SE LE y SE LES en oraciones impersonales

Restricciones de coaparición de clíticos con se impersonal

© Justo Fernández López


 

 Oraciones pasivas reflejas y oraciones impersonales con se

 

En la oración pasiva refleja

se venden libros

está claro que se no puede ser sujeto de la oración; basta comprobar la imposibilidad de la conmutación

se los venden [= ‘ellos les venden libros a ellos’]

que no conserva el mismo sentido, así como la necesidad de poner el verbo en singular cuando libros va en singular

se vende libro,

para demostrar que libros es el sujeto.

Con sustantivos personales o personalizados no se puede formar la pasiva refleja, sólo admiten la forma impersonal:

Se espera al delegado.

Se espera a los delegados.

Como se ve, al pluralizar el objeto, el verbo sigue en singular. Sin la marca de acusativo personal, la oración

Se esperan los delegados

sería ambigua: ‘los delegados esperan (un momento)’ / ‘los delegados son esperados’.

La pasiva refleja se aplicaba, desde un principio, preferentemente a las cosas por el riesgo que había de que en la referencia a personas se confundiese el sentido pasivo con el reflexivo o recíproco.

Se venden libros.

Se informan los embajadores.

Se mataban los cristianos.

Para las personas se prefería la pasiva con ser y participio:

Los embajadores son informados.

Con el tiempo se procuró aclarar la ambigüedad de estas oraciones, anteponiendo la preposición a al nombre del objeto que padece la acción:

Fue recibido con grandes juegos, como se suelen recibir a los reyes.

Si se elimina la preposición: como se suelen recibir los reyes, el sustantivo reyes aparecería como agente. Para hacerlo paciente se le agregó la preposición a típica del dativo y del acusativo personal.

En singular, la nueva construcción no ofrecía dificultad pues era la típica construcción impersonal empleada ya desde antiguo. Pero en plural no se podía seguir concordando el verbo con el complemento, de modo que frases como

Fue recibido con grandes juegos, como se suelen recibir a los reyes.

ya no resultaban correctas.

«Fue el otro camino acudir a la semejanza de locuciones al tenor de se dice, se manda, se ruega, se hace agravio u ofensa, las cuales, teniendo sujeto gramatical, son ideológicamente impersonales, y llevan su complemento en dativo con a:

se dice, se manda, se ruega a los niños que vengan;

se hizo agravio a los vecinos;

y reproduciendo el nombre,

se le dijo, se les ruega.

Por eso desde que aparecen con pronombre las frases verdaderamente impersonales, llevan le y les.  Del pronombre femenino no tengo ejemplos tan antiguos; pero aunque el uso más general en España es poner en estas frases la y las, no son raros le y les, lo cual arguye preferencia por el dativo.»

[Cuervo, 1874: Nota 106, comentario a los § 791-5 de la Gramática de Bello]

«Teniendo en cuenta que el dativo se aparece siempre seguido de la forma de acusativo de tercera persona [se lo(s), se la(s)], tal vez por esa razón el se impersonal es reacio a juntarse con esas mismas formas, a fin de evitar así la consiguiente ambigüedad. Compárese

Se lo busca < Se busca profesor de inglés. /

Se lo busca < Le busca profesor de inglés.

Cabe también la interpretación reflexiva:

Se lo busca para sí.

Esto explica tal vez la tendencia, incluso entre hablantes no leístas, a sustituir la forma de acusativo con se impersonal, por le(s), sobre todo cuando ser refiere a personas. Así,

Se le busca.

Se les ve pasear.

Se le teme.

Con todo, especialmente en el español actual, no es infrecuente el uso de las formas de acusativo en este caso:

Se la quiere mucho aquí.

Se los vio pasear [Porto Dapena, 1986: 35]

«Bello (1847; § 791 d), al igual que Cuervo (n. 106), defienden el uso de clíticos que son dativos tanto en la forma como en la función en estas construcciones, que relacionan con la asociación del elemento se con el caso acusativo.

La mayoría de los gramáticos, sin embargo, defienden la posición de que, aunque dativo de forma, le(s) en las construcciones con se es un pronombre acusativo en su función, tanto cuando tiene referente femenino como cuando tiene referente masculino (véanse RAE 1931, Santiago 1945, Fernández Lagunilla 1975 y Gili Gaya 1943).» [Mendikoetxea, 1999: § 26.4.2.1, Anm. 63]

El paradigma pronominal en las oraciones impersonales con se muestra numerosas vacilaciones en el uso de los pronombres en diferentes regiones de habla hispana. Ya no se emplea siempre solamente se le / se les; van apareciendo variantes se la / se las / se lo / se los, que se deben, sin duda, a haberse percatado los hablantes «del carácter de objeto directo del sintagma nominal que acompaña a la oración impersonal con se y haberle asignado el caso que le correspondería en la oración activa correspondiente: el acusativo» [Fernández-Ordóñez, 1999: § 21.2.1.6].

El paradigma se encuentra en un período de evolución que lo va acercando al paradigma de las oraciones transitivas con sujetos explícitos.

 

 Pronombres clíticos en oraciones impersonales con se

 

«Dado el carácter de objeto (directo o indirecto) gramatical del sintagma nominal en las oraciones impersonales con se con verbos (di)transitivos, es de esperar que sea posible reemplazar ese sintagma nominal por un pronombre clítico con la misma función (acusativo o dativo). La presencia de pronombres clíticos de 1.a y 2.a persona, para los que el paradigma no distingue entre pronombres dativos y acusativos, no plantea ningún tipo de problema. [...] En cuanto a la 3.a persona, la fórmula se {le(s)/la(s)/lo(s)} ha atraído la atención de las gramáticas, desde Bello hasta nuestros días. No es nuestra intención debatir el contenido de las numerosas propuestas que se han hecho y, mucho menos, condenar ciertas fórmulas de uso; nuestro estudio se limita únicamente a la descripción del uso de pronombres clíticos en oraciones con se, que demostrará que nos encontramos ante un proceso gramatical en evolución con estructuras de uso poco fijadas. Se observa, sin embargo, que la tendencia es hacia la 'normalización' del paradigma equiparando las construcciones con se a las construcciones transitivas con sujeto explícito.» (Mendikoetxea 1999: § 24.4.2)

La fórmula histórica original para oraciones transitivas con se es la estructura con le(s), independientemente del género gramatical del objeto, fórmula que se mantiene invariable hasta el siglo XVIII. En el siglo XVIII empieza a extenderse el uso de se la(s) para los sintagmas nominales femeninos y, con menos frecuencia, se los para los masculinos, pero no se documentan ejemplos con se lo. El siguiente cuadro muestra la situación que, desde el siglo XVIII, ha permanecido más o menos estable hasta muy recientemente:

 

 

 

Se + pronombres clíticos de 3a persona

Habla peninsular

singular

plural

masculino

femenino

masculino

femenino

Invariable hasta s. XVIII ->

se le

se les

A partir del siglo XVIII ->

*se lo

se la

?se los

se las

 

El cuadro es representativo del habla peninsular: se la(s) se usa muy frecuentemente para acusativos femeninos de persona, en lugar de la fórmula originaria con le(s), mientras que es menos común el uso de los pronombres acusativos masculinos, especialmente en el caso de lo, que, hasta muy recientemente, ha estado excluido de la fórmula.

«Cuando el pronombre personal de tercera persona en función de complemento directo concurre con se en oraciones de sentido impersonal, hay duda entre usar le, les para masculino y femenino:

SE LES castigará

‘ellos serán castigados’ o ‘ellas serán castigadas’

o bien le o lo, los para masculino:

SE LOS castigará

‘ellos serán castigados’

y la, las para femenino:

SE LAS castigará

‘ellas serán castigadas’;

o bien le, les para masculino:

SE LES puede sacar a flote [a ellos],

y la, las para femenino:

Según el punto de donde SE LAS mira.

Aunque es cuestión mal dilucidada por los gramáticos, el hecho es que en la lengua general de hoy, en España, se prefiere la tercera y última opción de las mencionadas (masculino: se le, se les; femenino: se la, se las); en América, la segunda (masculino: se lo, se los, femenino: se la, se las).» [Seco: 1998: 180, § 6].

 

 

 

Se + pronombres clíticos de 3a persona

singular

plural

masculino

femenino

masculino

femenino

Fórmula hasta s. XVIII ->

se le

se les

España y de México a Venezuela ->

se le

se la

 

se les

se las

 

Perú y los países del Cono Sur ->

se lo

se los

 

«En las áreas distinguidoras peninsulares, Canarias y la mayor parte de América (México, América Central, el Caribe, Colombia y Venezuela), sólo de forma esporádica y aislada registramos secuencias de se lo / se los. La secuencia se la / se las, sin embargo, parece haber alcanzado una popularidad mucho mayor en algunas áreas distinguidoras de la península. Estas apariciones de se impersonal seguido de lo / la se deben, sin duda, a haberse percatado del carácter de objeto directo del sintagma nominal que acompaña a la oración impersonal con se y haberle asignado el caso que le correspondería en la oración activa correspondiente: el acusativo.

Esta reinterpretación, de alcance limitado en la Península, ha conseguido generalizarse en un área distinguidora del mundo hispanohablante: Perú y los países del cono sur, Argentina, Chile y Uruguay, hasta el punto de que las secuencias se le / se les han sido desterradas de las oraciones impersonales en el habla de esos países como enunciados leístas. [...] La completa transitivación de la construcción conduce a que desaparezcan las restricciones de pronominalización derivadas del carácter animado o inanimado del objeto.

Esta transitivización de una construcción originalmente intransitiva, debe ponerse en relación con la extensión del acusativo en el Perú no-bilingüe, Argentina, Chile y Uruguay a contextos reservados al dativo todavía hoy en la mayor parte del mundo hispanohablante, como los que hemos señalado del objeto de los verbos de afección, del sujeto de las cláusulas de infinitivo o del objeto de verbos como ayudar.» [Fernández-Ordóñez, 1999: § 21.2.1.6]

A pesar de las numerosas vacilaciones en el uso de los pronombres, el paradigma pronominal en las oraciones impersonales con se se encuentra en un período de evolución que lo va acercando al paradigma de las oraciones transitivas con sujetos explícitos:

 

Formas de la 3 persona: formás átonas  / clíticos

Función: objeto indirecto y directo

caso

dativo

acusativo

género

masculino/femenino

masculino / neutro

femenino

singluar

le

le/lo

la

plural

les

los

las

 

«Lo que no es aceptable es la presencia de un pronombre clítico acusativo conjuntamente con un clítico dativo en una oración con se:

*Los premios a mí se me los dio,

aunque quizá aquí habría que establecer una nueva diferencia entre el español peninsular y el español de América, si se constata que construcciones como

A mí se me lo permitió,

se encuentran de forma generalizada en el español de América. En cualquier caso, estas construcciones <se + clítico dativo + clítico acusativo> estarían restringidas a contextos en los que el clítico dativo es de primera o segunda persona, ya que las construcciones con la tercera persona son totalmente inaceptables en el español actual:

*A Pedro se le lo permitió.» [Mendikoetxea, 1999: § 26.4.3]

 

 Restricciones de coaparición entre el se impersonal y los clíticos de acusativo

 

«La generalización básica es que el clítico impersonal se no puede ir seguido del acusativo masculino singular lo y en algunos dialectos tampoco del plural. Son, sin embargo, aceptables en todos los dialectos las secuencias con el acusativo femenino:

*He perdido mi monedero y ruego que se lo busque.

*Coches como esos ya no se los encuentra.

La estrategia a la que se recurre en estos casos es sustituir la forma lo(s) por la correspondiente dativa le(s). Lo interesante de este fenómeno es que se da también en dialectos no leístas:

No se le siente andar.

Se le ve sacar con mano temblorosa un cheque.

Es importante observar que esta incompatibilidad no tiene que ver con la propia secuencia se lo, que es, naturalmente, permitida como tal, sino con la impersonalidad de la oración, materializada en el primero de los clíticos.» (Fernández Soriano, 1999, § 19.5.7.3)

No se puede hablar de leísmo cuando una oración impersonal transitiva con se emplea le(s) para referirse a su objeto directo.

«Esta es la solución que exigían originariamente estas oraciones, con independencia del género del objeto. Aunque las posibilidades de pronominalización del objeto son mayores si este es animado, también es posible, aunque muchísimo menos frecuente, si es inanimado:

A Juan se le apreción desde el momento que ...

A mis sobrinas se les conoce sólo cuando se las trata.

Las rosas son muy delicadas. Sólo florecen si se les riega bastante.

Ese contraste se deriva del tipo de objetos que exigen ser introducidos por la preposición a en español.» [Fernández-Ordóñez, 1999: 1336-1337]

 

La secuencia se {le(s)/lo(s)/la(s)} con referencia a persona

 

La fórmula se {le(s)/lo(s)/la(s)} ha atraído la atención de las gramáticas desde Bello.

«Nos encontramos ante un proceso gramatical en evolución con estructuras de uso poco fijadas. Se observa, sin embargo, que la tendencia es hacia la 'normalización' del paradigma, equiparando las construcciones impersonales con se a las construcciones transitivas con sujeto explícito.

Con pronombres clíticos de 3a persona es muy frecuente la fórmula se le(s), con un clítico dativo, en aquellas construcciones en las que la estructura transitiva con sujeto explícito utiliza un clítico acusativo (la(s) o lo(s)). Así, para una oración como

Se adora a los niños.

es de uso muy frecuente, especialmente en el habla peninsular, el empleo del dativo les en la oración con se, como en

Se les adora (a los niños)

(en vez del correspondiente acusativo los), incluso entre hablantes no leístas; mientras que la correspondiente oración con sujeto explícito lleva un pronombre acusativo (excepto entre hablantes leístas):

Carlos los adora (a los niños)

La diacronía muestra que la fórmula histórica original para oraciones transitivas con se es la estructura con le(s), independientemente del género gramatical del objeto, fórmula que se mantiene invariable hasta el siglo XVIII. Es en el siglo XVIII cuando empieza a extenderse el uso de se la(s) para los sintagmas nominales femeninos y, con menos frecuencia, se los para los masculinos, aunque no se documentan ejemplos con se lo. El siguiente cuadro muestra la situación que, desde el siglo XVIII, ha permanecido más o menos estable hasta muy recientemente:

 

Se + pronombres clíticos de 3a persona

Femenino

Masculino

singular

plural

singular

plural

se la

se las

*se lo

?se los

se le

se les

se le

se les

 

El cuadro es representativo del habla peninsular, en el que se la(s) se usa muy frecuentemente para acusativos femeninos de persona, en lugar de la fórmula originaria con le(s), mientras que es menos común el uso de los pronombres acusativos masculinos, especialmente en el caso de lo, que, hasta muy recientemente, ha estado excluido de la fórmula. Las oraciones siguientes reflejan el paradigma del cuadro para referentes femeninos

Después de su muerte, a la directora se {la/le} recordaba con cariño.

A las madres se {las/les} quiere por encima de todo.

Las siguientes oraciones reflejan el paradigma para los referentes masculinos:

Al cumpable se {*lo/le} buscó por varios países.

A los políticos se {?los/les} critica por su hipocresía.

El cuadro anterior equipara las construcciones con se a las correspondientes oraciones transitivas con sujeto explícito; en la Península, y principalmente en el español de Castilla, se reproduce en el sistema pronominal el esquema de los demostrativos: la(s) para los acusativos femeninos, al igual que esta(s); le(s) para los acusativos masculinos de persona (al igual que este); y lo(s) como forma neutra y para los acusativos masculinos de cosa (al igual que esto(s)).

La ausencia de lo(s) es explicaría porque la fórmula <se + clítico> aparece en construcciones impersonales con se con verbos cuyo objeto gramatical va introducido por a, lo que implica que es, principalmente, de persona, y de ahí que la fórmula extendida sea la que destina le(s) para los acusativos de persona. La ausencia de lo está relacionada con la extensión del fenómeno del leísmo, y con la ambigüedad que esta construcción podría plantear: Se lo compró podría interpretarse como una oración con sujeto explícito (Él se lo compró) o como una oración con se (Alguien lo compró). [...]

Parece lógico que el uso de se lo(s) esté más extendido en el español de América, en consonancia con la situación que se da en ese continente para las oraciones transitivas con sujetos explícitos aunque, al igual que en España, sea se le(s) la fórmula comúnmente empleada. En cuanto a los pronombres acusativos femeninos de persona, la fórmula más extendida en España parece ser se la(s), que, sin embargo, alterna con la original se le(s); en el español de América la fórmula se le(s) aparece frecuentemente para designar referentes femeninos.

En general, el proceso que afecta a la fórmula <se + pronombre clítico> podría deberse a la tendencia hacia una adecuación del paradigma pronominal en las construcciones impersonales al paradigma que se observa en las correspondientes oraciones transitivas con sujeto explícito. Si esto es así, no debieran sorprendernos las vacilaciones que se observan en cuanto al uso de le(s), lo(s) y la(s). La explicación a lo que ocurre en las oraciones con se pasa, pues, por un estudio detallado del fenómeno del ‘laísmo’, ‘loísmo’ y ‘leísmo’ en español.» [Mendikoetxea 1999: § 26.4.2.1]

 

La secuencia se {le(s)/lo(s)/la(s)} con referente de cosa

 

«Este intento de adecuación del paradigma pronominal en las oraciones con se al paradigma pronominal en las oraciones con sujeto explícito parece estar también en la base de la extensión de la fórmula se lo(s) y se la(s) para referentes de cosa. En los ejemplos más antiguos del siglo XVIII, se usa les para referentes no personales tanto masculinos como femeninos de cosa. [...]

La construcción original con se le(s) se mantiene sobre todo para los referentes masculinos. Recientemente, sin embargo, y en consonancia con la situación que se da para los pronombres con referente de persona, se ha empezado a usar se la(s) / lo(s). [...]

Es frecuente en el español de América encontrar se le(s) con referencia a un objeto de cosa femenino:

Esa noción no será aclarada completamente mientras no se le estudie en estos dos aspectos.

La presencia de se le(s) tendría su explicación en este tipo de leísmo que muestran las oraciones transitivas con sujeto explícito (y que se observa también con objeto de persona). En España, donde la sustitución de les por las en este tipo de oraciones transitivas es muy poco frecuente, se usa la(s) también en la oración impersonal.

Parece, pues, cierto que nos encontramos ante un proceso en marcha, que subsanaría los huecos en el paradigma pronominal que mostrábamos más arriba, estableciendo un paralelismo total entre las oraciones transitivas con sujeto explícito y las oraciones impersonales con se, tanto para los objetos de persona como para los objetos de cosa. Mientras que para los objetos de persona el proceso se halla bastante avanzado, para los de cosa podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la construcción pasiva sigue primando sobre la impersonal; sigue siendo mucho más frecuente

El pescado se fríe

que

El pescado se lo fríe

al igual que es mucho más frecuente

Los problemas se descubren siempre

que

Los problemas se los descubre siempre.

En todo caso, los datos están ahí, y cabe suponer que estamos asistiendo a un proceso de extensión de la construcción impersonal con pronombres clíticos, proceso que aparece de forma mucho más avanzado en otras lenguas románicas como el italiano.» [Mendikoetxea, 1999: § 26.4.2.2]

 

Clíticos dativos con verbos ditransitivos en oraciones con se

 

Los verbos ditransitivos tienen dos complementos de objeto: uno directo y otro indirecto.

«Frente a las limitaciones de pronominalización de los objetos directos de las oraciones impersonales con se, es obligada la pronominalización de los objetos indirectos (siempre que sea categórica en la oración activa correspondiente:

A los participantes se les entregaron las acreditaciones correspondientes.

*A los participantes se entregaron las acreditaciones correspondientes.

Con ese sombrero, a María no se le ven los ojos.

*Con ese sombrero a María no se ven los ojos.

A esa casa se le han limpiado las ventanas.

*A esa casa se han limpiado las ventanas.

A cada niño se le dieron varios caramelos.

*A cada niño se dieron varios caramelos.

Las oraciones ditransitivas con un complemento indirecto argumental [‘origen’, ‘meta’: dar, comunicar, traer, destinar, etc.] admiten más fácilmente la no-concordancia del verbo con el objeto nocional:

A los participantes se les entregaron las acreditaciones correspondientes. /

A los participantes se les entregó las acreditaciones correspondientes.

A cada niño se le dieron varios caramelos. /

A cada niño se le dio varios caramelos.

Aquellas cuyo complemento indirecto no es argumental [generalmente ‘benefactivos’] exigen la construcción concordada:

Con ese sombrero, a María no se le ven los ojos.

*Con ese sombrero, a María no se le ve los ojos.

A esa casa se le han limpiado las ventanas.

*A esa casa se le ha limpiado las ventanas.»

[Fernández-Ordóñez, 1999: § 21.2.1.6]

Para Mendikoetxea (1999: § 26.4.2.3): «La presencia del clítico dativo podría contribuir a la ‘impersonalización’ de esta construcción, es decir a que se perciba el objeto nocional como objeto gramatical acusativo».  

Algunos autores observan la preferencia por la no concordancia en construcciones ditransitivas.

 

Las oraciones impersonales con se le / se les  

Interpretación de Andrés Bello (1847)

 

«El verbo de construcción impersonal puede llevar su acostumbrado régimen:

Se pelea por el caballo.

Se vive con zozobra.

Se trata de un asunto de importancia.

Pero aquí se ofrece una duda: ¿el complemento acusativo subsiste tal en la construcción impersonal cuasi-refleja, o varía de naturaleza? Cuando decimos,

Se admira a los grandes hombres;

Se colocó a las damas en un magnífico estrado,

¿debemos mirar estos complementos a los grandes hombres, a las damas como verdaderos acusativos? Yo me inclino a creer que no: lo primero, por la modificación de significado que esta construcción produce en el verbo: se admira es se siente admiración; se coloca es se da colocación; se alaba es se dan alabanzas; sentido que parece pedir más bien un dativo. Lo segundo, porque si el complemento tiene por término el demostrativo él, no le damos otras formas que las del dativo:

Se les admira (a los grandes hombres),

no se los admira.

Es práctica modernista y que choca mucho, se los admira. Ha nacido de asimilar nuestra locución a la francesa on les admire, que es esencialmente diversa. Se les ahorca, dice Salvá en el prólogo de su diccionario de la lengua castellana, sin embargo de que este autor mira a los como la terminación propia del acusativo masculino de plural de él.

Lo tercero, porque si el complemento lleva por término un nombre indeclinable, es de toda necesidad ponerle la preposición a, que en el dativo de estos nombres no se puede nunca omitirse, como puede en el acusativo: así, o decimos:

Se desobedece a los preceptos de la ley divina,

en construcción impersonal, o

Se desobedecen los preceptos,

en construcción regular, haciendo a los preceptos sujeto; pero no podemos decir:

Se desobedece los preceptos.

Contra esto puede alegarse que el verbo en la construcción impersonal pide las formas femeninas la, las:

Se la trata con distinción.

Se las colocó en los mejores asientos.

Pero esta razón no es decisiva, porque la y las son formas que se emplean frecuentemente como dativos. De manera que la regla es emplear en la construcción impersonal como dativo el que en la construcción regular es acusativo; pero con la especialidad de preferirse la y las a le y les en el género femenino. No caltan en la construcción impersonal de que se trata, ejemplos autorizados de le, les femeninos:

No bastará desagraviar la propiedad con la libertad de los cerramientos, si no se le reintegra de otras usurpaciones. (Jovellanos).

Pero no insistimos en ellos porque son raros y pudieran atribuirse a yerros de imprenta. El mismo Jovellanos ha dicho:

¿Dónde podría la nobleza hallar um empleo digno de sus altas ideas, sino en las carreras que conducen a la reputación y a la gloria? Así se la ve correr ansiosamente a ellas.

Si el término del complemento es de persona, se prefiere la construcción anómala cuasi-refleja, convirtiendo el acusativo en dativo:

Se invoca a los santos.

Se honra a los valientes.

Se nos calumnia.

Se les lisonjea.

Pero si el término es de cosa, la construcción que ordinariamente se emplea es la regular cuasi-refleja:

Se olvidan los beneficios.

Se fertilizan los campos con el riego.

Si dijéramos

Se olvida a los beneficios;

Se fertiliza a los campos,

serían personificaciones durísimas; pero lo más intolerable sería:

Se olvida los beneficios;

Se fertiliza los campos.

Sin embargo, cuando el complemento de cosa tiene por término el reproductivo él, es admisible en ciertos casos la construcción anómala:

Si en la fábula cómica se amontonan muchos episodios, o no se la reduce a una acción única, la atención se distrae (Moratín);

mejor que o no se reduce; porque no se nos presentaría espontáneamente el sujeto tácito de reduce, y sería menester cierto esfuerzo de atención para encontrarle en el término de un complemento de la proposición anterior; cosa que debe en cuanto es posible evitarse, porque perjudica a la claridad:

Unas veces se ama la esclavitud, y otras se la aborrece como insoportable (Olive):

aquí no hay la misma razón, y hubiera sido mejor se aborrece.

Resulta de lo dicho que la proposición irregular [= impersonal] es unas veces intransitiva (llueve, relampaguea, pésame de su desgracia, cantan en la casa vecina), o transitiva con acusativo oblicuo (tres siglos hace que fue fundada la ciudad de Santiago, llueve piedras, hubo fiestas); y otras veces cuasi-refleja (se canta, se les recibió con distinción, se les admira).

Construcciones parecidas a se les lisonjea, se les admira, no sé si se encuentran en escritores castellanos anteriores al siglo XVIII. De entonces acá se han ido frecuentando más y más: en el reinado de Carlos III eran comparativamente raras; hoy se emplean a cada paso, y muchas veces sein necesidad. Al contrario, la construcción pasiva de participio adjetivo era de mucho más uso en tiempo de Cervantes que ahora. Aquí noteremos que en algunos países de América se adulteran estas construcciones del modo más absurdo, concertando al verbo con el término de su complemento:

*Se azotaron a los delincuentes.

Se admiran, aplicado a personas, no querría decir que éstas son admiradas, sino que se admiran a sí mismas, o se admiran unas a otras, o que se produce en ellas el sentimiento de admiración. Este tercer sentido es el más obvio, y para que tuviese cabida el primero o segundo, sería menester, casi siempre, añadir alguna modificación a la frase: a sí mismas, unas a otras, mutuamente.» [Bello, 1847: § 791-794]

 

Las oraciones impersonales con se le / se les  

Interpretación de Rufino Cuervo (1874)

 

«El uso de la construcción refleja en sentido pasivo aparece arraigado en nuestra lengua desde sus primeros monumentos. [...] Y así por todas las edades de la lengua hasta nuestros días.

Aplicábase de preferencia esta construcción a las cosas, por el riesgo que había de que refiriéndose a personas, se confundiese el sentido pasivo con el reflejo o recíproco. El ejemplo siguiente muestra cómo se prefería, para las personas, la pasiva formada con ser y el participio:

«Por ende estableçemos que de aquí adelante en los pleitos que andodieren en la nuestra abdiençia en que se aya a dar sentençia definitiua, que aquel que ouiere de ffazer la rrelaçion que la trayga por escripto, ffirmada de su nombre, para que se ponga en el proçeso del pleito. Et que los procuradores e los abogados de los pleitos que sean llamados, e que se ffaga la rrelaçion ante ellos por vno de los oydores» (Cortes de Guadalajara, año 1390).

Con el tiempo fue aplicándose a personas la construcción reflejo-pasiva, quedando al contexto la determinación del sentido; en los siglos XVI y XVII se halla tal cual vez

se mataban los cristianos, se degollaron los catalanes, por eran muertos, fueron degollados.

Por dos caminos se procuró aclarar la ambigüedad de estas frases:

el primero, anteponiendo la preposición a al nombre del objeto que padece la acción:

«Fue recibido con grandes juegos e danzas, como se suelen recibir a los reyes que de alguna conquista vienen victoriosos» (Crónica de don Juan II, año VII, capítulo XXI).

Aquí se ve que el autor iba a escribir

como se suelen recibir los reyes,

pero resultándole el sentido diverso del que pensaba dar a la frase, porque reyes aparecía como agente, no tuvo otro medio de hacerlo paciente que anteponerle a, que, en cuanto al sentido, señala el blanco de la acción lo mismo en azotaron al ladrón que en dieron cincuenta azotes al ladrón. Semejantes frases no ofrecen dificultad en singular, porque desde antiguo se emplean como netamente impersonales.

No así en plural a causa de la incongruencia que resulta de seguir concordando el verbo con lo que se ha convertido en complemento; de donde proviene que frases semejantes a la que arriba se copió son tenidas por incorrectas. Fue el otro camino acudir a la semejanza de locuciones al tenor de se dice, se manda, se ruega, se hace agravio u ofensa, las cuales, teniendo sujeto gramatical, son ideológicamente impersonales, y llevan su complemento en dativo con a:

se dice, se manda, se ruega a los niños que vengan;

se hizo agravio a los vecinos;

y reproduciendo el nombre,

se le dijo, se les ruega.

Por eso desde que aparecen con pronombre las frases verdaderamente impersonales, llevan le y les. [...]

Del pronombre femenino no tengo ejemplos tan antiguos; pero aunque el uso más general en España es poner en estas frases la y las, no son raros le y les, lo cual arguye preferencia por el dativo:

«Se les provea de ministros» (a las iglesias) (ibid I, 13, 6).

«No se les trata así» (a las mujeres) (Ramón de la Cruz, El sastre y el peluquero).

«Así pudieron (las parteras) justificar con verdad y sinceridad la desobediencia de que se les acusaba» (Scio, Éxodo, I, 19, nota).

«Se le llama filia principis» (a Sulamitis) (González Carvajal, Libros poéticos de la Santa Biblia, VII, páginas 16, 19).

«Águeda se levantó con intención de irse, y sólo pudo retenerla la seguridad que recibió de que no se le volvería a importunar» (Fernán Caballero, Simón Verde, V).

Ni éstos son hechos aislados; en mucha parte de la América española, si no en toda, el uso común y corriente es decir se le, se les para el masculino y el femenino.

Con respecto a le masculino jamás ha habido duda; la, las han llegado a predominar notablemente sobre le, les; entre les y los la competencia se ha ido aumentando desde fines del siglo XVIII pero indudablemente les es todavía más usual aun entre los españoles.

De ochenta y cinco pasajes (fuera de los citados arriba) que he anotado a medida que se han ido presentando, sesenta y dos llevan les y veintitrés hay de los. [...]

Todo esto concurre a probar, en mi concepto, que el instinto común de los que hablan castellano tiende a emplear el dativo en estas frases. Pero si el complemento con a que apareció el primero es indiferente de suyo e igualmente acomodado como dativo o acusativo para determinar el blanco de la acción, objeto único con que en un principio se empleó la partícula, ¿qué motivos obraron en la preferencia de las formas dativas del pronombre? En primer lugar, cuando empezaron a usarse las locuciones cuestionadas, estaban ya arraigadas las otras se lo quita, se la entrega, se los alaba, con sentidos diferentes en que el se es dativo y el lo acusativo de cosa; en las nuevas el se ya no era dativo y el otro pronombre debía designar una persona; hubo pues necesidad de decidirse por aquellas no menos comunes, se le ruega, se les manda, en que el segundo pronombre señala la persona, quedando el se como signo de impersonalidad. Además, en el sentido impersonal la tradición sintáctica, a que el instinto popular es tan fiel, hacía sentir siempre un acusativo en el pronombre reflejo, y no fue posible introducir otro acusativo. ¿Pues cómo, se preguntará, se ha extendido el la y las y el los en lugar de le, les? Cuando empezó a generalizarse esta construcción cayó en manos de furibundos laístas, como Isla y Moratín, que por ningún caso admitirían un le femenino, y acreditaron el se la, se las en perjuicio del se le, se les; influencia que poco se sintió en América, donde el laísmo por buena dicha es desconocido.

En cuanto al los, sabido es que con suma frecuencia ha sido y es usado por los castellanos como dativo (los echó la bendición, los atraviesa el pecho); con tal valor pudo introducirse en estas frases, y ayudando la analogía de las personales como uno los oye, alguien las oyó, ha ido ganando terreno. La confusión de los casos que del leísmo se ha originado entre los castellanos no permite adivinar si ellos sienten en la construcción impersonal un dativo o un acusativo; pero de todos modos el las como el los aparecen en la historia de ella como igualmente abusivos, aunque el primero cuenta en España con más autoridades.

Finalmente, considerado atentamente el origen, desenvolvimiento y estado actual de estas construcciones, es patente que no pertenecen a la sintaxis normal y que caen por fuera de los esquemas de las gramáticas vulgares, ofreciendo uno de aquellos grados del movimiento sintáctico que el filólogo señala y explica históricamente, pero que no puede construir por los principios de lo que se llama análisis lógico. En prueba de ello citaré la argumentación de que se vale la Academia para desterrar el les y afianzar el los:

«si les», dice, «fuera dativo en a los delincuentes se les acusa, subsistiría al volver la frase por pasiva, cosa que no sucede, pues la pasiva de dicha frase es los delincuentes son acusados».

Dejada aparte la idea de volver por pasiva una frase que histórica y virtualmente ya lo es, idea casi tan inaceptable como que «un árbol es cortado» fuese la pasiva de «se corta un árbol», basta observar que, según la misma Academia se es en estas construcciones acusativo, y también desaparece. No se trata pues aquí de una oración primera de activa, y por tanto la argumentación no concluye; y si concluyera, podría decirse indistintamente se le o se lo castiga, supuesto que el acusativo de él es le o lo. Acaso sería bien que la Academia no decidiese dogmáticamente este punto, y que dejase la resolución, como lo ha hecho en la elección del acusativo le o lo, al único que tiene la clave para estos misterios del movimiento del lenguaje: el instinto popular, o sea el uso.

Para realzar más el indeciso carácter sintáctico de estas expresiones, añadiré algunas particularidades de que se hallan ejemplos en nuestros buenos autores.

A pesar de la forma y el sentido impersonales, no repugnan estas construcciones un predicado, las más veces alusivo a persona determinada.

«Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las manos de Dios. Si su Majestad nos quisiere subir a ser los de su cámara y secreto, ir de buena gana; si no, servir en oficios bajos y no sentarnos en el mejor lugar» (Santa Teresa, Vida, XXII).

«Estando pensando una vez con cuánta más limpieza se vive estando apartada de negocios, y cómo cuando yo ando en ellos debo andar mal y con muchas faltas, entendí...» (la misma, Relación III).

«Si no fuera por estos sustos, nada me quedaría que apetecer; pero ¿en qué rincón de la Península se vive tranquilo?» (Moratín, Obras póstumas, tomo II, página 226).

Hoy no se usa la concordancia del predicado con el nombre de la persona a quien se alude, y en general se tilda esta construcción como galicismo, aunque, por lo visto, sin razón. No obstante, con ser y estar semejante combinación es en nuestra lengua inaceptable, porque el predicado que puede tomarse como modificación adverbial con verbos significativos de actos materiales y concretos, con aquéllos supone un sujeto en el cual resida como cualidad o modificación. Es sin duda un barbarismo:

Cuando se está rico, se es cruel con los desvalidos

[Cuervo, 1874: Nota 106, comentario a los § 791-5 de la Gramática de Bello]

 

Las oraciones impersonales con se le / se les  

Interpretación de Emilio Alarcos Llorach (1994)

 

Interpretación de Emilio Alarcos (1994: § 270-273):

Imaginemos una situación real con tres componentes: la actividad «esperar», un actor que es «el que espera», y un objeto afectado por la acción que es «lo esperado», tenemos un sujeto explícito, un verbo y un objeto directo:

Juan espera el premio.

Juan espera al delegado.

Si suprimimos el sujeto, por ser ya conocido, tenemos:

Espera el premio.

Espera al delegado.

Si suprimimos el objeto directo, por ser ya conocido, tenemos:

Lo espera.

Si el hablante ignora quién sea el actor o no le interesa comunicarlo, no basta con que suprima el sujeto para evitar la referencia al actor diciendo

Lo espera;

tiene que recurrir a otra formulación para evitar toda referencia al actor, empleando la pasiva refleja y la impersonal, formas con las que el hablante sólo manifiesta una actividad («esperar») y lo afectado por ella («el premio», «un delegado»).

Se espera el premio. [= pasiva refleja]

Se espera al delegado. [= impersonal]

La presencia de se veda toda alusión a un actor concreto y transforma las relaciones entre el verbo y los demás elementos de la oración.

Si en estos dos últimos ejemplos sustituimos los sustantivos («el premio», «un delegado») por consabidos, su función no puede ser sustituida por el pronombre personal lo y no se diría

Se lo espera,

que sería una oración ambigua. Ver los siguientes ejemplos:

(Eso) me lo espero.

Alemán: Ich erwarte es mir.

(Eso) te lo esperas.

Alemán: Du erwartest es dir.

(Eso) se lo espera.

Alemán: Er erwartet es sich.

(Eso) nos lo esperamos.

Alemán: Wir erwarten es uns.

(Eso) os lo esperáis.

Alemán: Ihr erwartet es euch.

(Eso) se lo esperan.

Alemán: Sie erwarten es sich.

Por tanto, según Alarcos, para evitar la ambigüedad y hacer que la oración tenga sentido impersonal, no se puede emplear el pronombre personal (clítico) lo que sería un acusativo (objeto directo). En este caso, no se sustituiría el sustantivo de cosa (el premio) por un clítico y se diría:

Se espera;

y el sustantivo de persona (al delegado) se sustituiría por el pronombre personal (clítico) de dativo le:

Se le espera.

Comparando

Se espera el premio,

con

Se esperan los premios,

vemos que el premio es sujeto explícito y no objeto directo. Y si eliminamos u omitimos el sujeto, no lo podemos sustituir por el clítico lo/los, pues Se lo espera / Se los esperan serían oraciones ambiguas. Nos quedaría:

Se espera.

Se esperan.

De lo que Alarcos saca la siguiente conclusión:

«Por consiguiente, se es un incremento reflexivo de objeto directo, igual que en

Juan se lava,

Los niños se lavan,

La casa de hunde,

Las casas se hunden,

donde el sujeto gramatical de tercera persona (singular y plural) queda especificado por los sujetos explícitos correspondientes (Juan, Los niños, La casa, Las casas) concordes con el número del verbo.»

Cuando se trata de un objeto personal concreto, como en

Se espera al delegado,

las relaciones de los componentes oracionales son otras, pues si pluralizamos el sustantivo “al delegado”

Se espera a los delegados,

no se altera el número del verbo como en Se esperan los premios. Por tanto “delegado(s)” no tiene aquí la función de sujeto como la tenía “premio(s)” en Se espera el premio / Se esperan los premios.

Si ahora prescindimos del objeto por ser consabido, su función queda reflejada por el clítico le/les:

Se le espera.

Se les espera.

Según Alarcos, la forma le, les «sugiere que la función de estos adyacentes suprimidos es la de objeto indirecto». Como para este autor se tiene en los ejemplos anteriores la misma función de acusativo reflexivo que en Juan se lava / Los niños se lavan, está claro que le/les no puede ser acusativo.

El hecho de que al lado de se le / se les aparezcan en diferentes regiones las combinaciones se la / se las o se lo / se los, lo atribuye Alarcos a las interferencias del leísmo y el laísmo y constata que «los usos actuales son poco estables».

 

Bibliografía

 

Alarcos Llorach, Emilio: Gramática de la lengua española. Madrid: Espasa-Calpe, 1994, § 270-273.

Bello, Andrés (1847): Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, Ed. Trujillo, R., Madrid: Arco/Libros, 1988, § 791-794.

Cuervo, Rufino José (1874): Notas a la Gramática de la lengua castellana de don Andrés Bello, en: Bello (1847). Nota 106, comentario a los § 791-5 de la gramática de Bello.

Fernández-Ordóñez, Inés: “Leísmo, laísmo, loísmo”, en: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe. 1999, vol. I, pp. 1319-1390: § 21.1-6.

Fernández Soriano, Olga: “El pronombre personal. Formas y distribución. Pronombres átonos y tónicos”, en: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe. 1999, vol. I, § 19.5.7.3.

Mendikoetxea, Amaya: “Construcciones con se: medias, pasivas e impersonales”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe. 1999, vol. 2, § 26.1.6, p. 1631 ss.

Mendikoetxea, Amaya: “Construcciones inacusativas y pasivas”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe. 1999, vol. 2, § 25.1-5.

Monge, Felix: “Las frases pronominales de sentido impersonal en español” en Archivo de Filología Aragonesa VII, 1955. Zaragoza.

Peregrín Otero, Carlos: “Pronombres reflexivos y recíprocos”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe. 1999, vol. 1, p. 1429 ss.

Porto Dapena, Álvaro: Los pronombres. Madrid: Edi-6, 1986.

Seco, Manuel: Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española. Madrid: Espasa-Calpe, 1998, pp. 410-411 y p. 180, § 6]

Trujillo, Ramón (ed.): Gramática de lengua castellana, de Andrés Bello y Notas a la gramática de la lengua castellana de don Andrés Bello, de Rufino José Cuervo. Estudio crítico y edición de Ramón Trujillo. Madrid: Arco libros, 1988.