy bien qué hacer con Fernando VII, permitió que regresara a España en marzo de 1814.

La guerra contra los franceses transcurría de forma anárquica. Las victorias española se debían o bien a la ayuda del ejército expedicionario británico al mando del general Wellington o bien a las prudentes retiradas de las fuerzas napoleónicas que el emperador necesitaba para combatir en otros frentes abiertos en Europa.

Mientras tanto Fernando VII, el Deseado, daba muestras de la más repugnante de las conductas, propia de su carácter. Mientras los españoles se batían a muerte en los campos de batalla contra Napoleón, el rey español felicitaba a Napoleón por sus victorias en el suelo patrio. Incluso llegó a pedirle a Napoleón ser aceptado como hijo adoptivo, en los mismos días en que los ejércitos franceses culminaban la ocupación de Andalucía y un puñado de españoles acorralados se refugian en Cádiz y organizan las Cortes.

Napoleón, ante la imposibilidad de ganar la guerra en España, decide devolver el trono a Fernando VII. Ante el anuncio del regreso del monarca, los absolutistas traman una alianza con el Deseado para devolverle el poder absoluto y eliminar de una vez a sus enemigos los liberales constitucionalistas. El motín de Aranjuez de 1808 más la acción de agitadores profesionales había mostrado a los absolutistas que se podía derribar a un rey.

La sesión de Cortes del 3 de febrero de 1814 fija las condiciones de retorno del monarca a España. Se arma gran alboroto y saltan las primeras chispas con la intervención de algunos absolutistas, como el diputado por Sevilla, López Reyna, que declara “cuando nació el Señor Don Fernando, nación con un derecho a la absoluta soberanía de la nación española..., in indispensable que siga ejerciendo la soberanía absoluta desde el momento que pise la frontera”. Se produjo un gran alboroto y el diputado fue expulsado de las Cortes. Se estaban tramando una serie de planes paralelos para hacerse con el poder. Se pretendía sustituir a la Regencia, demasiado liberal, por otra presidida por la infanta Carlota y los consejeros de Estado Castaños y Villamil.

Ante el inminente regreso del rey, las Cortes fijan el 2 de febrero las medidas que deben tomarse. La Regencia determina el itinerario y los honores con los que debía ser recibido. Pero precisa que “no se reconocerá por libre al rey ni, tanto, se le prestará obediencia hasta que en el seno del Congreso nacional presta el juramento prescrito en el artículo 173 de la Constitución”.

Fernando VII recibe el decreto en la frontera de manos del general Copons, quien le escolta hasta Girona. Desde este momento, las autoridades civiles y militares no colaboran con el gobierno de Madrid y los liberales pierden el control del monarca. El general Palafox recomienda al rey que, desviándose del itinerario impuesto por la Regencia, se desvía a Zaragoza. En Daroca se reúnen los consejeros del rey y le aconsejan no jurar la Constitución. La prensa prepara el terreno para el regreso del rey atacando a los “traidores liberales”.

El MANIFIESTO DE LOS PERSAS

Acabada la guerra de la Independencia (1808-1814), Fernando VII, el Deseado, regresó a España y no tenía ningún interés en aceptar limitaciones a su autoridad. En Madrid se fraguaba la conjura contra los liberales. Don Bernardo Mozo Rosales, autor de anteriores conspiraciones y futuro marqués de Mataflorida, urdió los hilos de la trama con el auxilio de los frailes de Atocha, en cuyo convento se celebraron las reuniones. El 12 de abril el documento reunió setenta y nueve firmas. El futuro marqués de Mataflorida partió a Valencia a depositar el documento en las manos reales. Era el llamado Manifiesto de los persas, un texto colectivo dirigido al rey Fernando VII. Se llama Manifiesto de los persas porque comienza con las siguientes palabra: “Era costumbre en los  antiguos persas...”. Este manifiesto expresa el deseo de la nobleza y del clero absolutistas de restaurar el Antiguo Régimen, ya que la Constitución de 1812 les quitaba sus privilegios.

Representación y manifiesto que algunos diputados a las Cortes ordinarias firmaron en los mayores apuros de su opresión en Madrid, para que la majestad del Señor D. Fernando el VII, a la entrada en España de vuelta de su cautividad, se penetrase del estado de la nación, del deseo de sus provincias, y del remedia que creían oportuno; todo fue presentado a S. M. en Valencia por unos de los dichos diputados, y se imprime en cumplimento de orden real. Madrid 1814.

Artículo 1

Era costumbre en los  antiguos persas pasar cinco días en  anarquía después del fallecimiento de su  rey, a fin de que la experiencia de los  asesinatos, robos y otras desgracias les  obligase a ser más fieles a su  sucesor. Para serlo España a V.M. no necesitaba  igual ensayo en los seis años de su  cautividad, del número de los españoles  que se complacen al ver restituido a V.N.  el trono de sus mayores, son los que firman esta reverente exposición con el carácter de representantes de España;  mas como en ausencia de V.M. se ha  mudado el sistema que regía al momento  de verificarse aquélla, y nos hallamos al  frente de la nación con un Congreso que  decreta lo contrario de lo que sentimos y  de lo que nuestras provincias de sean, creemos un deber manifestar nuestros  votos y las circunstancias que los hacen  estériles, con la concisión que permita la  complicada historia de seis años de revolución.

Artículo 134

La monarquía absoluta es una obra de la razón y de la inteligencia; está subordinada a la ley divina, a la justicia y a las reglas fundamentales del Estado; fue establecida por derecho de conquista o por la sumisión voluntaria de los primeros hombres que eligieron sus reyes. Así que el soberano absoluto no tiene facultad de usar sin razón de su autoridad; por eso ha sido necesario que el poder soberano fuese absoluto, para prescribir a los súbditos todo lo que mira al interés común, y obligar a la obediencia a los que se niegan a ella. Pero los que declaman contra el poder monárquico, confunden el poder absoluto con el arbitrario; sin reflexionar que no hay Estado (sin exceptuar las mismas repúblicas) donde en el constitutivo de la soberanía no se halle un poder absoluto.

Este Manifiesto es el primer documento en la historia de España que presenta las ideas de un grupo político como tal. Expresa los principios fundamentales del pensamiento reaccionario y absolutista en los tiempos de la crisis del Antiguo Régimen en España: defiende la monarquía absoluta y solicita al Fernando VII la abolición de toda la obra liberal de las Cortes de Cádiz.

El Manifiesto de los Persas es un ataque a la ideología liberal y una justificación de la monarquía absoluta y de los principios que regían el Antiguo Régimen, argumentando que la monarquía absoluta es el mejor sistema político y se justifica por el derecho divino. Si Dios había puesto al rey en su sitio no iba a permitir que transgrediera reglas de conducta. El optimismo de “los Persas” sostiene que “si es arriesgado que todo dependa de uno solo, es más infelicidad que todo dependa de muchos que no se pueden conciliar por tener cad uno sus ideas e intereses particulares. Al final se recomienda a Fernando VII derogar la Constitución de 1812 e imponer nuevamente el absolutismo.

El texto refleja también el apoyo incondicional que recibe el rey por todo un pueblo que lo ven como a un salvador, el Deseado. El apoyo moral que recibe de los persas, la insistencia de los militares y, sobre todo, su personal inclinación, llevan a Fernando VII a dar un golpe de Estado que reviste caracteres teatrales. Creó Fernando VII una cruz particular para remunerar a los diputados persas.

EL FIN DE LAS CORTES DE CÁDIZ

A su vuelta a España, el rey Fernando VII fue recibido con delirio y entusiasmo por parte del pueblo, pues aunque se había comportado como un cobarde y débil frente a Napoleón, el pueblo se lo disculpaba todo y veía en él el símbolo de su independencia recobrada. Una vez en España, presentaron al rey un escrito rogándole que suspendiera la Constitución. Según Pemán, “esta petición era popular, pues la nueva ley había caído rápidamente en descrédito, cuando se fue viendo que significaba, en el fondo, la negación de todo cuanto se había defendido, contra Francia, en la guerra”. Pero Fernando, no supo ser rey de todos los españoles y “queriendo hacerse temer, no supo hacerse amar”.

Ya en Gerona, Fernando VII había declarado que apetecía “el bien de sus vasallos”, cosa que parece que no hirió a la Regencia, que no intentó ofrecer resistencia alguna. Es interesante el momento en que la Regencia sale al encuentro del rey en Puzol, en el camino de Madrid. El cardenal arzobispo de Toledo y presidencia de la Regencia, Luis de Borbón, ejemplo de cura ilustrado, se acerca al rey en nombre de la Regencia. El cardenal ha recibido de la Regencia la instrucción de que no reconozca a Fernando VII como rey, besándole la mano, antes de que la Constitución de Cádiz: “La Nación no prestará obediencia a V. M. mientras V. M. no jure sumisión a la voluntad del pueblo soberano”.

El periódico absolutista Lucindo nos ha dejado la siguiente versión teatral del encuentro:

 

Ves llegar al cardenal; mandas que pare tu coche; te apeas y detienes, y el cardenal, que se habrá parado, esperando a que tú te llegaras a él, se ve precisado a dirigirse donde estabas. Llega; vuelves la cara, como si no lo hubieras visto. Le das la mano, en ademán de que te la bese. ¡Terrible compromiso! ¿Besará tu mano? ¿Faltará a las instrucciones que trae? ¿Quebrantará el juramento que ha prestado de obedecer los decretos de las Cortes? Fernando quiere que el cardenal le bese la mano y no se quiere que el cardenal se la bese. Esta lucha duró como de seis a siete segundos, en los cuales se vio que el Rey hacía esfuerzos para levantar la mano, y el cardenal para bajársela. Cansado, sin duda, el Rey de la resistencia del cardenal, y revestido de gravedad, pero sin afectación, extiende su brazo y presenta su mano, diciéndole: Besa. El cardenal no pudo negarse a esta acción de tanto imperio, y se la besó. Entonces dio cuatro pasos atrás y le besaron la mano varios guardias y criados... “Triunfaste, Fernando!...

«Satisfactorio por entero el sondeo, Fernando se alzó contra la legalidad, inaugurando nuestra típica serie de pronunciamientos; no siempre desfavorables a la Corona. Todo el tinglado que realmente era la aparatosa cuanto débil edificación constitucional se vino al suelo de un papirotazo. No sin víctimas: sorprendió debajo a los más de los hombres que en aquella trabajaran. Otros, advertidos del peligro, pusieron a tiempo pies en polvorosa. Y todos pudieron convencerse, a precio tan caro, que España no había ganado contra Napoleón la batalla de su independencia: solo el Rey la de su interés dinástico. El pueblo le había hecho el juego: pudo resultar el más agraviado, de ser consciente. Pero le gustó suplir a los caballos en el tiro del carruaje regio.» [Fernández Almagro 1976: 137-138]

En 1814 los absolutistas acuñaron el lema ¡Vivan las caenas! es un lema acuñado por los absolutistas españoles cuando, en la vuelta del destierro de Fernando VII, se escenificó un recibimiento popular en el que se desengancharon los caballos de su carroza, que fueron sustituidos por personas del pueblo que tiraron de ella. Se pretendía justificar con ello la decisión del rey de ignorar la Constitución de 1812 y el resto de la obra legislativa de las Cortes de Cádiz, gobernando como rey absoluto, como le proponían los firmantes del Manifiesto de los Persas del 12 de abril. Desde entonces el grito vino siendo usado no tanto por los absolutistas como por sus enemigos políticos con fines peyorativos, del mismo modo que usaban para referirse a ellos el epíteto de «serviles». 

El 15 de abril se encuentran el general Francisco Javier Elío y Fernando VII. El general le declara al rey la fidelidad incondicional de las tropas y deja entrever su ideario absolutista. El 16 de abril entra Fernando VII triunfalmente en Valencia.

«Entró pues el monarca en la ciudad que baña el Turia el 16, tirado también su coche por la muchedumbre, que a oleadas se precipitaba a disputarse el honor reservado a los caballos de arrastrar a su dueño. Desde aquel punto dio el santo y la orden, con desprecio de las Cortes y del presidente de la Regencia, condenado a desempeñar un papel en extremo desairado. Al día siguiente asistió S. M. en la catedral a un magnífico Te Deum, rodeado de consejeros y favoritos, y de tantos grandes y prelados que no cesaban de llegar para asediarle en su trono, y ocultarle con el espero humo de los inciensos el negro porvenir que a lo lejos se divisaba, y que presagiaba las futuras revoluciones que asolaría la tierra patria. Por la tarde presentó el general Elío al monarca los oficiales de su ejército, y preguntoles en alta y fuerte voz: “¿Juran ustedes sostener al rey en la plenitud de sus derechos?” Y respondieron todos: “Sí juramos”. Acto continuo besaron la mano al príncipe, y entre los plácemes y gratulaciones de los palaciegos retiráronse ufanos con los grillos y la argolla que ellos mismos se habían puesto. por aquellos días distribuyéronse fuertes sumas, procedentes de cuatro millones de reales que facilitaron al rey en clase de préstamo, hay quien dice que los ingleses, y quien afirma por el contrario que algunos grandes.» [Historia de la vida y reinado de Fernando VII de España, Madrid, 1842]

Un grupo de diputados, presidido por Bernardo Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida, presentó al rey el Manifiesto de los Persas, en el que le aconsejaban la restauración del sistema absolutista y la derogación de la Constitución aprobada por las Cortes de Cádiz en 1812.

El 10 de mayo entraba el Rey en Madrid, aclamado por una población que seguía viendo en él a un auténtico salvador. El rey dicta un Real Decreto por el que suprime las Cortes, declara nula toda su actuación y, por consiguiente, anula la Constitución y toda la legislación realizada por la Cámara.

Fernando VII nombra capitán general de Castilla la Nueva a Eguía, con la orden de ocupar Madrid con el apoyo del general Elío y sus tropas. El 10 de mayo, por la noche, empieza la represión y la purga de diputados y personalidades liberales que son llevados a la cárcel. Se restablecieron paulatinamente los Consejos de Estado, Indias, Real, Inquisición, Hacienda y Órdenes.

Con la fuerza militar de su parte y el apoyo del grupo absolutista, el rey declaró ilegal la convocatoria de las Cortes de Cádiz, anuló toda su obra reformadora, restauró la Inquisición y devolvió sus privilegios al clero y la nobleza. De un plumazo deshacía todo el trabajo de las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812 sin que saliera nadie a defenderla. Miles de perdedores, declarados como antiespañoles, tuvieron que emigrar. Francia e Inglaterra fueron los refugios elegidos por los primeros emigrados políticos de la historia de España.

La persecución obligó a los liberales a refugiarse en las sectas secretas, en las que se concertaron con los oficiales del ejército que habían regresado de las cárceles francesas o con los jefes de los guerrilleros. Todos habían sufrido un enorme desengaño. Después de haber luchado por una causa, se habían visto relegados a posiciones secundarias, mientras se concedían prebendas a los supervivientes del Antiguo Régimen. En el seno de la masonería (asociación secreta, cuyos miembros forman una hermandad de ideología racionalista y carácter filantrópico) y del carbonarismo (sociedades secretas fundadas en Italia con fines políticos o revolucionarios) se preparó la larga etapa del ejército liberal en España. La masonería se organizó en 1816 y se creo la Sociedad de Comuneros, versión española de la masonería. Masones y comuneros se repartieron las actas de las Cortes liberales durante el Trienio Liberal (1820-1823).

Todo volvía a estar igual que en 1808. Fernando VII gobernará con camarillas palaciegas y al final siempre hará lo que él quiera. El país fue de mal en peor. El Estado volvió a adquirir una estructura feudal, la Hacienda cayó en picado y la corrupción se convirtió en norma y los favoritismos en ley.

Decreto tras decreto, Fernando VII reivindica la autoridad divina del rey y expulsa, destierra, encarcela a los desdichados que soñaron con una alianza entre tradición y evolución. Una orden militar bastó al cierre de las Cortes, muy desvirtuadas ya. El espionaje y la delación actuaron con celeridad. Los decretos reales empujaron hacia castillos, presidios y el exilio a los padres de un régimen constitucional nonato. La Constitución de Cádiz muere siendo todavía muy niña. La explosión patriótica de 1808 no mejoró la vida política española, más bien preparó las bochornosas recaídas de 1814 y 1823.

Ante la represión absolutista, los liberales conspiraban en secreto para realizar levantamientos armados contra el absolutismo del rey. Para ello se apoyaron en elementos liberales del ejército. A los largo del siglo XIX se producirán varias pronunciamientos o rebeliones de uno y otro signo político.

PRIMERA ETAPA DE RESTAURACIÓN ABSOLUTISTA (1814-1820)

El gobierno de Fernando VII, aconsejado por su camarilla, integrada por personajes heterogéneos (junto al duque del Infantado y Escóiquiz estaban antiguos ganapanes), se suceden ministerios ineptos e incapaces. En el Congreso de Viena España no consiguió nada. El país se hundía en la ruina económica, política y moral. Los dos partidos de absolutistas y liberales formaban ya grupos irreconciliables.

Los gobiernos de la Restauración absolutista vuelven a las ideas de la tradición y religiosidad. Esto explica el espíritu conservador del Romanticismo. La reacción contra el arte unificador neoclásico francés lleva a acentuar las nacionalidades. Junto a este romanticismo tradicionalista y cristiano, surge más tarde el romanticismo liberal y revolucionario contra todo dogma político, moral o estético. Su auge coincide con la revolución francesa de 1830 y el triunfo del liberalismo en Europa.

Además de los grupos conservadores y de la Iglesia, Fernando VII contaba también con el apoyo de una parte del ejército. Pero la mayoría del ejército era de tendencia liberal. Es en esta época cuando el ejército español empieza a perfilarse como árbitro político y se mezcla en los asuntos políticos del país. Los militares liberales publican pronunciamientos con declaraciones de principios. Hasta 1820, hubo cada año uno, que era siempre reprimido.

EL TRIENIO LIBERAL o CONSTITUCIONAL (1820-1823)

Resumen

 

1820: Clima de desconfianza en contra del Fernando VII.

Ambiente de crisis política, acentuada desde los cambios ministeriales de 1818. Conspiraciones militares.

Desastre económico y hacendístico.

Sublevación de Rafael Riego en Cabezas de San Juan (Sevilla) el 1 de enero de 1820. Proclamación de la Constitución de 1812 y comienzo del Trienio Liberal (1820-1823).

Reformas del Trienio:

Establecimiento de la monarquía constitucional.

Pago de la deuda interna y externa del Estado.

Supresión de las trabas feudales de la propiedad.

Proteccionismo económico a la agricultura nacional.

Reducción de los costos de producción.

Explotación de nuevas zonas de cultivo.

El 15 de agosto de 1822 se crea la Regencia de Urgel: Movimiento para rescatar al rey de manos de los liberales.

El 7 de abril de 1823 interviene la Santa Alianza y pone fin al Estado liberal en nombre de Fernando VII. Los Cien Hijos de San Luis, al mando del duque de Angulema, entran en Madrid el 23 de abril de 1823. El 28 de septiembre las Cortes y el Gobierno liberal al rey.

Desde la vuelta de Fernando VII, muchos militares que lucharon contra los franceses se opusieron a la restauración del Antiguo Régimen y conspiraban para restablecer la Constitución de 1812 con la ayuda de las sociedades patrióticas y de la masonería. El ejército se hallaba casi todo él inscrito en las logias y era decididamente liberal y del seno del ejército partieron pronunciamientos liberales para liquidar el absolutismo de Fernando VII. Espoz y Mina en Pamplona, Porlier en La Coruña y Lacy en Barcelona fracasaron en sus intentos de pronunciamiento. Pero en 1820, el comandante Riego se levantó al frente de un ejército, que debería embarcar a América a luchar contra los independentistas, y logró arrastrar a numerosas guarniciones. Fernando se vio forzado a jurar la Constitución de Cádiz.

El comandante Rafael del Riego (1785-1823), militar asturiano, era miembro de la guardia del rey Carlos IV. Con el grado de capitán, en 1808 durante la guerra de la Independencia, fue hecho prisionero y deportado a Francia, de donde regresó en 1814 y se dedicó a difundir la francmasonería en los cuarteles. Destinado en 1819 como teniente coronel a un batallón que debía embarcarse hacia a América para combatir los intentos de emancipación de las colonias americanas, efectuó un pronunciamiento del 1 de enero de 1820 en Cabezas de San Juan (Sevilla). Allí arengó a sus tropas reivindicando la reposición de la Constitución de 1812. Poco después se trasladaron a Arcos de la Frontera, para posteriormente marchar por diferentes ciudades andaluzas con la esperanza generalizar el levantamiento antiabsolutista ante la indiferencia popular. Recorrió Andalucía proclamando la Constitución liberal de 1812.

El pronunciamiento, en primera instancia, fracasó pero dejó en evidencia al régimen que vio que si bien los rebeldes no tenían la fuerza suficiente para triunfar, la respuesta del régimen absoluto tampoco fue decisiva. Al levantamiento de Andalucía le siguió otro en Galicia que se propagó por La Coruña, Ferrol y Vigo. Al levantamiento del comandante Rafael del Riego, apoyado por Alcalá Galiano, se suman casi todas las guarniciones de la Península.

El 7 de marzo de 1820 el Palacio Real fue rodeado por una gran multitud y el día 10 Fernando VII firmó el “Manifiesto del rey a la Nación española”, en el que mostraba su apoyo a la Constitución de 1812. Poco después se formó una Junta Provisional Consultiva, un organismo de transición que estuvo operativo hasta la reunión de las Cortes y se formó un gobierno de carácter liberal. De esta forma dio comienzo el breve pero intenso período conocido como el Trienio Liberal. Esta etapa, no obstante, estuvo marcada por una gran inestabilidad política y por la poca colaboración del rey con el régimen.

Fernando VII hizo todo lo posible para retardar la implantación del proyecto liberal. El monarca se resistía a aceptar la constitución de 1812 y a sancionar las leyes que salían de las Cortes, de ahí la canción del “Trágala”, que cantaban los liberales:

 

Trágala

Tú que no quieres

lo que queremos

la ley preciosa

do está el bien nuestro.

¡Trágala, trágala,

trágala perro!

 

Al principio, Fernando VII trató de enmascarar su resentimiento, pero pronto comenzó a conspirar y a tramar un plan para acabar con el gobierno liberal.

Al reestablecerse el régimen constitucional comenzaron a aparecer fricciones entre los liberales que se escindieron en dos grupos. En primer lugar, los llamados “doceañistas” estaban constituidos por políticos liberales muchos de los cuales habían estado en Cádiz durante la guerra de la independencia y que defendían el modelo allí conseguido. Para ellos el triunfo del pronunciamiento era un gran logro. El segundo grupo eran los “exaltados” al que pertenecían militares y hombres de acción que habían participado en los pronunciamientos y que defendían la idea de que el establecimiento del gobierno liberal no era sino un primer paso para lograr la renovación de España y la ruptura definitiva con el absolutismo. En primera instancia se impusieron las posturas “doceañistas”, mientras que los exaltados fueron apartados del poder.

En ese lapso de tiempo fueron plausibles las reticencias del rey a sancionar muchas de las leyes y ya se dejaron ver las diferencias entre los doceañistas y los exaltados. Los primeros, que se consideraban herederos de Cádiz, deseaban hacer unas reformas más pensadas e imprimir a la política un tono más moderado.

El primer gobierno constitucional, presidido por Evaristo Pérez de Castro desde marzo de 1820 hasta marzo del año siguiente, tuvo que hacer frente al sector absolutista, apoyado por el mismo monarca. Ante la presión popular, Fernando VII se avino a prescindir de algunos consejeros.

El nuevo gobierno, presidido inicialmente por Eusebio Bardají (marzo de 1821-enero de 1822), no contaba con el visto bueno real. Los principales problemas a los que tuvo que hacer frente fueron el independentismo colonial, el mantenimiento del orden público y la aparición de partidas realistas.

Francisco Martínez de la Rosa recibió el 28 de febrero de 1822 el encargo de formar un nuevo gobierno, al cual presidió hasta el 11 de julio. La impaciencia del sector radical y la oposición absolutista impidió llevar a cabo una política de reformas. La situación se radicalizó desde mediados de 1822. Evaristo San Miguel formó gobierno desde el 6 de agosto de 1822 hasta el 2 de marzo de 1823. Los absolutistas, por su parte, designaban el suyo el 15 de agosto 1822, denominado Regencia de Urgell, con lo que se entraba en una fase de verdadera guerra civil.

Los gobiernos de Álvaro Flórez Estrada, de José María Pando y de José Luyando (que en septiembre de 1823 pasó a presidir en Cádiz el último gobierno constitucional del periodo) resultaron impotentes para hacer frente a los elementos más exaltados dentro del propio liberalismo gobernante y a las guerrillas realistas favorables al absolutismo.

Durante los dos primeros años del Trienio los moderados gobernaron, llevando a la práctica importantes reformas con las que pretendían desmantelar los pilares del Antiguo Régimen. En primer lugar, promovieron un cambio de la hacienda y de la política económica. En segundo lugar, promovieron una reforma en la política administrativa y aprobaron una nueva en la división territorial del país en 49 provincias. Por otro lado, impulsaron una ley de Instrucción Pública que establecía tres etapas de enseñanza (primaria, media y superior) e imponía un plan de estudios único para todas las universidades. Por último, pusieron en práctica una gran reforma en materia religiosa. Se logró la reducción del diezmo, se suprimió la Compañía de Jesús y todos los monasterios de las órdenes dinásticas, los bienes de los conventos fueron suprimidos y sus rentas se integrarían en el patrimonio del Estado para cubrir las necesidades de financiación. Se suprimen los mayorazgos y señoríos, queda abolida la Inquisición y se crea un reglamento de Instrucción Pública, así como un nuevo Código Penal. La deuda sigue creciendo y el boicot europeo, por influencia del absolutista Metternich, no deja al Gobierno otra opción que la de aumentar las cargas fiscales.

Siguen tres años de confusión políticas, en los que destacan políticos como Evaristo San Miguel, Canga Argüelles, Martínez de la Rosa y una inmensa pléyade. Liberales y absolutistas mantiene una verdadera guerra civil. Pero entre los liberales se acentúan las diferencias entre los dos bandos: los moderados, que querían llegar a algún consenso con los conservadores y con el rey, y los exaltados o radicales, que no querían ningún compromiso. Los exaltados eran de tendencias románticas y radicales. Esta división contribuyó a la debilitación del liberalismo. Los clubs y cafés, donde se hacen discursos demagógicos, estaban a la orden del día. Entre esas dos fuerzas, la extrema derecha y la extrema izquierda, los liberales moderados llevaban las de perder, como pudo comprobar Francisco Martínez de la Rosa. Los exaltados matan a martillazos al cura Vinuesa, tras secarle de la cárcel por absolutista. Siguen otros actos de violencia contra clérigos víctimas de la revolución. Los liberales moderados se ven desbordados por la izquierda.

Las reformas, que perjudicaban claramente a la Iglesia, fueron criticadas por los sectores más moderados y el rey se negó, en un principio, a sancionarlas. Su negativa a sancionar la ley hizo que aumentase la tensión entre Fernando VII y el ejecutivo. Los gobiernos que se sucedieron en este período fueron débiles y no aportaron grandes soluciones a la hora de resolver los problemas del país. La pérdida de prestigio y de confianza inclinó la balanza a favor de los “exaltados”, ante la oposición de los moderados a que estos se hicieran cargo de la política.

Los absolutistas organizan la resistencia dentro del país como fuera. Los contrarrevolucionarios intentaron varios golpes de Estado, incluso con la colaboración de Fernando VII, pero la recién creada milicia nacional logró desbaratarlos. Llegaron incluso a formar la Regencia de Urgel que tuvo que disolverse. Desde 1822, toda esta política reformista tuvo su respuesta en la contrarrevolución surgida entre los miembros absolutistas de la propia corte (la denominada Regencia de Urgell), con el apoyo de elementos campesinos

Fernando VII aprovechó las tensiones entre los liberales para solicitar ayuda a la Cuádruple Alianza. El único país que se prestó a colaborar para restaurar el absolutismo en España y reponer la figura del monarca con todo su poder fue Francia, quien aprovechó la celebración del Congreso de Verona (1922) para ofrecer oficialmente su apoyo a la monarquía española. Fernando VII conseguía así que el Congreso de Verona (octubre-noviembre de 1822) encargara a Francia la restauración del poder absoluto y la plena autoridad del rey. En diciembre de 1822, en el Congreso de Verona, la denominada Santa Alianza decidió que una España liberal era un peligro para el equilibrio europeo.

El levantamiento de Alcoy 1821 – primer episodio ludita

Alcoy (provincia de Alicante) ha sido históricamente una ciudad con especial relevancia tras la revolución industrial en España, especialmente en el sector textil, aunque también en el metalúrgico y la industria papelera.  A mediados del siglo XIX comenzó un fuerte desarrollo industrial que provocó importantes movimientos obreros. Desde principios de siglo, Alcoy es el centro textil más importante del antiguo reino de Valencia. A finales del siglo XVIII, la necesidad de competir con Cataluña acelera el proceso de modernización. Los fabricantes locales introdujeron diecisiete cardadoras y hiladoras mecánicas. En Inglaterra ya había surgido un movimiento encabezado por artesanos ingleses, que protestó entre los años 1811 y 1817 contra las nuevas máquinas que destruían empleo. El movimiento de llamó ludismo, de Ned Ludd, un joven que supuestamente rompió dos telares en 1779. En 1821 se produjo en Alcoy el primer episodio ludita documentado en la historia de España: más de mil doscientos trabajadores armados, condenados al desempleo, se amotinan y destruyen parte de la maquinaria. Las fuerzas armadas sofocan la insurrección y encarcelan a un gran número de sublevados.

FIN DEL TRIENIO LIBERAL – La Santa Alianza

La Santa Alianza fue el pacto concluido por los soberanos europeos que acordaron defender los principios del cristianismo, acuerdo adoptado tres meses después de la finalización del Congreso de Viena (1814-1815) y todos los gobernantes europeos acabaron suscribiéndolo. La importancia de este convenio residió en su valor como símbolo del absolutismo. Los monarcas autocráticos invocaron el derecho de intervención sancionado por la Santa Alianza para mantener el statu quo en Europa. Muchas sublevaciones democráticas y nacionalistas que ocurrieron a mediados del siglo XIX fueron sofocadas en nombre de la Santa Alianza. El Congreso de Viena restauró en toda Europa el Antiguo Régimen y estableció un nuevo equilibrio de poderes entre las grandes potencias (Austria, Prusia, Rusia, Inglaterra y Francia). España y no participó en esta decisión europea, pero siguió la misma tendencia de conflicto entre el conservadurismo y el liberalismo.

La histórica frase pronunciada por Fernando VII tras el levantamiento de Rafael del Riego, “marchemos todos francamente y yo el primero por la senda constitucional”, pronto se demuestra incompatible con sus verdaderas intenciones.

 

Y así a reinar empieza

sobre los almas con mayor firmeza.

 

Desde 1822, toda esta política reformista tuvo su respuesta en la contrarrevolución surgida entre los miembros absolutistas de la propia corte (la denominada Regencia de Urgell), con el apoyo de elementos campesinos, y, en el exterior, en la formación de la Santa Alianza, que desde el corazón de Europa defendía los derechos de los monarcas absolutos.

El 23 de abril de 1823, un amplio ejército francés conocido como “Los cien mil hijos de San Luis” atravesaron los Pirineos al mando del duque de Angulema. Cuando entraron en territorio español apenas encontraron resistencia armada. El contingente francés lo formaban poco más de 50.000 hombres a los que se unieron unos 53.000 voluntarios realistas de las provincias carlistas: Cataluña, Vascongadas y Navarra.

Al final de la primavera el gobierno y las fuerzas liberales evacuaron Madrid y se dirigieron  a Sevilla y de ahí a Cádiz, llevándose como rehén a Fernando VII. La batalla de Trocadero marca el final del Trienio Liberal. Los liberales se encerraron en el fuerte de Trocadero y durante varios días fueron asediados por las tropas francesas. El día 31 de agosto el ejército galo atacó por sorpresa el fortín tomando finalmente el edificio. Durante las tres semanas siguientes Cádiz fue constantemente bombardeada, hasta que el día 23 de septiembre de 1823 lograron que las fuerzas liberales se rindieran. Fernando VII fue finalmente liberado y la monarquía absoluta fue repuesta. Así se puso punto y aparte a la experiencia liberal en España y dio comienzo el último episodio absolutista en la historia de España que supuso, a su vez, el final del Antiguo Régimen.

Las tropas francesas no encontraron apenas resistencia por parte del pueblo español. Resulta sorprendente que un pueblo que había combatido en la década anterior sangrientamente contra la invasión francesa, ahora la aceptase.

«No deja de ser más que significativo que la invasión del ejército de Napoleón Bonaparte provocó el levantamiento del 2 de mayo 1808 contra las tropas galas, mientras que unos años más tarde, la invasión de la Santa Alianza fue acogida como si los soldados franceses vinieran a salvarnos de los males de la Constitución de Cádiz. Bonaparte representaba –más allá de sus numerosas contradicciones- la Francia de la Revolución de 1789. El duque de Angulema, por su parte, representaba la Francia más reaccionaria.» [Enric Sopena]

Desde su perspectiva franquista, José María Pemán justifica así la acogida popular a la nueva invasión francesa:

«El carácter de Cruzada de aquella empresa se revela en el nombre con que se designa aquel ejército: los “cien mil hijos de San Luis”. Pero ahora, el ejército francés cruza toda España de arriba abajo, en un “paseo militar”, entre vivas y aplausos. Ahora no hay partidas ni guerrilleros ni Zaragozas ni Bailenes. ¿Es que se ha dormido el valor español? No: es que en la Independencia no rechazamos a Francia por una pura razón de odio de vecinos: rechazamos a la Francia que entraba como instrumento de la Revolución. Ahora entraba como instrumento de Fe y de la Monarquía y se le abrió paso sin dificultad.» [Pemán 1958: 319]

Fernando VII vuelve a ser rey absoluto en octubre de 1823. Comienza la segunda etapa de restauración absolutista.

«¿Quién puede titular de grandes gobernantes a los hombres del  Trienio Liberal? No supieron comportarse de manera que su paso por el Poder fuese algo más que un simple y atropellado paréntesis. No conservaron lo que el grito de Riego les dio a ganar. Hicieron marchar al Rey “por la senda constitucional”. Pero se confiaron a la buena fe de todos. Dueños del mando, y víctimas hasta el momento mismo de alcanzarlo, no quisieron reaccionar contra sus victimarios del modo que corresponde a un buen sistema de escarmientos. Ni siquiera son agradecidas la moderación, la benignidad y el olvido por aquellos a quienes favorecen, cuando son achacadas a flaquezas. El día mismo del triunfo, pudo ser Fernando, y con él, sus cortesanos, que el mañana les pertenecía. [...] El poder público renunció, literalmente, a la venganza. Como escribía Agustín Argüelles, que había el primer gobierno constitucional:  “En todas las provincias se corrió un velo generoso sobre los seis años que mediaron entre 1814 y este glorioso día. Impunes quedaron los mayores atentados, los crímenes más peligrosos que pueden cometerse contra el Estado. [...] Jamás se había aspirado con más sinceridad a la reconciliación de los ánimos, ni para conseguirlo se hicieron nunca mayores ni más costosos sacrificios”. [...] El Rey era beligerante solapado, que procuraba ganar en la general discordia, simulando acatamiento a la Constitución jurada, mientras no perdonaba medio para sacudírsela.» [Fernández Almagro 1976: 148-151]

SEGUNDA ETAPA ABSOLUTISTA - DÉCADA OMINOSA (1823-1833)

Resumen

 

Características:

Política represiva, plan sistemático de depuraciones, régimen de terror (Ministerio Universal y los Tribunales de la Fe).

Desarrollo hacia el reformismo político. Política condicionada por la bancarrota de Hacienda. Crecientes gastos y reducción a la mitad de los ingresos. Los errores políticos anulan los efectos de las reformas.

Reforma hacendística:

Intento de establecer una contribución general. Reforma tributaria de López Ballesteros y aumento de la deuda. Decisión de no reconocer los empréstitos de las Cortes.

Crisis de fin de reinado (1830-1833):

La presión de los liberales debilita a los moderados. El rey se asocia con los absolutistas. Depuraciones políticas.

La revuelta de los “agraviados” lleva al primer levantamiento carlista.

Choque entre las fracciones cortesanas (1830-1832). Sucesos de la Granja (1932): se fuerza a Fernando VII a derogar la Pragmática Sanción.

Fracaso de las reformas absolutistas. Tránsito pacífico de la sociedad estamental al orden burgués. Sustitución del gobierno despótico por una monarquía parlamentaria con sufragio censitario. Triunfo de los interese de los terratenientes, comerciantes, industriales y rentistas.

 

Comienza la Década Ominosa, calificativo acuñado por la historiografía liberal. El 2 de octubre de 1823 comenzaba la terrible reacción absolutista, con ministros como Calomarde y otros que inician las “purificaciones” o purgas que llevan a la muerte a numerosos liberales.

En 1823, Riego combatió a las tropas enviadas por la Santa Alianza para restaurar el absolutismo en la persona del Rey (los Cien Mil Hijos de San Luis). Al reinstaurarse el absolutismo, Riego es ajusticiado, arrastrado en un serón por las calles de Madrid entre el griterío; el mismo número de gente, unos meses antes, habían paseado su retrato por las calles de la capital. Fue ejecutado por ahorcamiento y decapitado en la madrileña plaza de la Cebada de Madrid. Riego pasó a ser un mito en la historia del liberalismo español. El llamado Himno de Riego, creado en su honor, fue el himno de la izquierda española y fue declarado himno nacional de la II República.

«Fue un militar que da un golpe de fortuna y se embriaga del éxito. Su intervención en política fue pobre y, como general, no cosechó más que derrotas en su resistencia a las tropas de Angulema. Para la causa liberal fue una suerte que muriera tan pronto, porque consiguió fácilmente un mártir y se libró de verle equivocarse muchas veces más. Su nombre pasó al santoral revolucionario republicano aunque él, probablemente no lo mereciera, unido a la fortuna de un himno que empezaba equivocando su muerte,

 

Si Riego murió fusilado,

no murió como infame y traidor,

que murió con la espada en la mano

defendiendo la Constitución.

 

... cuando lo hizo miserablemente en la horca.» [Díaz-Plaja 1973: 449]

El reinado fernandino, marcado por el desgaste personal de continuos desfiles ministeriales y la ausencia de alternativas en la resolución de los agobios presupuestarios, tuvo en la mediocridad su nota más destacada. La progresiva emancipación de las colonias americanas, aprovechando la flagrante debilidad de la metrópoli, contribuyó con la pérdida de mercados y descapitalización estatal, a desgastar la imagen de una España sin timón y en total bancarrota. Prueba de ello es que, al cierre de este primer tercio del siglo XIX, del viejo imperio ultramarino apenas restan Cuba y Filipinas, en vías de segregación.

Tanto el rey como sus gobiernos sabían que no podían volver al absolutismo de 1814 y se acometieron algunas reformas. El rey formó un Consejo de Ministros que emprendió reformas, sobre todo en la economía (reforma del sistema fiscal, creación de un presupuesto anual, etc.) y en la administración. Estas reformas decepcionaron a los conservadores, fundan el Partido Apostólico, extremista y ultraconservador, y se agrupan en torno al hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro. Este partido tendrá en adelante una actuación preeminente con motivo de una compleja crisis sucesoria, delicada herencia que recibió el pueblo español a la muerte del rey, en septiembre de 1833, causante de tres guerras civiles entre carlistas y liberales a lo largo de la centuria decimonónica.

Proseguía la persecución y ejecución de liberales. Solo en la Audiencia de Barcelona se tramitaron hasta octubre de 1825 mil ochocientas veintiocho sentencias de muerte. El 26 de mayo de 1831 fue ejecutada Mariana Pineda, acusada de haber bordado una bandera para los liberales. Tenía solo 26 años y se convertiría más tarde en una mártir y símbolo popular de la lucha contra la falta de libertades. Pero los Apostólicos exigían una reacción aún más implacable contra los liberales, y una agilización de los expedientes de “purificación”.

Los gobiernos absolutistas tuvieron que enfrentarse nuevamente con la falta de recursos en la Hacienda para acometer reformas: marasmo económico después de la Guerra de la Independencia, sucesos revolucionarios del Trienio Liberal, pérdida del comercio con las colonias, en proceso de emancipación de la metrópoli. Los liberales habían buscado una salida mediante las desamortizaciones y la reforma fiscal, pero con la vuelta al absolutismo volvieron los privilegios del Antiguo Régimen. El endeudamiento estatal continuó incrementándose.

La edad va dulcificando el carácter del monarca, a lo que contribuye también su cuarto matrimonio con María Cristina, de talante liberal. Es ella la que le anima a promulgar en 1824 una amnistía. Pero ahora Fernando VII tiene que luchar contra la extrema derecha, que le acusa de complacencia con los enemigos de la religión y el trono.

Entre los absolutistas proliferó la facción más reaccionaria y opuesta a la presencia de ministros reformista en el gobierno. Queriendo eliminar todo vestigio de liberalismo y garantizar la supervivencia del Antiguo Régimen, exigían una dura represión de los liberales y la reinstauración de la Inquisición. Comenzaron a crear organizaciones clandestinas y a intrigar en el entorno de la familia real. Formaron grupos armados que fracasaron en varios intentos insurreccionales.

Pero la acción más notable fue la revuelta de los malcontents o agraviados en Cataluña en 1827, promovida por los campesinos, descontentos con los impuestos y la administración y fustigada por el clero que exigía una vuelta a los siglos anteriores. Esos descontentos estaban dispuestos a salvar al monarca de la camarilla que le rodea y le engaña, obedeciendo “a un principio muy español y que se basa en salvar a quien no quiere ser salvado, con la especulación filosófica de que no sabe lo que quiere o le obligan a decir lo que no quiere” (Díaz-Plaja).

El mismo Fernando VII tuvo que ponerse al mando del ejército y aplastar a los sublevados “por los dulces nombres de Religión, Rey e Inquisición”. Los cabecillas fueron ejecutados. Esta sublevación es un precedente directo de las guerras carlistas que comenzarán tras la muerte de Fernando VII.

A partir de 1830 la cuestión sucesoria se convirtió en el principal problema de la política nacional. Los ultras, los “puros”, ya han puesto los ojos en el hermano del rey, Carlos, hombre pío y adicto a las ideas de los tradicionalistas más extremados.

CRISIS SUCESORIA Y GUERRAS CARLISTAS

Del cuarto matrimonio de Fernando VII con María Cristina de Nápoles, nacía una hija, Isabel II. La Ley Sálica, impuesta por Felipe V, excluía del trono a las hembras. Fernando, resucitando un proyecto de su padre Carlos IV, publicaba poco antes del nacimiento de su hija una Pragmática Sanción derogando la Ley Sálica para que su hija Isabel pudiera reinar.

En 1823, durante una enfermedad de Fernando VII, el ministro Calomarde con otros cortesanos carlistas levantan escrúpulos en el ánimo pusilánime del monarca y consiguen que derogue a su vez la Pragmática Sanción por un codicilo. Llega a la Corte el infante Francisco de Paula, el menor de los hijos de Carlos IV, y su esposa, la princesa napolitana Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias. Luisa Carlota, mujer vehemente, rasga el codicilo que había restablecido la Ley Sálica y da la ministro Calomarde un sonoro boferón. Este se inclina y murmura: “Señora, manos blancas no ofenden”. Probablemente no movió a Luis Carlota su sentimiento liberal para realizar este acto audaz, más bien el odio que profesaba a la infanta María Francisca, consorte del frustrado rey Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII.

Fernando VII, repuesto de su enfermedad, revoca la disposición anterior y vuelve a dar vigor a la Pragmática Sanción. El rey confirma los derechos sucesorios de su hija Isabel y nombra a Cea Bermúdez jefe de Gobierno. Bermúdez buscó los apoyos del liberalismo, autorizó el retorno de los exiliados y suprimió el presupuesto de los voluntarios realistas.

En septiembre de 1833 muere Fernando VII. Su viuda, María Cristina, heredó el trono, en nombre de su hija Isabel, que ya había sido jurada heredera. Al ser menor de edad, asume la regencia la reina María Cristina, que se apoyó en los liberales. Los partidarios de Carlos María Isidro, excluidos del poder, van a luchar contra el poder liberal provocando tres guerras civiles, las Guerras Carlistas, durante todo el siglo XIX.

El contencioso entre los partidarios de Isabel II, hija de la regente María Cristina de Borbón y heredera del trono por la Pragmática Sanción de Fernando VII, derogatoria de la Ley Sálica, y los partidarios de Carlos María Isidro, hermano del monarca y presunto sucesor a la corona hasta las postrimerías del reinado, originaron las Guerras Carlistas, conjunto de conflictos que superan con mucho la sencillez interpretativa de un mero conflicto dinástico.

Bajo este enfrentamiento de alcance mayoritariamente catalán y vasco se esconden, entre otros complejos ingredientes de guerra de religión, guerra de guerrillas y defensa foralista de privilegios locales, dos maneras contrapuestas de entender el presente y el porvenir: la del campesinado y su entorno agrario, frente a la celeridad del mundo urbano; la bandera de la descentralización del viejo régimen, en lugar del liberalismo económico en ciernes; la pervivencia de rancios valores y tradiciones, en contraposición a la secularización homogeneizadora del régimen burgués. Con negros presagios inició su andadura el régimen liberal.

El balance del reinado de Fernando VII no puede ser más desastroso: anarquía interior, hacienda arruinada y pérdida del imperio de ultramar, del que solo se conservan Cuba y Filipinas, que se perderán también en 1898.