Crisis del Antiguo Régimen

Justo Fernández López


El Antiguo Régimen

Se denomina Antiguo Régimen al periodo comprendido entre el siglo XVI y el estallido de la Revolución Francesa (1789-1799) y las revoluciones liberales burguesas del XIX. El término fue empleado por los revolucionarios franceses de 1789 de forma desdeñosa para referirse a la estructura política, social y económica imperante en Francia hasta ese momento.

En España el Antiguo Régimen perdura brevemente en el siglo XIX hasta la Guerra de Independencia española. Al promulgarse la Constitución de 1812 en Cádiz, se abrió el proceso de constitucionalismo, tendente a suprimir la monarquía absoluta y el despotismo.

El Antiguo Régimen tiene su origen en la descomposición del feudalismo y la implantación de una monarquía absoluta aunque su poder se encontraba mediatizado por la existencia de instituciones que en ocasiones se oponían a las decisiones de la corona. Por la alianza del Trono y el Altar, la Iglesia estaba presente en todos los órdenes de la vida. En ocasiones era difícil distinguir la separación entre el poder civil y el eclesiástico. El rey ostentaba todos los poderes en su persona sin limitación alguna, como encarnación del Estado. La soberanía real encontraba su legitimación en la voluntad divina. Los derechos del monarca provenían de los designios de la providencia y el rey encarnaba el Estado.

Desde el punto de vista social, el Antiguo Régimen estaba caracterizado por la sociedad estamental, dividida entre los siguientes grupos, o clases, sociales: la nobleza, la Iglesia y el conocido como tercer estado. Las tierras estaban en manos de la corona, la nobleza y la Iglesia. El eje fundamental en este sistema lo constituye el régimen señorial y la división gremial del trabajo. Todo ello no impidió que parte de la baja nobleza fuera más pobre que algunos grupos inferiores dedicados a actividades manufactureras.

La pirámide social del Antiguo Régimen

altar rey

trono

alto clero

 

gran aristocracia

gran burguesía de negociantes y especuladores, de hecho emparentada o aparejada con la aristocracia

 

nobleza administrativa de alto rango, aparejada o emparentada con la aristocracia y la gran burguesía

Burguesías medianas de mentalidad capitalista, vinculadas a los negocios coloniales.

Pequeños maestros artesanos.

Bajo clero.

Mano de obra urbana.

Pequeños propietarios agrarios (minifundios).

Mano de obra campesina (jornaleros y aparceros).

[Fuente: Historia Universal. Editorial Salvat, 2004, vol. 16, p. 4]

En España la monarquía autoritaria de los Habsburgos, a partir de Carlo I tiene rasgos absolutistas. Pero la vigencia de instituciones señoriales en pleno vigor restaba competencias al monarca, por lo que propiamente el absolutismo monárquico se implanta en España con el primer rey de la dinastía de los Borbones, Felipe V.

Crisis del Antiguo Régimen

Se entiende por crisis del Antiguo Régimen el proceso histórico en que comienza el desmantelamiento de las estructuras del régimen señorial tardío en Europa Occidental. En España comenzaría hacia 1788, año en que muere el rey ilustrado Carlos III y sube al trono su hijo Carlos IV. Por entonces el país seguía presentando los rasgos de una sociedad feudoseñorial, a pesar de los intentos de reforma durante décadas de despotismo ilustrado.

La propiedad de la tierra

Gran parte de la tierra estaba fuera del mercado, amortizada y vinculada, lo que ocasionaba frecuentes períodos de carestía y estancamiento económico. Era necesaria una reforma profunda en el sistema de propiedad de la tierra. Las primeras amortizaciones fueron tímidos intentos para lleva a cabo una reforma agraria.

El déficit del Estado

El agobiante déficit de la Hacienda Real crecía con la continua emisión de vales reales –títulos de deuda pública– para hacer frente a los crecientes gastos que se iniciaron en 1793 con la guerra de la Convención contra Francia, que supuso una severa derrota de las tropas españolas.

El absolutismo ilustrado

El sistema político del absolutismo ilustrado ya no era capaz de resolver los graves problemas estructurales de la sociedad. Los sectores ilustrados de la burguesía exigían cada vez más reformas en profundidad para crear más libertad política, igualdad jurídica y libertad económica.

La Revolución Francesa (1789)

La influencia de la Revolución Francesa fue determinante en los acontecimientos que tuvieron lugar durante el reinado de Carlos IV. Entró en crisis la sociedad del Antiguo Régimen y se abrió la posibilidad de un primer intento de revolución liberal burguesa en España.

La crisis dinástica española

La crisis del Antiguo Régimen que había abierto las puertas a la invasión napoleónica, también coincidió con una crisis dinástica que minó el enorme prestigio de una corona milenaria. El hijo de Carlos IV, Fernando, príncipe de Asturias y heredero al trono, conspiró contra Godoy, el Primer Ministro, que había sido acusado por la opinión pública de ser el amante de la reina. Godoy fue culpado de todos los males de aquella época turbulenta.

Napoleón, que nunca había reconocido la autoridad de Fernando VII, decidió aprovecharse de la crisis dinástica española para sustituir a los Borbones por los Bonaparte. Para ello reunió a la familia real española en Bayona y entre el 20 de abril y el 5 de mayo de 1808, Napoleón obligó a Fernando VII a devolver la corona a su padre Carlos IV. Acto seguido, Carlos IV fue obligado por Napoleón a abdicar. Mientras los reyes españoles estaban encarcelados en Francia, Napoleón nombró a su hermano José Bonaparte como rey de España e Indias.

Napoleón y su política expansionista

Con la toma del poder por Napoleón en 1799, la corte española pasó a ser una mera comparsa de la política expansionista de Francia. La debilidad de Carlos IV y la crisis dentro de su familia espoleó el intervencionismo francés: el ministro Godoy es obligado a dirigir una invasión de Portugal en la guerra de las Naranjas, cuyo objetivo era cerrar los puertos portugueses al comercio británico. En 1802, Francia e Inglaterra firman la paz de Amiens; pero enseguida reanudaron sus hostilidades. España se vio envuelta en otra guerra no deseada, en la que sufrió una trágica derrota de su flota en Trafalgar (1805) ante la escuadra del almirante Nelson. España pierde una joven generación de marinos profesionales. Las colonias americanas quedaban incomunicadas, el hundimiento económico de España se hacía imparable.

La familia de Carlos IV pintada por Goya en 1800

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La composición del cuadro gira alrededor de la reina María Luisa, cuya figura queda realzada por su posición en el centro de la escena, pasando un brazo maternalmente sobre los hombros de la infanta María Isabel a la vez que coge de la mano al infante don Francisco de Paula, quien a su vez se la da al rey. La reina María Luisa, erguida, fea y dominante, domina la escena y con su brazo parece abarcar aún más el espacio. No mira al público, mira hacia un lado. La reina “tiene pretensiones y una coquetería que se le perdonaría a una chica joven y bonita”.

La reina María Luisa de Parma está situada en el centro de la escena, como señal de poder ya que era ella la que llevaba las riendas del Estado a través del primer ministro Manuel Godoy.

A su lado, Carlos IV: sonrosado, regordete y con una expresión feliz en su rostro. Es una majestad crasa y rústica, Como a Luis XVI, a Carlos IV le gusta jugar a cerrajero. Sus únicas pasiones son la caza, la relojería y la buena mesa. Falta de decisión, debilidad e ingenuidad son sus rasgos de carácter. Está convencido de que, por su cuna, está por encima de todas las cosas.

A la izquierda vemos al futuro Fernando VII sujetado por la espalda por el infante Carlos María Isidro y una joven elegantemente vestida pero sin rostro, pues representa a la futura esposa de Fernando VII, entonces todavía no elegida.

A la derecha, la infanta María Luisa, con su marido el duque de Parma, lleva en brazos al pequeño infante Carlos Luis. Ocupando el fondo están los hermanos del rey, a la izquierda María Josefa de Borbón y a la derecha Antonio Pascual, este último junto a otra figura femenina de la que solo se ve la cabeza de perfil.

El modo como se disponen sus protagonistas, se ha concebido con una intención claramente dinástica. Con un mensaje tranquilizador, la reina se presenta como madre prolífica a la vez que, mediante la inclusión prematura de la futura princesa de Asturias, cobraba mayor fuerza la seguridad en la descendencia, garantizada en cualquier caso por la presencia del pequeño en brazos de la infanta María Luisa. El eje central del retrato es la reina y hacia ella convergen las restantes figuras, dispuestas a sus lados en dos grupos compensados.

El ministro Godoy y el príncipe de Asturias, futuro Fernando VII

«La historia contemporánea se inaugura en España con un simbolismo elocuente: con el dibujo de un chorizo se representa, en arriesgados pasquines, a uno de los españoles que acumuló los mayores poderes y riquezas de todos los tiempos, Manuel Godoy. Amén de corrupto, este bribón es la demostración palpable de que lo de ascender por atractivos físicos o méritos sexuales no es de hoy. Llegó a ser el primer Generalísimo de España, gracias a una extraña intimidad con Carlos IV y María Luisa de Borbón; sobre todo con la dominante reina, de la que fue amante, según todos los indicios. “Impura prostituta” la llegó a llamar Espronceda, que fue muy moderado en comparación de lo que contaba de ella su hijo, el impresentable Fernando VII, con celos por el ascenso del valido. Los reyes y Godoy eran La Trinidad en la tierra, según la propia reina, lo que ha dado pie para que algún especialista vaya más allá y, donde muchos han visto una relación adúltera en las narices de un esposo realmente tonto, hablar de trío erótico. La inusitada relación propició que colmasen de riquezas y títulos al rapaz Godoy, que también desplegó una amplia variedad de negocios turbios para hartar su insaciable codicia.» [Ordóñez 2014]

Carlos IV, hijo de Carlos III, delegó las tareas de gobierno en una serie de secretarios de despacho o primeros ministros: Floridablanca, Aranda y Godoy. Esto dio una imagen de rey indolente y alejado de las responsabilidades políticas. Era un hombre sin carácter que no podía gobernar ni su propia casa y era tomado por la sociedad como un petimetre. Las riendas de la política estaban en manos de la reina María Luisa y del primer ministro Manuel Godoy, formando triángulo con el príncipe de Asturias, futuro Fernando VII, que intrigaba tanto contra su padre Carlos IV como contra el primer ministro Godoy, favorito de los reyes y presunto amante de la reina. Carlos IV, tras su abdicación, permaneció en Francia protegido por Napoleón. Murió en 1819 en Italia sin poder retornar a España, donde reinaba su hijo y enemigo Fernando VII.

Carlos IV estaba entregado a su mujer y era incapaz de tomar decisiones políticas y fue dócil instrumento de la reina. Conservó siempre una ingenua sencillez de corazón, incapaz de descubrir la perfidia y el engaño en los demás. Su padre, Carlos III, conociendo las limitaciones de su hijo, le había mantenido alejado de los negocios de la política. Su matrimonio con una mujer más inteligente, más vivaz y ambiciosa que él, acabó por anularlo.

Carlos era el segundo hijo varón de Carlos III y estaba destinado a reinar porque «la imbecilidad notoria de mi hijo mayor», según el rey. Se cuenta una anécdota que ilustra cómo el futuro Carlos IV no andaba sobrado de luces. En una conversación con su padre sobre la fidelidad de las mujeres, Carlitos expresa su convicción de que los soberanos y príncipes tienen la gran ventaja de que sus mujeres no les serán infieles, porque no pueden aspirar a nadie de categoría superior, pues nadie existe más grande que ellos. La reacción de Carlos III: «Pero, ¡qué tonto eres, hijo mío, qué tonto! ¡Las reinas también pueden ser putas!»

El 20 de diciembre de 1807, el conde de Tournan, enviado de Napoleón, informa al Emperador sobre la familia de Carlos IV:

«El rey de España es un buen hombre, poco inteligente, incapaz de tomar un partido. La Reina le ha persuadido de que la caza es necesaria para su salud, y él caza dos veces por día, según el tiempo que haga: por la mañana de las nueve a las doce, y de las dos a las cinco, por la tarde. Es un buen hombre, poco inteligente, que ha depositado su confianza entera en la Reina y el Príncipe de la Paz [Manuel Godoy] ... La reina de España tiene talento, pero es un talento para la intriga... No puede hacerse una idea de su perversidad... El Príncipe de Asturias tiene bastante buena educación, dirigido por un eclesiástico de origen francés, y se le supone de gran espíritu y elevación de sentimientos.»

Napoleón supo calar mejor el verdadero carácter de Fernando, pronto se dio cuenta de su bajeza y brutalidad. Como dice Fernández Almagro, “por él juzgó a su pueblo; he aquí el error de Napoleón. Creyó que España se le entregaría como el abyecto personaje que ella misma, puerilmente, se empeñaba en sublimar”.

En una carta, la reina María Luisa describe la situación:

«Nosotros pedimos al gran duque [de Berg, Murat] que salve al Príncipe de la Paz [Godoy], y que salvándonos a nosotros nos le dejen siempre a nuestro lado; para que podamos acabar juntos tranquilamente el resto de nuestros días... Esto es lo que deseamos el Rey y yo igualmente el Príncipe de la Paz, el cual estaría siempre dispuestos a servir a mi hijo en todo. Pero mi hijo, que no tiene carácter alguno y mucho menos el de la sinceridad, jamás ha querido servirse de él y siempre le ha declarado la guerra, como al rey su padre y a mí.» [Díaz-Plaja 1973: 416]

En el cuadro de Goya, vemos al futuro Fernando VII a la derecha del cuadro, detrás de Carlos IV como quien sabe que va a sucederle. Mira directamente al espectador. Es alto, fuerte. Aún no es hijo del rey, pero ya intriga para sucederle.

Tras la revolución francesa de 1789, España cierra los Pirineos ante lo que ocurre en Francia. Con sus reformas, Carlos III había dado al país una nota de modernidad y de bienestar económico. Su obra hubiera tenido un resultado positivo, aun teniendo en cuenta las pocas cualidades políticas de su sucesos Carlos IV, si no hubiera estallado en Francia la revolución burguesa que llevó a un cambio peligroso en la política interna en España.

Comienza el reaccionarismo. En estas condiciones comienza a gobernar con una juventud extremada el nuevo ministro del rey, Manuel Godoy, quien será la figura crucial del reinado de Carlos IV y de varios acontecimientos posteriores.

De origen hidalgo, Godoy fue elevado de forma meteórica al poder por Carlos IV, que le concedió títulos y honores, le dotó de una inmensa riqueza y le confió los más altos cargos del Estado, ante la incapacidad de las camarillas cortesanas del inicio de su reinado, encabezadas por los condes de Floridablanca (secretario de Estado de 1777 a 1792) y Aranda (ídem en 1792) para hacer frente a las turbulencias del momento. En unos meses, este guardia de palacio, buen mozo y bailarín brillante, asciende, por gracia de María Luisa, a duque de Alcudia, grande de España y caballero del Toisón de Oro. A los veinticinco años es primer ministro.

Godoy llevará los hilos de la política hasta el comienzo de la Guerra de la Independencia en 1808, con la oposición del Príncipe de Asturias, Fernando VII, y su camarilla reaccionaria. Manuel Godoy, echó por la borda todo el programa reformista de su antecesor y conservó solamente el aparato administrativo externo del absolutismo ilustrado: el poder ministerial y la dictadura de la administración y de la burocracia.

El reformismo borbónico y el prestigio de los ilustrado se va perdiendo al ver los excesos en que caía la revolución burguesa francesa, lo que llevó a los ilustrados a ser cada vez más despóticos para asegurar su poder y a los tradicionalistas y casticistas a propagar una reacción antifrancesa y antieuropea fomentando el casticismo y el folklorismo. La misma nobleza y la corte de Carlos IV se lanza también al frenesí casticista y folklórico y cada vez se ve más patente la decadencia de la monarquía.

Godoy sube al poder por cierto favor de la reina María Luisa. Esto y el proceder solo de una familia hidalga de Extremadura hizo que la aristocracia le mirara con recelo como un advenedizo. Lo que le atrajo, en realidad, los odios no fueron sus errores, sino la energía con que por su juventud y por su ambición intentó proseguir la política tensa y decidida de Carlos III. Al margen de sus anécdotas de alcoba, era un ministro inteligente, activo y obstinado. Protege la cultura moderna, reforma la enseñanza, fomenta la industria y persiste en los viejos proyectos de reforma de la absurda estructura agraria española.

Probablemente esté aquí el secreto de su enorme impopularidad, pues los intentos de reforma agraria le enfrentaron con los grupos que poseían prácticamente el total de la tierra cultivable en España: La nobleza y la Iglesia. Comienza una gran campaña de difamación contra Godoy que tiene pronto eco en las masas populares, sometidas a estricto monopolio informativo. Para difamarlo se aprovecha la vida privada del ministro y su política exterior.

Algunos historiadores no reconocen como verosímil la aventura de la reina con Godoy: María Luisa de Parma, además de una vida privada casi inexistente, en su condición de reina, tuvo 13 embarazos y 11 abortos, dando a luz a 14 hijos, 7 de los cuales murieron.

Godoy intentó limitar o controlar el poder de la alta nobleza. Carlos IV le dio títulos de nobleza para que pudiera tener autoridad frente a los poderosos. El rey y la reina buscaban un ministro que les fuera totalmente leal, alguien que se lo debiera todo a ellos, para poder contrarrestar la influencia de los omnipotentes ministro de Carlos III, con quienes Carlos IV y su esposa no simpatizaban ya desde cuando eran príncipes de Asturias.

La Guerra de la Convención (1793-1795)

La guerra con Francia y la Paz de Basilea de 1795. También denominada Guerra del Rosellón, Guerra de los Pirineos o Guerra de la Convención.

En 1788, hereda el trono de Carlos III su hijo Carlos IV, hombre débil y bonachón, casado con María Luisa de Parma, que intervendrá con frecuencia en los asuntos políticos de la nación.

Los sucesos revolucionarios acaecidos en 1789 al otro lado de los Pirineos, asustaron a los dirigentes españoles y provocaron un vuelco en la trayectoria reformista borbónica, empeñada en modernizar el país y acercarlo a Europa después de años de introspección y obligado repliegue.

Las tensiones con Francia no le permiten a Carlos IV dedicarse a su afición favorita, la caza. La Revolución Francesa (1789) inquieta a la monarquía Española. En 1792, Carlos IV sustituye al primer ministro Floridablanca, heredado de su padre, por el antiguo embajador en París, Aranda, que es partidario de una política neutral frente a Francia. Este mismo año, Aranda es sustituido por el favorito de los reyes, Manuel Godoy, duque de Alcudia.

El 21 de septiembre de 1792 se proclamó la Primera República Francesa y pasó a gobernar la Convención Nacional, una asamblea de representantes de todo el país que asumió los poderes y abolió la monarquía. Cuatro meses después, el 21 de enero de 1793 era guillotinado el rey Luis XVI. Por el Pacto de Familia firmado en 1759 entre Carlos III de España y Luis V de Francia se comprometía el Borbón español a ayudar militarmente a Francia en caso de guerra.

El ajusticiamiento de Luis XVI y las presiones de los coligados contra la Convención francesa, obligan a España a tomar partido y a aliarse a Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria contra la joven República Francesa. Los españoles, alarmados por la muerte del rey francés, reciben con entusiasmo la declaración de guerra.

«La alianza con Gran Bretaña, Austria y Prusia era la respuesta de la España del Antiguo Régimen a quienes habían roto el orden tradicional, fundado en el derecho de los reyes, los privilegios de la nobleza y la hegemonía de la Iglesia. Manuel Godoy, el hombre de confianza de Carlos IV, el gobernante temeroso de la revolución, el joven de veinticinco años que conquista la alcoba de la reina y sostiene las riendas del país hasta que los proyectos imperiales de Napoleón invaden el universo de Carlos IV, es quien lleva a la monarquía a una confrontación armada para la que el ejército de tierra no estaba en absoluto preparado.» [García de Cortázar 2004: 160-161]

«España levanta un ejército contra Francia, al mando del general Ricardos. Los españoles vuelven a estar “en lo suyo”. Torna a vivirse, como en los primeros días del siglo, horas de Cruzada. Los frailes predican la guerra contra los impíos de Francia. La nobleza y el pueblo rivalizan en entusiasmo. Las Órdenes Militares, especie de milicias de caballeros nobles, vuelven, como en tiempos de la Reconquista, a reunir tropas propias. Solo un español, el conde de Aranda, que aún vivía, no aprueba aquella guerra: le parece una insensatez, una aventura romántica.

Pero no es posible oponerse al entusiasmo popular donde se conserva el viejo espíritu español. Las “ideas nuevas”, las “luces” venidas de Francia, solo han llegado a unos cuantos cortesanos. La educación popular seguía siempre en manos de la Iglesia. porque el Estado no tuvo escuelas populares hasta tiempos muy modernos.» [Pemán 1958: 288-289]

Los primeros choques bélicos fueron favorables a los españoles, pero a partir de 1794 la guerra cambia de signo y se suceden las derrotas españolas: los franceses invaden España, llegando hasta Miranda de Ebro. España se ve obligada a negociar la paz con el país vecino.

El 22 de julio de 1795 se firma el Tratado de Basilea o Paz de Basilea entre la República Francesa y la Monarquía de Carlos IV. Este tratado puso fin a la Guerra de la Convención entre los dos países que se había iniciado en 1793 y que había resultado un desastre para la monarquía española, pues las "provincias vascongadas" y el norte de Cataluña acabaron ocupadas por las tropas francesas. Este tratado se firmó después de la firma de la paz entre Francia y Prusia en abril de ese mismo año.

Por la Paz de Basilea de 1795, Francia devolvía las plazas conquistadas en la Península, y España entregaba parte de la isla de Santo Domingo a Francia. El primer ministro Godoy recibe el título de Príncipe de la Paz por la gestión de la paz con Francia. Desde entonces España siguió una política de amistad con Francia y se vio envuelta en las guerras de Napoleón.

El comercio americano languidecía, víctima de la guerra librada con la armada inglesa en el Atlántico, la situación financiera del Estado era insostenible. Impelido por la necesidad de buscar nuevos recursos ante el déficit que generó la intervención española en la Guerra de la Convención, Godoy puso en marcha un tímido intento de desamortización, que afectó únicamente a bienes marginales dentro del patrimonio eclesiástico. El objetivo era sostener la sociedad tradicional, pero estas medidas favorecían, paradójicamente, a los liberales en su lucha por enterrar el Antiguo Régimen. La desamortización se prolongaría hasta 1808. Durante este periodo pasó una sexta parte de las propiedades de la Iglesia a las manos de comerciantes y terratenientes, al carecer los labradores que cultivaban las fincas desamortizadas de medios para entrar en la subasta pública. Los campesinos se verán obligados a mendigar un trabajo en los latifundios.

Con la reforma agraria, la liberalización de los precios de las manufacturas y la reducción del poder de los gremios, Godoy devuelve a la Corte el espíritu ilustrado del reinado de Carlos III. Pero la Corona se ve enturbiada por el desprestigio que rodea la figura de Godoy. La guerra contra los revolucionarios franceses había agrietado la idea de la posibilidad de una reforma nacional. Los excesos revolucionarios en el país vecino eran para la Iglesia y la nobleza la prueba de que las reformas llevan a la anarquía y a la impiedad. A los desórdenes de la revolución, el pensamiento reaccionario opone la paz del absolutismo monárquico y de la tradición. Alarmados por el terror revolucionario en Francia, algunos ilustrados cambian de programa.

La Alianza con Francia – Tratado de San Ildefonso de 1796

Tras la Paz de Basilea, España vuelve a la tradicional alianza con Francia contra Inglaterra. Esta alianza se selló en el Tratado de San Ildefonso, firmado en 1796. Se iniciaba así una deriva diplomática en la que el ascenso al poder de Napoleón en 1799 y la debilidad del gobierno de Godoy llevaron a España a una creciente dependencia de la política exterior francesa y, por consecuencia, al enfrentamiento con Inglaterra

Por el Tratado de San Ildefonso en 1796, se firme la alianza militar entre España y Francia, cuando Francia estaba embarcada en las guerras de su etapa revolucionaria. Según los términos del acuerdo, ambos Estados convenían en mantener una política militar conjunta frente a Gran Bretaña, que en esos momentos amenazaba a la flota española en sus viajes a América.

Tras la firma en 1795 de la Paz de Basilea, por la cual se puso fin a la guerra hispano-francesa del Rosellón (1793-1795), ambos países decidieron unir sus fuerzas contra Gran Bretaña, enemigo común: Francia se encontraba en guerra contra la Primera Coalición, unión de varios países entre los que Gran Bretaña era la principal potencia, mientras que España era objetivo de la flota militar británica en las colonias americanas.

«Tras la muerte de Carlos III, la prueba para la mentalidad moderna vendrá con la revolución francesa (1789). Los conservadores exultan de alegría y los reformadores se entristecen porque los hechos del país vecino parecen dar la razón a los primeros en sus temores. Efectivamente, tal y como predecían los tradicionalistas, la “Filosofía” ha llevado al ateísmo, las “luces” a la guillotina. Al poner en tela de juicio los valores eternos no se han contentado con cercenarlos, simplemente los han abolido, llegando incluso a poner las manos en el Ungido Rey de los franceses y ejecutarle. [...]

Confirmando sus temores, la reforma, desde luego, dio un brusco parón. La Inquisición volvió a levantar cabeza. Los libros de Francia fueron inspeccionados en la frontera. Y cuando se declare la guerra a Francia habrá una violenta explosión de entusiasmo. Coincidirán en la empresa reformadores y tradicionalistas. Los segundos porque verán en la Francia revolucionaria y asesina de su rey, una prueba más de la maldad total. Los primeros, ofendidos por haberles dejado mal en sus admiraciones ultrapirenaicas.

La Reforma y la Tradición quedan así en suspenso, frente a frente unos años. La guerra con Francia termina con la derrota española –lo que asombra una vez más a los tradicionales al ver que Dios no les ha ayudado como debería– y obliga a una nueva colación con la Francia del Directorio, algunos de cuyos miembros votaron contra la vida de Luis XVI. Con Napoleón que parece dar dignidad a la Revolución parece más fácil la alianza... hasta que la invasión francesa obligue a escoger campo de forma irrebatible...» [Díaz-Plaja 1973: 409-410]

La Paz de Basilea era el preámbulo de una alianza con Francia. Un año después de la Paz de Basilea, Godoy restaura la alianza francoespañola para luchar contra Gran Bretaña, convencido de que la penetración británica en el mercado americano amenazaba las posesiones españolas en el nuevo continente.

Godoy entra en conversación con la Convención francesa primero y con el Directorio después y así se firma el Tratado de San Ildefonso en 1796, por el que España ponía su excelente flota a disposición de Francia. España colabora en las campañas napoleónicas de Italia y frente a Inglaterra, lo que le acarrea la pérdida de la isla de Trinidad.

Al tiempo que se mantiene esta alianza con la Francia revolucionaria, en el interior se libra una dura batalla contra la propagación de las ideas revolucionarias del país vecino.

La Guerra de las Naranjas y Segundo Tratado de San Ildefonso

Tratado de San Ildefonso de 1796, o segundo tratado de San Ildefonso, por el que Francia y España acordaban mantener una política militar conjunta frente a Gran Bretaña.

Napoleón sube al poder como primer cónsul y se dispone a hacer una alianza con España para disponer de un punto de apoyo en América. El general Berthier consigue en Madrid el segundo Tratado de San Ildefonso por el que se obliga a España a declarar la guerra a Portugal, aunque la infanta Carlota Joaquina, hija de Carlos IV, era esposa del heredero de Portugal. Es la Guerra de las Naranjas. Portugal se compromete a cerrar sus puertos a los barcos ingleses.

Esta guerra duró del 16 de mayo al 6 de junio de 1801, supuso la cima de la gloria del valido. Napoleón conmina a Portugal a que rompa su alianza tradicional con Inglaterra y cierre sus puertos a los barcos ingleses. En esta pretensión arrastró a la España del ministro Manuel Godoy, mediante la firma del tratado de Madrid de 1801. España se comprometía a declarar la guerra a Portugal si esta mantenía su apoyo a los ingleses. Se desencadena la Guerra de las Naranjas, que recibe este nombre debido al ramo de naranjas que Godoy hizo llegar a la reina María Luisa cuando sitiaba la ciudad de Elvas.

En esta campaña militar un ejército español, bajo el mando del propio Godoy, ocupa sucesivamente una docena y media de poblaciones portuguesas. La paz se firma en Badajoz el 6 de junio (Tratado de Badajoz), devolviéndose todas las conquistas a Portugal, con la excepción de Olivenza y su territorio, que ya era un viejo contencioso fronterizo entre los dos países. La línea divisoria entre España y Portugal se fija en el río Guadiana en aquella zona.

España se subyuga a Napoleón, envía embajadores a París, aplaude su coronación como emperador y firma una alianza ofensivo-defensiva con Francia en 1805 a raíz de un incidente naval con Inglaterra, que había asaltado cuatro galeones españoles procedentes de América. Esta alianza llevó a España a poner nuevamente a disposición de Napoleón la flota española, que la necesita para el desembarco en Inglaterra.

En 1805, Napoleón diseñó una estrategia para lograr ese fin: la flota aliada hispanofrancesa debía atraer a la británica hacia las costas americanas, luego los buques aliados retornarían a Europa para cubrir el canal de la Mancha mientras se producía el desembarco. Pero el almirante británico Horatio Nelson descubrió la maniobra y la flota británica entabló combate con la aliada a la altura del cabo Finisterre (Galicia), en donde seis buques de la coalición fueron hundidos el 22 de julio de ese año.

La escuadra francoespañola se reagrupó en Ferrol y en el mes de agosto siguiente hubo de refugiarse en el puerto de Cádiz. La armada española salió a mar abierto para presentar batalla a las fuerzas británicas de Nelson, que se hallaban en aguas del estrecho de Gibraltar.

El 21 de octubre de 1805, ambas flotas se encontraron cerca del cabo de Trafalgar (provincia de Cádiz). El final de la Batalla de Trafalgar supuso la rendición de la flota española, lo que revalidó de manera definitiva la superioridad británica en los mares y se desbarató el plan del emperador Napoleón I Bonaparte de invadir Gran Bretaña.

Conflicto dinástico y política de Manuel Godoy

A los continuos desaciertos en política exterior hay que añadir los conflictos en política interior. Comienza la oposición a la omnipotencia de Manuel Godoy, al que se acusa de haber logrado su rápido ascenso desde guardia de Corps a primer ministro gracias al favor excesivo de la propia reina María Luisa. Corren rumores de que Godoy es el amante de la reina. Frente a Godoy se iba formando un partido favorable al príncipe de Asturias, Fernando (futuro Fernando VII), al que asesora el canónigo Escoiquiz.

La figura de Godoy era crecientemente criticada en los medios influyentes del país. La  derrota naval de Trafalgar que había desbaratado el poder marítimo español y la crisis económica concretada en el enorme déficit del Estado y en la drástica disminución del comercio con América avivaron la oposición de la nobleza, desairada por el favor real a un "advenedizo" como Godoy, y del clero, asustado ante la tímida propuesta de desamortización de bienes  eclesiásticos. Este descontento cristalizó en la formación de un grupo de oposición en torno al Príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, que empezó a intrigar para acabar con el gobierno de Godoy y de Carlos IV.

Por ser el querido de la reina, Godoy se ha hecho muchísimos enemigos. Tras la derrota franco-española en la batalla de Trafalgar el 21 de octubre de 1805, los enemigos de Godoy se agrupan en torno al presunto heredero de Carlos IV, su hijo Fernando VII. La confusión reina en la corte. Por intriga doméstica, Fernando VII intenta apoderarse del trono paterno, pero es descubierto por Godoy, que ordena detener en El Escorial al heredero al trono. Temiendo, sin embargo, que los defensores de Fernando hubieran logrado el respaldo de Napoleón y él pudiera perder su principado portugués, suplica a Carlos IV que los absuelva.

Tratado de Fontainebleau en 1807

Godoy, que ve la forma insensata en que sus enemigos se echan en brazos de Napoleón, no encuentra otro camino para contrarrestarlos que estrechar a su vez la alianza con el emperador francés. Es así como surge el Tratado de Fontainebleau, firmado en 1807, por el que se acordaba la acción conjunta de España y Francia para la conquista de Portugal que se niega a someterse al bloqueo de Inglaterra ordenado por Napoleón. Portugal se repartiría entre Francia y España, para lo cual se acordaba que entraría en la Península un cuerpo expedicionario francés.

Este tratado ha sido interpretado como el origen de la invasión francesa, pero la historia demuestra que el partido enemigo de Godoy estaba dispuesto a ir mucho más allá en sus concesiones, y fue este partido el que entregó al final la familia real española al emperador francés.

Las tropas francesas ya habían empezado a entrar en España cumpliendo el tratado firmado en Fontainebleau, pero en lugar de dirigirse a Portugal directamente, como exigía el tratado, iban demorándose en su marcha y ocupando objetivos y posiciones estratégicas en España. Nada de esto advertía el partido que apoyaba al príncipe Fernando contra Godoy. Los fernandinos veían en el apuesto general de las tropas francesas Murat, gran Duque de Berg, y cuñado de Napoleón, “a un enviado del Señor” (según algunos sermones de la época) que había de destronar la maldad poniendo en el trono al deseado príncipe Fernando, futuro Fernando VII. El fanatismo religioso y los intereses materiales de las clases privilegiadas, valiéndose del monopolio informativo sobre las masas, hizo que los ejércitos franceses fueran aclamados en Barcelona por las masas. 

Por el Tratado de Fontainebleau (27 de octubre de 1807), Portugal se dividiría en tres partes: la del norte, para compensar a los destronados reyes de Etruria, la del centro, para cambiarla por Gibraltar y las colonias arrebatadas por los ingleses, y la del sur, para Godoy, como príncipe de los Algarves. Napoleón garantizaba a Carlos IV la posesión de sus Estados de Europa y tomaría el título de emperador de las Américas. Un ejército francés entraría en España camino de Portugal, al que seguiría otro español. Cuando Godoy descubriera que en los cálculos napoleónicos, además de someter a Portugal, se hallaba el de ocupar la propia España, ya no tendría remedio.

El tratado había sido una ficción de Napoleón, que planeaba apoderarse de España. Cuando los reyes y Godoy se dan cuenta de las verdaderas intenciones de Napoleón, ya es tarde. El 17 de marzo de 1808 estalla el motín Aranjuez. Carlos IV abdica en su hijo Fernando VII.

El Motín de Aranjuez (17-19 de marzo de 1808)

El Motín de Aranjuez fue una sublevación que se produjo entre el 17 y el 19 de marzo del año 1808 y que concluyó con la destitución del primer ministro Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando. Fue la primera revuelta popular en la historia que depone a un monarca. Fue instigado probablemente por el círculo de aristócratas y clérigos que rodeaba a Fernando, quien ya había intentado lo mismo el año anterior en la conspiración de El Escorial, y recogía el malestar social contra el ministro Godoy por su política de alianza con Napoleón sellada en el Tratado de Fontainbleau de 1807.

Las causas del motín hay que buscarlas en el descontento de la nobleza, la impaciencia del Príncipe de Asturias (el futuro Fernando VII) por reinar, la acción de los agentes de Napoleón, las intrigas de la Corte, así como el temor del clero a las medidas desamortizadoras.

Durante el despotismo y absolutismo borbónico, la burguesía española tuvo una protección especial y fue favorecida por los dirigentes, fue casi creada artificialmente, pues no existía como en Francia. La burguesía española no estaba madura para asumir responsabilidades políticas. Los desastres bélicos, el arrinconamiento político de la nobleza y el enfado del clero ante las medidas de desamortización llevadas a cabo por Godoy unieron a la oposición en torno al príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII.

El pueblo se pone del lado de Fernando VII contra Godoy. La nobleza y el clero –enemigos de Godoy por sus “amores” con la reina– esperan el momento de derribar al primer ministro. El pueblo estaba entregado al clero y a la nobleza y profesaba una devoción monárquica sin límites. Lo que provoca en España la caída de la monarquía no ha sido ni la burguesía ni el pueblo en sí; fue fruto de los errores cometidos por la misma monarquía y sus gobiernos incompetentes.

El pueblo muestra su vena sentimental al ver a un monarca viejo y abobado, a una reina enjoyada y mandona; a su lado un apuesto mozo que ha subido en la escala social gracias al favor de la reina. Por otro lado, un príncipe joven del que el pueblo cuenta que es víctima de su madre, de su padre y del amante de su madre.

Godoy era odiado por el pueblo como dictador y amigo de los franceses. Pero es que amigo de los franceses lo eran todos en la Corte. Había una carrera a ver quién conseguía la protección de Napoleón. Carlos IV se arrodillaba ante el francés pidiéndole protección contra el malvado de su hijo, mientras que este se arrastraba ante el emperador.

En una carta a Fernando VII, Napoleón le da una lección de moral: «Siendo Rey sabrá cuán sagrados son los derechos del trono; cualquier paso de un príncipe hereditario cerca de un soberano extranjero es criminal.»

Otros españoles descontentos con el régimen, ponen sus esperanzas en Napoleón, cuya revolución liberal daba respuesta al desea de cambio de una parte de la minoría ilustrada.

Los franceses iban ocupando lugares estratégicos en España. Ante la ocupación clandestina de la Península por los ejércitos franceses, la Corte despierta sobresaltada. Cuando Madrid fue ocupado por una gran cantidad de tropas francesa al mando del general Murat, cuñado de Napoleón, Godoy trama la huida de la familia real hacia el sur, en dirección a Cádiz como lugar más apartado y seguro, pues así estarían más protegidos del emperador y, si fuera necesario, tendrían vía libre para partir hacia América.

El 17 de marzo de 1808, camino del sur, en Aranjuez, el pueblo, advertido de la fuga de los reyes y atribuyéndolo todo al odiado Godoy, quien creían vendido a Napoleón, se levantó con un terrible alboroto. Una legión de soldados, campesinos, vagabundos y sirvientes se abre paso en tromba y asedia el palacio real. El ministro Godoy se libró con dificultad de las iras del pueblo, que agitado por provocadores comenzó a exigir la subida al trono del príncipe Fernando. Carlos IV calmó a los sublevados privando a Godoy de todos sus cargos y renunciando la corona en su hijo Fernando, que era muy popular y querido. Las autoridades no movieron un solo dedo para evitarlo.

Tras el motín de Aranjuez, los palacios y posesiones de Godoy fueron objeto de rapiña. El Estado se hizo con la posesión de muchos sus bienes, otros fueron a parar a menos extranjeras. El motín fue rentable económicamente para muchos. Para España, sin embargo, supuso la ruptura de la legalidad, el exilio de su familia real y el vacío de poder, la invasión francesa, la pérdida de soberanía de España sobre su territorio, la expoliación de sus tesoros y luego el reinado del rey más nefasto que tuvo España en el siglo XIX, Fernando VII, tras cuyo ominoso reinado dejó por herencia unas guerras carlistas que hicieron del siglo XIX uno de los más turbulentos de la historia del España.

La propaganda napoléonica manipuló la realidad para poner al pueblo en contra de Godoy y de los reyes. A este propaganda se unió más tarde la propaganda aún más negativa Fernando VII, que había considerado siempre a Godoy como un peligroso rival.

La actuación política de Godoy fue vacilante: favoreció el regalismo y el enciclopedismo y mantuvo a raya a la Inquisición, que también aprovechó para sus fines. Autorizó la vuelta de los ilustrados jesuitas, expulsados por Carlos III. Su oposición a los privilegios de la alta nobleza le atrajo el odio de la parte de este estamento más cercana a Fernando VII, que constituía la facción más reaccionaria de la España de esos años.

Los acontecimientos de Aranjuez fueron los primeros estertores de la agonía del Antiguo Régimen en España. El pueblo había sido manipulado, pero en cualquier caso, su intervención fue decisiva, puesto que no solo consiguió la renuncia del odiado ministro Godoy, sino también la renuncia de del rey Carlos IV y la subida al trono de un nuevo rey, Fernando VII, legitimado por la voluntad popular. Caro fue el precio pagado: la sangre de la Guerra de la Independencia y un posterior nefasto reinado de Fernando VII nefasto que al morir provocaría las guerras carlistas.

Napoleón mantiene secuestrados a los reyes en Bayona

El nuevo rey, Fernando VII, entró en Madrid en medio de un verdadero delirio de entusiasmo popular. Pocos días después, su padre Carlos IV declaró que su renuncia en Aranjuez había sido arrancada por la fuerza y no tenía valor alguno.

El general Mural, que mandaba las tropas francesas en España, convence a Fernando VII de la necesidad de entrevistarse con Napoleón en Bayona (Francia), donde de común acuerdo se arreglaría aquel asunto. Los dos cayeron en la trampa. Fernando VII acude a la cita y queda secuestrado por Napoleón con el propósito de obligarle a que le entregue la sucesión al trono de España y así tomar posesión legal de la Península.

Fernando VII firmó su renuncia devolviendo la corona a su padre, su padre firmó la entrega a Napoleón, y este firmó el nombramiento de rey de España a favor de su hermano José Bonaparte, que es declarado rey de España como José I.

la Guerra de la Independencia (2 de mayo 1808-1814)

El 2 de mayo de 1808 comienza la guerra de la Independencia iniciada por el pueblo contra los franceses. Esta fecha marca la entrada dramática en la política española de la masa como directora de los destinos políticos de la nación.

Con Fernando VII comienza una nueva etapa en la historia de España, una etapa bajo la protección de las bayonetas de Napoleón. Tras unas semanas, un grupo de conspiradores, por miedo a la vuelta de la dictadura de Godoy, aprovechando las emociones populares de nacionalismo y libertad, provocan el levantamiento popular contra el invasor francés.

España era una monarquía unida por pactos de familia a Francia, por eso se opone a la Revolución Francesa y al aprisionamiento del Luis XVI. Pero esta oposición y amistad no tendrá vigor y a la postre España entrará en la órbita de la difusión revolucionaria: mientras se enfrenta a las tropas de Napoleón, se extienden por España las ideas que la revolución francesa defendía por Europa. España combate a los franceses y, al mismo tiempo, se liberaliza.

La monarquía no pudo sustraerse al torbellino de los acontecimientos. Todos los esfuerzos por taponar la brecha de la revolución francesa resultaron estériles. Una avalancha de panfletos reclamando reformas invade los centros burgueses españoles con la complicidad de Francia y convierte a Cádiz en el corazón de la propaganda subversiva. Las librerías y las imprentas clandestinas prepararon el ambiente del que pronto saldrían las Cortes liberales de 1812, llamadas a afrontar la necesaria regeneración del país.