LOS SUFIJOS APRECIATIVOS EN ESPAÑOL

La derivación apreciativa

© Justo Fernández López


 

 Inventario de los sufijos apreciativos

 

Diminutivos

-ito, -ita

-ico, -ica

-illo, -illa

-ete, -eta

-ín, -ina

-ejo, -eja

-uelo, -huela

Aumentativos

-ón, -ona

-azo, -aza

-ote, -ota

-udo, -uda

-al

Peyorativos

-aco

-acho, -acha

-ajo, -aja

-ales

-alla

-ángano, -ángana

-ango, -anga

-astre

-astro, -astra

-engue

-ingo

-ingue

-orio

-orrio

-orro, -orra

-uco, -uca

-ucho, -ucha

-ujo, -uja

-ute

-uza

 

«Esta repartición es aproximativa, porque los límites de tales grupos son poco nítidos a veces. Por un lados, los sufijos peyorativos también implican tamaño: pajarucho y mujeruca están coloreados, en efecto, con desestima; pero un pajarucho es necesariamente grande, mientras que una mujeruca deberá tener una estatura limitada. Por otro lado, los diminutivos y aumentativos no siempre aminoran o agrandan: junto a la idea de lo pequeño suelen asociarse connotaciones afectivas positivas, y, a la de lo grande, negativas. Pero, en muchos casos, diminutivos y despectivos coinciden en sus valores: entre licenciadillo y licenciaducho apenas podremos encontrar diferencias de significación relevantes.»

[Lázaro Mora, Fernando A.: “La derivación apreciativa”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe, 1999, § 71.1.1]

 

 Repartición actual de los diminutivos peninsulares

 

 

«Como puede apreciarse, en el centro predomina –ito e –illo. En Aragón –ico, también en Murcia y Granada. En Murcia y Granada toma la variante –iquio. En Andalucía hay –ito e –illo, con mayor abundancia de –illo que en Castilla.

En los orígenes del idioma castellano la situación fue muy variada:

-uelo: pronto queda como uso literario y en usos ya fijados. Junto a –iello > -illo tiene cierto valor en la Edad Media y en el Siglo de Oro.

-illo:   es muy frecuente en el habla y literatura hasta el Siglo de Oro.

-ito e –ico: irrumpen en la segunda mitad del siglo XV en la literatura, cuando ésta refleja el habla popular. El sufijo –ico aparece como más popular y menos frecuente en el castellano del Siglo de Oro. –ito sigue creciendo pero no supera a –illo hasta el siglo XIX.

-ino, -iño: aparecen esporádicamente en algún texto castellano como rasgo regional. No han tenido vigencia en castellano.

-et > -ete: se usan más bien con sentido irónico o despectivo en castellano moderno.

En general, el diminutivo no se ha prodigado en la literatura castellana, a excepción de la popular y el romancero. Es notoria la parquedad de Boscán en el uso de diminutivos frente a Castiglione por citar un ejemplo ilustre.»

[Urrutia Cárdenas, H. / Álvarez Álvarez, M.: Esquema de morfosintaxis histórica del español.  Bilbao: Publicaciones de la Universidad de Deusto, ²1988, p. 111-112]

 

Los diminutivos: ¿sufijos o infijos?

 

«Las gramáticas al uso, y un nada despreciable número de trabajos lingüísticos, se han ocupado de la posibilidad de la existencia y descripción de los interfijos, infijos o afijos residuales. Son unos elementos átonos sin función gramatical ni significativa, tan sólo morfofonemática, pues sirven de enlace entre la base léxica y los sufijos (por ejemplo, vent-orr-illo). Su existencia ha sido puesta en entredicho muchas veces, ya que pueden parecer parte de otros sufijos, o conglomerados de sufijos.

El interfijo que parece más frecuente en nuestros días es –c- o –ec-, debido a la proliferación de verbos en –ecer, si bien es necesario con algunos sufijos de otro tipo (cafecito, bomboncito, panecillo, llavecilla, miradorcito, etc.).

Es posible considerar dentro de la categoría de los interfijos a los sufijos diminutivos, pues no se trata tanto de sufijos como de interfijos más la márca gramatical: libr-it-o, perr-it-o, escob-ill-a, tiran-uel-o.

En algunas ocasiones, el interfijo actúa tan sólo como elemento antihiático, dentro de una tendencia bien conocido en español: cafe-c-ito, mama-s-ita; o sirve de ayuda para la fácil pronunciación de derivados: cursi-l-ería, te-t-era, o incluso adquiere función diferenciadora (independientemente del origen de las voces): carn-ero / carn-ic-ero; llam-ada / llam-ar-ada; pan-ero / pan-ad-ero

[Alvar Ezquerra, M.: La formación de palabras en español. Madrid: Arco/Libros, 1995, p. 62-53]

«Los morfemas apreciativos son, según la gramática tradicional, sufijos que se añaden a los vocablos en su parte final. Ocurre, sin embargo, que el modo de manifestarse esa adición no es igual siempre. Pueden darse los siguientes casos:

1)    se añaden directamente a la consonante final de la palabra base (árbol + ito);

2)    esta forma base experimenta la pérdida de la vocal final (casa + ita > cas + ita);

3)    entre ella y el sufijo se introduce un infijo (pastor + ito > pastor + c + ito).

Otros gramáticos prefieren asignar a tales afijos la condición de infijos.»

[Lázaro Mora, Fernando A.: “La derivación apreciativa”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe, 1999, § 71.6]

«El infijo –c- en algunos diminutivos:

El sufijo diminutivo se une al nombre a veces mediante una –c-, cuyo origen es latino, sin duda; la terminación diminutiva latira era –ulus en los nombres de las dos primeras declinaciones, a la cual se anteponía generalmente un –c- en los nombres de las otras tres, y como el vulgar reemplazaba –ulus por –ellus u –olus (tónico), antepuso la –c- también a estos derivados. La situaión de partida es entonces:

-(i)culu > -(i)cellus, icolu [analogía]

Esta –c- se generalizó a otros sufijos: dolorcito, avecica, etc. En general, -cillo, -cito y –zuelo, precedidos de una e interfijada, se aplican a los monosílabos acabados en consonante, a los disílabos terminados en ia, io y a los terminados en a, o con ei, ie, ue en el tema, como florecilla (con e interfijada o variante ec), geniecillo, huertecillo, etc. –cillo, -cito, -zuelo, sin e intefijada o infijada, se aplican a los terminados en e, n, o r, como especiecita, cañoncito, mujerzuela, etc.»

[Urrutia Cárdenas, H. / Álvarez Álvarez, M.: Esquema de morfosintaxis histórica del español.  Bilbao: Publicaciones de la Universidad de Deusto, ²1988, p. 112]

 

 Formación de los diminutivos - Descripción prosódica

 

Sustantivo o adjetivo terminado en -a, -o [-a, -o se pierden] o en consonante (menos -n, -r)

Pequeño, bonito, lindo: -ito, -ita, -itos, -itas

Andalucía – pequeño, bonito, mono: -illo, -illa, -illos, -illas

Baleares, Cataluña, Valencia – cariñoso: -ete, -etes

Aragón  Navarra  Alicante  Centroamérica – encantador: -ico, -ica, -icos, -icas

Minimizado, a veces despectivo: -ucho, -ucha, -uchos, -uchas

Minimizado – literario: -uelo, -uela, -uelos, -uelas

Asturias, León, Extremadura – majo, mono: -ín, -ina, -ines, -inas; -ino, -ina, -inos, -inas

Galicia – cariñoso: -iño, -iña, -iños, -iñas

Santander, Oviedo – minimizado: -uco, -uca, -ucos, -ucas

Polisílabos terminados en: -e, -r, -n

Pequeño, bonito, lindo: -cito, -cita, -citos, -citas

Andalucía – pequeño, bonito, mono: -cillo, -cilla, -cillos, -cillas

Aragón  Navarra  Alicante  Centroamérica – encantador: -cico, -cica, -cicos, -cicas

Minimizado – literario: -zuelo, -zuela, -zuelos, -zuelas

Monosílabos terminados en consonante -b  o -ey

Primera sílaba termina en -ue, -ei, -ie

Bisílabos que terminan en: -ia, -io, -ua

Palabras que terminan en: -ío, -ía

Pequeño, bonito, lindo: -ecito, -ecita, -ecitos, -ecitas

Andalucía – pequeño, bonito, mono: -ecillo, -ecilla, -ecillos, -ecillas

Aragón  Navarra  Alicante  Centroamérica – encantador: -ecico, -ecica, -ecicos, -ecicas

Minimizado – literario: -ezuelo

Galicia – cariñoso: -ciño, -ciña, -ciños, -ciñas

Palabras que terminan en: -ío, -ía

Minimizado – literario: -achuelo

Monosílabos terminados en vocal

Pequeño, bonito, lindo: -cecito, -cecita, -cecitos, -cecitas

Andalucía – pequeño, bonito, mono: -cecillo, -cecilla, -cecillos, -cecillas

Aragón  Navarra  Alicante  Centroamérica – encantador: -cecico, -cecica, -cecicos, -cecicas

Minimizado, a veces despectivo: -cezucho, -cezucha, -cezuchos, -cezuchas

Minimizado – literario: -cezuelo, -cezuela, -cezuelos, -cezuelas

Galicia – cariñoso: -ceciño, -ceciña, -ceciños, -ceciñas

 

 Formación de los diminutivos - Modelo fonológico

 

La selección del infijo (-c- o -ec-) se establece en función de las dimensiones silábicas de las palabras. Existe un proceso de inseción de -ec-, y otro de elisión vocálica de la base en contacto con la inicial del morfema. La causa de la presencia del interfijo se debe a razones prosódicas; más exactamente al control de las dimensiones silábicas de los derivados diminutivos:

 

Bisílabos acabados en consonante, como diminutivos son tetrasílabos (cuatro sílabas) - el diminutivo aumenta dos sílabas:

reloj > relojito

árbol > arbolito

clavel > clavelito

Bisílabos acabados en vocal -a/-o, como diminutivos son trisílabos (tres sílabas) - el diminutivo aumenta una sílaba:

perro > perrito

ojo > ojito

puro > purito

Bisílabos acabados en -n, como diminutivos son cuatrisílabos (cuatro sílabas) - el diminutivo aumenta dos sílabas:

león > leoncito

camión > camioncito

sartén > sartencita

Bisílabos acabados en -e átona, como diminutivos son cuatrisílabos (cuatro sílabas) - el diminutivo aumenta dos sílabas:

monte > montecito

valle > vallecito

parque > parquecito

Monosílabos - o no permiten derivación o la hacen mediante el infijo -ec-, como diminutivos son cuatrisílabos - el diminutivo aumenta tres sílabas:

tren > trenecito

pan > panecito

pez > pececito

«Existe un solo monosílabo acabado en vocal susceptible de admitir diminutivo (pie); pues bien, la manera de formarlo parece confirmar esta idea: gracias a que recibe por dos veces el infijo –e- (pi-ec-ec-ito), se obtiene una forma de cuatro sílabas, es decir, el número regular con el que cuentan los diminutivos monosílabos. Existe, además, otro grupo de monosílabos acabados en semivocal (buey, ley, rey) que también reciben la inserción del infijo –ec-, par que la ley de las cuatro sílabas se cumpla: hecho que se facilita por la consonantización de la semivocal (buey-ec-ito, ley-ec-ita, rey-ec-ito).

De ahí nuestra conclusión final: -c- y –ec- serían variantes alomórficas del infijo diminutivo; y la selección del primero ocurriría cuando, en una formación diminutiva, el uso de –ec- produciría un derivado que excediera las dimensiones silábicas permitidas por el sistema: el diminutivo virrey es virreicito y no *virreyecito, pues tal formación presenta tres sílabas más que la forma base, y el sistema sólo concede dos.

Entre las carencias de esta hipótesis, hay que destacar, sobre todo, el hecho de que no tiene en cuenta fenómenos provenientes de los distintos dialectos del español, y que, al utilizar distintos criterios en la explicación el proceso derivativo, obliga a situarlo en distintos componentes de la gramática, complicando en parte la descripción.»

[Lázaro Mora, Fernando A.: “La derivación apreciativa”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe, 1999, § 71.7.1]

 

 Valor de los sufijos diminutivos

 

«La vieja idea de que de las significación empequeñecedora de los diminutivos se ha derivado la afectiva – ya que los objetos chicos despiertan en nosotros, por veces, sentimientos de protección y ternura o de desconsideración o menosprecio – va siendo rechazada cada vez con más seguridad. El diminutivo, más bien, era el signo de un afecto.

Más interés aún que la prelación histórica entre el valor empequeñecedor y el afectivo tiene el problema de la significación originaria de estos sufijos: o significaban la ternecencia, la semejanza, ‘perteneciente a’, ‘a la manera de’, ‘descendiente de’, etc. (columbina, diamantinus), o no suponían modificación conceptual alguna respecto de las palabras bases.

Los diminutivos alemanes no son por su naturaleza palabras empequeñecedoras, sino que originariamente, lo mismo que los hipocorismos, son individualizaciones destacadas. El diminutivo parece más bien contener un realce del concepto; un deslindamiento del concepto con relación a la ocasión particular, motivado en el afecto del hablante: mi pueblecito (mein Dörfchen) no tiene en manera alguna que quitar al concepto ‘pueblo’ (‘Dorf’), en esta ocasión particular, nada de su fuerza originaria ni de su contenido de significación, antes bien, sugerirá algo así como ‘mi pueblo’; su papel es especializar, en fin: personificar. (F. Wrede)

Nuestros sufijos han conservado siempre este papel destacador del objeto, su función de pensarlo representacionalmente refiriéndose a su agudizada valoración. Como contenido conceptual se señala para el diminutivo la significación de empequeñecimiento, la de referencia a objetos pequeños como clase, y, por fin, la contraria de aumento. Respecto a la significación disminuidora, sólo he de añadir que, a pesar de haber dado lugar a la denominación de diminutivo, es con mucho la función menos frecuente, tanto en la lengua escrita como en la oral; cualquier recuento convencerá al lector de que el uso más abundante del diminutivo es el de las funciones emocional, representacional y activa. Cuando el sentido central es realmente el de disminución, se suele insistir en la idea de pequeñez con otros recursos (una cajita pequeña, una cosita de nada, etc.). Es raro, aunque perfectamente idiomático, encomendar exclusivamente al diminutivo la idea de tamaño reducido. [...]

Ante todo, es inútil estudiar el valor estilístico de un diminutivo aislado de toda situación real, como generalmente nos lo presentan.

Entre usted despacito

Vaya de prisa

no suponen más lentitud ni más celeridad que despacio y de prisa; son simplemente más corteses o más recomendativos. Son diminutivos dirigidos hacia el prójimo y no tienen que ver con despacio o de prisa. Ningún español va a interpretar

Me gusta la sopa calentita

como ‘muy caliente’; el diminutivo insiste afectiva y representacionalmente en el calor y en el gusto. Con

Ya estamos los dos solitos

un enamorado no significa una soledad mayor que con los dos solos, algo así como ‘ganz allein’. Solitos apunta a la especial emoción que le causa el estar los dos a solas. La función de estos sufijos, lo mentado con ellos, no es anda referente al aumento de lo nombrado, sino a lo que nos afecta: visión agudamente subjetiva.

La interpretación de que, en sus orígenes, el diminutivo era el signo de un afecto vale hoy todavía en multitud de casos. En el examen estilístico no sólo hay que contar aquí con el cariño y el desprecio y variantes de intensidad, sino con otras de cualidad.

Íbamos tan arrimaditos,

dicho por un enamorado, puede expresar regusto erótico. Entre los afectivos se suele incluir, como de signo negativo, los despectivos; pero

mujercita – mujerzuela

casita – casucha

no son parejas de meros contravalores.

Caballejo, vejete, hierbajo, bodijo, etc.,

aunque suelen ir acompañados de emoción, lo que denuncian más bien es una valoración y categorización del objeto. Por lo tanto, si

mujercita, casita, caballito

son diminutivos de dominante emocional (ternura, amor, orgullo de propietario, complacencia por sentir el objeto en la propia esfera vital), estos otros lo son ya de dominante estimativa e intelectual, por más que no haya un valor sin su corrrespondiente emoción, ni emoción que no suponga un valor. Aunque llamados despectivos, pueden ir acompañados de hostilidad, odio, desamor, desprecio, etc.

Ramiro sintió impulsos de salir al balcón y lanzar un denuestro contra aquel galancete, rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.

Culquiera de los sufijos de esta familia puede tener alternativamente, según la ocasión, dominante afectiva o intelectual. [...]

El sufijo –ito, por lo común cariñoso, es despectivo y rebajador aplicado al enemigo:

A lo que dijo Don Quijote, sonriéndose un poco: -¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas?

Este esquema idiomático es hoy todavía productivo:

¡capitancitos a mí!

¡alcalditos a mí!

¡toritos a mí!

¡sermoncitos a mí!

Encierra un contrarreto. El diminutivo pretende un rebajamiento del contrario o del obstáculo. El diminutivo rebajador era frecuente en la época clásica con nombres propios. Góngora llamó a Lope Lopillo, Quevedo a Góngora, Gongorilla.

Este poder injuriante debe venir del uso del diminutivo con nombres propios de servidores y gentes de menor estado. No me parece haya sido la base la idea de tamaño reducido. Expresa familiaridad impertinente. El llamar con diminutivo a los sirvientes y gente menor en general, denunciaba condescendiente superioridad. [...]

Ciertos temples emocionales se suelen manifestar prodigando los diminutivos en cada frase; pero también un solo diminutivo puede alcanzar a la expresión entera, denunciando el temple que la preside. Yo felicito a unas alumnas que acaban de recibir su título de profesoras:

-¿Y cuándo esperan ustedes conseguir cátedra?

-Ya tendremos que aguantar unos añitos.

Una visión subjetiva, pero no de los años, sino del tener que aguantar unos años. La subjetivación, ese resignado humorismo, se refiere a todo el pensamiento. [...]

Una madre pide:

San Cristobalito,

manitas, patitas,

carita de rosa,

dame un novio pa mi niña que la tengo mosa.

San Cristóbal atiende el ruego. Al cabo de un tiempo, la suegra increpa:

San Cristobalón,

manazas, patazas,

cara de cuerno,

tan judío eres tú como mi yerno.

-ito y –azo, bemoles o sostenidos que encabezan la melodía verbal e imponen al parlamento respectivo un tono uniforme en mayor o menor. [...]

Distinguiendo en los diminutivos entre los dirigidos hacia el objeto nombrado y los dirigidos hacia el prójimo, tenemos también que diferenciar en estos últimos los intencionalmente activos de los meramente efusivos. Estos “términos de cariño”, “melosidad”, “cortesía”, etc., parecen referirse al segundo tipo. Una copla argentina dice así:

No me tires piedritas

que me vas a lastimar,

tírame con tus ojitos

y me van a enamorar.

Los enamorados que en sus coloquios nombran cada cosa en diminutivo efunden así su recíproca ternura. [...]

Junto a este oficio afectuoso-activo, nuestros sufijos muestran otro que llamaremos de cortesía. También en éste el contenido se dirige hacia el oyente; pero el contenido mismo varía: en vez de presionar con una manifestación de afecto, ahora se trata de un apocamiento cortés (o estratégico) en el hablante y en lo que dice. La cortesía puede envolver afecto, de modo que ambas clases se interpenetran. Pero en los casos extremos se ve claramente que se trata, en fecto, de clases distintas. En un juzgado de Santo Domingo, el juez pregunta al testigo cómo encontró a la pareja acusada:

-Pues ¿qué se cree usté, señor juez?, singando (usando una palabra que allá es obscena)

-¡Silencio! (interrumpe el juez). Use un lenguaje más decente.

-Bueno, pues singandito.

Diminutivos como estos se usan hasta cuando entre el hablante y el abordado no media afecto, ni siquiera conocimiento personal. Son meramente corteses. La denominación tradicional de “diminutivo” y la fácil observación de que aquí queda como rebajado el sentido de la frase, puede inducir a error. No se dice que la pareja no hacía realmente lo que hacía. Lo que se logra es desdibujar un poco la nitidez de perfiles de la expresión, lo achicado es la expresión, como quien achica la voz y se encoge un poco al decir una cosa demasiado clara. Se ensordina la expresión por mera cortesía, no porque modifique el concepto ni la situación objetiva. Su oficio es, pues, de relación interpersonal y activo (o defensivo).

Hay que incluir aquí todo un grupo: entre familiares son muy frecuentes los diminutivos en los reproches. Tienen algo de afectivos, pues con ellos se va a no sacar el asunto de un clima afectuoso; mas eso se logra ensordinando la expresión con procedimiento análogo al de los diminutivos de cortesía:

-Pero ¿de dónde has sacado ese geniecillo, niña?

-¿Geniecillo? ¡Ah sí, el genio es de los otros! (Unamuno, Abel Sánchez)

Otro ejemplo:

-Admiro tu ingenioi tanto como deploro tu esquivez. ¿Por qué eres tan arisquilla conmigo?

-¿Arisca yo?

-Arisca, no; arisquilla. Y hasta ingrata si me apuras mucho. [...]

La abundancia del diminutivo es un rasgo de lo regional, del habla de las regiones en cuanto se opone a la general. Y como esta oposición es mayor en los campos que en las ciudades, es el diminutivo, sobre todo, un rasgo del habla rural.»

[Alonso, Amado: “Noción, emoción, acción y fantasía en los diminutivos”. En: Alonso, Amado: Estudios lingüísticos. Temas españoles, Madrid: Gredos, 1967, p. 161-178]

«En lo que concierne al español continúa siendo básico el postulado de Alonso (1936). En este trabajo pone de relieve el carácter predominantemente afectivo del diminutivo, que “destaca su objeto en el plano primero de la conciencia. Y esto se consigue no con la mera referencia al objeto, a su valor, sino con la representación afectivo-imaginativa del objeto» (p. 197).  Insiste Alonso en esta idea señalando que “cuando el sentido central es realmente el de disminución, se suele insistir en la idea de pequeñez con otros recursos: una cajita pequeña, una cosita de nada (p. 198).

Un punto de vista radicalmente diverso del de Alonso es el expresado por Pottier (1953). Para él, en el nivel de la lengua, los diminutivos sólo modifican la extensión del concepto. Los valores cualitativos son posteriores y de difícil sistematización. [...] Pero la idea de que ya en el plano de la lengua, y no sólo en el plano del discurso, el diminutivo cuenta con valores apreciativos es la que posee más valedores. [...]

Por lo tanto, “aminoración” y “aprecio” son valores solidarios en el diminutivo. Pero, ¿en qué proporción? Alonso se inclinaba por el carácter predominantemente afectivo. Creo, sin embargo, que incluso podríamos radicalizar esta idea, y pensar con mayor resolución que el diminutivo nocional no existe. Aunque tal afirmación parece, naturalmente, fácil de refutar co ejemplos como

La ceniza me ha hecho un agujerito en la camisa. [...]

Sin embargo, lo que aquí se sostiene es que, aun en esos casos, una palabra está completamente disponible, para expresar algún tipo de aprecio. Por ello, tal vez se podría completar la idea de Alonso sobre el valor de los diminutivos añadiendo que tales sufijos, sin alterar el significado de las bases, aminoran el tamaño del objeto significado, pero con una simultánea capacidad para la expresión afectiva, apreciativa, que puede ser exclusiva cuando el objeto no puede sufrir variación de tamaño (pesetita, semanita).»

[Lázaro Mora, Fernando A.: “La derivación apreciativa”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe, 1999, § 71.2]

 

 Los sufijos aumentativos

 

«Hay muy pocos trabajos que expliquen con rigos los sufijos aumentativos. y eso que algunos ellos, como –azo, es de los que más se usan en el español de hoy para connotar apreciativamente.

El sufijo –ón ha conservado, aumentándolo, su significado latino (formaba derivados de hombres de partes del cuerpo para designar personas que las tenían de tamaño desmesurado o forma llamativa): barrigón, narigón, bocón, cabezón, etc. Esta desmesura condujo irremediablemente a dotar a este sufijo de un sentido apreciativo burlador, que se extendió a otro tipo de voces que no designaban cualidades físicas: beatón, solterón, etc.

Su función propiamente románica es la aumentativa, hoy todavía de gran vitalidad. Es el sufijo más usual entre los de su clase, y de uso prácticamente ilimitado con los sustantivos. Y casi siempre colorea las voces de un fuerte sentido peyorativo (aunque, en ocasiones, dependiendo del contexto, puedan tener un matiz meliorativo). Como consecuencia de esta pujanza, -ón desbordó la esfera nominal, y pasó también a formar grupo muy importante3 de derivados sobre verbos. A partir de aquí es de donde prospera su valor de “golpe” y, específicamente, “golpe dado con”, o “recibido en” (madrugón, manotón, pescozón, etc.).

El sentido aumentativo y el peyorativo son los valores fundamentales de –azo, actuales y pretéritos

animalazo, bocaza, bribonazo, colorazo, golosazo, hombrazo, manaza, mujeraza, negrazo, etc.

Aunque, en ocasiones, la connotación peyorativa puede no estar presente; e, incluso, ser sustituida por una apreciación positiva

amigazo, buenazo, exitazo, gustazo, madraza, marinerazo, ojazos, padrazo

En el español de América, donde tiene una vitalidad superior, ha llegado a perder totalmente la intención peyorativa, cuando las bases son adjetivos, participios o adverbios; y adquieren su significado superlativo

cansadazo, cariñosazo, grandazo, largazo, lindazo, malazo, muchazo, pocazo, riacazo, tantazo, viejazo, etc.

Por otro lado, hay algunas formaciones, siempre en plural, que expresan calificaciones personales y peyorativas, que se traducen normalmente en “hombre poco entero y resuelto”

bragazas (“hombre sin energía”)

calzonazos (“hombre muy condescendiente”)

cuartazos (“hombre corpulento y flojo”)

manazas (“persona poco hábil”)

vainazas (“persona floja y descuidada”)

Además del valor aumentativo y peyorativo, -azo ha desarrollado otro muy importante: el de acción, que, añadido a un nombre de objeto, expresa el golpe dado con él

botellazo, culatazo, estacazo, palazo, pelotazo, portazo, porrazo

Y, en ocasiones, “golpe recibido en” o “el resultado del golpe”

cogotazo, espaldarazo (“en el espaldar”)

pestorejazo, balazo (“herida de bala”)

chaspanazo, etc.

Se trata, en resumen, de un sufijo muy popular, con un desarrollo amplísimo, y de un marcado carácer expresivo. Esa pluralidad de valores en el español contemporáneo confiere, en efecto, cierta complejidad al sufijo –azo. Una nada desdeñable, la de su traducción.

Muestra De Bruyne (1978: 56) que el esntido aumentativo presenta una variante que hace hincapié o pondera “una cualidad particular, un comportamiento o una manera de ser”. Y, encontes, -azo connota al derivado como “exagerado” o “anormal”:

Además de ser muy bonita, que lo eres, y de tener, hija, un cuerpazo de miedo, tienes también un ángel, una chispa que emboba, chiquilla.

Eres una débil, aunque hagas tanto el chicazo y bebas vino con el tipo del autobús.

Pero el valor afectivo que, a veces, confiere nuestro sufijo al sintagma en –azo exprea también matices de ironía y admiración:

[Azaña] era cruel con los de la acera de enfrente: “Está que muerde el filosofazo”, dijo un día de Ortega.

También presenta alguna variante el sentido de acción “golpe dado con”, a través de una expresión cada día más frecuente, y cuya fórmula es: a (elemento fijo) + / (palabra básica) + azo (elemento variable) + limpio (elemento fijo). El adjetivo limpio completa la significación del sintagma «evocando la repetición de la acción (es decir, del golpe) y cierta exclusividad (es decir, idea de ‘sólo con...’» (De Bruyne 1978: 63):

Fue en la cárcel de Burgos donde uno de los condenados fue rematado a cristalazo limpio sobre la cabeza.

Lo que los americanos quieren es que haya Franco para rato y que Franco nos meta en la guerra cuando ellos decidan liarse a bombazo limpio.»

[Lázaro Mora, Fernando A.: “La derivación apreciativa”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe, 1999, § 71.8]

«En líneas generales la base del sufijo –azo es nominal

bastonazo, cantazo, espaldarazo, matillazo,

aunque existen algunos ejemplos de base verbal

arañazo, lametazo, topetazo

Con el significado de “intentona de golpe de Estado” o “acción política inesperada y autoritaria” la base es normalmente un nobre propio:

bogotazo, malvinazo, pinochetazo, tejerazo, videlazo

El derivado se forma mediante la adjunción a la base con elisión de la vocal final:

baquetazo, escobazo, martillazo, zapatazo, zurriagazo

En algunos casos se observa la presencia de interfijos no predecibles sincrónicmente:

-et- en cucharetazo, pistoletazo, puñetazo, varetazo

-ar- en espaldarazo, testarazo

-ot en manotazo, picotazo, rabotazo

Si la base presenta un diptongo tónico, normalmente se da la monoptongación al producirse el traslado acentual:

nevazo, portazo, sarmentazo,

aunque existen algunas excepciones como cuerazo.

La mayoría de los derivados designan una acción brusca o violenta.

La base nominal suele indicar el instrumento de esa acción

bastonazo, martillazo, pistoletazo, timbrazo,

la localización

bogotazo, cogotazo, espaldarazo, mendozazo

o el agente

pinochetazo, tejerazo, videlazo.

En Hispanoamérica se observa la tendencia a extender este sufijo a todo tipo de acciones en casos como

cuadrillazo (“ataque de varias personas contra una”)

esquinazo (“serenata”)

pantallazo (“informe rápido y fugaz”)

trenazo (“accidente ferroviario”).

En lo que atañe a su alternancia con otros sufijos, se han señalado las alternancias entre –azo / -ada en ejemplos como los siguientes:

a)      Con diferente significado: aletazo/aletada, casquetazo/casquetada, escobazo/escobada, tijerazo/tijerada, etc.

b)      Con significado similiar: guantazo/guantada, nevazo/nevada, puntazo/puntada, saetazo/saetada, tijerazo/tijerada, etc.

En el caso de los derivados deverbales, la alternancia afecta tan sólo a alguinos ejemplos como:

arañazo/arañada/arañanamiento/araño

chaparrazo/chaparrada/chaparrón

[Lacuesta, Ramón Santiago / Bustos Gisbert, Eugenio: “La derivación nominal”. En: Bosque, Ignacio / Demonte, Violeta (eds.): Gramática descriptiva de la lengua española. Madrid: Real Academia Española / Espasa Calpe, 1999, § 69.2.8]

 

La expresividad en el sistema español de sufijación

 

Españolitos, curritos, amiguetes, coleguillas y demás gente de mal vivir

Por Dolores Soler Espiauba

«Una de las oposiciones más contrastadas entre lenguas germánicas y lenguas románicas es la mayor flexibilidad de estas últimas en la formación de nuevas palabras mediante una sufijación rica en matices, constituida por los llamados apreciativos.

La gran flexibilidad permite a estos sufijos adherirse a diversas partes de la oración, esencialmente el nombre (común y propio) y al adjetivo, pero también al adverbio, al pronombre y al gerundio: Trabajazo, Jaimito, cursilón, feúcha, deprisita, mismito, callandito. [...]

Cada región española se caracteriza por una sufijación diferente. Y han surgido recientemente en áreas urbanas importantes del español peninsular una serie de sufijos de tipo irónico-afectivo-despectivo del tipo: -ata, -eta, -aca, -oca, -eras, -ero, -aco (bocata, jubileta, masoca, guaperas, etc.). […]

Existe una suerte de “encadenamiento” de las funciones del diminutivo que nos obligará a salirnos del campo de la racionalidad si queremos entenderlas. Posiblemente, la idea de empequeñecimiento haya originado un sentimiento de protección, de éste se pasó a la ternura, que más tarde, al burlarse de sí misma, se transformó en ironía y así sucesivamente. Pero la cadena podría también funcionar en sentido inverso y la protección concedida a un ser que nos inspira ternura podría engendrar la idea de empequeñecimiento y crear así nuevos eslabones en una serie de causas y efectos.

A pesar de todo ello, es difícil encontrar un diminutivo acompañando a términos abstractos, ya que es también expresión de concreción. Esto quiere decir que lo vamos a encontrar preferentemente en los terrenos amoroso, infantil y doméstico. En el primero, sin embargo, se podría observar abstracciones en forma de vocativos: Amorcito, cariñito, vidita. El/la amante proyecta en el/la amado/amada las emociones que éste/a despierta.

Un simple e inocente diminutivo puede marcar con una connotación social peyorativa a toda una clase y a toda una época. Se trata del término señorito, que en cierto momento, y sobre todo durante la guerra civil española, marcaba con una cruz a todo aquel que vivía y pensaba con arreglo a códigos burgueses y conservadores. Incluso hoy, una frase como -¡Estás tú muy señorito/a!“ implica todo un background de pereza y de falta de solidaridad, en una palabra: de señoritismo.

Y en la misma línea sociopolítica se situaría el término batallitas con toda su carga de irónico hastío ante la repetición de los recuerdos de supervivientes más o menos heroicos de guerras civiles, de resistencia antifranquista y de mayos del sesenta y ocho.

Tierna y conmovedora connotación social tiene el término mojaíto, versión andaluza del wet back del Río Grande, que nació cuando empezaron a llegar a las costas españolas del estrecho de Gibraltar los primeros náufrgos marroquíes buscando el paraíso europeo. Y fue también difundido por F. Umbral el contundente término pasota que definía una mentalidad, un estado de desencanto, una pérdida de los ideales colectivos, propios de ciertos sectores de la sociedad española hasta la década de los setenta.

Incluso la religión puede verse afectada por la sufijación, ya que muchas Vírgenes españolas son invocadas por sus devotos con sufijos regionales de claro matiz afectivo: La Moreneta, la Pilarica, la Santina. Hay en Andalucía un Cristo muy venerado, al que sus fieles llaman el Cachorro, suerte también de diminutivo afectivo y no olvidemos que los niños españoles aprenden a rezar con las palabras: “Jesusito de mi vida eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón”.

La onomástica de principios de siglo se vio invadida por los diminutivos, y en todas las familias había una Conchita, un Luisito o un Jesusín, por no citar a las Maripilis y a las Marilolis. Recordemos en el mundo de la política y el espectáculo a  Arturito Pomar, Conchita Piquer, Carmencita Franco, Manolete y Evita Perón. Actualmente, aunque perviven ciertos diminutivos regionales, como el vasco -cho / -txo o el gallego -iña, la moda parece evolucionar hacia nombres que aceptarían mal la sufijación: Vanessa, Jonathan, Jessica ...

El diminutivo onomástico pervive con más arraigo en el español de América, aunque los nombres de influencia anglosajona sean allí aún más frecuentes que en España. Ya en su tiempo decía A. Bello, citado en la tesis de E. Náñez: „En Chile, como en algunos otros países de América, se abusa de los diminutivos. Se llama señorita, no sólo a toda señorita soltera, de cualquier tamaño y edad, sino a cualquier señora casada o viuda.

Y casi nunca se las nombra sino con diminutivos: Pepita, Conchita, por más ancianas y corpulentas que sean. Esta práctica debiera desterrarse, no sólo porque tiene algo de chocante y ridículo, sino porque confunde diferencias esenciales en el trato social. En el abuso de las terminaciones diminutivas hay algo de empalagoso.“ Tendríamos aquí una prueba del andalucismo del español de América, ya que el diminutivo onomástico -ito  -ita es todavía muy usual en Andalucía y lo era aún más en tiempos del ilustre gramático.

Encuentra W. Beinhauer rasgos característicos del diminutivo andaluz en su trabajo sobre el piropo, en un libro dedicado a coplas y canciones populares. Efectivamente, el hombre que en la calle manifestaba (empleo conscientemente el pasado por hallarse esta peregrina práctica en franco retroceso) su admiración y deseo por una muchacha, lo hacía corrientemente por medio de diminutivos picarescos y con frecuencia infantilizadores. Cita Beinhauer:”Olé tu boquilla, que parese un piñón”; “Manojitos de alfileres son tus pestañas”; “Qué buen palmito ...”; “A pasito corto, como las palomas”...

Los llamados aumentativos, al igual que se ha señalado al hablar del diminutivo, tampoco tienen como única posibilidad la de amplificar, sino esencialmente la de enfatizar.

Por ejemplo, los deverbativos que ponderan acciones violentas: reventón, apretón, achuchón, morrón, revolcón, empujón.

El sufijo -azo, que tradicionalmente tenía entre valores el de golpe violento, codazo, portazo, puñetazo, sigue muy en boga con valores ponderativos de la calidad y la intensidad, como ambientazo, besazo, cochazo, coñazo, sueldazo, bodaza.

Tanto en la expresión  „me ha costado veinte durazos“ como “me ha costado mil pesetillas” enfatizamos la importancia mayor o menor que acordamos al gasto realizado.

Por su parte, el sufijo aumentativo -ón sigue igualmente con gran vitalidad en el español de hoy: resultona, frivolón, gastón, pastón, chinón y hasta nos parece revitalizado con nuevas connotaciones morales, estéticas y sociales.

Por lo que respecta a -arro, -orro, -orrio, parece conservar sus valores tradicionales despreciativos o ponderativos: (tiorra / despreciativo, frente a vidorra / valorativo) al mismo tiempo que aumentativos, sobre todo en combinaciones acumulativas, como tiarrón.

El sufijo -chón parece haberse quedado limitado a algunos nombres y adjetivos tradicionales como bonachón, corpachón, frescachona, sin que su uso parezca conocer un gran auge en las nuevas generaciones.

En cuanto a los despectivos, se mantienen adictos a sus valores tradicionales: comistrajo, franchute, cagarruta, casucha, caldorro, canijo. Pueden vehicular sentimientos de desamor, hostilidad, odio, desprecio, pero la mayoría de las veces son desvalorativos de dominante intelectual, con escasa emoción.

Existe indiscutiblemente cierto desequilibrio en la distribución del espacio dedicado a las tres categorías analizadas, pero hay una razón justificativa: El ámbito del diminutivo es mucho más extenso en el español de hoy que el de los otros derivativos, ya que, como hemos visto, no sólo sirve para referirse a lo pequeño, a lo adquirido, a lo emotivo, a lo deseado, a lo compadecido, a lo social, a lo ocultable y a lo cortés, sino que invade también los campos de lo irónico, lo crítico, lo amenazador, lo cortés, lo hiriente y lo ridículo.

Existe un interesante fenómeno lingüístico de reciente aparición, cuya aparición se remonta a los primeros sesenta y es el nacimiento de nuevos sufijos que sería difícil clasificar en una u otra de las categorías anteriormente mencionadas.

La primera derivación que se formó a partir de estos nuevos sufijos fue casi a ciencia cierta el sustantivo “cubata”, seguido de “bocata”. Su función inicial fue la de designar de una manera informal y desenfadada, algo que era frecuente en el comer y en el beber de los españoles de esta época.

El fenómeno se produce en el ámbito cheli, que alcanzó su máximo esplendor en otras capas menos populares al ser divulgado desde el diario El País por Francisco Umbral en sus crónicas cotidianas „Spleen de Madrid“. Es Umbral un auténtico creador de lenguaje, al que debemos hallazgos terminológicos tan eficaces como “el cuarentañismo”, los “latinochés” y el “pasotismo”, derivado de pasota, donde aparece de nuevo el citado sufijo -ta.

Siguió extendiéndose su terreno hacia los sustantivos que designan profesiones o pertenencias a grupos, como sociata, jubileta, drogata, carburata, negrata, así como hacia los aparatos electrónicos: tocata, ordenata. Siempre con un matiz afectivo-despectivo muy característico del habla popular de Madrid, pero rápidamente adoptado por otras categorías urbanas, ya que la juventud actual parece agruparse más bien por afinidades generacionales que de tipo cultural o de clase. Según E. Tierno Galván, “la juventud actual tiende a romper los esquemas de asociación”. Esto lo afirmó don Enrique en el 83 y desde entonces también ha llovido.

Otra variedad la constituye el sufijo -eto: careto, bareto, con el mismo matiz de banalizar lo que se designa. Nació más adelante -ca, aplicable a adjetivos: masoca, sudaca, con valor claramente despectivo, pero que combinado con otros sufijos puede alcanzar matices afectivos: sudaquita, masoquilla.

Tenía cartas de existencia el sufijo -ras en términos como voceras, pero se adhirió a nuevos adjetivos, formando sorderas, guaperas, y hasta a sustantivos tan políticamente eficaces como peperas (variedad de pepero) [del partido PP] y rojeras [del Partido Socialista] (existe también  pecero) [del Partido Comunista]. 

Podría ser considerado todo ello como una especie de juego lingüístico de clases cultas, pero lo cierto es que el origen de la mayoría de estos términos está en el mundo de la droga y de la cárcel.

La lengua de la publicidad ha tenido recientes creaciones eficaces y llamativas, como El cuponazo o El libretón y el en su día tan discutido eslogan Toda tú eres un culito.

Una última visión de la sufijación, antes de terminar este trabajo, pasará por las páginas de algunos autores contemporáneos de ambos lados del océano, mostrando algunas de sus creaciones, prueba fehaciente de que la sufijación como vehículo del sentimiento no está restringida en español al habla popular.

En la novela El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio (1956) los jóvenes protagonistas se llaman Lucita, Manolito, Samuelillo, etc. Cuando se interpelan, lo hacen con vocativos tales como: momina, bonita, ¡ ...nita tú!, chatilla, chatita, zorrillo. Un chico le dice a “su chica”: “¿Qué vergüencillas son ésas?” y comenta que es “Una chiquilla muy salada” fumándose el puro “a poquitos, como los moránganos el kif”. Sitúase este lenguaje a años de luz del de la generación actual madrileña.

Un tesoro de sufijos es la novela de Miguel Delibes “Cinco horas con Mario” (1966). Carmen, la viuda de Mario, desgrana su vida ante el cadáver de su marido y se dirige a sus amigas llamándolas “bobina” y “guapina”, vitupera a la “querindonga” de un conocido, acusa a alguien de estar siempre tirando “puntaditas” y de ponerse “gallito”, habla de su pretendiente Eliseo, que “sin ser guapo, era resultón”  y “¡qué tipazo!”, pero piensa que los “extranjerotes no tienen nada que enseñarnos” y confiesa que “sólo ha tenido disgustos con el periodicucho de Mario”, reconociendo que “la boda de Vicente fue una bodaza”, aunque “se casó con Transi ya entradita”.

Una década más tarde F. Umbral comenzó a divertirse con el español cotidiano y llamó Punkita a su gata, se burló de las señoras de visonazo, de las acratillas y de las reinonas, que no eran sino sus coleguillas y sus compas. Se opone a los niños intelectualillos, chepudetes y un poco maricones, afirmando que él creció altito y bien nutrido; nos habla de los romeracas (estilo Romero de Torres) de Córdoba y describe con un simple derivativo, de una sabia pincelada a “una chica que sale de su casa, con vaqueros y naricilla”.

Y llegamos a los “novísimos”, los jóvenes iconoclastas de los noventa, también creadores y destructores de lengua. Ray Loriga en Caídos del cielo (1995) nos cuenta que el hermano del enano era guapísimo, o sea “más guapo que la hostia” y que “estaba la hostia de orgulloso con aquella chica que tenía aún sus tetitas al aire”. Abandona la sufijación del castellano para adoptar una sintaxis anglosajona: “sería una preciosa, honesta chica muerta”, “tu pequeña puta”, “no hablaban ni del hombre malo ni de su pequeña mujer”. Cogió una papeleta de coca porque los vigilantes le daban el coñazo, ya ves qué  putada.

J. A. Mañas, en Historias de Kronen va aún más lejos: Sus jóvenes personajes buscan papelinas, se fuman porritos, se beben whiskitos y aspiran rayitas de coca, las chicas son pibas y las putas chavalitas, mientras que entre amigos se llaman mariconazos y se cuentan que tienen una novia cojonuda, mientras salen a pillar un poco de marchilla. En la casa del niñato trabaja una fili y en la tele ponen pelis que se parecen a un culebrón sudaca. Y llegan un pelín tarde porque han tenido problemas con un peseto.

O tempora, o mores ... Si hubiéramos podido reunir a los jóvenes curritos de El Jarama y a los niñatos del Kronen ¿hubieran podido comunicar, reírse, increparse?

Nunca podremos saberlo.

Lo que sí sabemos es que nuestro idioma sigue utilizando y creando infinitos recursos para exteriorizar la capacidad de sentir.»

[Soler Espiauba, Dolores: Españolitos, curritos, amiguetes, coleguillas y demás gente de mal vivir (o la expresividad en el sistema español de sufijación). En: Cuadernos Cervantes, N° 8, Mayo-Junio 1996]