División territorial de Hispania romana

Justo Fernández López


 

La lentitud de la conquista de Hispania por los romanos facilitó la conservación durante bastante tiempo de las estructuras sociales indígenas. Los romanos apoyaron en muchos casos a los régulos y a las oligarquías de las ciudades del sur y el levante y los mantuvieron en el poder para asegurarse su alianza. Pero poco a poco, los romanos fueron introduciendo su organización político-administrativa, que coexistía con las formas tradicionales indígenas. La desintegración de las estructuras tribales de los pueblos prerromanos en la Península Ibérica fue, de todos modos, muy lenta.

La provincia fue utilizada por Roma como unidad administrativa. Todo el imperio romano estaba dividido en provincias. Dentro de estas provincias, se ejercía el gobierno desde una capital. Las provincias eran gobernada por un pretor, procónsul o cónsul, dependiendo de la importancia estratégica o la conflictividad de la misma. Las provincias romanas se dividían a su vez en «conventus» o partidos jurídicos (análogos a las actuales Audiencias), con sede en las ciudades más significativas de la zona. Las provincias estaban obligadas al pago de un tributo.

Los habitantes de una ciudad se dividían en tres clases:

Vecinos

 

Eran los únicos que tenían derecho a ejercer cargos públicos. Constituían una asamblea popular, que tuvo durante mucho tiempo la misión de elegir las autoridades superiores o magistrados, que eran dos duunviros o alcaldes y dos ediles. La elección se verificaba como en los tiempos modernos.

Domiciliados

Transeúntes

Entre el 218-197 a.C., Escipión somete las rebeldes tribus iberas acaudilladas por los hermanos  Indíbil y Mandonio. Termina así la primera fase de la conquista de Hispania por los romanos. En 197 a.C. se produce la primera división del territorio hispano en provincias.

División provincial de hispania

Aunque técnicamente dividían la Península Ibérica en dos mitades, en la práctica el dominio romano se centraba en la costa mediterránea. La mayor parte de la Península quedaba controlada por los pueblos autóctonos: celtíberos, lusitanos, ilergetes y astures.

Entre los años 218 a. C. y 205 a. C. en que los cartagineses fueron definitivamente expulsados del territorio hispánico, el poder político era ejercido desde la capital tarraconense, fundada durante la Segunda Guerra Púnica. Posteriormente, al crearse la primera división territorial entre las provincias Citerior y Ulterior, el centro de gobierno de la última pasaría a ser ejercido desde Corduba (la actual Córdoba).

En el 197 a.C., cuando Roma apenas dominaba las costas mediterráneas de la Península Ibérica, el territorio fue dividido en dos provincias:

Hispania Citerior

La Hispania Citerior era la provincia más cercana geográficamente a Roma. Comprendía la franja mediterránea hasta la costa del sureste y Cástulo (Linares, en Jaén) en el interior. Su capital era Tarraco (actual Tarragona).

Al extenderse sus dominios hacia el interior peninsular, la Hispania Citerior se acabó convirtiendo en la provincia de Tarraconense del Imperio romano, que se extendía desde el Mediterráneo hasta Galicia.

Hispania Ulterior

La Hispania Ulterior («la lejana») era la provincia más alejada geográficamente de Roma. Comprendía inicialmente el valle del Guadalquivir y posteriormente incluyó toda la parte occidental de la península Ibérica. Su capital era Corduba (actual Córdoba).

El 171 a. C. fue unida con la provincia Citerior durante la guerra de Macedonia, pero fue de nuevo separada en el 167 a. C.

El año 27 a. C. César Augusto dividió la Hispania Ulterior en dos provincias: Bética (Baetica) como provincia senatorial y Lusitania como provincia imperial.

Una legión se estacionó en la provincia. La capital era Córdoba (Corduba) y eventualmente Cádiz (Gades).

Durante 200 años no se cambió esta ordenación territorial. Solo variaron los límites geográficos, según se iba conquistando más territorio. El centro y norte correspondía a la Citerior, y el oeste y noroeste a la Ulterior.

Durante los primeros sesenta años del dominio republicano sobre las provincias hispanas, desde la división de 197 a. C. hasta el fin de las Guerras Lusitanas y Celtibéricas 137-133 a. C. aproximadamente, las provincias se mantuvieron más o menos estables.

División del emperador Augusto en 27 a.C.

El emperador Octavio César Augusto, sobrino de Julio César, termina la conquista de Hispania con la Guerra contra los galaicos, cántabros y astures (29-19 a. J. C.). El año 27 a. C., tras la conquista efectiva de la mayor parte de la Península, César Augusto divide Hispania en tres provincias, llamadas Baetica, Lusitania y Tarraconensis, subdivididas en conventos jurídicos.

Mientras las provincias Tarraconensis y Lusitania eran provincias imperiales (el propio emperador nombraba a sus gobernadores) debido a su mayor conflictividad, la Bética era una provincia senatorial, al ser menos conflictiva, y era el senado el que nombraba los gobernadores de esta última. Con pocos cambios, sería la división provincial de Augusto la que perduraría durante prácticamente todo el periodo imperial, ya que la siguiente gran división, la de Diocleciano, sucedería menos de cien años antes de la invasión de Hispania por las tribus bárbaras.

Augusto dividió la Ulterior en dos nuevas provincias (Lusitania y Bética) y llamó Tarraconensis a la Hispania Citerior.

Tras la división provincial de Augusto, Hispania queda dividida en tres provincias: Tarraconensis, Baetica y Lusitania.

Tarraconensis

Corresponde a lo que antes era la Citerior prolongada hasta el noroeste, incluye Gallaecia, que llegaba hasta el Duero. La capital era Tarraco (se decía Tárraco).

Baetica

Alcanzaba hasta la orilla sur del Guadiana. Era una subdivisión de la Ulterior. Su capital era Corduba (Córdoba).

Lusitania

Incluía el centro y el sur del futuro Portugal, Extremadura, Salamanca y Zamora. Su capital era Emerita Augusta (actual Mérida), sobre la orilla norte del Guadiana.

División del emperador Caracalla en 214 d.C.

En el año 214 d.C., el emperador Marco Aurelio Severo Antonino Augusto, de sobrenombre Caracalla, desgajó de la Tarraconensis una provincia de duración efímera, la Hispania Nova Citerior Antoniniana, que comprendía el noroeste peninsular. Luego de la Tarraconensis se desgajó la Gallaecia (Galicia).

En el año 238, la provincia Tarraconensis fue reunificada de nuevo hasta ser dividida definitivamente por la posterior reestructuración de Diocleciano en 298.

Gallaecia

Tarraconensis

Baetica

Lusitania

División del emperador Diocleciano en 293 d.C.

A finales del siglo III, el imperio romano se desmoronaba, al menos la parte occidental del mismo. Tras las épocas de anarquía y guerras civiles, el emperador Diocleciano comprende que no es posible mantener cohesionado a un imperio de la magnitud del romano, por lo que decide dividirlo por primera vez en dos entidades independientes: el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente. Diocleciano queda a cargo de este último, mientras Maximiano gobernará el primero.

Para paliar la crisis del siglo III, en 293 d.C. el emperador Diocleciano creó una nueva división territorial del Imperio romano en la que aparecieron unas entidades supraprovinciales denominadas diócesis.

Hispania se convirtió en la diócesis de las Hispanias (Diocesis Hispaniarum), y se creó en ella una nueva provincia: la Cartaginensis (centro y este peninsulares, más las islas Baleares), desgajada también de la Tarraconense. En 385 d.C. se desgaja de la Cartaginensis la Baleárica.

El norte de África fue englobado en ese mismo siglo como parte de Hispania, con el nombre de Mauritania Tingitana, con capital en Tingis (la actual Tánger).

La Diócesis Hispaniarum (Diócesis de las Hispanias) formaba así una pluralidad, que no unicidad, de los divididos pueblos prerromanos. Hispalis (Sevilla) es la sede habitual del vicarius de Hispania. Al frente de cada provincia hay un gobernador subordinado al vicario. Por encima del vicario de la diócesis de las Hispanias está el Prefecto del Pretorio de la Prefectura de las Galias con sede en Tréveris y con jurisdicción sobre Britania, las Galias e Hispania. Todas ellas junto con las provincias de Italia y África están integradas en el Imperio Romano de Occidente.

Diocesis Hispaniarum con capital Hispalis (Sevilla)

Gallaecia

 

Tarraconensis

 

Baetica

 

Lusitania

 

Carthaginensis

 

Balearica

 

Mauritania Tingitana

 

Así tenemos en los comienzos del siglo V d.C., ya en los estertores de la dominación romana, a una Hispania que se componía de siete provincia, todas ellas englobadas en la denominada Diócesis Hispaniarum (‘Diócesis de las Españas’), bajo la autoridad de un Vicarius Hispaniarum. Este plural, que aparece aquí por primera vez, solo traducía la pluralidad administrativa provincial.

«La división provincial nada debía, pues, a las afinidades o diferencias culturales o étnicas entre los pueblos ibéricos; ni siguiera el grado de romanización relativa de unos y otros. Se habían producido para entonces deportaciones masivas y asentamientos forzosos, que habían ayudado a romper tanto las alianzas de pueblos como los lazos de estos con su ierra de origen y a desmantelar núcleos urbanos peligrosos. La Hispania Cartaginense, por ejemplo, englobaba desde Baleares y Andalucía oriental a buena parte de la meseta del Duero; la Tarraconense desde la costa de la moderna Cataluña hasta Cantabria y Asturias. La división provincial afectaba al gobierno, recaudación tributaria y organización militar, con una Asamblea de cada provincia en la que participaban delegados de las principales ciudades.

El ensayo de racionalización administrativa lo había completado ya el propio Augusto al estructurar cada provincia en conventos jurídicos, también a efectos políticos, judiciales y militares. Para la Hispania de la época significó un primer intento de regionalización operativa, guiada por criterios de dimensión, capitalidad y comunicaciones, con objeto de acercar la administración a las gentes. La Tarraconense se dividió en siete conventos (sus capitales, Braga, Lugo, Astorga, Clunia, Zaragoza, Tarragona y Cartagena). Los cuatro béticos tenían como centros Cádiz, Sevilla, Córdoba y Écija y los tres de la Lusitania, Mérida, Beja y Santarem. Hubo algunos cambios posteriores, pero esta relación nos proporciona una primera imagen de cómo estaban ordenadas “las Españas” al comienzo del Imperio.» [Luis González Antón: España y las Españas. Madrid: Alianza Editorial, 1998, p. 34]

Las civitates eran territorios definidos y ordenados en torno a núcleos urbano o urbes, que eran o de origen indígena o de nueva creación romana. Las civitates

La construcción de ciudades extensas tuvo un papel vertebrador. Muchas comarcas, organizadas como populi de tradición indígena, se mezclaban también con las civitates. Estos pueblos y gentilidades o parentelas mantenían sus tradiciones organizativas, con sus pueblos fortificados (opida) y sus aldeas (vici). El número de civitates y populi dependía del grado de romanización alcanzada. La fundación de nuevas ciudades fue menos intensa en la mitad noroccidental de la Península.

La organización administrativa romana fue muy efectiva, pero se fue deteriorando en el Bajo Imperio, cuando comenzó la decadencia general, con la ruralización y destrucción de las ciudades. Esta decadencia propició la fácil entrada de los pueblos bárbaros en Hispania.