De la Iberia tribal a la Hispania romana

Justo Fernández López


Roma y las provincias

En el siglo I se produjo la incorporación de la Península al modelo productivo de Roma. Se van borrando las diferencias entre vencedores y vencidos. Durante la República romana, la aristocracia senatorial había explotado de forma brutal los pueblos conquistados. A partir del siglo I d.C., comienza la etapa imperial. La República deja paso al Imperator, con plenos poderes de un monarca divinizado al estilo helenístico. Los nacidos en las provincias romanas fueron considerados cada vez más iguales y las leyes fueron concediendo la ciudadanía romana a un número cada vez mayor de ciudadanos de provincias. El emperador Augusto ya había visto la necesidad de integrar las provincias occidentales del Imperio como contrapeso a la influencia que las provincias orientales habían ido adquiriendo en el Imperio. Derrotado el mundo helenístico de Oriente, Roma buscó equilibrar el poder con el refuerzo de las provincias de Occidente (Hispania, Galias y África).

Tras la conquista Roma englobó los más diversos países dentro de un marco común de cultura. Los países de la parte oriental del Imperio eran mucho más cultos y avanzados y mantuvieron sus características ante la presión romana. Los países occidentales, en cambio, absorbieron por completo la civilización de sus dominadores y perdieron la propia, conservando solo algunos matices prerromanos.

La aportación racial de Roma fue insignificante pues las colonias militares representaban poco entre la masa de cada país. Persistieron así los diversos elementos étnicos de las distintas provincias romanas. Pero por encima de la diversidad racial los elementos de unión fueron muy poderosos: al autoridad absoluta del emperador, el carácter sagrado del Imperio, la burocracia y la administración, el ejército, la lengua oficial latina, las vías de comunicación abiertas por los romanos que facilitaron el conocimiento mutuo de los diversos pueblos y tribus manteniendo un contacto estrecho entre las provincias y la urbe. Pero elemento fundamental de unión fue el Derecho romano que se impuso por encima de cualquier clase de particularismo.

Dentro del gran mundo romano todos los habitantes libres se sentían solidarios de una comunidad única. Hasta Caracalla había tres categorías: los ciudadanos romanos, que tenían la plenitud de derechos políticos y civiles; los latinos, que carecían de los derechos políticos; y los peregrinos, considerados como súbditos del Estado romano. Esta división se aplicaba también a las ciudades, que podían ascender de categoría por gracia especial del emperador, cuando este quería recompensar sus servicios. Como la categoría adquirida se transmitía por herencia, este fue uno elemento más de romanización.

Roma impulsó en Hispania la repoblación, repartiendo tierras entre las tropas licenciadas de las legiones que habían participado en la guerra contra Cartago. También muchas familias procedentes de Italia se establecieron en Hispania con el fin de aprovechar las riquezas que ofrecía un nuevo y fértil territorio y de hecho, algunas de las ciudades hispanas poseían el estatus de «colonia», y sus habitantes tenían el derecho a la ciudadanía romana. No en vano, tres emperadores romanos, Teodosio I, Trajano y Adriano, procedían de Hispania así como los autores Quintiliano, Marcial, Lucano y Séneca.

La Iberia tribal frente a Roma

A la llegada de los romanos, la Península Ibérica estaba poblada por un sinfín de tribus aglutinadas en tres grandes grupos étnicos: los íberos, en el oriente y sur peninsular; los celtíberos, en el centro; y los celtas, en el noroeste y norte peninsulares. Cada etnia se subdividía a su vez en decenas de poblaciones con nombres adecuados a la zona que habitaban.

La fenicios y los griegos se limitaron a fundar colonias en las cosas de Iberia y no se atrevieron a penetrar en el país que reputaban demasiado hostil. Se quedaron así en los umbrales. Aníbal entra en la Península Ibérica con la intención de marchar sobre Roma cruzando los Pirineos y luego los Alpes.

Los cartagineses y luego los romanos, sin embargo, sabían que la Península era rica en minerales y en potencial humano, por eso en sus campañas contra los pueblos de Iberia, combinaron una política que de palo y zanahoria, una mezcla de habilidad y fuerza: cuando había que negociar tratos, hacían promesas y tomaban rehenes para asegurarlas; cuando el enemigo se oponía a negociar, atacaban sin piedad, ejecutando a los jefes y desterrando o vendiendo como esclavos a los supervivientes.

«En el instante en que Roma va a penetrar en la Península, esta se presenta todavía como algo muy primitivo, con la excepción del área andaluza o turdetana y del área mediterránea o ibérica, donde la influencia cultural y económica de los extranjeros ha sido más intensa. En todas partes se manifiesta un pujante cantonalismo, tanto entre los jefes de las ricas poblaciones ibéricas del litoral, como entre los príncipes celtibéricos y célticos del interior. Entre estos últimos descuellas los lusitanos (en Portugal) por sus mayores posibilidades económicas y sus crujientes estructuras sociales. En cuanto al Norte cantábrico y galaico, se mantiene arcaico y desconfiado contra cualquier novedad.

Entre los iberos y los celtas y los futuros hispani aún había de pasar un milenio. La conquista romana del suelo peninsular implicó violentas reacciones de los nativos. No hay que buscar en las mismas un ideal patriótico singular; simplemente, fue la réplica del indígena ante las novedades y las expropiaciones impuestas por los extranjeros.» [Vicens Vives 2003: 26 ss.]

«Hispania era un semillero de luchas entre segedanos, lusitanos, arévacos, belos, suesetanos, cántabros, astures, etc., etc. Aníbal se llamaba simplemente así, pero combatía por un país, por un Estado organizado como hacía Escipión. Cuando Indíbil, Mandonio, cuando Viriato se levantaba contra ellos, lo hacía en nombre de una tribu a la que podía unirse temporalmente otra, pero siempre con recelo y dispuestas a volver a sus propios lares en cuanto no les dieses la categoría que esperaban merecer. La disciplina, la entrega, se hacía a un hombre y, máxime, a una ciudad. Los españoles del tiempo no veían más allá de sus valles, de sus montañas, de su jefe nato. [...]

La reluctancia a federarse, a unirse, la fidelidad a su propia tierra, al terruño familiar donde están los suyos, es fatal para los grandes conceptos políticos, para la ambición y para la ofensiva. Así, cartagineses y romanos dispusieron fácilmente de los torpes intentos de los caudillos celtíberos para defender amplios territorios y combatir a los invasores. [...] Del particularismo, del individualismo ibérico saca partido Roma. Viriato cae por su lado, Numancia por el otro. Roma vence en Iberia por su estrategia moderna y por sus legiones.» [Díaz-Plaja 1973: 22 ss.]

Entre el desembarco de las legiones romanas y el fin de las guerras cántabras, la cultura romana se fue infiltrando en los modos de vida de las tribus autóctonas hasta imponer el Derecho, la lengua, el urbanismo, la arquitectura, la agricultura y la cultura romana en general, una herencia cultural que sobrevivirá a las ruinas del Imperio.

«Mientras los veteranos de las guerras de conquista y cientos de emigrantes latinos se dispersaban por los centros neurálgicos de Hispania en busca de las fértiles tierras del Levante y el valle del Guadalquivir o se establecían en ciudades, Roma absorbía la geografía ibérica dentro de la maquinaria del Imperio. Pese a las diferencias de partida, cada uno de los espacios conquistados limará sus diferencias socioculturales. Sobre las dos Iberias, la mediterránea y la meseteño-atlántica, Roma impuso una política integradora y sembró la conciencia de pertenecer a un orden común, que logrará sobreponerse a los cambios históricos cuando la unidad imperial desaparezca y afloren nuevamente tensiones centrífugas.

No obstante, la romanización no fue rápida ni sencilla. La variedad de culturas indígenas, la falta de directrices en la conquista durante el primer siglo o el retraso en la ocupación del territorio facilitaron la permanencia de especificidades en las distintas áreas geográficas. Aun así, Roma introducirá en tierras hispana, unas veces por métodos represivos, otras por vía pacífica, todos los elementos de su organización social, política y cultura. Varios fueron los factores que colaboraron en esta tarea. La prolongada convivencia de las tribus hispana con los ejércitos de conquista, la fundación de ciudades y colonias y el empleo del latín, lengua oficial del Estado y de las clases cultas, fueron los más importantes. El cristianismo habría de ser el último eslabón, ya que la Iglesia reanudó la labor romanizadora una vez que las legiones se convirtieron en una nostalgia de estandartes polvorientos.» [García de Cortázar 2004: 32-33]

Hispania entre el indigenismo y la romanización

Tan pronto como los pueblos indígenas comprendieron las intenciones romanas de dominación permanente de la Península, iniciaron una resistencia que duró dos siglos y terminó el año 19 a. C. con el completo sometimiento del territorio peninsular. La larga resistencia indígena a la conquista no tiene ningún carácter de «defensa patriótica», fue solo la reacción indígena a las expropiaciones impuestas por los romanos;  a la falta de escrúpulos de los gobernadores romanos; a los sistemas despiadados de explotación de las zonas conquistadas; a la difícil orografía peninsular que dificultaba el movimiento de las tropas romanas y facilitaba la táctica de guerrillas y escaramuzas de los guerreros indígenas; a la división política de los pueblos indígenas que formaban un conglomerado de tribus independientes, que obligaba a los romanos a conquistar ciudad por ciudad, en contra de la estrategia de las legiones romanas acostumbradas a enfrentarse con el enemigo en batallas a campo abierto.

El proceso de romanización de Hispania, su integración en el sistema político, social, económico y cultural romano, provocó una transformación gradual de sus habitantes, los cuales, de un modo paulatino y comenzando por las regiones que se vieron afectadas en primer lugar por la presencia romana, «se convirtieron en romanos». Pero la romanización no fue homogénea en todo el territorio peninsular: fue más rápida y profunda en el sur y en las costas del Mediterráneo (la Bética, Levante y el valle del Ebro), que ya habían tenido contacto con los colonizadores fenicios, griegos y cartagineses. Las zonas previamente bajo influencia griega fueron fácilmente asimiladas. La costa mediterránea, habitada antes de la llegada de los romanos por pueblos de origen íbero, ilergeta y turdetano entre otros (pueblos que ya habían tenido un intenso contacto con el comercio griego y fenicio), adoptó con relativa rapidez el modo de vida romano. Mientras que aquellas que se enfrentaron a la dominación romana tuvieron un periodo de asimilación cultural mucho más prolongado.

La pacificación de la Meseta central, resguardada por accesos montañosos de fácil defensa, resultó mucho más difícil que la de las regiones mediterránea y andaluza, en las que el intercambio comercial con fenicios, griegos y cartagineses había preparado el terreno. Esto explica la tenaz y heroica resistencia de los lusitanos y de los numantinos. La sumisión de los astures y cántabros se llevó a cabo cien años más tarde por el emperador Octavio Augusto y fue, más que una guerra, una operación de policía. En el interior y en el norte se conservaron en gran parte las estructuras tradicionales hasta el final de la dominación romana.

«La lentitud de la conquista facilitó la conservación durante bastante tiempo de las estructuras indígenas. A los propios dominadores les interesó apoyar en muchos casos a los régulos y oligarquías de las ciudades del sur y el levante y mantenerlos en el poder. De todas formas, fueron introduciendo paulatinamente su propia organización político-administrativa, yuxtaponiéndola a la ya existente. La desintegración de las estructuras tribales ibéricas fue, en cualquier caso, muy lenta. [...]

La transformación de Iberia en la Hispania romana, el cambio desde la secular fragmentación tribal hacia una sociedad en la que lo romano impone unos modos de vida mucho más uniformes, fue un proceso de cuatro o cinco siglos, del que, en lo más substancial, no quedó fuera ninguna zona del país, pero no tan perfecto como a veces se tiende a explicar. La natural preferencia por determinadas áreas, más avanzadas o más ricas, comportó cierto desinterés por intensificar el dominio y la romanización de las más pobres y retrasadas (la orla cantábrica en particular) aunque las formas romanas acabaran imponiéndose en prácticamente todos los rincones del país.» [González Antón 1998: 33 y 36]

Podemos considerar que a partir del siglo II d.C. la herencia cultural y social de las tribus prerromanas se había diluido en la mayor parte de Hispania, a excepción de los territorios ocupados por los vascones y la franja cantábrica, que aunque oficialmente sometidos a Roma contaron con poca presencia romana. La romanización y cristianización de los divididos y enfrentados pueblos prerromanos de la Península Ibérica une las Hispanias en una pluralidad con unidad, mas no unicidad. Con la dominación romana, la Península Ibérica alcanza la unidad geopolítica, como parte del Imperio Romano.

El geógrafo Estrabón habla de la asimilación de la cultura romana por parte de las poblaciones hispanas a comienzos del siglo I d.C.:

«Con la prosperidad del país les llegó a los turdetanos la civilización y la organización política; y, debido a la vecindad, o, como ha dicho Polibio, por el parentesco, también a los celtas, aunque en menor medida, porque la mayoría viven en aldeas. Sin embargo los turdetanos, en particular los que habitan en las proximidades del Betis, se han tornado por completo al carácter de los romanos y ni siquiera recuerdan ya su propia lengua. La mayoría se han convertido en latinos y han recibido colonos romanos, de modo que poco les falta para ser todos romanos. Las ciudades mixtas que se fundan en la actualidad, como Pax Augusta entre los célticos, Emérita Augusta entre los túrdulos, Cesaraugusta junto a los celtíberos y algunos otros asentamientos, muestran a las claras la transformación de los citados modos de vida. Todos los iberos que muestran este carácter son llamados estolados, y entre éstos se cuentan incluso los celtíberos, que antaño fueron tenidos por los más fieros de todos.» [Estrabón, Geografía, III 2, 15]

«Le costó a Roma doscientos años dominar totalmente Hispania, mientras las Galias habrán caído en manos de Julio César en solo nuevo, porque la tuvo que la Península la tuvo que tomar “isla a isla”. Por ello, también, no encontró, tras la conquista, el resentimiento que acostumbra seguir a esas operaciones militares. Los españoles empezaron a pensar que formaban una sola nación con idénticos problemas y aspiraciones cuando se lo dijeron sus nuevos dueños. Y como no había habido grandeza nacional en el pasado, no la echaron de menos.

Por el contrario, entraron en el mundo romano compartiendo todos sus ventajas y todas sus miserias, Aprovechaban las nuevas carreteras, las nuevas organizaciones administrativas, mejor estado de cosas, la civilización. España, al hacerse romana, en realidad lo que se hace es a sí misma. No importaba quiénes eran los recién llegados. Lo importante era que unos extranjeros permitían a los nativos conocerse, verse, hablarse.» [Díaz-Plaja 1973: 28 ss.]

La romanización de Hispania no fue homogénea. La influencia romana fue recorriendo progresivamente la Península en un prolongado periodo de dos siglos. Los pueblos prerromanos de la Península Ibérica tenían un carácter muy diferente según su localización geográfica. Las zonas que estuvieron previamente bajo influencia griega fueron más fácilmente asimiladas por los romanos. Las que se enfrentaron a la dominación romana pasaron por un periodo de asimilación cultural mucho más prolongado.

Durante el proceso de la conquista romana, las culturas prerromanas perdieron su lengua y sus costumbres ancestrales, excepto el idioma euskera, que sobrevivió en las laderas occidentales de los Pirineos donde la influencia romana no fue tan intensa. La cultura romana se fue extendiendo al ritmo de los intereses comerciales de Roma. Donde más tardó en llegar fue en aquellas zonas que tenían menos importancia par la economía del Imperio romano.

La zona que con mayor rapidez se adaptó a la vida y cultura de los romanos fue la costa mediterránea, habitada por íberos, ilergetes y turdetanos, pueblos que antes de la llegada de los romanos ya habían tenido contactos comerciales con los colonizadores griegos y fenicios. Fue en estos territorios donde se fundaron las primeras ciudades romanas:  Tarraco en el noreste o Itálica en el sur. Ciudades fundadas por los cartagineses, como Qart Hadasht (actual Cartagena), pasaron a ser ciudades romanas.

Más difícil de conquistar y de romanizar fueron los territorios del interior, donde la cultura celtíbera estaba bien asentada. Los pueblos de esta zona rechazaron a los conquistadores romanos contra los que lucharon heroicamente: Sagunto, Numancia, la guerra de guerrillas de Viriato. De todos modos, la cultura celtíbera no sobrevivió al impacto cultural una vez que Roma logró dominar las tribus de la meseta central. El centro de Hispania pasó a formar parte del entramado económico y humano del Imperio.

Roma, con un cierto chovinismo, despreciaba a las culturas foráneas a las que llamaba “bárbaras”. Con la conquista, Roma imponía sus modos de vida y sus instituciones. La conquista romana tuvo la importancia de englobar diversos países dentro de un marco común de cultura. Los países orientales, mucho más cultos y avanzados, mantuvieron sus características sin retroceder en absoluto ante Roma, mientras que los occidentales absorbieron por completo la civilización de sus dominadores y perdieron la propia, sin conservar más que algunos matices prerromanos.

«Leyendo la conquista y colonización de España por los romanos parece estar leyéndose la de América por los españoles. En ambos casos, la misma seguridad de estar con la razón, de llevar la civilización y la religión auténtica a pueblos primitivos y salvajes. Lo mismo se asombra de las costumbres indígenas Estrabón que Bernal Díaz del Castillo. Y la forma para conseguir vencerlos está en la misma línea; en ambos casos se aprovecha la superioridad intelectual para conseguir el engaño y la superioridad militar para acabar con la resistencia armada.» [Díaz-Plaja 1973: 27]

Poco a poco, las élites de los pueblos prerromanos fueron imitando el modo de vida romano: pasando de una forma de vida austera y disfrutar la “comodidades” que ofrecían las vías de comunicación y las ciudades romanas, así como la estabilidad política. Estas élites fueron ocupando puestos de gobierno en las instituciones municipales romanas o haciendo carrera militar en el ejército romano.

La aportación racial de Roma fue insignificante, pues sus colonias representaban poco entre la masa de cada país, de modo que diversos elementos étnicos de las distintas tierras persistieron. Pero los elementos de unión eran muy poderosos, por encima de la diversidad racial. La autoridad absoluta del emperador y el carácter sagrado del Imperio, la burocracia, el ejército, la lengua oficial latina, las calzadas construidas por los romano que establecían, por primera vez, el contacto entre los diversos pueblos prerromanos de Iberia y entre el campo y la urbe, pero, sobre todo, el Derecho Romano, que se imponía por encima de cualquier particularismo.

Durante la época imperial desaparecieron los enormes vejámenes a los que las provincias habían estado sometidas durante la época del predominio aristocrático de la República romana. Los funcionarios imperiales gobernaban sin que las provincias tuviesen ninguna autonomía, el Imperio vigilaba y controlaba escrupulosamente su actuación. Fue esta la edad de oro de las provincias, tanto en cuanto a la seguridad pública como a la riqueza y prosperidad general.

Las ciudades estaban organizadas como verdaderos municipios y gozaban de autonomía en asuntos de justicia, administración, policía, trabajos públicos, fiestas y enseñanza. Reproducían con sus magistrados y sus comicios la organización de la Roma republicana. Sin embargo, las grandes zonas rurales, donde cada vez eran menos los pequeños colonos, vivían divididas en grandes latifundios, cultivados por esclavos y poseídos por ricos propietarios que no vivían en ellos.

Dentro del gran mundo romano todos sus habitantes libres se sentían solidarios de una comunidad única. Hasta Caracalla existían, sin embargo, tres categorías: los ciudadanos romanos, que tenían la plenitud de derechos políticos y civiles, los latinos, que carecían de los políticos, y los peregrinos, considerados súbditos del Estado romano. Lo mismo sucedía con las ciudades. Unos y otras podían ascender de categoría por gracia especial del emperador, que así recompensaba sus servicios, lo que venía a constituir un elemento de creciente romanización. La categoría adquirida se transmitía por herencia.

Roma impulsó en Hispania la repoblación, repartiendo tierras entre las tropas licenciadas de las legiones que habían participado en la guerra contra Cartago. Muchas familias procedentes de Italia se establecieron en Hispania con el fin de aprovechar las riquezas que ofrecía un nuevo y fértil territorio y de hecho, algunas de las ciudades hispanas poseían el estatus de «colonia», y sus habitantes tenían el derecho a la ciudadanía romana. No en vano, tres emperadores hispanorromanos, Teodosio I, Trajano y Adriano, procedían de Hispania así como los autores Quintiliano, Marcial, Lucano y Séneca.

Roma sembró todo el Imperio de magníficas construcciones de toda especie: templos, arcos triunfales, teatros, circos, puentes, acueductos, calzadas, puertos, faros e innumerables obras de urbanización. Estas construcciones atestiguan la magnitud de la colonización romana.

Factores de la romanización

Roma tenía una fuerte tendencia al chovinismo que le hacía despreciar a las culturas foráneas, a las cuales denominaba en general «bárbaras», por lo que cualquier relación fluida con la metrópoli pasaba por imitar el modo de vida de esta.

A lo largo de los siglos de dominio romano sobre las provincias de Hispania, las costumbres, la religión, las leyes y en general el modo de vida de Roma, se impuso con muchísima fuerza en la población indígena, a lo que se sumó una gran cantidad de itálicos y romanos emigrados, formando finalmente la cultura hispano-romana. La civilización romana, mucho más avanzada y refinada que las anteriores culturas peninsulares, tenía importantes medios para su implantación.

Los factores que determinaron la romanización fueron diversos: la administración con la que controlaban el territorio, la construcción de nuevas ciudades y de la red de calzadas, la imposición del latín como lengua oficial, la extensión del derecho de ciudadanía, el sincretismo religioso (asimilación de los dioses indígenas al panteón romano), el comercio y la presencia del ejército romano en la Península.

La creación de infraestructuras en los territorios bajo gobierno romano mejoraba tanto las comunicaciones como la capacidad de absorber población de estas zonas.

Estas infraestructuras mejoraron la urbanización de las ciudades, impulsada también por servicios públicos y de ocio, desconocidos hasta entonces en la península, como acueductos, alcantarillado, termas, teatros, anfiteatros, circos, etc.

Otro factor importante de romanización fue la creación de colonias o poblaciones como recompensa para militares licenciados, así como la creación de latifundios de producción agrícola extensiva, propiedad de familias pudientes que, o bien procedían de Roma y su entorno, o eran familias indígenas que adoptaban con rapidez las costumbres romanas.

El ejército como agente de la romanización

La legión romana (del latín legio, derivado de legere, ‘recoger, juntar, seleccionar’, significa ‘la leva’: Recluta de gente para el servicio militar) era la unidad militar de infantería básica de la Antigua Roma. Consistía en un cuerpo de infantería pesada de unos 4200 hombres, que más tarde alcanzaría entre los 5200 y 6000 soldados de infantería y 300 jinetes. Usualmente había 28 legiones con sus auxiliares, y se reclutaban más según las necesidades y la situación en cada momento.

Durante el Imperio, la legión era reforzada por tropas aliadas, los auxilia, compuestas por soldados que no eran ciudadanos romanos y cuyo propósito principal era apoyar a las legiones romanas en combate, compuestas en exclusiva por ciudadanos romanos. Estas tropas auxiliares eran reclutadas entre mercenarios o entre pueblos cuya habilidad bélica era bien conocida en el mundo antiguo, como los jinetes númidas o los honderos baleares.

Durante los períodos finales de la República de Roma y la Roma Imperial, las legiones desempeñaron un papel político importante, pues podían asegurar el destino de un Emperador romano, o destituirlo. La República y el Imperio se sustentaron gracias a la maquinaria bélica romana. La grandeza de Roma no se explica sin el inmenso poder de sus legiones. La legión romana fue el instrumento propicio para exportar las ideas civilizadoras de la metrópoli.

Durante los más de seis siglos de permanencia romana en la Península Ibérica, las legiones romanas actuaron como la herramienta eficaz de romanización, aunque fue Hispania la provincia romana en la que la resistencia desplegada por las tribus indígenas duró más tiempo y sometió a los ejércitos de Roma a una de sus pruebas más exigentes.

Las legiones romanas, el ejército, fueron un agente de romanización, pues las tropas romanas extendieron las ideas y costumbres romanas allí donde se asentaron. Muchos legionario se unieron a mujeres indígenas y, tras ser licenciados del ejército, permanecían asentados en la Península como agricultores o comerciantes.

El ejército romano había reclutado a guerreros indígenas como tropas auxiliares. Estos guerreros se integraron en las legiones romanas y al regresar a sus hogares fueron también agentes de romanización.

Cuando los romanos desembarcan en Iberia, la Península estaba poblada por un sinfín de tribus aglutinadas en tres grandes grupos étnicos: los íberos, los celtíberos y los celtas. Muchas de estas tribus practicaban una economía muy precaria de autoabastecimiento. La falta de tierras apropiadas para el cultivo empujó a muchos hombres indígenas al servicio mercenario de armas. La combatividad de los guerreros ibéricos ya era famoso desde los tiempos de los fenicios. Los cartagineses utilizaron a los iberos como tropa a sueldo en sus campañas militares. Los griegos se aprovecharon también de la combatividad de los hispanos para defender sus colonias en Sicilia. Durante las guerras púnicas, contingentes de íberos y celtíberos prestaron sus servicios a las tropas cartaginesas en su lucha contra los romanos.

«Aparte la conquista militar, la imposición de unas tramas administrativas y la explotación económica, es evidente que uno de los instrumentos más efectivos de romanización fue el reclutamiento y servicio en el ejército romano, bajo fórmulas diversas y habitualmente durante períodos muy largos. Primero como tropas auxiliares y después con plena formación a la romana, muchos miles de indígenas se integraron en las legiones, formando incluso unidades enteras. A cambio, recibía con su soldada la calidad de ciudadanos romanos y tierras públicas en las que instalarse y prosperar a su licenciamiento, no necesariamente en sus lugares de origen; los veteranos eran agentes activos de romanización, incluso de manera inconsciente. Resulta curioso comprobar cómo una zona aún escasamente romanizada, como la de los vascos y sus vecinos de las modernas Vizcaya y Guipúzcoa, aportó cohortes enteras, que fueron a combatir a lugares tan distantes como el norte de Italia o Inglaterra, según demuestran algunas inscripciones encontradas. En la época de Trajano, cuando el fenómeno era ya bastante habitual, se menciona a tropas auxiliares integradas por astures. Son dos ejemplos elocuentes, entre otros.» [González Antón 1998: 36]

El soldado hispano era famoso no solo por su bravura, sino también por su fidelidad a su jefe con la famosa devotio que ligaba a los guerreros a sus jefes mientras estos se mantuvieran vivos en campaña. Algunos generales romanos utilizaron esta adhesión inquebrantable del guerrero hispano. Los guerreros ibéricos se alistaban en un ejército extranjero, servían durante un largo periodo y regresaban a la Península para disfrutar del merecido retiro. Se hizo popular entre las tropas romanas la falcata o espada ibérica (gladius hispaniensis). Una espada sumamente cortante y mortal.

Durante la etapa imperial, muchos mercenarios hispanos marcharon con los romanos a Britania, las Galias o a las fronteras del Danubio y de la Germania para defender el Imperio Romano. Una lápida del siglo I aparecida en Brescia (Italia) cita una “cohorte de caristios y várdulos”, y otra del siglo II hallada en Inglaterra, a cierta “cohorte de vascos ciudadanos romanos”. «Combatientes vascos integrados en legiones romanas colaboraron en la tardía pacificación de áreas del Pirineo aragonés y del Ebro y en la represión de los últimos fenómenos de rebeldía tras la muerte de Sertorio en torno al 70 a.C.» [o. cit., p. 41]

En Hispania la VII Legio Gemina fue integrada casi en su totalidad por guerreros autóctonos. Cuando desaparecieron las legiones romanas, la Península tuvo que defenderse con pequeños ejércitos privados. Esto explica también la poca resistencia que los hispanos pudieron ofrecer a las invasiones bárbaras del año 409.

Las calzadas romanas

Otro medio de articular el territorio peninsular y borrar las divisiones tribales prerromanas fue la construcción de una formidable red de calzadas (caminos empedrados o grandes vías). Esta red de caminos tuvo un extraordinario papel vertebrador en toda la Península, abriendo rutas en lugares poco accesibles y comunicando zonas aisladas durante siglos, y extendiendo la comunicación con las Galias y con Italia.

Gran legado romano son la red de calzadas y caminos. Muy importante en la Península fue la labor del ejército romano en la construcción de estas vías y calzadas por todo el territorio peninsular, colaborando así a la comunicación entre los diferentes pueblos indígenas.

Los grandes ejes eran:

 

La Vía Augusta, por la costa mediterránea, desde la Galia a Cádiz. Era la calzada romana más larga del Imperio romano en España, con 1500 km y varios tramos.

 

La vía que iba desde Astorga hasta Burdeos (la Galia), cruzando el Pirineo por Roncesvalles y enlazando con la ruta del Ebro hasta Tarragona.

 

La famosa Vía de la Plata, que iba de Huelva a Mérida y de allí a Astorga.

 

La vía por la costa atlántica que iba de Coruña a Braga, Lisboa y Huelva.

 

Estas vías conformaban un cinturón en torno a la Meseta, cruzada en todas direcciones con centros como Astorga, Palencia, Osma o Titulcia (proximidades del actual Madrid).

 

Otras calzadas enlazaban Lisboa con Denia, Mérida con Zaragoza.

Las costas y el interior quedaban así bien comunicados. Excepción era el norte peninsular, donde solo las rutas de León a Gijón y de Briviesca a Castro Urdiales permitían el acceso a las secularmente aisladas cosas cantábricas.

Para señalizar las distancias en estas vías se colocaban los llamados miliarios, que en forma de columna o de grandes piedras, marcaban la distancia desde el punto de origen de la vía en miles de pasos (millas).

Actualmente la mayor parte del recorrido de estas vías se corresponde con el trazado de las actuales carreteras nacionales o autopistas de los actuales estados de España y Portugal, lo que confirma el acierto romano en la elección óptima del trazado de las mismas.

Las calzadas romanas son un prodigio de ingeniería y solidez constructiva, lo que prueba el hecho de que muchos tramos se conserven hoy en perfecto estado. La Península se vio beneficiada así por un sistema de vías que conectaba primero los pasos pirenaicos con el Atlántico a lo largo de la costa, para extenderse luego por los valles de los principales ríos: a lo largo del Ebro, y desde allí al del Tajo, buscando la Lusitania, y al del Duero, dando salida alternativa a las explotaciones mineras del noroeste; y una gran arteria occidental, la llamada Vía de la Plata, comunicando Galicia con Mérida y el sur peninsular.

Las CIUDADES como centro de organización política

Otro factor de romanización fue la urbanización, a partir de las principales ciudades indígenas, convertidas pronto en urbes plenamente romanas, colonias, en las que se asentaron muchas gentes venidas de Italia. Se convirtieron en ciudades “federadas” y las que más se habían resistido a la conquista en “estipendiarias” o sujetas a tributos especiales. Pero pronto se multiplicaron las fundaciones de nueva planta, que en muchos casos se levantaban sobre grandes campamentos militares y por claros motivos estratégicos. El establecimiento en una ciudad abría la puerta del ascenso económico y social. La condición de ciudadano de pleno derecho presuponía la propiedad de tierras y una mayor facilidad para obtener la ciudadanía romana, antes de generalizarse por concesión imperial en los años 70 y 212 d.C.

Los municipios romanos o colonias se concebían como imágenes de la capital en miniatura. La ejecución de los edificios públicos corría a cargo de los curatores operatum o eran regentados directamente por los supremos magistrados municipales. Para emprender cualquier obra a cargo de los fondos públicos era necesario contar con la autorización del emperador. Las obras públicas acometidas con fondos particulares no estaban sometidas al requerimiento de la autorización del emperador.

Las ciudades eran centros de la administración y organización política. Los romanos fundaron nuevas ciudades e iniciaron un proceso de urbanización, transformando en ciudades los asentamientos indígenas y fundando nuevas urbes. Aunque la influencia romana tuvo gran repercusión en las ciudades ya existentes en la península, los mayores esfuerzos urbanísticos se centraron en las ciudades de nueva construcción.

Muchas de las grandes ciudades actuales son de origen romano: Barcelona (Barcino), Tarragona (Tarraco), Zaragoza (Cesarausgusta), Sevilla (Hispalis), Mérida (Emerita Augusta), Toletum (Toledo), León (fundada hacia el 29 a. C. como campamento de la Legio VI Victrix, a finales del siglo I fue instalada la Legio VII Gemina, la cual hizo de Legio su base permanente hasta aproximadamente principios del siglo V), Astorga (Asturica Augusta), Lucus Augusta (Lugo). Itálica (situada donde hoy se emplaza la localidad de Santiponce, en la provincia de Sevilla) fue la primera ciudad puramente romana fundada en Hispania. Mérida (Emerita Augusta) se convertiría en una de las más importantes ciudades de toda Hispania, capital de la provincia de Lusitania y centro económico y cultural. Cartago Nova (Cartagena) fue convertida, en tiempos del emperador Diocleciano, en la capital de la Provincia romana Carthaginensis, desgajada de la Tarraconensis.

La mayoría de las ciudades que ya existían antes de la dominación romana conservaron sus nombres. El comercio con el mundo mediterráneo posibilitó la financiación de la política de obras públicas.

El primer paso importante de la romanización consistió en la división administrativa y militar de la Península según las normas romanas. Un segundo paso fue la progresiva unificación de las normas del Derecho. En un principio, las leyes de los pueblos hispanos no fueron abolidas. Los gobernadores establecidos por el emperador para regir las provincias de adscripción imperial (legati Augusti), eran asesorados por un consejo integrado por romanos e hispanos, en las audiencias conocidas como Conventos jurídicos. Debido a la fragmentación legislativa en la Península, la administración de justicia se hacía cada vez más difícil, por lo que Roma fue imponiendo el estructurado Derecho Romano, que al final del Imperio era aceptado por todas las regiones. El Derecho romano y sus codificaciones posteriores (Fuero Juzgo y las Partidas) fueron recopilaciones, en gran parte, de principios jurídicos romanos.

Rápidamente se extendió por toda Hispania el gusto por lo romano, a lo que contribuyeron las innumerables obras públicas y construcciones de ciudades de plano regular de los romanos. Entre las obras públicas destacan el acueducto de Segovia, las murallas de Lugo, puentes romanos (Alcántara), teatros (Mérida y Sagunto), anfiteatros (Itálica), sepulcros (Torre de los Escipiones de Tarragona), arcos conmemorativos Bará en Tarragona y Medinaceli en Soria), templos (Diana en Mérica).

Se crearon colonias de ciudadanos romanos en los valles del Ebro y del Guadalquivir para acoger a los licenciados del ejército romano y a la población civil procedente de Italia, a los que se les proporcionaba parcelas de cultivo.

«Las ciudades fueron sucesivamente incorporadas al sistema jurídico de Roma, hasta que en 212 recibieron de Caracalla los plenos derechos de ciudadanía. Ello vinculaba a sus habitantes a una idea imperial, no a un sentimiento de hispanización. Todo les hablaba de Roma: el curial enriquecido, el funcionario, el pedagogo... Hispania se provincializa hondamente en los siglos I y II, y este fenómeno se debe exclusivamente a la actitud mental de los ciudadanos. La aportación romana directa a través de las colonias –poco numerosas y mal distribuidas en el espacio y en el tiempo– fue tan escasa, que no es posible tenerla en cuenta como factor de alto bordo al hablar de la romanización de Hispania.» [Vicens Vives 2003: 32]

Las ciudades, organizadas como auténticos municipios, gozaban de autonomía en asuntos de justicia, administración, policía, trabajos públicos, fiestas y enseñanza. Las grandes zonas rurales, donde los pequeños colones fueron cada vez menores, vivían divididas en grandes latifundios, cultivados por esclavos y poseídos por ricos propietarios que vivían en ellos.

Surge un mundo hispanorromano más intenso en las ciudades y mucho menos en el campo, que, en muchos casos, sigue pegado a sus tradiciones. Este desfase seguirá existiendo a todo lo largo de la historia de España.

El derecho romano

El Derecho es una de las más grandes creaciones del pueblo romano y, mediante el proceso de romanización, una de sus más valiosas aportaciones a la civilización occidental. De toda la herencia dejada por Roma, ningún otro aspecto continúa teniendo una vigencia similar a la del Derecho Romano.

Durante mucho tiempo los romanos se rigieron por preceptos jurídicos inspirados en la costumbre (mos maiorum), que solo eran conocidos por los magistrados y los pontífices. Ante la protesta de la plebe, una comisión de diez varones (decemviri) se encargó hacia el 450 a. C. de redactar un código escrito, las Leyes de las Doce Tablas, que estuvo vigente hasta el siglo III a. C. A partir del siglo III a. C., juristas y pretores, se encargaron de adaptar las normas jurídicas a las nuevas circunstancias sociales y económicas.

Casi un siglo después de la caída del Imperio Romano de Occidente, Justiniano, emperador de Oriente, emprendió la enorme tarea de reunir en un solo cuerpo general las obras de jurisprudencia romana existentes. Esta obra se dio por finalizada en el 533 d. C., y recibió el nombre de Digesto.

El Derecho Romano no desapareció al desaparecer el poder político de Roma. Desde la Edad Media, en que fue acogido y asimilado por los pueblos bárbaros, hasta el siglo XIX –con el código de Napoleón-, el Derecho Romano no sobrevivió y se extendió a otros continentes. El sistema jurídico que legó Roma a Occidente constituye hoy en día el núcleo del Derecho. El Derecho Romano es todavía una asignatura obligatoria en todos los planes de estudio universitario de Derecho.

Concesión del derecho de ciudadanía romana a los indígenas

El derecho de ciudadanía romana era dado individualmente o de forma colectiva a los habitantes libres de una ciudad indígena. Las ciudades a las que se les concedía el derecho de ciudadanía romana se convertían en municipios y disponían de una administración semejante a la de Roma.

No todo el mundo tenía el título de ciudadano romano, el recibir un indígena este título, significaba muchos privilegios y un alto honor. Normalmente lo recibía gente que colaboraba con Roma y tenía un alto grado de integración en el mundo romano, era un título ansiado por muchos. Al principio a muchos ciudadanos se les otorgó la ciudadanía latina (con muchos menos privilegios) y, por último, con Caracalla, toda Hispania recibiría la ciudadanía romana.

El latín sustituye a las lenguas indígenas

La latinización fue un fenómeno más lento y gradual, pero del todo irreversible. La lengua de la administración y del gobierno era el latín. No se conocen ordenanzas ni decretos bilingües de las autoridades romanas. Aunque se acuñaron monedas bilingües por puro interés.

Los pueblos indígenas habían introducido muy tarde la escritura en alfabetos propios, lo que redujo la capacidad de resistencia de las lenguas ibéricas y célticas frente al latín. Los alfabetos de estas lenguas se pierden con gran rapidez, sobre todo el ibérico.

A finales del siglo I d. C., las provincias de Hispania se habían romanizado profundamente. El latín había sustituido a las lenguas indígenas y a los dialectos locales, con los que no podían entenderse los indígenas unos kilómetros más allá de donde vivían. Conocer el latín era un requisito indispensable para acceder a la condición de ciudadano romano a título individual.

La lengua latina fue difundida por los soldados y comerciantes y acabó desplazando a casi todas las lenguas indígenas, excepto el euskera o vasco. Las comunidades de las áreas montañosas, de las más pobres y aisladas, se refugiaron en sus lenguas, aunque sin desarrollar una cultura escrita.

Aunque hay indicios de una larga convivencia de lenguas, el latín escrito y el usado en el teatro y en actos públicos fue uno de los factores que más contribuyó a la romanización.

La RELIGIÓN

Un paso importante en el proceso de romanización fue la unificación religiosa. Los romanos supieron conciliar hábilmente la existencia de cultos privados y de un culto público, lo que les permitió evitar más roces con la población indígena que los derivados de la acción militar de la conquista. Los romanos toleraron la existencias de los dioses de las culturas indígenas. Esperaron que los pueblos hispanos fueran adoptando poco a poco los cultos de los conquistadores. Las religiones prerromanas de la Península estaban muy fragmentadas en multitud de cultos. Algunos dioses de las tribus hispanas fueron integrados por los romanos al panteón grecorromano, otros fueron olvidados con el tiempo.

Los romanos eran condescendientes con las creencias religiosas de los pueblos que dominaban, aunque siempre procuraban dejar claro que Roma era tan fuerte y superior como sus dioses. Así dejaban a los pueblos dominados la elección de asumir las divinidades romanas, lo que casi siempre ocurrió. Las fiestas religiosas y los rituales romanos se fueron solapando con los cultos de los pueblos dominados. Los dioses romanos fueron asumiendo las funciones de las deidades de los pueblos conquistados.

Las religiones indígenas se fueron adaptando a la religión romana. Sus dioses fueron venerados bajo formas romanas. Desde el poder imperial se fue promocionando el culto al emperador, nunca aceptado del todo por los hispanos. Pero el culto al emperador se constituyó en un elemento de cohesión social con la construcción de templos, organización de colegios sacerdotales, ritos y fiestas religiosas. Augusto impulsó una reforma religiosa para cohesionar las fuerzas del ejército, la administración y el Estado. Pero el culto al emperador no calaba en los ánimos de la población, que buscaba en la religión una forma de salvación individual. Hacia mediados del Imperio, en la época de los Antoninos, se produjo una nueva remodelación religiosa que intentaba conciliar el apoyo a las estructuras del Estado con la satisfacción de los anhelos de salvación individual. Fue así como nació así el mitraísmo, remodelación teológica de la religión grecorromana que contiene en germen muchos de los rasgos de la religión cristiana. Junto al mitraísmo cobraron, hacia mediados del Imperio, una presencia creciente otras religiones de carácter oriental, como las de Isis, Serapis, Magna Mater, etc.

La religión contribuyó a la romanización de Hispania. La religión romana tenía como base divinidades oficiales: el culto al emperador, a los dioses protectores de la casa  de la comunidad y los relacionados con el ciclo económico y agrícola.

Las religiones indígenas tenían diferentes divinidades: de ultratumba, de la fecundidad, del artesanado, de la guerra, de la salud, etc., así como restos de divinidades orientales, heredadas de los fenicios y los griegos. En el Bajo Imperio, llegaron a la Península nuevos cultos de divinidades orientales, como Isis, Mitra, Cibeles, Serapis, etc.

El cristianismo se extendió por toda la Península igual que en el resto del Imperio romano. La tradición atribuye la evangelización de Hispania al apóstol Santiago, pero hoy se cree que el cristianismo, lo mismo que otras religiones orientales, fue introducido en la Península por soldados procedentes del norte de África. La religión romana tenía que competir con los cultos orientales, los cultos indígenas y con el cristianismo.

La economía de la Hispania romana

El principal objetivo de la conquista romana fue la explotación de las minas hispanas, ricas en toda clase de minerales. Hispania deslumbraría pronto a los dirigentes romanos por su riqueza metalífera. Tras la primera centuria antes de Cristo, la metrópoli emprendió la explotación sistemática de los yacimientos de la Península. Roma se apropió de las zonas mineras y las explotó directamente: minas de oro en el noroeste, de plata en Sierra Morena y Cartagena, de cinabrio en Almería y de cobre en Huelva. Son tiempos de abundancia y esplendor. Estrabón y Diodoro ofrecen testimonios de la variedad de productos minerales que la Península enviaba a Roma: plata, oro, estaño, plomo, cobre, hierro, cinabrio, alabastro, malaquita, etc. La explotación de los yacimientos de Asturias y Galicia alcanzaría su techo productivo entre los siglos I y II.

En cuanto a la ganadería y la producción agrícola, los romanos introdujeron técnicas que mejoraron la producción de cereales, vid y aceite de oliva. Un producto derivado de la pesca era el garum. El garo era un condimento que se hacía poniendo a macerar en salmuera y con diversos líquidos los intestinos, hígado y otros despojos de ciertos pescados. Era una especie de salsa de pescado hecha de vísceras fermentadas de pescado, que los romanos empleaban de forma semejante a como hoy en día emplean las cocinas asiáticas la salsa de soja. En lugar de verter unos granos de sal sobre la comida, se ayudaban del garo para proporcionar un sabor salado a los alimentos. Hispania era el principal exportador del garum del Imperio. El sabroso garum llegaría a convertirse en uno de los manjares más apreciados en los banquetes de la metrópoli. La flota gaditana llevaba los salazones a Palestina, Siria o Alejandría. 

«En las provincias hispánicas el florecimiento económico de los siglos I y II revirtió en provecho de los antiguos jefes tribales, convertidos en poderosos propietarios al amparo de la legislación de Roma, y de los funcionarios extranjeros, que aplicaron sus peculios a la adquisición de fincas rústicas en la periferia hispánica, sobre todo en el valle del Guadalquivir. Este hecho, conjugando factores geográficos y técnicos con la tradición tartesia y la conveniencia romana, dio origen a una de las estructuras económicas y sociales básica en la historia de España: el latifundismo agrario. En la época de plenitud, este sistema se combinó con la práctica del trabajo esclavista y el desarrollo del sistema de obreros jornaleros, con paro estacional.

Así se formó paulatinamente una clase social privilegiada, la de los seniores, que desde sus posesiones urbanas o desde sus fundos y villas rústicas dominaban el mecanismo de la sociedad hispánica colonial. En sus manos se hallaba la riqueza del país: no solo las explotaciones agrícolas sino la participación en las empresas mineras y termales y en las asociaciones de exportación de aceite y cereales. Bajo este núcleo de aristócratas, que la evolución histórica fue reduciendo en número y aumentando en potencia a partir del siglo II, vivía una nutrida masa de agricultores y pastores, sin duda la porción de humanidad más considerable del país.   Agricultores sometidos a la esclavitud en algunas regiones de Andalucía, costa mediterránea y valle del Ebro; campesinos semilibres en villas de los grandes propietarios de la Meseta; pastores en Galicia y el litoral cantábrico; unos seis millones de seres sobre los cuales se ejercita poco a poco la presión de la urbe próxima, de la colonia recién instalada. De la ciudad aceptarán la administración, el progreso técnico y mucho más difícilmente la nueva lengua y las religiones orientales; en cambio, rechazarán siempre el sistema jurídico que les encadena a sus señores, ya sea como esclavos y semilibres, primero, ya sea como colonos en la última fase imperial. La oposición entre el campo y la ciudad es una constante en la dinámica de Hispania.

Ello explica que algunas tribus pastoriles mantuvieran sañudamente una libertad que confundieron más de una vez con el bandidaje. De echo, algunos pueblos del Norte jamás ingresaron en el dentado mecanismo político y burocrático establecido por Roma. Gente bravía e indómita, se incrustaron más que fueron aceptados en la comunidad hispánica.» [Vicens Vives 2003: 31-32]

La pax romana

La primera etapa del Imperio, los dos siglos entre los años 27 a. C. y el 180 d. C., el Principado, son conocidos como los de la "Pax Romana". Se inicia el 29 a. C., cuando Augusto proclama oficialmente el final de las guerras civiles y dura hasta la muerte del emperador Marco Aurelio en el año 180 d. C.

El imperio no tenía enemigos y ejercía un firme control militar sobre la cuenca del Mediterráneo. Fueron los años en que el Imperio llegó al máximo de su expansión territorial y de su desarrollo económico: alcanzó su máxima extensión en el siglo II, abarcando desde el océano Atlántico en el oeste hasta el río Tigris en el este. La administración y el sistema legal romanos pacificaron las regiones que anteriormente habían sufrido disputas entre jefes, tribus, reyes o ciudades rivales. El estado de paz se refería solo a las regiones interiores del Imperio, pues en las fronteras imperiales se continuó luchando.

Este periodo se considera finalizado con el inicio los grandes disturbios y guerras del siglo III d. C., caracterizado por una interminable serie de guerras civiles entre varios aspirantes al trono imperial, mientras se incrementaba la presión germana y persa en la periferia, llegando a desbordarse periódicamente sobre el Imperio.

La crisis del siglo III d. C.

La guerra civil desatada tras la muerte del emperador Cómodo en el año 192, asestó un duro golpe a los latifundistas ibéricos y al comercio de la Bética. Eran las primeras señales de la crisis que descapitalizaría todo Occidente, arruinaría la vida municipal y comenzaría a escribir la última página de la Hispania romana. En el reinado del emperador Heliogábalo (218-222), miembro de la dinastía de los Severos, comenzó la crisis del siglo III del Imperio Romano, la cual duró aproximadamente 50 años y dividió a Roma en varios bandos tras una Guerra Civil, la anarquía se extendió hasta límites insospechados, hubo una gran histeria por culpa de la economía, y Germania atacó varias veces el Imperio, entre otros asuntos.

«Si el Imperio no se derrumbó al doblar el siglo III fue gracias al empeño de emperadores como Diocleciano y Constantino, cuyas reformas darían un último aliento de vida a Roma. Para acomodar las antiguas estructuras territoriales a las nuevas exigencias, el emperador multiplicó los ejércitos y dividió el poder central entre dos augustos y dos césares encargados de la defensa de cada zona. [...] Aunque el Imperio parecía reponerse de la crisis del siglo III, los esfuerzos burocráticos no lograron financiar los enormes gastos imperiales, y las ciudades, devoradas por la sangría tributaria, fueron incapaces de maquillar su decadencia. Los malos tiempos habían acampado en Hispania con la inestabilidad de las rutas mercantiles y el ocaso de los antiguos mercados urbanos, y se agravaban ahora, cuando el comercio hispano se desvanecía. La Hacienda arruinó a las oligarquías ciudadanas y el laberinto administrativo del Bajo Imperio cerró el paso a la iniciativa privada de las cofradías de navegantes, convirtiéndolos en guiñoles del Estado.

Para las viejas urbes hispanas la crisis del siglo III y las reformas del IV fue el final. Perdían definitivamente aquella actividad mercantil que habían desempeñado durante siglos y les había hecho un huevo en el comercio de la metrópoli y los mercados de África. Cientos de aristócratas  terratenientes, extenuados por los desembolsos en obras públicas defensivas o la voracidad tributaria, huyen en desbandada de sus responsabilidades municipales hacia sus residencias campestres. Había llegado el tiempo de las villas rústicas y la autarquía.

Los esclavos empiezan a escasear y los campesinos ocuparían su lugar en unas tareas que los terratenientes no podían abarcar personalmente. Roma ponía de este modo los cimientos de un nuevo orden social y político que terminaría por triunfar en los primeros siglos de la Edad Media con el sistema feudal.» [García de Cortázar 2004: 38-39]

En el siglo III d.C., la economía de esclavos fue sustituida por el sistema del colonato: los campesinos libres ofrecían sus servicios a los grandes propietarios de tierras a cambio de protección y medios de subsistencia. Estos propietarios administraban sus latifundios de sus villae, lujosas casas de campo, edificadas en las propiedades rústicas. Las ciudades, antes florecientes, se fueron empobreciendo y despoblando. Otras se tuvieron que fortificar ante la presión de los pueblos bárbaros que acechaban en las fronteras del Imperio.

Los grandes propietarios de latifundios (la Iglesia, los emperadores, terratenientes) dominaban la economía y arruinaron a los pequeños propietarios que se fueron convirtiendo en siervos, obligados a permanecer en los grandes latifundios como mano de obra al servicio del propietario de grandes terrenos.

Las diferencias sociales crecían y la Iglesia fortalecía su poder político, comprometida con el poder imperial por obra de los edictos del emperador Constantino. A principios del año 313, los emperadores Constantino y Licinio otorgaron el llamado «Edicto de Milán», que era más bien una nueva directriz política fundada en el pleno respeto a las opciones religiosas de todos los súbditos del Imperio, incluidos los cristianos. La legislación discriminatoria en contra de éstos quedaba abolida, y la Iglesia, reconocida por el poder civil, recuperaba los lugares de culto y propiedades de que hubiera sido despojada. El emperador Constantino se convertía así en el instaurador de la libertad religiosa en el mundo antiguo.

La crisis generalizada y la degradación social recrudecieron el bandolerismo. Aprovechando el deterioro del mundo romano, los pueblos bárbaros perforan la frontera de Hispania y a principios del siglo V el Imperio se resquebraja por todas partes sin que la débil autoridad del emperador pueda detener la crisis. Toda la Península es una hoguera de pillaje y luchas por el control de los antiguos territorios de la vieja metrópoli. Los visigodos derrotan a los otros pueblos bárbaros, entran en Hispania y se erigen en los herederos políticos y militares de Roma en Occidente. Con la entrada de los pueblos bárbaros muere la Hispania romana.

La población hispana, ante la caótica situación y la degradación social, no ofrece gran resistencia a la invasión de los pueblos germánicos que, desde comienzos del siglo V ponen fin a la dominación romana en Hispania.

Cuando en 409 llegan los bárbaros a la Península, los cuatro millones de hispanorromanos no pensaban en otro pasado que no fuera Roma. La completa romanización de la Península Ibérica explica el hecho de que el elemento visigodo calara tan poco en Hispania en los trescientos años siguientes, aunque hay que tener en cuenta que los visigodos llegan a Hispania ya muy romanizados, por lo que el choque cultural con los ciudadanos romanos de Hispania no es muy fuerte. Además, los visigodos no eran tantos como para ocupar toda la Península como habían hecho los romanos.

Emperadores y escritores hispanorromanos

Siete siglos de presencia romana en Hispania dejaron una herencia cultural: el latín, el Derecho y el cristianismo. La plena integración de Hispania en el mundo romano posibilitó que numerosos hispanorromanos sumaran su nombre al elenco de grandes figuras de la cultura clásica.

En el siglo I, el clan de los hispanos era una fuerza política. Alguno de sus miembros, como Licinio Sura, nombraba generales, cónsules o pretores a su antojo. Sura asesoró al emperador Nerva para que adoptara a Trajano como hijo y sucesor. Marco Ulpio Trajano se convirtió así en el primer emperador de las provincias romanas. Había nacido en Itálica, una de las ciudades más prósperas de la Bética. Su padre era un funcionario y general de Roma.

Tras la muerte de Trajano, su viuda potenció la candidatura de su presunto amante, hispano también nacido en Itálica y sobrino de Trajano. Elio Publio Adriano sería el segundo y más reconocido imperador del clan de los hispanorromanos. Su mandato fue pacífico y equilibrado. Adriano fue uno de los mejores emperadores romanos. Fomentó la cultura y favoreció a escritores e intelectuales.

Marco Aurelio Antonino Augusto (apodado el Sabio o Philosopho3) (26 de abril de 1214 – 17 de marzo de 180) nacido en Roma, fue co-emperador del Imperio romano desde el año 161 hasta el año de su muerte en 180. Fue el último de los llamados Cinco Buenos Emperadores, tercero de los emperadores de origen hispano (su padre era de origen hispano, nacido en Ucubi, actual Espejo, Córdoba) y está considerado como una de las figuras más representativas de la filosofía estoica. Marco Aurelio y Lucio Vero fueron hijos adoptivos de Antonino Pío por mandato de Adriano y los dos primeros que imperaron conjuntamente en la historia de Roma. La gran obra de Marco Aurelio, Meditaciones, escrita en griego helenístico durante las campañas de la década de 170, todavía está considerada como un monumento al gobierno perfecto. Se la suele describir como "una obra escrita de manera exquisita y con infinita ternura".

El último emperador hispanorromano fue Teodosio, que sería el último Augusto. Era natural de Couca (Coca, Segovia). Teodosio el Grande se distinguió por su ferviente fe. Catorce años después de la muerte de Teodosio, los pueblos bárbaros (suevos, vándalos y alanos) irrumpen en la Península Ibérica en la que no encuentran resistencia, ya que hacía tiempo que las legiones romanos se habían retirado.

El nuevo mundo hispanorromano de Hispania aportó al Imperio no solo los emperadores Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio, sino también destacados escritores: el cordobés Lucio Anneo Séneca, filósofo estoico y moralista; el historiador Lucano; el autor de epigramas Marcial; el geógrafo Mela, y el agrónomo Colmuela.

El carácter de estos escritores es romano primero y español después. Se ha reivindicado tradicionalmente el españolismo de unos autores que pertenecían más al mundo romano que al “español”. Eran escritores nacidos en una cultura romana que, en cuando tenían ocasión, se trasladaban al centro de esta cultura: a Roma.

Huellas de la presencia romana en la Península Ibérica

En la Península quedan todavía innumerables huellas de la presencia romana:

Circos

Mérida e Itálica.

Teatros

Tarragona, Sagunto, Alucia, Mérida e Itálica.

Anfiteatros

Mérida, Itálica y Córdoba.

Templos

Tarragona, Évora, Mérica, Vic, Talavera.

Puentes

Alcántara, Mérida, Alberregas, Ronda, Salamanca, Cangas de Onís (Asturias).

Acueductos

Mérida, Segovia, Sevilla, Teruel, Tarragona.

Termas

Lugo, Montemayor, Mérida, Malavella, Caldas de Montbui.

Foros

La Torre de Hércules.

Arcos

Bará, Medinacelli, Cabanes, Cajarra, Alcántara.

Necrópolis

Carmona, Tarragona, etc.