Balance de las legislaturas de Felipe González

Justo Fernández López


BALANCE DE LAS LEGISLATURAS SOCIALISTAS DE FELIPE GONZÁLEZ

«En verdad, si comparamos la situación de la que parte en 1982 el Ejecutivo socialista y la que deja al abandonar el Gobierno en 1996, la única actitud lógica y honesta es sentir orgullo gratificador por el cambio que el pueblo español ha experimentado en tan pocos años. Se hace realidad una frase ligera pero con fondo y contenido que dije al comienzo del mandato: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”.

Nunca en España se vivió una etapa de tantos avances como la que va de 1982 a 1996, que puede ampliarse si se quiere haciéndola comenzar en 1977 con la recuperación democrática. Nunca en España hubo menos desigualdades, nunca hubo más bienestar, más desarrollo económico, más libertad, más solidaridad, mejor salud y educación, más garantía de sostén público ante el desempleo, la enfermedad o la jubilación.

España ha sido secularmente un país de grandes desigualdades; algunos reducidos grupos de familias acaparaban la riqueza de la nación, abandonando a unas condiciones cercanas a la indigencia a la gran mayoría de la población. En los últimos veinticinco años la desigualdad ha sufrido un profundo cambio. Los informas del Banco Mundial ofrecen unas cifras muy favorables para la evolución de la desigualdad en España. Las estadísticas se prestan a ser usadas con la intención de obtener conclusiones deformadas. Voy a procurar un limpieza absoluta en su utilización.

Los indicadores de desigualdad se obtienen comparando la renta que acapara el porcentaje (10, 20, 40 por 100) económicamente más elevado de la población con el porcentaje (10, 20, 40 por 100) de más baja condición económica.

Comprobar que la participación del 40 por 100 de los hogares con rentas más bajas alcanza solo un 22 por 100 de la renta del país puede resultar injusto, pero si comprobamos qué significa en el conjunto de los países más ricos de la Tierra, salta la sorpresa. España ocupa el primer lugar en la tabla de igualdad, pues en todos los demás (Japón, Bélgica, Holanda, Grecia, Noruega, Italia, Alemania, Finlandia, Israel, Canadá, Dinamarca, Francia, Suiza, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Australia, Reino Unido) el 40 por 100 de los hogares más pobres participan de cifras sensiblemente menores de la renta. La fuente es el Informe Mundial de Desarrollo Humano 1995 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Según las mismas fuentes, España solo es superada por Japón si consideramos la relación entre la riqueza de la quinta parte más rica del país y la de la quinta parte más pobre. En nuestro país la relación es de 4,4 veces más tienen los ricos respecto de lo que poseen los pobres. En el año 1989 estaban por detrás, tenían más desigualdad, países como Holanda, Suecia, Bélgica, Alemania, Noruega, Finlandia, Italia, Dinamarca (7,1), Francia (7,5), Suiza, Reino Unido (9,6), etc. Solo Japón (4,3) superaba muy ligeramente a España.

El grito que repetían los trabajadores en la huelga general contra la política antisocial del Gobierno era un grito equivocado. La política social del Gobierno había logrado colocar a España a la cabeza de los países ricos del mundo en cuanto a igualdad social. [...]

No me quedan dudas de que la población que mostró ampliamente su disconformidad con el Gobierno lo hizo con razones, mas no con la razón esgrimida para ir a la huelga general, la política antisocial del Gobierno. Los datos aportados son suficientemente elocuentes, pero se podían añadir muchos más. Observemos unos pocos indicios que nos sirvan para valorar la evolución durante esos años. Si en 1982 se gastó en pensiones contributivas de la Seguridad Social 1.317.765 millones de pesetas (fijemos a esta cifra un índice de 100), en 1988 el gasto fue de 2.951.176 millones (el índice fue 224). Se multiplicó el gasto en pensiones en solo seis años por 2,24, pasando de representar el 6,7 por 100 del Producto Interior Bruto (PIB) al 7,3 por 100 en un plazo tan corto.

Es digno de orgullo constatar que el país del analfabetismo histórico alcanzó el cuarto puesto del mundo en la tasa de escolarización. En resumen, la crítica global al Gobierno socialista a causa de una política antisocial coincide justamente con la creación de un Estado de Bienestar nunca conocido en España. Y el mérito de los españoles es aún más valioso porque construyeron su Estado de Bienestar precisamente cuando el aparato ideológico y mediático repetía incesantemente la tesis de Ronald Reagan de la crisis del Estado del Bienestar. Un sistema, el español, que supo combinar el aumento de impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social con un alto crecimiento del PIB, que hizo crecer los gastos sociales más deprisa que el PIB, que logró unas tasas de igualdad nunca conocidas en España.

Las relaciones de UGT (Unión General de Trabajadores) con el Gobierno fueron haciéndose cada vez más tensas, encadenándose hacia una huelga general seguida cómodamente por Comisiones Obreras (CC OO), bajo el liderazgo opositor de Nicolás Redondo.

¿Cuáles fueron las razones que desembocaron en una fuerte deslegitimación del Gobierno? La oposición política parlamentaria mostraba una debilidad extrema, no poseía capacidad para instrumentar una crítica global al Gobierno que pusiera en causa el predominio electoral socialista. Su ausencia como elemento equilibrador del poder ejecutivo fue sustituida por los medios de comunicación y por los sindicatos. Ellos conocían bien el esfuerzo en materia social que estaba haciendo el Gobierno desde 1982, pero se enfrentaban a algunos ministros que no tenían escrúpulos en fustigar el papel del sindicalismo tomando como referencia lo que había sucedido con ellos en Gran Bretaña. Además, se había formado –y el Gobierno podía tener parte de responsabilidad– un esquema de desarrollo económico que tomaba públicamente referencia en personajes nuevos del mundo económico, de éxito fácil y rápido, creando una suerte de agravio con los trabajadores sometidos a reconversión industrial o con una moderación salarial que significa sacrificios en la capacidad de compra para su vida cotidiana. La arrogancia de algunas declaraciones de miembros del Gobierno y probablemente el conocimiento de los dirigentes del sindicato UGT de algunas intervenciones en las reuniones anteriores a los Consejos de Ministros, en las que se instaba al Gobierno a aprovechar un momento de debilidad de los sindicatos para darle el golpe final que eliminara su fuerza social, había ido creando una furia mitad política, mitad personal que impedía cualquier operación de acercamiento para evitar lo que ya parecía inevitable: una huelga general de gran calado social. [...]

Pero la huelga general de 1988, con los consiguientes intentos de acuerdo entre el Gobierno y los sindicatos, tuvo una trascendencia más importante. Como había interpretado Felipe González, el modelo de concertación social que fue concebido durante la transición política se había terminado. Fue la primera ruptura de los tres pactos de la transición.

La recuperación democrática que se inicia con las primeras elecciones libres de 1977 había dibujado un escenario político con dos grandes partidos –desde el punto de vista electoral–, UCD y PSOE, más otros partidos menores en votos representantes de la izquierda comunista (PCE), de la derecha del antiguo régimen (AP) y de los grupos nacionalistas periféricos (PNV, CiU y ERC). Los partidos principales, UCD y PSOE, con un apoyo prácticamente unánime, entendieron la conveniencia y aun la necesidad de lograr una concertación política (que diera estabilidad a la democracia naciente), una concertación social (que asegurase prosperidad, progreso económico y social) y una concertación territorial (que lograse integrar a los nacionalismos periféricos hasta entonces ajenos a la construcción del Estado). Las tres modalidades de concertación tuvieron su materialización en el consenso constitucional (concertación política), los Pactos de la Moncloa (concertación social) y el Título VIII de la Constitución (concertación territorial).

Los tres acuerdos conocieron su puesta en causa en un futuro demasiado lejano. La actitud posterior a la huelga general supuso el fin de la concertación social como fue entendida en la transición. El pacto político quedó suspenso cuando en 1989 el partido que pierde las elecciones (AP) pone en crisis la validez democrática de la consulta y se rompe con la operación antidemocrática del OO entre 1993 y 1996. La estrategia de reformas de los Estatutos vasco y catalán del año 2005 había de quebrar el acuerdo territorial que se logró con la Constitución de 1978. Comenzaba así, en 1988, la revisión parcial del gran acuerdo democrático que ha permitido a España vivir los mejores años de su historia contemporánea.»

[Guerra, Alfonso: Dejando atrás los vientos. Memorias 1982-1991. Madrid: Espasa-Calpe, 2006, pp. 325-333]

«-Veinte años después, ¿qué recuerdo tiene de la noche de la victoria del PSOE en 1982?

-La alegría. Había una enorme alegría en la gente, en la calle. Era una especie de llamarada de esperanza. Y también la sorpresa. Cuando anuncié los resultados, con los 202 diputados para el PSOE, no se oyó una mosca en la sala.

-¿Cree que hay ya suficiente perspectiva histórica para juzgar a los gobiernos socialistas?

-La hay para hacer un análisis. Si uno busca una etapa de doce años y toma cualquier modelo de índice comparativo (de capitalización, producción, educación), la etapa socialista es la mejor de la historia moderna de España. Aunque algunos por prejuicios no lo acepten.

-El PP, sin embargo, sigue identificando la etapa socialista con paro, corrupción y despilfarro.

-La derecha, no sólo el PP sino el corazón de la derecha del país, tiene que borrar el pasado de la dictadura, que tienen pegado a la espalda (sólo hay que ver la nómina de los apellidos de los altos cargos), y ha inventado que en el siglo XX la etapa fea no fue el franquismo, sino el socialismo. Pero la realidad es que la etapa de Aznar en el Gobierno es más corrupta en el terreno económico que la dictadura de Franco. Aquellos eran más austeros, éstos son nuevos ricos.» [Alfonso Guerra]


«El desgaste del centro-derecha en la transición, los problemas de fondo de la política española (segundo choque petrolífero, incremento extraordinario del terrorismo, una notable agitación regionalista y nacionalista...) y las escisiones de la UCD, factores todos ellos bien aprovechados por el PSOE, que inteligentemente había evolucionado desde el programa máximo marxista-leninista a posiciones socialdemócratas templadas («el cambio consiste en que las cosas funcionan») explican la amplísima victoria del Partido Socialista en octubre de 1982 (48% de los votos, es decir, 4 puntos más que el 44% que dio la mayoría absoluta al PP en el año 2000).

Fieles a la disposición «conservadora» con la que el Partido Socialista se presentó a las elecciones de 1982, el gobierno y la amplia mayoría del país que le apoyó se atuvieron, según la autorizada opinión de Víctor Pérez-Díaz, a una trayectoria de mantenimiento de los pactos básicos de la política iniciada por los gobiernos centristas de la transición.

La gestión de tantos años de gobierno socialista tiene, naturalmente, luces y sombras. Sería injusto desconocer la importancia de los esfuerzos de modernización de España en determinados ámbitos y la expansión del Estado de bienestar, aunque el balance de la gestión de algunos servicios esenciales como la educación y la sanidad fue claramente mejorable. En todo caso, los altos niveles de gasto público, juntamente con políticas monetarias erráticas, sustrajeron a la economía productiva importantes masas de recursos, elevaron a niveles astronómicos la deuda pública y provocaron altísimos tipos de interés. Todo esto, junto con las rigideces estructurales de sectores básicos de la economía (energía, telecomunicaciones, etc.) y un sector público empresarial endeudado a límites insoportables, abocó a la economía española a unas tasas de paro inaceptables (un 24%, que era el doble de los niveles medios europeos) y puso en grave riesgo todo el sistema de pensiones.

Los últimos años de gobierno socialista estuvieron marcados, lamentablemente, por los escándalos políticos relacionados con los GAL, el empleo de los fondos reservados, el asunto Roldán, otros casos de enriquecimiento privado a expensas de los fondos públicos y el asunto Filesa. Por desgracia, además, el asunto de los GAL debilitó en extremo las capacidades del Gobierno para plantar cara en el País Vasco al nacionalismo etnicista que, por el contrario, dispuso esos años de muchas facilidades para implantar políticas educativas y de comunicación tendentes a la expansión proselitista de ese modelo de nacionalismo en toda la sociedad vasca.

Fue preciso el cambio de política de 1996, el triunfo del PP, para que la política económica española diera un giro de 180 grados (reducción del gasto público, liberalización de la economía, acuerdos sociales, privatizaciones,...) y España se pusiera a la cabeza de Europa en crecimiento económico y creación de empleo con mejoras incluso en los sistemas de protección social (pensiones, educación y sanidad). Desde el más absoluto respeto al Estado de Derecho, el Gobierno del PP, con el apoyo bien estimable, ciertamente, del PSOE, ha podido afrontar, cada vez con mayor fuerza, al desafío terrorista y ha sido capaz de liderar una reacción política, social y cultural en la propia sociedad vasca contra los nacionalismos excluyentes que apoyan o dan coartada a la violencia terrorista como nunca se había conocido.

A los 20 años del gran triunfo socialista de 1982, para bien de España, deseo a ese centenario partido, que es el PSOE, que, superados los errores y los traumas que le llevaron a su derrota de 1996, recupere lo mejor de sus esencias sociales y democráticas y pueda desempeñar con eficacia en la vida política de nuestro país, el papel que en cada momento le asigne el pueblo español.»

[José Manuel Romay Beccaría: “20 años del triunfo del PSOE 982-1996: Una esperanza frustrada”, en La Voz de Galicia – 27.10.2002]


El día en el que acabó la Transición

-Hace veinte años diez millones de españoles votaron «por el cambio».

La llegada del PSOE al poder supuso el final de la Transición y el comienzo de la actual etapa democrática.

Minutos después de saludar por la ventana del hotel Palace a la multitud que celebraba en la calle la victoria aquella noche del 28 de octubre de 1982, Felipe González -Sevilla, 1942-, descendió a la sala en la que aguardaba la prensa e hizo un intencionado llamamiento a la serenidad. Era un mensaje velado a la banca, que temía una nacionalización; a la Iglesia, preocupada la posible descristianización de la política, al Ejército, en el que aún se escuchaba ruido de sables. González, que acababa de recibir el aval de diez millones de españoles -el mayor número de votos en la historia de la democracia- era quizás el más sorprendido por una victoria que, pese a estar prevista, sólo había sido pronosticada por su mano derecha, Alfonso Guerra.

La campaña que llevó a González a la Moncloa había sido diseñada punto por punto por quien estaba destinado a ser el vicepresidente del primer gobierno socialista. Guerra había llamado a las puertas de los bancos de media Europa hasta reunir los 1.120 millones de pesetas que hicieron falta para financiar el despliegue: una avioneta alquilada y dos autobuses de dos pisos a disposición del candidato, tres caravanas festivas, doce millones de carteles, 5.000 ediciones del programa electoral y 150.000 militantes y simpatizantes dedicados a velar por el éxito de los 10.000 actos públicos que se celebraron en las distintas provincias.

El cambio

En los cuarenta mítines que pronunció a lo largo de diecinueve días, González repitió machaconamente unos pocos mensajes que sintetizaban el cambio: regeneración ética de la sociedad, moralizar la vida pública, recuperar el orgullo del trabajo bien hecho, igualdad de oportunidades en la educación -«que los niños sean juzgados por su inteligencia, no por la cartera de sus padres»-, la solidaridad entre las distintas regiones y la apertura de España al exterior.

La superación de la crisis económica, que alcanzó ese año tintes dramáticos con una inflación del 14 por ciento y una tasa de desempleo del 17 por ciento, formaba parte también del núcleo del programa de González, que llegó a prometer la creación de 800.000 puestos de trabajo, medida imposible que se volvió rápidamente en su contra al aumentar en pocos meses la cifra de parados por la durísima reconversión industrial llevada a cabo.

En frente, y con la UCD en la UVI política, los socialistas tuvieron como principal oponente a Manuel Fraga. Con el actual presidente de la Xunta no demostró González dotes de pitoniso: «Va siendo hora de apear del presupuesto nacional a algunas personas que llevan instaladas el poder no se sabe cuánto», exclamó el candidato socialista durante un mitin en Vigo.

La sombra del golpismo planeó sobre la campaña electoral hasta el punto de que, apenas iniciada, el Gobierno de Calvo Sotelo abortó una intentona militar prevista para el día de reflexión. Los líderes de la asonada pretendían neutralizar y sustituir el mando militar y anular el poder político del Gobierno y de la Jefatura del Estado. González, que clamó a lo largo de la campaña por la primacía del poder civil y la necesidad de modernizar las Fuerzas Armadas, quiso tener un gesto con el Ejército y cinco días después de tomar posesión acudió a la sede de la División Acorazada Brunete, cuyo último jefe, el general Lago, acababa de ser asesinado por ETA. Era la primera vez que un jefe del Ejecutivo visitaba esta unidad de élite del Ejército.

Debates brillantes

El debate de investidura de González en el Parlamento se encuentra ya en la historia de la democracia española como uno de los más brillantes de todos los tiempos. En aquella época aún no se había extendido la práctica de las sevillanas políticas -ese discurso al que se han aficionado en los últimos años los representantes del pueblo, y que consiste en engarzar unas frases con otras a modo de seguidilla andaluza: «Estamos del lado de los demócratas. Y estamos del lado de los demócratas porque creemos en el Estado de derecho. Y creemos en el Estado de derecho porque...»-.

Trece años después de aquella victoria, los socialistas abandonaron el poder dejando como legado la entrada de España en la UE, una completa reforma en el ordenamiento jurídico, un importante impulso al proceso de construcción autonómica y la separación de las Fuerzas Armadas de los núcleos de poder civil. Además se generalizó la protección de la salud, el derecho a la Seguridad Social y a la Educación. En las hemerotecas queda también un rosario de casos de corrupción que, unido a una grave crisis económica, acabó por facilitar la alternancia política en favor del Partido Popular.»

[Tomás García / Susana Olmo (redacción), La Voz de Galicia – 27.10.2002]


«Los jóvenes que nacieron o eran niños hace 20 años, sin duda, guardan todavía una imagen muy deteriorada del partido socialista. Su percepción de la vida pública coincidió con su última etapa en el gobierno cuando la corrupción y la guerra sucia contra el terrorismo franquearon el poder a la derecha, que para desbancar a Felipe González convirtió el clima político en una sucesión de golpes bajos e improperios hasta hacerlo irrespirable. Estos jóvenes no tienen la experiencia de la euforia inusitada, llena de esperanza y energía, con que fue recibido el socialismo hace 20 años. Llegaron dispuestos a modernizar España y en gran medida lo consiguieron. Con los socialistas este país adquirió una estética a la altura de los tiempos y perdió de una vez el pelo de la dehesa. Tres hechos fundamentales contribuyeron a este cambio: el ejército dejó de ser protagonista de la vida nacional y el fantasma del golpismo fue desactivado definitivamente; España entró en el Mercado Común, con lo cual nuestros problemas seculares comenzaron a disolverse en Europa; los españoles fueron obligados a tomar conciencia de la necesidad y el deber de pagar impuestos. Una nueva generación de jóvenes estrenó masivamente en las aceras una forma distinta de comunicarse, de viajar, de vestir, de amarse, de crear, de cantar, de hacer cine y teatro, de escribir. Uniformes militares, sotanas y hábitos de monjas desaparecieron de las calles. La sombra de un ala de mosca que se cernía sobre este territorio se transformó en los colores vivos de las mochilas, en los anuncios, en el diseño, en la arquitectura. Por primera vez pedías una ficha de teléfono al camarero y no te la daba mojada. Los retretes de las estaciones estaban relucientes y en las panaderías te entregaban la barra de pan con unas pinzas sin haberla manoseado. No crean los jóvenes que es poco, si encima se ha conseguido que la sanidad gratuita llegue hasta el último ciudadano, que la enseñanza sea obligatoria y se haya hecho la reconversión económica soportando en carne propia dos huelgas generales. Luego llegaron los errores. El principal de ellos ha sido la pérdida de los ideales que dejó la tierra quemada para la esperanza de la izquierda durante muchos años. Gracias a esta gravísima corrupción está la derecha en el poder y con ella, al margen de sus éxitos derivados de una economía favorable, ha vuelto a este país el gesto castizo, casposo y cutre. No sé si los socialistas habrán aprendido la lección.»

[Manuel Vicent: “20 años”, en El País - 27.10.2002]


«20 años después de la primera victoria electoral del PSOE, Felipe González se reunió en la sede de EL PAÍS con un grupo de periodistas para hacer un balance personal de los 14 años de Gobierno y comentar sus aciertos, errores y frustraciones. Éste es el resumen de la conversación.

Pregunta. ¿Cómo se llega a la victoria de 1982? ¿Influye en ella el desarrollo del XXVIII Congreso del PSOE?

Respuesta. Influye mucho. Y el resultado de las elecciones municipales previas, en las que paradójicamente tuvimos menos votos que en las elecciones de 1979, y sin embargo dio la impresión de que las habíamos ganado. El XXVIII Congreso del PSOE parecía un momento de respiro para la organización del partido entre tantas elecciones, el debate sobre la Constitución, el ambiente de inestabilidad que producía el terrorismo y los militares haciendo todos los días declaraciones con nombres y apellidos. Era el momento de que algunos militantes socialistas pidiesen cuentas por lo que consideraban un cierto desarme ideológico del partido. Esos militantes llegaron al congreso diciendo: 'Rearmemos ideológicamente al partido, recuperemos nuestros valores y el marxismo'. Era lógico: los militantes estaban testando la reacción de la opinión pública y, a través de la misma, modulando sus posiciones sobre la transición.

En ese congreso surge una mayoría liderada por algunos socialistas marxistas, como Pablo Castellano, Francisco Bustelo, Luis Gómez Llorente o Enrique Tierno Galván, que tratan de recuperar la ideología esencialista del PSOE y que creían que lo que se había hecho en lo que llevábamos de la transición, o en nuestras aportaciones a la Constitución, no era bastante. Yo no me identificaba con esas posiciones, creía entonces y sigo creyendo que antes que ser marxista hay que ser socialista. No acepté ser secretario general porque no creía en las proposiciones que estaba aprobando el congreso. Pero mi dimisión no estaba preparada; no suponía que la contradicción iba a estallar en el congreso. ¿Cuál era esa contradicción? Que el 90% de los militantes quería que yo fuera el secretario general del partido, pero aplicando unas resoluciones en las que no creía. Por eso renuncié. Defiendo una postura -el abandono del marxismo- y pierdo. Había gente que decía que lo que nos faltaba era ideología. Todavía hoy hay quien lo sigue repitiendo.

P. Su dimisión supone una catarsis en el PSOE, bien vista por el conjunto de la sociedad. Un segundo movimiento fue la moción de censura contra Adolfo Suárez, que cogió a todo el mundo por sorpresa...

R. No creo que la presentación de la moción de censura estuviera directamente relacionada por el deseo de ganar las elecciones. La situación era muy grave; el Gobierno presentaba unos Presupuestos en los que ni él mismo creía... Joaquín Garrigues me dijo que después del XXVIII Congreso teníamos la mayoría social del país con nosotros y hacía la broma de que si los ciudadanos viesen por el ojo de la cerradura el desarrollo de los consejos de ministros de UCD, atascarían los aeropuertos. Garrigues tenía conciencia de ese deterioro. Murió antes de ver nuestro triunfo. Con la moción tratábamos de convencer de que éramos un partido de centro-izquierda, sin esa imagen que extendieron Suárez y los suyos de que si llegábamos al poder íbamos a nacionalizar hasta las mercerías... A partir de ese momento se fracturó la relación que teníamos con Suárez. Queríamos poner de manifiesto dos cosas: por una parte, que UCD estaba en tales contradicciones que no podía gobernar; en segundo lugar, que teníamos una alternativa. Siempre que la derecha ve avanzar electoralmente a la izquierda hace la misma acusación: no tiene contenido; cuando eso ya no lo pueden mantener, pasan a la siguiente fase: no puede gobernar, no tiene programa, no tiene equipo, no tiene alternativa. Siempre es lo mismo. Ahora también. Se trataba de dar visibilidad a la capacidad alternativa de gobernar que teníamos.

P. ¿Qué papel desempeñó el golpe de Estado del 23-F en el cambio?

R. ¿En la actitud de la gente? Creo que decisivo. Los ciudadanos percibieron que, en parte, el 23-F estaba motivado por el intento de frenar la voluntad de cambio del país. De frenar a la izquierda. Lo que no esperábamos es que esa voluntad fuese tan abrumadora como se manifestó en las elecciones de octubre de 1982, que fue la respuesta al 23-F. La respuesta fue el voto, no la manifestación de cuatro días después del intento de golpe de Estado. Pocos veían la posibilidad de que UCD se recompusiese, y la mayoría no quería dar la confianza a la derecha de Fraga. Fernando Abril Martorell comentó a unos amigos que iban a votar al PSOE: 'Pero ¿cómo podéis dar un masserati a Felipe González con las curvas que hay en la carretera?'. Obtuvimos más de 10 millones de votos.

P. Ganan las elecciones. Pero, ¿no fue un coste muy elevado el desencaje del modelo autonómico haciendo ingresar a Andalucía a través del artículo 151 de la Constitución, es decir, junto a las nacionalidades históricas como Cataluña, el País Vasco y Galicia?

R. Es una contradicción en los términos hablar de nacionalismo andaluz. El origen del andalucismo es Blas Infante; lo era por ser 'para España y para la humanidad', que dice el himno andaluz, lo cual es lo contrario del nacionalismo, de la exclusión, de un cierre de fronteras. Es un andalucismo universalista. Había que encontrar un componente de equilibrio entre las llamadas comunidades históricas y las demás. Aplicar el artículo 151 para Andalucía podría haber sido un error, pero la historia demuestra que ha sido un acierto para el equilibrio interregional de España.

P. Entre el momento en que los socialistas ganan las elecciones, el 28 de octubre, y el día en que el nuevo Gobierno toma posesión, el 3 de diciembre de 1982, pasa un mes y pico bastante angustioso, que quizá no se ha contado con todo detalle. ¿Se pueden ya desvelar todos los secretos de ese corto periodo? Por ejemplo, ¿cómo se enteró de esa nueva intentona golpista del 27 de octubre? Usted estaba en Bilbao, en los estertores de la campaña electoral...

R. Fue una intentona bastante más fácil de desarticular que las anteriores. Fue el último intento desesperado de impedir nuestra victoria en las urnas. No me acuerdo exactamente de los detalles, pero sí de la conversación con Alberto Oliart, el ministro de Defensa, que me dio la seguridad de que estaba todo controlado. Ya trabajaba como jefe de los servicios de seguridad Emilio Alonso Manglano, que tenía datos muy precisos de los golpistas.

Ese periodo de interregno fue difícil, aunque había un elemento de descarga de la tensión, que era precisamente que ya habíamos ganado las elecciones. Pero llega el Papa a Madrid, en una visita que había postergado por la campaña electoral, y en plena visita, ETA asesina al general Lago, jefe de la División Acorazada. Hay personajes, que no voy a citar hoy, a los que recuerdo mariposeando entre los militares para ver si hacían algo. Hubo momentos dramáticos, pero se estableció una transferencia bastante ordenada del poder.

P. ¿Funcionó bien el cambio de Gobierno, el cambio de Administración? ¿Les entregaron los papeles?

R. Funcionó en algunos ministerios. Funcionó en Defensa, con Oliart; en Hacienda, con García Añoveros... funcionó poco en Interior...

P. ¿Poco en Interior?

R. No lo suficiente. Rosón explicó a Barrionuevo algunas de las zonas de rozamiento, más sensibles, pero no lo suficiente. En el área de Presidencia hubo algunas conversaciones. Yo le pedí personalmente a Leopoldo Calvo Sotelo que antes de irse aprobase un paquete de medidas económicas imprescindibles, que suponían un gran ajuste y sacrificios para los ciudadanos (subir el precio de las gasolinas, devaluar la peseta...), ofreciéndole todo el apoyo de los socialistas. No me parecía lo más elegante empezar a gobernar, después de la ilusión generada, depreciando la peseta, subiendo la gasolina un 25%, etcétera. La respuesta fue muy del estilo de Calvo Sotelo: 'Además de la derrota que hemos tenido, ¿quieres que yo haga esto?'. Era imprescindible hacerlo inmediatamente. No lo discutimos más. Las primeras medidas que tomamos nada más tomar posesión, un sábado en el que los mercados estaban cerrados, fueron las de ajuste económico.

P. Los socialistas franceses habían ganado las elecciones un poco antes que el PSOE y Mitterrand estaba aplicando una política de expansión de la demanda, muy parecida a la que usted llevaba en el programa electoral. En cuanto llega a La Moncloa tira a la basura ese programa y aplica un duro plan de ajuste económico, avalado por dos personas como Miguel Boyer y Carlos Solchaga...

R. No fue exactamente así. La característica fundamental del programa de Mitterrand eran las nacionalizaciones, que no aparecían en el nuestro y en las que no creíamos. Sólo queríamos la nacionalización de la red de alta tensión eléctrica para garantizar la distribución de electricidad. Por cierto, había que recuperarla porque ahora hay bastante caos en esa distribución.

Discutí mil veces con Mitterrand su política de nacionalizaciones, especialmente la de las empresas de alta tecnología, que son aquellas que necesitan menos burocracia, más innovación, más creatividad, no tener horarios. Nacionalizarlas significaba matarlas. Estaba de acuerdo con el principio de controlar el progreso y ponerlo al servicio de la sociedad, pero no mediante nacionalizaciones. En el programa de 1982 habían intervenido Boyer y Solchaga; por tanto, era cualquier cosa menos un programa para hacer la revolución. Pero tampoco era, ni mucho menos, un programa thatcherista como han dicho otros.

P. ¿Por qué cree que se instaló esa sensación de que el PSOE aplicaba una política liberal? Incluso en las mismas filas socialistas había quien decía que las recomendaciones del Banco de España eran más importantes que las resoluciones de los congresos.

R. Esa pregunta se responde a sí misma con la realidad. Pero es verdad que se instaló la presunción de que el Gobierno practicó en parte una política contraria a los compromisos electorales. Se incumplieron dos promesas electorales en la percepción de la gente, no en la realidad: la creación de 800.000 puestos de trabajo y el referéndum de la OTAN. Hay dos tipos de obligaciones que se contraen cuando se hace una oferta programática; unas son obligaciones que te pueden salir en un porcentaje de lo que has intentado, el 20%, el 80%, el 120%... En la segunda legislatura, cuando no prometimos ningún puesto de trabajo, creamos 1.200.000; pero en la primera legislatura se destruyó empleo.

En cuanto al referéndum de la OTAN, se hizo porque era una obligación que dependía de un solo acto de voluntad y no fui capaz de hacer como Papandreu, lo que probablemente hubiera sido lo más inteligente. Lo lógico hubiera sido aceptar el cambio de posición , disolver, convocar elecciones y presentarnos de nuevo con ese cambio en el programa. Pero me daba vergüenza presentarme a una campaña sin haber cumplido un compromiso electoral como ése. Contra lo que se cree y dice el materialismo histórico, en las decisiones políticas hay mucho de impacto personal...

P. Usted ha dicho que el referéndum de la OTAN había sido un error. ¿Lo supo en ese momento o a posteriori?

R. En ese mismo momento. La oposición no supo aprovecharlo por sus propias contradicciones. Aznar prefiere olvidarse de la posición del PP respecto a la OTAN. Fue Herrero de Miñón quien convenció a Fraga de que debían abstenerse, de que el referéndum era la tumba de los socialistas. Recuerdo una conversación con Fraga entonces. 'Mira, si vienes a convencerme de que es un error convocar el referéndum, ahórratelo. Ya sé que es un error. Pero tengo ese compromiso y lo voy a cumplir'. Reagan y Schultz eran conscientes del envite y no sabían cómo decirme que diera marcha atrás al referéndum porque no les di pie para esa conversación.

P. ¿Qué hubiera pasado si hubiera salido el no?

R. Mucha gente decía que nuestro cambio de posición era un chantaje. El no salió en Irlanda en primera instancia porque el Gobierno no se comprometió con el sí; lo mismo sucedió en Dinamarca. Si la opinión pública dice lo contrario de lo que patrocina el Ejecutivo, no se puede seguir gobernando. Si el resultado del referéndum hubiera sido contrario a nuestra opinión hubiera disuelto y convocado elecciones inmediatamente. Naturalmente, no me hubiese presentado. Sobre eso no tengo ninguna duda.

P. La pregunta era por qué existía la percepción de que el PSOE había practicado una política económica liberal.

R. Se hizo una política económica de liberalización acompañada de una política social muy cohesionante. Es la fórmula en la que sigo creyendo: aumentar la competencia, liberalizar la economía, eliminar barreras, ello puede animar el crecimiento. Pero también una política social activa, con la universalización de las pensiones, la sanidad o la educación, y una política fiscal progresiva: aumentamos un punto anual la presión fiscal durante 10 años para acercarnos a los estándares europeos.

P. ¿Cómo se puede definir esa política mestiza?

R. Éste es un concepto posterior. Nosotros no teorizamos lo que hicimos. El problema era superar la tragedia de la izquierda que ha sido siempre la falta de versatilidad en los instrumentos. Creer que los instrumentos son los fines, en lugar de pensar que los objetivos siguen siendo válidos y las herramientas versátiles. Redistribuir, pero no miseria. Hubo un tiempo en que la izquierda creía que las nacionalizaciones eran sinónimo de redistribución, cuando eran, en esencia, un instrumento de poder. Franco nacionalizó, De Gaulle nacionalizó. No eran de izquierdas. Ahora, la derecha privatiza como instrumento de poder, para seguir manteniendo el control sobre las empresas.

P. Giddens ha llamado a esa práctica tercera vía...

R. Sí, aunque lo de la tercera vía ha acabado como una carcasa en la que hay que profundizar. ¿Por qué iba a ser incompatible la liberalización de la economía con una política social activa?

P. ¿De cuál experiencia socialdemócrata se siente más cercano?

R. Sólo sé explicarlo con un ejemplo: los pintores tienen maestros, influencias, escuelas, pero cuando se ponen a pintar los brochazos son suyos, están haciendo su propia pintura. Eso es lo que yo sentí. No se parece a lo de Mitterrand, se parece más a lo de Olof Palme mezclado con algunas ideas de Willy Brandt y de Helmut Schmidt. Ésos son los referentes...

P. ¿Cuáles eran las relaciones con los poderes económicos de este país antes de llegar al poder?

R. Relativamente escasas. No teníamos mucho crédito frente a ellos. Las relaciones con la patronal, que presidía Ferrer Salat, eran bastante ásperas. En Andalucía fueron especialmente hostiles. Los poderes económicos mantenían una cierta simpatía personal y al mismo tiempo una profunda desconfianza con lo que representábamos y lo que podíamos hacer si ganábamos. Desconfianza que alimentaba la derecha. Fraga era el que decía: 'Durarán dos años. En dos años se les habrá ido el control de la inflación y el gasto'. Ésa era la apreciación.

P. ¿A qué se dedicaron entre el 28 de octubre y el 3 de diciembre?

R. Nada más que a la preparación del cambio; a afinar las decisiones que íbamos a tomar y en qué orden; al contacto con Calvo Sotelo y su equipo.

P. ¿Y a elegir al Gobierno?

R. No necesité mucho tiempo. Lo tenía pensado desde bastante antes. Además, pese a la crisis del XXVIII Congreso, tuve mucha autonomía personal para nombrar Gobierno. La que da al presidente la Constitución.

'Es altisonante, pero cambié el destino histórico del país'

Pregunta. Durante el periodo de los 14 años de Gobierno, ¿cuáles fueron los momentos en los que se sintió más eufórico? ¿En la firma de la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (CEE), en la Conferencia de Madrid, en la primera investidura?

Respuesta. Normalmente, los momentos de esa naturaleza me abrumaban más que me satisfacían. Veía la euforia del entorno y yo me sentía fuertemente abrumado. La amargura del día de la firma del Tratado de Adhesión con la CEE es explicable porque coincidió con un doble atentado de ETA. No tuve tiempo de disfrutar de la Conferencia de Madrid porque la cantidad de enredos, amenazas y tensiones que había entre bambalinas era tan grande que evitaba cualquier satisfacción.

Voy a contar una anécdota que define ese estado de ánimo. Mis paisanos de Sevilla, que un día antes de la inauguración de la Exposición Universal creían que no se podría abrir, a los seis meses me pidieron una prórroga. Que continuase un poco más, unas semanas, unos días. Ellos sí que estaban eufóricos por la marcha de la Expo. Les dije que no. A las doce de la noche del día señalado se cierra. Ni un minuto más. Y yo, por primera vez en seis meses, voy a dormir una noche a pierna suelta. Este sentimiento lo he tenido en los acontecimientos más importantes que he ido viviendo.

Así que subidones, subidones, pocos...

P. En más de una ocasión ha dicho que una de las cosas en que se había equivocado era en haber apagado la memoria histórica de nuestro torturado siglo XX...

R. Más exactamente, he dicho que no tenía la certeza de haber acertado. El desencadenante fue una conversación con el general Gutiérrez Mellado, que me dijo, refiriéndose a la Guerra Civil: 'Debajo de estas cenizas está crepitando todavía el fuego. Le ruego que espere a que la gente como yo haya desaparecido para volver a discutir sobre aquellos acontecimientos'. Mi mandato coincidió con el 50º aniversario del principio de la Guerra Civil y con el 50º aniversario del final de la II República, y no creí oportuno abrir el debate. Y podían haber sido dos ocasiones extraordinariamente propicias para haber hecho no sólo una operación de recuperación de la memoria histórica, que era la parte más noble, sino para haber recordado el papel de la derecha en ese periodo, lo cual supongo que hubiera tenido para nosotros buenas expectativas electorales.

No sé si fue un acierto o un error, pero fue una actitud consciente.

P. Margaret Thatcher dijo que había cambiado todo en el Reino Unido tras su paso por el Gobierno. ¿Qué ha cambiado usted?

R. No seré tan petulante como la Thatcher, pero en cualquier caso sonará altisonante: el destino histórico de este país. Lo que más me satisface es que la gente se reconcilió con su pasaporte por primera vez. Esa reconciliación con el pasaporte no era españolismo castizo, sino democracia. En el fondo, la suma de liberalización económica, apertura al exterior, un papel distinto de España en el mundo, toda esa literatura fue en realidad un esfuerzo de modernización y de confianza en las posibilidades del país. La democracia devuelve la España plural y la consolidación de un sistema de reconocimiento de la diversidad. La diversidad es cómo te sientes: vasco, catalán, español o lo que quieras. Y ese 'cada uno se siente como quiere' lo garantiza la pluralidad. Es el pluralismo de ideas el que da fundamento a la ciudadanía.

P. En algún momento reconoció que uno de los problemas centrales con los que se había encontrado a la llegada al Gobierno, el modelo autonómico, seguía sin resolverse del todo.

R. Sí. El problema territorial. Hay dos actitudes frente a ello. La finalista, que no pertenece al terreno de la política, y que también está en mi partido: hay que cerrar definitivamente ese proceso. No significa nada. Y la segunda actitud: establecer un sistema de convivencia que, respetando las reglas del juego, deje un cierto grado de dinamismo abierto. Nuestro modelo ha sido siempre el segundo. Lo que me preocupa es establecer los mecanismos de cooperación para definir la voluntad del conjunto. Lo que hay que hacer es civilizar las tensiones. No pretender eliminarlas:van a existir siempre. La primera regla es respetar las reglas del juego; la segunda, saber que la ciudadanía es plural. La deriva nacionalista de la gente que decide cómo hay que ser español se parece mucho a la deriva nacionalista del Partido Nacionalista Vasco.

Cada vez me siento menos nacionalista, y ello no significa que tenga menos sentimiento de pertenencia. Tengo un sentimiento de pertenencia a eso que llaman España porque cada vez viajo más a América Latina, que es la única manera de comprender esto. Viéndolo desde allí. Desde Zacatecas se entiende bien el problema vasco.»

[Joaquín Estefanía / Soledad Gallego-Díaz: “Felipe, 20 años más”, en El País, 27.10.2002]


«Felipe González es uno de los políticos más importantes y más decisivos para el gobierno que ha tenido España en la época moderna. Felipe González acabó con el ruido de sables, consolidó la democracia, remató el ingreso de España en Europa, generalizó el sistema de pensiones, el de la sanidad y el de la enseñanza. Y cerró una etapa de odio social que había nacido en España a principios de siglo y que se acrecentó extraordinariamente en la época de la Guerra Civil y la posguerra. Por tanto, mi juicio no puede ser más favorable ni mi calificación más alta.

Entre las servidumbres o defectos del Gobierno socialista, creo que hubo una cierta soberbia, en el sentido de creerse que el poder no tendría fin, que la mayoría parlamentaria llevaba aparejada la razón de todo. En lo que a la comunicación se refiere, fuimos verdaderamente desastrosos. Querer ignorar que el pueblo español es más indulgente con un gobernante incompetente que con episodios de corrupción tan graves como los que nos ocurrieron fue un grave error. Cuando al jefe del dinero se lo llevan los guardias y al jefe de los guardias se lo llevan a la cárcel por llevarse el dinero, las cosas no pueden ir peor.»

[José Bono, en María Antonia Iglesias: La memoria recuperada. Madrid: Aguilar, 2003]